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viernes, 22 de noviembre de 2024

El labrador y el árbol


Un labrador era dueño de un campo muy fértil. Estaba muy orgulloso de sus tierras y las había sembrado de una punta a la otra con girasol, soja, trigo y otras plantas que veía crecer lleno de admiración. Sin embargo, no todo era espigas y flores en el campo del labrador. No señor: justo en medio del terreno, a unos metros del cultivo de girasoles, se erguía muy orondo un árbol seco y viejo que ya no daba frutos desde hacía mucho tiempo. Después de pensarlo largo rato, el labrador decidió deshacerse de aquel árbol marchito que no hacía más que ocupar espacio inútilmente y estropear el hermoso espectáculo que ofrecían sus cultivos. Hacha en mano se acercó resuelto a derribar el “horrible mamotreto”, como lo había bautizado. Pero no bien levantó su hacha para asestar el primer golpe, una bandada de gorriones que anidaba en las ramas puso el “trino” en el cielo. Uno de los pajaritos se acercó al labrador y le dijo:
—¡Por favor, no lo derribes! ¡Aquí vivimos y cantamos muy felices! ¡Es te árbol es nuestro hogar!
Las cigarras, las hormigas y las lombrices que también vivían en el árbol se sumaron a las súplicas de los gorriones. Pero el labrador desoyó todos los ruegos. Creyendo que aquel árbol era tan inútil como feo se dispuso a destruirlo. Al primer hachazo siguió otro y al segundo un tercero tan fuerte que temblaron todos los cultivos. Cuando el labrador se disponía a descargar el cuarto hachazo, un líquido viscoso brotó del tronco lastimado...
—¡Miel!—, gritó el labrador, y era cierto.
En el hueco del tronco se había formado una colmena. Las abejas habían fabricado tanta miel en sus panales que el líquido se derramó durante un rato largo antes de que el labrador pudiese traer un recipiente para almacenarlo. Desde ese día, el hombre cuidó al árbol seco y vetusto como sí fuera una mina de oro, o en otras palabras, una fuente de miel duradera y constante. De ese modo, lo que no habían podido los gorriones con sus ruegos lo consiguieron las abejas con la miel de su colmena.

A vos, ¿qué te parece?
¿Por qué el labrador quería derribar el árbol? ¿Qué le dijeron los gorriones y los otros bichitos? ¿Por qué quería derribarlo de todas maneras? ¿Qué descubrió entonces? ¿Por qué no lo derribó cuando descubrió la miel? ¿Qué opinás de las personas que sólo hacen lo que les trae un beneficio a ellas y se olvidan de los demás?

Revista Anteojito N°1550, pp.42
22 noviembre 1994
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1550/page/n42/mode/1up

Revista Anteojito N° 916, pp.42
30 septiembre 1982
https://fanasdegf.blogspot.com/2023/10/revista-anteojito-n916-30-09-82.html

martes, 8 de octubre de 2024

El hueco del gato manco

Recuerdo que en aquel tiempo aún había muchos terrenos baldíos en los barrios de Buenos Aires. Los llamaban "huecos", con diferentes sobrenombres según sus características: el del pozo, el del arbolito, los tachos, etcétera. En ellos solíamos penetrar en nuestras correrías de pequeños traviesos, buscando "huevitos de gallo". Así llamábamos a unas plantas que crecían entre yuyos y malezas, y cuyo fruto semejante a un huevecillo de color marfil, tenía un gusto dulzón muy particular.
Una tarde, con dos compañeritos de aventuras, penetramos en uno de esos huecos, el que llevaría luego el nombre de nuestra historia. Andábamos en busca de frutos cuando vimos en un rincón, junto al muro, acobardado y mirando con ojos lastimeros, a un gato manco. Aún le sangraba la patita. Quién sabe qué extraño accidente habría sufrido. Compadecidos de él fuimos en busca de alimentos, y luego de tranquilizarlo con nuestras caricias, le construimos con ramas y lata un pequeño refugio.
Todos los días, hiciera o no buen tiempo, le llevábamos de comer, y allí lo hallábamos casi siempre en la precaria cuevita, atento a nuestra llegada.
Una tarde lluviosa que jugábamos en el zaguán de casa, nos acordamos del pobre gato y, a pesar del tiempo y la mojadura, fuimos a verlo. Al llegar nos sorprendió encontrarlo fuera de la casilla, mojándose con la fina llovizna. Al acercarnos oímos débiles maullidos. Enseguida comprobamos que el animalito había cedido su refugio a alguien más desgraciado que él: una pobre gatita con dos hijitos recién nacidos, abandonada y huérfana de todo afecto.
Siempre recuerdo a aquel pobre gato manco, con su mirada triste, mojándose bajo la lluvia.
Ricardo L. Castaño (Capital)

Revista Anteojito N°1, pp. 18
8 Octubre 1964
https://archive.org/details/anteojiton18octubre1964/page/n17/mode/2up

viernes, 2 de febrero de 2024

El caminante y la Verdad


Cruzando un árido desierto, un viejo caminante halló a una hermosa y solitaria mujer, que permanecía sentada sobre la arena y tenía la mirada perdida en tristes pensamientos.
-¿Quién eres? le preguntó el anciano caminante, deseoso de saber qué penas padecía esa pobre mujer.
-Soy la Verdad -respondió ella.
A esta respuesta le interrogó nuevamente el caminante:
-¿Y qué te ha obligado a dejar la gran ciudad y la agradable compañía de los hombres y a permanecer sola en este desierto?
-La mentira, -respondió la Verdad- mi terrible enemiga, me ha vencido. He notado que gran cantidad de seres, a los que antes les agra- daba mi compañía, ahora me desprecian y me arrojan de su lado.
A estas palabras, el anciano agregó sabiamente:
-No te dejes vencer fácilmente por tus enemigos, por terribles que éstos sean, y lucha con tesón y voluntad, ya que al final la verdad siempre triunfa.

Revista Anteojito N°115, pp. 31
2 febrero 1967
https://archive.org/details/img625_202301/img653.jpg

miércoles, 27 de diciembre de 2023

El pedido

La aldea dormita esa noche. y la estrella que guía a los Magos de Oriente se detiene sobre ella al ver que los tres sabios viajeros descienden de sus camellos y comienzan a alivianar sus juguetes de sus repletas alforjas. Largo rato de dican Gaspar, Melchor y Baltasar a su tan generosa como tradicional tarea de leer las breves misivas de los niños y colocar en sus zapatos los juguetes pedidos.
Afuera, allá en lo alto, la estrella aguarda la finalización del pródigo quehacer de los Magos para seguir iluminándoles el camino hacia lejanas poblaciones. Pero ve que los tres viajeros se han reunido al pie de la ventana de una humilde vivienda y parecen conversar animadamente. Desciende, pues, blandamente la estrella para escucharlos y queda suspendida a poca altura del tejado de la casa. Y oye que a Baltasar -mientras tiende una pequeña hoja de papel a sus pares en la legendaria aventura. dice con voz velada por el asombro:
-En su carta, el niño de esta casa nada pide para él, pero nos solicita algo extraño.
-Lee la misiva, hermano- le indica Melchor, el anciano de larga barba
-Dice así: "Señores Reyes Magos: no me dejen ningún juguete, ¿de qué me serviría si la tristeza avasalla la aldea, si la querellas no se dan tregua? ¿No podrían dejar un poco de amo en el poblado?"
-¡Sorprendente!- exclamó el joven y lampiño Gaspar.
-¡Increíble!- dijo Melchor
-¡Pobre niño!- suspiró Baltasar.
La estrella se estremeció, pero con dulce voz de madre les dijo a los tres viajeros
-Prosigamos que la noche no es eterna
-¿Y el niño que pide amor para su pueblo ?- preguntó Baltasar
-Tendrá lo que pide, pues Él lo ha escuchado. ¡Adelante, lo camellos están aguardando!
Los tres Magos de Oriente prosiguen su viaje, y esa noche de Reyes el niño de la casa humilde sonríe en sueños, como si alguien le hubiese dado de regalo la Esperanza.
La estrella tenía razón: El lo había escuchado
Publio Cordero

Revista Anteojito N°1555, pp.33
27 diciembre 1994
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1555/page/n31/mode/2up

Revista Anteojito N°1925, pp.33
28 diciembre 2001
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1925/page/n33/mode/2up

viernes, 21 de abril de 2023

Los dos cazadores


Eran hermanos los dos muchachos campesinos de esta historia. Uno se llamaba Juan, y el otro, Pedro.
No se parecían en nada —como suele suceder entre hermanos—; no se parecían ni por fuera ni por dentro. Los igualaba, eso sí, una cosa: el amor a los pájaros. Pero aun en este cariño, como veremos, eran diferentes.
Un día, Juan cazó la calandria que todas las mañanas y todas las tardes venía a cantar, posándose en una de las ramas del timbó, el hermoso árbol que daba sombra a la casa. La encerró en una jaula rústica, construida con palitos, y se dispuso a deleitarse con su canto. Pero pasaron las horas y pasaron los días, sin que el pájaro le hiciera oír su canto dulce y salvaje a la vez.
Por eso Juan estaba triste y de mal humor.
Le preguntó a su hermano Pedro:
—¿Por qué no cantará mi calandria?
—Porque está encerrada —contestó el hermano—; si estuviera suelta como antes, cantaría. Suéltala y verás.
—Sí, pero si la suelto no la tengo; si la suelto no es más mía —respondió Juan.
Pasaron varios días.
Pedro es feliz. Juan era desgraciado.
Pedro se iba al bosque cercano a oír cantar los pájaros. Juan se quedaba en la casa esperando oír cantar su calandria.
Interrogó otra vez a su hermano:
—¿Cuándo cantará?
—Ya te lo dije: cuando la sueltes.
—Pero, ¿tú qué prefieres, el pájaro o el canto? —interrogó ahora Pedro.
Juan se quedó pensando. Al rato dijo.
—¿Cómo haces tú para estar contento?
Y respondió Pedro:
—Conformándome con ser cazador de cantos, en vez de cazador de pájaros... Yo voy al bosque y oigo cantar a todos los pájaros, y todos son como míos, porque son míos sus cantos, que cazo con los oídos.
Luego de un silencio, agregó con cierto tono sentencioso:
—Es lindo ser cazador de cantos, y es cruel ser cazador de pájaros.
—Vaya una zoncera —dijo Juan, y se fue a esperar que su calandria cantara.
La encontró triste, con las plumas encrespadas, como si tuviera frío.
—Se te va a morir —le advirtió Pedro.
—Es verdad. Antes que se me muera la suelto —arguyó Juan, y la soltó.
Al día siguiente tuvo un bello despertar. Mejor dicho: el pájaro lo despertó con su canto.
—¡Pedro, Pedro! —gritó sacudiendo a su hermano que dormía en una camita a su lado —Oye la calandria, canta, canta para mí.
Y diciendo esto se vistió rápidamente, como para tomar posesión de lo suyo. Salió al patio y vió al ave parada en la ramita de siempre, cantando. Le pareció que la calandria lo miraba agradecida. Le pareció que nunca había cantado tan fuerte y tan bello. ¡Le pareció que solo cantaba para él!

Fernán Silva Valdes
En Arturo Capdevilla y Julián García Velloso “Florecimiento” 
Libro de lectura para cuarto grado. Ed. Kapelusz. Bs As. 1949 pp.103-106

viernes, 22 de julio de 2022

Rebeldías

Rebeldía: digo esta palabra, y un agridulce sabor a mentas me invade la boca –como el de aquel helado de hierbas que sorbí una tarde de verano, tras tintineantes cortinas multicolores, y en un cubo de sombras casi verdes, profundas, con filas de potes hieráticos, blancos, celestes, amarillos, ante ventiladores que oscilaban lentamente, infinitamente, como acumulando toda la génesis del frío en el vórtice del calor de las siestas, en un rincón de Paraná.
La rebeldía fue siempre ese gusto a libertad que llamaba desde los árboles en las noches de viento, cuando aullaban casi humanamente; desde el agua fraternal del “bajo”, que corría a borbotones bajo los toscos arcos de ladrillos después de las lluvias, y cuyas ondas se agrandaban alrededor de insectos dorados y trémulos, palpitantes sobre la superficie, como astillas de sol que no querían morirse; del cielo hosco de las tormentas, herido de relámpagos desesperados, que se hundían al instante en la línea espesa de la llanura, o de truenos que se posaban como inmensos monstruos de múltiples patas sobre la casa valiente de mi infancia; del camino cuyo norte y cuyo sur se encaramaban en las nubes o en las brillazones del verano, e invitaban a las botas de Peer Gynt, el que no quiso elegir, o al deambular ideal de Gide de “les nourritures terrestres”: “Natanael, lo mirarás todo al pasar y no te detendrás en parte alguna. Dite a ti mismo con razón que solamente Dios no es provisional”.
Las rebeldías tienen forma, color. Había rebeldías etéreas, azules, desflecadas en la brisa de las mañanas de los cinco años, cuando trepaba con esfuerzo hasta el último peldaño de la escalera de mano a cantar n himno al cardenal que esponjaba su penacho colorado en la jaula; rebeldías grisáceas, salpicadas de gotitas saltarinas que mojaban la garganta, listadas de vigas blancas del techo recontadas largamente, en el tembloroso rincón de las rabietas; rebeldías rojas esféricas, ágiles, cuando capitaneaba una banda de jugadores de bolitas en el patio de los pinos.
Fue siempre el ir contra los moldes acabados de la lógica, cerrados como entes aristotélicos absolutos en su normativa fríamente racional. Atraía siempre, mucho más, la clara ligereza vegetal, el vaho de la tierra en los veranos, el soplo de la noche, el trino ascendente de los pájaros, su limpio invadir cualquier frontera del aire, la carrera menuda de las aves del campo, el rítmico galope de los caballos perfilados contra el sol, sus crines volanderas sobre sus ojos fijos: mundo indócil, funámbulo, como salido de muchos cuadros de Marc Chagall.
No obstante, se fueron insinuando de a poco las leyes, con su oscuro peso heterónomo primero, que a veces, por intensamente sentido como extraño o por estar aliado con la mano del amor, derivó en una lamentable conciencia de fatalidad, de Moira contra la cual no cabían más que un suspiro, el silencio.
Sucedió aquella vez, a los nueve años. Cuando me llevaron a aquel colegio que vi como una pequeña ciudad de “Las mil y una noches”. Arcos de medio punto en las galerías, columnas que se estrechaban levemente en el capitel y en la base, pianos que desfallecían en los atardeceres, una gruta en penumbra tras un patio de granzas, la capilla minúscula, íntima, con un silencio que se paladeaba como una hostia, las sombras recogidas de las religiosas que pasaban despaciosamente, con las manos sumergidas en un oasis de mangas: un cosmos distinto, organizado, herido por agujas místicas –que llegué a querer apasionadamente tiempo después– se desplomó sobre mis 1.20 ms. de estatura.
Pero lo decisivo ocurrió en aquel viaje, en aquel auto compacto en torno de mi soledad primeriza, un auto de adultos. Oía la voz cariño de mi padre entre otras voces neutras. Hablaban del día dorado, de los primeros fríos de marzo, acaso de mi futuro. Yo sentía entonces diluirse en mí –como había visto tantas veces ahogarse los pájaros en la lluvia, la humerada luminosa del sol en el abismo imponente del anochecer, las tropas cansinas del ganado en la boca del horizonte– mi querida libertad. En aquella breve hora de viaje viví, oscuramente, como en esas guerras nocturnas del inconsciente, el arcaico dualismo de libertad y necesidad. Sólo que invertí las correspondencias, trapolé los términos: el reino de la libertad era el de la naturaleza, el de la necesidad, el del hombre. Ley inexorable, imposibilidad de evasión, órbitas y órbitas de repetido esfuerzo, espadas de Damocles: ése era el reino del hombre, apenas entrevisto antes, y en el que se me introducía de lleno a partir de aquella tarde.
Mis rebeldías se apretaron en un nudo, pero, por primera vez, no estallaron. Murieron de golpe, todas juntas, mientras nuestro automóvil, envuelto en el polvo de oro del incipiente otoño, iba dejando atrás, por el camino monótono de la llanura, la geografía exquisita de mi país de libertad.
Casi al llegar, eclosionaron en mi pecho como puños maduros los sollozos. Pero no lloré. Y quizá fue esa mi última rebeldía.

Elsa Flores
Revista La Diligencia, Julio de 1961, Año II, Viajes 9, pp. 15-17

martes, 14 de junio de 2022

La que se casó con el encanto

Belén era una muchacha muy agraciada de rostro y de cuerpo que vivía cerca de la laguna de Tacarigua. Un día enfermó con fiebres y en sus delirios hablaba de un hombre de blanco que al pie de la cama le decía:
–Prepárate. Tú te vas conmigo. Nos vamos a casar.
–¿Y adónde me llevarás?
–Vamos a vivir en la laguna.
Semanas después la muchacha se alentó y fue al primer baile, en las fiestas patronales. Al día siguiente, al salir de la iglesia, sintió frío.
–Ahí está el hombre -le dijo a una amiga-, ahí, entre los árboles.
Pero la amiga nada vio.
Unos días después, una tarde en que hacía mucho calor, Belén y sus amigas fueron a bañarse al pozo del rio Capaya, que cae en la laguna de Tacarigua. Se desnudaron y se deslizaron en las aguas verdes y transparentes. Nadaron con el sol caliente brillándoles en el pelo. De repente, Belén desapareció. Fue como un susurro y una sombra debajo del agua. Nada más.
Las muchachas salieron temblando del pozo. Se vistieron a la carrera y con las ropas húmedas llegaron al pueblo:
–Belén desapareció en el pozo. Seguro que ha sido el encanto que se la ha llevado.
Nunca más se supo de Belén. La madre recorrió el río y la laguna lanzando sal a las aguas, pidiéndole al encanto que le devolviera a su hija. Pero todo fue en vano.
Meses después corrió una noticia extraordinaria: la madre había recibido carta de Belén. Era un papel verdoso y húmedo, como hecho de algas, pero en el que se leía con claridad. Belén se sentía feliz casada con el encanto. Vivía en el fondo de la laguna en una casa hecha de espumas, cabalgaba sobre guabinas doradas, se sentaba en asientos de culebras enrolladas y mandaba sobre las corrientes y las olas.
Pasó mucho tiempo sin noticias de Belén. Años después, un hermano suyo, pescador de mar, una tarde vio saltar un rojo pargo a la arena de la playa. Corrió y lo mató. Pues bien, cuando abrió el pescado, halló en su vientre un papelito doblado. Y en el papelito decía:
“Belén les manda saludos”.

Relato venezolano recogido por Juan Pablo Sojo.
En: Cuentos de lugares encantados.
Coedición latinoamericana.
Aique Grupo Editor, 1993.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Un cementerio original

Yendo de Córdoba hacia el antiguo convento de los Mercedarios, sobre la orilla derecha del río Primero, se nos ocurrió torcer por un atajo para visitar el arrabal de San Vicente.
Algo más que un arrabal de la docta ciudad, un pueblecito semejante a lo que son Flores, Belgrano y Barracas para Buenos Aires, eso es San Vicente. Como ellos, no surgió a consecuencia de la extensión de la ciudad, sino más bien como un conjunto aislado, que en el andar del tiempo ira soldándose a ella de una manera más digna de lo que hoy está.
En efecto, compóne San Vicente de dos barrios: el más vecino a Córdoba es un rancherío pobrísimo, pasado el cual se entra en la parte moderna, adelantada, de tendencias tanto más aristocráticas cuanto humilde es el rancherío.
Es, por otra parte, igual a cualquier barrio moderno de cualquier parte del país, pero tiene una nota sumamente pintoresca: el cementerio.
Traspone uno los umbrales de aquella mansión y desde el primer momento siéntese invadido por un hálito de paz y bienestar. Estamos en la casa de la muerte y, sin embargo, desearíamos permanecer en ella mucho tiempo; formulamos quizás, íntimamente, el deseo de dormir allí el último y más tranquilo de los sueños.
No existen en aquella necrópolis monumentos de esos que demuestran riqueza u opulencia, que impresionan por la delicada labor artística… En cambio hay allí algo tan humano y tierno que conmueve hasta las fibras más recónditas del alma.
Pasado el patio encuéntrase uno en una huerta, en un jardín de crucecitas multicolores: las hay blancas, rosadas, celestes, verdes, todas brillantes de limpieza, todas muy próximas unas a otras, como que allí entierran casi de pie a los muertos.
Es la parte dedicada a los niños: los pequeños inocentes descansan allí entre flores, unos vecinos a los otros, bajo la sombra de sus crucecitas que a lo lejos lucen también como flores.
Las coronas de flores artificiales desteñidas por la intemperie, el verde fresco del césped, los macizos de flores, sobre que se levantan las vistosas crucecitas, nos dicen que el amor a los que no existen tiene un templo en el corazón de los deudos que visitan y cuidan las sencillas tumbas. Pero, hay algo más: cada cruz lleva en su parte alta una cajita con tapa de vidrio dentro de la cual están guardados los juguetes que prefirió el pequeño.
Se ven allí muñequitas, lamparillas, caballitos, muñecos a caballo o en burrito, muñecas de porcelana, de celuloide y hasta de trapo. Ninguna tumba de niño carece de ellos; las pobres madres piensan seguramente que allá, entre los bienaventurados, ha de sonreír feliz su hijito al contemplar los objetos que alegraron sus juegos.

E. Correa Morales
Hojas Sueltas, págs. 158-159

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Lluvia

Como a pesar de la hora temprana sintiéramos primeras gotas sonaron de un modo opaco y precipitado.
Los nubarrones amontonados en el horizonte habían recubierto el cielo y, cuando el arreo en marcha volvía a la angostura del callejón, la calor, fue más bien un goce aquel tamborileo fresco. Algunos empezaron a acomodar sus ponchos; yo esperé.
La tierra se había puesto a despedir perfumes intensamente. El pasto y los cardos esperaban con pasión segura. El campo entero escuchaba.
Pronto, un nuevo crepitar de gotas alzó al ras de callejón una sutil polvareda. Parecía que nuestro camino se hubiese iluminado de un tenue resplandor.
Esa vez me acomode el “calamaco” preparándome a resistir el chubasco.
La lluvia se precipito interceptándonos el horizonte, los campos y hasta las cosas más cercanas. Los troperos se distribuyeron a lo largo de la novillada para cerrar de más cerca la marcha.
-¡Agua! –gritó Valerio entreverándose a pechadas entre los brutos.
Por mi parte me entretuve en sentir sobre mi cuerpo el cerrado martilleo de las gotas, preguntándome si el poncho me defendería de ellas. Mi chambergo sonaba hueco y pronto de sus bordes empezaron a formarse goteras. Para que estas no me cayeran en el pescuezo, requinté sobre la frente el ala, bajándola de atrás a fin de que el chorrito se me escurrieses por la espalda.
La primera reacción ante la lluvia, según más tarde pudo argumentar mi experiencia, es reír aunque muchas veces nada bueno traiga consigo la perspectiva de una mojadura.
Riendo, pues, aguanté aquel primer ataque. Pero tuve muy pronto que dejar de pensar en mí, porque la tropa, disgustada por aquel aguacero que los cegaba de frente, quería darle el anca y se hacía rebelde a la marcha. Como los demás, tuve que meterme entre ellos. Con los movimientos me di cuenta de que mi ponchito era corto, lo cual me proporciono el primer disgusto.
A la media hora, tenía las rodillas empapadas y las botas como aljibe.

Bajo la Lluvia de Luis Fernando Rodas Marroquin, 

Guatemala.

Empecé a sentir frío, aunque luchara aun ventajosamente con él. El pañuelo que llevaba al cuello ya no hacía de esponja y, tanto por el pecho como por el espinazo, sentí que me corrían dos huellitas de frío.
Así, pronto estuve hecho una sopa.
El viento que traíamos de cara arreció, haciendo más duro el castigo, y a pesar de que a su impulso el aire se volviéndose más despejado, no fue tanto el alivio como para que no deseáramos un próximo fin.
Acobardado miré a mis compañeros, pensando encontrar en ellos un eco de mis tribulaciones. ¿Sufrirían? En sus rostros indiferentes el agua resbalaba como sobre el ñandubay de los postes, y no parecían más heridos que el campo mismo.
El callejón que había sido una nota clara con relación a los prados, estaba lóbrego. Por delante de la tropa, la huella rebrillaba acerada; atrás todo iba quedando trillado por dos mil patas, cuyas pisadas sonaban en el barreal como masticación de rumiante. Los pasos de mi petizo resbalaban dando mayor molicie a su tranco. Por trechos la tierra dura parecía tan barnizada, que reflejaba el cielo un arroyo.
Dos horas pasé así, mirando el torno mío el campo hostil y bruñido.
Tiritaba continuamente, sacudido por violentos tirones musculares, y me decía que si fuera mujer lloraría desconsoladamente.
De pronto, una abertura se hizo en el cielo. La lluvia se desmenuzó en un sutil polvillo de agua y, como cediendo a mi angustioso deseo, un rayo de sol cayó sobre el campo, corrió quebrándose en los montes, perdiéndose en las hondonadas, encaramándose en las lomas.
Aquello fue el primer anuncio de mejora que, al cabo de una breve duda, vino a caer en benéfico derroche solar. Los postes, los alambrados, los cardos, lloraron de alegría. El cielo se hizo inmenso y la luz se calcó fuertemente sobre el llano.
Los novillos parecían haber vestido ropas nuevas, como nuestros caballos, y nosotros mismos habíamos perdido las arrugas, creadas por el calor y la fatiga, para ostentar una piel tirante y lustrada.
El sol pronto creo un vaho de evaporación sobre nuestras ropas. Me saqué el poncho, abrí mi blusa y mi camisa y me eché en la nuca el chambergo.
La tropa olfateando el campo se hizo más difícil de cuidar. Iniciamos algunas corridas arriesgando la costalada.
Una vida poderosa vibraba en todo y me sentí nuevo, fresco, capaz de sobrellevar todas las penurias que me impusiera la suerte.
Entretanto, la vitalidad sobrante quedo agazapada en nuestros cuerpos, y sin desparramarnos en inútiles bullangas, volvimos a caer en nuestro ritmo contenido y voluntarioso.
Caminar, caminar, caminar.

Ricardo Güiraldes
Hojas Sueltas, pág.. 48-51.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Murió Cambá

La fila marcha descubierta. Son los doscientos bravos que restaña a Cambá. Y con ellos camina por la selva. 
La piel extrañamente oscura del cacique se destaca entre los suyos, a su frente. Lleva los restos de sus indios de pelea por una ruta que no tendrá retorno. Él no admite el dominio del “dojchí” sobre sus tierras. Él, el más fuerte de los tobas. Él, que ha perdido sus tribus y sus territorios de monte y cielo, frente al Remington y al sable. 
Cambá siente que la rabia se la agolpa y desespera. Siente el estertor agónico del poderío de su raza y saja distancias en un gerundio de coraje. Es que tiene ante sus ojos, como si la hubiera contemplado, la lanza de Yaloschi, fusilado poco antes, prisionero de Fotheringham. Esa lanza que ahora está clavada en la plaza inaugural de Roca, con la bandera de la tropa izada en ella. Como galardón de triunfo. Como vértice de empuje. Para escarnio de los suyos y befa de sus glorias que hoy no son. 
Él ya no sería, por los tiempos de los tiempos, el aliado de Leoncito y de los otros en su lucha contra los blancos… De esos otros tan dispersos o tan muertos en las selvas y en los ríos. O en su acatamiento sumisivo hacia el “cristiano”. Y una excrecencia oscura se le sube por la vida mostrándole que está de más; que ya la fuerza altiva que le dio poder y nombre se encorseta y cede ante una metamorfosis que no entiende. Entonces marcha por la selva con la mirada roja y con su piel oscura por un camino que no tendrá retorno. 
Él no puede ser sumiso. Ni rodarse a un yugo de vileza hipócrita. Un yugo que le sorberá la sangre y le volverá un virtual esclavo. Con los suyos. Con los que no saben del tributo del acatamiento y sí de la existencia nómade bajo los toldos de ramazón y paja por las distancias del Gran Chaco. 
Es por eso, también, que no hay sigilo en esta marcha. Su espíritu irredente, su cónclave feroz, anima a todos. Lleva empuñada esa lanza que blande y es un ímpetu impaciente el que le exalta. Es atávico su empuje. Es una protesta plural la que lo esgrime; un plagio de potencia antigua contra el conjuro do todas esas fuerzas invisibles desplomadas sobre las naciones indias. Siente su majestad roída y se apresta y urge para lanzar sus restos a una lid última que ensalzarán los tiempos. En eso cree. En el presente. En el remedo que le hará vivir las glorias viejas llevadas en la sangre. Y en los músculos. Como un tatuaje imperceptible. Capilarizado… 
Rápidamente lo descubre Carayá, entonces. Ese cacique sometido que ahora sirve de baqueano. (Él y otros seis de los que son su gente). Los descubre y da el alerta. Pero la tropa sabe ya de aquella guerra y forma un cuadro, aprestándose a una lucha que esperan y presienten. Son treinta hombres. Treinta únicos hombres bajo las órdenes del Capitán Rosendo Fraga y dos tenientes, acampados juntos al frescor de una laguna y en un abra cercada por la espesura de impenetrable bosque. Es un callejón recóndito, sin salida frente a una suerte adversa. Pero nadie piensa en ella y alzan también su acopio de bravura y de experiencia como un emerjo de soberbia. Entonces el bosque se estremece. Un aturdir de gritos de pelea revienta entre los árboles y arden sus hojas los estampidos secos del fusil de chispa, ese que el indio tiene en su comercio con el paraguayo metido entre los toldos. O el renegado blanco, ese que vive sin alma y sin escrúpulos. 
Es la selva misma la que vomita ese torrente de ferocidad masiva. Porque esta vez el indio no se parapeta en la maraña sino que acomete a cara descubierta, también a flecha y lanza. Buscando un cuerpo a cuerpo definitorio y rápido. Surge de la espesura y arremete como a la vieja usanza. Desnudos unos, como acostumbran entrar en la pelea (y otros bajo sus ponchos), prietan su impulso y han olvidado que el temor existe. Pero la tropa barda sus posiciones con el fuego de sus carabinas Remington y es una macabra sucesión de muerte la que arroja por delante. El abra se pone roja y es un quejido de la tierra misma el que cruza el aire.
Cambá destaca su figura entre los suyos. Umbilicado con la furia misma, clama y lo exhorta en el avance. Apura el inexperto tiro de sus fusileros y arenga entre improperios cada carga. Desespera en ellas y consigue la peligrosa cercanía donde el número le dará una pauta de victoria. Pero su figura es alta y se destaca. El color distinto de es piel oscura y el denuedo que lo exalta forman un distintivo perfectamente descifrado. Y la tropa lo reconoce. Dirige la quemarropa de sus fuegos y una bala incrusta su boquete rojo. Es una puerta cárdena por donde se escapan los vigores de aquel cuerpo, pero no su espíritu. Él ya lo sabía. Y llama la bravura de los suyos para que sigan con la lucha. Quiere el desborde de aquel puñado de valientes, pero ahora la indiada, viéndole caído, ha perdido su coraje. Desorientada, irresoluta, solo atina a retirar a sus muertos y a intentar la defensa del cuerpo del cacique. Allí, caído frente a la tropa. A pocos pasos de ella. Debilitado por la sangre que se escapa. Borbotando sus espumajos de impotencia. Alzándose soberbio contra la mano alargada de la muerte. 
Mas las descargas se sucede y el aliento del herido se va quedando solo. Es un trofeo macabro el de ese cuerpo y enciende la codicia. Entonces Luna, el cabo Luna, rompe la formación y avanza. Cae sobre el cacique cuchillo en mano y una y otra vez lo incrusta en la carne que ya no puede defenderse. Bestialmente. Ansiosamente. Con esa final crueldad que la naturaleza pone en los instintos cuando afloran y hay excusa. Así, cuando su exaltación en guerra vindica la ausencia de sus límites. Y Luna, el cabo Luna, toma ya le cuerpo sin vida y de un solo tajo le cercena la cabeza. Pero eso no le basta. Siente que debe completar el triunfo y ahora toma la lanza del cacique y en ella clava su trofeo, blandiéndola en el aire y goteándose la sangre que aún destila. Es un danzar salvaje el que ejecuta cuando pasea su lauro horroroso por el campo. Entre el clamor alegre de la tropa y el silencio de la indiada que allá, entre los árboles, se dispersa para siempre. 
Toda la esencia misma de la raza se estremece. Está vencida ya, se esconde y queja en el olvido de los bosques. También la tempestad que se avecina grita en la luz de una descarga eléctrica la muerte de Cambá, el más altivo y más feroz de los caciques tobas. 
Y los tiempos sabrán que esto sucede el siete de diciembre de mil ochocientos ochenta y cuatro. Aquí, en la Línea del Bermejo y en las tierras del Chaco. 

Ricardo Ríos Ortiz.

viernes, 24 de julio de 2020

Te cantaré para que duermas

Te cantaré para que duermas, amor,
para que descanses en paz.
Yo sé que escucharás mi canto,
en voz muy baja,
tan solo audible para vos.
Estás tan lejos y tan cerca.
No sé ni el nombre ni el lugar.
¿Será un oasis, una selva, una ciudad?
¿Por donde irás con las respuestas a las
preguntas que no te pude preguntar?
No sé por qué cuando te pienso
se me pone tan loca la ansiedad.
Es como si te aguardara todavía
y como si estuvieras por llegar.

Me parece que entrás; que tus pasos cruzan el corredor, que llegan al cuarto, se detienen junto a mi lado de la cama y, mientras yo me incorporo para recibirte, tus brazos me estrechan contra tu pecho, y los latidos de tu corazón hacen un dúo de ritmo acompasado con los latidos de mi corazón.
Pero abro los ojos y estoy sola.
Ni tu olor ha quedado en el aire que me pesa, que yo embarullo con el perfume de una rosa que se va abriendo entre las fotos, encima de la cómoda.
Fotos donde tu mano se posa en mi rodilla, sentados con el mar atrás y tu sonrisa avanza.
La de tu último cumpleaños con los amigos rodeándonos. y aquella de tus tres años: un nene con el tapadito cerrado con doble hilera de botones y un conejito blanco relleno de estopa, que se te perdió en una tarde de compras con tu mamá en Gath & Chaves.
Cuando te despedimos, amor, lloramos por el hombre que se iba sin regreso. Y lloramos (algunos sin saberlo), por el nenito con el conejo blanco y la carita asombrada de nuevo explorador de vida...
Ay! ¿Por qué, cuatro años antes de llegar al 2000?
Vas a perderte tantas cosas: los festejos del fin del siglo, del fin del segundo milenio, la pirotecnia del recibimiento del Tercer Milenio.
No lo viste a Alan disfrazado de pirata en su cuarto cumpleaños, ni París en septiembre ya casi totalmente programado, ni las pirámides de Egipto con sus ondas energéticas. Ni "Casablanca" por décima vez por un canal de cable. Ni a Vargas Llosa, que publicó Los cuadernos de Rigoberto y vino a la Argentina, ¡cómo te habría gustado leer esta continuación de aquel impresionante Elogio de la madrastra, que te maravilló!
Uso tus jeans azules. Mandé acortar las mangas de tu saco de tweed. Y el sastre me dijo que con tres toques me va a quedar tu traje gris.
Se secaron todas las plantas del balcón cerrado del living. Ni bien partiste. Todas, las chicas y las que estaban desde hace años.
Alguien me dijo que las plantas extrañan.
Te extrañaron, amor.
Todavía no fui a comprar otras, no tuve ganas, no quiero ir sola...
¿Y si a las nuevas las ahoga la tristeza que todavía flota por la casa como un fantasma transparente que da vueltas y vueltas, incansable bailarín de valsecito melancólico?
Me puse tu pulóver de rombos para la misa del Pilar.
Si, te llevo a misa, amor: seguimos yendo juntos, como antes.
Y le pregunto a Dios si El no hubiera podido...
Pero no sé si quiero escuchar su respuesta.
Le pido, le ruego que Él te cuide.
Que no te suelte la mano.
Que no apague la luz de la estrella secreta que mirábamos a veces, a las diez de la noche, y que ahora es nuestro punto de reunión.
Le suplico que te dé paz, que borre de mi recuerdo todas las cosas tristes y me deje intactos los flashes de ternura y de alegría, para que no me asalte la desesperación.
Aquí estoy, amor.
No te dejaré solo.
Nada es lo mismo ahora.
Quiero que sepas que, pase lo que pase, andarás en los caminos de mis pensamientos.
Y aunque mi vida cambie, aunque el rompecabezas se arme de otra manera, todas las noches te cantaré para que duermas...
Para que duermas con tu gesto entregado, con la expresión de niño abrazando el conejito blanco que el sueño te ponía en el rostro.
Si, te cantaré para que duermas, amor.
Poldy Bird

jueves, 26 de marzo de 2020

La hermosura

Aquella delicada rosa blanca había florecido al borde del lago de transparentes aguas, donde bajan, de noche, a bañarse las estrellas… 
-Parece que no es usted feliz. -dijo un día a la flor una náyade de ojos verdes y áureos cabellos, al notar su palidez. 
-Verdad. -contesto la rosa, exhalando un suspiro. 
-¡Vamos!... apuesto a que está usted enamorada. 
-¿A qué ocultarlo? Amo a un blanco lucero que viene a rondar todas las noches estrelladas mi rosal, sin que se atreva a posarse en mis pétalos… 
-¿Un lucero? ¿no será un cocuyo? 
-No es un cocuyo, señora náyade, sino un lucero muy hermoso desprendido de esa constelación que como sarta de fúlgidos diamantes, vemos brillar en la negra cabellera de la noche… ¡Ay de mí! ¡Y no poder decirle que le amo; sin duda está enamorado de otra flor y esa sospecha me hace sufrir mucho…! ¿No ve usted que descolorida estoy? 
-No comprendo, siendo usted tan hermosa, como es tan desgraciada. 
-¿No ha leído usted a la Coronado? 
-No leo nunca. 
-Pues esa señora dice que es una desdicha nacer hermosa, y tiene razón. Para la hermosa se han tejido, con sutilísimas hebras de luz, las redes de la seducción y del engaño; para ella aguza en las sombras su puñal la envidia; todas las desdichadas que arrastran sus blancas alas de ángel por el fango son hermosas. En este mismo campo habrá visto usted perseguir a las mariposas más lindas, para ser atravesadas con agudos alfileres de oro, expiando así el delito de haber nacido hermosa. Yo misma presiento mi próximo fin de regio búcaro, lejos de mi rosal amado… 
¡Pero eso es terrible! 
-No lo sabe usted bien, señora náyade; en la hermosura es en lo que se ceba más la maledicencia. Todo ese ejercito de alados insectos y brillantes uniformes que me corteja desde que nace la aurora hasta que muere el sol, se venga de mis desdenes, calumniándome y vanagloriándose de favores no concedidos. Esas campánulas azules que crecen junto al rosal, me llaman orgullosa y fatua, porque las ofende mi hermosura; la brisa me trae sus cuchicheos y más de una vez he deseado morir al verme objeto de sus crueles mofas… 
-Pues la compadezco a usted. –dijo la náyade, acariciando a la flor. 
-Gracias… ¡Ah! Créame usted la hermosura es una verdadera desdicha. 
-Y no tiene esperanza de que por fin el lucero…? 
-Ya he dicho a usted que no tardaré en ser arrancada del tallo para consumirme en dorado búcaro… ¡si al menos me dejaron morir en mi rosal, envuelta en rayos de sol! Pero soy demasiado hermosa para que tengan lástima de mí. Confiese usted, señora náyade, que la Coronado tiene razón. También para la mujer es una desdicha nacer bella. 
Dios, en sus inescrutables designos, ha querido que las rosas fuéramos la imagen fiel de la hermosura femenina… 
-¿Por qué? –preguntó sorprendido la náyade. 
-Porque como ella, en el palacio o en la choza vivimos rodeadas de espinas en el rosal.

Casimiro Prieto
Estudiante Argentino, pág. 112

domingo, 15 de diciembre de 2019

José Gabriel Brochero

(Canónigo de la Catedral de Córdoba) 
Después de los trabajos que había realizado, Brochero se consagró enteramente a moralizar el vecindario, llevando a todas partes la doctrina cristiana, procurando que su ejemplo precediera a su palabra, que la profesaran en acción y practicándola conocieran sus preceptos. 
Existía entonces un bandido terrible que moraba en las quebradas profundas o en los bosques espesos. Inútiles habían sido para su captura todas las diligencias de la Policía. 
Un día salió Brochero en dirección al punto en que se hallaba. Montó tranquilamente en mula, y sin comunicar a nadie su pensamiento partió solo al lugar indicado. 
Encontró a un hombre recostado en el suelo y el caballo que montaba a poca distancia. No manifestó la menor señal de alarma al verlo aproximarse, y conservo la misma actitud con impasibilidad estoica. 
Brochero, después de saludarlo y conversar un momento, le dijo: -“Amigo, vengo a convidarlo para que vamos a los ejercicios.” 
El gaucho se levanta entonces y le dirige brutales insultos acompañados de horribles amenazas. Brochero saca una imagen de Cristo que lleva siempre bajo su sotana y enseñándosela le responde: -“Yo no soy, amigo el que viene a convidarlo; es éste. ¿A qué no lo insulta?” movido por este original recurso, el bárbaro paisano, tan colérico al principio, se presta entonces a conversar con él, y concluye aceptando la invitación de concurrir a los ejercicios. Hoy es un vecino honrado y un esposo irreprochable. 
Había un individuo que vivía perpetuamente ebrio, haciendo la desgracia de una familia numerosa, que iba acercándose a las puertas de la miseria. 
Todos los medios que la imaginación aguzada por la necesidad puede sugerir, se habían tentado para despojarlo del vicio. Todos los esfuerzos habían sido infructuosos. 
Una vez la dice Brochero –Vea, don N: ¿quiere que hagamos un trato? 
- Señor, como usted mande hay ser. 
- Bueno; usted se va a comprometer a no tomar ni un traguito de licor durante dos años, y yo tampoco voy a tomar ni un chiquito de dulce ni un poquito de bebida 
- ¡Vaya! -¿quiere qué hagamos este convenio? 
- No, señor, no me animo. 
- Pero, hombre, vea que yo también me voy a embromar. 
El paisano se queda pensando un momento y al fin responde. 
- Está bien, señor. 
Desde este día, en el tiempo determinado, no se vio a ninguno de los dos infringir lo pactado, y desde esa época el ebrio consuetudinario ha olvidado para siempre su vicio, y vive contraído a su familia y a sus intereses. 
Serían innumerables los actos de este género que pudiera referir, pero bastante los mencionados para mostrar el sacrificio, las privaciones, el peligro, las fatigas y los dolores que con gusto soporta Brochero, para conseguir el bien que se propone. 
Esto se llama practicar la virtud cristiana de la que los pueblos mucho necesitan. 
Hay un acto en la vida de Brochero, que ni puedo dejar que pase en silencio. 
Guayama, el heredero de las tradiciones de Quiroga y Chacho a la cabeza de sus montoneros andaba sublevado en los Llanos de la Rioja, saqueando las poblaciones, que mantenía en constante alarma, y haciendo sentir su acción vandálica hasta en los departamentos de la Sierra. 
Brochero se propuso desarmarlo y hacerlo entrar en la vida civilizada, de trabajo y de sosiego. 
Se dirigió a la provincia de la Rioja en busca del célebre caudillo y vago varios días por esos desiertos, sin más compañía que su propio pensamiento. 
De Guayama no adquiría noticias. – Encontraba sus gauchos, les interrogaba por su jefe, y todos guardaban misterioso secreto del sitio en que se hallaba; pero Brochero persistía en su propósito y seguía por campos despoblados y caminos intransitables en sus laudables correrías. 
Por fin un día encontró a un amigo suyo, que servía a las órdenes de Guayama y era persona de su confianza. Este le prometió conducirlo delante del caudillo, pero después de prevenírselo y recabar su consentimiento. 
Guayama, informado del objeto de la visita de Brochero accedió a darle una cita en un bosque espesísimo e impenetrable. El cura fue puntual y el montonero no concurrió. Desconfiaba profundamente de este amigo oficios, que se le ofrecía, y creía que bajo la capa humilde de un sacerdote se le ocultaría una celada. 
Brochero insistió no obstante y Guayama volvió a repetir la cita. El primero asistió acompañado del amigo que le servía de intermediario, y nuevamente no encontraron al segundo. Brochero quedó en el lugar señalado y su compañero comenzó a reconocer las inmediaciones. Como a las dos cuadras encontró a Guayama que con atenta vista seguía todos sus movimientos. 
Allí en ese punto, el virtuoso cura y el semibárbaro de los Llanos, último vástago del individualismo brutal de nuestros campos, tuvieron una larga conferencia, abandonándose en íntima y franca conversación. 
Brochero lo exhorto a que abandonara esa vida andariega y aventurera que llevaba y se contrajera por entero al trabajo. Le prometió entregarle una estancia con numerosa hacienda, dándole una fuerte participación en sus productos, lo que conseguiría de un acaudalado propietario de su departamento, y le ofreció pagarle todas sus deudas y darle un indulto del Gobierno Nacional. 
Guayama aceptó esta proposición, exigiéndole, sobre todo, el cumplimiento de su última promesa, que el doctor Juárez Celma se encargó de solicitar del Gobierno de la Nación. 
El general Roca respondió que por parte del Gobierno Nacional no se le molestaría, pero que esto mismo no podía asegurarle respecto a la acción común que podía entablarse ante los tribunales ordinarios. 
Brochero volvió a ver a Guayama, pero este no tuvo valor para dejar su vida de pillaje sin obtener completas y absolutas garantías contra el fallo justiciero de las leyes. 
Sin embargo, sus gauchos no se hicieron sentir más en San Alberto y él se vio luego en una cárcel hasta sufrir el fin trágico que todos conocemos. 

Ramón J. Cárcano. 
“El Estudiante Argentino” Pág. 51-54

sábado, 23 de noviembre de 2019

La letra a

Un porotito con una colita, esta es la letra a, ¿te gusta? ¿Te gusta, mamá?
Y enseguida tu risita de triunfo, de qué lindo, de nena feliz.
Tu mano de nena de cuatro años encaramada sobre una gran mesa había dibujado la a.
La a de mamá, de papá, de pan, la a de ja ja. La a de las cosas lindas, del buen tiempo, del ángel de la guarda cuidándonos la espalda.
¿Por qué será que en esos momentos, en vez de ser feliz, de ponerme contenta u orgullosa, se me da por llorar?
Te acaricié el flequillo y me quedé muy seria.
—¿No te gustó, mamita?
—Sí, me gustó. ¡Viva la nena gorda que escribió una a!
Pero no me gustó.
La “a” en el papel es la puerta redonda por donde comienza a escaparse la infancia.
Y por donde empieza a entrar mi miedo. Ahora tú eres mi reloj, y las horas pasan muy rápidamente.
Ayer nomás, tus manos manoteaban un sonajero, y hoy marcan los segundos con un lápiz, con la acuarela que mancha tu delantal blanco y rosa del Jardín de Infantes, con el signo de interrogación de tus preguntas interminables.
Ahora tú conoces la letra a y muy pronto abrirás su puerta para conocer las demás letras; llenarás un cuaderno, separarás las estrellas en sus diferentes constelaciones, y las palabras dejarán de ser “dibujitos” para convertirse en algo con un significado riguroso. (¡Oh... todo está anotado en los diccionarios!).
Tú eres mi reloj, quédate quieta.
No, no dejes pasar los segundos porque ellos se devoran los minutos, las horas, los días, los meses...
Quiero que detengas el tiempo en esta hora, que sean hoy las dos y media de la tarde, 14 de mayo de 1967 para siempre.
Con este sol y esta ventana abierta y esta paz de domingo. Y con este cansancio divertido de haber dado unas vueltas a la ronda los tres tomados de la mano: tú, papá y yo.
Porque con estas cosas yo recupero al ángel, vuelvo a vivir aquello que fue breve, me asombro con tu asombro, digo tus versos escolares, canto tus mismos cantos, y soy tú y soy yo, las dos al mismo tiempo: una nenita Poldy y una nena Verónica que crece muy aprisa.
Es difícil ser madre, saber qué hay que decirte, saber qué hay que callar, saber qué es lo que quieres que te diga.
Haber sufrido tanto, haber mirado la vida y el mundo hurgando en los rincones, buscando en las hendijas para saberlo todo, para saber qué flores tienen espinas, qué barro es el que mancha irremediablemente, qué fuego es el que quema y qué fuego el que limpia...
Haber sufrido tanto... haber buscado tanto... haber aprendido tanto... para llegar a saber que cada uno tiene que labrar su propia experiencia, que mis lágrimas no evitarán las tuyas, que mi dolor no servirá de barrera a los dolores que te aguardan y que, aunque yo te ame, aunque yo sepa cuál es el camino que debes elegir para ser dichosa y para realizarte, tengo que aprender a callar, a apartarme, a dejar que seas tú misma la que lo encuentres, aunque antes te equivoques y te golpees muchas veces.
Es difícil ser madre... saber qué hay que decirte... saber qué hay que callar... saber qué es lo que quieres que te diga.
Hasta hoy, todo me había parecido fácil: tenerte dando vueltas a mi alrededor, sentir que me necesitas tanto, que no te gusta que salga, que me vaya, que te falte un instante; que la comida “más rica” es la que comes de la cuchara que sostiene mi mano, las historias que te fascinan son las que te cuento, y tu bracito apoyado en mi brazo te hace sentir segura, protegida, abrigada.
Hasta ahora todo fue fácil: abrazarte, apretarte contra mí y saber que así nada podría ocurrirte.
Nada puede ocurrirte apretada en mis brazos mientras eres pollito bajo el ala materna.
Pero la letra “a” tiene una puerta redonda por donde los chicos empiezan a escaparse de la infancia. Y esa puerta da a un mundo. Y en ese mundo hay rostros y luces y espejismos y tanto más...
Te prometo no encadenarte, hija. Ir buscando las fuerzas, como el pájaro busca las pajillas para hacer su nido.
Ir buscando las fuerzas que me obliguen a dejarte vivir tu propia vida.
Creo que eso es lo más difícil de ser madre: saber dejar a fondo el ancla de nuestro fuerte barco, mientras el velerito nuevo, que parece tan débil, tan frágil y vulnerable, se va... se va quién sabe adónde a enfrentar qué tormentas, a ganar qué batallas... o a perderlas.
—Un porotito con una colita, esta es la letra “a”, ¿te gusta, mamita?
Me lo vas a preguntar cien veces, como todas las cosas que preguntas.
Y yo cien veces voy a tratar de sonreír al contestarte:
—Sí, me gusta...
Pero vamos, vamos, mi nena.
Vamos a usar todo este domingo, a comprar un globo colorado, un chupetín, un molinillo, a dar vueltas en la calesita, a reírnos, reírnos... reírnos... a zarandear al ángel hasta dejarlo cansado.

Poldy Bird
En "Cuentos para Verónica"

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Otra vez los Reyes Magos

¿Por qué no se lo conté a nadie todavía, yo que todo lo cuento, que todo lo pongo boca arriba sobre la mesa porque los secretos se me vuelan como mariposas?
No, no dije que el año pasado, cuando me preguntaste si Papá Noel y los Reyes magos eran de verdad… te dije que sí y que no… que hace muchos, muchos años existieron, pero ahora se conservaba el recuerdo y se dejaba correr como agua de una fuente esa mentira linda de que “pasan los Reyes, o que Papá Noel llegará en su trineo”.
- Entonces ¿los regalos los compran papá y vos?
- Sí.
- ¿Y el pasto que se comen los camellos y el agua que se toman… eh?
- Papá le echa el agua a las macetas y el pasto lo tiramos al incinerador.
- ¿Cuándo vos eras chica creías en los Reyes Magos y en Papá Noel?
- ¡Claro que creía!, y cuando supe la verdad no se lo dije a nadie porque tenía miedo a que no me pusieran nunca más regalos en los zapatos.
- Claro… vos te pusiste a mentir como mienten los grandes…
Como mienten los grandes. A veces para destruir, a veces para defenderse, a veces para no llegar al final de los caminos. Fuimos a comprar los regalos, tuvimos unas alegres fiestas pero después me quedó la nostalgia de los zapatos puestos en el balcón... y la sorpresa, y el balde con agua, y el pasto, y los terrones azúcar para los camellos cansados de viajes tan enormes…
Y los Reyes Magos, cabalgando en la noche transparente, esquivando luceros y estrellas de topacio pinchando el aire tibio con las puntas de sus coronas. Los Reyes que de tanto quererlos una vez me parecieron verlos huyendo para que mis ojos no los tocaran.
¿Y quién puede decir que en realidad no existen?
¿Y quién puede afirmar que sean absolutamente de mentira?
Aquella vez, como pájaros oscuros en sus coronas de luz…, hendiendo una nube gris…, haciendo el ruido de un papel que roza la mano…, aquella vez los vi casi podría jurarlo.
¿Por qué no le conté a nadie que te dije que Papá Noel y Los Reyes Magos no traen los regalos de diciembre y enero?
¿Para qué? Para que no pensarás que estás creciendo, para que no dijeran “ya va siendo grande” para conservarte chiquita, y enteramente mía detenida en el tiempo, en la inocencia...
O tal vez para que los demás no se dieran cuenta de que... de que yo no creo que los reyes magos no existen...
De veras, gorda mía, creyendo que mentía, al decir que no creía ya, mantenía en alto una verdad.
Por eso este año, vamos a hacer una cosa entre las dos: le vamos a escribir una carta a los reyes, en papel de luna, con tinta de mar, con letras de hormigas que saben marchar. Melchor, mucho gusto, ¿Qué dice Gaspar? Una reverencia para Baltasar... Y también vamos a poner los zapatos en el balcón, bien lustrados, y el balde con agua y la parva de pasto y los terrones de azúcar, y yo te voy a comprar un regalo que ni te imaginas y vos otro a mí que yo no sepa, y las dos a papá, y papá a vos y a mí. Y a la mañana correremos los tres descalzos a mirar con asombro los papeles estampados, las cintas de colores, los zapatos sonrientes de los seis de enero, inflados de orgullo.
¿Dale que si?
¿Dale que las dos creemos en los Reyes Magos para siempre?
¿Dale que jamás en la vida, prometido y jurado y recontra jurado nunca nos vamos a olvidar de poner los zapatos y escribir la carta y todo eso?
Dale que cuando alguien nos diga que los Reyes Magos no existen,nos vamos a mirar sin decir nada con la boca, pero diciéndonos con los ojos “no sabe nada pobre
Dale que vamos a vivir esta mentirita, pero no como mienten los grandes, sino ¿cómo mienten los chicos cuando dicen que el abuelo le sacó un colmillo al vampiro?
Dale... total si se dice que las "guerras son inevitables", que "ayudarse a uno no conduce a nada, porque el problema es un problema de fondo, social, y que solamente el estado puede resolverlo todo junto", si se dicen tantas mentiras que hacen sangrar al universo... que tiene de malo una mentira con latidos azules y capas de satín y coronas de peces luminosos... y un abrazo muy fuerte en la mañana de los Reyes, un abrazo en donde apretemos, entre las dos, a los Reyes Magos.

Nuevos Cuentos para Verónica
Poldy Bird

miércoles, 23 de octubre de 2019

El manantial

En un caluroso día de verano, tres viajeros se reunieron junto a un fresco manantial. 
Este se encontraba al lado del camino; rodeábanle algunos árboles y fino y húmedo césped; el agua, pura como una lágrima, caía en un recipiente naturalmente hecho en la piedra, luego se vertía para esparcirse por la pradera. 
Los viajeros descansaron a la sombra de aquellos árboles y bebieron agua del manantial. 
Junto a él vieron una piedra sobre la que se leían estas palabras: 
“Pareceos a este manantial.” 
Los peregrinos leyeron la inscripción; después se preguntaron su significado. 
-Es buen consejo, -dijo uno de ellos, comerciante- El arroyo corre sin cesar, va lejos, recibe agua de otros y se hace un gran río. Así, el hombre debe imitarle ocupándose de sus asuntos, y siempre triunfará y conseguirá riquezas. 
-No, -dijo el segundo viajero, un joven.- A mi entender, esa inscripción significa que el hombre debe preservar su alma de los malos instintos, de los deseos malos; su alma debe estar tan pura como el agua de este manantial. Actualmente, esta agua da fuerza a los que, como nosotros, se detienen para beber; si hubiese atravesado el universo, si el agua estuviera turbia, ¿qué utilidad tendría? ¿quién la querría beber? 
El tercer viajero, que era anciano, sonrió y dijo: 
-Este joven tiene razón. El manantial, dando de beber a los sedientes, enseña al hombre a practicar el bien indistintamente, sin esperar recompensas, sin contar con el agradecimiento. 

Tolstoy 
“El Adulto” pág. 47-48

lunes, 21 de octubre de 2019

Mi día de la madre

Desde que yo me acuerdo, para mí el día de la madre siempre fue comprar un ramo de flores y llevarlo al cementerio. Las tres hermanitas vestidas iguales, frente a la tumba, rezando un padre nuestro, un avemaría y un gloria, persignándonos, y luego espiando el sol, que se descolgaba entre el grave follaje. Mirar las calas, los lirios tan tristes, en otras sepulturas, y volver a detener los ojos en las alverjillas rosadas que tanto le gustaban a mi madre.
También le gustaban los aromos y las rosas –eso nos decían siempre–.
Los otros chicos compraban cosas menos líricas: bombones, planchas, adornos para la casa, un corte de género. Cosas que no se marchitaban enseguida, cosas con menos color y sin el perfume de nuestras flores, pero que eran entregadas a dos manos tibias, inquietas, embarullándose de ansiedad al desatar los moños del paquete.
Dos manos y enseguida una voz haciendo una exclamación de sorpresa. Y después de la voz los ojos, un par de ojos brillantes, orgullosos, húmedos...
A mí me gustaban más las alverjillas que las planchas, pero hubiera querido tener una madre en el día de la madre, aunque hubiese tenido que regalarle una plancha.
Después, las tres crecimos. Ya no íbamos vestidas iguales ni juntas a llevar las flores de octubre. Y los años me borraron la costumbre de hacerlo, ¡me ponen tan tristes los cementerios! Hasta el año pasado también me ponían triste los días de la madre.
Hasta el año pasado... porque este año fue distinto.
En el papelito que Verónica trajo de la escuela decía que el sábado nos reunirían a las madres de todos los alumnos a las cinco de la tarde. Habría un té y cada una debía llevar algo.
Yo compré unos sándwiches y le puse a Verónica su hebilla blanca en el pelo. Estaba contenta, anhelante.
—Hicimos un regalo —me dijo—, una sorpresa.
—¿Qué es?
—Un paquete con una tarjeta.
—¿Y adentro?
—Es un secreto, no se puede decir...
Me asombré de que pudiera callar. Me asombré, yo que nunca puedo guardar un regalo para entregarlo el día establecido porque la ansiedad de darlo me consume.
De la mano, las dos entramos en el aula de Jardín de Infantes. Ya había otras madres y otros chicos. Ya había un barullo de voces infantiles entremezcladas con el cotorreo de las mujeres.
Las maestras repartían las masas y las tortas; los niños corrían de un lado para otro, comentando que “arriba” darían dibujitos animados con un proyector de cine. De pronto, los alumnos fueron llamados por la directora y subieron la escalera al trotecito; al rato empezaron a bajar. Los más chiquitos primero. Las mejillas coloradas, los delantales almidonados, una caja forrada de rosa sostenida por manitas regordetas y blandas.
Cada uno se acercó a su mamá y le tendió la ofrenda.
Mi Verónica me la entregó con los ojos azorados, la respiración entrecortada, conteniéndose para no darle un manotazo a la cinta brillante que adornaba la tarjeta.
—Es para vos —me dijo—, abrilo.
Destapé la caja y un montón de bombones dudosamente redondos, dudosamente perfectos, recubiertos con una fina ralladura de chocolate y metidos en delicadas corolas de papel plisado, me llenaron los ojos.
—Los hice yo, con mis manos, así... como cuando juego con plastilina...
Ella, con sus manos regordetas, con sus manos con las uñas casi siempre sucias de arena, de tierra, de acuarela.
—Comelos —exigió.
Me puse uno en la boca. Dulce. Mastiqué despacio. Dulce. Dulce hasta que se encontró con mis lágrimas en la mitad de la garganta. Y lo tragué junto con ellas. Porque no podía llorar allí.
Porque no podía agradecer su primer regalo con ese llanto que me inundaba toda.
Entonces sonreí y la abracé, la besé, le acomodé el flequillo –por hacer algo– y la tuve un rato sentada sobre mis rodillas.
La imaginé amasando los bombones, dándoles esa forma redonda, simple, elemental.
La imaginé guardando el secreto, esperando el momento de poder revelarlo. Y se me pusieron tibias la sangre y la esperanza.
Después del té, después del Pato Donald y no sé qué otros bichos haciendo disparates en la pantalla blanca, regresamos a casa.
Regresamos tres: Verónica, la caja de bombones y yo.
Todavía no era domingo, pero para mí ya había sido el día de la madre.
Un día con sol, con campanas, repleto de amor y de ternura.
Acabo de comerme el último bombón.
Los hice durar. No convidé a nadie.
Eran para mí, todos, todos.
Para mí sola.
Bombones, secreto, sorpresa y dos manos gordas amasando. Y yo tragándome mis primeras lágrimas de felicidad en el día de la madre.
Yo dentro de ella, de mi hija, bajando la escalera de la escuela con la caja forrada de rosa.
Yo bajando en ella la escalera, entregando el regalo y esperando, sin aliento, que mi mamá lo abriera, me abrazara y me besara.
Yo reviviendo en ella, resucitando en ella, rescatando en ella lo que perdí, apropiándome de lo que no tuve.
Ah... si a los hijos una nunca termina de agradecerles todo lo que nos dan: esa maravillosa posibilidad de volver a ser desde el principio, de recrearnos de nuevo, de regresar hacia atrás y encaminarnos siguiendo su ritmo, esgrimiendo su asombro y encontrando en nosotros, adentro de nosotros hasta... hasta la madre que perdimos.

Cuentos para Verónica
Poldy Bird