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sábado, 13 de septiembre de 2025

Orfelinatos y orfanatos


Las beneméritas instituciones que albergan a los niños huérfanos han sido bautizadas por el vulgo con tres nombres: orfelinatos, orfanatorios y orfanatos. Solamente esta que hemos destacado es la correcta: orfanato, que es la única que encontró albergue en el Diccionario oficial. Las otras, "orfanatorios" y "orfelinatos", como no encuentren orfanato donde internarse van a morir ateridas. Raro ¿no? pero así es la lengua castellana.
Revista Anteojito N°1540, p. 10
13 de septiembre 1994

lunes, 25 de agosto de 2025

Un “Don” que no todos tenían


Cuando nos referimos a alguien respetable acostumbramos anteponer a su nombre la palabrita "don". Esto es algo corriente en la actualidad. Pero hace mucho tiempo, para ser nombrado "don" había que pagar. ¡Sí, señor! Era como un título de nobleza. Don deriva de "dominus", que en latín significa "señor". Lo utilizaban los Papas y los obispos. A partir del siglo XVII los duques, los condes y sus esposas podían usar el "don". Entonces apareció el "doña" para uso exclusivo de las señoras. Existe otro "don". Tiene un significado muy hermoso: quiere decir regalo.

Revista Anteojito N°1485, pp. 04
25 de agosto 1993

lunes, 11 de agosto de 2025

Viaje al fondo de los fantasmas

El hombre que fue a esperarme al aeropuerto de Cambá Punta, en
Corrientes, era un antiguo poblador de esa región, un tipo experto,
con una de esas caras sacadas de un cuento de Hemingway.
"Así que piensa entrar al Ibera", me dijo. "Si puedo", contesté.
"Qué equipo trae", quiso saber. "Esto" (le mostré una bolsita de
plástico con el cepillo de dientes y la máquina de afeitar). "Entrar es
fácil", me alentó. "Lo difícil es salir."

Nos miramos, con el Mayor, en la penumbra de la isla. El agua contreaba sobre el junco en plena laguna Trin y pleno estero del Ibera, y sé que tuvimos al mismo tiempo la misma idea: robarles por un rato la canoa grande a los baquianos y cazar nosotros el yacaré.
Ellos se habían ido con el fotógrafo, en el bote chico. Antonio botaba y Varbona llevaba la escopeta y la linterna; buscaban la luz roja, insomne, que dibujaban los ojos del yacaré, el gran poblador de esas regiones. Eran como las nueve de la noche y el silencio y la canoa, blanqueada por la luna, descansaban a nuestro pies en el canal. Volvimos apurados a la casa. Peco dormitaba sobre el catre de lona, bajo los altos naranjos. Tal vez nos reímos, o el Mayor hizo algún ruido con los cargadores del fusil, porque la alta silueta se levantó de un salto.
–¿Adonde van? –y en seguida, comprendiendo–: Me llevan –dijo.
Ya se calzaba las botas.
Nos tomamos el vino que había quedado de la comida y salimos. El Mayor traía su Mauser 1909 y Peco manejaba el botador de tacuara, como vimos hacer a Antonio, el baquiano, esa mañana. Para salir del angosto canal tardamos el doble que los baquianos, pero al fin recibimos el viento y la luna en la cara y nos reímos en silencio.
Pensábamos no alejarnos de la orilla del embalsado y volver apenas cambiara el sudeste. Yo empuñaba la linterna y barría el junco lejano, esperando esa respuesta rojiza, los ojos que nunca vinieron. Rato después fui el primero en sentir cómo el agua se filtraba a través del colchón de paja verde que cubría el fondo de la canoa. Me paré de un salto y metí la mano en el enjaretado. Había diez centímetros. Nos miramos buscando algo para achicar, hasta que el Mayor señaló las botas de goma que yo llevaba puestas. Me saqué una y empecé, mientras Peco viraba la canoa.

LOS COLCHONES FLOTANTES
Ahora botaban los dos, pero el viento nos apretaba contra el juncal, obligándonos a recorrer cada accidente de la orilla. La arboleda de la isla se nos había perdido media hora antes. En algún punto lejano vimos un fogonazo sin ruido: debía ser el flash del fotógrafo. Yo contaba mecánicamente mis movimientos; ya llevaba más de cien golpes con la bota, y el agua crecía siempre.
–Parece que hay un rumbo –dije, y se rieron. Tres kilómetros al norte, el baquiano Varbona vio los destellos de nuestra linterna.
–Deben ser los gringos –resumió.
Éramos. El Mayor respondía al arduo nombre de Néstor Lucas Brailterd Poccard, que los correntinos de la ciudad reducían a Pocar, y nosotros, a "Che, Mayor". Peco, el abogado de Resistencia, se llamaba Eric Edwin Tissembaum. Era el mismo que me había ido a esperar al aeropuerto de Cambá Punta, que me había dicho aquello de que "Entrar es fácil, lo difícil es salir". Y ahora, cinco días después, parecía que iba a tener razón.
Recordé involuntariamente los datos que conocía del lugar: allí la laguna tenía dos metros quince de profundidad, y el embalsado en partes sostenía, y en partes no, el peso de un hombre. En un hueco de un albardón vimos los ojitos brillantes de un pichón de nutria, al alcance de la mano, pero no hicimos el menor esfuerzo por capturarlo. El agua seguía entrando.

ALGO PARA RECORDAR
Después, en un recodo, apareció la arboleda de la isla. Oímos voces. Parado al borde del canal, sobre el colchón flotante que es la sustancia misma del estero, el fotógrafo Barabino preparaba el flash y decía:
–Aguántense un poquito más que los saco.
Segundos después recibía su castigo: metió el pie en un pozo que no figuraba en sus mapas, y casi se va al fondo. Le entró agua en la cámara y el testimonio de nuestro ignominioso regreso se perdió.
De a uno en fondo pasamos al otro bote. No me di vuelta a mirar lo que pasaba con la canoa, pero el Mayor me asegura que terminó de hundirse cuando desembarcamos.
Temíamos que Varbona estuviera irritado por nuestra salida, pero más bien se le notaba un gesto divertido que no comprendimos. Esa mañana habíamos atravesado con la canoa averiada toda la laguna Trin y la Medina, seis personas y el equipo, sin la menor dificultad. La embarcación tenía a proa un rumbo de veinte centímetros de diámetro que Varbona, supimos después, tapaba con barro antes de salir en cada viaje.
Dormimos al raso. Los mosquitos me habían picado en el Tigre, me picaron luego en Corrientes y en Mercedes, pero esa noche de noviembre no había mosquitos en el Ibera.
Sé que soñé y que un nuevo paisaje, laberíntico, arrasador, angélico en la tersura de sus flores y el cristal de sus aguas, demoníaco en el irresistible crecimiento de raíces, hojas, espinas, púas, dientes, había entrado para siempre en la materia de mi sueño. Por ahí tengo un camino siempre abierto al Ibera.

EL ROSTRO DE LA LEYENDA

La balsa que unos viejos de carbón de ceniza taciturna movían a mano sobre el río Corrientes; los campos de Caá-Guazú donde Paz le dio un baile a Echagüe; el santuario del gaucho Gil que a la orilla del camino devuelve en curaciones y milagros populares su oscura muerte de matrero; las calles rojas de Mercedes, centro ganadero, 25.000 habitantes, seis o siete cuadras pavimentadas, dos prostíbulos legales y otros clandestinos; la próspera siesta de Curuzú Cuatiá, donde fuimos a buscar a Chacho Puyol para que nos llevara a casa de su madre, al borde del estero. Mercedes otra vez, y el calor, y las suaves cuchillas verdes. Todo eso quedaba atrás mientras el jeep se bamboleaba, ya de noche, por un camino que alternaba durezas de basalto con hondonadas de manteca. Nos quedamos en un pozo y hubo que sacar el jeep casi a pulso. La pick-up que nos prestó Vialidad regresaba ya a Mercedes, sin intentar el cruce del último tramo. Siete horas para hacer 60 kilómetros: ese camino empezó a explicarme el enigma del Ibera.
A medianoche estábamos en La Armenia, donde Armenia Sandoval de González, viuda de Puyol, mantiene una finca, un puesto sanitario y una vieja tradición de delicadeza y hospitalidad. Esa casa centenaria con su techo de palma y su recóndito aljibe fue nuestro campamento y nuestro mirador sobre el estero, que empezaba una legua más lejos. Capivarí se llamaba ese paraje, que tiene unos 1.000 habitantes y es la cuarta sección del departamento de Mercedes. Al elegirlo como punto de entrada a las dos lagunas meridionales –Trin y Medina–seguíamos la ruta clásica de las expediciones. Por allí habían pasado Azara y D'Orbigny, y el capitán Uhart. Es seguro que en doscientos años casi nada había cambiado. Cada uno de esos hombres desafió un mito y encontró una realidad menos peligrosa y más bella. Pero, sobre sus evanescentes rastros, la leyenda volvió siempre a cerrarse, como la vegetación insobornable del estero.
La capital correntina alimenta asiduamente el espejismo. De sus 150.000 habitantes, unos cien, quizás, se han internado alguna vez en el Ibera. Los demás creen saber que islas enteras cambian de lugar, que las plantas acuáticas se cierran imprevistamente sobre cualquier embarcación, que en inaccesibles refugios viven centenares de forajidos, que la piraña devora al nadador y la yarará fulmina al intruso.

LAS ESPALDAS LIVIANAS
Eso era lo que veníamos a ver. En la ciudad de Corrientes nos movimos rápido. Cuatro meses antes, una expedición de Vialidad y del Ejército, encabezada por el mayor Braillard y el ingeniero Romero Fonseca. había perforado una vez más el mito. En pocas horas conseguimos que el mayor Braillard estuviera dispuesto a ahogarse en beneficio del periodismo, como antes estuvo dispuesto a hacerlo en beneficio de la ciencia.
Romero Fonseca proyectó sus slides y su impecable información técnica. Ángel Mórtola, presidente de Vialidad, puso a nuestra disposición los recursos de la más importante repartición provincial. Unos minutos de conversación nos aseguraron un Cessna del Aeroclub Mercedes.
La expedición Braillard-Romero había rendido tributo a la leyenda. Veinticinco hombres de oficialidad y tropa, seis técnicos de Vialidad, toneladas de equipo y armamento, incluyendo una barcaza de desembarco, ocho días de exploración bajo rigurosas medidas de seguridad y supervivencia, 200.000 pesos de costo por parte de Vialidad, y otro tanto, quizá, de Ejército.
Gracias a ellos, sabíamos ahora que ese despliegue era innecesario para nuestros fines. Pero triunfaba la inclinación al dramatismo.
En la lista de cosas imprescindibles que me esbozó un joven oficial figuraban la vacunación previa y el suero antiofídico; la pastilla antipalúdica y el cloro para el agua; el carbón vegetal y los borceguíes de cuero; la carpa y los mosquiteros. Por supuesto, no llevamos nada de eso, y nos alegramos cuando hubo que caminar.

DESDE EL AIRE
El Cessna llegó a recogernos a la pista de cuatrocientos metros de La Armenia y poco después, despegamos hacia el estero. Casi en seguida se dibujó ante nosotros la forma redondeada de laguna Trin, con su cuello de cisne al noroeste y, más lejos, la alargada laguna Medina: un paisaje de almanaque, la apoteosis del kodachrome, pero real y palpitante en la tibieza de la mañana, con el pausado movimiento del oleaje, los manchones de oro pulverizado de las plantas acuáticas florecidas sobre el azul de las lagunas y el aleteo de una garza blanquísima midiendo la transparencia de la altura.
Lo demás era el embalsado, el engarce inacabable de los espejos de agua: una llanura de felpa de tonos ocres y pardos que condescendían al verde en las arboledas, parecidas a los montes de las estancias.
En realidad, si uno se distraía un momento podía creer que volaba sobre campos incultos, y no sobre las más vastas extensiones de vegetación embalsada, flotante, conocidas por el hombre en todo el mundo.
En torno a uno de esos montes el piloto descubrió un círculo y luego tomó distancia para una pasada rasante. Era la isla del Disparo, nuestra meta del próximo día. Desde treinta metros de altura vimos gente asomada a una choza y manos que saludaban en un paisaje de naranjos, timbóes y guayabos. El mensaje del Mayor para Floriseldo Varbona, que habría de ser nuestro baquiano, cayó entre zapallos de la huerta, mientras el Cessna enfilaba al noreste, rumbo a la isla de los Villagra, en la laguna Trin.
El sobrevuelo esclarece el interrogante de la vida humana en el estero. La unidad habitable es siempre una isla arbolada, a veces cultivada, generalmente redonda, de una a veinte hectáreas, rodeada de embalsado, donde el poblador abre y mantiene a serrucho un canal de cien a quinientos metros de largo y del ancho de su canoa, que lo comunica con el espejo de agua y de ahí con algún "puerto" o cabecera en tierra firme. Donde hay isla sin canal, no hay población permanente, aunque haya vivienda. En el estero cerrado no hay ni quiere haber vida humana estable: sólo el paso transitorio del cazador que con la sobria "provista" en la maleta se interna durante días o semanas, caminando sobre el anegadizo colchón del embalsado, en busca de la nutria o el lobito, del yacaré o el carpincho.

LAVADO DE CEREBRO
Uno de estos cazadores es Bernardino Díaz. Resulta extraño verlo, con su aspecto y su habla de gaucho, atravesando el campo a pie, una nutria en cada mano. Uno busca por costumbre el caballo, que no existe porque este hombre es la adaptación del paisano al estero, donde el caballo es inútil.
Díaz es un gaucho cazador, y esto quiere decir caminador. Cada quince días deja el rancho que ocupa con su madre, compra sus provisiones y "se mezquina" para adentro llevando sus trampas y su chuza. Solitario anda sobre el embalsado distancias que resultan enormes.
–¿Con qué camina?
Sorprendido, se mira los pies.
–Y... con alpargatas, nomás.
Pero lo más seguro es que ande descalzo. El embalsado cede al pisarlo, y el agua sube hasta los tobillos o la mitad de la pierna. El cazador tiene una forma especial de caminar, curvando el pie para repartir mejor el peso sobre el lecho de plantas. Si el piso se hunde demasiado, tiende una tacuara y la usa de puente o fabrica unas muletas (ñandupuí) que crean nuevos puntos de apoyo. Come lo que lleva o lo que caza. Cuando lo agarra la noche en descampado, corta junco y hace una "cama" que permanece seca.
En medio de esa vegetación torrencial e indiferenciada, cada mata, cada árbol distante tienen para él un significado preciso. Si se extravía, le basta observar un rato la marcha que describe la sombra de un palito. De noche se guía por las estrellas. Alguna vez estas cosas le fallan: el hombre simplemente no sabe dónde está. Entonces se tiende boca abajo y olvida todo, vacía su cabeza de recuerdos y sensaciones. Entre lo que olvida, está aquello que lo ha confundido. Cuando se para de nuevo, ya está orientado; él no sabe cómo, pero es así.
Con estos métodos, Bernardino Díaz llega a internarse diecisiete leguas en el estero, en viajes que duran hasta veinte días.

LAS ISLAS FLOTANTES
Por la noche el Mayor convocó a "reunión de oficiales", desplegó sus cartas y explicó la ruta. El equipo ya escaso que traíamos se redujo al mínimo: una manta y un arma larga por persona.
A las cinco de la madrugada el jeep nos llevó entre espinillos y senderos fangosos a la última tranquera de la estancia de Tressens. De allí seguimos a pie un kilómetro entre malezales que de golpe se convertían en selva sobre el barro. En esta marcha de una hora vimos salir el sol. A las 6.50 estábamos al borde del estero, en el punto convenido donde nos esperaban los baquianos.
Un palmar exuberante cubre allí la costa. El embalsado marginal tiene mil quinientos metros de ancho, y el canal que lleva a laguna Trin nace frente a una isla que llaman del Cerrito.
Floriseldo Varbona, 35 años, era un hombre corpulento, rubicundo, de ojos chicos y maliciosos. Llevaba ropa de gaucho: bombacha oscura y rastra metálica. Antonio Ugarte, 32, bronceado y taciturno, bombacha y camisa clara y un exótico casco de corcho.
En la canoa de Varbona entrábamos cómodamente los dos baquianos y los cuatro expedicionarios. Antonio empuñó el botador y nos internamos en el angosto canal, bajo una nube de garzas, caracoleros y chajás. El camalote florecía hermosamente en racimos lilas y en las orillas prevalecía el junco que llaman piríancuá.
En algún recodo del canal donde el avance es difícil aprovechamos para bajar y pisar el embalsado. La sensación es extraña: eso nos sostiene y se hunde al mismo tiempo, como un colchón de resortes. Su superficie exuda agua que crece despacio. En realidad es una masa de tallos y raíces que pueden tener hasta dos metros de espesor. No apoya en el fondo de la laguna y por eso cede. Con el tiempo y la pausada acumulación de tierra acarreada por el viento llegan a crecer pastos terrestres; luego arbustos y árboles; para entonces lo que empezó como masa vegetal acuática, se ha diferenciado en isla o "puerto" en tierra firme, cuando no en raro y casi mítico "mogote" (isla arbolada flotante) que alimenta las pesadillas de los agrimensores.

HISTORIAS DE GRINGOS
A las 7.40 entramos en laguna Trin. Antonio, parado a popa, lanzaba el botador por delante, en dos golpes lo hacía tocar fondo y proyectaba la canoa en largos y rápidos avances. Las aves habían desaparecido o se mantenían lejanas: apenas si en el junco cantaba un bailarín o ardía la brasa de Juan Soldado. Cuando el Mayor quiso probar su Máuser, debió elegir un biguá a ciento cincuenta metros de distancia. Le pegó en la cabeza.
–Zapallo –comentó Varbona, aunque no pudo disimular la admiración.
El espejo de la laguna era simplemente azul, pero su entraña desplegaba una transparencia de acuario. Grandes masas musgosas de ortigas simulaban bosques sumergidos entre cuyas copas se veían, hasta un metro de profundidad, pececitos plateados y violetas. Después entramos en esa zona que desde el aire aparece como grandes manchones de oro. Aquí domina una planta de hoja flotante, chata y acorazonada, con un tallo filiforme y florcitas amarillas apenas sumergidas.
Antonio botaba en silencio, mascando su tabaco en cuerda, marca Quebracho, "que ataja el hambre y es bueno para los dientes", pero Varbona sostenía con nosotros un punzante duelo. A través de las cámaras fotográficas, del grabador sospechoso, del Máuser infalible, se sentía sometido a un cotejo o una inquisición y contragolpeaba en ráfagas de filoso humorismo.
–Póngame ojos azules y cabello crespo –dijo cuando el fotógrafo anunció que iba a sacarlo en color, y a mis preguntas iniciales contestó en oleadas de risueño guaraní:
–Es que somos dos clases de gringos –explicó después–. Ustedes son unos gringos, y nosotros somos otros gringos. Nosotros porque hablamos en guaraní, y ustedes no están entendiendo. Y ustedes, porque nos hablan en difícil, y nosotros no entendemos.
Hechas estas salvedades, oída su voz grabada –que le produjo inocultable placer–, restablecido el equilibrio y pagados los tributos al amor propio, el esterero se comunicó con nosotros mejor que cualquier hombre de la ciudad.

LAS PIRAÑAS AUSENTES
La laguna tenía ahora reflejos de acero. Un furtivo strip-tease nos había dejado en calzoncillos mientras mirábamos con ansiedad el agua donde nadie se baña.
–Alguna vez me tiro en el invierno –admitió Varbona–para acordarme de que sé nadar. En verano, nunca.
En la cara predatoria y los dientes filosos de la palometa reside esa maldición bíblica, acuñada en infinitas historias y en casi ningún testimonio. La palometa, se dice, ataca animales y cristianos, y después de la primera sangre se abalanza en cardumen, dejando apenas los huesos pelados de la víctima. Peco Tissembaum se tiró, nadó, volvió, sin que el fotógrafo pudiera registrar la catástrofe que presagiaban los rostros adustos de los baquianos. A las diez dejamos la orilla este de la laguna y cruzamos en línea recta a la Isla del Disparo.
Ahí donde cada cosa tiene su historia, la Isla del Disparo se llama así porque en un tiempo vivieron tigres, y después llegaron hombres, y en el encuentro alguien disparó: unos dicen que los hombres, otros que los tigres, pero al final –como siempre–quedaron los hombres. De los tigres del Ibera no restan más que la memoria y las enormes trampas que se herrumbran en algunas casas viejas.
Los hombres eran ese rancho de dos piezas de barro "estanteado" con bosta de vaca y techado con paja, donde vi una cama de barrotes niquelados, dos catres, un mortero y las viejas ollitas negras de fierro, entre cueros y bolsas de maíz para las gallinas. La familia de Varbona se había ido a Concepción.
Comimos algo ya mediodía salimos de nuevo con rumbo noreste. Nos internamos en el correntoso canal Tuya, que une las dos lagunas, luego en el arroyo Caí y por fin en la laguna Medina.

LOROS PELIGROSOS
–¿Violencia? –dice con su voz tranquila el hombre vestido de paisano–. Pero mire, aquí nunca hubo nada de eso.
La mirada de Justo Aníbal Miño, comisario de Capi varí, remonta un tiempo interior que lo desborda, llega a los "guaycuruses" y sus extinguidas guerras, vuelve en busca del primer maestro, que mataron por 1860, y no encuentra memoria de sangre o delito hasta hace cosa de quince años, fecha en que –confiesa avergonzado–alguien robó un ternero.
En la casa de don Miño, que es también comisaría, no hay calabozo. Le pregunto qué hace con los delincuentes.
–Pero vea, don, es que acá no tenemos de eso. Acá es toda gente muy tranquila.
–¿Nunca detuvo a nadie?
–Bueno –recuerda el comisario, y su gesto paternal se ahonda en declives del rostro pausado–, una vez detuve a uno, porque andaba de a pie y no era conocido. Pero resultó buen hombre, ¿sabe?, así que lo solté.
–¿Ninguna muerte violenta? –exijo.
–Ah, sí, mire –me dice don Miño con su acento socarrón–, el año pasado un viejo de setenta años se cayó del caballo por accidente, y se desnucó, pobrecito.
–Seguro que tampoco hay borrachos –concluyo, casi exasperado.
–Algún que otro, pero mire –dice–, mire, si uno se emborracha en un baile, yo al otro día lo traigo y lo converso, y a ese hombre, dentro de mi escasa cultura, yo trato de llevarlo a fondo. Difícilmente vuelve a hacer otra. Porque los tengo amenazados, sabe, con unos árboles grandotes que hay en la escuela, y si me repiten, pues los llevo y les hago cortar los árboles.
Don Muiño sin duda es mejor comisario que su antecesor, que –dice más tarde Santiago Alvarez, abriéndose la camisa y mostrando la cicatriz en el pecho–le pegó un balazo a traición. Pero eso fue hace más de diez años, y Santiago alcanzó a igualar la cuenta en el terreno sin enriquecer los cementerios de Capivarí.
Doña Armenia Sandoval, desde su puesto sanitario, tiene una visión menos beatífica que el comisario. "A veces" le llegan lastimados en riña, y recuerda a un tal Díaz, herido de bala. Pero admite que en los siete años que lleva atendiendo la sala no ha habido ningún caso de homicidio, "y ningún muerto aquí, tengo el alto honor de decirle".
En las prolijas y abnegadas planillas donde la señora Armenia viene anotando desde 1958 sus diagnósticos y medicaciones, busqué la respuesta a los más serios interrogantes sobre el Ibera. Descubrí que las picaduras de víboras y arañas, las mordeduras de yacaré y de palometas, son casi inexistentes. En cambio predominan las infecciones y llagas, el reumatismo, los forúnculos, la colitis. O sea que la pobreza, la falta de higiene y la mala alimentación son, en el Ibera como en otras partes, los enemigos más temibles. La pora, los fantasmas, las serpientes de fuego, huyeron hace tiempo del Ibera. Si de pronto se oyen en las lagunas unos gruñidos misteriosos, y un tanto bestiales, lo más probable es que sea la radio a transistores del cazador, transmitiendo el boxeo del Luna Park. Hasta un hombre iletrado aunque de fina inteligencia, como Varbona, puede dar una interpretación casi psicoanalítica del pombero, el rubio seductor de las siestas correntinas:
–Eso es ilusión o es sueño –dice–. Uno a veces sueña que duerme con otra mujer. Bueno, ellas también sueñan.
Dentro del estero, no encontré a nadie que creyera en delincuentes fugitivos. Para vivir allí hay que ser cazador, y el cazador no acepta vecindades que lo comprometan.
Hay, es cierto, algunas serpientes de gran tamaño. La curiyú mide hasta cuatro metros, pero no es venenosa ni ataca al hombre.
De todos los peligros que se atribuyen al Ibera, el único que acaso deba examinarse más a fondo es el de la palometa. Por supuesto no se trata de la piraña, como pretende la fantasía urbana. Los pobladores del estero ni siquiera conocen la palabra piraña. Pero en torno a la palometa, hay un respeto unánime.
–Es un mito más –contradice en Corrientes el ingeniero Romero Fonseca–. La palometa, o cualquier pez, puede atacarlo si usted está quieto, pero no lo atacará si nada.
El ingeniero Alberto Escarrá, del INTA de Mercedes, agrega que todos los veranos se baña con sus hijos en laguna Ibera, frente a Colonia Pellegrini, y nunca fue atacado.
El doctor Tissembaum y el mayor Braillard sustentaron en la práctica la misma opinión al bañarse en lagunas Trin y Medina.
–Lo que no haría –aclara Escarrá–sería bañarme desnudo.
Alude así a la creencia de que el órgano viril y los dedos de las manos y pies suelen ser los blancos de la agresión.
La pregunta se vuelve más intrigante si tenemos en cuenta que la palometa es vieja conocida en el Delta y Río de la Plata, donde no ataca a los centenares de miles de bañistas que coinciden con ella en el verano.
Es posible que alguna variedad de mayor tamaño cause en Corrientes alguno de los accidentes que se le atribuyen. Es posible asimismo que el redondo y achatado pez cargue con la culpa de todas las agresiones acuáticas. Pero también es probable que un estudio científico serio termine por despojar a la palometa de su sanguinaria aureola.

ULTIMAS GOTAS DE MERCURIO
Ya no son cuencos azules, son planchas de mercurio tendidas al sol, descamándose en vahos blanquecinos en la tórrida siesta, renaciendo siempre tras el móvil horizonte del avión. El topógrafo Bellingheri señala a lo lejos una raya blanca: es laguna Fernández que viene hacia nosotros, sin un bote ni una vela ni una casa ni la sospecha de un hombre. El estero amarillo se raja en venitas celestes y las islas parece que flotan en paisajes de nubes donde cielo y tierra están confundidos para siempre. Hemos volado cuarenta minutos, rozando apenas el borde del gran desierto, hasta alcanzar la raya de polvo de la ruta 14, que viene salvando arroceras y malezales y al fin se para al borde de laguna Ibera, donde la bolsa da el salto de mil quinientos metros a Colonia Pellegrini, cuadriculada en el esquematismo de sus chacras. Enfilamos hacia el norte y durante quince kilómetros el acero fundido del espejo retiene la mirada. Cuando el piloto Goñi vira la máquina, estamos de regreso y, con el sol a la espalda, la Ibera toma una repentina negrura de petróleo. Cinco minutos después ya es inútil buscarla. Y tres semanas después, mientras releo estas líneas, es de algún modo como si nunca hubiera estado allí, como si la invencible vegetación del Ibera se hubiera cerrado también sobre esta historia.

¿QUÉ ES EL IBERA?
El sistema del Ibera (incluidos los esteros del Río Carambolas) cubre 7.150 kilómetros cuadrados, casi la décima parte de la provincia de Corrientes, sin duda, la zona de esteros más grande del mundo. De esa superficie apenas 400 kilómetros cuadrados son lagunas y riachos. La más conocida y accesible es la laguna Ibera; la más grande, la Luna. Adán exploró la Trin y la Medina, y sobrevoló la Fernández y la Ibera. Las lagunas Galarza, Paraná –y otras de menor extensión–completan el panorama. El resto es embalsado, un colchón de paja, ramas y barro que flota sobre el agua.
A las lagunas Trin y Medina se entra por Concepción o por Capivarí. La ruta 14 atraviesa por balsa el extremo sur de la Ibera, en Colonia Carlos Pellegrini. La ruta 12, a Posadas, bordea el estero por el Norte. Al río Carambolas se entra por la antigua misión jesuítica de Loreto.
Atravesando en el corazón de la provincia, el Ibera es un formidable obstáculo para las comunicaciones. La expedición Vialidad-Ejército (julio del '65) tenía como fin principal el estudio de un camino que a travésdel estero uniera Concepción con ruta 14 y Mercedes. El costo sería tan formidable que el ingeniero Romero Fonseca se ha limitado a sugerir dos terraplenes en las terminales y una balsa Concepción-Capivarí. Hay, por cierto, proyectos más grandiosos: disecar el Ibera, o a la inversa convertirlo en un vasto lago o construir una serie de diques aprovechando los levantamientos paralelos que parecen surcarlos. La realización de uno o varios de esos proyectos beneficiaría a una zona de 30.550 kilómetros cuadrados, con 100.000 habitantes, que abarca los departamentos de Santo Tomé, San Martín, Paso de los Libres, Mercedes y Alvear. Esta zona alberga 1.200.000 cabezas de ganado vacuno, 1.340.000 lanares, 1.000.000 de porcinos, 65.000 equinos. Produce 30.000 toneladas de arroz, 2.000 de yerba y 550 de té. Gran parte de esta producción transita caminos pésimos, en rústicos carretones. El transporte de una tonelada de arroz de las zonas marginadas a los centros de consumo llega a costar 8.500 pesos (costo normal: 1.500 pesos).
La población interna del estero no figura en los censos. La exploración realizada por Adán permite asegurar que es ínfima. Aunque hay centenares de islas teóricamente habitables, sólo unas pocas están de hecho habitadas. En la laguna Trin hay dos, en la Medina, otras dos; al sobrevolar la Fernández, Adán observó una que podría estar poblada. La existencia de vivienda en esas islas no da certeza de población: los cazadores tienen refugios temporarios.
Nelson Goñi, 30 años, 3.000 horas de vuelo como instructor del Aeroclub Mercedes, estima que hay 70 núcleos poblados en todo el estero. Elias Masso, piloto de la gobernación, reduce esa cifra a 15. El ingeniero Romero Fonseca se inclina más por este cálculo que por el de Goñi. La diferencia podría radicar en el sistema de "refugios", que no son viviendas permanentes. Si promediamos estos datos y atribuimos 6 personas a cada núcleo habitado, los 250 pobladores del estero del Ibera nos dan uno de los coeficientes demográficos más exiguos del país: algo más de un habitante cada treinta kilómetros cuadrados. En resumen, el Ibera es uno de nuestros más vastos desiertos.

Rodolfo Walsh
El violento oficio de escribir, Obra periodística (1953-1977)
Pp. 113-120
1995, Segunda edición: enero 1998
Espejo de la Argentina, Planeta

Revista Adan Año 1 Noviembre de 1966 Nro. 5

viernes, 1 de agosto de 2025

San La Muerte

Las palabras se hacen borrosas en la tinta del papel escrito o tiemblan en la voz de los fieles que a la luz-y-sombra de las velas se arrodillan bajo la mirada sin pupilas de una figurita esquelética, que en los ranchos más humildes del Paraguay y el nordeste argentino preside el destino de sus habitantes, combina sus amores, los guarda de peligros o los hace ganadores en el juego.
La gente lo llama el Señor de la Muerte.
Su forma es la representación clásica de esa alegoría: un esqueleto sentado o de pie que a menudo lleva una guadaña. Millares de fieles le rinden un culto semisecreto, que culmina el 15 de agosto con las "misas" que le ofrecen ante los altares de las capillas privadas.
¿Desde cuándo? Las primeras referencias bibliográficas son las muy recientes publicadas por los investigadores chaqueños Raúl Cerruti y José Miranda. Pero el culto es antiguo, a juzgar por el aspecto de algunas imágenes y por el testimonio de viejos devotos cuyos recuerdos se remontan a más de medio siglo.
En la campaña correntina o el cinturón de villas miseria que rodea a Resistencia, en pueblos de Formosa o ciudades de Paraguay, el Señor de la Muerte –o San la Muerte–es amado, temido, premiado, castigado, invocado para bien o para mal. Algunas de sus devociones no se diferencian de las más apacibles del culto cristiano; otras se aproximan al vudú, y de ellas no se habla o se habla con un temblor en la voz.

VIDA Y MILAGROS
–Allá arriba está él –dice la paraguaya Fabiana Irala, señalando con la mano un rincón del rancho oscuro, donde hay que agacharse para entrar.
La figurita tallada se vislumbra apenas en la vitrina semicubierta de trapos negros que corona el altar. Después, sobre la mano de Fabiana, se define en líneas toscas y vigorosas, con las costillas pintadas de negro y una sumaria guadaña o báculo de metal en la mano derecha.
Para pedirle algo, hay que sacarle el bastoncito y prenderle una vela. Pero si es algo importante, taparlo con un paño negro y tenerlo en un rincón hasta que se cumpla.
–¿Qué le piden?
Te da todas las cosas, señor, todo lo que vos queras. Milagroso é. Cura, pero de toda enfermedá. Hace salir gente de la cárcel y es bueno pal amor.
(Le prendimos tres dedos de vela.)
El santo de doña Fabiana cumple los requisitos de la ortodoxia: tallado en hueso de cristiano y bendecido siete veces por un sacerdote. Esto es lo más difícil, pero Fabiana no tuvo necesidad de llevar la figurita escondida dentro de una vela o de otra imagen:
–A mí me lo bendició el padre cura de San José.
Hay algunos que lo usan para mal "y le tienen infiel", explica en Villa Federal, Resistencia, la médica Trinidad López, que tiene un santito de hueso y otro de plomo, muy visitados, El enemigo señalado por el conjuro "se seca y se muere". Pero ella –aclara–sólo los tiene para proteger su casa.
En Bañado Sur, ciudad de Corrientes, encontramos las dos imágenes más perfectas del Señor de la Muerte. De unos ocho centímetros de alto, estaban talladas en palosanto por el mismo artesano anónimo. Representaban a la muerte sentada, pero había sutiles diferencias: una era más enjuta y apretaba las sienes entre las manos; en la otra, las manos sostenían la mandíbula.
–Este es el Señor de la Muerte –aclaró la propietaria–. Aquél, el Señor de la Paciencia.
El fetiche entronca pues con una figura del culto cristiano, y en muchos lugares se los nombra indistintamente. Quisimos fotografiar las dos piezas de notable artesanía, junto con un par de hermosas tallas policromadas de Santa Catalina y San Antonio. Pero la señora Irma se opuso.
–Él se enoja –explicó.

UNA SONRISA BURLONA
La mujer arrodillada pronunciaba las invocaciones, y una docena de devotas con cirios en la mano respondía en un coro atenuado y plañidero. La pirámide del altar crecía en niveles de importancia, con sus santos de yesería, su Baltasar negro, sus estampas litografiadas y hasta un raro "display" donde figuraban San Martín, Belgrano y Gardel entre floreros de vidrio y ramilletes de plástico. Coronándolo todo en la capilla particular de Cecilia Medina, un Señor de la Muerte cincelado en plata presidía desde su trono, con irónica sonrisa, ese mundo de caras oscuras, de miradas expectantes y ropas muy pobres.
Era "el señor de los buenos y de los malos matrimonios", el que obliga al ladrón a devolver su robo, el que dispone que el amante desdeñoso "en la cama en que duerme se encontrará afligido", el que impide a la amada "aular con ningún hombre", el que es invocado "por los cuatro vientos del mundo".
Decenas de fórmulas circulan en cuartillas rudamente manuscritas, centenares de milagros se le atribuyen, millares de velas arden en su honor.
¿Pero quién fabrica esa misteriosa figurita? La médica Asunción Ramírez nos mandó a los confines de la ciudad y de la tarde en pos de un santero que no existía. Lo buscamos luego en direcciones equívocas de remotas callejas polvorientas, en erróneos recuerdos, desconfianzas, evasivas.
En Resistencia conocimos, por supuesto, a Carlos Maule, un artista pop "avant la lettre" que rodeado de cadáveres de máquinas, frustradas heladeras y restos de armas de fuego, construye en su taller mecánico singulares esculturas de bronce y de chatarra. Maule talla en hueso de vaca ("el hueso humano es mal material") un San la Muerte estilizado y sobrio.
–Es milagroso –afirma burlonamente–. Me siento a hacerlo con una copa de coñac al lado. En cuarenta minutos termino la copa y termino el santo. Tengo para una botella más. ¿No es un milagro?
Las imágenes de Maule son veneradas en más de un oscuro rincón en las rancherías chaqueñas. Pero aún no habíamos encontrado al artista naif que toscamente talla las facciones de la muerte en un palito de ruda o un segmento de tibia y cree en su oscuro sortilegio.
Del otro lado del río, la doctora Alicia Gare iba a ponernos en presencia de uno de estos raros artesanos.

EL SANTERO
–Me buscaban a mí –dice con su voz tranquila y servicial.
Ha entrado con nosotros por el portón de la vieja penitenciaría de Corrientes y viste de calle. Pero el envoltorio de papeles que trae bajo el brazo guarda las ropas azules del recluso Cirilo Miranda, que es él, condenado a veinte años de cárcel por un crimen apasionado y salvaje, de superflua memoria aunque él lo recuerde mientras desgrana día por día los dos años y cuatro meses que le faltan para salir en serio: y no como ahora, que ha ido a hacer "un trabajito particular para afuera", según se acostumbra en este presidio.
Entre los canteros verdes y los muros rosados del patio, Miranda despliega sobre un banco las figuras de su arte, la docena de santitos y de historias que, de golpe, son una insólita lección de antropología práctica. Por supuesto, allí está el Señor de la Muerte. Ya no sabe Cirilo Miranda cuándo empezó a manejar el formón romo, el buril de punta casi invisible, la sierrita minúscula que son sus únicas herramientas permitidas. Sabe que le enseñó a entallar don Julio Conti "uno de los reclusos más viejos, creo que ya no existe más", y que el primer San la Muerte que copió se lo trajeron de Paraguay, pero se lo piden de todas partes porque es muy milagroso y el que lo invoca "suele salir a flote de sus trámites de apretura".
–Porque resulta –dice–que el Señor la Muerte es la imagen de la calavera de Nuestro Señor Jesucristo. ¿No ve que uno de los crucifijos grandes que llevan los padres curas tiene una calavera, sin ojo, sin nariz, ahí en la cruz?
La mano con el buril se desliza ahora, segura, sobre el oloroso pedacito de palosanto con que el preso cumple su más reciente encargo. Pero también talla en hueso, y si es hueso de cristiano, mejor, porque "ése ya está bendecido dos veces".
¿Conoce las oraciones? Conoce, y aquí lleva una, señor. ¿Sabe que hay una para no caer preso?
Eso no sabe, y se ríe, y si hubiera sabido no estaría aquí, pué, y se vuelve a reír contagiando al racimo azul de penados que se han reunido a nuestro alrededor contra el fondo de rejas y de muros rosa, y que al fin saben en qué gasta Cirilo Miranda sus largas horas en la celda sin decirles nunca una palabra porque ésta, señor, si se quiere, es una cosa secreta.

RETABLO INSÓLITO
Puestos sobre el banco los santitos hablan desde el fondo de una mitología inédita, de un pueblo ignorado. El preso de tez oscura les presta su voz.
Ahí está la mujer crucificada, versión femenina del Cristo:
–Santa Librada, que está en la cruz, pué. Ahí el prodigioso cazador, montado en un tigre:
–Ese es el San Son.
El misterioso hombrecito que lleva una taba en la mano derecha y "un puñao e plata" en la izquierda:
–Ese es un famoso pal juego. Lo llaman Lamodei. Y el domador de un toro:
–Prendido a las guampas. Es San Marco, que está para dominar la cuestión de animales salvajes.
Ahí por fin la conmovedora pareja de santos tomados del brazo, unidos en el tierno amor dela madera:
–San Alejo, señor, que le dominó a Santa Marta, la virgen más hermosa que se ha conocido en el mundo.
Solamente la perversa, la inquietante y peleadora Santa Catalina está ausente porque su devoto Cirilo Miranda sabe que no es buena tenerla –aunque la haga para otros– ni prenderle velas, ni darle confianza, y sí solamente pedirle, en los momentos de aflicción, que sus enemigos y autoridades no tengan ojos para verle ni boca para hablarle ni manos para pegarle ni pies ni corazón para ofenderle.
Así sea.

Rodolfo Walsh
El violento oficio de escribir, Obra periodística (1953-1977)
Pp. 110-112
1995, Segunda edición: enero 1998
Espejo de la Argentina, Planeta

Revista Panorama N° 42: https://ahira.com.ar/ejemplares/panorama-no-42/

martes, 22 de julio de 2025

El expreso de la siesta

El trencito paró junto al linyera que descansaba al costado de la vía.
–Si venís de fogonero –le gritó el maquinista– te llevo hasta Corrientes.
El otro meditó antes de rehusar. –¿Sabe lo que pasa? –dijo–. Que estoy apurado.

¡A TODO VAPOR!
El 9 de febrero de 1966 la locomotora 682 del Ramal 060, Ferrocarril Urquiza, salió a las nueve de la mañana de la capital correntina arrastrando seis vagones de pasajeros y cuatro de carga y correspondencia.
Su destino era Mburucuyá, a 178 kilómetros de distancia. Llegó el día siguiente a las 10.47 de la mañana, empleando veinticinco horas cuarenta y siete minutos, con un promedio algo inferior a siete kilómetros la hora.
No es un caso excepcional, sino apenas reciente, en la historia del tren más chico, más lento, más exasperante y más divertido del mundo.
–Pura estación y poco tren –nos dice el conductor del taxi que a las cinco de la madrugada nos deja frente al edificio de lo que, para los correntinos, será siempre el Ferrocarril Económico o, simplemente, "el trencito".
Minutos después pasamos junto a la diminuta locomotora que junta la presión necesaria para arrastrar los cincuenta y cuatro ejes del convoy. La vía es sorprendente: extendiendo esta revista abierta sobre ella, faltaría muy poco para tapar los dos rieles, separados por 60 centímetros.
Todo lo demás, ténder, vagones, furgón, está hecho a escala. El único coche de primera, en que nos sentamos con diecisiete pasajeros más, tiene diez asientos dobles y diez simples. Tres luces mortecinas lo alumbraban. Pero aun antes de arrancar, las caras eran invisibles: toda la gente dormía, acurrucada en fantásticas posiciones, como ahorrando fuerzas para el improvisado trayecto.
A las 5.30 el silbato perforó la noche y el trencito se puso en marcha con un descomunal fragor de ejes.

DIÁLOGOS DE FURGÓN
En las Confesiones de un opiómano hay un pasaje que siempre me pareció el producto de una confusión entre sueño y realidad. Describe De Quince y una calle londinense, tortuosa, estrecha y tan dotada de voluntad propia que finalmente pasa por la cocina de una casa particular.
Algo parecido experimenté en el trencito. íbamos aún por los oscuros suburbios de Corrientes, las ventanillas rozando una cerca, cuando tuve la sensación de que atravesábamos el dormitorio de una clínica o un hospital. Ahí estaban las camas al alcance de la mano, las pacíficas caras de los enfermos durmiendo bajo una luz verdosa, y nosotros circulando entre ellos. Después me expliqué: la puerta de ese misterioso lugar estaba abierta y era tan ancha que parecía no haber pared. Pero hoy me pregunto si esa explicación es válida y si el trencito, como aquella calle de Londres, no pasa por donde puede.
Amaneció. Avanzaba entre yuyales, a medio metro de un alambrado, con velocidad y ritmo de galope. En los coches de segunda el amontonamiento de bolsas, paquetes, sandías, cajones con animales, pasajeros dormidos, era aún mayor que en primera. Pero en el vagón estafeta todos estaban despiertos. Nos acomodamos entre las bolsas de galletas y las pilas de sacas vacías. Una de ellas tenía una inscripción con este melancólico ruego:
Retourner á Barcelona.
El foguista Antonio y el ajustador Lyfinchuk, el estafetero y los guardas tomaban mate, pero el maquinista Pedro Segovia –fuera de servicio– se desayunaba con una botella de aperitivo Lusera, recitando antes de cada trago:
–En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo –según él, porque era devoto, y según los demás, porque estaba "bautizado dos veces".
Era Segovia un hombre enorme, aparatoso, de aire terrible, aunque inocente como una criatura, con una vasta cabeza y una gorra de vasco muy chica. A pesar del calor llevaba dos camisetas bajo la chaqueta azul.
–Comparado con antes –dijo Segovia–, esto es una flor. Cuando había un descarrilamiento teníamos que zambullirnos en el agua para poner los gatos. Los durmientes eran de palma, en vez de quebracho. Usábamos leña verde y las más de las veces recorríamos un kilómetro y ahí nomás nos quedábamos.
–Pero eso –objetó con acento guaraní el hijo de rusos Lyfinchuk–fue por el tiempo en que Jesucristo era guarda hilos. Don Pedro Segovia fingió enojarse.
–Yo no soy de muchas índoles –tronó–, pero hay que respetar la una distancia a la otra distancia.
Los demáslo azuzaron. Con candorosa crueldad querían hacerlo retroceder a otra historia que siempre terminaba por hacerlo llorar. Pero don Pedro guardó silencio, y lo único que pudieron sacarle fue esta remota sentencia:
–La máquina no tiene libro.
Ocho años atrás, en el kilómetro 7, la máquina había tumbado y matado a su mejor amigo, Desiderio Sánchez.

LOS PELIGROS DE PAULINA
–Va yendito el tren –dice sentada en el estribo Rosalía Salazar, esta vieja de cara increíblemente joven, a pesar de las innumerables arrugas.
Es cierto, y no hay mejor manera de decirlo: el tren va yendito. Hemos dejado atrás Santa Ana con sus anchísimas calles de césped, el Riachuelo inundado y cubierto de grandes hojas de victoria regia, San Luis del Palmar con su corte de viejas y chicos vendiendo chipá, dulce de guayaba, pasteles de queso.
Sólo teníamos veinticinco minutos de atraso. Pero a las 8.35 se cortó el tren, al zafarse un pasador, y hubo que retroceder en busca de los vagones perdidos.
La peripecia es habitual, uno de los infinitos riesgos que acechan al trencito y que tanto divierten a los correntinos, por lo menos en el comentario posterior. Hay otros más insólitos: a veces el viento sopla con fuerza, aplasta el pastizal contra las vías y la máquina se para porque las ruedas patinan. Y alguno más dramático: el 21 de diciembre de 1965 un temporal tumbó al agua a la 681 –conducida por Segovia–en el ramal a General Paz, que desde entonces está interrumpido.
En el kilómetro 49 empezamos a navegar, literalmente. El invencible trencito cruzaba una zona inundada de treinta cuadras, con el agua hasta los estribos. Algunos pasajeros bajaron en canoa. El camino lateral había desaparecido.
–Por aquí no pasa ningún colectivo–se jactaron los alegres ferroviarios.
Pero luego se acumularon los tropiezos. A las once de la mañana, en el kilómetro 73, la máquina perdió una pieza y hubo que ir a campearla. Dos horas después ocurrió el accidente más espectacular: la 682 atropello un ternero de no más de un metro de alzada, y saltó de los carriles. Con un dispositivo de fierros, palos y palancas improvisado sobre el lugar se la indujo a volver a su sitio, después de muchos resoplidos y contramarchas.
Herlitzka, Cernido Cué, el enorme estero de La Maloya, de trágica fama: una verde sábana de ciénaga donde no se ve un árbol en veinte kilómetros a la redonda. Pero a las tres de la tarde (horario fijado: 11.27) estábamos en Lomas de Vallejo. Ahí la vía se bifurca: un ramal va hacia el este a General Paz, uno de los pueblos más antiguos y pintorescos de la provincia. El otro da una gran vuelta en dirección suroeste, hacia Mburucuyá.

EL PAÍS RECÓNDITO
A medida que uno se interna en la provincia, el tipo humano se transforma. Cuando en San Luis del Palmar subió el gaucho Altamirano, con sus altas polainas de colores, su tirador de cuero –pariente del chiripá– y sombrero con barbijo, parecía una excepción. Después esta clase de hombres, imponentes en su estatura y en su aspecto, se convierte en la norma, y uno tiene la sensación de viajar en el tiempo más que en el espacio. En las últimas estaciones, son verdaderas asambleas da gauchos las que acuden a la estación y forman en semicírculo a cincuenta metros de distancia.
Aun el elemento más moderno confirma el cambio. Un absorto pasajero pegaba el oído a su aparato de transistores escuchando la emisión en guaraní de una radio paraguaya. (Las radios correntinas son demasiado "sofisticadas" para transmitir en el verdadero idioma de los hijos del país.) Y en el tren, ya no se hablaba otra cosa.
Los vagones se han reducido a tres, y los pasajeros de primera también a tres: Graciela González, que después de dos años de ausencia vuelve de Buenos Aires a visitar a su padre; su prima Cristina que regresa del fastuoso carnaval correntino; y un conscripto de aeronáutica, igualmente de visita.
El trencito no lleva gente a estas etapas finales del campo. La saca: las sirvientitas que necesita la Capital, los peones que reclaman las fábricas, los jinetes que requieren los escuadrones de seguridad para las represiones urbanas. El paupérrimo interior correntino, donde cien pesos son un jornal, después que pasó el vendaval histórico de los ingenios, las forestales, las algodoneras, hoy exporta su gente a falta de otra cosa.

LOS INTRÉPIDOS FOGUISTAS
En Puisoye abordamos la locomotora, construida hacia 1900 en los talleres de 32 Cheapside, London, según reza una chapa de bronce. En el ténder el foguista Antonio va acumulando al alcance de la mano los trozos de quebracho que alimentan la caldera. El maquinista Campos tira de un alambre y el silbato suena. Después mueve a la izquierda la palanca del regulador y nos ponemos en marcha entre pastizales, lagunas, campos amarillos con su fondo de palmeras contra el cielo grisado por grandes nubes de tormenta: un paisaje dulce que varía hasta el infinito.
Cada diez minutos, la locomotora consume quince trozos de quebracho de medio metro de largo. Nos prestamos de foguistas, y el respiro permite a Antonio correr sobre los techos de los vagones, volver con la pava, dar un salto sobre el vagón-tanque y cebar unos mates.
Las chispas de la máquina nos tiznan la cara, nos perforan la camisa y alguna más grande quema como un tiro. Pero el calor y el fuego tienen su compensación: cuando pasamos bajo las ramas de los árboles que se cruzan sobre nuestras cabezas, caen baldazos de agua. Dicen que es porque antes ha llovido.
El trencito se vuelve cada vez más familiar, más íntimo. Maquinista y fogonero saludan a la gente sentada ante sus ranchos, reciben y transmiten encargos aviva voz. A lo lejos se ve sobre el costado de la vía una mancha blanca que crece hasta convertirse en un hombre con la mano extendida. El maquinista tira de la gran palanca roja a su derecha: es el freno, y esa es la manera de abordar el trencito en pleno campo, como si fuera un taxi.
Todo se bambolea, jadea, sopla, chifla, humea dentro de la locomotora. Las agujas de los manómetros tiemblan como moribundos, chorros de agua hirviente brotan de válvulas y junturas que Antonio ajusta pacientemente con una llave, sin perder nunca su apostura de caballero británico. Pero estos campos ondulados bajo el sol oblicuo –bananales, mandiocales, ráfagas de monte cerrado–son el último esplendor del paisaje. Doblamos una curva final y entramos triunfalmente en Mburucuyá a las siete y media del crepúsculo. Hemos tardado apenas catorce horas.
En el andén no había casi nadie: dos o tres personas y una hilera de gallinas expectantes que con el descenso del único pasajero, subieron ordenadamente a picotear los restos de comida que quedaban en los pasillos.
Dormimos en Mburucuyá, pueblo de largas calles y silencios. Pensábamos volver por el mismo camino y pedimos que nos despertaran a las cinco. Pero el dueño de la fonda se retrasó diez minutos, y cuando salimos al patio estrellado, oímos al trencito que perforaba la noche a la distancia, con su jadeo estrepitoso, burlón, invulnerable.
Con esta hazaña quedamos incorporados a la historia del trencito: somos, Pablo Alonso y yo, los únicos que hemos conseguido perderlo. Nos vengamos viajando en ómnibus y tardando tres horas para volver a Corrientes.
"Ese medio cómodo, rápido y barato de comunicación y transporte", decía en 1891 el gobernador Ruiz, refiriéndose a los trabajos iniciados cuatro años antes por Eugenio Minvielle y continuados por Francisco Bolla para construir una vía férrea que uniera el ingenio azucarero Primer Correntino, en San Luis del Palmar, con la capital de la provincia.
El decreto que otorgaba la concesión a Bolla fue ya un símbolo del trencito. Dictado en 1890, por un increíble olvido escapó a la publicación en el Registro Oficial, donde sólo apareció veintinueve años después.
Para entonces todos los ramales del Primer Correntino, o Ferrocarril Económico, estaban terminados. Entre 1890 y 1892 –dice el historiador Hernán Gómez, de quien extraemos estos datos– "se construyeron doce kilómetros de vías" y se inauguró el tramo Corrientes-San Luis del Palmar. En 1898 quedó librada al servicio la línea del Ingenio a la capital.
Pero en 1904 la empresa quebró y el gobierno dispuso su caducidad y el levantamiento de vías. En 1908 la adquirió Carlos Dodero, que al año siguiente empezó los trabajos de los ramales a General Paz –inaugurado en 1911–y a Mburucuyá. La empresa Dodero fracasó a su vez, y el Económico fue sucesivamente a manos del Banco Francés del Río de la Plata y del gobierno provincial, hasta que fue nacionalizado en 1946.
Hoy, en sus tres viajes semanales de ida y tres de vuelta, las ocho locomotoras del trencito transportan mensualmente unos tres mil pasajeros. La carga despachada de Corrientes oscila de 40.500 kilos (enero 1966) a 92.000 kilos (junio 1965); y la carga recibida, de 12.000 kilos (diciembre 1965) a 58.500 kilos (agosto 1965). Se despacha harina, arroz, aceite, yerba, vino. Se recibe maíz, naranjas, almidón de mandioca.
No es demasiado. Pero en muchas zonas del campo, es lo único que se mueve.
Es cierto que el trencito ya nunca llega a horario. Cuando eso ocurría, en la antigüedad, el paisanaje lo festejaba disparando sus revólveres al aire. Pero también es cierto que siempre llega, porque un tren casi mágico, como este, va tripulado por gente casi mágica, como la que nosotros conocimos. Y es indudable que el día que desaparezca, desaparecerá con él un objeto de cariño para muchos, y acaso el único tema que infaliblemente hace sonreír a cualquier correntino. 

Rodolfo Walsh
El violento oficio de escribir, Obra periodística (1953-1977)
Pp. 106-109
1995, Segunda edición: enero 1998
Espejo de la Argentina, Planeta

Revista Panorama N°38: https://ahira.com.ar/ejemplares/panorama-no-38/

lunes, 21 de julio de 2025

Cachirulo

Nuestro idioma es de una riquísima variedad y por esa razón, a veces, nos depara algunas sorpresas. Tal es el caso del vocablo cachirulo, muy poco empleado en el lenguaje cotidiano y que, sin embargo, tiene una vieja prosapia castellana, ya que en su primera acepción es una vasija de vidrio, barro u hojalata en que se suelen guardar el aguardiente y otros licores.
A fines del siglo XVIII era un adorno que las mujeres usaban en la cabeza. En tauromaquia, es el lazo de cinta que se pone a los toros al lidiarlos en plaza, aunque se le conoce comúnmente con el nombre de divisa. En lenguaje marítimo se refiere a una embarcación muy pеqueña de tres palos con velas. En Andalucía se denomina de esta manera a una vasija ordinaria y pequeña: en cambio, en México sirve para indicar el forro de paño o de gamuza que se pone exteriormente al pantalón cuando éste se usa para montar.
En Valencia, cachirulo es una cometa de tela o de papel que los niños hacen volar por medio de cordeles.


Revista Anteojito N°958, p.19
21 de julio 1983
https://fanasdegf.blogspot.com/2024/08/revista-anteojito-n-958-21-07-83.html

sábado, 12 de julio de 2025

La isla de los resucitados

Dos enviados de Panorama –Rodolfo Walsh y Pablo Alonso–pasaron una semana con los leprosos de la Isla del Cerrito, en la selva chaqueña, donde los monos aúllan como el viento y las víboras miran de cerca una larga hazaña. No era el paraíso, pero tampoco era la Isla del Diablo. Era una historia humana y una aventura humana. Desde estas páginas, los últimos parias del siglo XX asumen un rostro y reivindican una voz.

A ese hombre no se le podía dar la mano, aunque uno terminara por sentirse su amigo. A esa muchacha no se la podía tocar, aunque su bonita cara de campesina sonriera y sus pechos bajo el vestido floreado fueran una inmemorial tentación. Todas las noches, cuando salíamos de la zona y volvíamos "a casa", Pablo y yo nos lavábamos las manos. Si uno se olvidaba, el otro coreaba el improvisado jingle:

"Agua y jabón, agua y jabón”

que era la receta exclusiva con que el mítico cabo Cardoso venía defraudando durante veinticinco años al bacilo de Hansen, ácido-alcohol-resistente.
Después nos enjuagábamos simbólicamente por dentro con ginebra y caíamos rendidos, a soñar cada uno sus sueños, sus biblias, sus diálogos con una nueva cara del mundo, hasta que los carayás aullaban a las seis de la mañana como un viento sostenido y voluntario.
En la ciudad de Corrientes, una semana antes, habíamos hablado con el director del Sanatorio Aberastury, uno de los cinco leprosarios que existen en el país. El doctor Iglesia autorizó el viaje y nos dio la llave de su propia casa en El Cerrito. En la madrugada siguiente viajamos a Paso de la Patria y embarcamos en la decrépita lancha que diariamente hace el cruce.
La boya Kilómetro 1244 marca sobre el Paraná la ubicación de la selvática isla de 12.000 hectáreas. Geográficamente pertenece al Chaco, pero un decreto del año 1926 la declaró reserva nacional, y leyes posteriores la adjudicaron al Ministerio de Salud Pública de la Nación.
Sobre la loma que le da nombre, los grandes edificios del sanatorio se divisan desde lejos en la temprana luz del sol. A ambos lados, la costa boscosa desciende hasta niveles de inundación, albergando los ranchos de los setecientos pobladores isleños a quienes la presencia del leprosario no ha conseguido intimidar.
En la confluencia misma del Paraguay y el Paraná, está el puerto. Allí el agua hierve permanentemente con sorda furia y los colores de los dos ríos –uno rojizo, otro azulado–no se mezclan nunca.
El camión que venía a recoger el personal de guardia nos llevó por el pavimento de un kilómetro hasta el sanatorio, donde viven y trabajan, en cuarenta grandes edificios, noventa y cinco empleados y 241 enfermos de lepra.
Con ellos íbamos a convivir una semana. Antes de salir de Buenos Aires, se nos dijo que usaríamos guardapolvos, gorros y guantes. No fue así, por suerte. En todos esos días entramos y salimos libremente de la zona, hablamos con los enfermos, visitamos sus pabellones y sus ranchos, nuestros grabadores y cámaras fotográficas reposaron en sus camas o en sus sillas.
No había otra forma de hacer el trabajo. En última instancia, nos ateníamos al dictamen del doctor Iglesia:
–La lepra es la menos contagiosa de todas las enfermedades infecciosas.

UN ROSTRO ANTIGUO
La zona de reclusión abarca unas diez hectáreas con veinte grandes pabellones. Un alambrado la separa del bajo o zona limpia, donde se distribuyen los edificios de la administración y vivienda del personal sano. Con sus naranjos, sus palos borrachos, sus canteros de teresitas y penachos dobles, su césped cortado, el sanatorio parece un gran parque. La edificación es excelente. Todo está limpio, cuidado, paradisíacamente ordenado.
–Pero vean primero lo peor –dijo el doctor Obregón, usando con nosotros una especie de psicología quirúrgica.
El pabellón de imposibilitados (cuarenta hombres y mujeres) era realmente lo peor, la desgracia sin atenuantes, la carne del hombre sometida a una lenta explosión, que arranca acá una mano y allá un pie y termina rodeándose de fealdad, ceguera, desesperanza, locura. Por más que uno haga, es difícil aceptar el mal gratuito en su formidable aparición. Uno se pregunta qué espíritu ordenador pudo planear –permitir–una cosa como ésta. No hay réplica, por supuesto, y es preciso aferrarse a algunas reflexiones salvadoras, algunos tibios consuelos.
El espíritu del hombre, por ejemplo, parece invencible cuando en el extremo de la aflicción se amuralla en el humor. Pronto hubo risas en el pabellón mientras el lenguaraz Gabino Lodi, de cincuenta años largos, contaba sus tres viajes a la muerte (tres operaciones) y su firme intención de "seguir mucho tiempo con el mono arriba". O al considerar a ese pedazo informe de ser que apodan Gandhi y del que todos se ríen en sordina, pero que persiste en sus ejercicios de concentración espiritual, en sus secretas abluciones, en sus diálogos rituales con un tiempo silencioso que se le escapa por cada una de sus llagas.
Después habló la razón:
–Este es el pasado –dijo el médico–. Son las reliquias de la era presulfónica.

EL MILAGRO SECRETO
Cuando en la década del treinta aparecieron las sulfas, nadie sospechó que cuarenta siglos de historia formal de la lepra iban a dar un vuelco.
Se conocía el bacilo causante del mal (Hansen); la descripción de síntomas figuraba desde la remota antigüedad en centenares de textos médicos y literarios; las formas benignas (tuberculoides), malignas (lepromatosas) e intermedias estaban clasificadas; pero en la curación no se había avanzado un paso.
Hacia 1950 las sulfonas madres y las sulfas lentas, administradas en inyecciones o comprimidos diarios, eran ya el tratamiento de rigor, y el viejo aceite de chalmugra –único paliativo conocido–ingresaba en el olvido.
Los resultados fueron tan espectaculares que se habló de curación definitiva. Empezó entonces una polémica que dura hasta hoy y que parece depender de matices verbales.
Todos aceptan, efectivamente, que en la mayoría de los casos el tratamiento detiene el avance de la enfermedad, y que en los casos más favorables la hace retroceder hasta que el bacilo desaparece. En ese momento el paciente está negativizado o "blanqueado". No es contagioso ni debe ser recluido, aunque tenga que seguir tratándose.
La resistencia de muchos médicos a hablar de curación se basa en lo prolongado del tratamiento. La lepra tiene el período de incubación más largo conocido, hasta veinte años, aunque el término medio oscile entre seis y ocho años. Hay que desandar ese largo camino.
Además, las sulfas son tóxicas: atacan el hígado y los riñones. Por último, la precocidad del diagnóstico y la internación parecen esenciales para un tratamiento eficaz. Contra esto conspiran en Argentina la ignorancia y la miseria de las zonas rurales donde cundela lepra; una legislación reaccionaria que explícitamente divide a los enfermos en ricos y pobres y pretende arrancar a éstos de sus casas policialmente, sin ocuparse de sus familias; y por último, una política sanitaria digna de un clásico país subdesarrollado.
El interjuego de estos factores es lo que en última instancia decide si un enfermo individual se "cura" o no. Tal vez cabe decir que la lepra es curable, aunque raramente sea curada. Pero la posibilidad está ahí.
En los cinco internados con sus dos mil enfermos, en los escasísimos dispensarios, en la mente de los ochenta leprólogos que existen en el país para atender a treinta mil personas afectadas, una imagen infamante de la lepra se ha ido derrumbando poco a poco.
Pero de algún modo es como si todo eso transcurriera en secreto, en el consternado silencio que la mera palabra inspira. Afuera, es como si nadie quisiera enterarse, como si el miedo, el desprecio y la ignorancia consumieran el corazón de los sanos.
–Hay que cambiar la imagen de la lepra –dice el doctor Harvey, subdirector del Cerrito–. Sin eso, nosotros no podemos hacer nada.

SÍNTOMA Y CALVARIO
Gabina Sánchez salió una mañana a cortar leña para su rancho. Cuando se hincó en el suelo, le brotó sangre de la rodilla.
–Sangre pasmada –dijo la curandera y le recetó unos yuyos.
A Isaías Obregón le aparecieron unos granitos en la cara. A Beatriz Tamayo, una mancha, cuando tenía siete años.
Fructuoso Agüero trabajaba en un alambrado, hace diez años: sintió como un "golpe de aire" en el ojo izquierdo y perdió la vista de ese lado.
Los síntomas varían, pero las historias convergen: una mujer, un hombre, un chico, viven ese momento crucial en que el mundo cambia para siempre. Casi invariablemente las víctimas pertenecen a un mismo sector social, la gente más desamparada de las provincias cálidas y pobres (índice en Corrientes: 7 por mil; resto del país: 1,5 por mil). La lepra baja a lo largo de los ríos tropicales y como sólo se contagia de persona a persona a través de un contacto prolongado y estrecho, ataca con preferencia a los que viven hacinados, en malas condiciones higiénicas y alimenticias.
¿Qué hace esa gente?
Algunos huyen, aterrados.
–Usted los ve ambulando por los caminos –dice el doctor Iglesia–. Cuando llegan a un pueblo, paran en las plazas, debajo de los árboles, como vagabundos, porque nadie quiere acercarse a ellos y ningún hospital los quiere recibir.
Otros disimulan y se quedan, hasta que la gente los reconoce por las manchas, las orejas hinchadas, lafacies leonina.
Entonces empieza el calvario.
–Parece que todo le mira a uno –dice con su golpeado acento paraguayo Ramona Chamorro, de 26 años.
–No le quieren recibir la plata –apunta el ex agricultor Antonio Winkler.
Y aun este insulto supremo para uno que fue poseedor, palidece ante la ofensa infligida a su hermano José, expulsado sin más trámite de su pueblo por la policía de Colonia Lisa (Chaco).
La queja está en todas partes. En los que no quieren salir de paseo aunque les den permiso. En los que no quieren irse aunque los den de alta. En el carpintero Vicente, que maneja las herramientas con los muñones de sus manos y no quiere dar su apellido "porque yo una vez estuve en la sociedad".
–Es una enfermedad muy vergonzosa –dice, repite este hombre joven, minuciosamente pulcro, incansablemente activo–. Usted no sabe dónde meterse.
La voz desciende como si tanteara las paredes de un pozo, la mirada retrocede hacia aquella mañana, la ropa colgada en una silla, y él desnudo entre las paredes blancas y lisas del consultorio, oyendo la palabra serena del médico...

ALCARAZ: EL DESPRECIO
...que tenía quince días para arreglar mis cosas, y que si no me presentaba, su deber y la policía... pero yo le contesté:
–No hay necesidad, doctor.
Y me vine esa tarde.
Cuando yo era yo,vivía en Santa Ana, provincia de Corrientes. Si usted conoce el pueblo, ha de recordar esas calles anchas como plazas, que siempre están cubiertas de pasto y la estación donde pasa el Económico. Ahí jugábamos de chicos con los Cañete y los hermanos Montero.
Con Juan íbamos a la doctrina, en la iglesia que hicieron hace más de cien años. A veces salíamos a hondear con goma, o a bolear cuervos. Así fue como al Ambrosio lo dejó medio sordo a Juan, cuando se le rompió la soga y le pegó con un hueso en el oído. Zapateaba Juan, y el Ambrosio déle reírse hasta que vio la sangre.
Cuando llegué a sexto, cerraron el grado. Entonces tuve que trabajar, en el matadero. Traía animales, desollaba las reses. Toda la noche, desde la una de la madrugada hasta mediodía. Ganaba diez pesos diarios y tenía once años.
Juan Romero era mayor que yo, un hombre. Un día desapareció y los hermanos y la mujer dijeron que estaba trabajando en Buenos Aires. Le cuento porque después lo encontré.
El servicio lo hice en la Armada, en Buenos Aires y en La Plata. Con Avelina Ramírez íbamos al cine los sábados, o salíamos con las chinitas. Era mi mejor amigo y me escribe hasta hoy, aunque yo esté acá adentro.
Cuando salí, me vine al Chaco, al ingenio de Las Palmas. Siempre he sido fuerte para el trabajo, pero ahí empecé a sentir un decaimiento en todo el cuerpo, y después me salieron granos en la cara y en el brazo. Lo peor fue cuando vi que se me caían las cejas al lavarme la cara. El médico me dijo que el hígado, pero ya tuve un mal palpito, y me vine al especialista.
Entonces resultó que era la lepra, la famosa. Era miércoles 22 de julio de 1960, a las once, hora del día.
Fui a ver a mi mamá. Lloró mucho, pero ya no quise quedarme, ya tuve mucha vergüenza, ya no quise saber más nada. En el cruce de Santa Ana tomé el ómnibus, y en Paso Patria la lancha. Llegué a las seis de la tarde y entré en el pabellón uno.
Me trajeron la comida, pero yo no cené. Fumé dos atados de cigarrillos en un rato nomás. Leía un diario que traje y de reojo miraba a la gente que venía entrando: alguno no tenía más la nariz, y alguno no tenía más la mano. Ay, ay, ay, yo no sabía qué hacer.
Esa noche pensé en tirarme al río. Mientras lo pensaba, me quedé dormido. Entonces soñé que no tenía más nariz, me levanté de un salto y me toqué la cara. Bueno, después amaneció, como siempre.
En la cocina me encontré con Juan Romero, el desaparecido. Me abrazaba y yo le dije:
–Así que vos estabas acá.
Los primeros días, era una tristeza. Pensaba en mi gente, y en Celestina, que era tan linda y tenía una cinturita así. En un año nos íbamos a casar. Le escribí, pero no le dije la verdad: le dije que me iba a trabajar al Paraguay.
A los cuatro meses salí por primera vez, y fui a verla. Le hablé bien, le conté todo. Lloró, es claro. Después hablé con los padres. Me querían mucho, pero cuando oyeron lepra, cambió la cosa. Ya me mostraron desprecio, y al fin me pidieron que me fuera.
No la vi más, ni la quiero ver, ni la busco cuando salgo. La desgracia más grande ya la tengo. Yo creo que ésta es la enfermedad más jorobada, y hay que tolerar todo.
La esperanza, es lo que no se pierde. Uno quiere vivir, y se olvida. Mire, aquí he trabajado de todo: en la cocina, en el archivo, en la intendencia. Fui conociendo a la gente, después tuve una compañera. Con ella hacemos dos sueldos, y siempre alcanza para una camisa, y a veces para un lujo.
El rancho, yo lo hice. Corté la madera y la acarreé a hombro. No gasté más que el clavo y el alambre.
El tratamiento lo sigo puntualmente. Ahora no tengo más esta manchita y ese alargamiento de la oreja, que se arregla con cirugía.
Cuando quiero salir, salgo. Por un día o por quince, nunca me niegan el permiso. Voy a mi pueblo, veo a mi viejita, paseo por Corrientes. A veces me olvido que soy leproso, y a veces me acuerdo, y a veces me hacen acordar. Le hablé de mi amigo Juan. De chico, él dormía conmigo y estábamos siempre juntos. La última vez que lo encontré en Santa Ana, yo le digo:
–¿No querés tomar una cerveza? Y él me dice:
–Sí.
Bueno, entramos en el bar y en el mostrador compré una cerveza, y tomé yo primero, como de costumbre, porque somos de confianza, ¿no?, y me olvidé que yo tenía esa enfermedad, tomé yo primero la cerveza y después le pasé la botella. Entonces él dijo:
–No, toma nomás, que yovoy a pedir otra.
Aquel sueño de la primera noche, no volví a tenerlo. A veces sueño que estoy con una amiga. A veces que peleo con un amigo: me encaja él una puñalada, le encajo yo otra. O con una víbora que quiere morderme, pero yo la mato, porque nunca disparé. Y muchas veces sueño que alguno llega y me ahorca, y así me encuentro afligido, afligido.
Ya no pienso en matarme. Lo pensé una vez y no quiso el destino.
Algún día voy a salir. Me iré para siempre, en el camión hasta el puerto, en la lancha hasta Paso Patria, en el ómnibus hasta Santa Ana...

LAS NUEVAS RAÍCES
El hacha brilla al sol y el árbol se derrumba. Es Eusebio Rodríguez, Nicasio Acosta o Ramón Vázquez, el que se para un momento a limpiarse el sudor del torso desnudo, y a mirar el claro ganado a la selva. De aquí salen diariamente doce metros cúbicos de leña para las cocinas y el horno de la panadería.
Las lluvias han inundado un potrero y hay que cavar una zanja para desaguarlo. Es Onofre Ortiz el que dice entre dos golpes de pala:
–Aquí el enfermo trabaja más que el sano.
En una pieza oscura hay doce hombres sentados en el suelo. Cada uno tiene una pila de mazorcas a su lado y desgrana el maíz con la mano. Se oye un ruido monótono, áspero, isócrono:
–El que nació burro sabe qué paso debe llevar –explica entre risas el capataz.
Hombres a caballo arrean ganado, mujeres sentadas cosen a máquina, oficinistas llenan sus planillas. Los internados hacen la mayor parte del trabajo en la colonia. Una partida del presupuesto a la que llaman "peculio" paga sus sueldos, que oscilan alrededor de los seis mil pesos mensuales.
De algún modo esa vasta actividad reproduce el mundo exterior, incluso en las protestas, la sorda rebeldía, el testimonio de las injusticias. Los sueldos se atrasan, la ropa no llega, la comida es mala, "hay hermanitos que no tienen un centavo para comprar la leche". La cooperativa, que en los papeles pertenece a los enfermos, en la práctica funciona como un almacén caro, manejado por los sanos, sin rendir cuentas, ni dejar ganancias, ni conceder a sus presuntos dueños créditos mayores de 500 pesos.
Con todo, los ciento dos hombres y mujeres que en El Cerrito se ganan duramente la vida constituyen una minoría privilegiada. Son, casi siempre, los que tienen su rancho, preparan su comida aparte, compran su ropa, sus cigarrillos o su vino, viven "concubinados" y son acaso menos pobres de lo que serían afuera.
A veces llega un día en que el médico les dice:
–Puede irse. Le doy el alta. Y oye esta respuesta:
–No quiero irme.
Porque esa es su casa, su tierra, su gente.

LOS HIJOS DE LA ISLA
"Queda prohibido el matrimonio entre leprosos" dice brutalmente el artículo 17 de la ley 11.359.
Los leprosos no se casan: se juntan. Allí, como en las zonas rurales de donde procede el setenta por ciento, no hay sacerdote ni registro civil.
La hilera de quintas que se extienden a lo largo de dos kilómetros a espaldas del sanatorio son la antítesis de la villa miseria. Los ranchos de barro y paja están blanqueados, en los jardines hay flores, en los fondos se extienden plantaciones de mandioca, tabaco, banano, cultivadas en los ratos libres o los fines de semana.
De este modo viven alrededor de cincuenta parejas y unos veinte hombres solos. Teóricamente cada uno está inscripto en un pabellón. En la práctica son gente libre, que trabaja para un patrón –el sanatorio–y una vez por mes se presenta para la revisación de rutina. Este replanteo espontáneo de los términos normales de la vida es la mayor hazaña humana en El Cerrito.
A veces, en reuniones o bailes, hay borracheras, amagos de pelea. Entonces intervienen el comisario y sus tres agentes –internados–que tienen facultad para imponer arrestos. El contrabando, la quiniela y la pequeña usura no deforman demasiado el cuadro.
Entre 1960 y 1964 nacieron en el sanatorio 26 niños. La lepra no es hereditaria. Para evitar el contagio se aparta al recién nacido de la madre y se lo envía a la colonia infantil "Mi Esperanza", en Buenos Aires.
El índice de nacimientos bajó radicalmente de ocho en 1964 a dos en 1965, cuando los médicos comenzaron a esterilizar a las madres que lo pedían, mediante una ligadura de trompas.
–Y sí –dice Ramona Falcón, de 19 años–, yo le pedí. Y para qué, una queda a sufrir acá, y las criaturas se van.
Sentada en la cama, hojea una fotonovela. Por momentos, su vida se le presenta también así, como una fotonovela donde ella ama, y es amada, y es feliz, y despojada, pero incluso en los cuadros más duros consigue sonreír con una invulnerable sonrisa, la que traía cuando llegó...

RAMONA: EL AMOR
...a los trece años. Al principio me asusté porque creí que me iban a traer sola, pero cuando supe que venía con mi hermano, estuve más contenta. La primera que enfermó fue mi hermana, y después mi madre. Otro hermano se fue y no vino más. Eramos cinco en un ranchito de una sola pieza, y ahora quedó mi padre solo.
Él se afligió, sí que no. ¿No ve que yo era la más chica?
Mi padre trabajaba en una ladrillería. Se levantaba a las cinco de la mañana y volvía de noche. Yo le esperaba con la comida. Es alto, rubio, de ojos azules.
Yo le extraño, y extraño la junta: Gabriela y Estela Salcedo, con ellas salíamos en bicicleta y los sábados íbamos a la matine del Rex. Vivíamos en Pueblito Buenos Aires, ¿conoce?, es un barrio en Corrientes.
Al principio no me hallaba aquí. Después, en los bailes, me iba a mirar porque no tenía edad, hasta los dieciséis años no me dejó el director que baile. Pero ya antes de eso conocí a Ornar y me fui a vivir con él.
Era un alto, rubio, buen mozo. Veintitrés años tenía. Buenito, callado. Allá para el fondo teníamos un ranchito. Un año nomás estuve con él, después le dieron de alta y se fue, y no me escribió más y tuvo otra señora afuera.
Le extrañé, sí que no. Alrededor de dos meses, hasta que dejé de extrañar ley me fui con Felipe. A éste le quise mucho. Mire que Ornar era el primero, que le podía querer más, pero no. Felipe, él con todos se daba. Rato que estaba de balde, rato que se iba por ahí tocando guitarra. Tocaba punteado y cantaba.
El primer hijo, no quiso reconocer él. Me enojé, por un rato: a mí no me dura el enojo. Los dos últimos, ya reconoció él. Un varón y dos nenitas, rubios también. Alcancé a verlos cuando los tuve después se los llevaron. Ni tenerlos un rato, ni tocarlos, ni nada. Y sí, después le mandan la foto, y le dicen cómo están y que aumentaron de peso. Pero no es lo mismo. Una siempre los extraña.
A Felipe le gustaba tomar. Yo le retaba: Terehó coágüi, le decía, que se vaya. Pero él no se iba, porque no sabía guaraní, y se moría de risa. Cuando yo anduve grande de la última, se emborrachó una vuelta y cayó preso. Estuvo siete días y tuve que pedir al administrador por él. Lo sacaron entonces. Pero ya no quiso quedar más, porque él dice: "A mí me gusta tomar, y cada vez que tomo, me meten preso, entonces me voy", dice. Pidió su traslado a Posadas y se fue. Allá tiene otra señora, y sí, pero qué, hay que olvidarse.
Todos se van y me dejan. Ahora ando afilando con otro, pero éste es morocho. Me salieron mal los blancos...

EL TEJIDO SOCIAL
Expulsados del mundo, menos de la mitad de los leprosos del Cerrito han reconstruido el tejido social a imagen y semejanza de ese mundo. El que trabaja, gana dinero; el que tiene dinero, puede levantar su rancho; el que tiene un rancho, puede cultivar una quinta, llevar una mujer.
Pero igual que afuera, no todos tienen y no todos pueden.
Los fondos del peculio alcanzan para emplear a cien enfermos. Los ciento cuarenta restantes se convierten en desocupados, y así reaparecen las clases en el seno mismo de una sociedad de parias.
Teóricamente, la administración rota las vacantes. En la práctica, van siempre a los más dotados, los más hábiles, los menos enfermos.
Ser desocupado en el leprosario agota los límites de la desdicha. No es sólo el tedio, la sensación de inutilidad; es la desposesión misma.
Los que están en el peculio donan el cuatro por ciento de sus sueldos a los que no están. Pero esto también se parece demasiado a las formas que asume la caridad en el mundo exterior.
Las cifras de desocupación coinciden prácticamente con las cifras de los que deben aceptar la comida del sanatorio: ciento tres hombres y veintinueve mujeres. En ellos la queja asume acentos dramáticos:
–Estos hombres son unos desalmados –dicen simplemente refiriéndose al personal sano de la cocina–. El guiso sin sal; el cocido sin azúcar; la polenta cruda; los fideos sancochados.
Los que trabajan son felices. El sanatorio les da cuatro galletas y medio kilo diario de carne por persona, que pueden preparar a su gusto y a su tiempo, con las verduras de su quinta.
En términos de amor, de sexo, de simple compañía humana, la desigualdad se recorta sobre el mismo esquema, agravado por una circunstancia aparentemente fortuita. El número de hombres (164) es más de dos veces superior al de mujeres (77). Se comprende con facilidad que la posesión de una mujer sea particularmente codiciada. Se comprende también que las mujeres prefieran a los mejor dotados, los más fuertes y, por supuesto, a los que trabajan y tienen un rancho.
Para los demás, es la soledad, agregada a la pobreza y a la lepra. Entre estos solitarios, estos descontentos, se recluían los que tienen el ojo puesto en el ancho río y en la fuga.

NOSTALGIA Y FUGA
Lo encontramos una tarde de mucho calor, en camiseta, acodado a una cerca en el confín del camino donde sólo transitaba el polvo bajo la luz verdosa de los árboles.
Su mirada perdida veía pasar muchedumbres, autos, espejismos.
–¿Saben lo que yo quisiera? –dijo de golpe–. Quisiera estar sentado en la vereda, en un bar de la Avenida de Mayo, tomando una cerveza.
Nos miramos con Pablo y creo que el mismo deseo nos unió a los tres: irse, dejar esto, volver –¿por qué no? –a esa vereda que tanto extrañaba Bibiano Acuña. Sólo que para nosotros habían pasado cuatro días, y para este correntino aporteñado que lustraba como una magia algunas palabras del lunfardo –laburo, poligriyo– habían pasado muchos años, borrando el recorrido de la línea de ómnibus en que fue chofer, inundando la cancha de San Lorenzo y ahogando a sus multitudes, agriando para siempre los tangos de la orquesta de D' Arienzo.
Nos volvimos, nos íbamos ya sin nada que decirle, y todavía la voz cansada insistió con esta frase insólita:
–Buenos Aires, qué ciudad tan sagrada... –pero ya no hablaba con nosotros: los autos seguían desfilando, los tacos de una muchacha hacían sonar las baldosas, las vidrieras estaban llenas de billetes de lotería.
Cada uno elige el lugar, las circunstancias, las caras que extraña y que, en algún momento, se vuelven nostalgia intolerable: una vez cada diez días, término medio, un hombre o una mujer emprenden el camino de la fuga.
Unos pocos se apoderan de un bote y cruzan simplemente a Corrientes, al Paraguay, al Chaco. Los más aprovechan un permiso de salida y lo prolongan indefinidamente. De este modo se fueron del sanatorio, entre 1960 y 1965, un total de doscientos cuatro internados.
Algunos vuelven a los pocos meses, acosados por su enfermedad. Algunos reaparecen en las colonias de Posadas, Diamante, General Rodríguez. A otros, se los traga el mapa.
Esos eligieron una forma de protesta. Otra, casi insondable, se esconde entre las paredes de madera labrada a hacha, bajo los hermosos naranjos, donde vive este asceta de sesenta años, de larga melena, que ahora está sentado a la puerta de su rancho.
–Cunumí –dice–. Cunumichito.
Alza en sus brazos al perro manchado que es el más grande masticador de víboras y lleva ciento doce en su haber: pesado, glorioso y bichoco.
–Cunumí –dice el hombre, y las arrugas que bordean los ojos casi amarillos se triplican en sonrisa.
Algún día don Pedro Vallejo se decretó solo y para siempre, renunció de un golpe al amor, la dependencia, la amistad, se sumergió en los reinados inferiores: las plantas, el perro, el filo de la azada, el olor de la tierra, su roto lenguaje interior, donde los verbos se alargan en incesante contemplación, los tiempos se cambian, y él es él, pero es yo y es todos.
Deja el perro y mira la inmóvil franja de agua. El hombre mira...

VALLEJO: LA SOLEDAD
...miro salir el yacaré.A la hora de la siesta sale ahí en la Laguna. Es grande y viejo y solo, como yo. Porque francamente, señor, acá no quiero compañera, y estas mujeres no sirven más que para pelea. A mí me gusta demasiado cualquier cosa, pero tiene que ser, nicó, respetuosamente. Así que yo solo nomá, desde que llega acá, ya hace veinte años y algo, hace su ranchito y principia a levantar su quinta, porque demasiado me gusta la quinta, y todo este árbol, todo es mi plantaje.
Yo siempre, señor, estuve al lado e la madera, y allá en San Lorenzo trabajaba de leña, y más antes, trabajo de durmiente y de rollizo, porque la labranza de madera con hacha é, y aunque sea de noche, no le voy a errar el golpe.
Y bueno, un día viene el patrón y me dice:
–Pero usté, Vallejo, está enfermo. Jaechupé, le digo yo:
–¿Por qué, patrón? Yo nicó no me he dao cuenta de que es enfermo.
Me dice él:
–No, si usté es enfermo de esta enfermedá. Le digo yo:
–Pero bueno, si usté sabe de que tiene esta enfermedá, ¿por qué no busca forma para internarme alguna parte, patrón?
Entonces resulta que el patrón tiene un compadre, haragán él, y cuando necesita plata, va y le pide. Y un día, el patrón le dice de venir a matarme, por mi enfermedá. Y un derrepente, sábado a la tarde, viene este hombre. El finao, bah.
–Yo vengo a matar, Aña membú.
Yo sentaba acá al lado e la puerta y me levanto a conversar con él.
–Y ¿por qué, señor? –jaechupé–. Yo nicó no tengo ninguna falta a usted.
Pero ya él largó el caballo, con el revólver en la mano, y me pega acá, enterito en este cinto. Y yo saca también el arma porque sabe que es deveras y que necesita defender la vida. Y le pego acá garganta, Aña membuí.
Con un solo balazo se arregló.Bueno, después fui a la cárcel, y después acá.
Yo nunca, señor, trabaja en el perculio, porque no garantían los caraí el trabajo del perculio. Así que planto mi mandioca y vendo mis naranjas y ni un yuyo quiero en mi quinta, y mi rancho siempre en medio e la quinta. Alguna changuita siempre le buscan los compañerillos, para ganar unos reales, y yo no fuma ni gasta de lujo, para qué quiero lujo.
Una vuelta me dice un compañero:
–¿Por qué pa no se va pasear allá en tu pueblo? Y le digo yo:
–Pero, ¿y dónde va llegar, dónde va ir a parar este hombre?
–Porque afuera arecó, tenía una señora, pero ya fallezó, y también dejé un muchacho de catorce años, y yo le mandé cantidá de carta, pero nunca, nunca contestó. Así que yo encuentra de que no está allá ninguno de los che gente.
Y otra vuelta me dice el director:
–Pero usté, don Vallejo, debe tener su propiedá. Y le digo yo:
–No nada, señor, nada, completamente nada.
Y por eso, nicó, vivo aquí tranquilo y no molesto, y a veces naide no habla a mí ni yo a naide. Si para mí es todo igual, señor, pero si alguno viene y me pide una mano, le doy, porque para mí es todo hermanaje, y yo toda la vida digo a ellos que más vale es pariente todo lo que está acá en este lugar pero ellos no creen, cada cual tiene su capricho y hay muchos contrarios por causa del vino y las mujeres. Así que yo solo sigo nomás, y es Hunda señor mi quinta...

LOS HOMBRES DE BLANCO
De los veintinueve enfermos que inauguraron el Sanatorio Aberastury, hoy sólo quedan dos. Del personal, queda el cabo Cardoso.
Hace más de un cuarto de siglo que este hombre bajo y corpulento, que "debería ser médico" (admiten los doctores) se arremanga cotidianamente, lava úlceras, raspa o amputa con el bisturí y hasta ensaya una cirugía estética, sin usar guantes ni desinfectarse con otra cosa que agua y jabón, porque "la lepra no se cura a distancia" y "el alcohol, por dentro".
Los pabellones del Cerrito empezaron a construirse en 1927. La inauguración se realizó precipitadamente, por motivos políticos, en 1939. Entretanto los monos se habían apoderado de los edificios y no querían irse. Las víboras pululaban, y a las cinco de la tarde las nubes de mosquitos imponían reclusión tras el alambre tejido de ventanas y galerías.
–Nunca he visto nada igual –dice Cardoso, como si todavía no pudiera creerlo.
La historia del Cerrito transcurrió desde entonces con variada fortuna. El trabajo de los enfermos convirtió en jardín un pedazo de selva. Hacia 1945 la población se había estabilizado en sus niveles actuales de 230 a 250 internados que representan los casos más graves de la zona de influencia (correntinos: 47 por ciento; chaqueños: 20; el resto, en partes iguales, son paraguayos, fórmesenos, santafecinos).
El leproso no muere por consecuencia directa de su mal, sino por alguna enfermedad intercurrente, o por deficiencias hepáticas, cardíacas, etc., pero la estadística de mortalidad es el testimonio más impresionante de la eficacia de los nuevos tratamientos. En 1943 murieron en el Cerrito treinta enfermos. En 1965, apenas cuatro. De 1940 a 1965 fueron dados de alta ciento treinta internados.
El servicio médico-asistencial es hoy el mejor en la historia de la isla. Diez médicos y siete enfermeros, bajo la dirección del doctor Manuel Iglesia, cumplen un trabajo sin fallas, sobre el que Panorama no pudo recoger una sola queja.
Esa tarea es más valiosa si se advierte que en algunos aspectos debe contrariar la ley. El artículo que prohíbe el matrimonio es pasado por alto por los que se concubinan con la tolerancia de la dirección. Pero esa tolerancia debería convertirse en colaboración activa para que el enfermo reconstruya su vida, tenga una pareja y levante su casa.
–Es lo único que puede retenerlos aquí –señala el doctor Obregón.
La deficiencia más grave, ya se dijo, es la desocupación que afecta al sesenta por ciento de los enfermos.
La solución radica en el Ministerio de Salud Pública de la Nación, que asigna anualmente al Sanatorio Aberastury un presupuesto de 40 millones de pesos, hoy insuficientes.
La mayoría de los médicos son correntinos y discípulos del doctor Iglesia, inclusive el doctor Sakamoto, hijo de japonés.
Peter Palamazczuk, en cambio, un anciano vigoroso y calvo que se incorpora marcialmente cuando entramos en el comedor y se sienta con una reverencia cuando nos hemos sentado, evoca una imagen instantánea, y acaso engañosa, de viejas películas.
Esa imagen no es grata, a primera vista, en el exceso de su antigua cortesía, en el resabio de autoridad que habita un cuerpo sometido a duras pruebas.
Este hombre está rodeado de leyenda: alguien cree saber que fue director de la obra social de Krupp, alguien ha visto una foto en que su ayudante llevaba la Cruz de Hierro, y a su alrededor resbalan las conjeturas sobre un presunto título nobiliario o una alta jerarquía militar. Herr Palamazczuk sonríe, pero "solicita excusas por no responder".
Una nueva leyenda, más verificable, ha crecido sobre la vieja. Su nombre es el primero que acude a los enfermos del Cerrito.
–Palamachú –dice memorablemente el hachero Ramón Vázquez–es muy lastimoso.
El hombre que inspira esa lástima y recibe ese agradecimiento es el mismo que en Paso de la Patria curó un árbol desahuciado hasta hacerlo revivir, el que han visto internarse en bicicleta o en burro por caminos que ningún médico transita, y el que guarda las telas de colores con que recónditas tribus de Formosay Paraguay retribuyeron simbólicamente sus curaciones.
Las heridas del árbol sanan, y las llagas de la lepra. Pero la memoria del hombre, tal vez, está siempre en carne viva.

PALAMAZCZUK
...En la vuelta del río está la red: es redonda y tiene dos alas. Por el río viene un pez: entra en la red y no puede salir. Eso ocurría sesenta años atrás, pero en mi cabeza ocurre ahora. El lugar se llamaba Wolynien; la aldea se llamaba Reñenietz. El país se llamó Polonia, y después Rusia, y después Alemania. Mi padre era polaco, mi madre alemana. Yo elegí: Alemania.
En los momentos más duros de mi vida, siempre veo las colinas boscosas que bajan de los Cárpatos, y allá abajo el sol en el trigo. Mi padre era dueño de la tierra, de los campos de remolacha, de avena, centeno. Los chicos de los campesinos jugaban con mis hermanos, conmigo. Mi padre era justo en su autoridad. Mi padre decía: "Aprende a comer papas. Si te dan faisán, mejor para ti".
Después, ciudades. Dresden, la ciudad de mi madre. Berlín, donde empecé medicina. Viena, cuya alegría alcancé a presenciar, no a compartir. La primera guerra, cífrente ruso, Lemberg.
Si alguna vez volviera, volvería a Praga, la ciudad dorada, sus viejos muros, la universidad alemana que fundó Carlomagno. Allí me recibí. Recuerdo a un hombre flaco, lampiño, de mediana estatura. Nunca hablé con él, pero comíamos en el mismo restaurante, en la Waslavsten Haremes. Se llamaba Kafka.
La guerra otra vez, la frontera que se mueve en el Cáucaso, las iglesias de Kiev, la retirada en la nieve a 43 grados bajo cero, y los motores de los tanques que no andaban ni siquiera con alcohol puro.
Mi cuerpo también está marcado, como el de ellos. Cuatro veces, en Rusia y en Italia. Aquí el brazo quedó colgando de unos hilos. Montecassino. No oí caer la bomba. Desperté a mil quinientos kilómetros. La retaguardia, Breslau. Pero ya no importaba, porque todo estaba perdido. Alemania vencida y mi familia muerta.
Para todo hay palabras. Para la lepra hay palabras. Para la guerra no. Ninguno de nosotros salió vivo. La guerra es la verdadera lepra. Pero en eso no quiero pensar: en el medio del río, está la red.

VIEJAS HISTORIAS
A la hora de la siesta en los ranchos donde los amigos se visitan y circula el mate; por las tardes bajo el alero de los pabellones cuando hombres y mujeres tocan la guitarra y cantan; por la noche en el bar donde crepitan los billares y dialogan las barajas del truco: siempre hay un silencio en puerta y un lugar para los fantasmas, la sangre derramada, las cosas que no volverán a ocurrir.
Ahí nomás, cuando cavaron la loma apareció el general brasileño en su uniforme de gala, estiradito y muerto desde los días de la Triple, cuando tuvieron aquí su arsenal. Allá, bajo un árbol, encontraron una onza de oro y desde entonces el cocinero Gómez anda de noche con un aparato que le vendieron para descubrir tesoros. Y esa última cruz del cementerio es la del finado Larrosa Núñez un hombre guapo como pocos.
Todo el mundo sabía que Larrosa y Pablo González se iban a topar alguna vez. Y ese día, cuando se desafiaron en el comedor, los dejaron salir porque nadie lo quería a González y creyeron que Larrosa lo iba a matar aunque no llevaba más que la mitad de un cuchillo de mesa contra el facón del otro. Y así pudo ser: Larrosa lo volteó de una trompada y lo iba a rematar en el suelo, pero entonces apareció la mujer de González y le sujetó los brazos. Ahí acabó Larrosa con ochenta y siete puñaladas "mal contadas", y para el matador no hubo cárcel sino traslado a otro leprosario.
Antes, no se enterraba a los muertos, se los quemaba en el crematorio. Cuando murió el padre Bocasini, guardián de La Merced en Comentes, que en su vejez enfermó de lepra, también lo llevaron al horno. Hubo escándalo al trascender la noticia, y hasta se dice que llegó protesta del Vaticano. Pero la época del crematorio acabó –cuenta el carpintero Vicente–cuando el finado Tomás Benítez no quiso por nada del mundo entrar en la parrilla. Y después que lo persuadieron, con muchos empujones, se vio que el hombre tenía guaran (gualicho) porque el horno dio un estampido y se rajó para siempre...
El personaje más extraño que pasó por el Cerrito es un internado que nunca llegó a estar leproso: Pancho, el hombre-mono. Las descripciones y las fotos coinciden en su aspecto simiesco. Fue capturado hacia 1917 en Vences Rincón (Corrientes) por el mayor Mesa, célebre perseguidor de gauchos, quien lo encontró desnudo y trepado a un árbol. Por ese entonces era un chico, pero nunca aprendió a hablar. No sabiendo qué hacer con él, lo llevaron al viejo lazareto de Comentes, y de ahí al Cerrito, donde vivió apaciblemente muchos años, hasta que murió en una operación de hernia. Todos recuerdan su carácter dulce y su aptitud para predecir la lluvia mediante una serie de sordos gruñidos.
La desesperación frente al carácter casi demoníaco que tenía antiguamente la enfermedad hizo nacer la creencia de que una picadura de víbora podía curarla. En los comienzos del sanatorio, varios internados afrontaron la ordalía. Tratados a tiempo, no murieron, aunque tampoco sanaron. Hoy nadie cree en esa terapéutica, pero los yuyos siguen gozando de confianza. Prácticamente no hay un enfermo que no tome la hoja de paicu, o el cogollo del tapecué, que es bueno para el hígado, o el universal "remedio fresco" que se prepara con raíz de una rastrera que llaman yerba tostada, molida y agregada al mate.

ADIÓS AL CERRITO
–A ver cuándo vuelven –decían candorosamente.
–Hasta pronto –respondíamos cruzando los dedos, aunque no por ellos.
Durante siglos la lepra fue tenida por castigo divino. Hoy no se puede ignorar que es un castigo humano. Su agente natural es el bacilo de Hansen. Su coagente es el hombre, y específicamente cierta clase de hombre, que es también el responsable de la anquilostomiasis que parásita al setenta por ciento de la población correntina; del analfabetismo para el que ni siquiera hay estadísticas ciertas; de las migraciones que nadie se molesta en estudiar; de la miseria que roe a todo el noreste argentino.
–La lepra ataca casi siempre a la gente pobre, mal alimentada, que trabaja de sol a sol. Hay zonas de la campaña donde viven siete u ocho en una pieza. Eso es lo único que necesita la lepra. Si uno se enferma, póngale la firma que vendrá la chorrera de criaturas leprosas.
No es la voz de un peligroso agitador, la cansada voz que dice esas palabras. Es el dictamen técnico, inapelable, del doctor Iglesia, director del Cerrito y presiente del Jockey Club de Corrientes, que no da rodeos para acusar al latifundio, al desgobierno, a la pavorosa indiferencia de los ricos.
–Hay que quitarse la venda –concluye–. Si no, la quitarán otros.
La opción parecía singularmente tentadora cuando en esos mismos días el gobierno y los partidos chaqueños se unían en una campaña de alcance nacional para recuperar la Isla del Cerrito. Objeto: instalar un hotel de turismo y un casino. Aparentemente los leprosos (inclusive los leprosos chaqueños), habían invertido un cuarto de siglo y trescientos veinte muertos en despejar la selva y convertirla en un prado, en un pueblo, en una comunidad, para que, en su lugar, un grupo de millonarios hicieran sonar alegremente las fichas de la ruleta.
A mediodía, en la lancha gris, salimos del puerto y de la isla. Bajo el sol aplastante, el Paraná y el Paraguay se juntaban y hervían sin mezclarse.

Rodolfo Walsh
El violento oficio de escribir, Obra periodística (1953-1977)
Pp.94-105
1995, Segunda edición: enero 1998
Espejo de la Argentina, Planeta
Revista Panorama N°37: https://ahira.com.ar/ejemplares/panorama-no-37/