miércoles, 16 de noviembre de 2022

XXXVI Las tres viejas (Platero y yo)

Súbete aquí en el vallado, Platero. Anda, vamos a dejar que pasen esas pobres viejas...
Deben venir de la playa o de los montes. Mira. Una es ciega y las otras dos la traen por los brazos. Vendrán a ver a don Luis, el médico, o al hospital. Mira qué despacito andan, qué cuido, qué mesura ponen las dos que ven en su acción. Parece que las tres temen a la misma muerte. ¿Ves cómo adelantan las manos cual para detener el aire mismo, apartando peligros imaginarios, con mimo absurdo, hasta las más leves ramitas en flor, Platero?
Que te caes, hombre... Oye qué lamentables palabras van diciendo. Son gitanas. Mira sus trajes pintorescos, de lunares y volantes. ¿Ves? Van a cuerpo, no caída, a pesar de la edad, su esbeltez. Renegridas, sudorosas, sucias, perdidas en el polvo con sol del mediodía, aún una flaca hermosura recia las acompaña, como un recuerdo seco y duro...
Míralas a las tres, Platero. ¡Con qué confianza llevan la vejez a la vida, penetradas por la primavera esta que hace florecer de amarillo el cardo en la vibrante dulzura de su hervoroso sol!

Juan R. Jiménez
“Platero y yo”, XXXVI

lunes, 14 de noviembre de 2022

La luz

Alto, flaco y recio, el coronel Figueroa no dejaba traslucir en su aspecto semiquijotesco su avanzada edad.
—Mirá, sobrino —solía decirme— hay dos cosas de las que quisiera olvidarme y son, primero, el año en que nací y, segundo, el apelativo que me pusieron...
Porque este hombre, retobado de coraje y condecorado de cicatrices, respondía al poco masculino nombre de Carmen, por haber venido al mundo un 16 de julio, día dedicado a la Virgen así llamada.
Indudablemente algo de sangre india debería correr por sus venas, revelándose en el tinte algo oscuro de su tez, en sus hirsutos cabellos que no perdían su color oscuro a pesar de los años, y en su estupenda vitalidad, no amenguada por el tiempo ni debilitada por la vida pasada en los fortines, en los cuarteles y en los campos de batalla.
Todavía seguía levantándose con el canto del gallo, “el reloj de los pobres”, para dirigirse a la cocina donde encendía el fuego y, luego, ejecutaba sobre la bombilla del mate una interminable sinfonía de gorgoteos.
Cuando, horas más tarde, caía yo para tomar mi desayuno, solía romper su aburrimiento sentándose frente a mí para narrarme algunas de sus aventuras. Una mañana de invierno, en que el viento se colaba por todos los intersticios, el coronel, al verme estremecer bajo los helados latigazos, me dijo:
—Cuando te veo todo achuchado, buscando el alivio del fuego como pollito que se aprieta a la clueca, pienso en lo que hubieras sufrido si te hubieran mandado a las maniobras que, allá por abril del año 96, hicimos en Curamalal...
—¡Pero... si esa fue la primera conscripción!
—En realidad fue una movilización, con fines de instrucción militar, para la cual se llamó a filas a los jóvenes de 20 años de la guardia nacional, para que prestasen servicio en campamentos, durante dos meses, a iniciativa del jefe de Estado Mayor, general Alberto Capdevila, aprobada por el ministro de Guerra, ingeniero Guillermo Villanueva...
—¿Tuvo que haber sido rica en incidencias?
—¡Imagínate!... Era la primera vez que en el país se hacía una maniobra de esa envergadura. Se dividió al territorio en 12 campamentos y a mí me tocó ir a Curamalal, con la división Buenos Aires, formada por tropas de la Capital y de la Provincia, bajo las órdenes del general don Luis M. Campos. Aunque el clarín sonó a las tres de la mañana, en el cuartel del 11 de infantería, que estaba en la calle Pichincha entre Garay y Brasil, recién pudimos partir a las 8, en un largo convoy de 37 vagones.
—¿Y no desertó nadie?
—¡No! eso sí, algunos llegaron sobre la hora, ya sea a caballo, en carros y hasta uno se presentó en bicicleta, con uniforme y sin el arma.
—¿Y qué hicieron con él?
—Lo incorporaron con vehículo y todo, nombrándolo estafetero, pero se le aplicó un mes de arresto por “falta de respeto al uniforme”.
—¿Habrá ido un mundo de gente a despedirlos?
—Se volcó casi todo Buenos Aires. Y allí en la estación Sola, que estaba rodeada por un espeso fangal, lo hubieras visto al presidente de la Dirección General de Ferrocarriles, ingeniero Maschwitz, con el barro hasta el tobillo, dirigiendo personalmente la operación de partida y revisando vagón tras vagón desde los que servían a los jefes como los que llevaban a la tropa. El día era frío y su rigor se hizo más intenso al caer la noche, de tal manera que para combatir el entumecimiento nos pasamos saltando en los coches y echándonos encima capotes y mantas.
—No habrá sido para tanto, sino por falta de costumbre...
—¡Qué falta de costumbre ni ocho cuartos! Si cuando a las 5 y 30 del otro día llegamos a Pigüé, a uno se le ocurrió mirar el termómetro y éste marcaba dos grados bajo cero...
—¿Partieron de inmediato para las maniobras?
—Así estaba programado pero, a última hora, hubo contraorden y se decidió que saliéramos al día siguiente, de manera que tuvimos toda una jornada para andar a nuestras anchas. Por la tarde llegaron las tropas de los regimientos números 6 y 10 y también se nos unieron los hombres de la brigada provincial.
— ¡Tienen que haber colmado todas las instalaciones del pueblo!
—En cierto modo, aunque el campamento se estableció a una cuadra de la estación, sobre una loma, la mayoría se hizo una escapada a Pigüe que, por aquel entonces contaba con 3.000 habitantes; pero lo más gracioso fue la llegada de los milicianos provinciales que se presentaron envueltos en vistosos ponchos, casi todos con botas altas y con un lio de ropa como equipaje. Algunos entraban en grupos, a todo galope, vivando a distintos personajes políticos y otros preguntaban a favor de quién iba a ser la revolución, negándose a creer que sólo estaban de maniobras.
—¿Y cuándo salieron para destino?
—A la otra mañana. Se nos habla fijado la salida para las 8. Yo debía ir, como de infantería, por el camino de la sierra, que era más corto.
—¿Supongo que usted habrá pasado la noche en el pueblo?
—Supones bien. Mi asistente, un paisanito llamado Felipe Amarilla, me consiguió una cama en uno de los hoteles del pueblo, en una habitación que debí compartir con el coronel Carlos O’Donell, y fue una suerte, porque los oficiales del 2° y 4° regimientos, que habían llegado dos días antes que nosotros, debieron dormir sobre una mesa de billar o tirado sobre una manta en el piso de la cocina.


—Bueno, pasó incomodidades, pero le quedó algo para contar...
—Para contar fue lo que me ocurrió a la mañana siguiente. A eso de las 6 salí del cuarto en puntas de pie, para no despertar al coronel y fui al bar en busca de agua caliente para el mate, cuando, al verme, el dueño me señaló y dijo a un agente de policía:
—Ahí está... Ese es el teniente Figueroa...
El milico se me acercó, torpemente hizo la venia y, luego, dijo:
—De parte del comisario vengo a decirle que su asistente Felipe Amarilla está detenido y además preso.
—Bueno, ya iré a sacarlo... ¿Se emborrachó o peleó con alguno?
—Se emborrachó y mató a un hombre. Hace un rato lo encontramos al dueño de un boliche difunteado y a su asistente durmiendo la mona en el galpón...

* * *

Guiado por el agente llegué al local policial y el comisario me hizo leer el sumario con las declaraciones obtenidas, así como las comprobaciones realizadas en el lugar del hecho. Conforme a las mismas mi asistenta había estado bebiendo copiosamente, junto al mostrador y, luego, obtuvo permiso para pernoctar en un galpón que había en un costado del patio. Acomodó unos cueros y sin quitarse el uniforme se echó a dormir sin siquiera desprenderse el cinturón del cual pendía el espadín de reglamento.
—Parece, teniente —explicó el funcionario policial— que a la madrugada a su asistente le volvió a entrar el deseo de beber y penetró por la puerta trasera del despacho, se llegó al mostrador donde habían quedado algunas botellas y, cuando estaba allí, fue sorprendido por el patrón que dormía en la pieza vecina y vino al negocio. Entonces su asistente recogió la tranca de la puerta y con ella le dio un golpe brutal en la frente que lo despachó. Agarró una botella y volvió al galpón donde siguió bebiendo sin darse cuenta, por la embriaguez, de lo horrible de su acción. Luego se durmió hasta esta mañana...
—¿Nadie oyó nada?
—Nadie. Ayer con el ir y venir de los soldados fue un día de intensa labor. La esposa se acostó, según ella, a medianoche, y durmió pesadamente, y el dependiente, que es primo del patrón, también se retiró apenas cerraron, dejando para esta mañana la limpieza del salón que estaba a su cargo.
—Siga, por favor.
—A eso de las cinco de la mañana se levantó y al ir a sus tareas le extrañó ver la luz encendida y mayor fue su asombro al encontrar al dueño asesinado. Avisó a la esposa y ésta recordó al soldado a quien había dado permiso para pasar la noche en el galpón y lo hallaron dormido, con un frasco de anís, a medio terminar a su lado. El dependiente afirmó que, al dejarlo sobre el mostrador la noche anterior, estaba casi lleno. Entonces vinieron a avisarnos y nosotros nos vimos en la obligación de detener a su hombre bajo sospecha de asesinato.
—Es lo justo... Ahora, dígame una cosa —le requerí porque una idea me bullía en la cabeza— ¿Usted dijo que el dueño se levantó a la carrera al oír ruido en el negocio?
—Sí, teniente, lo encontramos en paños menores ...
—¿Y la luz estaba encendida, todavía?
—En efecto.
—Entonces. Amarilla es inocente... Haga traer al primo y a la esposa del difunto y vamos a esclarecer este asunto.

* * *

Al cabo de un momento llegaron los dos. La viuda gimoteaba sin cesar mientras el hombre permanecía con aire sereno y reconcentrado. Siguiendo mis instrucciones el comisario envió al hombre a una dependencia interior y sometimos a la esposa a un interrogatorio intrascendente.
Esta repitió lo que ya sabíamos: que había trabajado mucho y que, fatigada, se retiró a medianoche para dormir como un lirón hasta la madrugada cuando el primo la despertó para darle la infausta noticia.
—Y yo... yo... le abrí las puertas al criminal —se lamentaba— porque fui yo quien le permitió se refugiase en el galpón. Si hubiese sabido...
La dejamos desahogarse y luego le dijimos que podía retirarse. Titubeó un momento y, con cierta inquietud, preguntó:
—¿Y Daniel, mi primo?
—Ya irá, después... —le respondí—. Primero tiene que contestar ciertas preguntas de rutina.
Apenas hubo desaparecido hicimos venir al dependiente y cuando se hubo acomodado frente al escritorio, lo acusé:
—Bueno, amigo, todo se acabó. Su cómplice termina de confesar...
—¿Mi cómplice? —se extrañó y palideció.
—Sí, y no lo niegue, que ya lo sabemos de pe a pa... Fue ud. quien mató a su primo.
Tozudo, intentó negar, pero yo lo apuré:
— ¡No mienta que será peor!
—Sí, Daniel, confiesa —intervino el comisario— ya doña Lola nos ha dicho como fue..
Era blando el hombre y estaba confundido así que no fue difícil arrancarle la declaración. Sucedió que, al cerrar el negocio, quedó Daniel, como de costumbre, efectuando la limpieza secundado por la mujer, mientras el marido iba a la cama. Creyéndolo dormido los otros, que ya lo habían traicionado, se entregaron a sus escarceos amorosos, pero el esposo llegó de improviso y los sorprendió en falta. Entonces, Daniel, temeroso del otro que era más grande y fuerte se apoderó de la tranca y le dio el golpe que resultó mortal. Desesperados no sabían qué hacer, cuando a ella se le ocurrió la idea de hacer recaer la culpa sobre el inocente soldado que dormía su embriaguez en el galpón, pero no se dieron cuenta de tres cosas...
—¿Cuáles?
—Primero, que Felipe Amarilla era un hombre de campo y se hubiera llevado ginebra, caña u otro licor fuerte y no anís, que ellos consideran “bebida pa'mujeres”; segundo, que el soldado tenía su espadín en el cinturón y no hubiera tenido necesidad de apelar a la tranca para defenderse o atacar; y tercero, la luz...
—¿Y qué tuvo que ver la luz?
—Mucho. Conforme a sus declaraciones ambos se acostaron antes y no se concibe que el dueño no la haya apagado antes de ir a la cama y que, además, no hubiera cerrado la puerta del patio.
—Pudo haberse quedado a trabajar y ser sorprendido por Amarilla...
—¿No te parece raro que, con el frío que hacía, se hubiese quedado en paños menores?
—Cierto.
—Entonces pensé que si el dueño se había acostado y la luz estaba prendida era porque “alguien” se había quedado a trabajar y no podía ser otro que Daniel. Me extrañó que la mujer, que dormía pared por medio, no hubiera escuchado nada, y calculé que tendría algo que ver con el asunto. Al ver la juventud de ambos y saber que el muerto era quince años mayor que ella no tuve dificultad en hallar el motivo...
—¿Y por qué no apagaron la luz?
—Porque pensaron que daría lugar a dudas que un hombre semiborracho encontrase a oscuras la tranca y la botella...
—Bien. ¿Y pudieron unirse a su regimiento en tiempo?
—Justito, ya que el coronel Victoriano Rodríguez que era el jefe del Estado Mayor de la División Buenos Aires, estaba por darnos por desertores cuando caímos al trote a incorporarnos, pero, a pesar de que corrimos unas cuantas cuadras, te doy mi palabra que no pudimos entrar en calor porque ¡hacía un frío!

Cuento de Dermidio Ojeda Garrido
Revista Vea y Lea, 11 de diciembre 1958 N°300, pp. 70-72

domingo, 13 de noviembre de 2022

El señuelo (Velmiro A. Gauna)

La primavera había llegado a Capibara-Cué y la esplendorosa vegetación tropical lucía su magnífico verdor bajo la dorada pincelada de sol. Las flores, también, comenzaban a asomar sus llamativos pétalos y las mariposas, en apretadas bandadas, iban de un lado a otro añadiendo su nota de color a la policromía general. El cabo Leiva había traído una hermosa flor de ceibo que colocó dentro de un vaso con agua sobre el escritorio de don Frutos.
—¡Qué rojo vivo el de esa erithuina crestagalli! —se admiró el oficial sumariante nombrándola por su denominación científica.
—Pa vos tendrá ese apelativo gringo —exclamó don Frutos—, pero pa nojotros, no es más que flor’e ceibo... Los viejos saben contar un cuento sobre ella...
—Será una leyenda...
—Puede ser. Dicen que denantes habla una muchacha india que se enamoró’e un blanco y entonces, los de la tribu que no querían mesturanzas, la agrarraron. la ataron al tronco’e un árbol rugoso y seco y la mataron a flechazos. Dispués, al otro día, cuando jueron a buscar el cadáver na enterrarla ya no estaba más, pero la planta seca había echau hojas y de entre ellas parecían caer como gotas´e sangre, las flores del ceibo...
—En realidad es hermosa la narración, pero, si la observa bien, verá que parece la cresta de un gallo y, por eso...
Pero no pudo continuar porque un vecino entró apurado reclamando al comisario
—¡Don Frutos!... ¡Don Frutos!... —dijo.
—¿Qué pa le anda pasando, don Emerenciano? —inquirió el aludido.
—Pues hace nico decir don Celedonio Arambarri que vaya a verlo porque le han sacau plata'e la caja´e fierro.
—Gracias, don... —manifestó don Frutos y. en seguida, dirigiéndose a sus subalternos, ordenó—: Vamos, Arzásola. y vos. Leiva, pa ver lo que ha ocurrido.
Caminaron unas pocas cuadras y llegaron al lugar del hecho, que era una casa dedicada a la compra y venta de hacienda y de frutos del país. La misma consistía en dos piezas, una para oficina y otra para depósito, que se alzaban junto a un gran corral donde acostumbraban a encerrar al ganado hasta que los compradores lo llevaban a sus campos.
La primera habitación tenía dos escritorios, un archivo y, adosada a la pared una caja fuerte Don Celedonio, Paulino Díaz, el contador, y Ricardo Marelli, un joven empleado, los esperaban anhelosos.
—¿Qué pa le anda pasando, don Cele?... —preguntó don Frutos.
—Pues es algo muy extraño... Ayer recibí el producto de una venta de cueros y su importe más o menos cien mil pesos, fueron depositados en el tesoro.
—Para ser exactos —interrumpió el contador— fueron noventa y ocho mil doscientos pesos en noventa y ocho billetes de mil y dos de cien.
—¡Ajá!... ¿Y aura no están más?
—En efecto. Esta mañana vine antes que nadie, y, al abrir la caja, no los encontré. Creí que podría haberlos retirado el contador, que también tiene una llave, pero, al llegar, me afirmó que no lo hizo, de manera que debo suponer que he sido víctima de un robo.
—¿Solamente ustedes dos tienen llaves de la caja?
—Únicamente nosotros dos.
—La termino de revisar —intervino el oficial— y no encuentro señales de violencia, lo que hace suponer que fue abierta con una de ellas.
—¡Un momento! —se adelantó el contador—. No es que quiera defenderme, pero debemos poner las cosas en claro. Don Celedonio es muy confiado, y muchas veces ha dejado la suya abandonada sobre el escritorio por días y días y cualquiera pudo haber sacado un molde para hacer una nueva.
—Es una posibilidad —expresó Arzásola — que debemos considerar. Ahora, ¿quién tiene la llave de la oficina?
—Cada uno de los tres posee una. Cualquiera de nosotros puede entrar y salir a la hora que guste —aclaró el dueño—. Nunca tomé precauciones porque este es un pueblo muy tranquilo...
—¡Ajá! —comento don Frutos—. Quiere decir, entonces, que pa alguno la cosa se le hiso fácil, pero se ha olvidau que ande menos se piensa nos suele salir un grano...

* * *

Después de clausurar el local condujeron al dueño y á los empleados a la comisaria para efectuar el interrogatorio de práctica. Los primeros indagados fueron don Celedonio y Paulino Diaz.
—Güeno... —dijo don Frutos—. ¿Vamoj a ver que pa es lo que hiso ayer, don Cele?
—Poca cosa, a las veinte, el contador guardó el dinero en mi presencia y se despidió, después salió Ricardo, el ayudante y, finalmente, después de asegurar bien puertas y ventanas, me fui yo. Cené con mi familia y con ella y unos amigos estuve en la fiesta que dio la Cooperadora Encolar.
—Si, ya lo vide... pero, y perdone, ¿cuándo quedo solo no volvió a sacar el dinero y se habrá olvidau?
—No, señor... ¡Y no creo que pretenderá que me voy a robar a mi mismo!
—Por supuesto... pero mi deber es desconfíar’e tuitos hasta agarrar al culpable... Vayase nomás y pierda cuidado qu’el ladrón no se me va a dir. ¡Adiós!
—¡Adiós, don Frutos!
—A ver, aura usté, señor contador, hágame saber sus actos... o lo que haiga hecho después que guardó el dinero.
—Pues lo puse en la caja, la cerré delante de don Celedonio, me fui a la pensión y estuve hasta la hora de la cena escuchando música en mi pieza. Luego cené y con unos amigos fui a la fiesta y regresé con ellos. El sereno de la casa puede atestiguar que no volví a salir hasta esta mañana.
—¿Sabe que su posición es delicada, mozo?
—¿Por qué? —replicó el otro con serenidad.
—Porque ustedes dos son los únicos que tenían la lleve´e la caja´e fierro y no creo que el dueño se quiera robar por gusto.


—Perdona señor. No quiero echar la culpa a nadie, pero don Celedonio olvido decirle que los negocios no andaban muy bien y que ese robo podría beneficiarlo por partida doble.
—¿De qué manera?
—Pues quedándose con los cien mil pesos y cobrando igual suma, que debe darle la compañía, porque el negocio está asegurado contra incendios y contra robos...
—¡Ajá!... De manera que don Cele tenía confianza en nojotros y se cuido las espaldas. Por eso estaba tan tranquilo, asigún decía... ¡ajá!
—¿ Además —prosiguió el otro volublemente— por qué robar cien mil pesos cuando he tenido, en más de una oportunidad, sumas mayores?... Si hubiese estado en la situación de Ricardo, tal vez...
—¿Qué pasa con ese mozo?
—¡Perdón!... Esta manía de charlar que tengo... No quiero que vaya a pensar mal, pero como es joven y muy gastador, siempre anda lo que se dice “de la cuarta al pértigo”...
—Muy bien, puede dirse no más y gracias por la Información.
Cuando el contador se hubo retirado, don Frutos hizo llamar, con el oficial, a Ricardo Marelli, que era un joven simpático de escasos veinte años, pero que se mostraba nervioso ante esa imprevista situación.
—Parece que te agarró chucho, Ricardo... Se me hace que estás temblando, y no hace frío...
—Es que nunca me vi envuelto en algo semejante..., pero no he sido yo... Créame, no he sido yo...
—¿Y quién pa te dice que hayas sido?... Contá lo que hiciste anoche.
—Terminado el trabajo me retiré y dejé a don Celedonio que cerró todo. Estuve en mi pieza, en la pensión, leyendo un rato, después cené y... ¿oh!...
El muchacho se puso intensamente pálido, las manos le temblaron con más fuerzas y los ojos amenazaron desorbitárseles. Bondadosamente el comisario trató de apaciguarlo.
—Calmate, Ricardo... ¿Qué te pasa que te has quedau como si el hubieras visto un fantasma?...
—Pues que..., como andaba sin plata no pude ir a la fiesta, y, entonces, para adelantar un trabajo que tenía atrasado volví a la oficina, pero ¡no fui yo!... ¡No fui yo, don Frutos!... Ni me acerqué a la caja...
—Esa es una admisión delicada... —se adelantó Arzásola—. Hasta que se aclare esa situación que es un poco comprometedora, tenemos que tenerlo demorado... ¡Leiva, póngalo arrestado!
—¿Y dónde lo hago cambiar, che oficial?
—¿Cambiar qué, cabo?
—Y, la ropa, pues... ¿No dijo que vamos a tenerlo de morado y él está de traje azul, pues...?
—Dije demorado, o sea detenido.
—Ta bien; el que tiene boca se enquivoca... ¡Vamos, Ricardo!

* * *

Poco más tarde los policías comentaban los hechas mientras tomaban mates que les acarreaba el cabo y pensaban las probabilidades que, a su favor o en contra, tenía cada uno de los interrogados.
—Uno de los tres tiene que haber sido... Pa mi uno de ellos aprovecho pa volver, sabiendo que la casa estaba sola, abrió la caja, sacó el dinero y lo escuendio hasta que tuito se olvide —expresó don Frutos.
—Yo no creo que don Cele, que siempre jue honrau, haga una matufla’e esas pa cobrar el siguro —dijo Leiva.
—En cuanto a Paulino, el contador, ha justificado a la perfección todos sus movimientos. Salió antes que los demás, estuvo en la pensión oyendo música, como sus vecinos pueden justificar.
—¡Y viera qué lindo tocadiseo tiene! —agregó el cabo—. Con un braclto que se mueve solo pa agarrar los discos y haserlas funsionar y pa parar la máquina, propio como una persona humana.
—Es lo que se llama un cambiador automático —aclaró Arzásola.
—¡Qué lindo si habiera un cebador atomático, tamién! —supiró Leiva—. Que agarrara´l mate, lo enllenara y lo pasara; "Tome usté... Aura usté"...
—Callate y seguí tu trabajo —mandó don Frutos—, Y vos. oficial, continuá.
—Poseo el testimonio de las personas con quienes estuvo en la fiesta y la del sereno que le dio entrada, de manera que, a "prima facie", el contador está exento de culpa.
—¿Y de Ricardo, qué averiguaste?
—Dicen que lo vieron entrar en la pensión y meterse en la pieza, pero no saben si voltio a salir o permancló en ella. Se sabe que llegó a cenar cuando ya los otros se hallaban a la mesa... Después tornó a salir para regresar tarde y solo...
—Con lo que quedamos que los tres pudieron haberlo hecho: el contador por codicia, don Celedonio pa cobrar el siguro y Marelll pa tener dinero pa sus farras —reflexionó don Frutos.
—Así es —confirmó Arzásola.
—Pero el que lo hiso estudeó bien las casas pa confundirnos y. lo que es pior, escuendió´l dinero pa no culparse, pero ¿vos sabés cómo casamos jilgueros por acá?
—No, señor...
—Pues ponemos encerrau uno n’una jaula y, entonces, los otros cain pa comer l´alpiste'la otra jaula abierta y se encierran solos... Yo tamién vua a poner un siñuelo pa darle confianza al ladrón... ¡Ya vas a ver!...

* * *

Sin embargo, la situación de Ricardo Marelli no tardó en verse aún más comprometida, porque algunas personas manifestaron que lo vieron salir del negocio a altas horas de la noche y, por otra parte, era general el consenso que se trataba de un mozo muy amigo de las fiestas y que apenas cobraba su sueldo lo dilapidaba en diversiones. Como en su favor no argumentaba otra cosa que su inocencia, don Frutos resolvió cerrar el sumario decidiendo culpar al mismo de la substracción.
—¡Qué lástima! —se lamentó el vasco Arrambarri—. Lo tenía por un buen muchacho aunque algo ligero de cascos, no más. Pensaba ponerlo como contador ahora que Díaz se me va y... ¡ya ve!...
—¡Cómo! —se asombró el oficial—. ¿Se enojaron?
—Bueno; la culpa la tiene este carácter mió tan impulsivo... Cuando supe que les habla dicho lo del seguro, que a mí se me habla pasado por alto, pero que no hubiera vacilado en declarar, le dije dos o tres cosas fuertes. Él me contestó del mismo modo y casi fuimos a las manos, con lo que le arreglé las cuentas y, apenas pueda, se irá para la capital.
En efecto, el ex contador, cuando supo que estaba libre de sospechas, manifestó que en el primer vapor saldría para Corrientes, ya que había perdido su situación en el pueblo.
Y, a los pocos días, una mañana clara, cuando el sol reverberaba sobre las azules aguas del Paraná, Paulino Díaz llegó al embarcadero con sus valijas, acompañado por un grupo de amigos, entre los que se encontraban los policías, para despedirlo. Ya el vapor de la carrera hacia sonar su silbato a la distancia cuando empezaron los apretones de manos y las frases de rigor.
—¡No te olvides de escribir! —decía uno.
—Güeno; no se pirda de Capibara-Cué... —expresaba don Frutos.
—Espero que nos perdone las molestias del último asunto —exclamaba el oficial.
—No hay por qué...; son gajes del oficio.
—¡Que le vaya bonito!... —dijo Leiva en una fineza, cuando, de pronto, se vio a un hombre bajar corriendo por la barranca.
—¡Eh!... ¡Eh!... ¡Don Frutos!... ¡Don Frutos!... ¡Ha habido otro robo!
—Es don Epafrodito, el dueño de la pensión —explicó Paulino.
Llegó el mencionado, jadeante, y agregó:
—Don Frutos..., un viajante se ha quejau que le han robau anoche o esta mañana un alfiler´e corbata muy valioso.
—¿Anoche o esta mañana?... —repitió don Frutos mesándose la barbita—. Entonces, Paulino, lo siento, pero tiene que venir con nosotros pa que le revise las valijas... Es una formalidá, pero hay que cumplirla...
—Voy a perder el barco... ¡Ahí llega! —se quejó el ex contador.
—La ley es la ley... Usté estaba en la casa cuando se produjo el hecho, ansí que tamién puede haber sido.
—Me perjudica... Déjeme que pague el valor de la alhaja, pero no me haga perder el viaje.
—No puedo... ¡Leiva!..., agarra esas valijas y usté venga conmigo.
—Es un atropello inicuo.
—Será, pero es la ley... ¡Vamos!

* * *

En la comisaria, pese a todas las protestas y aun a las de Díaz, se hizo la búsqueda con todo cuidado, porque como “era una cosa tan chiquita había que mirar bien”, ordenó don Frutos, y así, disimuladas dentro del forro de una de las valijas, encontraron noventa y ocho billetes de mil, y con ellos en la mano el comisario increpó:
—¿Y esta plata?
—Es mia... Es el producto de mis ahorros.
¿Por eso tenía que llevarla escuendida?... Endemás, qué casualldá que sea maj o menos lo mesmo que le robaron a don Cele loj otros dias.
—Puede pensar lo que quiera, pero usté controló todos mis pasos y sabe que no puedo ser yo; hay testigos.
—Sí, testigos de güeña fe que creyeron que estabas en la pieza porque oyeron la música, pero su aparatito trabajo solo y usté, de mientras, salló por el fondo, robó la plata, la escuendió y volvió.
—Es absurdo.
—Eso lo dirá el juez... Yo dende el prencipio sospeché de vos... —prosiguió don Frutos tratándolo ya más familiarmente—, porque buscaste echar la culpa a don Cele, por lo del siguro, y al pobre Ricardo, porque ero gastador. Metelo adentro, Leiva, y soltalo al siñuelo.
—¿Y quién pa es el siñuelo, don Frutos?
—Quién pa va a ser sino el pobre Ricardo, que sirvió pa hacer caer a éste.
—Muy bien —se apresuró a decir Arzásola mientras Leiva encerraba al preso—; no debemos olvidar al alfiler.
—No te apurés que eso jue un pretesto pa poder revisar las valijas de ése... Don Epafrodito me dio una mano, y aura, Leiva seguí con los verdes
—No, si lo que aquí hace falta es un cebador atomático —se quejó el cabo—. A tuitas horas mate y mate no más...

Velmiro A. Gauna
Revista Vea y Lea, 25 de octubre 1960 N°349, pp. 80-82

jueves, 10 de noviembre de 2022

Hambre

Con el hambre de siglos
hemos matado un niño.

El hambre siempre ha sido
provocador de llantos
y miserable pago para
el amor del hombre.

Ariel Canzani D.
Revista Ficción. Buenos Aires. Junio-Julio-Agosto 1971 N°52, p.81

martes, 8 de noviembre de 2022

El plato volador (Velmiro A. Gauna)

Las autoridades centrales enviaron a los funcionarios de Capibara-Cué una comunicación pidiéndoles intensificaran sus esfuerzos para combatir el cuatrerismo que ocasionaba grandes pérdidas a los estancieros de la zona, Don Frutos Gómez, el oficial sumariante Arzásola y el cabo Leiva comentaban la circular, en el patio de la comisaría, mientras giraba el mate su ronda cordial en un tranquilo amanecer sólo interrumpido por el lejano mugido de la hacienda o el repentino y áspero chirrido de una bandada de loros que dejaba sus nidos en busca de un maizal.
—Lo peor —decía el comisario—, es que aura loj van a correr´e tuitos laos y van a querer venir a robar por estos lugares.
—Y en la estancia'e loj ingleses los novillitos y las vaquillonas coloradas están lindazos... —agregó Leiva,
—La cercanía de la laguna Iberá con sus tupidos pajonales y sus misterios favorece sus propósitos —expresó el oficial.
—Tenes razón, che oficial —confirmó don Frutos—. Los cuatreros en cuanto roban una punta’e cabezas ´e ganao se largan pa los esteros que están allí no más y deseguída se ¿entran pa las islas del interior ande no se los puede dir a campíar.
—Habría que vigilar los caminos que conducen a ella para impedir que se internen en esos lugares.
—Sí, pero, ¿de ande sacas tanta gente? La laguna Iberá es muy grandota y la gente que tenemos es poca. Endemá ya se vienen las fiestas´l pueulo y vamoj a estar muy ocupaos con la vigilancia.
— ¡Cosa grande nicó es la laguna Ibera! —terció el cabo—- Usté no vas a creer, che oficial, pero adentro hay una víbora tremenda que le llaman apalaba que se traga la gente hasta con caballo y todo, dicen... y tiene islas que van de un lao pa otro... y otras con enanitos o sólo con mujeres, dicen...
—Son fantasías y exageraciones de los ignorantes.
—Serán, pero la cuestión —siguió don Frutos— es que adentro de ella hay mu» chas cosas raras y está enllena de foragidos que saben que allí nadies loj va a dir a buscar.
—Tenemos que multiplicar nuestros esfuerzos y dividirnos el trabajo —opinó Arzasóla.
—Con tuito eso no vamos a poder cumplir... Vua tener que pedir a algunos vecinos que me deán una manilo.
—Podemos contar con la ayuda del ex capitán Giménez, de don Leandro Villalba...
—Tamién poderla mandarnos algunos piones don Güillíam, el administrador ´e la estancia —sugirió Leiva.
Y los tres hombres siguieron barajando nombres mientras el sol empezaba a guiñar su ojo de cíclope sobre las verdes copas de los árboles que cerraban la línea tropical del horizonte.

* * *

La fiesta del pueblo se desarrolló con normalidad. Hubo carreras de caballos, domas de potros y otras formas de habilidad ecuestre. En la amplia cancha donde se llevaban a cabo estas pruebas se levantaban varias carpas donde la gente comía empanadas, pasteles, chicharrones y bebía. También, a ratos, se cantaba y bailaba. Los policías iban y venían atentos para impedir desórdenes.
—Menos mal que vamoj a terminar pronto con estas cosas —dijo don Frutos—. Ya van pa tres días que apenas si cerramos loj ojos...
—Indudablemente que hemos tenido unas jornadas agotadoras —respondió el oficial—, pero no nos podemos quejar, porque todo marcha a las mil maravillas.
—Y eso que ha caído gente’e tuitos los lugares —añadió Leiva.
—A propósito’e forasteros —continuó el comisario—, ¿vos conoces a esos que están con Pancracio Marcos?
—No, don Frutos, es la primera vez que loj veo.
—Su aspecto es altamente sospechoso —agregó el oficial.
—Sobre todo porque parecen muy compinches con ese mocito Marcos que le dispara al trabajo y es capaz de cualisquier cosa por ganar unoj pesos. Vamoj a acercarnos como al descuido...
Dieron unas vueltas y, finalmente, se acercaron al corro. Apenas llegaron Pan- craeio los saludó e invitó:
— ¡Hola, don Frutos y la compañía!... ¿No quieren servirse algo?
—Muchas gracias, pero estamos en servicio,
—Pero una copita... una empanada... unos pastelitos... ¿O tiene miedo de que me falte plata para pagar?
—No es por eso. Pancracio, sino por la obligación... pero continuá atendiendo a tus amigos. Los señores no son de acá, ¿no es verdá?
—Somos troperos que vamos de paso.... —se apresuró a contestar un hombre alto, de mirada astuta— Vimos la fiesta y nos quedamos un rato, pero en seguida partimos...
—Bien, señores, entonces aprovechen el tiempo. ¡Buenas fardes!
—Buenas tardes, don Frutos, y lamento que nos haiga díspreciao el convite —se despidió Pancracio.
—No es disprecio, ya te dije... Otra ves será.


Maduró la tarde, y con la noche se ensombreció el bullicio. Poco a poco se fueron retirando los concurrentes y con ellos se alejaren los forasteros. Salvo las inevitables borracheras y algunos frustrados intentos de pelea, nada nuevo ocupó la atención de las autoridades que, por fin, pudieron esa noche dormir a sus anchas.
Pasaron los días y la vida en el pueblo tomó su ritmo habitual. Una noche, cuando había una gran animación en el boliche de don Pedro, llegó Pancracio a toda carrera de su caballo, se descolgó de un salto y entró en el negocio dando muescas de pavor.
—¿Qué te pasa? —lo recibió don Frutos—-. No me vas a venir diciendo que acabás de ver al lobisón?
—Ojalá hubiera sido eso, don Frutos... Déame una caña, don Pedro,
—Pior que’l lobisón tiene que haber sido la viuda... Aunque hay algunas viudas n'el pueulo que no me asustarían ni una pizca... —exclamó el cabo,
—No se burle, cabo, no se burle.,. Yo venía tranquilo y silbando bajito cuando, pasando el Cañadon Grande lo vide...
—¿Qué viste? —urgió don Frutos.
—Un plato... ¡un plato volador que le dicen!
—Estarías julepeao y creyiste que una lechuza que pasó frente tuyo era un plato volador.
—No, don Frutos!... se lo juro... Primero vide como una estrella grande que venia y venia... Dispués estuvo un rato sin moverse n’el aíre,
—¿Cómo era? —preguntó un parroquiano interesado.
—Era una cosa grande y brillante... parecía una sopera dada güelta y tenía ventanitas con luces.. Yo me quedé quieto mirando.
—¿Y dispués? —inquirió otro de los presentes.
—Dispués se jue moviendo despacito y se asentó n’el suelo. Se abrió una puerta y salieron unos hombrecitos 'e cuerpo chico y cabeza grande que llegaron hasta cerca mío y me haularon.
—¿Qué pa te dijeron? —añadió don Frutos— ¿Que dejaras de tomar pa no ver visiones?
—No, don Frutos. - Me dijeron que el viernes a la noche iban a golvei y que a tuitos los que estuviésemos allí nos iban a rigalar cosas que traerían de su tierra n´el cielo.
—Mira, Pancracio —advirtió el comisario— anda a tu casa y pónete a dormir pa que se te pase la tranca y dejate de inventar macanas.
—Usté es dueño ’e no creer, comesarío, pero yo cuento lo que vida y se lo juro por esta cruz.
Puso los dedos en forma de signo sagrado y los besó.

* * *

Pese a todos los esfuerzos de los policías la noticia corrió y fue el tema general de las conversaciones. Cada vez que salían de gira los funcionarios de la comisarla no hacían sino escuchar comentarios y veían cómo la gente se disponía a ir el viernes al lugar señalado para ver el “plato volador”.
—Yo voy a dir con mi marido —le decía al cabo una mujerona.
—Y nosotros vamos a dir tuita la familia. —Agregaba una vecina que en seguida acotó—: ¿Y usté va a dir, cabo?
—Tenemos que dir porque es nuestra obligación, pero don Frutos ni el oficial creen que sea cierto. Dicen que son maginaciones del Pancracio.
—¿Qué pa van a ser maginaciones, cabo! Pancracio andaba con una revista ande se veían ritratos ´e los platos voladores y de los jombrecitos. Dicen que vienen del planeta Marte.
Y así en todos los lugares.
Desde la víspera del día señalado comenzaron a llegar gente de los pueblos vecinos atraídos por la curiosidad de ver a los habitantes de los otros mundos que el viernes a la noche bajarían en la cercanía del Cañadón Grande, para obsequiar con sus extraños presentes a los terráqueos. Don Frutos se vio obligado a pedir refuerzos a Ramada Paso y a Itá-Ibaté, pero en el crepúsculo de ese día dio una parte de la gente a Arzásola, otra al cabo Leiva y él quedó con un grupo bastante numeroso,
—¿Usted vendrá después a reunirse con nosotros? —preguntó el oficial.
—Yo tengo otras cosas que hacer, m´hijo. pero nos veremos a la madrugada.
—¿Y cree que con tan pocos hombres podré mantener el orden?
—¡Claro que sí! Esa gente no va a pelear sino a esperar un milagro, y los milagros se esperan rezando o en silencio.
Un poco enfurruñado el oficial se resignó.
—Usted es el superior y yo debo cumplir sus instrucciones.
—No te sintás ofendido, m'hijo, que yo tengo mis güeñas razones pa proceder como hago. Andá no más con Leiva y si podés me traés algún rieuerdo’e los hombrecitos...

* * *

Los gallos desperezaban la madrugada con la alerta de sus cantos cuando volvieron Arzásola y Leiva. Venían un poco molestos y cansados porque nada había ocurrido y la gente, desilusionada, poco a poco había ido abandonando el lugar. Entraron en la oficina y vieron a don Frutos que tomaba mates que le cebaba un agente.
—Buenos días, don Frutos... Hemos ido inútilmente. No ha pasado nada.
—Menos mal que´l Pancracio desapareció, porque de no alguno de la gente le habiera roto algún palo en la cabeza —agregó el cabo—. Felís de usté que se quedó aquí tomando mate, .
—Te enquivocás, Leiva, Yo salí con mi gente y tuve güenos risultaos. Fijate’n los calabozos y los vas a ver enllenos´e cuatreros.
—¿Y cómo pudo sorprenderlos? —preguntó asombrado el oficial.
—Porque me se biso que esto´l plato volador era un pritesto pa entretenernos de mientras los cuatreros corlaban loj alambres, sacaban la hacienda'l potrero'e la estancia, loj inglese, y se la llevaban pa´l estero. Querían dar un golpe grande con tranquilidá.
—Pero usté fue y se emboscó para sorprenderlos.
—Ansina mesmito jue... Yo t con la gente que rituve, me escuendí cerca´l potrero, los vide llegar, cortar l'alambrao y arriar el ganao, pero entonces aparecimos nojotros y loj agarramos con las manos en la masa.
—O séase —intervino Leiva— que demientras ellos querían engañarnos con lo del “plato volador”, él que se biso el plato jue usté, ¿no es verdad?
—Máj o menos tenes rasón y aura agarrá´l mate y cebá que estos hombre lo hacen bien, pero vos lo haces mejor...
—¡Ya sabía yo que a la final la iba a ligar yo! —refunfuñó Leiva—. ¿Por qué no inventarán el “mate volador" alguna güelta?
Cansado de brillar parpadeaba el lucero del alba mientras sobre el borde del mundo bostezaba el sol sus primeras luces.

Velmiro A. Gauna
Revista Vea y Lea, 28 de marzo 1963 N°409, pp.60-62