Mostrando las entradas con la etiqueta Las leyendas de Alcides. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Las leyendas de Alcides. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de abril de 2022

El boyero


-Buenos días, boyero. ¿Trabajando siempre?
-Salud, amigo carpintero… Trabajando, ya lo ves… Un hilo aquí, otro hilo allá… Cruzando estos otros… Cuesta hacer el nido, ¿verdad? Pero, ¿no importa! Hay que hacer abrigada la casa propia. Después vendrán los hijos, y no quisiera que llegara el invierno y me encontrara sin haberle dado fin. Perdóname, amigo carpintero; si continúo hablando no haré nada.
Y el boyerito renegrido iba y venía con cerdas en el pico, y sin decir palabra, continuaba su labor.


-Es raro -decían los pájaros-. No canta mientras trabaja.
-No ha tenido tiempo para aprender. Necesita del pico como de una aguja para entretejer su nido.
-¡Y qué bien lo hace!
-Es tan artista como un hornero.
-¡Lástima que no sepa cantar!
-Le enseñaremos. Cuando haya terminado su labor vendremos a explicarle el secreto del gorjeo y del trino.
-¿Y aprenderá?
-Claro, que aprenderá.
Y así fue. Cuando terminó su labor y se quedó a descansar próximo al nido, los pájaros se le acercaron.
-¿Te agradaría aprender a cantar?
-Ya lo creo. ¿Me enseñarán?
-Te enseñaremos. 
Primero fue el zorzal su maestro. Imitó a la perfección sus silbidos; y aprendió a gorjear como la calandría, y a trinar como el jilguero. Aprendió de todos los pájaros, y con todos suele tener largos contrapuntos de armonías.

sábado, 19 de marzo de 2022

El colibrí


El colibrí anduvo siempre entre las flores. Se acercaba a ellas, les daba un beso, les decía una palabra cariñosa, les recitaba un verso o les deba alguna buena noticia, y se alejaba en seguida para acercarse a otras.
En algunas oportunidades le pedían que llevara un mensaje a alguna compañera lejana y él cumplía a conciencia su misión.
Era servicial y sus amigas le correspondían con una pequeñísima gota melificada. Tan poquita cosa le conformaba siempre. Tampoco pedía más. ¿Para qué más? ¡Él, tan pequeñito, tan menudo!...
Llevaba todos los días el mismo traje, descolorido y ceniciento.
-¡Si le pudiéramos regalar uno! –suspiró una rosa contemplando un rayo de sol escondido en una cristalina gota de rocío.


-¿Por qué no? Cuando venga a visitarnos acariciemos con nuestros pétalos su ropita cenicienta y dejémosle un poco de nuestro color –propuso una campánula.
-Buena idea, ¿verdad?
-¡Buena idea!
Nadie se negó. Y cuando el picaflor se acercaba a una corola, las flores lo acariciaban; pero apenas llegaba a rozarlo el pequeño pájaro se alejaba con rapidez hacia otra flor. Por eso apenas le quedaba en su plumaje un reflejo del color de la rosa, de la dalia, del jazmín nacarado, de la santarrita, de la campánula…
Todos los colores se confundieron y fue como un hijo de la luz. Sin el canto que embellece a los otros pájaros, el picaflor servicial y cariñoso se embelleció con los siete colores de la luz en albricias de la primavera.

martes, 16 de noviembre de 2021

Los churrinches

Bastó una chispa pequeñísima para incendiar el árbol.
La trajo el viento. La incrustó en el tronco y el árbol solitario del camino se sintió herido. Sufrió en silencio. Retorció sus ramas. Quiso desprenderse de la tierra, huir… ¡Imposible! El fuego siguió horadando el tronco, aprovechando la corteza sin vida para prender con más fuerza.
Brotó una llama, después otra, y otra más. Las lenguas de fuego tomaron cuerpo, incendiaron las ramas, las hojas… Parecía un árbol de fuego clamando al cielo, desesperadamente, por la lluvia salvadora. Sufría por él, por los insectos, por lo pichones que clamaban en el nido.

¿Quién avisó a los padres de los pichones, el riesgo de muerte que corrían sus pequeños? ¿El viento? ¿El cielo?… Regresaron apresuradamente. Y arriesgándolo todo, se metieron entre las llamas, buscaron su nido y alcanzaron a sacar sus pichones y llevarlos en el pico hasta ponerlos a salvo. Pero de allí salieron encendidos como brasas.
Y así andan ahora por la vida, vestidos de héroes, los churrinches, a quienes los guaraníes llamaban “cuarahiyaras”, los dueños del sol.

sábado, 8 de febrero de 2014

El mirasol

Una planta sin gracia, con las hojas ásperas, con un tallo algo débil que se eleva como buscando luz. Sigue al sol a través de su curso por el cielo. De noche se entristece con la sombre que se hace a su alrededor.
-¡Cielo, dale gracia! -ruegan el sauce, el pino y la calandria.
-¡Dale gracia! -repiten la paloma, la rosa y el rocío.
Y como nadie puede desoir la palabra de los buenos, el cielo se conduele de la planta.
Conversa con la luna, con el sol, con los luceros. Pide parecer a las nubes. Llama en su ayuda a la estrella del pastor. Interroga al viento.
-La forma de mi cuerpo...
-Mi color...
-Mis vértices...


Y una mañana, antes de la llegada del alba, la planta luce un disco redondo como la luna, con hojitas doradas como el sol, lleno de semillitas como puntas de estrellas. Y a la aurora gritan los picos de los benteveos:
-¡El cielo nos ha escuchado! ¡La planta que no tenía gracia ya la tiene!


-¡Y mira al sol! ¡Y mira al sol!
De allí su nombre. Y de aquí la alegría del prado verde que ahora, como el cielo, puede lucir un sol.

jueves, 2 de enero de 2014

El chingolo

El viento del sur acostumbraba no hacerse anunciar por nadie. Ningún signo preparaba al hombre, y cuando el viento soplaba con fuerza sin darle tiempo a defenderse, el hombre se sorprendía. A veces lo tomaba en el campo arreando los animales o cortando paja brava en los bañados para techar su rancho, o realizando cualquier otra tarea, pero siempre alejado de las casas.
Venía el viento y desgajaba los árboles. Si encontraba abiertas las ventanas y las puertas del rancho, entraba sin pedir permiso y, a veces, levantaba parte del techo mismo.
Un día el chingolo vio la aflicción del hombre y le dijo:
-Desde hoy en adelante me quedaré cerca de ti para darte aviso cuando el viento quiera soplar. En mis silbos te diré: "Vientito sur", como señal para que no te encuentres desprevenido... No te pido otra cosa sino tu amistad. Tienes la mía. ¿Puedo contar con la tuya?
-Cuenta con ella.
Se hizo el acto. Bastaron las palabras. El chingolo quedó cerca de la casa. Como los hijos del hombre no tenían juguetes ni sabían reir, él se encargó de darles un poco de dicha. Y un día se colocó sobre la cabeza un bonete de payaso y se puso a hacer piruetas. Los niños reían y reían. Y en otra oportunidad les enseñó a jugar a la rayuela, andando a saltos por el patio, y los niños aprendieron el juego, que hallaron maravilloso.
Desde entonces, el chingolito llega a las casas, anda por el patio y hasta suele entrar en las habitaciones, sin temor alguno porque sabe que nadie será capaz de hacerle mal.

lunes, 11 de noviembre de 2013

El aromito

¡Tan feo y tan bueno!
-¡El pobre aromo! -decían todos-. Viejo, rugoso, áspero, con tantas espinas... ¡Y cómo quiere a los pájaros! Les tiende sus ramas, les da asilo...
-¿No los hiere?
-No, no los hiere.
Se llenaba de nidos y de pájaros. Así, era un árbol de cristal.
¡Tan feo y tan bueno!... Un día, el canario más rubio del monte comenzó a arrancarse las plumas más pequeñas del pecho y fue desparramándolas sobre las ramas del aromo viejo, áspero, rugoso y con tantas espinas.
-¡Está vestido de sol!
-¡De sol está vestido!


Y otras avecillas buscaron los nidos de las avispas y de las abejas. Hablaron con ellas. Y las avispas y las abejas escucharon lo que las avecillas les dijeron. Después, todas, en un rumor de fiesta comenzaron una nueva tarea. Para perfumar las motitas doradas del aromo fueron llevando pequeñísimas gotas enmieladas.
Desde entonces, el aromo es un árbol de oro, de miel y de cristal.

domingo, 27 de octubre de 2013

La paloma de la puñalada

Un pájaro ha caído entre las hierbas. Cansado, enfermo, sediento...
-¡Chuí!... ¡Chuí!... ¡Chuí!
¡Nadie en la cercanía!
Una paloma, de regreso al hogar, cruza rasgando el aire.
-¡Chuí!... ¡Chuí!... ¡Chuí!
La paloma oye el triste llamado. Disminuye la velocidad del vuelo. Cambia el rumbo. Desciende. Ve al pájaro amigo, cansado, enfermo, sediento...
-¿Cuuú? ¿Cuuú?... ¿Cuuú?
-¡Chuí!... ¡Chuí!... ¡Chuí!
¡Y el arroyo está lejos! ¡Y no hay siquiera un charquito en la cercanía!... ¿Ir y volver?... Pero, ¿qué puede conseguirse con traer apenas una gota, como de rocío, en el pico?
Ya no piensa más.
Y la paloma comienza a picotearse el pecho. Se sangra. Acerca su pecho al pico del pájaro sediento. Una gota, y otra gota, y otra más, hasta aplacar la sed.
La vida canta.
Y en el pecho de la paloma herida queda para siempre una mancha roja como recuerdo de su generosidad.
-¡Adiós, y gracias, palomita de la puñalada!