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viernes, 31 de octubre de 2025

Las vocales


Las vocales
no son iguales
y van mezcladas
en las palabras
como ensaladas.
Sólo son cinco
y suenan distinto:

La a para
la carcajada.
La e para
beberse el té.
La i para
kikiriki.
La o para
el oso goloso.
La u para
el reloj cucú.

Poldy Bird
Revista Anteojito N°206, p. 03
31 de octubre 1968
https://fanasdegf.blogspot.com/2023/11/revista-anteojito-n-206-31-10-23.html?q=206

viernes, 24 de julio de 2020

Te cantaré para que duermas

Te cantaré para que duermas, amor,
para que descanses en paz.
Yo sé que escucharás mi canto,
en voz muy baja,
tan solo audible para vos.
Estás tan lejos y tan cerca.
No sé ni el nombre ni el lugar.
¿Será un oasis, una selva, una ciudad?
¿Por donde irás con las respuestas a las
preguntas que no te pude preguntar?
No sé por qué cuando te pienso
se me pone tan loca la ansiedad.
Es como si te aguardara todavía
y como si estuvieras por llegar.

Me parece que entrás; que tus pasos cruzan el corredor, que llegan al cuarto, se detienen junto a mi lado de la cama y, mientras yo me incorporo para recibirte, tus brazos me estrechan contra tu pecho, y los latidos de tu corazón hacen un dúo de ritmo acompasado con los latidos de mi corazón.
Pero abro los ojos y estoy sola.
Ni tu olor ha quedado en el aire que me pesa, que yo embarullo con el perfume de una rosa que se va abriendo entre las fotos, encima de la cómoda.
Fotos donde tu mano se posa en mi rodilla, sentados con el mar atrás y tu sonrisa avanza.
La de tu último cumpleaños con los amigos rodeándonos. y aquella de tus tres años: un nene con el tapadito cerrado con doble hilera de botones y un conejito blanco relleno de estopa, que se te perdió en una tarde de compras con tu mamá en Gath & Chaves.
Cuando te despedimos, amor, lloramos por el hombre que se iba sin regreso. Y lloramos (algunos sin saberlo), por el nenito con el conejo blanco y la carita asombrada de nuevo explorador de vida...
Ay! ¿Por qué, cuatro años antes de llegar al 2000?
Vas a perderte tantas cosas: los festejos del fin del siglo, del fin del segundo milenio, la pirotecnia del recibimiento del Tercer Milenio.
No lo viste a Alan disfrazado de pirata en su cuarto cumpleaños, ni París en septiembre ya casi totalmente programado, ni las pirámides de Egipto con sus ondas energéticas. Ni "Casablanca" por décima vez por un canal de cable. Ni a Vargas Llosa, que publicó Los cuadernos de Rigoberto y vino a la Argentina, ¡cómo te habría gustado leer esta continuación de aquel impresionante Elogio de la madrastra, que te maravilló!
Uso tus jeans azules. Mandé acortar las mangas de tu saco de tweed. Y el sastre me dijo que con tres toques me va a quedar tu traje gris.
Se secaron todas las plantas del balcón cerrado del living. Ni bien partiste. Todas, las chicas y las que estaban desde hace años.
Alguien me dijo que las plantas extrañan.
Te extrañaron, amor.
Todavía no fui a comprar otras, no tuve ganas, no quiero ir sola...
¿Y si a las nuevas las ahoga la tristeza que todavía flota por la casa como un fantasma transparente que da vueltas y vueltas, incansable bailarín de valsecito melancólico?
Me puse tu pulóver de rombos para la misa del Pilar.
Si, te llevo a misa, amor: seguimos yendo juntos, como antes.
Y le pregunto a Dios si El no hubiera podido...
Pero no sé si quiero escuchar su respuesta.
Le pido, le ruego que Él te cuide.
Que no te suelte la mano.
Que no apague la luz de la estrella secreta que mirábamos a veces, a las diez de la noche, y que ahora es nuestro punto de reunión.
Le suplico que te dé paz, que borre de mi recuerdo todas las cosas tristes y me deje intactos los flashes de ternura y de alegría, para que no me asalte la desesperación.
Aquí estoy, amor.
No te dejaré solo.
Nada es lo mismo ahora.
Quiero que sepas que, pase lo que pase, andarás en los caminos de mis pensamientos.
Y aunque mi vida cambie, aunque el rompecabezas se arme de otra manera, todas las noches te cantaré para que duermas...
Para que duermas con tu gesto entregado, con la expresión de niño abrazando el conejito blanco que el sueño te ponía en el rostro.
Si, te cantaré para que duermas, amor.
Poldy Bird

sábado, 23 de noviembre de 2019

La letra a

Un porotito con una colita, esta es la letra a, ¿te gusta? ¿Te gusta, mamá?
Y enseguida tu risita de triunfo, de qué lindo, de nena feliz.
Tu mano de nena de cuatro años encaramada sobre una gran mesa había dibujado la a.
La a de mamá, de papá, de pan, la a de ja ja. La a de las cosas lindas, del buen tiempo, del ángel de la guarda cuidándonos la espalda.
¿Por qué será que en esos momentos, en vez de ser feliz, de ponerme contenta u orgullosa, se me da por llorar?
Te acaricié el flequillo y me quedé muy seria.
—¿No te gustó, mamita?
—Sí, me gustó. ¡Viva la nena gorda que escribió una a!
Pero no me gustó.
La “a” en el papel es la puerta redonda por donde comienza a escaparse la infancia.
Y por donde empieza a entrar mi miedo. Ahora tú eres mi reloj, y las horas pasan muy rápidamente.
Ayer nomás, tus manos manoteaban un sonajero, y hoy marcan los segundos con un lápiz, con la acuarela que mancha tu delantal blanco y rosa del Jardín de Infantes, con el signo de interrogación de tus preguntas interminables.
Ahora tú conoces la letra a y muy pronto abrirás su puerta para conocer las demás letras; llenarás un cuaderno, separarás las estrellas en sus diferentes constelaciones, y las palabras dejarán de ser “dibujitos” para convertirse en algo con un significado riguroso. (¡Oh... todo está anotado en los diccionarios!).
Tú eres mi reloj, quédate quieta.
No, no dejes pasar los segundos porque ellos se devoran los minutos, las horas, los días, los meses...
Quiero que detengas el tiempo en esta hora, que sean hoy las dos y media de la tarde, 14 de mayo de 1967 para siempre.
Con este sol y esta ventana abierta y esta paz de domingo. Y con este cansancio divertido de haber dado unas vueltas a la ronda los tres tomados de la mano: tú, papá y yo.
Porque con estas cosas yo recupero al ángel, vuelvo a vivir aquello que fue breve, me asombro con tu asombro, digo tus versos escolares, canto tus mismos cantos, y soy tú y soy yo, las dos al mismo tiempo: una nenita Poldy y una nena Verónica que crece muy aprisa.
Es difícil ser madre, saber qué hay que decirte, saber qué hay que callar, saber qué es lo que quieres que te diga.
Haber sufrido tanto, haber mirado la vida y el mundo hurgando en los rincones, buscando en las hendijas para saberlo todo, para saber qué flores tienen espinas, qué barro es el que mancha irremediablemente, qué fuego es el que quema y qué fuego el que limpia...
Haber sufrido tanto... haber buscado tanto... haber aprendido tanto... para llegar a saber que cada uno tiene que labrar su propia experiencia, que mis lágrimas no evitarán las tuyas, que mi dolor no servirá de barrera a los dolores que te aguardan y que, aunque yo te ame, aunque yo sepa cuál es el camino que debes elegir para ser dichosa y para realizarte, tengo que aprender a callar, a apartarme, a dejar que seas tú misma la que lo encuentres, aunque antes te equivoques y te golpees muchas veces.
Es difícil ser madre... saber qué hay que decirte... saber qué hay que callar... saber qué es lo que quieres que te diga.
Hasta hoy, todo me había parecido fácil: tenerte dando vueltas a mi alrededor, sentir que me necesitas tanto, que no te gusta que salga, que me vaya, que te falte un instante; que la comida “más rica” es la que comes de la cuchara que sostiene mi mano, las historias que te fascinan son las que te cuento, y tu bracito apoyado en mi brazo te hace sentir segura, protegida, abrigada.
Hasta ahora todo fue fácil: abrazarte, apretarte contra mí y saber que así nada podría ocurrirte.
Nada puede ocurrirte apretada en mis brazos mientras eres pollito bajo el ala materna.
Pero la letra “a” tiene una puerta redonda por donde los chicos empiezan a escaparse de la infancia. Y esa puerta da a un mundo. Y en ese mundo hay rostros y luces y espejismos y tanto más...
Te prometo no encadenarte, hija. Ir buscando las fuerzas, como el pájaro busca las pajillas para hacer su nido.
Ir buscando las fuerzas que me obliguen a dejarte vivir tu propia vida.
Creo que eso es lo más difícil de ser madre: saber dejar a fondo el ancla de nuestro fuerte barco, mientras el velerito nuevo, que parece tan débil, tan frágil y vulnerable, se va... se va quién sabe adónde a enfrentar qué tormentas, a ganar qué batallas... o a perderlas.
—Un porotito con una colita, esta es la letra “a”, ¿te gusta, mamita?
Me lo vas a preguntar cien veces, como todas las cosas que preguntas.
Y yo cien veces voy a tratar de sonreír al contestarte:
—Sí, me gusta...
Pero vamos, vamos, mi nena.
Vamos a usar todo este domingo, a comprar un globo colorado, un chupetín, un molinillo, a dar vueltas en la calesita, a reírnos, reírnos... reírnos... a zarandear al ángel hasta dejarlo cansado.

Poldy Bird
En "Cuentos para Verónica"

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Otra vez los Reyes Magos

¿Por qué no se lo conté a nadie todavía, yo que todo lo cuento, que todo lo pongo boca arriba sobre la mesa porque los secretos se me vuelan como mariposas?
No, no dije que el año pasado, cuando me preguntaste si Papá Noel y los Reyes magos eran de verdad… te dije que sí y que no… que hace muchos, muchos años existieron, pero ahora se conservaba el recuerdo y se dejaba correr como agua de una fuente esa mentira linda de que “pasan los Reyes, o que Papá Noel llegará en su trineo”.
- Entonces ¿los regalos los compran papá y vos?
- Sí.
- ¿Y el pasto que se comen los camellos y el agua que se toman… eh?
- Papá le echa el agua a las macetas y el pasto lo tiramos al incinerador.
- ¿Cuándo vos eras chica creías en los Reyes Magos y en Papá Noel?
- ¡Claro que creía!, y cuando supe la verdad no se lo dije a nadie porque tenía miedo a que no me pusieran nunca más regalos en los zapatos.
- Claro… vos te pusiste a mentir como mienten los grandes…
Como mienten los grandes. A veces para destruir, a veces para defenderse, a veces para no llegar al final de los caminos. Fuimos a comprar los regalos, tuvimos unas alegres fiestas pero después me quedó la nostalgia de los zapatos puestos en el balcón... y la sorpresa, y el balde con agua, y el pasto, y los terrones azúcar para los camellos cansados de viajes tan enormes…
Y los Reyes Magos, cabalgando en la noche transparente, esquivando luceros y estrellas de topacio pinchando el aire tibio con las puntas de sus coronas. Los Reyes que de tanto quererlos una vez me parecieron verlos huyendo para que mis ojos no los tocaran.
¿Y quién puede decir que en realidad no existen?
¿Y quién puede afirmar que sean absolutamente de mentira?
Aquella vez, como pájaros oscuros en sus coronas de luz…, hendiendo una nube gris…, haciendo el ruido de un papel que roza la mano…, aquella vez los vi casi podría jurarlo.
¿Por qué no le conté a nadie que te dije que Papá Noel y Los Reyes Magos no traen los regalos de diciembre y enero?
¿Para qué? Para que no pensarás que estás creciendo, para que no dijeran “ya va siendo grande” para conservarte chiquita, y enteramente mía detenida en el tiempo, en la inocencia...
O tal vez para que los demás no se dieran cuenta de que... de que yo no creo que los reyes magos no existen...
De veras, gorda mía, creyendo que mentía, al decir que no creía ya, mantenía en alto una verdad.
Por eso este año, vamos a hacer una cosa entre las dos: le vamos a escribir una carta a los reyes, en papel de luna, con tinta de mar, con letras de hormigas que saben marchar. Melchor, mucho gusto, ¿Qué dice Gaspar? Una reverencia para Baltasar... Y también vamos a poner los zapatos en el balcón, bien lustrados, y el balde con agua y la parva de pasto y los terrones de azúcar, y yo te voy a comprar un regalo que ni te imaginas y vos otro a mí que yo no sepa, y las dos a papá, y papá a vos y a mí. Y a la mañana correremos los tres descalzos a mirar con asombro los papeles estampados, las cintas de colores, los zapatos sonrientes de los seis de enero, inflados de orgullo.
¿Dale que si?
¿Dale que las dos creemos en los Reyes Magos para siempre?
¿Dale que jamás en la vida, prometido y jurado y recontra jurado nunca nos vamos a olvidar de poner los zapatos y escribir la carta y todo eso?
Dale que cuando alguien nos diga que los Reyes Magos no existen,nos vamos a mirar sin decir nada con la boca, pero diciéndonos con los ojos “no sabe nada pobre
Dale que vamos a vivir esta mentirita, pero no como mienten los grandes, sino ¿cómo mienten los chicos cuando dicen que el abuelo le sacó un colmillo al vampiro?
Dale... total si se dice que las "guerras son inevitables", que "ayudarse a uno no conduce a nada, porque el problema es un problema de fondo, social, y que solamente el estado puede resolverlo todo junto", si se dicen tantas mentiras que hacen sangrar al universo... que tiene de malo una mentira con latidos azules y capas de satín y coronas de peces luminosos... y un abrazo muy fuerte en la mañana de los Reyes, un abrazo en donde apretemos, entre las dos, a los Reyes Magos.

Nuevos Cuentos para Verónica
Poldy Bird

lunes, 28 de octubre de 2019

Cerré el alma

Ya no dirás
hasta mañana , un beso.
No esperaré el abrazo inútilmente.
He borrado tus labios de mi frente
porque no era el amor de un hombre eso.
Entre los que se aman hay un leño ardiente
y me ofreces un fósforo apagado,
por eso escondí el rio que he llorado
y dije "terminó" sencillamente.
En mi lecho se acuesta el que me ama,
no el que no tiene donde descansar...
no es lugar para amigos una cama...
No entendí el retaceo de tu llama.
Te eché.
Cerré la puerta.
Cerré el alma.

Poldy Bird

lunes, 21 de octubre de 2019

Mi día de la madre

Desde que yo me acuerdo, para mí el día de la madre siempre fue comprar un ramo de flores y llevarlo al cementerio. Las tres hermanitas vestidas iguales, frente a la tumba, rezando un padre nuestro, un avemaría y un gloria, persignándonos, y luego espiando el sol, que se descolgaba entre el grave follaje. Mirar las calas, los lirios tan tristes, en otras sepulturas, y volver a detener los ojos en las alverjillas rosadas que tanto le gustaban a mi madre.
También le gustaban los aromos y las rosas –eso nos decían siempre–.
Los otros chicos compraban cosas menos líricas: bombones, planchas, adornos para la casa, un corte de género. Cosas que no se marchitaban enseguida, cosas con menos color y sin el perfume de nuestras flores, pero que eran entregadas a dos manos tibias, inquietas, embarullándose de ansiedad al desatar los moños del paquete.
Dos manos y enseguida una voz haciendo una exclamación de sorpresa. Y después de la voz los ojos, un par de ojos brillantes, orgullosos, húmedos...
A mí me gustaban más las alverjillas que las planchas, pero hubiera querido tener una madre en el día de la madre, aunque hubiese tenido que regalarle una plancha.
Después, las tres crecimos. Ya no íbamos vestidas iguales ni juntas a llevar las flores de octubre. Y los años me borraron la costumbre de hacerlo, ¡me ponen tan tristes los cementerios! Hasta el año pasado también me ponían triste los días de la madre.
Hasta el año pasado... porque este año fue distinto.
En el papelito que Verónica trajo de la escuela decía que el sábado nos reunirían a las madres de todos los alumnos a las cinco de la tarde. Habría un té y cada una debía llevar algo.
Yo compré unos sándwiches y le puse a Verónica su hebilla blanca en el pelo. Estaba contenta, anhelante.
—Hicimos un regalo —me dijo—, una sorpresa.
—¿Qué es?
—Un paquete con una tarjeta.
—¿Y adentro?
—Es un secreto, no se puede decir...
Me asombré de que pudiera callar. Me asombré, yo que nunca puedo guardar un regalo para entregarlo el día establecido porque la ansiedad de darlo me consume.
De la mano, las dos entramos en el aula de Jardín de Infantes. Ya había otras madres y otros chicos. Ya había un barullo de voces infantiles entremezcladas con el cotorreo de las mujeres.
Las maestras repartían las masas y las tortas; los niños corrían de un lado para otro, comentando que “arriba” darían dibujitos animados con un proyector de cine. De pronto, los alumnos fueron llamados por la directora y subieron la escalera al trotecito; al rato empezaron a bajar. Los más chiquitos primero. Las mejillas coloradas, los delantales almidonados, una caja forrada de rosa sostenida por manitas regordetas y blandas.
Cada uno se acercó a su mamá y le tendió la ofrenda.
Mi Verónica me la entregó con los ojos azorados, la respiración entrecortada, conteniéndose para no darle un manotazo a la cinta brillante que adornaba la tarjeta.
—Es para vos —me dijo—, abrilo.
Destapé la caja y un montón de bombones dudosamente redondos, dudosamente perfectos, recubiertos con una fina ralladura de chocolate y metidos en delicadas corolas de papel plisado, me llenaron los ojos.
—Los hice yo, con mis manos, así... como cuando juego con plastilina...
Ella, con sus manos regordetas, con sus manos con las uñas casi siempre sucias de arena, de tierra, de acuarela.
—Comelos —exigió.
Me puse uno en la boca. Dulce. Mastiqué despacio. Dulce. Dulce hasta que se encontró con mis lágrimas en la mitad de la garganta. Y lo tragué junto con ellas. Porque no podía llorar allí.
Porque no podía agradecer su primer regalo con ese llanto que me inundaba toda.
Entonces sonreí y la abracé, la besé, le acomodé el flequillo –por hacer algo– y la tuve un rato sentada sobre mis rodillas.
La imaginé amasando los bombones, dándoles esa forma redonda, simple, elemental.
La imaginé guardando el secreto, esperando el momento de poder revelarlo. Y se me pusieron tibias la sangre y la esperanza.
Después del té, después del Pato Donald y no sé qué otros bichos haciendo disparates en la pantalla blanca, regresamos a casa.
Regresamos tres: Verónica, la caja de bombones y yo.
Todavía no era domingo, pero para mí ya había sido el día de la madre.
Un día con sol, con campanas, repleto de amor y de ternura.
Acabo de comerme el último bombón.
Los hice durar. No convidé a nadie.
Eran para mí, todos, todos.
Para mí sola.
Bombones, secreto, sorpresa y dos manos gordas amasando. Y yo tragándome mis primeras lágrimas de felicidad en el día de la madre.
Yo dentro de ella, de mi hija, bajando la escalera de la escuela con la caja forrada de rosa.
Yo bajando en ella la escalera, entregando el regalo y esperando, sin aliento, que mi mamá lo abriera, me abrazara y me besara.
Yo reviviendo en ella, resucitando en ella, rescatando en ella lo que perdí, apropiándome de lo que no tuve.
Ah... si a los hijos una nunca termina de agradecerles todo lo que nos dan: esa maravillosa posibilidad de volver a ser desde el principio, de recrearnos de nuevo, de regresar hacia atrás y encaminarnos siguiendo su ritmo, esgrimiendo su asombro y encontrando en nosotros, adentro de nosotros hasta... hasta la madre que perdimos.

Cuentos para Verónica
Poldy Bird

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Puente de cristal

Cruzo tu puente de cristal
con pasos de violeta,
de puntillas, y azul el delantal,
igual que de pequeña...

Para que no se despierten mis hermanitas, y po­damos estar un rato a solas; para que todas tus caricias sean para mí por esta vez, mamá. Que no me oigan las rosas, que no me oigan los gri­llos, que el aire no me oiga, para que no vayan a hacer algún garabato que te entretenga y te haga quitar de mí tus lindos ojos verdes. Mirá, me porto bien. Mirá, como una señorita. No me he ensuciado los zapatos; no me he arru­gado la pollera, ni se me han soltado los moños de las trenzas.
Haré lo que tú digas: dormir la siesta, levantar­me sin llorar para ir a la escuela, tomar toda la leche sin dejar en la taza ni un poquito, aprenderme las tablas de memoria y que me fe­licite la maestra.
Haré lo que tú quieras: no pelearé con mis hermanas nunca, no robaré ciruelas de la frutera, no mentiré a las otras niñas que a veces cuando el viento es espeso puedo volar como las mari­posas.
Haré lo que tú digas, haré lo que tú quieras: pero no te me vuelvas a marchar, no te vuelvas a ir sin despedirte, sin decirme por qué te caes de los trenes y te me quedas muerta, ¿muerta por cuánto tiempo? ¿muerta por qué, si no me has explicado todavía qué es eso de morirse sin ser vieja?
Ya no me acuerdo bien si me contabas historias, pero si no sabes historias, no te apenes, yo in­ventaré miles para ti, para que no te aburras a mi lado, para que no me dejes otra vez. Y te compraré un piano... Madre: profesora de piano, y con lo que te gustaba tocar el pia­no... nunca te oí tocarlo, y no había piano en casa, ¿por qué no vendiste todas mis muñecas y mis vestidos nuevos y mis lápices de colores y compraste tu piano para hacerte collares con notas musicales cuando estabas triste?
No me vayas a hablar fuerte, mamá, que se des­pierta toda la casa y vienen a ver y empiezan a querer hacerte preguntas, y a tironearte el cariño para uno y otro lado, y yo me quedo otra vez sola...
No vayas a reírte fuerte, mamá, con esas car­cajadas tan de cristal y límpidas, tan de cuchara de plata golpeando una copa, tan de campana llamando a misa de domingo.
Habla bajito, ríete despacio, que nadie te es­cuche, nadie más que yo. Dame un beso. Dime un verso. Y si alguien en­tra de repente a mi cuarto, y me pregunta de quién era esa voz, con quién estaba hablan­do... Le diré simplemente que cantaba mien­tras lustraba el marco de plata de tu retra­to... Y quién va a imaginarse que le miento; quién va a verte en el aire, como te veo yo, na­cida de un ramo de rosas, viajando por la acua­rela cambiante de la tarde.... qué van a imagi­narse, madre, si yo tengo mi aspecto de señora, con tacos altos, con mi anillito de casada, con mi orden a dentro del placard... y las que habla­mos, las que estamos juntas, somos: tú, hecha de flores y arrancada del olvido por mi desesperación, y yo... pero yo de seis años, de siete años, hasta de ocho podría ser, pero nunca de más; yo con trenzas que no uso, con mediecitas blancas que no uso, resignada a mostrarme gran­de ante los otros para que no vayan diciendo que estoy loca.

Cruzo tu puente de cristal
con pasos de violeta,
de puntillas, y azul el delantal,
igual que de pequeña...

Igual que de pequeña, mamá. Dame un abrazo, pero no hagas ruido, para que nadie se despier­te y podamos estar un rato a solas.
Y yo pueda decirte de miles de maneras, feliz día de la madre, que hace tantos años, mamá, que no te lo decía.

Poldy Bird

martes, 17 de septiembre de 2019

¿Cómo has estado?

¿Cuánto hace que nunca me dijiste te quiero?
¿Cuánto hace que nunca regresaste?
Me parece que mil años.
Pero mil años no puede ser, porque nadie vive mil años.
Entonces debe ser un año. No, no. Un año tampoco. Un mes. No, no. Apenas diez días.
Dijiste: “El próximo viernes vuelvo”.
Y yo me puse a esperarte en el mismo instante en que pronunciaste esas palabras.
Tal vez porque la palabra es para mí tan importante, me aferro a las palabras que me dicen con desesperación de náufrago a un madero en medio del océano.
Y tu voz tiene, además, una tonada que hace que todo lo que digas parezca transparente, lavado en un lago celeste, amaneciendo.
Me juró que jamás volveré a creerte, que jamás confiaré en ti.
Hay un largo silencio entre los dos, una ausencia infinita.
No te llamo.
No me llamás.
No me escribes.
No te escribo.
No construyes un puente.
No tengo cómo llegar a tu lado, porque no hay puente para cruzar.
Y el día menos pensado te apareces, caminando apurado.
– ¿Cómo has estado? –preguntas.
Y yo me creo, estúpida de mí, que estás interesado en eso que preguntas, que de veras quieres saber cómo he estado.
Trina un ave azul dentro de mi pecho.
El pecho se me vuelve también un cielo azul.
Todos los juramentos que me hice a mí misma se desvanecen: que no escucharía nunca más, que no te miraría nunca más, que haría como si nunca nos hubiésemos conocido.
Sólo tres palabras, y el rencor se acurruca en un rincón.
“¿Cómo has estado?”.
Ay, qué te digo.
¿Te digo que me he llevado a la rastra, que me he obligado a levantarme de la cama, que si los amigos no me insistían imperativamente, me quedaba encerrada en mi casa, día tras día, sin ver la calle?
¿Te digo que cerré los puños con rabia, con ganas de vengarme?
¿Qué te odié hasta sentir dolor de tripas?
¿Qué deseé que todo te fuera mal, que fracasaras, que sufrieras, que no pudieras dormir de noche, que la angustia te abrazara con un abrazo de boa constrictora?
¿Te digo que no pude arrancarte de mi pensamiento, que me he frotado los ojos hasta enrojecerlos para quitarles tu imagen permanente, asediando?
¿Que has estado sentado a mi mesa, frente a mí, quitándome las ganas de comer?
¿Que te has sentado en la cama, junto a mí, dándome insomnio, impasible y quieto?
¿Que te has sentado a mi lado en el cine, y no has dejado que yo viera la película, tranquila, concentrada en su trama, en sus actores, en su imagen?
¿Te digo todo eso?
¿Que te amé, te odié, te necesité, te deseé, te extrañé, te imaginé, te maté, te resucité, te destruí, te construí?
Me controlo.
Miro tus ojos, que reciben mi mirada pero no emiten ninguna señal. Solo aguardan, alejados en la cercanía, y te respondo:
– Bien.
Y aceptas la respuesta.
Y no preguntas, no indagas, no quieres saber, en realidad, nada. Te conforma y te tranquiliza mi “Bien”.
Entonces empieza tu monólogo de excusas; que has tenido problemas con el trabajo, con la familia, con los proyectos, con esto y aquello. Que verdaderamente ibas a venir aquí el viernes pero todo te fue adverso.
No estás enterado de que al día siguiente de tu partida un conocido de los dos me dijo que ya no regresabas hasta una fecha lejana, que te habías despedido por un largo tiempo.
No estás enterado de que me mientes y lo sé.
Me parece que lo único que pretendes es saberme segura y quietita, aquí nomás, en el encierro que significan las esperas, mientras tú despliegas tus rápidas alas de águila.
– ¿Cómo has estado?
– Bien.
Pero juro que es la última vez.
Que nunca más me convencerás.
Que no rezaré para que se realice el milagro de que me digas que me amas.
Que no te esperaré cuando vuelvas a marcharte.
Que no recordaré ni te extrañaré ni pensaré en ti.
Juro, juro, juro que no habrá otra vez.
Pero sí, esta vez. Esta… Dios mío.
¿Y si acaso me dijeras te amo?
¿Y si acaso existieran los milagros?

Poldy Bird

jueves, 12 de septiembre de 2019

Canción

Anonó, nena mía. Ya se durmieron todos los chiches en el suelo: el oso de peluche, la vaquita de cuero, el sapito de lata, el sonajero.
Ya se durmieron todos los pájaros del cielo, las ranas de los charcos, los barquitos del puerto.
Anonó, nena mía.
La muñequita rubia ya tiene los ojitos cerrados, hace frío y le puse la manta rosa y blanca de cuando eras bebita.
Los cubos de colores formaron una hilera de verde y amarillo, de naranja y de lila.
Y hay mucho viento afuera.
Anonó, nena mía.
Tus piecitos gordos sobre mis muslos blandos son como dos pimpollos.
Afuera hay viento y tiemblan las estrellas. No temas, ellas velan el sueño de los niños y la luna aprovecha la soledad, el silencio, para contarle al río que esta tarde, en la escuela, te ensuciaste las manos con pomos de acuarela y la hiciste rabiar un poco a la maestra.
Anonó, nena mía.
Mis manos son dos nidos entibiando la dulce seda de tus manitos.
Ya te he contado el cuento del angelito bueno que a los chicos que duermen les deja un puñadito de sonrisas celestes.
Ya te he contado el cuento del hada que hizo flores para la primavera y la hormiga traviesa que se comió los brotes de la planta que crece en la maceta.
Todos están durmiendo. Todos, pero tú tienes los ojitos abiertos...
Y me miras y piensas cosas que no me dices y yo adivino a tientas.
No me iré de tu lado, si es lo que te preocupa. ¡Las mamás siempre están al lado de sus nenas! ¡Nunca las dejan solas, ni siquiera cuando no están con ellas!
Tienen un arrorró dentro del corazón y lo van entonando a lo largo del día. Y tienen, además, una canción de ronda y una canción de amor y de alegría. (Y un poco de pesar y de melancolía).
Anonó, nena mía.
Yo también tengo miedo del rayo y de la tormenta, del mar embravecido, del reloj que se apura para que envejezca.
Pero te haré dormir todas las noches. Todas. Y después de que te duermas, me quedaré un rato para oírte respirar. Y después de dormirme, despertaré cada vez que te muevas en tu cuna.
Responderé a tus risas, una a una.
Responderé a tu llanto.
Le daré una respuesta a todas tus preguntas.
Anonó, nena mía.
Ya se apagó la lumbre. Ya se durmió la rosa. Dentro de poco, la oruga será una mariposa, y ese globo travieso que se escapó esta tarde de tu mano buscará un lugarcito en algún campanario, y mañana temprano, despertará asombrado entre el sonido claro de las campanas mansas, doraditas y lisas, que llaman a misa.
Duermen la calesita, los zapatitos blancos de pasear, la pelota que salta entre tu risa como una nota loca.
Duerme papá, cansado del trajín del trabajo.
Y mientras tus ojitos se velan con sus párpados, mamá te acuna, y una por una las tormentas del mundo van cesando... y una a una las lágrimas del mundo se han secado.
Anonó, nena mía.
Despacio, despacito, para no despertarte, me hago nido a tu lado, y cuando tu cuerpito está quieto y caliente, te doy un beso largo y amoroso en la frente y te llevo a tu cama.
La luna se durmió en la ventana.

Cuentos para Verónica
Poldy Bird

jueves, 5 de septiembre de 2019

La espera

Fueron largos silencios que a veces culminaban en miradas hoscas, en frases hirientes, cuyo contenido yo no comprendía pero cuyo sentido no escapaba a mis escasos cinco años.
Yo amaba a mi madre por esa necesidad que tienen los niños de ampararse en sus brazos, en las notas dispares de su canto, en el olor ritual de la comida.
Y amaba a mi padre por sus mejillas ásperas de barba mal afeitada, por su ancho pecho abierto a mi ternura y mi miedo, por su manera de acariciarme el pelo cuando me acurrucaba junto a su cuerpo en las noches de viento y de tormenta.
Una tarde, sus voces airadas traspasaron la puerta de mi cuarto y aunque nunca recordé las palabras que se dijeron, supe que era un adiós esa mirada larga que me envolvió cuando él abrió la puerta y se quedó parado, blanco, temblorosas las manos, titubeando un instante antes de marcharse.
- Papá se fue de viaje. -musito mi madre.
Se que no pregunte, que apreté mi muñeca defendiéndola de lo que me ocurría.
Sin embargo, esperaba.
Por las tardes, a la hora en que él solía llegar, me quedaba aguardando en el jardín, masticando los tallos de las hierbas, echada en los canteros mirando caracoles y largas filas de hormigas organizadas y pacientes llevando su carga de hojitas y de pétalos.
Pero él no llegaba y la voz de mi madre me llevaba adentro, a mi caja de juguetes, a la cena sin ganas, a la cama sin sueño.
Sin sueño de dormir, pero con sueños para soñar despierta: que él tocaba el timbre y yo salía corriendo para colgarme de su cuello.
Que me traía un oso de peluche, como el que me regaló cuando cumplí dos años.
Que me llevaba de la mano a la plaza y a la calesita.
Que me llevaba a la escuela para que los otros chicos vieran que yo tenia papá.
Fue el mismo día en que por primera vez escribí "papá" en mi cuaderno de clase. Con letras grandes y angulosas.
Escribí la palabra exageradamente grande, como si su tamaño pudiera llamarlo.
Papá. Con acento en la última a. Papá. Pe a, pe a.
Por fuera, una manito temblorosa sosteniendo el lápiz.
Por dentro, una menuda voz de ronda nombrandolo en un rezo.
Fue ese mismo día.
Yo estaba haciendo los deberes y los oí discutir.
Ella decía que no, que nunca, nunca le permitiría que me viera. Decía que no, que se fuera con la otra, que él había elegido a la otra sabiendo lo que perdía, que nosotras dos ya no le pertenecíamos, que el había muerto para mi
Mi padre estaba agarrado de los barrotes de la puerta de hierro y hacía fuerza como si quisiera romperla y gritaba:
"Quiero ver a mi hija, quiero verla".
Me dio miedo su cara enrojecida por el dolor. Me dio miedo su llanto. Me dieron miedo sus gritos.
Me dio miedo mi madre, erguida y dura como una carcelera. Y en vez de correr hacia él, en vez de ir a defender mi amor por él, me quedé quieta, con las manos y el pecho enfriándoseme, las rodillas sin fuerzas para sostenerme, las lágrimas nublándome la visión de ese hombre que estaba tras la puerta, que estaba afuera y, sin embargo, parecía prisionero, enjaulado; un animal herido, un animal rabioso y la otra. La otra. Porque por una "otra" mi padre se había ido. Porque por una otra mi padre había elegido alejarse de mí, dejarme. Tres renglones de papá. Con acento en la a. Cada vez más chiquita, la palabra terminó por parecer un grupito de granitos de arena. Mi letra no lo llamaba ya, lo dejaba irse, marcharse, desaparecer por las esquinas, sin dar vuelta la cabeza para mirarme, para ver hacia atrás una figurita de nena con los ojos de asombro. Después -todo lo supe después-, alguien me contó que mi padre me espiaba desde lejos, que mi madre nunca quiso que yo lo viera, que yo fui su bandera de mujer traicionada, que yo fui su venganza, que yo fui el castigo para ese hombre que dejó de quererla. Muchas veces tuve ganas de abrazar a mi padre, de pedirle que me llevara a remontar barriletes, de darle a firmar mis boletines, de mostrarle mis versos, mi premio de sexto grado, la primera flor que me regalaron. Pero ahí estaba mi madre, erguida, con la frente alta, segura de su integridad y su justicia. Y yo la amaba y la necesitaba. Y ella también. Y si no lo nombraba era para no herirla, para no hacerle ver su vulnerabilidad de mujer, para no deshacerla deshaciendo su orgullo que era lo único que la mantenía en pie.
A medida que pasaron los años me fui olvidando un poco de mi padre. Pero todo revivió cuando alguien me dijo: "Qué falta que le hiciste. Te miraba desde lejos sin que vos lo advirtieras... Nunca quiso acercarse sin autorización de tu madre por temor a causarte daño, por temor a que lo odiaras como ella"
Entonces la enfrenté. Con firmeza, con su misma fuerza:
- Quiero ver a mi padre. Y quiero que sepas que voy a verlo.
- Nena... Estela... Eso no...
- Eso no hará que te quiera menos. No cambiará nada entre nosotras, mamá.
Quiero verlo desde el día que se fue.
Recé todas las noches de mi infancia para que él regresara... Voy a abrirle la puerta, voy a quitar sus manos de las rejas, voy a secar el llanto de sus ojos... voy a decirle que lo quiero mucho, porque es verdad... y porque ahora tengo la fuerza que me faltó cuando era niña y lo vi por la ventana, sacudiendo los barrotes de la jaula en la que lo encerraste. Pero no llores, no llores...
Es muy parecido al recuerdo que tenía de él. Sólo un poco más flaco, con algunas canas y algunas arrugas. Pero tiene la misma risa y la misma manera de pasarme la mano por el pelo.
No me hizo preguntas, me abrió los brazos (en esto me he parecido siempre a él). Nos vemos seguido, conversamos, lee mis versos, leo sus cosas, me dice que no fume tanto, le digo que se abrigue...
Somos al fin un padre y una hija.
Pero a pesar de todo me sigue faltando cuando veo una calesita, un barrilete en alto, un oso de peluche.
Y a veces, cuando estamos hablando, yo le agarro las manos porque no puedo, no puedo borrarme aquella tarde en que gemía sacudiendo los barrotes de la puerta de hierro, aquella tarde en que él quería verme y yo quería verlo y ninguno de los dos pudimos...
Y aunque no quiera, voy a ser siempre un poco aquella nena de rodillas flojas y pájaros de miedo en el alma. 

Poldy Bird

domingo, 13 de mayo de 2018

Mamá de niebla

Elda la miraba irse con su vestido de volados amarillos y el hermoso cabello rubio alborotado a los lados de su cara… ¿Cómo describirla?..., no tan linda como…, iluminada, eso, iluminada. Elda la miraba irse y ella agitaba su brazo desnudo en el que tintineaban las pulseras, muchas pulseras diferentes puestas todas juntas.

* * * *

Elda la miraba irse, tan perfumada, vestida como para una fiesta, el sol del mediodía tragándose su leve sombra, y ella le envió un beso agitando las puntas de sus dedos como las alas de un pajarito, y subió al coche azul con chofer, escoltada por tía Cecilia y por un ancho señor desconocido.
Cuando Elda entró a su casa, tía Juana, la otra hermana de ella, hacía un montón con las preciosas ropas del ropero, poniendo cara de asco y rezongando:
__Pero acá no limpiaban nunca, no lavaban la ropa… ¡La tierra que se ha juntado en los sillones, debajo de las mesas, de las sillas…! Y esas camas revueltas, ¿nunca les cambiaban las sábanas?
Elda pensó, miró la blusa tan almidonada de tía Juana, se rascó la cabeza, y en voz baja respondió que algunas veces las cambiaban.
__Tía Juana, ¿mamá va a tardar mucho en volver? ¿Por qué yo no puedo ir con ella a la fiesta? ¿Por qué no fuimos todas?
__Porque…, porque no era para niños, y hay lugares a los que no se puede ir a los siete años… ¡Pero mirate la facha! Parecés una pordiosera. Como si no hubiera agua en esta casa. Y te rascás la cabeza como si tuvieras piojos. Vení que te voy a pegar un buen baño y te voy a vestir como la gente.
Fue un baño aburrido, sin botecitos de papel de diario flotando en el agua, sin pétalos de rosas haciendo de pececitos rojos, sin harina esparcida por el piso del cuarto de baño y del pasillo haciendo las veces de arena…
También fue aburrida la cena: tía Juana la obligó a sentarse en la mesa, comer con los cubiertos, ponerse servilleta, y después no quiso llevarla al patio del fondo para tirarse las dos cara al cielo, sobre los mosaicos, a pescar con los ojos estrellas fugaces y pedirles tres cosas a cada una.
__Con mi mamá lo hacemos siempre… ¿A qué hora va a volver mamá?
Esa noche no regresó. Tampoco al día siguiente. Tía Juana y tía Cecilia se llevaron con ellas a Elda. A una casa amplia y limpia, por cuyos pisos espejados había que transitar con patines de felpa.
_Quiero ir con mamá.
_Quiero ver a mamá.
_¿Por qué no viene mi mamá a buscarme?
Por las respuestas evasivas de las tías, por fragmentos de conversaciones que escuchaba conteniendo el aliento detrás de las puertas, Elda supo que su mamá estaba enferma “de la cabeza”, que era “peligrosa”, que: “no podía convivir con la gente normal” y “menos mal que no se dio cuenta de que la llevábamos allá aquel día, porque si no, hubiera sido capaz de arrojarse del auto”.
Peligrosa. Enferma. Capaz de arrojarse del auto… Elda no entendía nada. Se sentaba acurrucada en un rincón oscuro de la sala para poder recordar a su mamá tan linda, tan joven, tan rubia, con olor a crema de manos y a colonia de flores; su mamá jugando con ella de rodillas en el piso, contando caracolillos de mar que guardaba en una vieja caja de lata. A los caracolillos les preguntaba todo: si lloverá mañana, si tenían que comer carne o verdura, si podía cortar un ramillete de jazmines para ponerlo junto al retrato de papá que se fue al cielo con las alondras… Y los caracolillos contestaban: un puñado que sumaba un número par, NO; un puñado que sumaba un número impar, SI; y si por casualidad eran justo quince: ¡Dios las estaba mirando en ese preciso instante para concederles una gracia!
Peligrosa su mamá.
Solamente una vez la vio enojada…, sí…, una vez que vino alguien a reclamar el pago de algo…, y ella lo corrió apuntándolo con las puntas de las tijeras…, ¡pero después se reía, se reía del susto que se había llevado el pobre infeliz! Y nadie vino jamás a reclamar dinero. A veces se pasaban dos días sin comer, bebiendo agua con blancas cucharadas de azúcar, porque los caracolillos decían que no.
Otras, salían cinco, seis veces a la calle a comprar helados de frutilla, tan lindas las dos, con vestidos a los que su madre les había pegado, con engrudo, estrellitas plateadas hechas con papel de chocolatines. Y toda la gente del barrio las miraba, las miraba, y cuchicheaba de envidia, de admiración…
¡Y el día que los caracolillos dijeron libertad a la aves! ¡Qué día! Las dos corriendo como ráfagas celestes y el dueño de la pajarería gritando, enajenado: “?Policía, policía, esas dos me han hecho escapar todos los pájaros! ¡Canarios colorados, reyezuelos, oropéndolas, petirrojos y mirlos, un ruiseñor, ocho jilgueros nuevos!”. Y ellas se encerraron con llave, muertas de risa y de miedo, arreboladas, y le prendieron una vela a cada malvón de las macetas del patio. Como no había fideos para la sopa, arrancaron los botones de todos los vestidos, pero por más que mamá los hirvió durante horas, el nácar no se ablandó; entonces los pusieron en un balde con agua y los dejaron allí esperando que se convirtieran en perlas: “Y seremos ricas”,le prometió su madre.
¿Quién pudo haberles dicho a tía Juana y tía Cecilia que su mamá estaba loca? Y ellas…, ¿por qué creyeron esa infamia? Y los vecinos que atestiguaron en contra…, y Elda supo que dijeron que “la criatura no puede estar en manos de una insana”… ¡¿qué sabían los vecinos?! Envidiosos, mediocres, que las miraban boquiabiertos al verlas descalzas, como diosas, y con tiaras de flores trenzadas en la cabeza…

* * * *

Cuando cumplió trece años, tía Cecilia y tía Juana la sentaron en el sofá del living, y la apuntaron con sus índices:
__Ahora ya sos grandecita.
__Y podés conocer la verdad.
__Tu mamá está internada en un hospital para enfermos mentales…
__La pobrecita estaba muy enferma…
__Tuvimos que internarla engañada…
__Diciéndole que íbamos a llevarla a una gran fiesta…
__Sos una señorita y podés ir a verla.

* * * *

Por el largo pasillo de paredes descascaradas, Elda la vio venir caminando. Delgada, de guardapolvo gris. Se detuvo frente a ellas. Sin olor a perfume. Con el cabello corto y opaco, y gris. Con ojeras violetas, en alpargatas, sin collares, sin pulseras, con los ojos tan ausentes y apagados que era como si estuvieran recorriendo lejanísimos senderos de la muerte.
Tía Cecilia besó su mejilla hundida y murmuró:
__Esta es Elda.
Elda esperó el abrazo, la risa, la explosión de llanto, una mirada cómplice, la pregunta: “¿Qué me mandan decir los caracolillos?”. Pero una mano se extendió hacia su mano, y una voz sin matices dijo:
__Mucho gusto, señorita.
No pudo contestarle. No pudo hablar con ella. Rezó para que se pasara pronto la hora de visita. Tuvo que volver allí muchas veces. Porque tía Juana y tía Cecilia se lo exigían, le gritaban que estaba obligada a hacerlo, que su “pobre madre” bien lo merecía.

* * * *
 
Por eso, los domingos, de tres a cuatro, Elda se sienta junto a esa mujer de guardapolvo gris, que la trata de usted y le agradece con fría cortesía sus paquetes de masas, de caramelos, de galletitas saladas. Y la mira como con avidez. A veces, Elda pronuncia, con una recóndita esperanza, la palabra “caracoles”, y la mujer hace una mueca de asco y dice: “Ni se te ocurra traerme caracoles, jamás los comería, son repugnantes”.
Y Elda se va “hasta el domingo próximo”, y no entiende, no puede entender por qué le sacaron a su bella mamá con olor a heliotropos y jazmines, abridora de jaulas, fervorosa creyente de milagros, inventora de playas de harina en los cuartos de la casa, haciendo ruido con las veinte pulseras de su brazo… No entiende por qué le sacaron a su bella mamá para entregarle ésta, ahora, esta mamá de niebla.
Poldy Bird

jueves, 4 de enero de 2018

La palabra que cure las heridas

Iba caminando delante de mí, tomada de la mano de su mamá, con una mediecita caída y la otra no, las florcitas celestes de su vestidito arracimándose, cómo pequeños cielos repartidos sobre la tela, y el pelito de seda, dócil y apenas una lluvia enrulada por el aire. 

Cada tanto levantaba la carita para preguntar algo y la mamá sonreía. 
Iban tranquilas. Sin apuro. 
Eran todas las mamás y todas las nenas, un resumen hermoso en la tarde serena. 
Eran, también, mi hija y yo hace unos años cuando yo no tenía todas las respuestas pero las inventaba. Lo que tenía era la risa. Lo que tenía era el futuro iluminado y el bello cansancio de las cosas que ahora ya no hago y por eso me cansan... han dejado un vacío en mis horas. 
La niña me necesitaba y me amaba sin condiciones para amarme. 
La niña aceptaba todo de mí: mi forma de vestirme, de peinarme, de resolver problemas, de vivir. 
Ella apretaba mi mano fuerte, fuerte, y frotaba sus mejillas redondas en mis mejillas también redondas. 
Acurrucaba su cuerpo contra mi cuerpo, tibiecita y era la rama florecida de mi árbol. Una prolongación de mí. 
No buscaba una doble lectura en mis palabras. 
No exigía. No miraba de reojo. 
Yo elegía sus zapatitos blancos o de negro charol. 
Y todo estaba bien. 
Porque la amaba y me amaba y nada entorpecía ese amor. 
Ahora... ella mujer y yo tan sola (porque a mí lile tocaron los dolores que marcan la soledad como una cicatriz) - todo ha cambiado. 
Ya no soy la que elige sus zapatos, y ella corrige mis elecciones. 
He dejado de ser inteligente. 
Escondo lo que siento de verdad porque temo su juicio. 
Fui una tonta al no sacar mi entrada para ir a ver a Sting. 
-Desde casa, por la pantalla del televisor, el espectáculo fue perfecto... Tomé café, sentada en un sillón... no tuve frío ni temí la lluvia... 
Ella se encoge de hombros. "No es lo mismo", replica. "No es la vida". 
Y a mí me da pereza explicarle que a su edad yo temblaba de frío en el invierno. Que tenía miedo de llegar tarde al trabajo y me reprendieran. Que los días quince comenzaba a contar las monedas para llegar a fin de mes. Que si no hubiese tenido éxito con mis libros, nunca hubiera podido tener la casa propia". 
Soy, para ella, una especie de tonta que no sabe disfrutar de las cosas. 
Tal vez tenga razón. 
Me costaron tanto, que las cuido. 
Y las quiero. 
Quiero mi Platerito de madera, todas las chucherías que los amigos y los lee torea me mandan de regalo. Las atesoro. Cada una de ellas posee un significado y un mensaje. Quiero los libros subrayados, las copas de cristal qué pagué en mensualidades, el mantel de las grandes ocasiones. No me gusta que revuelva mis papeles ni mis fotografías, porque es como si hojeara mi vida viendo con ojos críticos o burlones lo que es sagrado para mí. 
Ella ha crecido. 
Es más grande que yo. 
Es más sabia. 
Es menos frágil. 
Tuvo más posibilidades y más tiempo para seleccionar lo mejor de la vida, mientras yo me golpeaba, me equivocaba, me quedaba sin aliento armando el difícil rompecabezas del presente sin vuelo, del futuro sin problemas. 
Y estoy aquí, siempre aguardando su llamado o su visita apresurada, porque tiene que hacer tantas cosas 
Y entre su entrada ruidosa y su salida al trotecito (esta niña mía no aprendió nunca a caminar denuncie), una frase 
que me golpea la boca del estómago que le corta la res respiración 
-Mirá mamá, vos hacé lo que quieras, pero a mí me parece que ... 
Ella lo dice al pasar. 
No oye lo que respondo, de modo que no contesto nada. Y se va. 
El mundo la aguarda fuera de esta puerta. Es hermosa y es buena. Creo que es más generosa que yo. 
Y que si se ocupara realmente de darle forma a lo que siente, podría ayudar a mejorar el mundo en que vivimos. 
Sin duda, sufrirá menos que yo. 
Con algún granito de arena habré contribuido para que fuese más fuerte y decidida, menos temerosa de lo que soy. 
Ella sale por esa puerta, deja impregnada la casa con su perfume algo sofisticado, y yo me quedo sola. 
Solemne soledad la mía. 
Maravilla, mi perra, se pone como loca cuando lloro. Entonces no lloro, porque me apena verla acongojada. 
Se ovilla a mis pies mientras escribo Mueve la cola, alborozada, - cuando la llamo mi compañerita. 
Tal vez ella sí sabe que yo tengo miedo. 
Que me da vergüenza. 
Que me encierro y a veces me paso horas rezando mi rosario y pidiéndole a Dios que me ayude, que me dé una respuesta, que me muestre el camino, que me tienda una mano con temperatura humana, que alguien sepa obligarme a vivir lo que me queda de vida, alguien sin miedo, a quien no pueda discutirle nada, alguien que me entienda y me conmueva y no me dé tiempo a titubear ni a contradecirlo. 
Alguien que me vea. Soy así ni demasiado linda, ni poderosa, ni invencible, con bosquecitos dentro de los ojos, y todo un cielo estrellado en el torrente de mi sangre. Soy buena compañera para los silencios y para las charlas amanecidas. Pongo el hombro en la lucha, y en la paz puedo ser una isla arbolada, una plaza con tilos florecidos. 
Oh, iba caminando delante de mí, tomada de la mano de su mamá. Entregada y pequeña! 
Ahora yo soy la niña entregada y pequeña que busca la palabra encendida que no queme, que simplemente alumbre. La palabra que cure las heridas...

lunes, 1 de enero de 2018

Pasarán cosas

Ha empezado otro año.
Como un cuaderno nuevo está ante mí, y me acuerdo de cuando era chica, iba a la escuela y me apuraba para terminar el viejo cuaderno y así comenzar el otro. En las últimas páginas hacía letra grande, enormes dibujos apresurados. Pegaba dos hojas con engrudo de fabricación casera: agua y harina en la cocina.
Los cuadernos nuevos se empiezan con letra pequeña, pareja, prolija, cuidada...
Igual que los años.
Igual que éste.
¿Borrón y cuenta nueva?
No, no, sin borrón.
Y sumando a la cuenta nueva las otras cuentas que antes nos sirvieron.
Porque no todo está para el olvido.
Porque no todo fue para dejarlo atrás, disimulado entre las hierbas secas del otoño.
Pasaron cosas.
NOS PASARON COSAS.
Crecimos un poquito, un poquito así, pero crecimos.
Llorar hace crecer, es esa lluviecita de uvas de cristal sobre el techo de chapa de nuestro corazón. Pica, repica, musiquea, despierta.
Nadie es el mismo después de haber llorado.
Reír hace crecer.
También reímos.
Algunas veces, quizá podemos contarlas con los dedos de una mano... ¡Y cómo une la risa!: dos que se rieron juntos, a carcajadas limpia, no se desatan nunca en el recuerdo.
Yo tengo siete chistes favoritos, y me acuerdo de quiénes fueron las siete personas que me los contaron.
En cambio, no me acuerdo de todas las que me hicieron llorar o compartieron mis angustias.
No creas que se trata de mala memoria... me parece que es puro instinto de conservación.
Fíjate que la gente le huye a la tragedia.
En algún tiempo me daba mucha rabia, pero ahora lo entiendo y no la juzgo mal.
Una amiga de la infancia, que quiero profundamente, todavía no habló conmigo desde que murió mi compañero. Y si yo no la llamo no es porque no tenga ganas de hacerlo ni porque piense que es a ella a quien le corresponde llamarme... sino simplemente porque me da miedo que se sienta mal...
A ella le digo: si leés esto, no busques entre líneas... te quiero mucho, me gustaría que estuvieras cerca. No temas, no estoy desahuciada, no contagio las penas, las tengo dentro de mí, tan escondidas que para hallarlas tendrías que escarbar demasiado. Y, además, a los muertos queridos no los recuerdo muertos, los recuerdo con su olor a perfume y su camisa favorita, con la música que les gustaba, con las anécdotas que los muestran en su mejor momento. No hablaremos de heridas ni agonías ni hablaremos de nieblas o tormentas... no, ¿sabes qué haremos?... terminaremos la charla aquella que empezamos una tarde en un café de la calle Córdoba... o la seguiremos, porque las charlas entre amigas no se terminan nunca, son siempre una continuación de la anterior, que fue una continuación de la anterior... y así, siempre, siempre, hayan pasado días, meses, años.
Trabajar, hace crecer.
Y me ha dado un poco de trabajo trabajar.
Porque mi trabajo es solitario, callado, sin jefes que me obliguen a hacerlo, sin un horario que cumplir.
Se trata de transformarme en médium y sentir lo que todos sienten a mi alrededor... e interpretarlo con palabras escritas que traduzcan exactamente eso que siento, eso que sentís, eso que sienten otros.
Admirar hace crecer.
Es tan larga la lista de la gente que admiro, que te cansaría leerla. Pero en esos nombres seguramente nos reconoceremos, hermanadas, vos y yo. Violeta Parra, Mozart Mick Jagger, Horacio Molina, Paganini, Cortázar, Woody Allen, Silvio Rodriguez. Beethoven, Raúl Porcheto, Chopin, Alejo Carpentier, Fellini, la hermana Teresa, Silvina Ocampo, Bergman, Ricardo Montener, siempre mi Felisberto Hernández que releo, los hermanos Marx, Olga Orozco, Humphrey Bogart reviviendo cada vez que pasan "Casablanca" por televisión (ojalá que no dejen de pasarla nunca).
Al admirar abrimos una ventanita del alma que, a veces, está cerrada con candado. Al abrirla, nos abrimos. Dejamos que eche a volar un pájaro cautivo y que entre el aire con olor a magnolias y a flores de tilo, ese olor que es olor a verano y a plaza (Cuando era chica llevaba botellitas a la plaza, las movía, dando vueltas, y luego las tapaba, creyendo que en ellas podían guardarse los olores. Tal vez sí. Nunca las encontré, después, nunca tuve oportunidad de destaparlas...
Agradecer es crecer.
Amar es crecer.
Crear es crecer.
Ha empezado otro año.
Cuadernito nuevo.
Cuadernito de hojas inmaculadas, todavía en blanco.
Cuadernito que en la tapa dice Poldy.
Solamente que yo podré escribir en él los días que vendrán.

Poldy Bird

jueves, 21 de diciembre de 2017

Háblame de papá

Le daba miedo alzarte, tan pequeñita en una cuna que parecía tan grande. Y yo le decía que no eras de vidrio, que no te ha­rías añicos ni te quebrarías... "¿No ves la fuerza que tiene tu niñita cuando te aprie­ta el dedo?", como si temieras que él hu­yera, lo sujetabas con tu manito llena de hoyuelos.
No se animó a bañarte él solo, pero sí lavó pañales sucios cuando no pude hacerlo.
Y se levantó por las noches a entibiar la mamadera y a pasearte en brazos cuando te dolían las encías porque cortabas los dientes.
Vio tres veces La escuela de las hadas y La Cenicienta y Hansel y Gretel porque te gustaba volver a ver cada obra de teatro infantil.
Y le contagiaste la rubéola: a vos te atacó suave, la pasaste saltando y corrien­do... pero él estuvo una semana en cama, colorado, con fiebre y dolor en los huesos.
Te ayudaba a construir castillitos de arena en la playa, en cambio... sólo pu­dieron hacer una inexplicable cajita para guardar clips con las quinientas piezas rojas y blancas de un Rasti en cuyo pros­pecto se veían maravillosos edificios, mo­linos y barcos "que cualquiera podía reali­zar siguiendo las fáciles instrucciones adjuntas".
Te regaló un tambor con el que no lo dejaste dormir la siesta durante dos meses. Y una guitarra que aún tocás a veces...
Te sorprendió haciéndote la rabona con una compañera, y se las llevó a las dos a almorzar, arrancándoles la promesa de que no lo repetirían.
Era el encargado de llevarte a los baile­citos y buscarte a las tres de la madrugada, junto con un montón de chiquilinas que repartía casa por casa.
Los chicos amigos tuyos lo llamaban por su nombre de pila y le hacían confidencias. Amaba la juventud, el barullo, la música
atronando. Siempre estaba prohijando a los que no tenían sólidos hogares, dinero para entradas a los recitales, alguien con quien charlar.
-¿Ustedes vinieron a conversar con él o conmigo? -los increpabas, doblemente celosa de unos y otro.
Mi papá, decías. Y eran dos palabras redondas y orgullosas, llenas de luz y admi­ración. Todo lo sabe y todo lo resuelve. Era verdad. Para todo tenía una explica­ción, y conocía los engranajes y el motor de las cosas.
Nunca habló mal de nadie, pues pen­saba que el que obraba mal algún motivo profundo y doloroso tenía, y había que entenderlo y ayudarlo.
Le interesaba todo: escuchaba con aten­ción, se solidarizaba al punto de no dejar desprotegido y solo a nadie que conociera.
Nunca se aburría. Se aburren los idio­tas, decía, Yo siempre tengo algo que hacer, que oír, que leer, que pensar, que mirar...
Disfrutaba trayéndonos cosas que nos gustaban para que supiésemos que está­bamos en su pensamiento: ramitos de vio­letas, chocolatines, medialunas todavía ca­lientes, una goma de borrar con olor a frutilla, hebillitas de mariposas...
Respondía a tus preguntas con largas explicaciones que te cansaban, y solías pe­dirle Decime que sí o que no, pero no me expliques por qué.
Nunca se alabó a sí mismo ni humilló a nadie.
No dejó cosas por la mitad.
Fue pacifista y pacífico, conciliador, arriesgado y emprendedor. Pero creo que sus dos cualidades más bellas fueron su ge­nerosidad y su ternura.
Sí, algún defecto tuvo. O varios. Pero todos quedaban empequeñecidos por una estrella de primera magnitud que brilló en cada instante de su vida: la solidaria amistad.
No tendremos, hija mía, otro amigo como él: que nunca nos pidió cuentas de nada y estuvo de nuestra parte siempre, sin poner condiciones, ayudando primero, preguntando después.

Poldy Bird

martes, 19 de diciembre de 2017

Ya vendieron el piano

Los vi desde la ventanilla del tren y saqué medio cuerpo afuera para llamarlos. Papá tomó a mamá por un brazo y prácticamente la arrastró hasta llegar frente a mí. Yo miraba, asombrado, cómo había aumentado el volumen de su vientre desde que me marchara un mes atrás y Margarita, mi prima, que se había peinado unas veinte veces durante el viaje, me tironeó de la camisa gritándome que le ayudara con el bolso. Toda la gente está bajando, ¿pensás quedarte arriba del tren? Papá me arrebató el bolso en cuanto pisé la plataforma. Mamá me estrechó, como pudo, contra su pecho y los cuatro caminamos hacia la salida de la estación.- ¿Lo pasaste bien, Pablito? ¿Cómo se portó el nene, Margarita? ¿Hizo rezongar mucho a la tía Carmen? ¿Todavía sigue en cama tío Miguel? ¿El médico piensa que tendrá para mucho? Cuánto te agradezco, querida, las molestias que te tomaste por Pablito. Pero si supieras qué trajín con todo lo que pasó y yo no me sentía muy bien. No sabes lo que te agradezco la ayuda que nos prestaste.
Mamá dijo todo esto, casi sin respirar, y Margarita le contestó de un tirón que yo me porté como un hombrecito, la tía Carmen encantada de tenerme allá, el tío Miguel todavía en cama y tenía para rato porque el médico le había ordenado reposo absoluto durante un mes más por lo menos.
Llegamos a casa a la hora de la cena; la mesa estaba puesta y en seguida de lavarnos las manos nos sentamos a comer.
Mamá se echó sobre el sillón de la salita diciendo que le dolían los riñones y le pidió a Tina, la muchacha, que le llevara la comida allí. Margarita ocupó la silla de mamá y entonces noté que el lugar del abuelo estaba vacío.
- ¿Y el abuelo? pregunté con sorpresa.
Los grandes se miraron entre sí y luego, lentamente y dando muchos rodeos, papá me comunicó que el abuelo se había ido de viaje, un largo viaje con destino al cielo o algo así.
Un largo viaje, abuelo. Y así supe que te habías muerto. Y de pronto me di cuenta de que todos estaban tristes y yo también.
- ¿La muerte es para siempre?
No me contestaron y no repetí la pregunta. Nadie comió esa noche.
Margarita se quedó en casa hasta que nació la nena. Roja y arrugada. La llamaron Mariana y me prohibieron levantarla de la cuna. Con el tiempo se volvió blanca y gorda y aprendió a decir algunas palabras, entre las que se encontraba mi nombre.
Fue entonces cuando pusieron una sillita alta en tu lugar, y desde allí Mariana, metía las manos en el puré, mientras mamá le daba de comer por cucharadas.
Ellos dejaron de nombrarte, abuelo. Pero yo me acordaba de vos. De tu cabeza canosa, de tu voz fuerte, del bonito reloj de bolsillo que se llevó tío Antonio, de tus cuentos de cacería con el imponente rifle que se llevó tío Juan. Papá hizo un atado con tu ropa y la mandó al Ejército de Salvación.
Un día al volver de la escuela, entré a tu cuarto, y en lugar de tu cama de bronce, me encontré con la cuna de Mariana y unas cortinas nuevas en la ventana. Unas cortinas con escarabajos verdes y flores anaranjadas.
Me daba rabia ver cómo te iban sacando de la casa que era tuya, que vos mismo mandaste construir; que se llenaba con tus rezongos cuando ponían alto el televisor y cuando te negabas a tomar los remedios que te recetó el médico, y cuando peleabas con mamá porque a ella le daba nauseas el olor del tabaco de tu pipa. (Ella la tiró a la basura, pero yo la recogí y la tengo guardada en la caja de los soldados de plástico).
La casa también se llenaba con tu música cuando tocabas el piano. Papá te decía que por qué no cambiabas, pero a mí me gustaban esas cosas antiguas que tocabas; especialmente la marcha esa de los aliados en la primera guerra.
Yo la tarareo cuando juego a los soldados y los indios y me imagino que me acompañás con el piano.
Te extraño, abuelo. Aunque me tirabas del pelo cuando hacía ruido para tomar la sopa y te quedabas dormido mientras jugábamos a las cartas.
Tengo ganas de verte, pero no sé dónde. Aquí en casa no, abuelo. Mejor no porque si vinieras sería un verdadero problema, no sabrían dónde meterte. No hay lugar para vos en casa. Se armaría un lío. Además, ya vendieron el piano.

Poldy Bird