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viernes, 1 de junio de 2018

El inquilino atroz

XXXIV. EL CAPÍTULO QUE LE FALTABA A LA 
HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA
El inquilino atroz
El solía decir que era ciego, ciego de los ojos. Con esa frecuente referencia, en la que a veces se regodeaba, no hacía más que distraerse, distraerse él y distraer a los demás de la otra ceguera, la peor, la ceguera del entendimiento.
Su currriculum de vida registra, entre otras, las siguientes carencias:
Nunca indagó con su manito el inodoro.
Nunca dio una trompada, ni la recibió.
Nunca hizo el amor urgente de los zaguanes.
Muy temprano se escondió en un laberinto amurallado de libros y de allí no quiso salir.
No tuvo hijos, porque los libros no suelen quedar embarazados.
De esa parte de la vida que es la vida palpable, nada quiso saber: primero la ignoró, después la confundió, finalmente, por pura diversión, la injurió.
El decía que era dos hombres, él y el otro. Pero era tres hombres. Al tercero no lo nombraba, porque le temía.
A medida que los años le estropeaban la voz y le hacían más temeroso el caminar, éste, el tercer hombrecito, se volvía más locuaz y desbocado.
Se hizo promotor de masacres. Se hizo propiciador de guerras, como si las guerras no se hicieran con hombres.
Cultivó con empeño su ignorancia para lo que está fuera de ciertos libros y se especializó en dictar formidables sentencias sobre todo aquello que había decidido ignorar muy temprano.
En sus abominables entretenimientos orales se creyó con la obligación de ser memorable.
Se aplicó al ejercicio de la banalidad portentosa de la censura.
Hizo del asco la virtud fundamental.
Por no resignarse a una tranquila ignorancia, a una sosegada idiotez, se transformó con el tiempo en un caballero absolutamente inaccesible al honor.
Pasaron los días y las noches de la eternidad de aquí, la palpable. El sol alumbró por última vez su pálido rostro. Los tres hombrecitos de aquel hombre se encontraron en el mismo estrado. La muerte, la muerte cierta, la muerte no soñada los había convocado, como a todos.
Les concedió un minuto para la despedida y el gesto final. Los hombrecitos de aquel hombre se abrazaron ateridos, como niños. La seca muerte les solicitó compostura.
El hombrecito literario imitó la dignidad de los malevos, esos que practicaban la religión del coraje desinteresado. El hombrecito cotidiano y público apeló a la dignidad aprendida en su bachillerato de Ginebra.
El tercer hombrecito, el infame, quiso reírse de la muerte y, una vez más, de sus distantes vecinos, los hombres. Quiso reírse. Inició una descomunal carcajada, pero en la mitad de la carcajada le salió un crujido, y tras el crujido le brotó un vómito.
Allí, en ese preciso momento, el tercer hombrecito de aquel hombre supo que, aunque las muertes de los hombres vistas como partes del tiempo son hechos venales, con la muerte de los hombres y con sus Vidas, no se juega.
De los tres hombrecitos el primero fue ceniza. El segundo se quedó a vivir en la momentánea eternidad de la fama y de los hombres. El tercero no fue acogido ni por la ceniza, ni por la memoria.
El tercero ni siquiera fue acogido por la muerte. La muerte lo rechazó por indigno. No quiso hacerse cargo de él. Ni vivir pudo más. Ni morir pudo tampoco. Quedó encarcelado en él mismo, insomne, viéndose en infinidad de espejos, ahogándose en las sucesivas sucesividades de aquel vómito que ya no le salía, sino que le entraba, le entraba convertido en una implacable eternidad al revés.

(En el cementerio de la Recoleta, en donde fue depositado el cuerpo de aquel hombre que había sido tres hombrecitos, hubo un sereno demasiado curioso que en la primera noche abrió el féretro y quiso revisar las ropas de aquel personaje despedido por tantos discursos… No encontró oro.
Encontró dos nueces, sin abrir, y un papelito que en muy temblorosa letra decía lo siguiente:
Me llamo Jorge Luis Borges. Yo era dos hombres, el que existía y el que literaba. Pero un día me encontré con un inquilino, con un tercer Borges, aquel que por no jugar a tiempo cuando niño, por no romper cosas, quiso muy tardíamente hacer daño, como un niño… Y escogió muy mal los objetos para el destrozo… Me llamo Jorge Luis Borges: por favor le pido, porque estoy débil, solo, ciego y viejo: si lo ven a Borges, sálvenlo.
Sálvenlo a Borges de Borges.

Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XXXIV. El capítulo que le faltaba a la historia universal de la infamia. El inquilino atroz. Pág. 179

viernes, 25 de mayo de 2018

Los obsesivos sucesivos

XXX. PAUSA TRECE: 
(PARA LA RESURRECCIÓN DE 
VARIOS CUCHILLEROS PENDIENTES)

Los obsesivos sucesivos
Borges, usted seguramente oyó hablar de una familia de cuchilleros, los Ibarra…
–Usted se refiere a los Iberra, los hermanos Iberra… uno de ellos, el mayor, mató al más chico porque le faltó el respeto, debía más muertes que él… cosas de muchachos, como me dijo cuando me contó esta historia el tío de los Iberra…
No, Borges, los que yo le digo son los Ibarra, Ibarra con “a” y no con “e”.
–No, de esos Ibarra no he tenido noticia. Cuente nomás…
Los Ibarra vivieron en una casa de la que todavía se puede ver en San Telmo. La familia estaba constituida por don Irineo Ibarra, su mujer y sus tres hijos muy varones.
Un día don Irineo notó que su hijo mayor no usaba cuchillo nada más que para esa cosa indigna que es el comer. Notificó a su hijo que eso no podía ser. Discutieron. El padre le dijo:
–No te da vergüenza, con tus veinticinco años… les estás dando el mal ejemplo a tus hermanos… usá de una vez el cuchillo, o te haces doctor en cobardía…
–Usted es más cobarde que yo, viejo: yo al menos no preciso la compañía del cuchillo, me valgo solo.
–Sos un insolente, del cuchillo así no me habla… por más hijo que seas he de matarte, y ya lo estoy haciendo…
En este caso, Borges, de las palabras al hecho hubo muy poco trecho. El padre avanzó. El hijo recibió el acero. Cayó sin mirada. La madre observó quieta. Pasó un año.  El segundo hijo de don Irineo Ibarra le dijo una mañana:
–Papá, usted mató a mi hermano, no voy a discutir por eso: quiero peliar ahora con usted…
Don Irineo le contestó con alivio:
–Está bien… estabas tardando.
Y ya no hubo más palabras. Esta vez el más rápido fue el hijo. Las últimas palabras que el quedaban a don Irineo las utilizó para decir:
–Llévate a tu madre de aquí…
Pasó otro año, exactamente otro año. Quedaban en esa casa dos hijos, y la madre, y el coraje heredado por los dos.
El más chico le dijo al mayor lo previsible:
–Vos mataste a mi padre, vas tener que peliar ahora conmigo.
El otro le contestó, también con alivio:
–Y bueno…
El más chico se limitó a un esquive y a meter su puñada donde ya no duele. El que iba a morir, tapándose la herida, le dijo:
–Ya tuvo que venir la vieja, sacala de aquí…
Pasó otro exacto año más. Y en esa casa se producía la implementación geométrica del destino. La madre una mañana le avisó al hijo restante:
–Mataste a mi hijo, ponete en guardia que hay algo pendiente…
–Pero mamá…
–Si te callás te va ir mejor!
La madre enarboló el cuchillo. El hijo lo vio llegar hasta su pecho. No se quejó.
¿Qué cree, Borges, que pasó después?
Le cuento: dicen que la madre dijo:
–Alguien debe llorar en esta casa, y aquí me quedaré para eso.
Cada día elegía la memoria de uno de sus cuatro muertos queridos. Y por él lloraba.
Dicen que siempre decía, cada vez que nombraban al mayor, al que no admitió el uso del cuchillo entre sus gestos:
–Muchacho atolondrado… no sé quién le metería esas ideas modernas en la cabeza…
(Después de eso, la cámara se aleja, aparece la palabra FIN, y la gente se levanta de sus butacas, Borges… Lástima que esta historia nos sea cierta, ¿verdad? Pero qué le vamos a hacer, son cosas de la vida, de la vida de morondanga que nos ha tocado vivir. De todas maneras, ¡feliz cumpleaños, don Jorge Luis!)

 Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XXX. Pausa trece: (para la resurrección de varios cuchilleros pendientes) Los obsesivos sucesivos pág. 162

Don Nievas, el eficaz

XXX. PAUSA TRECE: 
(PARA LA RESURRECCIÓN DE 
VARIOS CUCHILLEROS PENDIENTES)
Don Nievas, el eficaz
La siguiente historia no merece duda. Ocurrió en Mendoza, en el año 1950. Se la debo a un gran amigo que no miente: Salvador Sánchez, ex carnicero, ex camionero, actualmente periodista, algún día cineasta.
Don Nievas era hacedor de cuchillos, porque en verdad los hacía: templar acero era su faena cotidiana.
En la fábrica de hielo, donde también trabajaba don Nievas, empezó a recibir la provocación de un tipo con aspecto de gorila, enorme y mucho más joven que él. Varios, y el propio Sánchez (que me consta, es bueno para las trompadas), quisieron defenderlo. Don Nievas serenamente los contuvo. A cada uno, le dijo: “Le agradezco: esto sé como arreglarlo”. Y sabía.
Un día, el enorme gorilón estaba tomando agua de una canilla, agachado. Don Nievas lo vio, se acercó y con un martillo que tenía en la mano le dio un solo golpe en la nuca. El otro quedó tendido, sin conocimiento y sin habla por una semana.
Cuando recuperó el conocimiento, don Nievas fue a verlo al hospital. Sin levantarle la voz le dijo:
–Vea, no me busque otra vez porque me va a encontrar. La próxima vez que me moleste le voy a meter una puñalada, pero va a ser por la espalda.
Santo remedio. No jodió más el gorilón.
Este sencillo caso, Borges, está cargado de paradojas. Una paradoja: el hacedor de cuchillos se begaba a usarlos. Otra paradoja: el hombre de coraje proponía una puñalada por la espalda.
Duelo muy particular éste, pues se terminó con una frase muy didáctica.
Don Nievas va a figurar en la historia cuchillera por haber hecho cuchillos que hablaban solos, por no haberlos precisado nunca, por haber resuelto un duelo con un acero sin punta, el del combito, y con una frase que no necesito cumplir.
Sí, merece memoria la eficacia de don Nievas.

Rodolfo E. Braceli (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XXX. Pausa trece: (para la resurrección de varios cuchilleros pendientes) Don Nievas, el eficaz 
pág. 161

Un cuchillero de prestigio inmerecido

XXX. PAUSA TRECE: 
(PARA LA RESURRECCIÓN DE 
VARIOS CUCHILLEROS PENDIENTES)

Un cuchillero de prestigio inmerecido
Pero no crea, Borges, que me he especializado en documentar historias de cuchilleros incomprendidos, o con mala suerte. Sé de un cuchillero que llegó a mucho, pero sin merecerlo. Yo en la realidad ya conté a usted esta historia, en mi entrevista del 28 de marzo de 1978, para ver cómo reaccionaba ante mis relatos. Se entusiasmó mucho y me dijo: “Escriba eso rápidamente que si no voy a plagiarlo…” Yo por las dudas registro estos apuntes, no es que desconfíe…
Se trata del Bizco de Guaymallén, un matón mendocino del año veinte. El Bizco tenía, ya se verá, la suerte de sus desgraciados ojos… Sí, dije bien, la suerte de sus desgraciados ojos.
Este hombre hizo carrera con el cuchillo, llegó a abreviar la vida de siete hombres, aunque no daba para tanto. Algo les pasaba a quienes lo enfrentaba: se distraían con su mirada equívoca. Los ojos enemistados del Bizco de Guaymallén desconcertaban a sus adversarios. Y en los duelos, con la desconcentración, pasa como en el tenis. Pero aquí la primera vez es la última.
La cuestión es que ese segundo de distracción le costaba la vida a quienes sucesivamente iban enfrentando al mentado Bizco. No precisaba nada más que ese segundo, el Bizco, para colocar debidamente su cuchillo.
Así es que sumó siete hazañas.
Hasta que un mal día le llegó al octavo hombre, se topó con Ismael Donaire, el que nunca miraba a los ojos. Donaire no padeció la fatal distracción de sus antecesores y allí mismo el Bizco de Guaymallén cesó en sus funciones de corajudo.

Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XXX. Pausa trece: (para la resurrección de varios cuchilleros pendientes) Un cuchillero de prestigio inmerecido pág. 160

El mal minuto

XXX. PAUSA TRECE: 
(PARA LA RESURRECCIÓN DE 
VARIOS CUCHILLEROS PENDIENTES)
El mal minuto
Casos de mala suerte entre cuchilleros de coraje verificado han habidos otros, se lo aseguro, Borges.
Usted, como perito de asuntos del acero y la cobardía, deberá saber que todos los hombres, todos, tenemos un minuto de cobardía, por lo menos uno. A todos, desde Napoleón para abajo, les ha llegado en un determinado minuto de sus existencias ese miedo paralizante.
Lo peculiar de ese minuto de miedo, que de pronto nos atenaza la nuca, es que no se produce necesariamente en instancias de duelo o riesgo. Viene sin aviso. A lo mejor viene tomando la inofensiva sopa.
Bueno, de mis investigaciones y apuntes, elijo un caso, el caso de un hombre que fue visitado por ese mal minuto, vaya a saber por qué mala leche, por qué confluencia de azares, justamente en el minuto anterior a un duelo. Eso se llama tener mala suerte…
Esto que le refiero aconteció en un duelo que se produjo en Lobos, allá por el año treinta de este siglo.  Hay distintas versiones del suceso. Se las enumeraré en seco, sin el menor esmero literario, por dos motivos: porque de nada vale que me esmere, y porque nadie quiere sacrificar el carácter estrictamente documental de estas notas que ya empiezo a compartir con usted:
Versión primera: amigos hasta la muerte
Va empezar el duelo entre Ñandú Bombal (un chileno que viajó chiquito a Buenos Aires) y Camilo Quijano. Fue a Bombal, el más cotizado en ese pleito, a quien le bajó el minuto ese que todos los mortales tenemos asignados por lo menos una vez en la vida. Alcanzó a sacar el cuchillo, por puro hábito, pero se quedó con el brazo desplomado.
Quijano lo miró: vio la mano del cuchillo contrario sin alma, muda. Dio un paso, se dispuso a dar el salto  para la arremetida, pero frenó. Pensó que el quietismo de Ñandú Bombal era una estrategia, una artimaña de mañoso. Y allí se quedo Quijano, esperando algún movimiento de Bombal. Y allí se quedaron los dos, en ese duelo congelado, ignorantes de lo que les pasaba…
Según parece, los dos arrojaron a la vez sus cuchillos y se dieron un abrazo contundente, como de próceres. Después del abrazo fueron amigos hasta la muerte, que a los dos les vino de muerte natural.
Versión segunda: amigos y algo más…
Los hechos iniciales del suceso casi no se modifican. El mal minuto desciende sobre la engominada nuca de Ñandú Bombal, que se paraliza. Quijano lo ve demasiado quieto y supone artimaña. Allí se quedan los dos. No hay acción. No habrá puñaladas. Pero se acopla un detalle desencadenante: los estaban mirando sus respetivas mujeres. A éstas, a su vez, las estaba vigilando la luna. De manera que, ni los malevos ni sus mujeres podrían en adelante mentir sobre ese pavoroso derrumbe del coraje. Ante la irrevocable vergüenza que les venía de semejantes testigo, hebras y luna, Bombal y Quijano se van del lugar, pero se van juntos, muy juntos. Arrojarán sus vidas en un suburbio sin nombre. Vivirán bajo el mismo techo y hasta dormirán en la misma cama porque nunca más, suponen, tendrán derecho a nada en el mundo, ni siquiera a otras mujeres.
Versión tercera: la otra cobardía
 Otra vez los dos ahí, frente a frente. El minuto inoportuno cae sobre la nuca de Ñandú Bombal, que se queda muy quieto. Quijano amaga una vez, pero a la segunda no amaga: entra con su cuchillo categórico.
Ñandú Bombal cae. Desde el suelo lo mira a Quijano y con asco le dice:
–¡Cobaaarde!
–¿Cobarde por qué?
–Porque a un hombre con miedo no se lo mata, se lo espera…
Versión cuarta: la compensación
Ñandú Bombal y Camilo Quijano ya tienen los cuchillos dispuestos. El minuto ese baja sobre Bombal. Bombal alcanza a decir:
–Espere, no me maté, tengo miedo… espéreme un minuto…
–Lo espero.
Media hora después otra vez Bombal y Quijano con los cuchillos listos. Ñandú Bombal resulta más ligero y mata a Camilo Quijano, el que lo esperó. Quijano se muere sin comentarios. Ñandú Bombal alcanza a decirle:
–Espéreme otra vez: yo de vida regalada no vivo…
Y se hunde el cuchillo, y cae junto al otro.
Los dos quedan mirándose, hasta que ocurre lo de siempre. Viene una mujer de ropas oscuras y les baja los párpados, y se hace la señal de la santa cruz.

 Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XXX. Pausa trece: (para la resurrección de varios cuchilleros pendientes) El mal minuto pág. 157

La historia secreta del Hombre de la Esquina Rosada

XXX. PAUSA TRECE: 
(PARA LA RESURRECCIÓN DE 
VARIOS CUCHILLEROS PENDIENTES)

La historia secreta del Hombre de la Esquina Rosada
Ha habido malevos con muy mala suerte, Borges, malevos que podrían haber llegado a más, pero…
Créame, cuando leí Hombre de la Esquina Rosada, me quedé muy preocupado por la conducta de Rosendo, el pegador. Traté por todos mis medios posibles de responder a estos interrogantes: ¿Por qué aflojó Rosendo? ¿Por qué no aceptó el duelo que le proponía el provocador forastero? ¿Por qué no se hizo cargo del cuchillo que le impuso su mujer, la magnífica Lujanera?
No hay caso, las respuestas que me di para tales interrogantes, no me conformaron. Tampoco me conformó la explicación que usted propuso sobre la conducta de Rosendo Juárez en El informe de Brodie. Me olió a literatura y no a verdad. Por eso empecé por mi cuenta a hacer averiguaciones sobre la extraña huida de Rosendo Juárez. Me impuse descubrir qué había pasado por el alma de Rosendo en aquel momento en el que no aceptó el duelo. Hice mis averiguaciones –inclusive consulté a un par de psiquiatras– convencido de que la vergonzosa huida de Rosendo no había sido ocasionada por el miedo, ni por la vergüenza, como usted dice. Allí había otra cosa que lo había hecho actuar (o no actuar así). Allí había una causa secreta…
Casi cuatro años de mi juventud me llevó confirmar mi, al principio, difusa hipótesis, resolver aquellos intranquilizantes interrogante. Fueron cuatro años fatigantes de preguntar y preguntar, de tener que oír infinitas historias de almacén. Pero mi empeño no fue al cuete. Un día conocí al hombre que tenía toda la verdad, nada más que la verdad, solamente la verdad: don Toribio Z, un viejo trenzador que espera su definitiva noche en un ranchito de Carlos Tejedor. Don Toribio me relató esto que traslado a usted, Borges, sin ponerle ni quitarle:
A Rosendo Juárez lo conocí dos años después que se fue de su pueblo y de la Lujanera, por no poder afrontar el duelo que le proponía un tal Francisco Real. El Rosendo que yo conocí era un hombre callado, casi una tumba. Nunca lo vi reír. Nunca lo vi conversar con nadie. Decía las palabras mínimas para la sobrevivencia. Así, siempre hosco, siempre tumba lo vi transcurrir veinticinco años. Yo vivía a pocos metros de su pieza. No tenía más remedio que ser la persona más allegada a su enconado silencio. Varias veces, con el consentimiento de algunos vasos de vino, le pregunté qué guardaba tan dentro suyo. Nunca soltó nada. Pero una noche me despertó y me dijo: “Don Toribio, ya tengo edad para morirme, y no quiero irme de este mundo llevando la carga de este pesado secreto”. Entonces Rosendo me refirió lo que realmente le pasó aquella noche en el baile de la Esquina Rosada… Resulta que cuando Francisco Real entró en el salón, y lo encaró y le dijo que venía a buscarlo para pelear y ver quién era más hombre, Rosendo tuvo un percance fiero: una descompostura de estómago lo visitó justo en ese crucial momento. No tenía miedo Rosendo, quería peliarlo a Francisco Real… pero no daba más. Cuando la Lujanera, su mujer del alma, lo sacudió y le sacó el cuchillo y se lo puso casi en la jeta aborreciéndolo y gritándole “Rosendo, creo que lo estarás precisando”, el pobre Rosendo estaba a la borde de hacerse encima… Entonces se fue, ultrajado por las miradas de todos. Quiso justificarse con unas palabras, pero seguro que no se las escucharon. Y salió de allí, humillado para siempre, con unas ganas absolutas de encontrar la oscuridad, bajarse los pantalones y por fin estallar su ya incontenible apocalipsis intestinal. Con las estrellas arriba hizo el buen Rosendo lo que tenía que hacer… pero ya era tarde para explicar nada: había sido crucificado por la incomprensión de sus contemporáneos. Por eso abandonó su pueblo, y se metió en el silencio, y fue propiamente una tumba…
Como podrá apreciar, Borges, nada épico lo que le pasó al pobre Rosendo en aquella infortunada noche de la Esquina Rosada. Pero qué le vamos a hacer, no todo en la vida ha de ser épico…
–Don Jorge Luis, ¿por qué se marcha?
–Lo que ocurre es que hoy es mi cumpleaños y vendrán algunos amigos a visitarme…
–Justamente, porque es su cumpleaños, hoy quiero contarle no una sino varias historias de pendientes de cuchilleros…

–Entonces me quedo. Cuente.

Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” 
XXX. Pausa trece: (para la resurrección de varios cuchilleros pendientes) La historia secreta del Hombre de la Esquina Rosada. p. 155

sábado, 28 de abril de 2018

Para comprobar, en cuerpo viviente, si es cierto que usted, Borges, no le teme a la muerte...

XXVII. PAUSA DOCE: 
(PARA COMPROBAR, EN CUERPO 
VIVIENTE, SI ES CIERTO QUE USTED, 
BORGES, NO LE TEME A LA MUERTE...)

Borges, créame, me estoy volviendo loco.
Le explico: lo que le pasó al Quijote, de tanto convivir con las historias de caballería, me ha empezado a pasar a mí, de tanto leer sus libros sobre infamias, eternidades y cuchilleros.
Mi vieja cuando chico me decía que comer manzana hace bien a la cabeza. Yo, viendo que mi cabeza empieza a desflorar ocurrencias inverosímiles, peligrosamente inverosímiles, he retomado a la masticación de manzanas. No como otra cosa desde hace cuatro días: muerdo manzanas desde la mañana hasta la noche. Trato de remediar con ellas las desviaciones de mi cabeza. Trato, pero siento que ya es demasiado tarde...
Le contaré ahora otra historia de cuchillero. Sucedió hace dos días, en pleno 1978, en Buenos Aires. Sí, Borges, no le miento. El protagonista de esta historia es usted…
No frunza el ceño. No estoy completamente loco. Estoy casi loco. Por el momento. Todavía me queda un resto de cordura y lo usaré para acomodar los sucesos y referírselos con algún decoro sintáctico…
Todo empezó cuando volví a repasar el diálogo aquel que tuvimos sobre la muerte, sobre el supuesto Jacinto Chiclana que entraba a su pieza dispuesto a matarlo. Ese diálogo, no sé bien por qué, se me atascó, no lo pude digerir bien. La duda sobre su esperanza en la muerte se me incrustó en los sesos. Y no me dejó. Y no me dejó por más que traté de desalojarla… Terminé afiebrado. La fiebre me empujó a concebir la siguiente idea:
“Compraré un cuchillo de buen acero. Munido de ese cuchillo esta noche, a eso de las tres de la madrugada, entraré al edifico de la calle Maipú, donde vive Borges. Tocaré el timbre de su departamento. Antes de abrir, Borges preguntará: quién es. Le diré: Soy el cartero, aquí tengo un telegrama... un telegrama de Suecia para usted... Borges abrirá. Yo saludaré: Buenas noches… Cerraré la puerta, con dos vueltas de llave. Le diré: Borges, preste atención: a diario usted repite que siente una gran esperanza por la muerte, que si llegara esta noche la recibiría con alegría. Yo no le creo.  Y vengo a comprobar su mentira: no soy un cartero, soy un hombre que ha comprado un cuchillo y viene a matarlo, a matarlo en serio. Sí, Jacinto Chiclana murió, pero yo estoy vivo... Borges, estoy aquí para ver si es tan cierto que no le teme a la muerte. Quiero ver qué cara pone ante la muerte que en los próximos minutos va a llegarle por mandato de este cuchillo.
...Usted, Borges, no me creerá, sonreirá, me dirá: Le ruego que me deje descansar, estoy muy fatigado, hoy estuve firmando autógrafos en la Feria del Libro, eso agota a un atleta, imagínese yo, que voy para los ochenta años... Yo, con voz más tensa que enérgica, le advertiré: Borges, esto no es un juego, esto es cierto, muy cierto, en la mano derecha de mi cuerpo hay un cuchillo de treinta centímetros, es de acero inglés, como a usted le gusta... con este cuchillo le voy a dar por lo menos dos puñaladas: la primera en el vientre, para que la sienta y se dé cuenta de que la muerte es cosa seria, tan seria como la vida... la segunda será un rato después, en el corazón, cuando yo considere que he averiguado lo que vine a averiguar. Diré eso, pero usted seguirá sereno, Borges. Me dirá: Tome asiento, señor... Yo le diré: No juegue más, Borges, aquí no estamos jugando, ni haciendo literatura, ni soñando: aquí tengo un cuchillo, tóquelo, pálpelo, compruebe el categórico acero con sus propios dedos... Le alcanzaré el cuchillo. Usted, físicamente más sagaz de lo que suponía, golpeará con su bastón mi mano del cuchillo. El cuchillo caerá debajo de un mueble de biblioteca. Yo iré a recuperarlo, gatearé para eso. Usted, otra vez rápido, apagará la luz. Quedaremos igualados: yo, con la ventaja de mi juventud. Usted, con la ventaja de saber tratar con la oscuridad… Me pondré de pie y le diré, mintiendo: Borges, puedo prescindir de la luz, traigo linterna. No se le ocurra gritar porque abrevio esta ceremonia… Seguiré palpando con disimulo la pared… me encontraré de pronto con su bastón, me aferraré a él, se lo arrancaré de las manos, lo arrojaré lejos... Usted caerá, yo caeré encima... usted se acurrucará, yo me quedaré tenso, a la expectativa... oiré su respiración muy cerca, su respiración entrecortada... palparé su rostro, sabré que está mojado de lágrimas... acomodaré su cabeza temblorosa entre mis manos… y al oído le diré: No se aflija, Borges, yo también tengo tanto miedo como usted... llore tranquilo que yo también estoy llorando. Quiero que sepa: en realidad no vine a matarlo, sólo quería comprobar si era verdad lo que anda diciendo de la muerte en tanto reportaje. Comprenda, es la búsqueda de la verdad lo que me empujó a esto…
Yo estaré llorando en serio, llorando en castellano, usted me dirá: Bueno, ya sabe lo que venía a averiguar... no le guardo rencor, usted escribirá lo que sabe en un libro… su infamia, joven, se ha dignificado porque fue impuesta por la urgencia de la literatura… aunque, cuídese, porque de seguir así va a terminar haciendo literatura realista, literatura comprometida… Yo apaciguaré mi llanto. Usted me indicará exactamente dónde está la llave de la luz. La luz que nada ilumina, nos alumbrará. Usted recibirá el bastón y me dirá: No hay, casi, bebidas en mi casa, pero en ese mueble encontrará una botella, lo invito a que tomemos una ginebrita. Con la ginebrita pareceremos dos hombres de coraje. Serviré la ginebra, brindaremos por el lindo coraje que nos falta… Le diré: Hasta siempre, don Borges, perdone tanta molestia… Usted me recordará: No olvide su cuchillo, se lo está dejando...  Yo alzaré el cuchillo. Lo llevaré conmigo.
(Fíjese, Borges, las cosas que se hospedan últimamente en mi cabeza, pese a la compensación tardía de las manzanas.
Le conté lo que le conté, para que sepa.
En cualquier momento puedo desgraciarme para siempre en este loco afán... de buscar la verdad.
Borges, si una de estas noches alguien llama a su puerta en la madrugada, no le abra. NO LE ABRA).

Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XXVII. 
Pausa doce: (para comprobar, en cuerpo viviente, si es cierto que usted, Borges, no le teme a la muerte...) p. 141

miércoles, 25 de abril de 2018

El muy pálido

XXII. PAUSA DIEZ 
(PARA CONTAR LA HISTORIA DE 
UN CUCHILLERO INCOMPRENDIDO)
El muy pálido
Borges, el hombre de esta historia tenía nombre y apellido. Pero le decían siempre El Muy Pálido. Y así lo nombraré, para no transgredir el hábito y para no molestar la dignidad de una familia muy notaría de nuestros días que tiene su mismo apellido.
El Muy Pálido fue un guapo incomprendido, ya verá.
Nació por el 1902, en una casa de Villa Urquiza. A su padre no tuvo tiempo de aprenderlo con sus ojos; murió joven, de un infarto. La madre entonces redujo su casa-mansión a la mitad.
Con el buen dinero que sacó de la otra mitad y una discreta herencia que la socorrió por esos años, pudo afrontar los días sin tener otro trabajo que el cuidado de ese niño, hijo único, tan pálido, y no por casualidad. No frecuentaba la intemperie de la vereda, se la pasaba en la sosegada penumbra de unas altas habitaciones, jugando juegos muy quietos, hojeando libros muy viejos.
El Muy Pálido creció mirado por su madre. Se hizo hombre de la misma manera.
Cuando llegó ese tiempo en el que el hombre debe hacer su vida, el Muy Pálido decidió hacerla, pero al lado de su madre. No quise mujer. Eso hubiera sido un desvío.
Sus hábitos cambiaron apenas. Todos los días salía a la calle, pero siempre un rato largo después que el sol, su temido sol, ya no estaba. Iba siempre a los mismos lugares: los cabarets del Bajo y un determinado café de Corrientes y Uruguay. Un solo día no salía: el sábado a la noche, porque entonces todo el mundo baja el centro, decía.
A tiempo, antes de que los dineros de la herencia se les terminaran, el Muy Pálido aprendió el oficio de prestamista. Cuando le preguntaban de qué vivía repetía invariablemente: “Yo vivo de la estupidez de la gente… nunca conoceré el hambre…”
Cumplió los treinta años sin modificación alguna en sus hábitos: salida para el centro cuando empezaba la noche, retorno para la casa ante la primera amenaza del sol.
Su madre envejecía apaciblemente. Sus fuerzas alcanzaban para atender al hijo, para hacerle la comida, para lavarle la camisa blanca, para plancharle el eterno traje azul de gabardina, para cepillarle el sombrero gris de cinta negra…
Los días siguieron su suma. Hasta que la vejez de la madre fue casi inmovilidad: ya no le lavaba la camisa, ni le hacía la comida, ni le planchaba el traje azul de gabardina… eso sí, siempre le cepillaba el sombrero antes de salir. El se encargaba de todo, sin queja.
Borges, pero hay un detalle que se me va quedando y que le va a interesar. En el chaleco del Muy Pálido, en el interior de su costado derecho, había una especie de bolsillo longitudinal que servía de vaina para un cuchillo de tamaño razonable y suficiente como para abreviar la vida de cualquier cuerpo. Sí, el Muy Pálido era zurdo para firmar, para tomar la sopa, para peinar a su madre y para ese cuchillo…
¿Qué hacía el cuchillo habitando el chaleco de este hombre tan notoriamente frágil? Eso que se pregunta usted, Borges, se lo preguntaban todos los que lo conocían.
Pero, pese a su aspecto negador, el Muy Pálido escondía hondo el vicio del coraje. Lo tenía muy adentro de su sangre. Sin embargo nadie se lo admitía. Nadie podía concebir ni aceptar que se pudiera ser tan frágil, tan Muy Pálido y hospedar coraje. Nadie podía admitir que cuerpito tan magro tuviera algo que ver con el valor.
Nadie salvo su madre. Ella sabía que el vicio estaba en su hijo.  Nunca nombraban la palabra, pero todos los días, cuando empezaba el declive de la tarde, mientras el Muy Pálido la peinaba antes de ponerse el traje azul, ella puntualmente le preguntaba:
-¿Usaste ESO anoche?
Y él puntualmente le contestaba:
-Quise, pero no pude: no me creyeron, madre…
Ella entonces le apretaba la zurda, y le decía:
-No sufra, mi Pálido. Insista.
Se cuenta que diecisiete veces, ante ofensas de morondanga, el Muy Pálido sacó el cuchillo que nadie suponía, del costado de su fatigado chaleco. Pero no le hicieron caso. Lo dejaron allí, con el cuchillo pendiente… Es que a nadie se podía considerar cobarde por no enfrentar al Muy Pálido, al contrario, cobardía hubiera sido hacerlo.
Un día después de la Navidad de 1943 el Muy Pálido fue como tantas veces al piringundín de la calle Reconquista.
Al rato llegó un tal Curbelo, famoso matón de cuchillo bien conceptuado que además tenía cierto nombre como boxeador. Curbelo vio al Muy Pálido y se le fue encima. Hizo lo de costumbre: le dio un beso en la frente y le añadió otro en la oreja. También le dijo:
-¿Qué hace a estas horas mi bebé por aquí?
El Muy Pálido sintió que el agravio lo rebalsaba de felicidad. Su zurda buscó el cuchillo y lo encontró donde siempre. Lo contestó:
-El bebé ha venido a matarlo, poco hombre…
Curbelo arrojó la carcajada.
El Muy Pálido se le acercó y le escupió la cara.
Curbelo no se la limpió. Con el acompañamiento de otra carcajada le respondió:
-Salivita con gusto a leche de madre…
El Muy Pálido, con un susurro desafinado, le dijo:
-¡Saque el cuchillo, porque voy a matarlo!
Curbelo, con un resto de carcajada, le gritó:
-… de risa me vas a matar!
El Muy Pálido ya no habló más. Con un tajo prolongó la boca de Curbelo. Entonces este se le fue ciego encima, pero sin apelar a su cuchillo… El Muy Pálido lo esperó con la zurda tensa. Su cuchillo entró en el lugar exacto, donde no se falla.
Cayó Curbelo. Cayó sin más palabras, cayó sin más carcajada.
El Muy Pálido estaba feliz, pero no tanto: porque al final el otro tampoco le había creído, y él mismo se había metido en la muerte, sin recurrir a su acero.
Dispuesto a que su felicidad fura completa, dispuesto a mostrarle a todos que su coraje no era poca cosa, el Muy Pálido hizo a continuación algo: hundió el cuchillo en su propio y escaso pecho, también en el lugar exacto.
Cayó encima del otro. Y su cuerpo pareció el de un hijo que duerme sobre su padre.
Cuando lo llevaron a su madre ella dijo, sin lágrimas:
-Ya era hora, estaba empezando a desconfiar de su coraje. Vengan mañana por él y por mí, porque a mi vida le quedaba un solo día, y es éste.

Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XXII. Pausa diez (para contar la historia de un cuchillero incomprendido) pág. 117