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lunes, 20 de octubre de 2025

El caccuy (leyenda quichua)


EI urutaú es un pájaro nocturno conocido también como "Caccuy Turay".
Vive en la Argentina y el Paraguay y tiene un canto prolongado y lastimero, parecido a un llanto desesperanzado y triste. Tan particular es ese "llanto" que los indígenas lo atribuyen a un origen legendario. Cuentan que tiempo atrás vagaban por la selva dos hermanitos que comían solo lo que caía en sus manos. La mujercita era bastante desconsiderada con su hermano varón, al que exigía constantemente más y más alimentos, sin agradecerle jamás sus atenciones. Un buen día el hermano se cansó de tanto maltrato, y quiso darle una lección a la niña. Vio la oportunidad perfecta cierta vez que treparon a un árbol altísimo en procura de un panal que colgaba en la cima. No bien llegaron a la parte más alta el hermano desenvaino su "ayri” -hacha- y comenzó a cortar todas las ramas a medida que descendía del árbol. ¡Su pobre hermana no encontró apoyo para los pies y quedó atrapada en las alturas! Entonces comenzó a gritar con todas sus fuerzas: ¡Caccuy Turay! ¡Caccuy Turay! que en lengua quichua significa "¡Detente, hermano!". Inti, el Dios Sol, se apiadó de ella y la convirtió en pájaro. Volando, pudo librarse de su trampa. Pero sintió tanta vergüenza por haber sido mala con su hermano que nunca se mostró ante Inti, el Dios que la había salvado de su castigo. Por eso, explica la leyenda, el Caccuy Turay es un pájaro nocturno, que no "ve" la luz del sol. Y su canto es triste por el remordimiento de la niña-pájaro.

Revista Anteojito N°1493, p. 44
20 de octubre 1993

jueves, 18 de septiembre de 2025

La leyenda del jacaranda

El Jacaranda, con sus flores azules, es un árbol tan hermoso como su leyenda. ¿Vamos a conocerla?

Cahuí era un bello joven bajaba junto a los padres jesuitas en una reducción de la provincia de Misiones. Carmen era una alegre muchachita hija de un caballero es pañol, dueña de los ojos celestes más hermosos de la región.


Carmen amaba el color rojo de la tierra misionera. Cada vez que salía a pasear, sentía que la Naturaleza estallaba ante sus ojos. Hasta que conoció a Cahuí y sintió que el amor golpeaba su corazón. A Cahuí le sucedió lo mismo. Por eso, pidió a un padre misionero que le enseñara a expresar sus sentimientos en español.


Cahuí y Carmen comenzaron a salir en secreto. El padre de la muchacha ansiaba regresar a España y jamás permitiría que su hija se casara con un aborigen. Cuando se enteró de la amistad de los jóvenes, se enojó muchísimo y decidió partir de inmediato. Los dos enamorados se desesperaron. El día de la partida, el caballero español encontró a su hija junto a Cahuí.






Enfurecido intentó separarlos. Pero Cahuí tenía unos brazos fuertes y musculosos. Sus brazos se convirtieron en ramas y su cuerpo en árbol. Poco a poco, la muchacha se transformó en una hermosa flor celeste. Dicen los memoriosos que, cuando sopla el viento se puede escuchar como las flores del jacarandá repiten palabras de amor en el dulce idioma guaraní.


 

Revista Anteojito N°1752, p. 34
18 de septiembre 1998

jueves, 24 de julio de 2025

Duendes de los bosques noruegos

Vamos a conocer a unos seres de la mitología noruega: los trolls.

Hace muchísimos años, en el noroeste de Europa, había sólo hielo y nieve. Cuando el clima se volvió más cálido, hielo y nieve se fueron retirando y salieron a la luz maravillosos bosques salpicados de lagos y cascadas. Pobladores procedentes del Sur se asentaron allí y se llamaron a sí mismos "Nordmenn" (Hombres del Norte).

Extraños seres
El país de los "Nordmenn" recibió el nombre de Noruega. En ese ambiente de belleza perfecta, la imaginación popular creó a unos seres tan feos como el miedo, como la oscuridad, que se convirtieron en algo así como el espíritu pícaro de los bosques.

¿Quiénes son?
Se llaman Trolls. Diminutos como gnomos o gigantescos como montañas; todos tienen nariz larguísima, cuatro dedos en manos y pies, una cola muy peluda y, a veces, ¡cuatro cabezas y un solo ojo! Conocedores de que su fealdad causa terror, evitan acercarse a los humanos. Nadie los ha visto jamás.

Feos, pero buenos
Los Trolls son tímidos, ingenuos y alegres. Pueden vivir cientos de años y son poseedores de poderes sobrenaturales que les permiten causar daño a los que se muestran poco amistosos, otorgar beneficios a sus "amigos" o transformarse en bellísimas jovencitas, si así lo desean.

¿Amigos o enemigos?
Un buen consejo para aquellos que se aventuren a internarse en los bosques noruegos es "Hacé te amigo de los Trolls". No conviene enemistarse con ellos porque sus enojos llegan a ser tan grandes como sus descomunales narices.

¡Nada de sol!
El Sol -tan querido por todas las criaturas vivientes- es temido por los Trolls. ¿Por qué? Porque puede transformarlos en piedras. Por eso, gustan de la vida nocturna. Cuando el Sol se ha ido, realizan sus paseos y cuando el rey de la luz resurge, se esconden en misteriosas cuevas que sólo ellos conocen.









Cría fama...
Es tanta la influencia que Los Trolls tienen entre los noruegos que, cuando encuentran alguna roca extraña, piensan de inmediato que puede tratarse de alguno de estos fantásticos personajes petrificados por el Sol. Una bella región en la frontera con Suecia se llama Troll-park, en su homenaje…


Favoritos de los chicos
Se ignora cuándo nacieron los Trolls. Tampoco se sabe quién los creó. Lo cierto es que todos los chicos noruegos conocen a la perfección los escalofriantes relatos protagonizados por ellos. Y ya adultos, los evocan con cálida nostalgia. Los Trolis integran el folclore del país.

Modelos de pintores
Muchos artistas se sintieron atraídos hacia estos seres tan particulares y, a pesar de su fealdad, decidieron "inmortalizarlos". Uno de dichos artistas fue Theodor Kittelsen, pintor noruego que vivió entre los años 1857 y 1914. Plasmó sobre papel y sobre tela las curiosas figuras de Los Trolls.




Revista Anteojito N°1744, pp.3-4
24 de julio 1998

lunes, 23 de junio de 2025

¡Buena suerte! Es nuestra tierra


¡Qué lindo es tener buena suerte! ¿No? Algunos creen que la suerte se "esconde" en algunos objetos. Son los amuletos. Sus formas y origenes son diversos. En nuestro país, en la región del Noroeste, creen en los poderes mágicos de la "illa".

¿QUÉ ES UNA ILLA?
Es un amuleto en forma de animalito. Puede estar hecho con piedra, hueso o barro. El dueño de la illa la oculta como a un verdadero tesoro. Y, además, nunca cuenta cómo llegó a sus manos. ¿Por qué? Porque para que la illa sea eficaz es importante que su origen sea un verdadero misterio.


¿A QUIÉNES LES TRAE BUENA SUERTE?
Es un amuleto para los dueños de ganado. Si el ganadero tiene en su poder una illa, ¡seguro que sus animales se reproducirán en gran cantidad! Cada vez tendrá más, y con ellos aumentará sus ganancias. Pero nunca comentará que tiene una illa escondida. Es un secreto tan guardado como la illa.

¡ADIÓS A LA ILLA! 
Si de pronto el ganado disminuye a causa de algún temporal u otro cataclismo, de un robo, o simplemente por enfermedad, el dueño de la illa la regala. Considera de esta manera que el amuleto ha perdido totalmente sus poderes. Pero sólo cuando cree que ya no le traerá más suerte decide desprenderse de él.

ORIGEN DEL NOMBRE ILLA 
Entre las ovejas se llama así a la preferida o mascota. Y con el mismo nombre se designa a la lana de la primera vicuña que se ha cazado en el año. Entre los quichuas o aimarás, illa significaba: amuleto; también quería decir: objeto raro y moneda preciosa, resplandor y transparencia. Como ves, las expresiones delicadas no estaban ausentes del idioma de estos indígenas.

Revista Anteojito N°1476, pp. 11
23 de junio 1993
https://archive.org/details/21_20230102_20230102_2251/11.jpg

lunes, 2 de junio de 2025

La leyenda del picaflor

Los guaranies fueron un pueblo amante de la naturaleza, que explicó con hermosas leyendas todo lo que sus mentes no alcanzaban a comprender. Esto sucedió con casi todos los pueblos que habitaron nuestro territorio. Por eso poseemos un riquísimo folclore. El origen de la vida, el movimiento de los astros, el misterio de la muerte. El colibrí o picaflor, al que los guaranies llamaron: mainumbi, es un pájaro diminuto, de refulgente belleza que se alimenta con el néctar de las flores. Pero para los guaraníes el picaflor era el simbólico mensajero entre los dioses y los hombres. ¿De qué manera cumplía su maravillosa misión? Al llegar la muerte los hombres abandonan su cuerpo en la tierra, pero el alma que anida en ellos vuela a ocultarse en una flor. Mainumbí, al libar el néctar con su largo pico, halla en la flor el alma del que acaba de morir. Con un ágil aleteo llega hasta el Paraíso, y allí deja el espíritu, que encuentra, gracias a él, su morada eterna.

Revista Anteojito N°1473, pp. 42
02 de junio 1993
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1473

domingo, 26 de enero de 2025

El cacto y la orquídea


Esta leyenda maya cuenta cómo aparecieron en el mundo el cacto y la orquídea. Fue en tiempos de la conquista, que los mayas supieron resistir con valor y firmeza. Lucharon durante muchos días y muchas noches, bajo las órdenes de Huasca Michaqui.
Ni un momento dejó de oírse en mares y montañas, el terrible sonido guerrero del "botuto" y de la "guarura", cuernos de caracol marino.
Al cabo de casi un mes lleno de fuego y destrucción, los guerreros mayas fueron derrotados. ¡Pero su bravo espíritu no se día por vencido! En un último intento, el valiente Huasca Michaqui imploró al dios Yorocán: -¡Apiádate de nosotros, Yorocán! ¡No nos permitas rendirnos! Condénanos a luchar durante toda la eternidad, si es preciso, y a nuestras mujeres permíteles huir antes que caer prisioneras en manos enemigas-. Yorocán, conmovido ante un ruego tan sentido, le concedió su deseo. Transformó a los hombres en cactos con ramas llenas de espinas lacerantes y formas tan intrincadas, que parecían brazos levantados en plena batalla. A las mujeres las convirtió en orquídeas, flores frágiles cuyos pétalos, según cuenta la leyenda, se marchitan con que sólo las mire un extranjero.
Así, generación tras generación, los soldados-cacto luchan por recuperar su tierra, y las mujeres-orquídea huyen de los invasores extranjeros.

Revista Anteojito N°1507, p.42
26 de enero 1994

jueves, 24 de octubre de 2024

El humo del volcán Fuyi


Un Hada, moradora de un palacio celestial, bajó con un permiso de su padre a la Tierra, en forma de niña. Se escondió en un campo de bambúes donde la halló un anciano plantador, que la recogió y la adoptó. Con el paso del tiempo la niña se convirtió en una joven bellísima, que atrajo a los moradores del lugar. Muchos fueron sus pretendientes. Su fama llegó a oídos del emperador quien quiso conocerla y la invitó a su palacio. Pero ella se negó a ir. En una carta dirigida al monarca le explicaba que su morada estaba muy lejos y se hallaba muy alta, en la Luna, pues ella era un Hada. Ella no pertenecía al mundo de los hombres y en el próximo otoño debería regresar al palacio de su padre. El emperador, deseoso de retenerla, envió a sus más valientes y fieles soldados para que vigilaran la casa de la joven. Pero por la noche, un espeso manto de nubes lo cubrió todo, mientras estallaba una intensa luminosidad. Los soldados quedaron paralizados, por lo que les fue imposible levantar sus armas. El hechizo del Hada tocaba a su fin y debía volver a su morada. Pero no había olvidado al emperador, a quien dejó una carta de despedida y un cofre. Por orden del monarca, los soldados llevaron el cofre a lo alto del volcán Fuyi donde quemaron su contenido. Desde entonces, el volcán siempre envía hacia el cielo su suave penacho de humo como un claro mensaje de amor entre el emperador y su Hada inconquistable.

Tradición japonesa.
Revista Anteojito N°1863, pp.42
24 octubre 2000
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1863/page/n42/mode/1up

jueves, 4 de julio de 2024

La leyenda del hornero


Dicen que el hornero no siempre fue un pájaro. Los guaraníes que en tiempos apuesto de nombre Yaebé, que vivía con su padre en una humilde choza. Yaebé amaba a Ipona, una joven radiante como la luna llena. Pero el padre no consentía este amor, y había decidido que Yaebé se casara con la hija del cacique, jefe de los guaranies. ¡Pero Yaebé no amaba sino a la bella Ipona! ¡Con qué tristeza esperaba el día de la “gran prueba”! Porque los pretendientes debian someterse a una prueba. Solo el vencedor seria digno de la mano de la princesa.
El día de la competencia llegó y los pretendientes se reunieron. Para comenzar, dispararon sus flechas hacia un escudo clavado en un árbol lejano. Sólo algunos atinaron al blanco. El paso siguiente fue atravesar el rio en un recodo en que rugía y se agitaba embravecido. Sólo dos lo consiguieron: Yaebé y otro joven llamado Tata. La prueba final, la más difícil, consistía en soportar un ayuno de diez días. Ipona acompañó a Yaebé cada día y noche durante el duro ejercicio y, gracias a su amor, Yaebé soportó el hambre. Pero Tata no pudo completar el ayuno. ¡Yaebé debía casarse con la princesa! Un hecho asombroso lo impidió. Llevados por su amor, Yaebe e Ipona redujeron su tamaño, cada vez más y más hasta convertirse en dos homeros, ante la vista maravillada de todos. Los enamorados volaron lejos y, desde entonces viven en su nido de barro: son el símbolo del amor que ningún hombre puede quebrantar.

Revista Anteojito N°1582, pp.41
4 julio 1995
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1582/page/n40/mode/1up

jueves, 6 de junio de 2024

Leyenda del palo borracho


Naipá era hija del cacique Caimaré, que habitaba las hermosas y cálidas tierras del Litoral. Huérfana de madre fue criada por las mujeres de la tribu. Creció en medio de la naturaleza y aprendió el lenguaje de las flores, del río, de los pájaros... Un día paseaba por el bosque cuando conoció a un apuesto joven de quien se enamoró. Fue correspondida y poco después ambos unieron sus vidas. Pero los jóvenes de la tribu miraban con disgusto a ese extranjero que ocuparía el trono de sus mayores y una noche le dieron muerte. Naipa presa de dolor, huyó al bosque, fiel testigo de su amor, y nunca más regresó a su tribu. Su único consuelo era el llanto. Sus lágrimas calan incesantemente regando la tierra... Todos la buscaron, pero jamás pudieron hallarla porque Naipa poco a poco fue transformándose en un árbol con el tronco erizado de espinas y la copa cuajada de bellísimas flores. Ese árbol es el palo borracho cuyas espinas simbolizan el dolor de Naipa y las flores, la magia de su amor.

Revista Anteojito N°1578, pp.34
6 junio 1995
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1578/page/n33/mode/1up

viernes, 31 de mayo de 2024

Yerba Mate

Cuenta la leyenda que un buen día la Señora Luna tuvo muchas ganas de visitar la Tierra. Todo lo que sabía, lo sabía por boca del Señor Sol, y ella quería ver las cosas con sus propios ojos. Fue así que consultó a la nube Arai, una vieja compañera de viajes Arai le prometió que la llevaría a la Tierra la noche siguiente, una vez que los astros y los hombres se hubieran dormido, despertarlos con la fuerte luz lunar.
Cuando llegó el momento, Arai fue a buscar. a la Señora Luna, que se abrazó fuertemente a ella. Juntas surcaron el cielo y aterrizaron ron en un claro del bosque, que se llenó de luz como si fuera de día. Para no despertar a los hombres y animales. Arai la rodeo con su bruma vaporosa atenuando la claridad que irradiaba. Tan preocupadas estaban por la luz, que no oyeron los pasos furtivos de un jaguar hambriento que las acechaba…
De pronto, el zumbido de una flecha atravesó el claro, y se clavó en el pecho del jaguar que en ese momento saltaba sobre sus presas.
Era la flecha de un viejo indio guaraní, que así las había salvado de las feroces garras. La Señora Luna se sintió muy conmovida por el valor del indio, y quiso premiarlo con un regalo. Le dio la espalda, y se puso a discutir el tema con su amiga la nube. Por fin llegaron a un acuerdo…
La Señora Luna le entregó al indio un ramo lleno de hojas pequeñitas y le dijo: -Con estas hojitas deberás preparar una infusión que se llamará mate. Lo beberás en ronda con tus amigos, para que siempre haya gran amistad entre los tuyos. La Señora Luna se detuvo un tiempo a observar a los animales y las plantas que la rodeaban. Cuando estuvo satisfecha, partió con Arai y pronto comenzó a brillar entre las estrellas. Desde entonces, los indios ofrecen la infusión a todos los que aman y a todos los que llegan con el corazón abierto. Así lo quiso la Señora Luna.


Revista Anteojito N°1525, pp.9
31 mayo 1994
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1525/page/n8/mode/1up

domingo, 28 de abril de 2024

El Familiar

Cuando los conquistadores españoles llegaron a América encontraron una cultura diferente de la suya. Los naturales tenían sus creencias, sus leyendas, sus ritos. Sin embargo, aceptaron las supersticiones traídas por los españoles: una de ellas es la del "Familiar".

COMO UNA "MASCOTA"
¿Quién es el Familiar? ¿Dónde habita? El Familiar es un animal que vive en la misma morada de sus dueños. Puede ocupar una habitación o conformarse con el hueco de un árbol cercano. Generalmente es una víbora grandota, con una cabeza como de perro y con abundante melena. Se alimenta sólo una vez por semana. Mas su comida tiene que ser excelente. ¡Todo un menú!

UN SER DEMONIACO
Pero no se trata de un animal común y corriente. No. El Familiar es bastante "endiablado". Posee poderes sobrenaturales y su dueño ha tenido tratos con el "malo" para conseguirlo. ¿Por qué su amo lo alimenta con lo mejor? Porque el Familiar, así, le ayuda a conseguir todo lo que desea: felicidad, riqueza, prosperidad, poder, salud. Es una especie de talismán.

¡QUE MALA SUERTE!
Pero el Familiar no es inmortal. Cuando desaparece, ya sea por muerte natural o a causa de algún accidente, la desgracia cae sobre su dueño. Se le secan los sembrados, se muere el ganado. Debe abandonar su vivienda, pues no puede vendería porque nadie más quiere habitarla. Como su felicidad se debió a sus tratos con el diablo, ése es el castigo del Cielo.

LAS "MALAS LENGUAS"
Cuando alguien muy pobre comienza de pronto a prosperar, y en poco tiempo se convierte en "nuevo rico", todos, en voz muy baja, casi en un susurro, comentan que seguramente tiene la protección de un Familiar.
Pero agregan que aunque sea rico por fuera seguirá siendo pobre por dentro, y que seguramente su espíritu será una colección de "harapos".
El "Malo" es el Diablo.

Revista Anteojito N°1468, pp. 18
28 abril 1993
https://archive.org/details/24_20230102_20230102_2209/18.jpg

jueves, 25 de abril de 2024

La serpiente arco iris


Cuando vemos un arco iris, nos llenamos de admiración y de asombro. Lo mismo sienten los indios shoshone, de los Estados Unidos, y lo sentían sus antepasados que explicaban todo con leyendas. En una de ellas nos cuentan el origen del primer arco iris. Fue en tiempos de gran sequía y calor. Los ríos estaban secos, las flores marchitas y los animales habían huido a otras tierras en busca de agua para calmar su sed. Los hombres estaban hambrientos y desesperados. Sus lamentos llegaron a oídos de una serpiente escamada. Conmovida, decidió ayudarlos con sus poderes mágicos. La serpiente arco iris, así se llamaba, pidió al brujo de la tribu que la lanzara hacia arriba con fuerza. El brujo desconfiaba de los poderes de la serpiente. Creía que no bien la lanzara, ella caería a tierra y se rompería todas las escamas. Pero el hambre era más fuerte que la desconfianza, así que la arrojo hacia el cielo con tanta fuerza como si con ello arrojara al hambre y a la sed fuera de la tribu. Y de hecho, así ocurrió. La serpiente arco iris, en su vuelo, comenzó a estirarse. Se hizo tan larga que su cabeza y su cola tocaron la tierra a cada lado del horizonte, mientras todo su cuerpo se curvaba siguiendo la bóveda celeste. Cuando estuvo bien estirada, comenzó a moverse para raspar el cielo con sus escamas. El hielo celeste comenzó a quebrarse y derretirse y a caer en forma de gotas de lluvia sobre la tierra. El maíz germino, los animales regresaron, y los hombres no dejaron nunca de agradecer a la serpiente arco iris que de tanto rascar y rascar el cielo, se había puesto las escamas de todos colores.

Revista Anteojito N°1572, pp.39
25 abril 1995
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1572/page/n38/mode/1up

jueves, 28 de marzo de 2024

La Telesita

¿Se te ha perdido un objeto de valor? ¿Te sentís un poco enfermito? ¡No te preocupes! Los santiagueños tienen la solución. Consiste en ofrecerle un baile, con bombos y violines, a doña Telésfora Castillo, "La Telesita", para los amigos.

¿QUIÉN FUE LA TELESITA?
Todos la conocían como Telesita, pero éste sólo era el apodo de Telésfora Castillo, una joven hermosa nacida en Tolojona, en la provincia de Santiago del Estero. Telésfora era amante de la música y del baile. No había rancho o pulpería santiagueña que no conociera sus risas y alguna vez la hubiera visto bailar chacareras. Pero cuenta la leyenda que para esta vida tan alegre tocó un final triste. La Telesita, como la llamaban los amigos, murió cierta noche cuan do se produjo el incendio de su rancho. El corazón de los santiagueños se llenó de pena y fue llorada por varios días.

¡ADENTRO! ¡SE VA LA TELESIADA!
Sin embargo, el alma de la Telesita siguió viviendo entre sus comprovincianos. Pronto se le atribuyeron milagros y se inició una costumbre asombrosa: fue llamada la "Telesiada" y consiste en un baile que se organiza en honor de la Telesita. Según esta creencia, Telésfora devolverá a sus dueños los objetos perdidos, y a los enfermitos su salud. Pero eso sí: lo hará si el baile en su honor cumple los "requisitos” que impone la Tradición.

CHACARERA CON "CONDICIONES"
La Telesiada no es un baile como cualquier otro. El que ofrece el baile debe preparar todo con mucho cuidado. Para empezar, hay que fabricar una muñeca de papel o trapo, y colocarla sobre una mesa. Simboliza el cuerpo de la Telesita. Después se encienden cuatro o cinco velas alrededor de la mesa y entonces... ¡se va la Telesiada! El dueño de casa y su mujer inauguran la fiesta, bailando siete chacareras seguidas. Después se unen los otros invitados y todos brindan con caña. ¡Salud!

¡HASTA QUE LAS VELAS NO ARDAN!
Los acordes de las guitarras, los violines y el bombo hacen temblar las gruesas trenzas de las mujeres. Todo es alegría y diversión al ritmo de chacareras, gatos y cielitos. Eso sí el baile debe terminar cuando se apagan las velas. Caso contrario, la Telesiada no tendrá el efecto buscado. Pero los dueños de casa se las arreglan para que el baile dure hasta el amanecer. ¿Cómo? Fácil: fabrican unas velas caseras de sebo tan grandotas que arden durante toda la noche. Así nadie podrá quejarse de que la Telesiada no tenga efecto.

Revista Anteojito N°1568, pp.9
28 marzo 1995
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1568/page/n8/mode/1up

sábado, 2 de marzo de 2024

Así nacieron las luciérnagas


En el mundo de los guaraníes había muchos dioses, pero dos eran los más importantes. Аñá era el dios del mal y Тuрá, el dios del bien. Un día en que el frio era muy fuerte, los indios encendieron muchas fogatas у se ubicaron a su alrededor para conversar amigablemente. Añá, al verlos tan unidos, decidió hacer una de sus habituales maldades y comenzó a soplar con furia para apagar las fogatas. Entonces intervino Tupá. Retuvo las chispitas que se desprendían de las hogueras y les dio vida. Así nacieron los bichitos de luz o luciérnagas, a las que los guaraníes dieron el nombre de Isondú. Los inquietos bichitos comenzaron a revolotear alrededor del sorprendido Añá. Se reían en las propias barbas de Añá “encendiendo” su indignación. Pero las fogatas se habían apagado y los guaraníes temblaban de frío. Condolido, Tupá bajó a la Tierra y volvió a encender el fuego. La cordialidad y la paz volvieron a геinar en las tribus. Añá, derrotado, se alejó de esos seres felices y volvió a sus oscuros dominios.
Desde entonces, los bichitos de luz iluminan las noches, imitando a las estrellas, y se ríen bajito cuando recuerdan la cara del malvado de Añá.

Revista Anteojito N°1512, pp.39
2 marzo 1994
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1512/page/n38/mode/1up

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Los dos pretendientes

(Leyenda de Neuquén)

Los araucanos cuentan que sobre el cerro Trompul vivía una vez un cacique con una hija muy hermosa, que tenía por nombre Hormiga Blanca.
Un koná, o sea un mocetón araucano, amaba a la niña, pero era muy pobre para aspirar a la mano de la hija de un cacique. Además tenía un rival, el mago Cuervo Negro, un brujo ya entrado en años, con la piel enferma y la voz ronca.
Cuervo Negro también quería casarse con Hormiga Blanca y el padre de la joven no se atrevía a negársela, porque temía sus poderes mágicos. Cuando el mago le propuso eliminar al koná, aceptó, porque tampoco ese joven lo convencía. En el fondo esperaba poder deshacerse de alguna manera de los dos.
—A ese mozo le deremos un trabajo que le costará la vida —murmuró Cuervo Negro a los oídos del cacique.


Llamaron al muchacho y el cacique, siempre aconsejado por el brujo, le dijo:
—Tú pretendes a mi hija, pero no tiene séquito ni familiares nobles; no dispones de oro ni de piedras preciosas. Entonces haz lo que te ordeno: desciende por este abismo y en el fondo encontrarás grandes riquezas.
El abismo al que se refería el cacique era el respiradero del volcán Trompul, tan hondo, que nadie había visto su fondo. Solo se sabía que bien abajo estaban los espíritus de los antepasados condenados por su maldad. Eran los guardines de los tesoros escondidos en los más profundos del cerro y ningún hombre se había atrevido a bajar a buscarlos.
Hormiga Blanca pudo escuchar esas confabulaciones y advirtió al joven:
—Ten cuidado, apenas empieces a bajar, arrojarán piedras candentes encima tuyo.
El koná bajó por el tremendo respiradero y en cuanto encontró una gruta, se refugió adentro. No se hicieron esperar mucho las piedras, tiradas por los dos viejos para eliminarlos. Sin embargo al día siguientes el muchacho apareció entre ellos sano y salvo.
—¡Ayayay! —se lamentaron el brujo y el cacique. Pero bien pronto descubrieron otra tarea nefasta para el joven pretendiente.
—Sube a aquel árbol, desde donde se oye el chir, chir de los pájaros y trae un nido con huevos o pichones. Para demostrarme que no temes ni picaduras ni raspaduras, deberás ir completamente desnudo.
La fiel Hormiga Blanca pudo escuchar lo que Cuervo Negro había murmurado antes a los oídos del cacique y advirtió al muchacho que esa noche el brujo untaría la corteza del árbol con un poderoso veneno.
Entonces los dos enamorados prepararon una pomada de arcilla roja y grasa de ñandú y el koná, protegido por la misma, trepó sin dificultad al árbol. Allí encontró el nido y se lo puso al revés sobre la cabeza, escondiendo los huevos debajo.
Cuando los dos conspiradores lo vieron llegar vivo y para colmo con los huevos y el nido, ya no supieron qué cara poner. Sin embargo pronto al brujo se le ocurrió otro ardid, que murmuró a los oídos del cacique. Así fue que le dijo al joven:
—Tanto hiciste que mereces una recompensa. Daré una comida para los hombres más importantes de la tribu y en premio a tus esfuerzos, ocuparás el lugar de honor. Después de esta fiesta serás uno más entre los privilegiados de mi gente y quizá te dé la mano de mi hija.
¿Quién podía desconfiar de tan amable invitación? Sin embargo Hormiga Blanca había podido escuchar otra siniestra conversación entre el mago y su padre. Así fue como el koná se presentó a la comida con un cuero de tigre atado a la espalda, explicando que esa era la costumbre entre su gente en ocasiones especiales.
¡Cómo se asustaron los dos viejos cuando vieron que el joven profirió los gritos usuales para iniciar la fiesta, a pesar de estar sentado sobre el asiento atravesado por flechas envenenadas!
El muchacho había reforzado la piel de tigre con una buena protección.
El mago Cuervo Negro sentía que su piel se achicharraba aún más frente a la fuerza de ese joven y el cacique empezó a temer a tan invulnerable pretendiente.
Por la noche, después de la comida, los dos se encerraron y estuvieron confabulando hasta altas horas. La joven trató y trató pero no pudo escuchar lo que hablaban. El koná la tranquilizó; ya se sentía seguro de poder vencerlos.
A la mañana siguiente Cuervo Negro llamó al muchacho y junto con el cacique lo llevaron hasta un árbol inmenso, hueco de un lado, cuyas raíces se hundían seguramente en el mundo de los antepasados de la tribu. Algunos decían que llegaba hasta la base del mismo cerro Trompul.
—El tronco de este árbol está siempre repleto de agua —le dijo el brujo—. Hace mucho guardé adentro patatas, con la esperanza de que el tiempo las pudra. No sé si sabes que los brujos únicamente podemos comerlas así, pero no logro encontrarlas. Ante todo corta el tronco del árbol, después baja por él, a ver su puedes traerlas.
El muchacho se dispuso a cumplir esa tarea, aunque sabía que querían eliminarlo. El árbol era tan grande que seis hombres no podían rodearlo, pero trabajó y trabajó sin descanso. Se rompía un hacha tras otra, hasta que él mismo fabricó una con una piedra más filosa que encontró. Mientras tantos u rabia iba en aumento y cuando tuvo su nueva herramienta preparada, sintió que lo invadía una fuerza sobrehumana y pudo abrir una profunda hendidura en el tronco. Valiéndose de cuñas la agrandó, ya que tendía a cerrarse, después se acercó a Cuervo Negro y el dijo:
—Ahora buscaré tus patatas. Traigo una soga fuerte, tejida por mi madre. Bajo con gusto porque según me contaba mi bisabuelo, el agua de un árbol hueco limpia la piel y cura de los achaques. ¡Qué suerte la mía!
Pero el brujo gritó:
—¿Qué has dicho, malvado? Pues escucha bien. El único que rejuvenecerá soy yo.
Tan ansioso estaba el brujo por lograr la eterna juventud, que arrancó la soga de las manos del muchacho y soltó tan rápido como sus años se lo permitían dentro del árbol. Una vez que su cabeza desapareció el koná retiró las cuñas, la abertura del árbol se cerró y el brujo quedó aprisionado adentro.
El cacique, admirado por la tenacidad y valentía del joven le dio a su hija en matrimonio.
Algunos cuentan que el brujo Cuervo Negro sigue buscando la manera de salir. A veces todavía se escuchan sus gritos enfurecidos en el fondo del cerro Trompul.

Martínez, Paulina; Rey, Eva y Romera, Pirucha
En Leyendas argentinas, Bs As. Sigmas, 1994, pp. 59-60

miércoles, 6 de julio de 2022

Coquena

Deidad diaguita-calchaquí protectora de las vicuñas, llamas y guanacos. Es un enano de rasgos indígenas, vestido de casaca, calzón, escarpines y sombrero de vicuña. Calza diminutas ojotas de duende. Anda silbando por los cerros. Masca coca continuamente, y procura ocultarse de la mirada de los hombres. Vigila con celo el ganado que pace en el paisaje andino. Cuando se ve moverse a lo lejos las tropas de animales sin que pastor alguno los conduzca, es que Coquena las arrea hacia sitios de mejor pasto.
También se dice que durante la noche lleva rebaños cargados de plata y oro extraídos de distintas minas cordilleranas hacía el Sumaj Orko de Potosí, para que sus riquezas no se agoten. Los bagajes van atados con víboras a guisa de cuerdas.
Es raro encontrarse con Coquena, pero si esto ocurre, se toma como un presagio nefasto. Tal visión no dura más que un instante, porque de inmediato se transforma en un espíritu. Castiga con dureza, pero también sabe otorgar bienes. Sus víctimas son los cazadores que diezman a los guanacos y vicuñas con armas de fuego, y los arrieros que cargan demasiado a sus llamas. A los buenos pastores los premia con monedas de oro.

En: Colombres, Adolfo;
Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina.
Bs. As., Ediciones del Sol, 1986. p.64

domingo, 26 de junio de 2022

Lobisón/Hombre Lobo

Para iniciar esta comparativa entre Lobisón y Hombre Lobo debemos ir a los mitos primigenios de ambos.
Al recorrer la mitología guaraní, encontraremos la leyenda de El Nacimiento los 7 monstruos: la historia de la desafortunada Kerana y su asalto por parte Tau, y de cómo, fruto de ese asalto, dio a luz a siete bestias malditas, de las cuales el Lobisón es el séptimo y último: su cabeza, semejante a la de un perro, deja ver una larga hilera de filosos dientes de diferentes tamaños. Sus orejas son pequeñas e impuestas en la parte superior del gran cráneo. Su cuerpo esmirriado y seco, sus extremidades mitad humanas, mitad garras le dan un aspecto desgarbado. Se le conocerá con el nombre de Luisón. Luisón habita en los campos santos y se alimenta de los cadáveres que allí desentierra. Se le puede escuchar en las noches de luna llena, cuando emite sus lastimeros y aterrorizadores aullidos trepado a las lápidas de las tumbas… Así describe esa leyenda al Lobisón.
Entre tanto, el mito del Hombre Lobo, el cual Olivera Martínez (citado por López Bréard:2013,62) resume como un mito indo europeo, puede ser rastreado hasta el Libro I de La Metamorfosis del poeta romano Ovidio, donde refiere a un antiguo Rey de Arcadia, llamado Licaón, quien fundara la de Licosura, con protección de Zeus, pero este furioso de los excesos del rey lo convirtió en Lobo, y a sus descendientes (López B.:2013,61).
Como vemos los dos mitos tienen orígenes marcadamente diferentes: en el primero es hijo de seres divinos, en el segundo un rey maldito.
La siguiente diferencia se da en cómo se llega a ser uno u otro: en el primero versa la maldición del séptimo hijo (probablemente devenida del mito de los hijos de Kerana); aunque también el maleficio puede ser transmitido si el lobisón pasa por entre las piernas de uno (López B.:2013,59). En cambio, para convertirse en Hombre Lobo: uno puede ser mordido por otro, nacer de padres hombres lobos, a través del uso de la piel de un lobo o un cinto hecho de esa piel, o también, como reza en Portugal: ser fruto de un incesto, hijo de padrino e ahijada, o de compadres (López B.:2013,63).
Las formas de cortar la maldición, teniendo en cuenta lo expuesto por López B. (2013,59) para el Hombre Lobo: balas de plata o benditas; para el Lobisón, en la antigüedad, mediante ritos paganos o cristianos (exhibición de la cruz).
Entonces, mientras ambos mitos permanecían separados, con la llegada de la colonización portuguesa y española el mito del Hombre Lobo es introducido a esta región, y el encuentro entre ambos se da. López B. (2013,63) cita a Daniel Granada, quien considera que prueba de esto se da al origen e introducción del nombre, Lobis Home, que presumiblemente muto a Lobisome; pues, recuerda, que los lobos no son habitantes de esta región (ni de origen ni por introducción), por lo tanto, no es posible que el nombre sea el original.

López Bréard, M. R. (2013) El Lobisón en Mitos de la Región Guaraní. pp. 59-64. Moglia Ediciones.

miércoles, 9 de junio de 2021

Lobisón

Ña Casiana tenía seis hijos varones y el séptimo, encargado.
—Tenes que ser mujer —ordenaba ña Casiana acariciándose la panza. Miraba alto y musitaba a las estrellas—: Dios mío… que sea mujer.
El día en que la comadrona entro al rancho para asistirla en el parto, el hombre rezaba con los otros hijos. La comadrona misma murmuraba entre dientes:
—Padrecito que estas en los cielos, hace que sea mujer.
Y cuando se oyó el llanto de la criatura, los que esperaban en la cocina se persignaron.
Casi enseguida sonó el grito de la madre. Y una mariposa negra huyo por la ventana.
Esa misma tarde salió el padre de aquel rancho maldecido con otro hijo varón. El séptimo. Llevaba en brazos al recién nacido. Iba a la iglesia de Pago Alegre, el pueblo más cercano, a que se lo bautizaran. Le pusieron el nombre de Benito. Era el que había que ponerle para quebrar el maleficio.
También había que bautizarlo en seis iglesias más, de seis pueblos distintos: siete en total. Eso lo sabía de sobra el padre, pero el gurí era apenas nacido y la maldición recién se cumpliría cuando llegara a mozo.
—Hay tiempo —dijo el padre—. Hay tiempo todavía.
Y le entrego el hijo a la madre. El Benito enseguida se prendió a la teta como lo hubiera hecho un gurisito cualquiera.

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Las distancias son largas en Corrientes. Los pueblos quedan apartados. Y había seis hermanos más para atender. Y había también pobreza y un solo caballo.
Pero los padres no olvidaban la gravedad del caso. Tampoco era muy fácil de olvidar, viendo que el Benito crecía flacucho, enfermizo y con más de una costumbre rara. Como esa de no querer probar la carne. Como esa de pasársela escarbando en el potrero y volver con las uñas renegridas. Uñas largas y duras que na Casiana cortaba por las noches y a la mañana estaban largas otra vez. Y curvas.

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Recién para su quinto cumpleaños lo llevaron a su segundo bautismo en la iglesia de Pago Arias. A los ocho, lo bautizaron en Loma Alta, la tercera iglesia. A los once, en Pago de los Deseos, la cuarta. A los trece, en la iglesia de Saladas, la quinta. Saladas era casi una ciudad por aquel tiempo. Y en la casi ciudad hicieron noche. Al otro día, el padre lo llevo a la sexta iglesia en Colonia Cabral.
Solo faltaba una y todavía había tiempo, aunque ya no tanto. El padre aún era joven, aunque menos, y el caballo era el mismo.

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Cuando el Benito estaba al cumplir los quince, ya no escarbaba potreros ni rechazaba la carne ni le crecían las unas de aquella rara manera. Seguramente los bautismos estaban alejando la profecía.
Fue entonces cuando intentaron ir hacia el norte, hasta Mburucuya. Querían que el ultimo bautismo fuera en una iglesia grande, con una bendición importante. Desde aquel mal nacimiento, el padre guardaba en el pecho un largo sapucay para gritarlo el día en que se quebrara la maldición.
Esta vez los acompaño el Florian, el hermano mayor. Había cumplido veintidós y montaba un tordillo que le prestaron.
Y allá iban los tres, camino a Mburucuya. El padre, en el zaino; los hijos, en el tordillo.
Cruzaron montes de talas espinosos, vadearon lagunas de juncos tupidos, rodearon plantaciones de tabaco. Y siguieron andando.
Cada tanto veían algún carpincho que se metía en su madriguera. Iban atentos porque estas cuevas son peligrosas si el caballo llega a hundir la pata ahí.
Sin embargo, resulto que, bordeando los esteros de Santa Lucia, el zaino viejo del padre metió la pata nomas en una vizcachera. Y cayo de rodillas el caballo, con una quebradura. El padre también tuvo una mala caída. Y ahí nomas quedo, de cara al cielo, con los ojos abiertos y el espinazo roto.
Y se llevó a la muerte el sapucay.

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El Benito y el Florian fueron barridos por semejante desgracia. Deshechos. Y tuvieron que sepultarlo ahí mismo.
El Florian miraba alrededor buscando con que abrir la sepultura, cuando ve que el Benito empieza a usar las uñas. Las que desde tanto tiempo atrás no usaba. Y se quedó mirándolo con el alma encogida.
Cuando el Benito acabo el pozo, entre los dos bajaron el cadáver y, otra vez con las unas, el Benito lo cubrió.
Todavía les faltaba despenar de un tiro al caballo, que tampoco tenía salvación. Pero esa noche les falto coraje.
Ya habían llorado hasta quedarse secos. Y se durmieron, uno junto al otro y al sereno, en el vaho húmedo de los esteros. Con el sueño pesado del que ha llorado mucho. Bajo la luna redonda como un plato. Y era viernes.

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Apenitas estaba amaneciendo. El Florian creyó ser el primero en despertarse. Alargo el brazo para tocar al Benito, pero solo toco la manta sobre la que había dormido. Se incorporó de un salto y lo busco a la luz que apenas se insinuaba, pero no lo diviso.
Entonces fue hasta donde había quedado el zaino. El animal no se movía. Tendido de costado, sobre la pata rota.
Florian se fue agachando, le acaricio la cabeza a la luz imprecisa del amanecer y, en la misma caricia, bajo la mano hasta el cuello.
Sus dedos se sobresaltaron al tocar algo pringoso9 y tibio todavía. Se puso en cuclillas y, sin ver bien, tanteo mejor. Toco una herida honda. Toco otra. Toco la yugular que no latía. Alguna fiera nocturna le había clavado los colmillos.
En eso oye unos pasos arrastrados. Levanta la vista y lo ve al Benito. Parado ahí. Greñudo, ausente.
—¿De ande venís? -le dijo y le señalo el caballo.
El Benito se tapó la cara con sus dedos de unas largas, curvas, sucias. Al instante, corría monte adentro.
Cuando Florian reacciono y fue tras él, tardo muy poco en perderle el rastro.

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El Florian volvió, monto el tordillo y anduvo en busca del Benito por varios días, pero no lo encontró. Una sospecha horrible le comía los sesos.
Finalmente, volvió al rancho con las tres noticias: la muerte del padre, la muerte del zaino y la huida del Benito tras aquel viernes de luna llena.
Noticia tras noticia, la madre y los hermanos iban cayendo como arboles bajo el hacha. Con apenas un hilo de voz, ña Casiana pudo decir:
—¿Alcanzaron al séptimo bautismo?
—No —respondió el Florian.
Y salió a buscar botellas. Las trajo. También traía una maza. Puso las botellas sobre una bolsa de arpillera. Las fue rompiendo a mazazos. Los vidrios, al quebrarse, sonaban a desesperación. Los otros hermanos trajeron carbones y maderas y hojas secas para encender un fuego y atizarlo, llegado el caso. Quizás fueran a necesitar brasas, muchas. No sabían si el Benito seguiría siendo el Benito. Bajo que aspecto volvería a la casa, si es que volvía. Temían que no tuviera forma humana.
Ahora había que esperar, como mínimo, hasta un martes. Hasta el próximo martes de luna llena.
Pero no fue tan largo el esperar. El domingo a la tardecita, el Benito apareció. Lo traían en ancas unos paisanos. Venia más flaco, consumido, enfermo.
Ña Casiana lo abrazo llorando y le sirvió un plato del guiso del mediodía. Pero el Benito se negó a probarlo. Otra vez rechazaba la carne, como cuando era chico. Y ña Casiana ahogo un quejido.
El Benito no hablo, no conto nada y al otro día volvió a escarbar en los potreros durante horas. Solo.
A la velocidad con que corren las voces en los pueblos, por todo Pago Alegre se comentaba el caso.
El Benito se volvió sospechoso de haberse convertido en lobisón.
Quien más quien menos se las arregló para tener un crucifijo a mano. Botellas rotas. Tizones encendidos.
Sabían que, cuando un lobisón vuelve a su forma humana, no quiere que se sepa su secreto. Por eso huye de los vidrios y de las quemaduras que le podrían dejar marcas.
Así que los vecinos estaban preparados. Quien más quien menos oía por las noches mugir a las vacas. Eso que solo pasa cuando un lobisón las ronda para beberles la leche.
Quien más quien menos encontraba cada tanto el patio limpio de suciedades de gallina. Eso que solo pasa cuando un lobisón anda en la noche lamiendo lo que solo un lobisón considera un alimento exquisito.

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Una noche muy negra, se metió al rancho de don Nicosia un perro más negro que la noche misma. Era casi tan alto como un potrillo. Don Nicosia, que estaba prevenido, le salió al cruce al grito de:
- ¡Yaguá-hú!
Pero el perro olisqueo un hueso y se volvió, mansito, por donde había venido. Con eso, don Nicosia supo que no era lobisón, que era perro negro nomas. Y no le disparo la bala de plata que tenía en el cargador de su escopeta.
Cuando conto el incidente en el boliche, todo el pueblo estuvo al tanto de que don Nicosia tenía una de esas balas. Las únicas capaces de atravesar la piel de un lobisón y darle muerte.

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Cerca de veinte días habían pasado desde el regreso del Benito al rancho. Un miércoles, la luna se volvió a llenar. Los seis hermanos la miraron con recelo, y ña Casiana también.
Miércoles no es martes ni tampoco viernes. Pero la luna iba a seguir llena durante ocho días. Y eso era de temer.
La familia se turnó para vigilar el sueño del Benito, pero la distracción de un minuto alcanzo. El séptimo varón se echó al monte, no sin antes revolcarse en las cenizas de una hoguera apagada en el potrero días atrás.
Ya en el monte, llego a un claro, se dejó caer de rodillas y levanto la frente. La luna le volcó una luz azulada de tan blanca. Y el comenzó a agitarse con espasmos. El cabello le crecía en crenchas duras. Las cejas se alargaban más allá de la frente. Las manos y los brazos se le iban cubriendo de pelambre espesa. Los dedos se le arquearon en garras. Las piernas fueron cambiando hasta llegar a patas.
Su piel se ponía tirante a medida que, bajo los músculos, los huesos se alargaban o se contraían.
Las mandíbulas se le estiraron hacia adelante hasta acabar en hocico. Y le creció una cola poderosa.
Y una lengua que chorreaba saliva le colgó entre las fauces. Se alargaron los dientes en colmillos de fiera y un aullido terrible le vibro en la garganta.
Así, se puso en marcha de regreso al rancho. Buscaba ayuda tal vez... o tal vez no.
El caso fue que los hermanos andaban por afuera. Y cuando vieron a la bestia, temieron que no fuera un simple perro enorme y negro. Solo la madre tuvo presencia de ánimo:
—¡Yaguá-hú! -lo increpo para salir de dudas.
Y a la bestia se le erizaron los pelos. Mostro los dientes gruñendo con ferocidad. No era un perro negro, no. Lobisón era.
Uno de los hermanos fue por el crucifijo; otro, por las botellas; un tercero, por las brasas.
A la vista de la cruz, el lobisón retrocedió. Esto animo a los otros, que le empezaron a arrojar botellas rotas. El lobisón retrocedió aún más. Entonces el Florian, con un nudo en la garganta, le arrojo una palada de tizones encendidos.
El lobisón escapo de nuevo al monte. Pero esta vez la madre fue tras él.
Lo vio meterse en un naranjal y ella también entro. El había aminorado la carrera y ahora caminaba. Hasta que el ruido de una pisada le detuvo el paso. Se dio vuelta y la vio.
Otra vez se le irguieron los pelos del lomo. Un gruñido ronco le lijo la garganta, y se preparó para saltarle encima. Pero ella lo miro a los ojos con una pena infinita y solo dijo:
—Benito...
Y al desdichado lobisón, que había iniciado el salto, se lo vio ahí, en el aire, recuperar su forma humana, a medida que una bala de plata le iba atravesando el corazón.
Tras los naranjos, don Nicosia bajo el canon de su escopeta. Humeaba.

Rivera Iris (2018) Lobisón en Mitos y leyendas de la Argentina Historias que cuenta nuestro pueblo. Pp. 23-35. 3ª ed. 6ª reimp. Colección Azulejos, Ed. Estrada. Argentina.