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jueves, 2 de abril de 2015

EPÍLOGO en 1960

—'T is for high-tnason—quoth a very little man, whispering as low as he could to a very tall man ihai stood next him. —Or else jor murder;—quoth the tall man. —Well tlirown, Sice-ace!— quoth1.
—Es algún reo de alta traición
dijo lo más bajo que pudo un hombrecillo al oído de un hombre recio.
—O acaso— replicó éste—algún asesino.
—¡Bien acertado, señores!—exclamé yo.


1Sterne, Tristram Shandy, capítulo CCVII.

martes, 31 de marzo de 2015

Qué quiere decir esto de Azorín

—¿Qué quiere decir esto de Azorín?
Rafael lia cogido un libro del estante, ha leído en el tejuelo: La Bruyere. «Les caracteres», y luego bajo: Azorín, y se ha vuelto hacia don Pascual para preguntarle qué significa esta palabra.
—Es—dice don Pascual—un escritor que hubo aquí hace cincuenta o sesenta años. Yo no le conocí; pero se lo he oído contar a los viejos.
—¿Era de aquí ese escritor?—pregunta Rafael.
—No sé—contesta don Pascual—; creo que sí; este libro debió de ser de él.
—Y ¿cómo lo tiene usted?
—Probablemente él tendría alguna biblioteca que, con el tiempo, se desharía, y este libro vino a parar aquí.
—Y ¿dice usted que se llamaba Azorín?
—No; el nombre era otro; esto era un pseudónimo. Se llamaba...
Don Pascual permanece silencioso, absorto, un momento, tratando de sacar de los escondrijos de su cerebro el nombre de este escritor; pero no lo consigue.
—No recuerdo—dice al fin, cansado de pensar—; pero este nombre es el que usaba siempre en sus escritos.
Rafael, que es un poco aficionado a la literatura, se queda pensativo.
—Es extraño—dice—. ¿De modo que en este pueblo hemos tenido un escritor?
—Yo creo que tenía antes por aquí uno de los libros que publicó—dice don Pascual.
—¡Hombre!—exclama Rafael—. ¿Con que publicaba libros? Entonces era un escritor de consideración...
Don Pascual se sube a una silla y va registrando los volúmenes del estante. Rafael también se sube a otra silla y revuelve libros grandes y chicos. De pronto entra don Andrés, se para un momento en el centro del despacho, mira a don Pascual, mira a Rafael, sonríe, da unos golpecitos con el bastón en el suelo, y dice:
—¡Bravo! ¡Bravo! Hoy están ustedes entregados a la literatura...
—¡Hola, don Andrés!—dice Rafael.
—Estábamos buscando un libro de aquel escritor que hubo aquí que se llamaba Azorín— añade don Pascual.
—¿Azorín? ¿Azorín?—pregunta don Andrés, que no ha oído hablar sino muy vaga mente de este personaje—. Sí, sí, un escritor que vivió aquí hace muchos años. Sí, señor; sí, sí...
Y da tres o cuatro goipecitos más en el suelo con el bastón.
—¿Usted recuerda, don Andrés, qué libros son los que publicó este escritor?—pregunta don Pascual.
—¿Dice usted libros?—replica don Andrés—. Pero ese Azorín, ¿no fué autor dramático?
—No—contesta don Pascual—; yo aseguraría que fué novelista. Años atrás andaba por aquí un libro de él, que yo le vi leer algunas veces a mi padre; pero debe de haberse perdido.
—Sí, sí—afirma don Andrés—; yo recuerdo haber visto aquí algunas veces ese libro. Su padre de usted decía que él había conocido a Azorín...
—Mi padre era de su misma edad—dice don Pascual—; él me decía que había hablado con él muchas veces en el jardín del Casino viejo.
—Pero ¿vivía aquí siempre?—pregunta Rafael.
—No—contesta don Pascual—; su familia sí vivía aquí; pero él pasaba largas temporadas en Madrid y solía venir al pueblo los veranos.
—Yo tengo idea—observa don Andrés—de que vivía en la calle de la Fuente, en la casa que hace esquina a la del Espejo.
—No, no—contesta don Pascual—; no, él vivía en la calle de los Huertos, en la casa que hoy es de don Leandro...
—No es eso lo que yo le oí a don Frutos, que le trató también mucho—replica don Andrés—. Don Frutos decía que él vivió en la calle de la Fuente, donde hoy vive don Bartolomé,el médico...
Don Fulgencio entra.
—¡Caramba!—exclama don Fulgencio— Les veo a ustedes discutiendo terriblemente.
—¿Usted sabe, don Fulgencio, dónde vivió Azorín?—le pregunta don Pascual.
—¡Orden, orden!—exclama don Fulgencio, asegurándose las gafas sobre la nariz—. Ante todo, ¿se refieren ustedes a un escritor que hubo en este pueblo que se llamaba así?
—Sí, señor—contesta don Pascual—; estábamos aquí diciendo si este Azorín era novelista o autor dramático.
—¡Orden, orden!—torna a repetir don Fulgencio—. Conviene no confundir a este escritor que se firmaba así con otro que hubo años después y que escribió algunas obras para el teatro. Yo tengo entendido que Azorín estuvo en algunos periódicos de Madrid y que, además, publicó un libro de versos.
—¿Dice usted de versos?—pregunta Rafael que ha escrito algunas poesías en un semanario de la provincia.
—Si, señor, de versos—afirma con una profunda convicción don Fulgencio.
—Entonces, ¿ese libro de versos será el que andamos buscando aqui?
—Perdón—dice sonriendo don Pascual— yo respeto las opiniones de ustedes; pero creo que el libro que yo he visto años atrás era de prosa.
—No, señor, no—afirma con la misma convicción de antes don Fulgencio—. Ese libro es de versos; yo lo he tenido muchas veces en mis manos.
—Mire usted, don Fulgencio, que yo me acuerdo muy bien de lo que he visto—se atreve a decir don Pascual.
—¡Caramba!—exclama don Fulgencio, dolido de que se pongan en duda sus palabras
— ¡Si estaré yo seguro de que eran versos, cuando llegué a aprenderme algunos de memoria!
Si le aprietan un poco a don Fulgencio, este señor es capaz de hacer un esfuerzo y recitar una poesía de Azorín; pero don Pascual, que le respeta, no llega a ponerle en este trance. Don Pascual se contenta con volverse hacia don Andrés y preguntarle:
—Y ¿usted qué opina? ¿Recuerda usted si era de versos o de prosa el libro de Azorín?
—¡Hombre!—exclama don Andrés, que no quiere disgustar a don Pascual ni ponerse mal con don Fulgencio, y que en definitiva no ha visto nunca la obra de Azorín—. ¡Hombre! Yo tengo un cierto recuerdo de que era prosa; pero al mismo tiempo recuerdo también haber oído recitar algo de Azorín así como versos...
Rafael, durante esta breve discusión, ha continuado buscando el libro en los estantes.
—¿No lo encuentra usted?—le pregunta don Pascual.
No. —contesta Rafael—; pero me voy a llevar éste.
Y se guarda un libro en el bolsillo, para desquitarse de este modo de sus pesquisas infructuosas.
 Un reloj suena las cuatro.
—¿Dónde vamos esta tarde?—dice don Fulgencio—. ¿A la Solana o al huerto del Herrador?
—Iremos al huerto y veremos cómo marchan los membrillos—contesta don Andrés.
Y todos salen.

sábado, 28 de marzo de 2015

La Andalucía trágica V

ARCOS Y SU FILOSOFO
¿Qué es lo que más cautiva vuestra sensibilidad de artistas: los llanos uniformes o los montes abruptos? ¿Cuáles son los pueblos que más os placen: los extendidos en la llanada clara o los alzados en los picachos de las montañas? Arcos de la Frontera es uno de estos postreros pueblos: imaginad la meseta plana, angosta, larga, que sube, que baja, que ondula, de una montaña; poned sobre ella casitas blancas y vetustos caserones negruzcos; haced que uno y otro flanco del monte se hallen rectamente cortados a pico, como un murallón eminente; colocad al pie de esta muralla un río callado, lento, de aguas terrosas, que lame la piedra amarillenta, que la va socavando poco a poco, insidiosamente, y que se aleja, hecha su obra destructora, por la campiña adelante en pronunciados serpenteos, entre terreros y lomas verdes, ornado de gavanzos en flor y de mantos de matricarias gualdas... Y cuando hayáis imaginado todo ésto, -entonccs tendréis una pálida imagen de lo que es Arcos.
No hay en esta serranía pueblo más pintoresco. Sobre la cumbre de la montaña la muchedumbre de casitas moriscas se apretuja y hacina en una larga línea de cuatro o más kilómetros. El poblado comienza ya en la ladera suave de una colina; después baja a lo hondo; luego comienza a subir en pendiente escarpada por la alta montaña; más tarde baja otra vez, se extiende un breve trecho por el llano y llega hasta morir en la falda de otro altozano. Y hay en lo alto, en el centro, en lo más viejo y castizo de la ciudad, unas callejuelas angostas, que se retuercen, que se quiebran súbitamente en ángulos rectos, pavimentadas de guijos relucientes, resbaladizos; al pasar, allá en lo hondo, bajo vuestros pies, veis un rodal de prado verde o un pedazo de río que espejea al sol. El ruido de los pasos de un transeúnte resuena de tarde en tarde suavemente. Pasáis ante el obscuro zaguán de una casa solariega: por la puerta entreabierta, dentro, en el estrecho patio sombrío, penumbroso, un naranjo destaca, su follaje esmaltado de doradas esferas.
Flota en el aire un vago olor a azahar; el cielo azul se muestra, como una estrecha cinta, en lo alto, entre las dos filas de casas de la vía. Y vosotros proseguís en vuestro paseo: las callejuelas se enredan en una maraña inextricable; ya suben a lo alto, ya bajan a lo hondo en cuestas por las que podéis rodar rápidamente a cada paso. Ahora, a vuestra mano izquierda, ha aparecido un largo muro; en él, a largos intervalos, vense abiertos anchos portillos. Asomaos a uno de ellos: dejad reposar sobre el pretil vuestro cuerpo cansado: un panorama como no lo habréis visto jamás se descubre ante vuestros ojos. Nos hallamos sobre un elevado tajo de doscientos, de trescientos metros de altura; la campiña verde se pierde en lontananza en suaves ondulaciones; millares y millares de olivos cenicientos marcan en el gayo tapiz sus copas rotundas, hoscas; limita el horizonte una línea azul de montañas, dominadas por un picacho soberbio, casi esfumado en el cielo, de un violeta suave. Y abajo, al pie de la muralla, en primer término, el Guadalete trágico, infausto, se acerca hasta lamer la roca, forma una ancha herradura, vuelve a alejarse, tranquilo y cauteloso. En las quiebras y salientes de las rocas, las ortigas y las higueras silvestres extienden su follaje; van dando vueltas y más vueltas en el aire, bajo nuestras miradas, los gavilanes y los buitres con sus plumajes pardos; desde un remanso de la corriente, un molino nos envía el rumor in cesante de su presa, por la que el agua se desparrama en borbotones de blanca espuma...
Y pasan los minutos rápidos, insensibles; pasan tal vez las horas. Un sosiego, una nobleza,,, una majestad extraordinarias se exhalan del vasto panorama. A nuestra espalda, en las altas callejas, tal vez tintinea una herrería, con sus sones joviales, o acaso un gallo vigilante lanza al aire su canto. Y es preciso continuar en nuestra marcha para escudriñar la ciudad toda. ¿No os encantan a vosotros —como al cronista—los viejos y venerables oficios de los pueblos? ¿No he hablado mil veces, y he de hablar otras tantas, de estos herreros, de estos carpinteros, de estos peltreros, de estos alfayates morunos, de estos talabarteros? En Arcos, vosotros, al par que camináis por calles y por plazas, vais registrando con vuestra vista los interiores de tiendas y talleres. Tal vez vuestros pasos os conduzcan allá al final de una calleja serpenteante, solitaria; a la izquierda está el pretil que corre sobre el tajo; a la derecha recomienza otra vez la peña, manchada por las plantas bravias, coronada por blancas casas. Al cabo de la calle, en un recodo, os detenéis ante una puertecilla. Estáis ante la casa del hombre más eminente de Arcos; no os estremezcáis; no busquéis entre vuestros recuerdos ninguna remembran za; vosotros no conocéis a este hombre. Y, sin embargo, él, que os ha visto contemplar un momento las enjalmas, las jáquimas, los ataharres, los preteles que penden en su chiquita tienda, os invita a pasar. Y él—¿cómo podéis dudarlo de un andaluz?—os va contando toda su vida, año por año, día por día, hora por hora. ¿Sospecháis acaso que este hombre ilustre se llama sencilla y afectuosamente el tío Joaquinito?
El tío Joaquinito es bajo, gordo, con una boca ancha y expresiva, irónica, y una nariz redonda. El no sale de su taller; él es un filósofo; él ve pasar arriba, pasar abajo a todos los vecinos; él tiene en su tiendecilla hierros viejos, relojes descompuestos, pistoloncs mohosos, llaves sin cerraduras, cerraduras sin llaves, trébedes, trampas para los pájaros; él no pudre vidrios como Spinoza, mas posee una larga y sutil aguja con la que va cosiendo los albardones, lentamente, dando suspiros, levantándose de rato en rato para ir a una camareja contigua, de donde torna exhalando un hálito de vino...
—Tío Joaquinito—le decís vosotros, encantados con su charla, con el afecto con que hablaríais a un viejo conocido—. Tío Joaquinito, malos están los tiempos.
El tío Joaquinito da unos golpes sobre la albarda, y dice:
—Pésimo, pésimo, pésimo...
Y luego, tras de pasarse el pulgar y el índice por la comisura de los labios:
—Usté es un hombre de rasón; yo he nasío en er jariná de un molino, y por eso tengo la cabesa branca. Yo he corrió muncho, muncho. ¿Sabe usté en qué nos paresemo nosotro a Nuetro Zeñó Jesucrito?
Vosotros os quedáis mirando un poco atónitos al gran filósofo. El continúa:
—Nosotro, lo epañole, etamo pasando la Pasió como Nuetro Zeñó Jesucrito. Lo tré clavo son lo tré trimestre de la contribusió; er lansaso é er cuarto trimestre; la corona de epina é la sédula persona, y lo asotaso que no están dando son lo consumo.
Y después el tío Joaquinito da otros ligeros golpes sobre la albarda, suspira y resume:
—Pero Nuetro Zeñó Jesucrito tomó pronto la angariya y se fué ar Sielo, y nosotros etamo aquí sufriendo a lo Gobierno que no asotan...
He aquí—decís para vosotros—el pensamiento de toda España, que palpita en el editorial de un gran periódico, en el discurso pronunciado en el «meeting» y en las palabras de un talabartero filósofo perdido en una serranía abrupta. Y os disponéis a desandar la maraña de callejuelas enredadas. Un momento tornáis a asomaros por el boquete de la muralla: el río, infausto, trágico, se desliza callado allá en lo hondo; los gavilanes pardos giran y giran en el aire, lentos, con sus aleteos blandos.

Abril, 1905.

domingo, 22 de marzo de 2015

La Andalucía trágica IV

LOS SOSTENES DE LA PATRIA
Esta mañana, a las ocho, don Luis ha venido a buscarme. ¿No conocéis a don Luis? ¿No conocéis a este hombre tan inteligente, tan discreto, tan bueno, tan abnegado, tan afable?
Don Luis es alto, cenceño, delgado; está un poco pálido; anda un poco encorvado; tose de rato en rato un poco. Y cuando se detiene en un corro de convecinos, en su marcha rápida, afanosa, febril, a través de las calles del pueblo, don Luis da unos fuertes resoplidos, se pasa la mano por la frente, atusa ligeramente su tupé y comienza a hablar con voz regia, imperativa, pintoresca, que poco a poco va apagándose, apagándose, hasta que don Luis calla de pronto, se lleva la mano al pecho y suspira con un leve suspiro.
—Señor Azorín, ¿estamos ya?
—Estamos ya, señor don Luis.
Y entonces comenzamos a andar por las calles anchas del pueblo; las saledizas, espaciosas rejas verdes, sobresalen en las aceras.
Luego nos internamos en las calles de los barrios obreros. Y hemos penetrado en un patizuelo blanco, empedrado, en que resonaban nuestros pasos.
—¡Gente!—ha gritado don Luis—. ¡El médico!
Seis u ocho puertas se abren en torno de todo el patio; levantamos la cortina que pende ante una de ellas. Y en este punto, por todas las demás puertas han ido saliendo los moradores de la casa. Y yo he visto estos rostros flácidos, exangües, distendidos, negrosos de los labriegos. Y estas mozas escuíílidas, encogidas en un rincón, como acobardadas, tal vez con una flor mustia entre el cabello crespo. Y estas viejecitas, acartonadas, avellanadas; estas viejocitas andaluzas que no comen nada jamás, jamás, jamás; estas viejecitas que juntan sus manos sarmentosas y suspiran «¡Vigen de Cante! ¡Vigen de Cante!». Don Luis, rápido, afectuoso, va viéndolos, examinándolos a todos: entra en un cuchitril; sale de otro; da a un mozo una palmada sobre el hombro; pasa la mano por la barbilla a un niño. Y después, cuando hemos salido de esta casa, ya en la calle, el buen doctor se quita su sombrero, se pasa la mano por la frente, se la lleva después al pecho y da un hondo suspiro.
—Señor doctor—le digo yo—. esto es verdaderamente terrible.
—Amigo Azorín—me dice él mirándome con sus anchos ojos entristecidos—, esto no puede ser.
Y ya hemos puesto nuestras plantas en otro patio blanco y empedrado.
—¡Gente!—grita don Luis—. ¡El médico!
Y otra vez vemos las caras angustiadas, trágicas y percibimos las respiraciones fatigosas, y oímos los plañidos sordos del dolor, y contemplamos las viejecitas acurrucadas en un rincón, que exclaman: «Vigen de Cante! ¡Vigen de Cante!» Don Luis parece que entre esta gente, durante un breve momento, hace un esfuerzo supremo, enorme: diríase que trata de iluminarse a sí mismo; su charla es ligera, amable; va presto de una parte a otra; sonríe; da esperanzas. Mas a poco, otra vez fuera, toda su energía cae súbitamente; sus ojos se apagan; su palabra se torna lenta y opaca. ¿Qué hay en este excelente, en este discretísimo don Luis que os hace pensar en un esfuerzo que fracasa, que no llega a su máximum? ¿Qué hay en este hombre que os recuerda esas vidas que han debido tener otros más anchos y luminosos destinos y que viven, sin embargo, obscurecidos, decaídos en un ambiente que no es el suyo?
—Don Luis—grito yo—, esto es terrible.
—Señor Azorín—me dice don Luis—, yo ya no puedo más; yo estoy enfermo. Yo no puedo continuar haciendo por más tiempo este esfuerzo que hago cada vez que entro en una de estas casas.
Y después, tras una breve pausa:
—Todos estos hombres, todos estos enfermos que hemos visto, son pobres: necesitan carne, caldo, leche. ¿Ve usted la ironía aterradora que hay en recomendar estas cosas a quien no dispone ni aun para comprar pan del más negro? Y esto ha de repetirse todos los dias en todas las casas forzosamente, fatalmente... Y la miseria va creciendo, extendiéndose, invadiéndolo todo: las ciudades, los campos, las aldeas. Casi todos los enfermos que acabamos de ver, señor Azorín, son tuberculosos: éste es el mal de Andalucía. No se come; la falta de nutrición trae la anemia; la anemia acarrea la tisis. En Madrid la mortalidad es del 34 por 100; en Sevilla rebasa esta cifra; en este pueblo donde yo ejerzo, en Lebrija, pasa del 40 por 100.
Hemos salido en nuestro paseo a las afueras de la ciudad; ante nosotros se extiende una llanura sembradiza de un color verde mustio, apagado, amarillento a trechos; en la línea del horizonte, un vapor que recorre el Guadalquivir pone sus sutiles manchones negros sobre el cielo radiante.
—Yo no sé—prosigue el buen doctor—qué solución tendrá a la larga este problema; lo cierto, lo innegable, es que de este modo es imposible vivir. No vivimos: morimos. Le he dado a usted el promedio de la mortalidad en este pueblo; ahora quiero especificar un poco más.
En 1899 ocurrieron aquí 461 fallecimientos. ¿Sabe usted de éstos cuántos corresponden a la tuberculosis? Cuarenta y seis, a más de 161 causados por enfermedades del aparato disgestivo, es decir, por escasa o malsana alimentación. En 1900, entre 450 muertos, 44 son tuberculosos, y 164 de las demás enfermedades citadas.
En 1901 las cifras son de 355, 38 y 82. En 1902 el horror sube de punto, puesto que de 431 fallecimientos 60 son tísicos y 219 de miseria fisiológica. Y en 1903 mueren 384, entre los que se cuentan 55 tuberculosos y 133 de las demás enfermedades dichas...
—Señor doctor—le digo yo a don Luis—, esto es un verdadero espanto.
—Señor Azorín—me dice el doctor—, ésta es la realidad, que yo me veo obligado a contemplar todos los días. Y sobre este dolor, en un medio tal de muerte y de ruina, ponga usted este antagonismo, este odio, cada día más poderoso, más terrible, entre el obrero y el patrono. Una honda diferencia separa a unos y a otros: el patrono rebaja y escatima en el jornal cuanto puede; el obrero dilata cuanto puede los descansos en el trabajo, y hace éste con la mayor desgana. Las tierras son cultivadas someramente. Enormes extensiones permanecen incultas, en tanto que los brazos están parados. Los señores viven hoscamente metidos en sus casas; no quieren saber nada de los trabajadores; no tienen trato ni comunicación con ellos. Y el odio de estos labriegos acorralados, exasperados, va creciendo, creciendo. En 1903, cuando la huelga famosa de Lebrija, todos los sirvientes de la ciudad se pusieron de parte de los huelguistas. Las mozas, instigadas y amenazadas por los novios, abandonaron las casas; las abandonaron también estas criadas viejas que llevan a nuestro lado quince o veinte años; las abandonaron asimismo las amas que amamantaban a los niños de los señores...
—Es increíble lo que usted me cuenta, señor doctor.
—Es la verdad escueta, señor Azorín. No hay tregua ni piedad en esta lucha, de momento en momento más enconada. Este obrero andaluz es bueno, es sencillo, es sumiso; pero en su cerebro se han metido dos ideas únicas, fundamentales, que constituyen a la hora presente toda su psicología; estas dos ideas son las siguientes: primera, «el amo es el enemigo»; segunda, las leyes se hacen para los ricos». No busque usted más; será completamente inútil. Esta no es una demagogia razonada, libresca, literaria: es un nihilismo instintivo, natural, espontáneo. Y es un nihilismo que fomenta el desvío de los señores, el desamparo del Estado, la inanición, la muerte lenta y angustiosa que la tuberculosis trae a estos cuerpos exangües...
—Doctor: cuando tocan de cerca estas realidades, todas las esperanzas que pudiéramos alimentar sobre una reconstrucción próxima de España, desaparecen. Yo no he nacido en esta tierra; yo conozco detalle por detalle sus claros y rientes pueblos de Levante. Y en estos pueblos yo oigo lamentarse también todos los dias, a los compañeros de usted, de los estragos que la tuberculosis hace entre los labriegos.
El doctor ha tornado a mirarme un momento fijamente con sus ojos ensoñadores, melancólicos. Después ha dicho, tendiéndome la mano:
—Y éste es el corolario desconsolador de nuestra charla: España es una nación agrícola; la poca o mucha consistencia de nuestro pueblo está en los campos; consideramos, entre todas las regiones españolas, como las más florecientes las del Mediodía y las de Levante. Y los labriegos de estas regiones, sostenes de la patria, hambrientos, consumidos, son diezmados por la tuberculosis.
Yo no he contestado nada al buen doctor, que, alto, cenceño, un poco echado hacia delante, se ha alejado rápidamente, afanoso, tosiendo, dando grandes zancadas, como huyendo de un espanto, de una angustia invisibles...

jueves, 27 de noviembre de 2014

La Andalucía trágica III

LOS OBREROS DE LEBRIJA
En el artículo anterior hemos tratado de bosquejar el fondo; ahora vamos a apuntar las figuras. Estamos todos reunidos en torno de una mesa anchurosa, en el Casino, metidos en un cuarto cerrado, frente a frente, mano a mano, dispuestos a charlar con espacio.
—Vamos a ver—digo yo, dirigiéndome a Pedro, que se encuentra a mi izquierda—. Vamos a ver; yo deseo que ustedes me digan lo que piensan con franqueza sobre esta situación.
Pedro considera con rápida mirada a los demás; los demás son Juan, Pepe Luis, Manuel, Ginés y Antonio. Todos van vestidos con sus chaquetillas ceñidas, livianas, sutiles, de blanco lienzo; todos tienen las caras tostadas, escuálidas, flácidas, con los ojos hundidos; todos se hallan sentados con posturas un poco rígidas, con los sombreros puestos sobre los muslos. Y Pedro—un viejo de ojos claros, vivos, elocuentes—se ha vuelto hacia mí, ha dado una vuelta entre sus manos a su chapeo, y ha dicho.
—Esto, ya lo ve usted, no puede etar peor...
—Lo he visto—replico yo—; lo estoy viendo; pero yo quiero que me digan cómo viven en la presente situación; ustedes tienen mujer; tienen hijos. ¿De qué manera se gobiernan en sus casas en este trance?
Pedro ha callado otro breve momento.
—Hoy—ha replicado—no tenemos jornal; los trabajadores de Lebrija estamos repartidos entre los propietarios; estos propietarios dan diariamente a cada jornalero 60 céntimos. Con estos 60 céntimos ya supondrá usted que no podemos pasar; con estos 60 céntimos compramos pan, lo cocemos en agua, y eso es lo que comemos.
—Sí—observo yo—; de ese modo es imposible continuar. Ustedes necesitan un jornal. ¿Qué jornal ganan ustedes en tiempos normales en Lebrija?
—En tiempos normales—replica Pepe Luis—ganamos tres reales y una telera de pan.
—¿Una telera de pan?—pregunto yo—¿Qué es una telera?
—Una telera—dice Manuel—son tres libras.
—Además—añade Pedro—, nos dan media panilla de aceite y un poco de vinagre.
—¿Cuánto es una panilla?—torno a preguntar yo.
—Una panilla—dice Pedro—es la centésima parte de una arroba.
—¿Cuántas libras tiene la arroba de aquí?
—La arroba de aquí tiene 25 libras.
—Perfectamente—digo yo—, perfectamente; pero con tres reales, una telera de pan, media panilla de aceite y un poco de vinagre creo que no se puede vivir.
—Y tenga usted en cuenta—añade Pedro—que no tenemos este jornal durante todo el año;
muy afortunado puede considerarse el que de los doce meses trabaja seis.
—Entonces—digo—, ¿cuánto creen ustedes que debe ser el jornal mínimo diario? Pedro, Juan, Pepe Luis, Manuel, Ginés, Antonio, ¿quieren ustedes que hagamos la cuenta por la menuda de lo que ustedes necesitan para comer?
Todos sonríen un poco.
—¡Vamos allá!—exclama Pedro.
—¡Ea, lo va uté a vé!—gritan Juan, Pepe Luis, Ginés, Manuel y Antonio.
—Ante todo—digo yo—, supongamos que la familia de usted, Pedro, se compone de usted, de su mujer y de tres chicos.
—¡Esa es la familia que tengo precisamente! —exclama Pedro.
—En ese caso—replico yo—, no tenemos que imaginar nada. Usted, Pedro, necesita pan. ¿Cuánto pan necesita usted todos los días?
—Necesitaré tres kilos. ¿Le parece a usted mucho?
Yo me apresuro a protestar.
—No, no, Pedro; de ningún modo; me parecen muy bien tres kilos.
—Tres kilos los contaremos a 36 céntimos el kilo.
—¡Y ha de ser morenito, morenito pa no exagéralo!—observa Pepe Luis.
—Aceite, ¿cuánto?
—Dos panillas, o sea un real.
—Habichuelas, ¿cuántas?
—Un kilo, que cuesta 36 céntimos.
—¿Patatas?
—Patatas le pondremos 10 céntimos.
—¿Carne?
Pedro se detuvo un momento; Juan, Pepe Luis, Manuel, Ginés y Antonio sonríen.
—Carne—dice al fin lentamente Pedro—, carne, no la probamos.
—¿Vino?
Se hace un nuevo silenció y surgen nuevas sonrisas.
—Vino—dice Pepe Luis—, de cá tré mese, un vasillo.
—Pues pasemos al alquiler de la casa— digo yo.
—Los alquileres suben a 14, 16 y 18 reales mensuales—prosigue Pedro—. Pongamos por la casa 15 céntimos diarios.
—Veamos ahora la ropa. ¿Qué gastan ustedes en ropa?
—Ya lo está usté viendo.
Yo veo las chaquetillas ligeras, astrosas. Los pantalones raídos, las botas despedazadas, los sombreros grasicntos, agujereados.
—¿Cuánto quiere usted que pongamos para la ropa?—vuelvo yo a preguntar.
—Pongamos—dice Pedro—30 céntimos diarios.
—¿Y tabaco?
—De tabaco, 10 céntimos.
—¿Está ya todo? ¿No queda el gasto de la barbería y el de la limpieza de la ropa?
—Por la barbería no pondremos nada; nos afeitamos nosotros mismos. En cuanto al lavado de la ropa, ¿le parece a usté que destinemos 5 céntimos para jabón y que añadamos otros 10 para leña con que guisar?
—Está bien—agrego yo—; vamos ahora a sumar.
Y la suma arroja un total de 2 pesetas 49 céntimos.
—Pedro, Juan, Pepe Luis, Manuel, Ginés, Antonio—les digo a mis amigos—: las cuentas que acabamos de echar no pueden ser tachadas de escandalosas; están calculados todos los gastos con bastante modestia. Y bien: si ustedes ganan 3 reales de jornal y necesitan tirando por lo bajo, 9 reales y 24 céntimos, ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo vamos a resolver este conflicto? ¿Qué ideas son las de ustedes? Yo agradecería que ustedes me hablaran con entera confianza, como a un compañero. Las obras de la carretera que todos esperamos no harán sino aplacar esta angustia presente; el problema tornará a resurgir. Ustedes han pensado muchas veces sobre él: ¿qué creen ustedes que debemos hacer?
Pedro, Juan, Pepe, Antonio, Ginés, Manuel y Pepe Luis se han mirado en silencio. ¿Tenían reparo en exponer su escondido criterio ante un desconocido? Y de pronto este Antonio, que ha permanecido callado durante toda la conferencia, ha levantado la cabeza y ha comenzado a hablar. Antonio es uno de estos hombres tímidos, apocados, encogidos, que callan, que conllevan todo resignado, pacientes, y que de pronto, cuando menos lo esperamos, se yerguen en actitudes bravias y tienen en sus palabras y en sus obras una audacia y un ímpetu estupendos. Yo quiero que temáis y respetéis a estos hombres que a vosotros os parecen insignificantes y opacos, a estos hombres que pasan inadvertidos por la vida; ellos hacen las cosas grandes, ellos son tremendos, ellos guían e inspiran a las muchedumbres en las revoluciones.
—En Lebrija—ha dicho Antonio—existen grandes extensiones de terrenos incultos; esos terrenos son los que creemos nosotros que el Estado debe expropiar a sus propietarios y vendérnoslos a nosotros a largos plazos. Hoy hay en el pueblo pequeñas parcelas de tierra arrendadas a los labriegos; pero estos arrendamientos no sirven sino para enriquecer a los intermediarios. Yo, por ejemplo, llevo una fanega de tierra arrendada; yo pago por ella 31 pesetas y 25 céntimos. La persona a quien yo entrego esta cantidad no es el dueño de la tierra; esta persona a su vez tiene arrendado este pedazo y entrega por él al verdadero propietario tan sólo 1 1 pesetas. Y asi, lo que va de diferencia entre lo que yo entrego y lo que él entrega es lo que yo creo que se me cobra a mi injustamente. Y éste no es un caso extraordinario; he de advertir a usted que ya en Lebrija se va generalizando este sistema, y que los propietarios van arrendando sus tierras a unos pocos acaparadores, que, a su vez, las subarriendan a los pequeños terratenientes. Y no es ésto lo más grave de todo; lo más grave— y fíjese usted bien en ello—es que cuando se rotura una dehesa y es arrendada a un jornalero una parcela, este jornalero la cultiva con todo esmero, la limpia con cuidado, la hace producir lo más posible, y entonces, cuando se halla en este estado, el dueño se la quita al jornalero para arrendarla en un precio mayor a otro solicitante; es decir, que el labriego ha trabajado durante unos años para mejorar unas tierras, y que cuando esta mgjora se ha realizado resulta que sólo sirve para que el dueño de la tierra se enriquezca...
Antonio ha callado un instante.
—Pero, Antonio—le digo yo—, aun cuando esos terrenos incultos se expropiaran y repartieran, ¿qué iban ustedes a hacer con ellos?¿No necesitarían ustedes medios para comenzar a cultivarlos?
—No se nos oculta—contesta Antonio—; nosotros sabemos que el Estado no puede acometer esta reforma sin fomentar a la par el crédito agrícola. Faltan cajas y Bancos que suministren a bajo precio dinero al labrador. Hoy, en Lebrija, por ejemplo, no hay ni un propietario que facilite un duro a un jornalero, fiado en sólo la persona de éste; el crédito directo no existe; el trabajador necesita que le abone una persona de capital; para tomar 25 pesetas es preciso que tenga por lo menos bienes por valor de 500 el que ha firmado. Y después hay que contar con que la tasa del préstamo asciende, como regla general, a un 25 por 100, y que hay que pagar al corredor y convidarlo, y que es preciso gastar también los 25 céntimos del documento.
Yo oigo atentamente cuanto me dice Antonio; sus compañeros asienten a sus palabras.
—Y esto que ustedes me dicen a mí ahora— resumo yo—, ¿lo han pedido ustedes alguna vez en público?
—¡Mil veces, mil veces!—gritan todos.
Y Antonio, más vehemente, más exaltado:
—Cuando nosotros pedimos ésto, cuando nosotros solicitamos un permiso para celebrar una reunión, se nos mandan cuarenta o cincuenta guardias civiles. El Gobierno no conoce otro medio de solucionar la cuestión social. No se escuchan nuestros razonamientos; no se contesta a ellos; se nos enseñan los cañones de los fusiles, y con eso creen haber cumplido su misión ante la sociedad los ministros.
Y luego, con voz más queda, más tranquila:
—Nosotros estamos ya cansados.

Ya están cansados los buenos labriegos de Lebrija; ya están cansados los labriegos de toda Andalucía; ya están cansados los labriegos, los obreros, los comerciantes, los industriales de toda España. Ya estamos cansados los que movemos la pluma para pedir un poco de sinceridad, de buena fe, de amor, de reflexión a los hombres que nos gobiernan. ¿Qué va a venir después de este cansancio? ¿No es ésta una interrogación formidable?

martes, 25 de noviembre de 2014

La Andalucía trágica II

EN LEBRIJA
Ya estoy en Lebrija. Yo no quiero engañar al lector; yo no soy un sociólogo, ni un periodista ilustre, ni un diligente repórter; yo soy un hombre vulgar a quien no le acontece nada. «Lo que a mí me ocurre—decía Montaigne—es toda mi física y toda mi metafísica.» Yo ni aun estas palabras del maestro puedo hacer mías.
Ya me encuentro en Lebrija.
—¿Cómo se llama usted?—le he preguntado yo a este mozuelo.
—Benito López Cano—ha contestado él.
Y yo he replicado.
—Pues bien, Benito López Cano, yo le doy a usted las gracias y, además, dos reales.
Este lebrijanito, descalzo, tostado por el sol, con unos ojos vivarachos, ha traído desde la estación, sobre los hombros, mi vieja y raída capa de hidalgo. A las once el tren ha llegado a Lebrija; desde la estación se veía el pueblo a lo lejos; una torre fina, grácil, resaltaba por encima de las blancas fachadas y de los tejados negruzcos. El cielo era de un azul pálido, mate, suave; caía el sol ardoroso, cegador, sobre la campiña. Y los sembrados, que ondulan sobre las lomas y se extienden por la llanada entre cuadros grises de olivos, amarillean acá y allá, mustios, casi agostados, casi secos. Y vamos caminando por un ancho camino polvoriento bordeado por dos ringlas de áloes.
—¿Hay muchas fondas en Lebrija, Benito?—le pregunto yo a mi flamante amigo.
El se detiene un poco, vuelve la cabeza, abre anchos los ojos y contesta:
—¡Ca, no zeñó; no hay má que una.
Y es preciso ir a esta única fonda. Ya comenzamos a caminar por las calles de Lebrija. Las casas son blancas, anchas, de dos pisos las puertas y los balcones aparecen cerrados. Surge a trechos, entre las viviendas modernas, un viejo caserón con su escudo enjalbegado de cal nítida. Y las rejas, estas vetustas rejas de Lebrija, estas rejas anchas, estas rejas nobles, estas rejas soberbias, sobresalen todas sobre la acera un gran espacio y forman como diminutas estancias cerradas con cristales interiormente. Y no se oye en todo el pueblo ni un grito, ni un ruido, ni una canción; de cuando en cuando, por las calles espaciosas cruza un labriego con su ancho sombrero blanco, grasiento, que se para un instante, os mira con su mirada atenta y torna a proseguir en su marcha indolente, melancólica, resignada, tal vez sin rumbo.
Y así llegamos a la plaza; unas palmeras doblan en ella sus ramas inmóviles, brillantes; entre sus troncos surge el follaje obscuro de los naranjos. Y en el centro, sobre un pedestal de granito, un busto en bronce de Lebrija destaca con su cara rapada y sus guedejas. El sol reverbera fulgurante en las blancas paredes; el aire es caliginoso; hay en un costado de la plaza unas sombras anchas y gratas, y en ellas, sentados con gestos de tedio, de estupor, reposan quince, treinta labriegos con los sombreros caídos sobre las frentes. En lo alto, por el cielo pálido, implacablemente diáfano, pasan lentas, con sonoros aleteos, unas palomas; una campana deja caer unas vibraciones cristalinas, largas.
—Benito—le digo yo a mi guía—, ¿dónde para esa fonda?
—¡Ya etamo!—dice él, señalando una casa.
La fonda está en un recodo de la ancha plaza.
—¡A la paz de Dios!—grito yo cuando pongo los pies en el zaguán.
Nadie contesta. Yo repito con voz más recia:
—¿No hay nadie aquí?
—¡Consolación, Consolación!—se oye gritar allá en una pieza remota.
Yo he pasado por un zaguán largo y estrecho; luego he visto una puerta recia y me he aventurado a atravesarla; por fin, he llegado a un patizuelo blanco, claro, limpio, sosegado, donde un gato ceniciento duerme al sol y un canario trina voluptuoso. En las paredes penden unos paisajes rudimentarios, chillones, ingenuos; hay también un retrato de Castelar encuadrado en uno de sus discursos de las Cortes Constituyentes; hay asimismo una «Lámina de las que se reparten a los suscriptores de «La educación política» con efigies de Serrano, de Prim, de Méndez Núñez, de Espartero y de López Domínguez. En los ángulos del patio aparecen macetas de evónimus y aligustres; el pavimento es de losetas rojas; una barandilla pintada de verde corre por lo alto, en el piso de arriba...
Y Consolación no parece. Yo vuelvo a llamar dando unas recias palmadas. Todo está en silencio; oigo de pronto un taconeo rítmico, ligero, y veo luego ante mi, en el umbral de una puerta, una moza alta, gallarda, con unos ojos anchos, negros, y una flor roja, encendida, puesta sobre la frente. Esta moza es, sin duda, Consolación.
—Perdone usted, Consolación—la digo yo, he venido a ver si había cuarto en esta fonda.
Es muy bonita Consolación. ¿Por qué no he de contar yo estas cosas pequeñas? En la fonda hay, en efecto, un cuarto.
—¿Ha almorzado usted ya?—me pregunta la moza.
—No, Consolación—le digo yo sonriendo— no he almorzado todavía.
Y Consolación me hace pasar al comedor; si no temiera yo ser impertinente, volvería a decir que Consolación anda con una gallardía, con una gracia extraordinaria, y, sobre todo, que cuando sirve a la mesa, cuando os quita un plato de delante para llevárselo, da una vuelta rápida y elegante que hace que su vestido revuele un poco y aparezca un pie breve, agudo, enarcado sobre un tacón enhiesto. Yo voy comiendo, y mientras tanto miro a Consolación; así, la comida transcurre rápidamente, como en un soplo. Y de que he despachado las viandas, pienso que es necesario hacer lo que mil veces he hecho en los pueblos y haré otras tantas veces. Ya sospecháis que aludo a la ida al Casino. El Casino está en la plaza; la plaza permanece desierta, silenciosa; allá, en la sombra ancha y grata, los labriegos siguen sentados, inmóviles, cabizbajos, con sus sombreros sobre la frente.
—¿No se llama usted Antonio?—le pregunto yo al mozo del Casino.
—No—dice él—; me llamo Juan.
—Juan—torno yo a decirle—, ¿cómo marcha este pueblo?
Juan da un hondo suspiro, enarca la ceja, aprieta los labios y, al cabo, dice:
—Má, mú má; no hay d'aqui...
Y al decir ésto hace ante la boca con su mano derecha un movimiento, con que quiere indicar el acto de comer. Yo estoy sólo en el Casino; no he visto nunca un Casino de pueblo con un mayor ambiente de familiaridad, de sosiego, de intimidad. Es un salón espacioso y cuadrado de una vieja casa solariega; la luz entra a raudales por cuatro anchos balcones; cuando se cierran las persianas, una claror verde y suave se difluye por la vetusta estancia y deja en una vaga penumbra a las dos camillas— tan agradables—y los dos viejos sofás negros, de gutapercha—tan simpáticos—. Una columna de piedra sostiene el techo; una estera limpia se extiende por el piso...
Y no hay nadie en este Casino; son las dos de la tarde.
—Juan, ¿no viene nadie a este Casino?— pregunto yo.
—No, señó* noj viene nadie—contesta Juan, tristemente.
—Pero ¿y los socios? ¿Y los señores del pueblo?—digo yo.
—Los señores, no vienen ninguno—dice él con el mismo aire melancólico.
Los señores no salen de sus casas: no ponen sus plantas en la calle. «Hace pocos días —me decía en Sevilla un prestigioso periodista—, hace pocos días tuve que ir a un pueblo de la provincia a ver a un amigo, y me aseguró que hacía dos meses que no salía a la calle.» La muchedumbre campesina no es mala; tiene, sencillamente, hambre. La sequía asoladora que reina ha destruido los sembrados; las viñas están devastadas por la filoxera. ¿Cómo van a salir del tremendo conflicto que se avecina propietarios y labriegos? Lebrija es una población de 14.000 almas; hay en ella unos 3.000 jornaleros. De estos 3.000, unos 1.500 son pequeños terratenientes; tienen su pejugar, tienen su borrica. Los otros no cuentan más que con el producto de su trabajo; mas todos, unos y otros, están ya en igual situación angustiosa. Existía antes para estos braceros un recurso; casi todos ellos encontraban trabajo en los viñedos cercanos de Jerez. Pero Jerez atraviesa por honda crisis; no puede dar trabajo; los jornaleros de Lebrija no salen ya de este término. Todos están parados, inactivos. «Es un dolor-me dicen los propietarios—ver cómo estos buenos trabajadores entran en nuestra-s casas y nos dicen que no pueden comer, que sus mujeres y sus hijos tienen hambre.» Desde el 18 de Febrero los propietarios están facilitando medios de vida a los labriegos; el Ayuntamiento reparte entre ellos lo que se recauda en consumos, Pero estos recursos van agotándose; lo que a cada labriego toca apenas si puede hacerle tolerable la vida; la crisis se va acentuando de día en día; la paciencia se va acabando; hace pocas noches la muchedumbre, exasperada, entró a saco en una tienda de comestibles. ¿Qué sucederá dentro de ocho, de diez, de veinte días? ¿No hay acaso ninguna solución por el momento?
Hay, lector, un medio de conjurar por lo pronto el conflicto; pero es preciso no olvidar que estamos en España.
Todos estos obreros de Lebrija, el año pasado, en circunstancias análogas a éstas—pero menos apremiantes—encontraron trabajo en las obras del camino vecinal a Montellano; hoy se lograrla aplacar la crisis con la construcción de la carretera a Trebujena. La carretera está ya concedida; mas la orden para que comiencen las obras no acaba de llegar. ¿Por qué oficinas será preciso andar para lograr tal orden? ¿Qué cúmulo de firmas habrá que conseguir? ¿Qué gruesos y terribles cartapacios será necesario abrir y cerrar? ¿Cuántos y cuántos ordenanzas galoneados tendrán que ir arriba y abajo por los sombríos pasillos de los ministerios? ¿Qué conferencias tendrán que celebrar el jefe de este negociado, el director de tal ramo, el oficial tercero de esta oficina y el oficial segundo de la otra?
En tanto, estos buenos labriegos caminan lentos, entristecidos, hoscos, por las calles de Lebrija; se sientan en la plaza anonadados; tornan a levantarse; entran en su casa; oyen los lamentos de sus mujeres y de sus hijos; vuelven a salir; tornan a recorrer, exasperados, enardecidos, por centésima vez las calles... He aquí las dos Españas. No hagáis, vosotros, los que llenáis las Cámaras y los ministerios, que los que viven en las fábricas y en los campos vean en vosotros la causa de sus dolores...

domingo, 23 de noviembre de 2014

La Andalucía trágica I

EN SEVILLA
¿No os habéis despertado una mañana, al romper el día, después de una noche de tren, cansados, enervados, llenos aún los ojos del austero paisaje de la Mancha, frente a este pueblo que un mozo de estación con voz lenta, plañidera, melódica, acaba de llamar Lora del Río? Asomaos a la ventanilla del coche; tended vuestras miradas por la campiña; el paisaje es suave, claro, plácido, confortador, de una dulzura imponderable. Ya no estamos en las estepas yermas, grises, bermejas, gualdas, del interior de España; ya el cielo no se extiende sobre nosotros uniforme, de un añil intenso, desesperante; ya las lejanías no irradian inaccesibles, abrumadoras. Son las primeras horas del día; una luz sutil, opaca, cae sobre el campo; el horizonte es de un color violeta nacarado; cierra la vista una neblina tenue. Y sobre este fondo difuso, dulce, sedante, destacan las casas blancas del poblado, y se perfila pina, gallarda, aérea, la torre de una iglesia, y emergen acá y allá, solitarias, unas ramas curvadas, unas palmeras. ¿Qué hay en este paisaje que os invita a soñar un momento y trae a vuestro espíritu un encanto y una sugestión honda? ¿Es el pueblo que se columbra a lo lejos bañado por esta luz difusa de la mañana? ¿Son las paredes blancas que irradian iluminadas por el sol que ahora nace? ¿Es este hálito profundo de sosiego que en este punto respiramos? Pero la voz plañidera de antes ha vuelto a resonar en los andenes; el tren torna a ponerse en marcha; poco a poco va perdiéndose, esfumándose a lo lejos el pueblo; apenas si las fachadas diminutas refulgen blanquecinas. Y vemos extensas praderías verdes, caminos que se alejan serpenteando en amplios recodos, cuadros de olivos cenicientos, tablares de habas, piezas de sembradura amarillentas. Y en el fondo, limitando el paisaje, haciendo resaltar toda la gama de los verdes, desde el obscuro hasta el presado, un amplio telón de un azul sombrío, grisáceo, plomizo, negruzco, se levanta. Y ante él van pasando y perfilándose durante unos momentos los cortijos blancos, les pueblecillos con sus torres su tiles, las ringleras de álamos apartados, los anchurosos rodales de alcacel tierno. El tren corre vertiginoso. Ahora aparece un pedazo de río que hace un corvo y hondo meandro, bordeado de arbustos que se inclinan sobre sus aguas; ahora surge un huertecillo con una vieja añora rodeado de frutales en flor; ahora unos inmensos trigos aparecen y desaparecen rápidos, cuajados de florecillas rojas, de florecillas gualdas, de florecillas azules. El tren corre, corre veloz. Nuestras miradas descubren otro pueblo: es Cantillana. Abajo, en primer término, paralela a la vía, corre una línea de piteras grisáceas; más arriba se extiende un inmenso ámbito de un verde claro; más arriba destaca una línea de álamos; por entre los claros del ramaje asoman las casas blancas del poblado; y más lejos aún, por lo alto del caserío, la serranía adusta, hosca, pone su fondo zarco. Y en sus laderas, rompiendo a trechos la austeridad del azul negro, aparecen cuadrilongos manchones de un verde claro.
Ya la mañana ha ido avanzando. El cielo, pálido, suave, se muestra rasgado en la lejanía por largas y paralelas fajas blancas. Ya nos acercamos al término del viaje; torna a aparecer en lontananza otro poblado por entre los espacios del ramaje; es Brenes. Luego vemos de nuevo el río en otra sinuosidad callada, con sus aguas terrosas, después volvemos a con templar otro camino que se pierde allá en los montes; más tarde viene por centésima vez otro ancho prado, llano, aterciopelado, por el que los toros caminan lentos y levantan un instante sus cabezas al paso del convoy...
El tren sigue corriendo. Allá en la línea del horizonte, imperceptible, velada ante la bruma, aparece la silueta de una torre. Nos detenemos de pronto ante una estación rumorosa. ¿No veis aquí ya, en los andenes, yendo y viniendo, los tipos castizos, pintorescos de la tierra sevillana? ¿No observáis ya estos gestos, estos ademanes, estos movimientos tan peculiares, tan privativos de estos hombres? ¿No archiváis, para vuestros recuerdos, esta manera de comenzar a andar, lentamente, mirando de cuando en cuando las puntas de los pies? ¿Y este modo, cuando se camina de prisa, de zarandear los brazos, tendidos a lo largo del cuerpo, rítmicamente, sin chabacanismo, con elegancia? ¿Y esta suerte de permanecer arrimados a una pared o a un árbol, con cierto aire de resignación suprema y mundana? ¿Y el desgaire y gallardía con que un labriego o un obrero llevan la chaquetilla al hombro? ¿Y esta mirada, esta mirada de una profunda y súbita comprensión, que se os lanza y que os coge desde los pies a la cabeza? ¿Y este encorvamiento de espaldas y de hombros que se hace después de haber apurado una copa? La gente va, viene, grita, gesticula a lo largo de los andenes. «¡Manué! ¡Rafaé! ¡Migué!», dicen las voces; retumban los golpazos de las portezuelas; silba la locomotora; el tren se pone en marcha. Y entonces la 'distante silueta de la torre gallarda va rápidamente destacándose con más fuerza, creciendo, surgiendo limpia, esbelta, por encima de una espesa arboleda, entre unos cipreses negros, sobre el fondo de un delicado, maravilloso cielo violeta. Y ya comienzan a desfilar los almacenes, las fábricas, los talleres que rodean a las grandes ciudades. Estamos en Sevilla. El tren acaba de detenerse. Cuando salís de la estación, un tropel de mozos, de intérpretes, de maleteros, os coge el equipaje; un turbión de nombres de hoteles entra en vuestros oídos. Mas vosotros sabéis que estos hoteles son iguales en todas las latitudes; vosotros tenéis ansia de conocer cuanto antes, en tal cual viejo mesón, en este o en el otro castizo parador, a todas estas netas sevillanas, a las cuales el poeta Musset quería dar unas terribles serenatas «que hiciesen rabiar a todos los alcaldes, desde Tolosa al Guadalete».

A faire damner les alcaldes
de Tolose au Guadalete.

Y estos empecatados mozos y caleseros no os entienden; tal vez se han acabado ya los mesones y paradores clásicos en Sevilla. Y así, os conducen rápidos, frivolos, a una fonda que tiene un blanco y limpio patio en el centro y en que hay unas mecedoras y un piano. Esto os place, sin duda; mas vosotros no tardáis en dejar este patio, estas mecedoras y este piano y en saltar sobre el primer tranvía que pasa por la puerta. Las calles son estrechas, empedradas, limpias, sonoras; parece que hay en ellas una ráfaga de alegría, de voluptuosidad, de vida desenvuelta e intensa. Veis los patios nítidos y callados de las casas a través de cancelas y vidrieras; en las fachadas de vetustos casones, destaca la simbólica madeja; pasan raudas, rítmicas las sevillanas con flores rojas o amarillas en la cabeza; leéis en los esquinazos de torcidas callejas estos nombres tan nobles, tan sonoros de Manara, de Andueza, de Rodríguez Zapata; en los balcones cuelgan ringlas de macetas, por las que desborda un raudal de verdura. El tranvía corta vías angostas, cruza plazas, corre a lo largo de anchas avenidas con árboles.
—¿Y Salú?—le grita al cobrador una mujer desde la acera.
El cobrador es un sevillano menudito, airoso, que lleva colgada sobre el hombro la bolsa con una elegancia principesca.
—¡Hoy tá mehó!—contesta a la pregunta con una voz sonora.
Hemos pasado junto a la catedral; atrás queda la cuadrada y gentil Giralda; cruzamos frente a la puerta de San Bernardo; a dos pasos de aquí se columbra el matadero. ¿No son estos mozos que platican en estos corros los célebres y terribles giferos sevillanos de que nos habla Cervantes en «Los perros de Mandes»?
Y después, por las afueras de la ciudad, bordeamos las viejas dentelleadas murallas, y tornamos a internarnos en las callejas serpenteantes; los vendedores lanzan sus salmodias interminables y melancólicas; en un mercado, un viejo hace subir y bajar por largas cañas unas figurillas de cartón. ¿No veis en este hombre un filósofo auténtico? ¿No os agradarla tener una amena conversación con este sevillano?
Mas todavía existen otros seres más filosóficos en Sevilla; pensad en estos barberos enciclopédicos que vemos al pasar frente a sus barberías; pensad también en estos increíbles pajareros que hacen maravillas estupendas con sus pájaros, de todos tamaños y colores. ¿No hay en el ambiente de esta ciudad algo como un sentido de la vida absurdo, loco, jovial, irónico y ligero? ¿No es esta misma ligereza, rítmica y enérgica a la par, una modalidad de una elegancia insuperable? Las ideas se suceden rápidamente; la vida se desliza en pleno sol; todas las casas están abiertas; todos los balcones se hallan de par en par; gorjean los canarios; tocan los organillos; los mozos marcan sobre las aceras cadenciosos pases de vals; se camina arriba y abajo por las callejas; se grita con largas voces melodiosas; los músculos juegan libremente en un aire sutil y templado; livianos trajes ceñidos cubren los cuerpos. Y así, en este medio de enervación, de voluptuosidad, nacen las actitudes gallardas, señoriles, y un descuido y una despreocupación aristocrática nos hacen pasar agradablemente entre las cosas, lejos de las quimeras y los ensueños tórridos de los pueblos del Norte... (1).
Mas nuestro paseo ha terminado; se va acercando la hora de dejar a Sevilla. Hay otros moradores en tierras andaluzas para quienes la vida es angustiosa. Esa es la Andalucía trágica que ha venido por lo pronto a buscar el cronista. Aquí queda nuestra ilusión de un momento por todas estas sevillanas que caminan airosas por las callejas con la flor escarlata en sus cabellos de ébano.

(1) |Eh, cuidado, Sr. Azorin, con esto, escrito en 1905! Fíjese usted.— (Nota de Azorin, en 1914)

martes, 18 de noviembre de 2014

Siluetas de Urberuaga

LA MASA
Don Juan, don Andrés, don Rafael, don Julián, don Félix, don Alejandro, don Pascasio, don Tomás, don Ramón, don José, don Ignacio, están sentados a la mesa. Don Juan, don Andrés, don Rafael, don Julián, don Félix, don Alejandro, don Pascasio, don Tomás, don Ramón, don José, don Ignacio, son como todos los hombres que vosotros tratáis en la calle, en el tranvía, en el teatro, en la oficina, en la redacción, en el Congreso, en el Ateneo. Tal vez don Ignacio lleva en sus labios una vaga sonrisa melancólica; acaso don Ramón tiene una ligera palidez en su rostro; quizá don Rafael os mira vagamente con ojos apagados; es posible que don Pascasio haga un tenue visaje de tristeza ante ciertos manjares, con los que no se atreve. Pero todos ríen, charlan, fuman, beben, marchan por los pasillos, pasean por la carretera y se aventuran a salir a los montes. Don Juan, don Andrés, don Rafael, don Julián, don Félix, don Alejandro, don Pascasio, don José, don Ignacio, toman las aguas de Cestona; mas el dolor en los hepáticos es un dolor discreto, opaco, que no parece localizado en agudos y torturadores aguijonazos en una víscera tan sólo, sino extendido, difluido por todo el cuerpo en una sensación vaga de desasosiego y malestar. ¿Comprendéis por qué se puede vivir en el hotel de Cestona como en otro cualquiera confortable y mundano hotel? Mas la decoración cambia bruscamente desde Cestona a Urberuaga. Ya en Urberuaga no veis ni un solo niño. En Cestona atruenan con sus trapatiestas y correrías los pasillos desde la mañana hasta la noche. En Urberuaga no columbraréis ni uno tan sólo. En Cestona, el veraneante toma rápidamente su baño en un cuarto elegante, claro, limpio, inodoro, y el resto del día tiéne lo libre para sus tráfagos y devaneos: puede decirse que en Cestona el bañista es un señor que por casualidad, por capricho, se mete en el agua diez minutos. En Urberuaga, un ambiente de ansiedad, de preocupación, de recelo, de sospecha trágica, de desesperanza honda y latente pesa sobre vosotros. El bañista no es un veraneante: es un enfermo. Y ya no son los diez minutos frívolos y joviales de Cestona: son horas y horas de marcha febril por los pasillos con la toalla liada al cuello. Y es la larga complicación de operaciones enojosas que es preciso realizar y sufrir todos los días: el baño, las pulverizaciones, las inhalaciones, las vaporizaciones, la toma de agua en bebida, las consultas ansiosas y desesperadoras al médico. ¿Cómo ha de quedar tiempo en Urberuaga para otras cosas? ¿Cómo ha de haber en vuestro espíritu lugar para otra preocupación que no sea esta de la eficacia de las aguas? Y, enardecidos, enervados, recogidos sobre sí mismos, puesto el pensamiento en el proceso imperceptible de un hondo mal, caminan de sala en sala en un ambiente de éter, de cloruro, de vapor escapado de las pulverizaciones, todas estas figuras pálidas, cóncavas, que tosen en largos y profundos carraspeos, o en breves, bruscas, interminables toses...

LOS DOS
Yo veo a los dos a todas horas: él está intensamente pálido; ella está intensamente pálida. El camina lento; lleva un traje claro: ella camina despacio; viste una blusa blanca y una falda azul. Los dos son delgados, altos; los dos callan, uno junto a otro; los dos se sientan bajo un árbol en la explanada de la puerta; los dos leen un libro en que sus miradas hondas se clavan durante horas. ¿Son hermanos? ¿Son marido y mujer? Yo no lo sé: yo los veo en todos los momentos juntos, caminando a lo largo de la carretera o sentados bajo los árboles. Y adivino en ellos un convivir monótono, doloroso. Y siento en mi espíritu sus largos silencios, sus actitudes de ansiedad, sus gestos de cansancio. A veces un diálogo rápido es entablado entre los dos. ¿Qué dicen? ¿Qué palabras misteriosas son las que salen de sus labios? El, recostado en la mecedora, ha erguido su busto y habla vivamente con ella; ella replica con la misma viveza. El, guarda un momento de silencio y torna luego a dirigirle la palabra a ella... Y entonces ella se levanta y marcha, fina, esbelta, elegante, hacia la casa, de donde torna al cabo de un momento, mientras él, abatido, con el sombrero echado atrás, con un mechón negro sobre la frente, pone los codos sobre los muslos y apoya la cabeza entre las manos...

MARÍA
María es la nota jovial del balneario.
—María, ¿me da usted un clavel?
María arranca un clavel y lo arroja a la calle. El bañista pasa: es un joven con ancho jipijapa y rojas botas lucientes.
—María, ¿me da usted un clavel?
María arranca un clavel y lo arroja a la calle. El bañista pasa: es un viejo reidor, de mostacho gris retorcido.
—María, ¿me da usted un clavel?
María arranca un clavel y lo arroja a la calle. El bañista pasa: es un señor de barba ancha con una gorra de visera caída.
—María, ¿me da usted un clavel?
Y María ríe, grita, protesta jovial y ruidosa, y se retira del balcón. Porque María no tiene más claveles o—y esto es lo más seguro—no quiere desprenderse de aquéllos que le quedan.
¿Habéis ojeado los «Caprichos» del maestro Goya? ¿Recordáis aquellas figuras femeninas esbeltas, flexibles, ondulantes, serpenteantes? Yo tengo ante los ojos uno de estos «Caprichos»: es una maja de pie, al desgaire, con el peinado bajo, con la mantilla que llega hasta los ojos, con el abanico apoyado en la boca. Detrás de ella una mendiga se ha acercado a requerir su caridad; ella, desenvuelta, ligera, vuelve hacia ella su cara con gesto de desdén, y la leyenda dice: «Perdone por Dios... y era su madre...»
Y bien; esta maja es María; no quiero decir yo que María sea despiadada, implacable, feroz.
No, no; he citado este «capricho» porque es acaso aquel en que el maestro ha puesto un tipo de mujer más esbelto, más grácil, más desenfadado, más elegante. Y María es un tipo parejo a éste; mas si la observáis de cerca, si examináis sus ademanes, su gesto, su manera de andar, de sentarse, de levantarse, de atravesar un salón, veréis—y este es su encanto originalísimo—que en ella el tipo de la maja castiza se entremezcla y confunde con el tipo novísimo de la mujer bilbaína. Y vosotros, al llegar aquí preguntaréis: pero ¿existe en realidad un tipo de mujer bilbaína? ¿No es esto una ficción? ¿No es ésto tal vez una galantería? No, no, lector. Hace pocas tardes yo contemplaba, desde el pórtico de un café, allá en Bilbao, frente al puente, a prima tarde, el desfile ligero e incesante de las lindas mujeres.
El cielo estaba gris; el ambiente era fresco. Pasaban, corrían, cruzaban, se entrecruzaban coches, camiones, automóviles, tranvías; a la izquierda, un denso humacho negro se elevaba ante la arcada—hierro y cristal—de la estación de La Robla; a la derecha, la fronda de los árboles del paseo ponía su telón claro. Se oían silbatos agudos, resoplidos de locomotoras, gritos de conductores, trotes de caballos, chirridos de «troleys»... Y por el centro de la ancha vía, encaminadas hacia el puente o de regreso del puente, iban y venían, entre el estrépito, las bilbainitas con sus tocados estivales, blancos, rosa, azules, un poco inclinadas hacia delante, un poco rígidas, nudosas, fuertes, tal vez con los pies un tantico grandes, pero calzadas todas, todas—y este es un de talle indefectible—, con botas irreprochables, con botas negras, con botas brilladoras, con botas elegantes...
Y he aquí ya expuestas a la ligera, en dos palabras, las características de la mujer bilbaína; acaso, si pertenece a las clases altas, notaréis en ella—crecida y educada en una época de enriquecimiento precipitado—un tenue matiz de ostentación y de ingenuidad en su atavío. Mas, bien pronto, todo lo olvidaréis ante su belleza fuerte y severa, ante sus ademanes decididos, ante el ímpetu y el imperio de su persona...
María es también fuerte, nudosa, y tiene una barbilla suave que se repliega con un encanto extraordinario sobre el enhiesto cuello planchado. María marcha también con el busto un poco inclinado, y sus brazos caen sueltos a lo largo del cuerpo. María anda asimismo— característica acaso la más notoria de la mujer bilbaína—, no rauda, no seguida, no con un paso uniforme y simétrico, sino con una serie armónica de rápidos e intermitentes avances, que concuerda en maravillosa sincronía con el ademán y con el tipo. Por la mañana, María se pone sobre Ja blusa blanca una mantilla, y así, medio arrebozada la cara, al regreso de misa, se asoma al balcón de los claveles. Entonces creéis ver esta maja de Goya de que os he hablado, o bien esas otras manolas de la ermita de San Antonio que el maestro ha pintado sobre un barandal recostadas.
Por la noche, tras la cena, María canta un zortzico al piano, o baila valses y rigodones... El joven marqués de Pestagua, derecho, juntos los pies, se inclina ante ella con rígido movimiento de «gentleman». «María, ¿me hace usted el honor de este vals?» Y María se levanta, y los dos giran y giran rápidos por el salón, sobre las tablas lustrosas, resbaladizas. Y como María es viuda, veis en ella, mientras baila, mientras camina, mientras se sienta, mientras se levanta, cierta placidez, cierta majestad, cierto sosiego en que se trasluce tal vez desencanto infinito...

lunes, 10 de noviembre de 2014

Siluetas de Zaldivar

CANDUELA
¿Dónde he conocido yo a Canduela? ¿En alguna novela de Galdós? ¿En «El amigo manso», en «Lo prohibido», en «El doctor Centeno», en «Ángel Guerra»? Canduela se halla sentado a la mesa, frente a vosotros; tiene la cabeza redonda, fina, y en ella, a los lados, sobre las sienes, dos largas y angulosas entradas; Canduela lleva un bigote que parece recortado, un bigote que os recuerda los bigotes de los oficinistas de 1850, un bigote grueso, negro, que de pronto se estrecha y acaba en dos puntas agudas; Canduela viste un traje sencillo, gris, de alpaca; Canduela luce una corbata indefinible, que creéis haber visto mil veces sobre el pecho de un oficial quinto, de un violinista que toca en un café, de un viajante de comercio, de un estudiante de Medicina; Canduela come en silencio, como todos, lo mismo que el veciño de la derecha, y el vecino de la izquierda, y el vecino de enfrente. Y vosotros lo miráis un momento, y decis: «He aqui un hombre perfectamente vulgar; he aquí un pobre hombre; tal vez un empleado de un Ministerio; acaso un pequeño industrial».
Pero os engañáis. De pronto, Canduela, que está hablando con don Bernardo, dice: «Yendo yo una vez en el rápido de Bruselas a París...» Entonces vosotros suspendéis en el aire el tenedor que os lleváis a la boca, y miráis asombrados a Canduela. Y Canduela sigue comiendo, correcto y sencillo. Y vosotros tornáis a decir: «Sin duda, este pobre señor ha viajado alguna vez, por casualidad, en un expreso extranjero». Pero Canduela se ha puesto a charlar otra vez con don Emilio. Y oís que dice, hablando de un conocido; «Sí; lo conocí porque tiene su abono en el Real al lado del mío...» Y otra vez volvéis a levantar la vista y a mirar con más sorpresa, con más asombro, a Can- •duela. Y así, poco a poco, os vais enterando de que Canduela—sucesor de un famoso banquero— tiene una fortuna considerable, y ha viajado por países extraños, y vive en una casa soberbia, y se pasea en coche cuando le place. Y entonces os recogéis sobre vosotros mismos, aunáis todas vuestras impresiones, y volvéis a decir: «He aquí un hombre sencillo, llano, natural; he aquí uno de estos hombres raros, excepcionales, que lo son todo, y tienen el arte exquisito de no parecer nada».
Y cuando van pasando los días, cuando habéis hablado ya largamente con Canduela, veis que este pobre hombre es un madrileño de casta, ejemplar y resumen del verdadero madrileño; es decir, un hombre fino, flexible, irónico, un poco desencantado, cortés, diligente, intuitivo, ingenioso... Sin Canduela, la vida en Zaldívar no se concibe. Canduela viene todos los años; de aquí pasa a San Sebastián; de San Sebastián pasa a Biarritz. Canduela es amigo de todos; os entera en dos palabras sobre la vida de tal o cual bañista; os regala de cuando en cuando una frase ingeniosa. Canduela encanta a todas las señoras con su afabilidad sobria y oportuna. El les pregunta el primero qué tal lo han pasado en la excursión que acaban de realizar; él les tiende la mano en el estribo del coche; él finge con ellas un ligero enfado cómico por tales o cuales fruslerías.
—Marquesa, estoy muy incomodado con usted.
La marquesa de Peña-Fuente, esta dama discreta, un poco ingenua, que todos conocéis, le mira estupefacta.
—¿Por qué, Canduela?
—Ha pasado usted esta mañana por el parque y no me ha saludado.
—¡Por Dios, Canduela!—exclama la marquesa con esa voz un tanto llorosa que vosotros todos también recordaréis.
Y Canduela baja la cabeza sobre el plato y simula un mutismo hosco, terrible...

DON BERNARDO
Este es el reverso de la medalla, es decir, un hombre que os inspira tales o cuales fantasías, pero que en realidad no tiene nada de extraordinario... Cuando estáis más tranquilos en la mesa oís una gran voz que grita enfurecida:
—Pero ¿qué escándalo es éste? Pero ¿es que vais a estar así toda la vida?
Se trata de don Bernardo, que apostrofa a una criada porque el intervalo de plato a plato se le antoja muy largo. ¿Os extrañarán estos furores de don Bernardo? ¿Creeréis que el gritar de este modo en la mesa redonda es acaso abusivo? No lo extrañéis; don Bernardo, según confesión propia, viene a Zaldívar desde hace treinta y nueve años. ¿Cómo no tener derecho a chillar? ¿Cómo no tener derecho a indignarse si transcurren cuatro minutos en inacción forzosa de las mandíbulas? Imaginad un manchón ovalado, rojo, encendido; poned en él dos diminutos granos de mostaza, trazad en la parte inferior una pincelada blanca, y luego, perpendicular a ésta, otra ancha pincelada blanca... y tendréis el retrato de don Bernardo.
—Don Bernardo—dice Canduela—, ¿sabe usted a quién vi el otro dia en Solares? A Benito.
—¡Hombre!—exclama con una voz recia don Bernardo.
Y se hace un largo silencio; y cuando creéis que ya el tema de este rápido diálogo ha sido olvidado, exclama don Bernardo:
—¡Ya hace tiempo que no le he visto!
—Está muy grueso—replica Canduela.
—No—observa don Bernardo—; digo que no he visto Solares hace tiempo.
—Debe de ser un edificio nuevo—dice Canduela.
—Es antiguo—contesta don Bernardo—; pero habrán hecho reformas.
No me preguntéis más sobre la vida y dichos de don Bernardo. Yo no sé más; nadie sabe más; sería absurdo saber más. Cuando os retiráis de la mesa y vais a coger vuestro sombrero en la percha, veis un tremendo roten, que más bien semeja el tronco gigantesco de un árbol. Este es el bastón de don Bernardo; él lo ha cortado en el bosque y ha ido haciendo en su corteza, con la navaja, mil pintorescos círculos y arabescos. Y después de comer, don Bernardo se aleja por la fronda apoyado en María comete un lapsus, por ligero que sea, ella se detiene y torna hacia atrás, y no prosigue hasta que el error ha sido perfectamente subsanado.
María no charla a gritos, ni ríe en estrepitosas carcajadas, ni ama los atavíos llamativos. A las diez, cuando el salón está más animado, María da un beso al conde—su padre—y se sube a acostarse. Pero María no duerme. Su cuarto está junto al mío. Una hora después, cuando yo subo, veo una rayita de luz bajo la puerta. ¿Qué hace María? ¿Escribe? ¿Lee? ¿Qué libro lee María? ¿A quién escribe María? No, no imaginéis que María lee un libro de versos sentimentales, ni que escribe una larga carta patética. María no es romántica. Hay mujeres que nacen para amantes, otras que nacen para monjas, otras que nacen para solteras impenitentes, otras que nacen para esposas. María Esteban-Collantes ha nacido para esposa.
Vosotros os casáis con María (no tendréis tanta dicha; es un supuesto); un día, a la semana de vuestra boda, o a las dos semanas, o al mes, decís, parándoos ante ella, un poco perplejos, rascándoos mientras tanto la cabeza:
—María, esta noche no vendré a casa...
Y María, sin mostrar pesadumbre, sin sonreír, con naturalidad, contesta:
—Bien.
Otro día, al cabo de poco, volvéis a decir, también confusos, también temerosos:
—María, mañana tendré que estar fuera durante todo el día.
Y María torna a decir, con la misma naturalidad encantadora:
—Bien.
Y pasa el tiempo; vosotros tenéis vuestros agobios domésticos; hay deudas que no se pueden pagar por el momento; existen atenciones, en cambio, cuya satisfacción es imposible demorar. Vosotros estáis mohínos, apesadumbrados. María nota vuestras angustias...
María—le decís vosotros—, nos hace falta comprar tal cosa y no tenemos ahora dinero...
Y entonces, María, se levanta en silencio, abre un armario y os presenta una cajita repleta de billetes y de monedas que ella poco a poco, día tras día, ha ido ahorrando.
Esta es María Esteban-Collantes.