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miércoles, 14 de diciembre de 2022

El lado de afuera

El repiqueteo de una lluvia tenaz e intensa llenó el incómodo silencio. El hombre sentado frente a mi se revolvió inquieto en su asiento. Un estremecimiento, aunque no de frío, me recorrió entero; constituía sin duda una notable experiencia el tener escritorio por medio a un asesino de verdad. Me sentía emocionado y feliz; este hombre, que había terminado con la vida de otro hombre. no era producto de una idea ni la resultante de mi condición de autor de novelas policiales. Era algo real, tangible, presente. Esas manos —dedos largos, delicados, casi femeninos— habían ejecutado un determinado acto suprimiendo una vida; al imperio de su voluntad —momento cumbre de la decisión—. otro hombre había dejado de “ser”.
El desconocido clavó en mí sus ojitos, hundidos en las cuencas y movió su bigote con nervioso gesto de ratón.
—Se ha quedado callado —afirmó con voz grave.
Sonreí a medias.
—No es para menos. Considere mi situación. Usted se presenta en mi casa en una noche lluviosa y fría, tal como debe ser en todo cuento de misterio, y sin mediar presentación, apenas si una leve inclinación de cabeza, me suelta esta frasecita: “Acabo de matar a alguien”. No es precisamente una cosa que se ande contando por ahí, o a la que se otorgue mucha publicidad. Forzosamente tengo que pensar que se trata de una broma de mal gusto o que estoy frente a un...
El hombrecito suspiró:
—Sí. comprendo. Quiere decir frente a un loco. Pero se equivoca usted en los dos supuestos. No es broma, y mis facultades mentales funcionan normalmente. Ocurre que necesito su ayuda, digamos, profesional.
—Sinceramente, no lo entiendo.
—¿Qué hay que entender? He cometido un crimen. Por eso me resulta difícil crear detalles, coartadas que alejen de mí toda posibilidad de sospecha. Eso vengo a buscar: una coartada.
—Pero, es absurdo. ¿Qué seguridad tiene de que no lo denunciaré a la policía?
—Ninguna —volvió a suspirar—. Pero lo conozco lo suficiente como para correr el albur. Es usted mi autor policial favorito. —Traté de interrumpirlo, con un gesto de modestia, pero él continuó: —Le aseguro que es verdad. Admiro su sed de aventuras, su curiosidad insaciable.
—Pero, ¿cómo puede saber tal cosa de mí, con el único antecedente de mis cuentos?
—Ya le he dicho que poseo una mente analítica. Cuando leo algo, veo al autor detrás de cada palabra. Sé bien que desespera por un tema para su nuevo libro, y sé también que de contar con el dinero suficiente estaría gozando como espectador de la crisis argelina Si aceptara mi proposición, aun cuando llegaría tarde a Argelia, tendría una butaca de primera fila en el próximo incendio en pequeña escala... tan comunes en nuestro mundo.
Su sangre fría me asombraba y me daba la impresión de estar conversando con un pez. Extraño ser: un pez. ¡Me gustó la imagen... Dios! ¡Allí estaba la trampa! Sin duda el hombrecito conocía mis debilidades.
—Muy bien. ¿Qué es lo que me propone?
—Dinero suficiente para viajar durante varios años y una experiencia que vigorizará y dará autenticidad a su literatura. ¿Me entiende? Me estoy ofreciendo como conejillo de Indias.
Si, era lo que me había supuesto. El condenado pez utilizaba conmigo una gran astucia. Supe que estaba perdido, que terminaría por seducirme la absurda aventura, la posibilidad de vivir un crimen del lado de afuera. Cerré mi cerebro a todo atisbo de sensatez y pedí con voz solemne:
—Lo escucho. Comience usted...

* * *

El reloj dio las doce de la noche.
En principio, el relato me había decepcionado un poco. El hombrecito, que dijo llamarse Remigio Pitt, había asesinado a su mujer. ¿Motivos? El más vulgar del mundo: le había hecho para impedir su fuga con otro hombre. Lo miré con curiosidad. No parecía poseer el temperamento del que comete un crimen pasional. La historia no ofrecía mayores posibilidades
—¿La amaba mucho? —pregunté por decir algo.
—Sí. Elizabeth era rubia, frágil; tan bella y etérea como una princesa de cuento infantil.
—¿Y por qué no la dejó ir? —Me indignaba la idea de que una mujer hermosa se hubiera casado con ese extraño engendro que tenía delante—. Si la quería de verdad, ¿no hubiera deseado verla feliz?
—Sí, claro; pero ocurre que con ella iba a ser feliz un joven de potentes bíceps y sonrisa idiota. Un trio perfecto: belleza, músculos... y millones.
Di un respingo: la cosa prometía ponerse más interesante.
—¿Millones?
—Comprenda. Yo no podía permitir que ella y sus millones me abandonaran.
—¿Muchos? —pregunté con un hilo de voz.
—Quince o dieciséis, no lo sé con exactitud. Su padre, un inmigrante italiano que se hizo rico con la venta de terrenos anegadizos, confió en mí, su secretario de muchos años, y me entregó su hija y su fortuna. Temía que ambas cayeran en manos de un oportunista como este señor de ahora. Yo prometí cuidarlas y he cumplido: he ahorrado a Elizabet el dolor de una desilusión y el dinero quedará en la familia: no terminará despilfarrado por un cualquiera.
Su cinismo me dejó helado y por un momento temía dejarme convencer por su lógica.
—Uno de esos millones será para usted, amigo mío. Piénselo bien. Ni en toda la vida ganará con sus libros una suma tan considerable.
—¿Y si me negara? —inquirí bruscamente, tratando de asignarme importancia—, ¿qué haría usted?
—Matarlo, claro. Sabe.... Creo que el matar es como sacar la primera aceituna de un frasco o conseguir el primer beso de una muchacha; después de uno, los demás son fáciles —rio con una risita hueca y desagradable—. Seria original, ¿no? Digo, que en su cuento muriera hasta el propio autor. Una técnica sumamente efectista.
Confieso que yo, el autor de innumerables crímenes capaces de enloquecer de terror a tías solteronas y señores gordos, sentí en ese momento el aguijón del miedo clavarse agudo en mi carne.
Era inútil seguir hablando: Remigio Pitt estaba dispuesto a todo. Su decisión, el millón de pesos y mi malsana curiosidad me arrastraban como un imán. Tomé mi impermeable y lo invité a salir
—Vamos a su casa —le dije—. Allá me contará el resto.

* * *

Vivía en una villa algo apartada, enclavada en un repliegue montañoso. Me gustó el lugar; presentaba buenas posibilidades.
Entramos. Las habitaciones estaban sumidas en el silencio y las sombras. Remigio Pitt hizo girar una llave y una luz tenue alumbró la estancia. Era un dormitorio, arreglado con exquisito gusto femenino. Pero no tuve tiempo para reparar en más detalles de esa índole, porque tendida en la cama y envuelta en un “desabillé” —vaporosa nube de gasa— estaba ella.
Me quedé mirándola boquiabierto. Era aún más hermosa que lo que había supuesto. Su rostro no tenía la rigidez de la muerte. “La bella durmiente”, pensé.
—¿Cómo la mató?
—Un golpe en la cabeza. Fue todo muy rápido e imprevisto. No tenía armas a mano.
—Mejor así. Si hubiera sido un tiro, tendríamos un verdadero problema. Pero termine de hacerme conocer los hechos.
Fue hasta la habitación contigua y regresó con dos vasos de coñac.
—Tome un trago —me dijo—. Bien, trataré de resumir. Hace una semana salí de viaje de negocios; ella quedó en la villa. Anoche hablé por teléfono con la mucama para anunciar mi regreso. Imagine mi sorpresa cuando la muchacha me dijo que la señora Elizabeth había despedido a la servidumbre y pensaba viajar para reunirse conmigo. De inmediato comprendí la verdad: hacía un tiempo que sospechaba la existencia de un amante y ahora las palabras de la mucama me alertaron sobre un posible abandono. Le pedí que no dijera nada de mi llamado, pues quería dar una sorpresa a mi mujer.
(“¡Y vaya si se la diste!”).
—Sí, claro, ¿y después?
—Regresé esa misma noche. Por un secreto impulso, evité la carretera principal. Nadie advirtió mi llegada. Encontré a mi mujer preparando sus valijas; discutimos; y cuando me convencí de que nada podría disuadirla de su insensato propósito de divorciarse de mí, en aras del jovencito musculoso, decidí matarla. Vi el pisapapeles y...
—¿A qué hora fue eso?
—A las once, aproximadamente.
—Y a las once y media se presentó usted en mi casa.
—Soy un hombre de decisiones rápidas —dijo con desenvoltura.
Miré el reloj. Aun no era la una. Perfecto: teníamos el tiempo necesario. En unos minutos elaboré un plan que me pareció aceptable.
—Lo principal es prepararse una coartada. ¿Puede usted regresar sin ser visto y volver haciendo notar su llegada?
Dudó un momento.
—Creo que sí —dijo por fin—. ¿Y usted, qué hará?
—Es mejor que no lo sepa hasta que todo esté arreglado. El que yo realice parte de su trabajo, le permitirá obtener la anhelada impunidad.
Remigio Pitt denotó algún nerviosismo; quizás le era duro confiarse por entero. Le ofrecí un cigarrillo, que tomó con dedos temblorosos y me indicó con un gesto un encendedor de mesa. Le di fuego y él me agradeció con una sonrisa; me sentí bien ante su falta de seguridad.
—Creo que mis nervios están empezando a aflojar.
—Es mejor que se vaya cuanto antes. Regrese dentro de una hora y trate de hacer bien su papel.
—Mi salvación está en sus manos —me dijo con tono de melodrama.
“¡Cómo me gustaría hundirte!”, me sorprendí pensando.

* * *

Quedé en la casa, solo con la lluvia y el cadáver. Como primer paso fui al garaje y dejé a la vista un gato, al que previamente averié, y varias herramientas; luego saqué el auto de Elizabeth y pinché un neumático. Como mis sagaces lectores habrán adivinado, el objeto de esas maniobras era hacer creer a la policía que la muchacha, al no poder cambiarlo, se había arriesgado a conducir el auto en malas condiciones hasta la próxima estación de servicio. Pero, desgraciadamente, el camino escarpado y el tiempo lluvioso precipitarían el desastre.
Regresé al dormitorio. Traté de borrar concienzudamente todas las posibles huellas digitales, cuidando dejar impresas las de la víctima.
¡Elizabeth! Aun hoy, un violento temblor me sacude cuando la recuerdo. Siento todavía su carne blanca y fría, seda al roce de mis dedos; huelo la fragancia de sus largos cabellos rubios y la piel se me eriza. Tuve que realizar la macabra tarea de vestirla y hasta de maquillarla, pues debía dar la impresión de una feliz y hermosa muchacha corriendo al encuentro de un marido, o de un amante, según la versión que prefiriera la policía. Sé que no podría repetir un momento semejante, sobre todo después de haberme enamorado de Elizabeth.
Pero me estoy adelantando demasiado. Esto debería haberlo contado un poco más adelante, para dar una mayor sorpresa a mis lectores. Perdonen esta falta de habilidad para guardar el suspenso, pero escribo en tal estado de excitación emotiva que no puedo ser muy cerebral.

* * *

Todo salió de acuerdo con lo planeado. Desbarranqué el auto en la primera curva, no sin antes haber dado un beso de despedida al cuerpo frío de la muchacha. Me costaba destruir algo tan hermoso. Llevado por un extraño rapto, saqué de la villa algunos objetos pertenecientes a la muerta: un fino pañuelo de encaje, cartas, un libro —los “Veinte Poemas de Amor” de Neruda— y. me avergüenza un poco contarlo, un frasco del embriagador perfume que usaba. Regresé a mi casa abatido y triste, odiándome y sintiéndome despreciable. La soñada experiencia de participar de un crimen desde el lado de afuera, me había resultado sórdida y agobiante. Además, un leve escozor, una subconsciente advertencia de haber dejado un cabo suelto, me restaba tranquilidad.
Remigio Pitt hizo bien su parte. Regresó a la hora y pasó por su club, haciendo notar su presencia y aclarando que volvía de un viaje. Preguntó a un amigo, vecino de la villa, si había visto allí a Elizabeth.
La policía no encontró motivos de sospecha y el informe final determinó: “accidente”.
Enterraron a Elizabeth una plácida mañana de sol. Sin poder evitarlo, asistí al sepelio. Fue entonces cuando advertí que odiaba a Remigio Pitt tanto como amaba a su mujer. Al verlo, compungido y lloroso, recibiendo el pésame de sus amistades, sentí que una oleada de calor me subía a la cabeza y resecaba mi boca, dejándome un gusto amargo. Era el odio.
Los días siguientes fueron de pesadilla. Me drogaba a cada instante con los pequeños objetos que me ayudaban a recordar a Elizabeth. La sentía como un ser vivo o un fantasma siempre presente: advertía su dulzura, su sensibilidad, su exquisitez femenina, y lloraba su pérdida sin antes haberla encontrado jamás. En tanto, Remigio Pitt era feliz. Feliz con sus millones en perspectiva, su aparente impunidad y su fría sangre de pez. Feliz en tanto yo agonizaba de dolor y remordimientos.
Sabía que el hombrecito cumpliría con su parte del pacto, pero yo no deseaba su sucio dinero, el dinero de mi pobre Elizabeth. Y decidí traicionarlo.
Mi libro —“La historia de Remigio Pitt”— llegaba a su fin; yo escribía con la celeridad y urgencia del que debe cumplir algo a breve plazo. Revolviendo mis notas encontré el medio de perderlo. ¿Cómo no lo había pensado antes? Acicateado por mi sed de venganza, aun cuando pretendiera disfrazar mi primitiva pasión sublimándola por un ideal deseo de que se hiciera justicia, no tardé en dar con la mucama que atendiera a Remigio Pitt la noche antes del asesinato de su mujer. La chica, una españolita de grandes ojos asustados, terminó por ceder ante mi insistencia y me confesó que su patrón le había dado dinero para asegurar su silencio, en caso de ser interrogada por la policía. Me inquietó. ¿Así que el hombrecito había andado ajustando detalles a mis espaldas? ¿Qué quería decir eso?
Pero mi odio era demasiado oscuro, ciego, como para detenerme a pensar a mitad de camino. Obligué a la temerosa mucama a contar a un inspector amigo cierta historia que yo previamente fabricara. El la escuchó atentamente y por su rostro advertí que asignaba importancia al asunto.
—¿Por qué no se presentó antes? —quiso saber.
—Bueno... tenía un poco de miedo y no creí que fuera del todo necesario.
—¡Oh, al contrario! Su aporte es de inestimable valor.
La mucama pasó a la habitación contigua para que le tomaran declaración. Quedé a solas con mi amigo:
—¿Qué te parece? —aventuré.
—¡Hum...!, no sé. Para serte sincero, te diré que nunca me gustó el marido (“A mí tampoco”). He notado en él algo viscoso, siniestro; una sinuosidad de gusano (“Decididamente, viejo, eres demasiado inteligente para ser policía”). Por desgracia, es poca evidencia en su contra. No tenemos prueba alguna, excepto el hecho de que haya ocultado su llamado de la noche anterior y su conocimiento de la partida de su mujer.
Lógicamente, porque eso significaba comprometerme, no había podido hablar de su soborno a la mucamita, para objetar su silencio.
—Es muy poca cosa —continuó—. Muy poca cosa. Yo había pensado en la existencia de un amante. Hay un detalle que desconocerás, pues lo ocultamos a la prensa; encontramos huellas digitales que no pertenecen a la muerta, a Pitt o a la servidumbre. Aún no hemos podido identificarlas, pero confío en que lo lograremos. Como ves. el caso no está cerrado. Ahora mandaré detener al marido. Como él ignora lo que sabemos, quizás obtengamos algo —sonrió amistosamente—. No me mires con esa cara de asombro. No bien conozca algún otro detalle o la identidad del asesino, si es que hay algún asesino, te lo haré saber. Sé lo mucho que te interesan estas cosas.
Sentí un vahído y un penetrante zumbido en la cabeza. A mi lado, oí la voz preocupada del inspector.
—¿Qué te pasa? Te has puesto de un color verdoso. ¿Qué ocurre?

* * *

Salí a la calle; el aire frío me despejó. Caminé hasta mi casa, pues necesitaba ordenar mis pensamientos, razonar con claridad. No tardé en comprender lo que ya sabía: el diabólico hombrecito me había tendido una celada en previsión de una hipotética traición. Allí estaba la causa de mi intranquilidad, el escozor que experimentara la noche fatídica. Mi subconsciente me había advertido que algo quedaba por hacer, que no había borrado todas mis huellas. Me recordé con un vaso de coñac en las manos y ofreciendo fuego a un pobre diablo asustado, con un encendedor de mesa que después no volví a ver. Con seguridad, después que yo regresara a mi casa tras cumplir mi macabro trabajo, Remigio Pitt habla vuelto y colocado los objetos en lugar visible.
¡Maldito canalla! Su refinada maldad y astucia llegaba a tal extremo, que había dejado todo preparado para salvarnos o bien perdernos juntos. Nunca tuvo miedo, desde un principio supo qué hacer con lúcida claridad; jamás necesitó de mi ayuda, salvo para procurarse una coartada y dejarme la parte sucia de la tarea. Sí; lo había previsto todo, excepto que yo me enamoraría de su mujer y que lo delataría aún antes de cobrar el millón de pesos.
Y comprendí también que ya no tenía salvación.
Termino de redactar mi historia. Es una especie de confesión y espero que alguien la crea.
Ahora oigo que llaman a la puerta, pero no me sobresalto. Sé que es la policía.

Cuento de Ana María Ponce
Revista Vea y Lea, 14 de abril 1960 N°335, pp. 68-71

domingo, 11 de diciembre de 2022

El condenado


El silencia en la celda de la muerte era espeso y agobiante. El condenado miró el reloj: sesenta minutos. Comenzó a repetirlo como si necesitara convencerse de ello: sesenta minutos, sesenta minutos.
Poca cosa son sesenta minutos en la vida de todos los días. Pero nadie podría atreverse a calcular el valor de la última hora de un condenado a muerte.
—¡Sí tuviera en este momento muchas de las horas que perdí esperando, que perdí durmiendo, que perdí huyendo!...
Prendió un cigarrillo y chupó con avidez.
—¡Basta, gallina! Siempre supiste que la horca era el único horizonte de tu vida maldita.
Se restregó con fuerza las manos entumecidas tratando de cubrirse mejor con la delgada manta.
—Linda manera de pasar mis últimos cochinos instantes. Tengo frío. Trataré de pensar en algo que me haga hervir la sangre. —Sonrió con amargura— Ya está: podría dedicarme un rato a odiar a mi madre. (¿Pero es que el odio calienta? No, creo que no; el odio hiela el cuerpo y esteriliza el alma.)
La imaginó a la vacilante luz de una vela con el rosario en las manos, los labios apenas entreabiertos por una plegaria musitada entre dientes, los ojos negros fijos en el Cristo, pretendiendo obligarlo a la misericordia.
Casi podía ver su pensamiento mientras oraba por el hijo que debía morir esa noche: “Señor, perdona a mi hijo malvado. Purifica su alma negra de pecados. Yo nada he podido hacer por él. Bien sabes, Señor, cuánto he luchado por inculcarle las virtudes que practico. Pero nació malo y morir criminal era su destino. Es una de las cruces con que me has cargado, Señor, para probarme que soy una de tus elegidas”. Nueva versión, corregida y aumentada, de la oración del publicano.
Tic-tac, tic-tac. Las agujas del reloj marcaban las 23 y 5.
Sintió un agudo puntazo en el hígado.
—Maldito seas. Ni siquiera me dejas disfrutar mi última torta de chocolate.
Torta de chocolate, mi casa, domingo, misa, madre, hermano, castigo, soledad.
A través del humo de su cigarrillo volvió a ver las viejas cosas familiares, recorrió niño la casa paterna, jugó entre los árboles del huerto, se detuvo ante la figura querida de su padre y revivió aquel momento que el rencor grabara a fuego en su corazón.
Ese domingo cumplía diez años. Antes de salir para misa en la capilla del hospital donde trabajaba su padre, le hicieron entrega de un hermoso misal de coloridas estampas. Creyó que el brillo fugaz que vio en los ojos del hermano menor era de alegría al ver su felicidad por sentirse agasajado y amado. Pero no.
Durante el oficio religioso, sin explicarse cómo, el libro desapareció. Qué tremenda angustia, qué negro miedo paralizó su corazón de niño viendo erguirse ante él la alta silueta de la madre, interrogando despiadada. Y el castigo injusto, el silencio culpable de su hermano y el apetitoso aroma de la torta de chocolate preparada en su honor y que nunca llegó a probar.
—Así, siempre. Culpable, siempre culpable sin defensa ni apelación. Terrible justicia la de esa deidad implacable, prodigando penas y castigos, jamás misericordia.
Tic-tac, tic-tac. Las 23 y 10.
Jamás misericordia. Ni aun cuando pasó “aquello” con su padre.
Fue antes, mucho antes. Era entonces demasiado niño para comprender qué andaba mal. Veía a su padre vencido e implorante, suplicando, exigiendo, llorando ante la inflexible negativa de la mujer.
Años después, ya adolescente lo supo: una breve aventura extraconyugal fue la causa del total y definitivo desencuentro: un desliz cometido en un momento de inconsciencia que ella no supo perdonar fue el motivo de la infelicidad de sus vidas.
Cuánto la odió al verla tan segura en su torre de marfil, tan honorable, virtuosa y tan vacía de amor.
Comenzó a desear cuanto ella detestaba y a odiar todo lo que ella quería.
Cuando lo castigaba por alguna de sus muchas faltas, veía su desesperación por la tremenda afrenta de tener un hijo malvado y entonces, gozoso, se sentía más cerca de la plenitud de su destino.
Pensó en su hermano triunfador, competente abogado, modelo de padre de familia, formado por la madre a su imagen y semejanza, con el triste resultado de un grotesco remedo de hombre virtuoso.
Tic-tac, tic-tac. Eran las 23 y 40.
Recordaba ahora los días de estudiante y el único amor de su vida. Era hija de una familia amiga y lo suficientemente buena para merecer la aprobación de la madre.
Tenía cabellos lacios color ceniza y unos ojos claros con una mirada de adentro, tierna y acariciante. No era hermosa, pero atraía y subyugaba.
Desde el principio se la adjudicaron al hermano.
—¡Qué pareja perfecta forman! ¡Qué hermosos y qué buenos!
Desde el abismo de su miseria, sin saber cómo, porque odiaba todo lo que oliera a santidad, comenzó a enamorarse de ella, desesperada e íntegramente. Fue la época de su vida en que quiso cambiar, en que vislumbró la posibilidad de salvarse.
Y la chica empezó a quererlo. Buscaba su compañía, sabía escucharlo en sus confidencias y sobre todo caminar a su lado en silencio, sintiéndose unidos por el simple contacto de las manos.
Una tarde resolvieron hacer una escapada a la playa cercana. Necesitaban estar a solas para hablar de ese sentimiento que, aunque no del todo permitido conscientemente, los estaba envolviendo día a día.
¿De qué hablaron? No lo sabía bien, pero oía todavía su voz aniñada entrecortada por los sollozos diciéndole que era bueno y que lo amaba, y la dulce tibieza que inundaba su alma agradecida.
Oscurecía cuando volvieron al auto de la chica, estacionado en la barranca junto al rio.
Sentado en el estribo estaba el hermano. Los miró larga y severamente; analizó sus manos entrelazadas, la ajustada malla que ceñía el cuerpo de la chica y los halló culpables.
—¡Maldito! ¡Mil veces maldito! ¡Sucio, asqueroso, podrido! ¡Tenías que corromperla a ella también!
Las palabras insultantes sonaron en sus oídos como latigazos; sintió que la ira le encendía la sangre y como una fiera se lanzó sobre su hermano.
Rodaron luchando entre las piedras, tratando de destruirse mutuamente. Todo el rencor acumulado en muchos años lo descargaba en cada golpe que pegaba.
Llegaron peleando hasta el borde del barranco. La chica gritaba histérica a su lado, tratando de separarlos. Sintió que lo tomaba de un brazo clavándole las uñas. Se encegueció, le dio un empellón tratando de librarse de ella... y la chica cayó abajo.
Cuando llegaron a la playa, estaba muerta. Ofrecía una estremecedora visión con su carne blanca destrozada y sucia, los cabellos grises ensangrentados y los ojos muy abiertos, redondos, fijos, como sorprendidos por la súbita llegada de la Muerte.
Ese fue el principio del fin, el paso inicial de su marcha al patíbulo. La justicia humana no lo condenó. Accidente, dijeron. Pero él se juzgó culpable. Ese era en realidad el crimen verdadero que habla cometido: por él debía morir esa misma noche.
Tic-tac, tic-tac. El reloj marcaba las 23 y 30.
Después de la muerte de la chica vino el vértigo, el desenfreno, la locura. Voluntaria, conscientemente se dejó tragar por la ciénaga, chapoteando en el barro para hundirse antes.
Con morbosa delectación comenzó una brillante carrera criminal. Fue ladrón, no por miseria, traficante de drogas, amo del juego clandestino. Arruinó cientos de vidas, mató lentamente cuerpos y almas.
¿Amor? No, amor no tuvo; sólo placer sensual brindado por cuerpos bonitos, cuerpos sin rostro. No prestaba atención a las caras porque sabía que jamás encontraría otros ojos serenos, apacibles, otra piel fresca e intocada, otro pelo color ceniza como aquéllos de la amada perdida.
Tic-tac, tic-tac. Las 23 y 40.
Contra la puerta de la celda se recortó la rechoncha figura del alcalde.
Se dirigió a él con voz monótona, indiferente:
—¿Desea pedir algo más?
—Sólo que quiero estar tranquilo —contestó con rudeza.
El funcionario lo miró con aire distraído y, dando por cumplida su misión, se retiró en silencio...
—Mejor así —pensó en voz alta—. Hacía mucho tiempo que no estaba solo conmigo mismo. Sobre todo desde que murió la chica, he tenido miedo a la soledad y al silencio. Tal vez por miedo a encontrarme; tal vez por temor de no volver a dormir. Cómo decía aquel viejo proverbio: “Las tres cosas más desesperantes en la vida son: amar y no ser amado; esperar al que no llega; estar en la cama y no poder dormir”.
Se oyeron pasos apresurados en el corredor. La puerta se abrió y una figura enclenque entró en la celda:
—Otra vez usted —dijo con fastidio—. Váyase, curita, o haré que se lo lleven a la fuerza. Su sola presencia basta para sacarme de mis casillas.
—Buenas noches, hijo —dijo el sacerdote nerviosamente—. Permíteme quedarme, hijo. ¡Queda tan poco tiempo!
—Poco tiempo. Ya sé que queda poco tiempo: sólo veinte minutos. Veinte minutos... Pero ya no: quedan diecinueve. He perdido otro minuto que jamás volveré a tener.
El cura se sentó en la cucheta, junto al condenado. Tragó saliva dificultosamente y dijo:
—Nunca me he sentido tan inútil como ahora. Sé que no soy más que un fracaso en este ambiente, pero contigo tenía esperanzas. Eres católico y, aun cuando te hayas extraviado. Dios es misericordia y es perdón.
—Misericordia. Perdón. Sucias y viles mentiras de una religión plagada de falsedades...
El sacerdote iba a hablar, pero lo interrumpió con un gesto:
—¿Puede ser buena, puede ser verdadera una religión que produce monstruos como mi madre? ¿Cree que si Dios existiera existirían al mismo tiempo destinos como el mío? Antes de nacer ya fui condenado por esa divinidad sedienta de venganza que usted invoca. Soy su obra, obra de un dios cruel y su despiadada sacerdotisa.
El sacerdote se quedó inmóvil mirándolo, sin atreverse a consolarlo.
—He pensado mucho sobre lo poco que he podido saber de ti, he meditado mucho sobre lo que ha sido tu vida. Había preparado un discurso que decirte, pero lo he olvidado. Quisiera ser capaz de ayudarte, quisiera encontrar las palabras exactas que debo decirte. Peí o tengo miedo de mi impotencia y ese miedo me traba la lengua y confunde mis ideas...
Se pasó una mano por la frente, buscando despejarla.
—Tu historia se asemeja a la historia de Caín. En realidad, toda la historia de la humanidad está encadenada al primer crimen que conoció el mundo.
—Una vez leí que Caín nació rebelde porque fue concebido en la negra noche de nuestro destierro del Paraíso. Nació rebelde, pero no necesariamente malvado.
Concebido en el miedo, la desesperación y el rencor por el Paraíso perdido; nutrido de desesperanza; respirando, viendo, tocando odio, pero con un alma inmortal, como tú, y una misma potencia hacia el bien que hacia el mal.
¿Por qué fue su destino el maldito del primer renegado, del primer fratricida? Porque al igual que tú se abandonó sin luchas, sin esperanzas de redención. Ese, el de la desesperanza, fue también el trágico error de Judas.
—¡Basta, curita! No gastes más palabras. No hagas que maldiga mis últimos instantes.
El otro siguió hablando vehemente, desesperadamente:
—De Dios sólo conociste el rostro de la Ira, la idea de la Venganza, cuando su más grande idea es la de la Caridad. Esa, la verdad del Amor es la gigantesca verdad de Cristo. Quitasela y no queda nada.
La puerta de la celda se abrió; había llegado el momento.
El religioso imploró:
—Sálvate hijo, hermano. Abandónate a Dios y a su misericordia.
—Es tarde, curita; y no es tuya la culpa. Aunque sea verdad todo lo que me dices, estoy cansado, demasiado cansado para intentar llegar a Dios...
Sin notarlo casi, se vio de pronto arriba, con la áspera soga lastimándole el cuello.
No quiso mirar en derredor; oía la voz monótona del sacerdote rezando al lado suyo.
—¡Basta ya! —dijo entre dientes—. Deja de insistir.
Miró al cielo.
Las estrellas brillaban en lo alto.
—Son hermosas —pensó— Siempre las sentí distantes y enemigas, pero ya no. —Se sintió invadido por una tremenda ansia de eternidad, por un desbordante deseo de subir más y más hasta alcanzar a tocar las estrellas con las manos.
Un grito animal brotó de su garganta:
—¡Dios! ¡Oh, Dios mío!
Desde el infinito, Dios oyó.

Cuento de Ana María Ponce
Revista Vea y Lea, 2 de abril 1959 N°308, pp. 72-75

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Veneno en la casa de fiestas

—¡Leoni! ¡Usted aquí!
Cuando concluyó el abrazo advertí lo innecesario de la comprobación, pues efectivamente Leoni estaba ahí, por más que el lugar y la ocasión parecieran ajenos a mi viejo amigo. Porque el lugar era un presuntuoso palacete adornado con argelotes, cariátides y artesones de yeso, y la ocasión, la fiesta que la Fílmica Argentina ofrecía a su primera actriz Gloria Dalbés.
Había allí más de doscientas personas. La mitad de éstas componían ese tout París que existe en cualquier actividad social o antisocial; la otra mitad su necesaria corte. Se había, además, que Gloria Dalbés anunciaría allí mismo, con ese estruendoso impudor de todos sus actos, su próximo casamiento con Pedro Boiarelli, multimillonario dictador del Cine, y eso multiplicaba la curiosidad.
Pero tal vez mi asombro estuvo demás porque cuando lo miré de nuevo advertí que Leoni se movía allí con soltura de dueño de casa.
Abarqué, pues, con un ademán las relumbrantes salas, el baile, el hacerse y disolverse de los grupos, la música y el estruendo, y le pregunté:
—¿Se dedica a esto, Leoni?
—Sí. Alquilé esta casa con un par de socios comanditarios y la arriendo para fiestas. Aquí tenemos de todo: orquestas, bebidas, sandwiches...
Apoyó su gigantesco puño velludo en una mesita que no se partió por un milagro, y tras una pausa, agregó:
—...hasta monos sabios, si el cliente lo pide —con el sordo rencor que el hombre avezado a las partes más duras de la vida siente hacia las cosas frágiles o vanas.
—¿Y qué lo inclinó a esto?
—La plata, m’hljo, como casi siempre. M'hija se casa... Quiero comprar un automóvil... Me pasé veinte años deslomándome para defenderlos a ustedes de ladrones y asesinos y no tengo un cobre.
La mesita crujió. Acudí en su auxilio.
—Puede ser un buen negocio...
—¿Y usted en qué anda?
—En el diario, como siempre, vizcacheando noticias.
—Venga. Haré traer un jerez.
Nos apartamos a una salita decorada con azules y oros, que hacía de escritorio y que se comunicaba por un amplio vano con los salones. Leoni me indicó la concurrencia.
Usted debe conocerlos...
—Está casi todo el ambiente. Ese que va ah i es Juan Buen, el galán español; lo acompaña Marilena, la comentarista de radio. Aquel de barbas es Jullien, el músico olímpico. Más allá, están don Daniel Perlán. descubridor de nuevos talentos femeninos. Lo rodean Anita Tellez, Marta de Santo, Gloria Vélez, Chiquita Etoile, etc., etc. Ahí va Pedro Botarelli. el afortunado... Millones de pesos y Gloria Dalbés... Lo acompaña Segundo Galante, crítico incorruptible. Jamás recibió dinero de nadie, pero las compañías, como tributo a su talento, deben comprarle anualmente un argumento, que luego no filman.
Gloria pasaba en ese momento, hermosísima, arrebatadas las mejillas, animada por un soplo de rabiosa vida su estupidez escultural.
—Y esa es Gloria Dalbés. ¿Qué le parece este mundo, Leoni?
—Parecido a todos. Habrá odio, miedo, rencor, pero también un poco de amor, otro poco de amistad...
—Relativiza demasiado, Leoni. ¿No le parece que el comportamiento del grupo social varia en cuanto se modifican factores económicos y consuetudinarios...?
—¿No puede hablar en criollo, che?
—Quiero decir que en unos ambientes son más frecuentes que en otros ciertas cosas. El delito, por ejemplo.
—Está equivocado. El hombre es el mismo siempre. ¡Las que habré visto en veinte años de Departamento! Abajo... y también arriba.
—¿De modo que a usted le parece posible que aquí, por ejemplo, pueda cometerse un asesinato?
Leoni enarcó animosamente sus peludas cejas.
—¿Y por qué no, amigo, por qué no?
En ese momento, y desde un ángulo del salón contiguo, un grito paró la música. Hubo una pausa, y en seguida las voces recomenzaron tumultuosamente.
—Aire, por favor...
—Se ha desmayado...
—¡Un médico, pronto, un médico!
Apartando como si fueran yuyos a dos o tres mequetrefes que se interponían. Leoni se acercó con invulnerables trancos al montón de personas que pugnaban sin eficacia en torno a alguien caído en el suelo.
— ¡Calma, señores!
Entonces vi que la mujer caída era Gloria Dalbés.
Pocas cosas dan mejor la sensación de vanidad final de todas las vanidades como un salón vacío después de una fiesta, y ese agobio era lo que nos pesaba, cuatro horas más tarde, cuando sólo quedábamos en la casa Leoni, el comisario Solari y yo. aparte de la gente de servicio: mayordomo, barman, mozos, lavacopas, etc.
Los demás, los invitados, los agentes de policía, el juez de instrucción, los médicos, la ambulancia, los de dactiloscopia, los fotógrafos, los reporteros, los cronistas, hablan llegado y se habían ido casi en el lapso que dura cualquier pieza de teatro.
En medio de esa baraúnda, habíanse, empero, comprobado los siguientes hechos; a eso de medianoche, es decir, media hora después de comenzar verdaderamente la fiesta, el mozo Jesús Regueira recogió del mostrador del bar una tanda de vasos colmados de “Corazón llameante” —medio de gin, medio de torino. un golpe de vodka, otro de amargo, tres o cuatro gotas de... lavanda y una pizquita de... pimienta—. “Son para Gloria, Regueira... Lléveselos directamente a ella. Ya protestó porque la bandeja anterior no llegó a destino.” Jesús, determinado a cumplir o morir, levantó la bandeja a la altura de su hombro, como Héctor su escudo, para eludir a los grupos y se encaminó hacia el rincón donde Gloria bromeaba y reía rodeada de una docena de amigos. A medio camino, alguien —no podía decir quien, aunque le pareció una mujer— dejó desde atrás algo en la bandeja y le susurró: “El vaso azul es para Gloria”. Habituado a bromas extravagantes (“tengo veinte años de mozo, señor comisario, figúrese usted...”), Regueira no se volvió para mirar a quien se lo indicaba, pero registró, sí. con memoria profesional, la indicación. Por eso, cuando llegó incólume frente a Gloria, bajó la bandeja y le tendió el raso, y con él la muerte.
Leoni, entretanto, había andado por ahí, huroneando, curioseando, a veces preguntando algo, seca y brevemente. Por eso. cuando Solari nombró el vaso azul con que Gloria habla sido, al parecer, envenenada, dijo:
—Aquí no teníamos ningún vaso azul, comisario.
—¿Cómo?
—Nuestros vasos son de medio cristal, incoloros, con sólo una orla dorada. ¡Ah!, y en el toilette encontrará tres más...
En seguida un agente corroboró que. en efecto, sobre el alféizar de una de las aberturas del toilette —más bien un tragaluz que una ventana—, lejos del alcance de cualquiera, habla tres vasos más, encajados uno dentro de otro, pues eran de sección ligeramente cónica. Los fotógrafos tomaron unas placas y en seguida los de dactiloscopia cazaron las piezas con sus pinzas y las metieron en sus valijitas.
Y no dijo Leoni nada más hasta ahora, cuando nos sentíamos los tres como únicos sobrevivientes de un huracán. El teléfono sonó. Atendió él.
—Avisan que Gloria Dalbés fué envenenada. Estricnina. ¿Qué le pasa, Luis?
El muchacho, un galleguito lavacopas más asustado que tímido, se acercó:
—Usted perdone, señor.. No lo hice antes porque... la policía... Yo quería decirle que... además de ese vaso azul... esta noche se rompieron... otros dos... también azules... y cuatro comunes. Las roturas corrientes, como usted sabe, señor, son siempre de cinco o seis vasos. Están en la basura, señor.
Leoni ya atravesaba los salones con ese tranco suyo que nunca parecía apurado y que tan rápido era.
—¡Venga, Luis!, le gritó desde la última puerta.
En uno de los grandes tachos de basura donde reposaban en final fraternidad los despojos de la fiesta, cuidadosamente envuelto en papeles de diario (“Para que no se corte nadie, señor. Una precaución. Siempre lo hacemos”, explicó Luis) reposaban los restos de varios vasos. Uno de ellos, azul, había sufrido sin duda una caída leve o afortunada, porque apenas le faltaba un triángulo junto al borde y tenía sólo tres o cuatro rajaduras. Leoni lo puso sobre una mesa donde había docenas de vasos comunes —un medio cristal de talla común, que permitía reposiciones sin tropiezos—, entre los cuales el vaso quebrado resaltaba como forastero.
Lo miró un momento. Luego me preguntó:
—¿Por qué usa anteojos?
—Miopía.
—¿Ve este vaso?
—Desde luego. Mis anteojos sólo tienen cuatro o cinco dioptrías...
Leoni llamó a uno de los mozos.
—Ponga este vaso en una bandeja, Segovia, y vaya hasta ese sofá rojo.
Así lo hizo el otro. Leoni me preguntó:
—¿Lo ve?
A esa distancia, y aún a otra mayor, hubiese visto a aquel vaso de azul chillón.
—Sí.
—Aléjese, Segovia... Más...
—Si... si... Lo verla hasta desde el fondo del salón. Leoni.
—Venga. Segovia.
Dejó Leoni nuevamente el vaso en el paquete que contenía los restos de los demás.
—¿Cómo se rompieron estos dos, Segovia?
—No sé... señor... el barman...
—Llámelo.
El barman recordaba cómo se trizó uno de los dos vasos azules, en cuyo color no reparó por creerlo una de las compras habituales de la casa que esta vez, por cualquier razón, había sido distinta. Le habían pedido una ronda de whisky, que sirvió sobre el mostrador del bar. El vaso azul le tocó a Martine Angel. Antes de que pudiera tocarlo, uno de los invitados la invitó a bailar. Martine dejó entonces su whlky en un extremo del mostrador del bar.
—¿Cuídemelo, eh?, —le pidió al barman, pero éste estaba muy ocupado con los bebedores que se sucedían en tandas. Por ahí advirtió que Juan Buen se había apoderado del abandonado vaso azul y. sobre todo, de su contenido legítimamente escocés. En eso alguien empujó a otro, éste el brazo de Buen, vaciló el recipiente entre sus dedos, dio una voltereta y se estrelló en el piso.
Otro mozo informó sobre el segundo vaso; Apareció, lleno, en una bandeja que él —que por orden del jefe de mozos se encaminaba hacia el rincón donde estaba Gloria Dalbés (“Gloria había pedido esos cócteles”, informó aquél)— dejó unos instantes sobre una mesita para dar fuego a un invitado que se lo pidió. Cuando reanudó la marcha advirtió al intruso, sin darle importancia. Pero a mitad de camino un imprevisto grupo lo rodeó; manos, dedos, guantes, barrieron la bandeja. El vaso azul derramóse sobre ésta y tal vez por eso sólo se rompió y rajó como hablamos visto.
—¿Alguien pudo oír el pedido de Gloria?
—Sí, señor, cualquiera —informó el jefe de mozos—. Nos encontrábamos en el salón... habló a gritos... me hizo señas....
Leoni tironeóse el labio inferior. Finalmente tendió al comisario Solari el envoltorio con los vasos rotos;
—Hágalos revisar. Me parece que también encontrará huellas de estricnina.

* * *

Al día siguiente Leoni fue conmigo a la comisaría. Solari estaba allí, casi doblado por el sueño, porque apenas había dormido un par de horas. Los diarios de la mañana daban noticia del crimen a varias columnas y podían preverse las hazañas de los titulares de la tarde: CELEBRE ACTRIZ ASESINADA POR MANO EMBOSCADA. ENVENENAN A GLORIA DALBES. LA POLICIA NO TIENE PISTA SEGURA. ¡CRIMEN EN LA CASA DE FIESTAS!
Además, entre los invitados había muchos peces gordos y, desde luego, personitas vinculadas a otros grandes bonetes cuyas influencias trataban ahora de mover a su favor para no verse complicadas.
—¿Mucho trabajo, Solari?
Advertí que Leoni sonreía invisiblemente, con una alegría que sólo aparecía en sus ojitos negros como bolitas de azabache.
—Se ha interrogado a ciento diez personas, y todavía faltan más...
Sonó el teléfono. Solari atendió.
—¡Hola! Sí. con él. El doctor... Tendremos el mayor cuidado. Confié en nosotros, doctor. No, no le pasará nada. Revisaré yo mismo las declaraciones. Gracias.
Cortó y nos miró como desde el fondo un pozo cuyo aire se torna ya irrespirable.
—El doctor Mussanti... ex ministro, ex senador... se interesa por una de las muchachas que anoche estuvieron allí. Que no la comprometamos...
Solari se secó la frente. Murmuró:
—Viejo verde... y cuando levantó la mirada encontró él también aquella sonrisa invisible que alegraba, sin modificarlo, el rostro de Leoni.
—¿Qué se trae, Leoni?
—Creo que acerté la tecla.
Solari dio un salto. Capitanes del mondo, millonarios, funcionarios, actrices famosas, volvían a dar paso a los rateros, punguistas, riñas de vecindad, viejas sin memoria y extraviadas y peleas entre borrachos que eran lo cotidiano de la seccional.
—¿Se tomaron todas las declaraciones?
—Faltan unas cuantas, todavía, como le dije.
—¿Hombres y mujeres?
—Hombres. Empezamos por las mujeres porque...
—Con eso basta. ¿Cuáles de esas mujeres usaban anteojos?
Solari acudió a los oficiales sumariantes, cuya memoria no falló. Así en diez minutos recopilamos la lista. Eran la señora Adelina Villaverde de Hermosilla, esposa de un diplomático vagamente centroamericano, gorda, y madura; la comentarista Irene, una especie de ametralladora de palabras que se disparaba automáticamente cada vez que enfrentaba un micrófono; Eva Ríos, una extra oscura cuya presencia en la fiesta sólo se justificaba por su adherencia a otra venerable figura, esta vez masculina, muy alta, muy poderosa, muy millonaria; Inés Carril de Montero, rentista y vieja; Evelyn Greenhouse (en la vida civil Josefa López), cantante internacional más o menos internacional y Laura Benga, corredora, representante de artistas o algo así.
Leoni consideró la lista. Después dijo:
—¿Todas estas llevan anteojos habitualmente?
La respuesta fue afirmativa.
—¿Y qué otra mujer, además de éstas, usó anteojos para leer la declaración?
La nueva consulta arrojó este resultado: Camila Méndez, una actriz bien conocida, sacó de su bolso un par de anteojos para enterarse de lo escrito y la mujer del armador Bringuez lo leyó a través de sus impertinentes. Una tercera, Carola Claro, actriz también, pero de teatro, debía de usar anteojos, pues debió acercarse excesivamente al papel.
—¿Mucho?
—Muchísimo; pegaba la nariz al papel.
Leoni hojeó las declaraciones, anotó una dirección y se levantó.
—¿Nos acompaña, Solari?
El automóvil de la seccional nos dejó frente a la casa cuyas señas había dado Leoni.
—Cuarto, derecha, indicó el ascensorista.
Y cuando una mucama entreabrió la puerta del departamento, Leoni la franqueó con el hombro y entró, con evidente olvido de una orden de allanamiento, pero con eficacia práctica también evidente. Al fondo de la sala de estar que seguía al recibidor, contra los ventanales, Camila Méndez leía un libreto. Cuando nos vio, saltó del sofá y ocultó, en el bolsillo de su quimono, los anteojos.
—No se alarme, señora, y permítame sus anteojos.
Camila Méndez se los tendió.
—Dos o tres dioptris —apuntó Leoni luego de mirar a través de los cristales—. ¿No los usa siempre?
—No. El público, usted sabe... la popularidad.
—¿Y entonces, por qué mató a Gloria Dalbés?

* * *

—Fue un caso simple —nos decía Leoni esa noche, mientras la estufa a querosene silbaba suavemente en el comedor de su casa de Ramos Mejía y en la cocina el tintineo de la vajilla que manipulaba la patrona nos auguraba los insuperables ravioles, el vinito riojano que le mandaba su hermano, el pródigo antipasto—. Sentado que el vaso azul —y los otros cinco— fueron traídos desde afuera, habla dos preguntas: ¿Por qué no usó el envenenador los de la casa? ¿Por qué eligió esos chillones azules? Las dos preguntas se contestaban así; quien los trajo necesitaba verlos entre los demás en cualquier momento. Ahora bien, para distinguir un vaso entre otros bastará que él tenga una leve diferencia sobre los habituales. Un tallado distinto, dos o tres círculos dorados en vez de uno, son detalles que pasan inadvertidos para todos, pero no para quien esté sobre aviso. Por tanto quien necesitaba vigilarlos era alguien que tenia dificultad para verlos de cerca o de lejos. Es decir, el envenenador no poseía una vista normal y no usaba anteojos, o los usaba inadecuados. La constelación Gloria Dalbés - veneno - asesino que no osa anteojos pero que debe usarlos señala con mayor probabilidad a una mujer. Primero, porque los celos profesionales entre actrices adquieren a veces caracteres de odio mortal; segundo, porque envenenar es una tarea tan femenina como zurcir medias o cambiar pañales a un bebé. Es un procedimiento que permite suplir la fuerza física y el momentáneo coraje masculino que hacen falta para liquidar al prójimo. Tercero, porque difícilmente un hombre no usa anteojos cuando los necesita.
Por eso pedí la lista de mujeres con anteojos, que descarté cuando los oficiales indicaron que todas ellas los usaban de manera permanente, es decir, que llevaban cristales adecuados para sus defectos. Pedí en seguida que me señalaran a las que no los usaban, pero que debían usarlos, y me dieron tres nombres. Sin considerar a la vieja de Bringues, Carola Claro y Camila Méndez estaban situadas en el mismo plano de popularidad que Gloria Dalbés, pero Carola debió acercar tanto los ojos al papel que no se concebía que sin anteojos pudiera vez ni siquiera a diez pasos de distancia el vaso azul. Me quedó una sola: Camila Méndez. Ahora sabemos por qué mató. Gloria Dalbés se había abierto paso a puntapiés, a arañazos, de cualquier manera, sin piedad y sin remordimiento. Ella y Camila se odiaban desde hacía tiempo, silenciosamente, ferozmente, por más que parecieran tolerarse. Cosas de su mundo: un papel inferior al de la otra, pero que hay que aceptar; un crítico amigo de una, que deja de elogiar a la otra; aparecer menos en las tapas de las revistas; lucir joyas más caras... Gloria coronaba su carrera casándose con Pedro Botarelli, dueño de una cadena de cines y de radios. Camila sabía que Gloria utilizaría todas sus armas —ahora infinitamente multiplicadas— para cerrarle el paso y, si podía, para hundirla definitivamente. El plan de Camila podrá parecer una locura, pero la desesperación empuja. Ella lo concibió —también lo sabemos ahora— teóricamente, imaginándolo todo. sin ese campaneo previo que asegura al delincuente. precisamente porque Camila no es una profesional del delito o del crimen. Ella pensó envenenar un cóctel y hacerlo Regar a Gloria. Por eso compró esos vasos, por eso los introdujo en la casa ocultándolos bajo su estola de piel —seis vasos metidos uno dentro de otro no abultan casi nada— por eso puso en práctica su plan ni bien pudo. Pero lo que en teoría parecía perfecto fracasó en la práctica. Lograr que un vaso envenenado llegase a destino por interpósita persona resultó dificilísimo. Por eso debió romper, o hacer que se rompieran, los dos vasos anteriores, también envenenados. Ella empujó la mano de Buen, ella derramó el vaso de la bandeja. La gente era mucha, el barullo también, se había bebido... nadie se dio cuenta. La desesperación la movió a su último gesto y el tercer vaso llegó a destino. Gloria Dalbés habla bebido más de lo conveniente, las felicitaciones la aturdían todavía más... Le gustaban los cócteles raros y fuertes, y no advirtió o creyó que se trataba de una novedad, el sabor de la bomba líquida que le tendió el mozo. Bebió una dosis capaz de matar a un caballo. Esto es todo, amigos. y ahora ya no dirá éste (éste era yo) que los crímenes son más frecuentes en unas capas sociales que en otras. El hombre es Igual en todas partes.

Cuento de A. L. Perez Zelaschi
Revista Vea y Lea, 22 de agosto 1957 N°266, pp. 86-88

viernes, 2 de diciembre de 2022

Los cuatreros

Casilda, la ciudad santafesina, despertaba. El brillo de la estrella matinal se diluía por el lado del naciente en un lago de sangre. Las hojas de los eucaliptos añosos cuchicheaban en lo alto a impulsos de la brisa. Y los pájaros gorjeaban ocultos en el follaje perenne de los ligustros. El invierno agonizaba entre los brazos desnudos de los duraznos, que empezaban a vestirse de rosado. Había perfumes de aromo en el monte, y rocío en las ramas floridas del sauzal. Una amapola se abría en mi jardín en medio de un cantero de violetas, y una naranja, una sola, colgaba aún de la planta en una rama inaccesible.
Por la calle de tierra que corre junto a las verjas de la Escuela de Agricultura, me desplazaba lentamente en mi motoneta saludando a los quinteros de las afueras, que empezaban la jornada antes de que el sol besara la cruz plomiza de la iglesia parroquial.
Luego, en el boulevard asfaltado, el desenfreno, a esas horas en que nadie se cruza en la ciudad que comienza a desperezarse. Y así, con el escape abierto, hasta la jefatura de policía, donde me desempeñaba como secretario del jefe Salmén, con quien había cursado toda la “primaria” en la vetusta escuela Casado, cuando el alma de uno era blanca como guardapolvo de día lunes, y los zapatos brillaban al entrar a clase como la calva de hoy, porque la maestra era buena, sí, pero muy “exigidora”, como decíamos.
Saludé al agente que vigilaba la entrada y me dirigí sin tardar a mi puesto, donde el jefe Salmén hojeaba unos papeles entre mate y mate, que un auxiliar le cebaba.
—Saldremos más tarde a dar una vuelta, Horacio —me dijo luego de devolverme el saludo.
—Bien —respondí mientras me quitaba los guantes—. ¿Qué sabes del Chacho?
—Nada. Es por eso que quiero salir. No daremos con él estándonos aquí metidos.
Chupé con gusto el amargo que me cebó el auxiliar. Después dije:
—¿Sospechás dónde pueda esconderse? ¿Tenés algún pálpito, de esos que sabés tener?
Me miró con alguna severidad. Luego, dijo retornando a sus papeles:
—Cuando tengo un pálpito no lo digo por temor de que se queme.
—Es cierto —repuse—. Las explicaciones que me das son muy satisfactorias. Cuando sospechás algo no lo decís por temor de que se queme, y cuando nada sospechás, nada decís porque nada sospechás. ¡Muy explícito, por cierto!
Conseguí que sonriera, lo cual no era fácil cuando él tenía entre manos un asunto difícil.
—Por esta vez voy a hacer una excepción —dijo.
—A ver...
—El Chacho no anda lejos de estos pagos.
—¡Cómo se te ocurre! Él ha matado en Casilda y sabe que en Casilda se lo busca.
—Él no es un novato. Piensa que la policía, por mirar lo que está lejos, no ve lo que tiene cerca. Él se esconde en nuestra propia sombra.

* * *

Serían las once cuando salimos de la jefatura en el coche de Salmén.
Almorzamos en el restaurante de Vitali, y nos dirigimos después a la estancia de Aveldaño, cercana a la ciudad. Nos recibió el viejo estanciero en la terraza de la casa, donde se hallaba tomando sol en un sillón de ruedas. Era al parecer un hombre acabado. Como si la vida lo hubiese estrujado entre sus garras, y como a una naranja le hubiera quitado el jugo, así estaba el pobre de seco. Y arrugada su piel como una pasa. Mas como si toda la vida escapada del cuerpo se hubiera concentrado en sus ojos, eran éstos vivaces en extremo, elocuentes, penetrantes... ¡Quién resistiría la mirada dé aquél hombre!
—Venimos por el Chacho —dijo Salmén evitando mirarlo—. Él trabajaba en la estancia, ¿no es cierto?
—Él trabajaba —respondió la voz cavernosa de Aveldaño—, usted lo ha dicho.
—¿Y ahora?
—Y ahora no trabaja.
—Pero es posible que se encuentre aquí.
—¿Sugiere usted que estoy dando asilo a un hombre que la policía busca por crimen?
—De ningún modo. Pienso que él puede esconderse en la casa sin que usted lo sepa. Le ruego nos permita registrar.
El galope de un caballo nos hizo volver hacia el parque.
—¡Ahí está! —gritó Salmén—. ¡Se nos escapa!
Corrimos hacia el auto, pero antes de subir advertimos que los cuatro neumáticos habían sido desinflados.
Salmén pidió caballos gritando a voz en cuello, pero nadie se dejó ver por las cercanías. No encontramos otro recurso, entonces, que correr hacia el corral y montar allí en pelo, porque para ensillar llevaría mucho tiempo, y ya habíamos perdido demasiado.
El caballo que montaba el Chacho era veloz, y el terreno que nos separaba del fugitivo agrandábase a cada momento. Salmén comenzó a darle voces de alto, de las que el otro no hizo ningún caso. Efectuamos algunos disparos al aire con el fin de amedrentarlo, también en vano. Entonces Salmén gritó volviéndose a mí:
— ¡Al cuerpo, Horacio! ¡Que no escape!
El hombre respondió al tiroteo hasta quedarse sin balas. Un proyectil dio finalmente en su caballo, que rodó, por lo que nos fue fácil apresar al Chacho, quien al verse perdido nos aguardó de pie junto al animal caldo, sin resistir.

* * *

El Chacho hallábase ya en el calabozo. No teníamos en aquel entonces otro detenido. Poco y “bueno”.
La jornada nos había resultado dura, y estábamos agotados. Anochecía y nos disponíamos ya a retirarnos.
—Unos matecitos y nos vamos —dijo el jefe frotándose las manos.
Estaba alegre. Había hecho algo bueno y sin arriesgar mucho. Se lo hice notar:
—Ya no sos el hombre serio de esta mañana, ¿eh?
Sonrió.
—Sí, estoy contento —dijo—. Pero no me hago ilusiones.
—¿Qué? ¿Otro de tus pálpitos?


—Sí, Horacio... Aveldaño no se entrega fácilmente. El Chacho fue siempre su brazo derecho. Aveldaño es el cerebro y el Chacho el brazo que obedece al cerebro. Sabe que si se to condenan por crimen, perderá a su mejor hombre.
—Es cierto, viejo, pero... ¿qué puede hacer ahora?
—Él es muy capaz. No dormirá. Horacio.
En eso sonó el teléfono. El auxiliar de guardia atendió y acercó luego el aparato a Salmén, diciendo:
—Es el estanciero Aveldaño.
—Sí... ¿cómo le va. Aveldaño?... Ajá... ¿Y cómo se enteró usted?... Bien iremos en seguida, Aveldaño... Oh. si. descuide usted... ¡Hasta luego!
Colgó el tubo con gesto brusco.
—¿Viste? —dijo malhumorado—. ¿No te lo dije?
—Qué pasó?
—Dice haberse enterado de que una banda de cuatreros se dirige a su estancia desde Arequito. Se alzarán con el ganado reservado para el matadero. Nos pide que vayamos a la estancia con toda nuestra gente para evitar el robo.
—No hay bandas de cuatreros en la zona. Es muy extraño lo que dice el viejo.
—¿No ves a donde va Aveldaño, Horacio?
—Claro que si... Trata de alejarnos de la jefatura para que sus peones liberen al Chacho sin encentrar resistencia.
—Claro como el agua.
—Pero... ¿qué dirá cuando lleguemos a la estancia?
—¿Dónde están los cuatreros de que habló? Se le preguntará.
—Sí, ¿qué podrá decirnos, entonces?
—¿De qué cuatreros me hablan?, dirá ¿Quién llamó? ¿Están locos, ustedes?
—Sí, y no será posible probar que él llamó.
Salmén se puso de pie. Su rostro se habla nublado nuevamente. Comenzó a dar grandes pasos por la oficina, las manos detrás, la cabeza gacha. De pronto se detuvo ente el auxiliar. Entendí que había hallado una salida.
—Júntame cuantos hombres puedas —dijo.
En seguida salió al pasillo y llamó al cabo de guardia:
—Haga ensillar el mayor número de caballos que sea posible —ordenó.
Entró y continuó paseándose nerviosamente. Yo lo observaba sin atreverme a preguntar nada. Se detuvo después ante mí y dándome suavemente con el pie en un tobillo:
—Creo que se la ganaremos al viejo —dijo.
—¿Si? —pregunté alegremente.
No se explayó más y yo no insistí. El horno no estaba para bollos.
Los caballos fueren alineados en la calle, y los hombres de la policía que el auxiliar pude reunir, unos quince, se agruparon en el corredor ante la oficina del jefe.
—Pueden montar ya —les dijo— y dirigirse a la estancia de Aveldaño. Dejen dos caballos ocultos en la oscuridad. Horacio y yo los alcanzaremos luego.
Los hombres se alejaron y en seguida oímos el ruido de las herraduras sobre la calle asfaltada.
Sólo un hombre uniformado quedaba en el edificio, y era el que vigilaba junto a la celda en que el Chacho había sido puesto por la tarde.
Salmén destapó una botella de vino y se acercó al agente.
—No te aflijas, Pedro —le dijo—. Mañana tendrás un uniforme nuevo.
Y acto seguido comenzó a derramar el vino sobre las ropas del agente.
—Y ahora a hacer "nono” —le dijo dándole una paternal palmada—. Espero que hayas entendido mis instrucciones.
El agente se acostó en el suelo ante las rejas del calabozo. Salmén echó una mirada al interior de la celda. Un cuerpo se vislumbraba sobra el camastro, cubierto por una manta.
Nos ocultamos en un viejo aljibe ubicado en el centro del patio, y aguardamos. Por unos orificios hechos en la pared circular, observábamos la entrada del edificio, desprovista de vigilancia. No tardaron en llegar. Primero fue una cabeza que se asomó, luego un cuerpo que avanzaba pegado a la pared. Un silbo suave, y varias sombras entraron en escena resaltando sobre un fondo iluminado por el farol de la calle. Llegaron donde Pedro estaba echado y lo rodearon.
—Este sí que está hecho una uva —dijo uno.
—Quítale las "llave". che. A ver, dejame a mí. Aquí están.
Abrieron el calabozo descuidando del agente que "dormía” en el suelo y entraron para despertar al Chacho.
—Arriba, Chacho, que "venimo pa” llevarte. “Vamo”, che. Chacho.
Lo movían en la oscuridad, mientras Pedro “despertaba” y cerraba la puerta desde afuera, y nosotros saltábamos del aljibe y corríamos en su auxilio al tiempo que el supuesto Chacho se incorporaba sacando debajo de las mantas un fusil ametralladora, gritando:
—¡Al que se mueva lo cocino!
Encendimos la luz de la celda y entramos para desarmar a los hombres, anonadados por la sorpresiva acción. Salimos luego y Salmén dijo a los flamantes presos mientras cerraba:
—Si ustedes venían por el Chacho, sepan que él cabalga ahora hacia la estancia muy bien vigilado por nuestros hombres. Hasta luego, señores, y pórtense bien, porque Roque anda con muchas ganas de cocinarlos. Él es antropófago y dice que la carne más sabrosa es la de peón.
Roque, el que habla reemplazado al Chacho en la celda, era un agente de color.
Salmén y yo nos dirigimos a nuestros caballos. ocultos en las sombras a pecas metros de la jefatura.
—Felicitaciones, jefe —murmuré mientras montábamos.
—No —dijo—. Esto resultó bastante fácil. Lo que yo quisiera es probar que Aveldaño es el cerebro de esta maquinación.
—Creo que será difícil probarlo.
—Sin embargo, no pierdo las esperanzas.
Partimos al galope. Las herraduras resonaban sobre el asfalto arrancando chispas rasadas. Poco después nos uníamos a nuestros hombres.

* * *

En dirección contraria al viento, para no ser descubiertos por los perros, un grupo de jinetes se acercaba a la estancia de Aveldaño.
—Cuando los perros se nos vengan —dijo uno— encaramos a todo galope y no paramos hasta el corral.
Atravesaron una estrecha cañada y se detuvieron después en un bosquecillo, para revisar las monturas. El grupo de casas, trojas y galpones se divisaba desde allí. Una luna incompleta se asomaba ruborizada por encima de los techos. Montaron y reiniciaren la marcha. El aroma del hinojo, desgajado por los cascos de las bestias, se esparcía par los aires.
En silencio avanzaron lentamente hasta que fueron advertidos por los perros, ya en las cercanías de las casas. Unos fieros mastines les salieron al encuentro ladrando enfurecidos y saltando en tomo al grupo de jinetes aplicando dentelladas por doquier.
— ¡A ver! —gritó el que marchaba al frente—. Ustedes dos entretengan a los perros mientras nosotros arreamos el ganado.
Así se hizo. Dos hombres se encargaron de los canes. Repartieron sobre lomos y hocicos rebencazos al por mayor, mientras los otros galopaban hacia el corral donde se hallaban las reses destinadas al matadero de Casilda.
Abrieron la tranquera, y dando grandes veces hicieron que los vacunos salieran hacia el camino levantando una gran nube de polvo. Nadie llegó desde la casa. Algunos disparos de revólver, que partieron de la terraza, se hicieron oír por encima del ruido ensordecedor del rebaño, sin conseguir que los desconocidos se amedrentaran y dejaran de llevarse las reses más gordas de la estancia.
Llegados al camino grande se alejaron envueltos en una densa polvareda. La noche se llenó con el ruido de la tropa que trotaba mugiendo por el camino, estimulada por las voces de los hombres: "¡Vaca, vaca, vaca! ¡Hop, hop, hop!”. Aún se oían disparos en la casa, y los perros, acobardados por los golpes, ladraban desde lejos.
La tropa se fue perdiendo en lontananza y poco a poco retomó la calma nocturnal, ulular de lechuzas sobre el granero, croar de ranas en la cañada, y la luz mala brillando sobre alguna osamenta olvidada, para engendrar cuentos de fogón en las mentes campesinas y hacer que aún el menos piadoso se santiguara.

* * *

Cuando estalló el despertador junto a mi oído, no había amanecido todavía. A pesar de que me hallaba molido por las "aventuras" del día anterior, arrojé con decisión las frazadas y me incorporé sin tardar. Quería llegar a la jefatura lo antes posible, porque aquel seria, sin duda, el día de las grandes novedades.
Volé en mi motoneta por las calles alumbradas todavía por los focos eléctricos y por aquel pedazo de luna que palidecía.
Llegué a la oficina anticipándome a Salmén, quien apareció un momento después acompañado por algunos vecinos de "buen nombre y honor".
Apenas nos habíamos sentado, oímos que un auto se detenía. Salmén y yo nos asomamos a la ventana y vimos que de la parte trasera del coche bajaban una silla de ruedas, en la que acomodaron luego al estanciero Aveldaño, que había viajado en el mismo automóvil.
—Ahí se nos viene —comentó Salmén—. Viejo zorro... ¿con qué nos saldrá ahora?
Retornamos a nuestros asientos y aguardamos al viejo, que entró moviendo con sus manos las ruedas de la silla.
—El señor, jefe dejará de serlo —dijo por todo saludo.
—¿Si? Caramba...
—He avisado por teléfono que sería víctima de un robo, y usted no acudió a socorrerme. He hablado con usted mismo. No lo niegue porque puedo probar lo que digo.
—Nadie lo niega. Aveldaño. Usted habló conmigo ayer por la tarde diciendo que una banda de cuatreros se dirigía a su estancia. ¿Es así?
—Sí, señor.
—Puedo decirle más —prosiguió Salmén— Puedo decirle cuáles eran sus intenciones. Usted pretendía que nosotros abandonáramos el edificio para que sus hombres pudieran liberar al Chacho sin encontrar mayor resistencia.
—Esas son conjeturas suyas que me ofenden.
—Verá que le hablo de hechos reales. Cuando nos alejamos de la jefatura para dirigirnos a su estancia, sus hombres entraron para llevarse al Chacho, pero cayeron en una emboscada.
Los labios de Aveldaño se distendieron. Pretendió sonreír sin conseguirlo.
—Usted se contradice —murmuró.
—¿Por qué, Aveldaño?
—Dijo haber ido a mi estancia, ¿verdad?
—Sí, llegamos a ella alrededor de las nueve de la noche, cuando salía la luna.
—Justamente a esa hora un grupo de jinetes se llevó de mi estancia un apreciable número de reses. ¿Qué hizo usted para impedir el robo, que fue realizado a la luz de la luna y de la manera más ruidosa?
—Verá, Aveldaño. Usted es el cerebro que planeó el frustrado rescate del Chacho y...
—¿Cómo lo prueba, señor?
—Eso era lo que necesitábamos, probarlo, y para ello era suficiente con demostrar que usted había llamado por teléfono con el único fin de alejarnos de aquí, ya que la banda de cuatreros a que usted se refirió no existe.
—¡Me robaron las vacas! —gritó el viejo—. ¿Cómo dice que no existe?
—De acuerdo con sus planes —prosiguió Salmén. sin perder la calma—, usted negaría haber pedido auxilio cuando llegáramos a la estancia, y no podríamos probar lo contrario. Era preciso que usted confesara habernos llamado, para que nadie dudara de que lo había hecho con el fin de facilitar la tarea a sus peones. Por eso nosotros arreamos su ganado para que usted viniera a denunciar, como lo ha hecho ante estos respetables testigos, que la policía no había acudido a su llamado. Ya ve que la policía estuvo anoche en la estancia. Los animales fueron arreados hasta el matadero, en donde podrá presentarse para cobrar la suma convenida, cuando recobre la libertad.

Cuento de Juan Carlos Brusasca
Revista Vea y Lea, 25 de octubre 1962 N°399, pp. 56-58