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domingo, 13 de noviembre de 2022

El señuelo (Velmiro A. Gauna)

La primavera había llegado a Capibara-Cué y la esplendorosa vegetación tropical lucía su magnífico verdor bajo la dorada pincelada de sol. Las flores, también, comenzaban a asomar sus llamativos pétalos y las mariposas, en apretadas bandadas, iban de un lado a otro añadiendo su nota de color a la policromía general. El cabo Leiva había traído una hermosa flor de ceibo que colocó dentro de un vaso con agua sobre el escritorio de don Frutos.
—¡Qué rojo vivo el de esa erithuina crestagalli! —se admiró el oficial sumariante nombrándola por su denominación científica.
—Pa vos tendrá ese apelativo gringo —exclamó don Frutos—, pero pa nojotros, no es más que flor’e ceibo... Los viejos saben contar un cuento sobre ella...
—Será una leyenda...
—Puede ser. Dicen que denantes habla una muchacha india que se enamoró’e un blanco y entonces, los de la tribu que no querían mesturanzas, la agrarraron. la ataron al tronco’e un árbol rugoso y seco y la mataron a flechazos. Dispués, al otro día, cuando jueron a buscar el cadáver na enterrarla ya no estaba más, pero la planta seca había echau hojas y de entre ellas parecían caer como gotas´e sangre, las flores del ceibo...
—En realidad es hermosa la narración, pero, si la observa bien, verá que parece la cresta de un gallo y, por eso...
Pero no pudo continuar porque un vecino entró apurado reclamando al comisario
—¡Don Frutos!... ¡Don Frutos!... —dijo.
—¿Qué pa le anda pasando, don Emerenciano? —inquirió el aludido.
—Pues hace nico decir don Celedonio Arambarri que vaya a verlo porque le han sacau plata'e la caja´e fierro.
—Gracias, don... —manifestó don Frutos y. en seguida, dirigiéndose a sus subalternos, ordenó—: Vamos, Arzásola. y vos. Leiva, pa ver lo que ha ocurrido.
Caminaron unas pocas cuadras y llegaron al lugar del hecho, que era una casa dedicada a la compra y venta de hacienda y de frutos del país. La misma consistía en dos piezas, una para oficina y otra para depósito, que se alzaban junto a un gran corral donde acostumbraban a encerrar al ganado hasta que los compradores lo llevaban a sus campos.
La primera habitación tenía dos escritorios, un archivo y, adosada a la pared una caja fuerte Don Celedonio, Paulino Díaz, el contador, y Ricardo Marelli, un joven empleado, los esperaban anhelosos.
—¿Qué pa le anda pasando, don Cele?... —preguntó don Frutos.
—Pues es algo muy extraño... Ayer recibí el producto de una venta de cueros y su importe más o menos cien mil pesos, fueron depositados en el tesoro.
—Para ser exactos —interrumpió el contador— fueron noventa y ocho mil doscientos pesos en noventa y ocho billetes de mil y dos de cien.
—¡Ajá!... ¿Y aura no están más?
—En efecto. Esta mañana vine antes que nadie, y, al abrir la caja, no los encontré. Creí que podría haberlos retirado el contador, que también tiene una llave, pero, al llegar, me afirmó que no lo hizo, de manera que debo suponer que he sido víctima de un robo.
—¿Solamente ustedes dos tienen llaves de la caja?
—Únicamente nosotros dos.
—La termino de revisar —intervino el oficial— y no encuentro señales de violencia, lo que hace suponer que fue abierta con una de ellas.
—¡Un momento! —se adelantó el contador—. No es que quiera defenderme, pero debemos poner las cosas en claro. Don Celedonio es muy confiado, y muchas veces ha dejado la suya abandonada sobre el escritorio por días y días y cualquiera pudo haber sacado un molde para hacer una nueva.
—Es una posibilidad —expresó Arzásola — que debemos considerar. Ahora, ¿quién tiene la llave de la oficina?
—Cada uno de los tres posee una. Cualquiera de nosotros puede entrar y salir a la hora que guste —aclaró el dueño—. Nunca tomé precauciones porque este es un pueblo muy tranquilo...
—¡Ajá! —comento don Frutos—. Quiere decir, entonces, que pa alguno la cosa se le hiso fácil, pero se ha olvidau que ande menos se piensa nos suele salir un grano...

* * *

Después de clausurar el local condujeron al dueño y á los empleados a la comisaria para efectuar el interrogatorio de práctica. Los primeros indagados fueron don Celedonio y Paulino Diaz.
—Güeno... —dijo don Frutos—. ¿Vamoj a ver que pa es lo que hiso ayer, don Cele?
—Poca cosa, a las veinte, el contador guardó el dinero en mi presencia y se despidió, después salió Ricardo, el ayudante y, finalmente, después de asegurar bien puertas y ventanas, me fui yo. Cené con mi familia y con ella y unos amigos estuve en la fiesta que dio la Cooperadora Encolar.
—Si, ya lo vide... pero, y perdone, ¿cuándo quedo solo no volvió a sacar el dinero y se habrá olvidau?
—No, señor... ¡Y no creo que pretenderá que me voy a robar a mi mismo!
—Por supuesto... pero mi deber es desconfíar’e tuitos hasta agarrar al culpable... Vayase nomás y pierda cuidado qu’el ladrón no se me va a dir. ¡Adiós!
—¡Adiós, don Frutos!
—A ver, aura usté, señor contador, hágame saber sus actos... o lo que haiga hecho después que guardó el dinero.
—Pues lo puse en la caja, la cerré delante de don Celedonio, me fui a la pensión y estuve hasta la hora de la cena escuchando música en mi pieza. Luego cené y con unos amigos fui a la fiesta y regresé con ellos. El sereno de la casa puede atestiguar que no volví a salir hasta esta mañana.
—¿Sabe que su posición es delicada, mozo?
—¿Por qué? —replicó el otro con serenidad.
—Porque ustedes dos son los únicos que tenían la lleve´e la caja´e fierro y no creo que el dueño se quiera robar por gusto.


—Perdona señor. No quiero echar la culpa a nadie, pero don Celedonio olvido decirle que los negocios no andaban muy bien y que ese robo podría beneficiarlo por partida doble.
—¿De qué manera?
—Pues quedándose con los cien mil pesos y cobrando igual suma, que debe darle la compañía, porque el negocio está asegurado contra incendios y contra robos...
—¡Ajá!... De manera que don Cele tenía confianza en nojotros y se cuido las espaldas. Por eso estaba tan tranquilo, asigún decía... ¡ajá!
—¿ Además —prosiguió el otro volublemente— por qué robar cien mil pesos cuando he tenido, en más de una oportunidad, sumas mayores?... Si hubiese estado en la situación de Ricardo, tal vez...
—¿Qué pasa con ese mozo?
—¡Perdón!... Esta manía de charlar que tengo... No quiero que vaya a pensar mal, pero como es joven y muy gastador, siempre anda lo que se dice “de la cuarta al pértigo”...
—Muy bien, puede dirse no más y gracias por la Información.
Cuando el contador se hubo retirado, don Frutos hizo llamar, con el oficial, a Ricardo Marelli, que era un joven simpático de escasos veinte años, pero que se mostraba nervioso ante esa imprevista situación.
—Parece que te agarró chucho, Ricardo... Se me hace que estás temblando, y no hace frío...
—Es que nunca me vi envuelto en algo semejante..., pero no he sido yo... Créame, no he sido yo...
—¿Y quién pa te dice que hayas sido?... Contá lo que hiciste anoche.
—Terminado el trabajo me retiré y dejé a don Celedonio que cerró todo. Estuve en mi pieza, en la pensión, leyendo un rato, después cené y... ¿oh!...
El muchacho se puso intensamente pálido, las manos le temblaron con más fuerzas y los ojos amenazaron desorbitárseles. Bondadosamente el comisario trató de apaciguarlo.
—Calmate, Ricardo... ¿Qué te pasa que te has quedau como si el hubieras visto un fantasma?...
—Pues que..., como andaba sin plata no pude ir a la fiesta, y, entonces, para adelantar un trabajo que tenía atrasado volví a la oficina, pero ¡no fui yo!... ¡No fui yo, don Frutos!... Ni me acerqué a la caja...
—Esa es una admisión delicada... —se adelantó Arzásola—. Hasta que se aclare esa situación que es un poco comprometedora, tenemos que tenerlo demorado... ¡Leiva, póngalo arrestado!
—¿Y dónde lo hago cambiar, che oficial?
—¿Cambiar qué, cabo?
—Y, la ropa, pues... ¿No dijo que vamos a tenerlo de morado y él está de traje azul, pues...?
—Dije demorado, o sea detenido.
—Ta bien; el que tiene boca se enquivoca... ¡Vamos, Ricardo!

* * *

Poco más tarde los policías comentaban los hechas mientras tomaban mates que les acarreaba el cabo y pensaban las probabilidades que, a su favor o en contra, tenía cada uno de los interrogados.
—Uno de los tres tiene que haber sido... Pa mi uno de ellos aprovecho pa volver, sabiendo que la casa estaba sola, abrió la caja, sacó el dinero y lo escuendio hasta que tuito se olvide —expresó don Frutos.
—Yo no creo que don Cele, que siempre jue honrau, haga una matufla’e esas pa cobrar el siguro —dijo Leiva.
—En cuanto a Paulino, el contador, ha justificado a la perfección todos sus movimientos. Salió antes que los demás, estuvo en la pensión oyendo música, como sus vecinos pueden justificar.
—¡Y viera qué lindo tocadiseo tiene! —agregó el cabo—. Con un braclto que se mueve solo pa agarrar los discos y haserlas funsionar y pa parar la máquina, propio como una persona humana.
—Es lo que se llama un cambiador automático —aclaró Arzásola.
—¡Qué lindo si habiera un cebador atomático, tamién! —supiró Leiva—. Que agarrara´l mate, lo enllenara y lo pasara; "Tome usté... Aura usté"...
—Callate y seguí tu trabajo —mandó don Frutos—, Y vos. oficial, continuá.
—Poseo el testimonio de las personas con quienes estuvo en la fiesta y la del sereno que le dio entrada, de manera que, a "prima facie", el contador está exento de culpa.
—¿Y de Ricardo, qué averiguaste?
—Dicen que lo vieron entrar en la pensión y meterse en la pieza, pero no saben si voltio a salir o permancló en ella. Se sabe que llegó a cenar cuando ya los otros se hallaban a la mesa... Después tornó a salir para regresar tarde y solo...
—Con lo que quedamos que los tres pudieron haberlo hecho: el contador por codicia, don Celedonio pa cobrar el siguro y Marelll pa tener dinero pa sus farras —reflexionó don Frutos.
—Así es —confirmó Arzásola.
—Pero el que lo hiso estudeó bien las casas pa confundirnos y. lo que es pior, escuendió´l dinero pa no culparse, pero ¿vos sabés cómo casamos jilgueros por acá?
—No, señor...
—Pues ponemos encerrau uno n’una jaula y, entonces, los otros cain pa comer l´alpiste'la otra jaula abierta y se encierran solos... Yo tamién vua a poner un siñuelo pa darle confianza al ladrón... ¡Ya vas a ver!...

* * *

Sin embargo, la situación de Ricardo Marelli no tardó en verse aún más comprometida, porque algunas personas manifestaron que lo vieron salir del negocio a altas horas de la noche y, por otra parte, era general el consenso que se trataba de un mozo muy amigo de las fiestas y que apenas cobraba su sueldo lo dilapidaba en diversiones. Como en su favor no argumentaba otra cosa que su inocencia, don Frutos resolvió cerrar el sumario decidiendo culpar al mismo de la substracción.
—¡Qué lástima! —se lamentó el vasco Arrambarri—. Lo tenía por un buen muchacho aunque algo ligero de cascos, no más. Pensaba ponerlo como contador ahora que Díaz se me va y... ¡ya ve!...
—¡Cómo! —se asombró el oficial—. ¿Se enojaron?
—Bueno; la culpa la tiene este carácter mió tan impulsivo... Cuando supe que les habla dicho lo del seguro, que a mí se me habla pasado por alto, pero que no hubiera vacilado en declarar, le dije dos o tres cosas fuertes. Él me contestó del mismo modo y casi fuimos a las manos, con lo que le arreglé las cuentas y, apenas pueda, se irá para la capital.
En efecto, el ex contador, cuando supo que estaba libre de sospechas, manifestó que en el primer vapor saldría para Corrientes, ya que había perdido su situación en el pueblo.
Y, a los pocos días, una mañana clara, cuando el sol reverberaba sobre las azules aguas del Paraná, Paulino Díaz llegó al embarcadero con sus valijas, acompañado por un grupo de amigos, entre los que se encontraban los policías, para despedirlo. Ya el vapor de la carrera hacia sonar su silbato a la distancia cuando empezaron los apretones de manos y las frases de rigor.
—¡No te olvides de escribir! —decía uno.
—Güeno; no se pirda de Capibara-Cué... —expresaba don Frutos.
—Espero que nos perdone las molestias del último asunto —exclamaba el oficial.
—No hay por qué...; son gajes del oficio.
—¡Que le vaya bonito!... —dijo Leiva en una fineza, cuando, de pronto, se vio a un hombre bajar corriendo por la barranca.
—¡Eh!... ¡Eh!... ¡Don Frutos!... ¡Don Frutos!... ¡Ha habido otro robo!
—Es don Epafrodito, el dueño de la pensión —explicó Paulino.
Llegó el mencionado, jadeante, y agregó:
—Don Frutos..., un viajante se ha quejau que le han robau anoche o esta mañana un alfiler´e corbata muy valioso.
—¿Anoche o esta mañana?... —repitió don Frutos mesándose la barbita—. Entonces, Paulino, lo siento, pero tiene que venir con nosotros pa que le revise las valijas... Es una formalidá, pero hay que cumplirla...
—Voy a perder el barco... ¡Ahí llega! —se quejó el ex contador.
—La ley es la ley... Usté estaba en la casa cuando se produjo el hecho, ansí que tamién puede haber sido.
—Me perjudica... Déjeme que pague el valor de la alhaja, pero no me haga perder el viaje.
—No puedo... ¡Leiva!..., agarra esas valijas y usté venga conmigo.
—Es un atropello inicuo.
—Será, pero es la ley... ¡Vamos!

* * *

En la comisaria, pese a todas las protestas y aun a las de Díaz, se hizo la búsqueda con todo cuidado, porque como “era una cosa tan chiquita había que mirar bien”, ordenó don Frutos, y así, disimuladas dentro del forro de una de las valijas, encontraron noventa y ocho billetes de mil, y con ellos en la mano el comisario increpó:
—¿Y esta plata?
—Es mia... Es el producto de mis ahorros.
¿Por eso tenía que llevarla escuendida?... Endemás, qué casualldá que sea maj o menos lo mesmo que le robaron a don Cele loj otros dias.
—Puede pensar lo que quiera, pero usté controló todos mis pasos y sabe que no puedo ser yo; hay testigos.
—Sí, testigos de güeña fe que creyeron que estabas en la pieza porque oyeron la música, pero su aparatito trabajo solo y usté, de mientras, salló por el fondo, robó la plata, la escuendió y volvió.
—Es absurdo.
—Eso lo dirá el juez... Yo dende el prencipio sospeché de vos... —prosiguió don Frutos tratándolo ya más familiarmente—, porque buscaste echar la culpa a don Cele, por lo del siguro, y al pobre Ricardo, porque ero gastador. Metelo adentro, Leiva, y soltalo al siñuelo.
—¿Y quién pa es el siñuelo, don Frutos?
—Quién pa va a ser sino el pobre Ricardo, que sirvió pa hacer caer a éste.
—Muy bien —se apresuró a decir Arzásola mientras Leiva encerraba al preso—; no debemos olvidar al alfiler.
—No te apurés que eso jue un pretesto pa poder revisar las valijas de ése... Don Epafrodito me dio una mano, y aura, Leiva seguí con los verdes
—No, si lo que aquí hace falta es un cebador atomático —se quejó el cabo—. A tuitas horas mate y mate no más...

Velmiro A. Gauna
Revista Vea y Lea, 25 de octubre 1960 N°349, pp. 80-82

martes, 8 de noviembre de 2022

El plato volador (Velmiro A. Gauna)

Las autoridades centrales enviaron a los funcionarios de Capibara-Cué una comunicación pidiéndoles intensificaran sus esfuerzos para combatir el cuatrerismo que ocasionaba grandes pérdidas a los estancieros de la zona, Don Frutos Gómez, el oficial sumariante Arzásola y el cabo Leiva comentaban la circular, en el patio de la comisaría, mientras giraba el mate su ronda cordial en un tranquilo amanecer sólo interrumpido por el lejano mugido de la hacienda o el repentino y áspero chirrido de una bandada de loros que dejaba sus nidos en busca de un maizal.
—Lo peor —decía el comisario—, es que aura loj van a correr´e tuitos laos y van a querer venir a robar por estos lugares.
—Y en la estancia'e loj ingleses los novillitos y las vaquillonas coloradas están lindazos... —agregó Leiva,
—La cercanía de la laguna Iberá con sus tupidos pajonales y sus misterios favorece sus propósitos —expresó el oficial.
—Tenes razón, che oficial —confirmó don Frutos—. Los cuatreros en cuanto roban una punta’e cabezas ´e ganao se largan pa los esteros que están allí no más y deseguída se ¿entran pa las islas del interior ande no se los puede dir a campíar.
—Habría que vigilar los caminos que conducen a ella para impedir que se internen en esos lugares.
—Sí, pero, ¿de ande sacas tanta gente? La laguna Iberá es muy grandota y la gente que tenemos es poca. Endemá ya se vienen las fiestas´l pueulo y vamoj a estar muy ocupaos con la vigilancia.
— ¡Cosa grande nicó es la laguna Ibera! —terció el cabo—- Usté no vas a creer, che oficial, pero adentro hay una víbora tremenda que le llaman apalaba que se traga la gente hasta con caballo y todo, dicen... y tiene islas que van de un lao pa otro... y otras con enanitos o sólo con mujeres, dicen...
—Son fantasías y exageraciones de los ignorantes.
—Serán, pero la cuestión —siguió don Frutos— es que adentro de ella hay mu» chas cosas raras y está enllena de foragidos que saben que allí nadies loj va a dir a buscar.
—Tenemos que multiplicar nuestros esfuerzos y dividirnos el trabajo —opinó Arzasóla.
—Con tuito eso no vamos a poder cumplir... Vua tener que pedir a algunos vecinos que me deán una manilo.
—Podemos contar con la ayuda del ex capitán Giménez, de don Leandro Villalba...
—Tamién poderla mandarnos algunos piones don Güillíam, el administrador ´e la estancia —sugirió Leiva.
Y los tres hombres siguieron barajando nombres mientras el sol empezaba a guiñar su ojo de cíclope sobre las verdes copas de los árboles que cerraban la línea tropical del horizonte.

* * *

La fiesta del pueblo se desarrolló con normalidad. Hubo carreras de caballos, domas de potros y otras formas de habilidad ecuestre. En la amplia cancha donde se llevaban a cabo estas pruebas se levantaban varias carpas donde la gente comía empanadas, pasteles, chicharrones y bebía. También, a ratos, se cantaba y bailaba. Los policías iban y venían atentos para impedir desórdenes.
—Menos mal que vamoj a terminar pronto con estas cosas —dijo don Frutos—. Ya van pa tres días que apenas si cerramos loj ojos...
—Indudablemente que hemos tenido unas jornadas agotadoras —respondió el oficial—, pero no nos podemos quejar, porque todo marcha a las mil maravillas.
—Y eso que ha caído gente’e tuitos los lugares —añadió Leiva.
—A propósito’e forasteros —continuó el comisario—, ¿vos conoces a esos que están con Pancracio Marcos?
—No, don Frutos, es la primera vez que loj veo.
—Su aspecto es altamente sospechoso —agregó el oficial.
—Sobre todo porque parecen muy compinches con ese mocito Marcos que le dispara al trabajo y es capaz de cualisquier cosa por ganar unoj pesos. Vamoj a acercarnos como al descuido...
Dieron unas vueltas y, finalmente, se acercaron al corro. Apenas llegaron Pan- craeio los saludó e invitó:
— ¡Hola, don Frutos y la compañía!... ¿No quieren servirse algo?
—Muchas gracias, pero estamos en servicio,
—Pero una copita... una empanada... unos pastelitos... ¿O tiene miedo de que me falte plata para pagar?
—No es por eso. Pancracio, sino por la obligación... pero continuá atendiendo a tus amigos. Los señores no son de acá, ¿no es verdá?
—Somos troperos que vamos de paso.... —se apresuró a contestar un hombre alto, de mirada astuta— Vimos la fiesta y nos quedamos un rato, pero en seguida partimos...
—Bien, señores, entonces aprovechen el tiempo. ¡Buenas fardes!
—Buenas tardes, don Frutos, y lamento que nos haiga díspreciao el convite —se despidió Pancracio.
—No es disprecio, ya te dije... Otra ves será.


Maduró la tarde, y con la noche se ensombreció el bullicio. Poco a poco se fueron retirando los concurrentes y con ellos se alejaren los forasteros. Salvo las inevitables borracheras y algunos frustrados intentos de pelea, nada nuevo ocupó la atención de las autoridades que, por fin, pudieron esa noche dormir a sus anchas.
Pasaron los días y la vida en el pueblo tomó su ritmo habitual. Una noche, cuando había una gran animación en el boliche de don Pedro, llegó Pancracio a toda carrera de su caballo, se descolgó de un salto y entró en el negocio dando muescas de pavor.
—¿Qué te pasa? —lo recibió don Frutos—-. No me vas a venir diciendo que acabás de ver al lobisón?
—Ojalá hubiera sido eso, don Frutos... Déame una caña, don Pedro,
—Pior que’l lobisón tiene que haber sido la viuda... Aunque hay algunas viudas n'el pueulo que no me asustarían ni una pizca... —exclamó el cabo,
—No se burle, cabo, no se burle.,. Yo venía tranquilo y silbando bajito cuando, pasando el Cañadon Grande lo vide...
—¿Qué viste? —urgió don Frutos.
—Un plato... ¡un plato volador que le dicen!
—Estarías julepeao y creyiste que una lechuza que pasó frente tuyo era un plato volador.
—No, don Frutos!... se lo juro... Primero vide como una estrella grande que venia y venia... Dispués estuvo un rato sin moverse n’el aíre,
—¿Cómo era? —preguntó un parroquiano interesado.
—Era una cosa grande y brillante... parecía una sopera dada güelta y tenía ventanitas con luces.. Yo me quedé quieto mirando.
—¿Y dispués? —inquirió otro de los presentes.
—Dispués se jue moviendo despacito y se asentó n’el suelo. Se abrió una puerta y salieron unos hombrecitos 'e cuerpo chico y cabeza grande que llegaron hasta cerca mío y me haularon.
—¿Qué pa te dijeron? —añadió don Frutos— ¿Que dejaras de tomar pa no ver visiones?
—No, don Frutos. - Me dijeron que el viernes a la noche iban a golvei y que a tuitos los que estuviésemos allí nos iban a rigalar cosas que traerían de su tierra n´el cielo.
—Mira, Pancracio —advirtió el comisario— anda a tu casa y pónete a dormir pa que se te pase la tranca y dejate de inventar macanas.
—Usté es dueño ’e no creer, comesarío, pero yo cuento lo que vida y se lo juro por esta cruz.
Puso los dedos en forma de signo sagrado y los besó.

* * *

Pese a todos los esfuerzos de los policías la noticia corrió y fue el tema general de las conversaciones. Cada vez que salían de gira los funcionarios de la comisarla no hacían sino escuchar comentarios y veían cómo la gente se disponía a ir el viernes al lugar señalado para ver el “plato volador”.
—Yo voy a dir con mi marido —le decía al cabo una mujerona.
—Y nosotros vamos a dir tuita la familia. —Agregaba una vecina que en seguida acotó—: ¿Y usté va a dir, cabo?
—Tenemos que dir porque es nuestra obligación, pero don Frutos ni el oficial creen que sea cierto. Dicen que son maginaciones del Pancracio.
—¿Qué pa van a ser maginaciones, cabo! Pancracio andaba con una revista ande se veían ritratos ´e los platos voladores y de los jombrecitos. Dicen que vienen del planeta Marte.
Y así en todos los lugares.
Desde la víspera del día señalado comenzaron a llegar gente de los pueblos vecinos atraídos por la curiosidad de ver a los habitantes de los otros mundos que el viernes a la noche bajarían en la cercanía del Cañadón Grande, para obsequiar con sus extraños presentes a los terráqueos. Don Frutos se vio obligado a pedir refuerzos a Ramada Paso y a Itá-Ibaté, pero en el crepúsculo de ese día dio una parte de la gente a Arzásola, otra al cabo Leiva y él quedó con un grupo bastante numeroso,
—¿Usted vendrá después a reunirse con nosotros? —preguntó el oficial.
—Yo tengo otras cosas que hacer, m´hijo. pero nos veremos a la madrugada.
—¿Y cree que con tan pocos hombres podré mantener el orden?
—¡Claro que sí! Esa gente no va a pelear sino a esperar un milagro, y los milagros se esperan rezando o en silencio.
Un poco enfurruñado el oficial se resignó.
—Usted es el superior y yo debo cumplir sus instrucciones.
—No te sintás ofendido, m'hijo, que yo tengo mis güeñas razones pa proceder como hago. Andá no más con Leiva y si podés me traés algún rieuerdo’e los hombrecitos...

* * *

Los gallos desperezaban la madrugada con la alerta de sus cantos cuando volvieron Arzásola y Leiva. Venían un poco molestos y cansados porque nada había ocurrido y la gente, desilusionada, poco a poco había ido abandonando el lugar. Entraron en la oficina y vieron a don Frutos que tomaba mates que le cebaba un agente.
—Buenos días, don Frutos... Hemos ido inútilmente. No ha pasado nada.
—Menos mal que´l Pancracio desapareció, porque de no alguno de la gente le habiera roto algún palo en la cabeza —agregó el cabo—. Felís de usté que se quedó aquí tomando mate, .
—Te enquivocás, Leiva, Yo salí con mi gente y tuve güenos risultaos. Fijate’n los calabozos y los vas a ver enllenos´e cuatreros.
—¿Y cómo pudo sorprenderlos? —preguntó asombrado el oficial.
—Porque me se biso que esto´l plato volador era un pritesto pa entretenernos de mientras los cuatreros corlaban loj alambres, sacaban la hacienda'l potrero'e la estancia, loj inglese, y se la llevaban pa´l estero. Querían dar un golpe grande con tranquilidá.
—Pero usté fue y se emboscó para sorprenderlos.
—Ansina mesmito jue... Yo t con la gente que rituve, me escuendí cerca´l potrero, los vide llegar, cortar l'alambrao y arriar el ganao, pero entonces aparecimos nojotros y loj agarramos con las manos en la masa.
—O séase —intervino Leiva— que demientras ellos querían engañarnos con lo del “plato volador”, él que se biso el plato jue usté, ¿no es verdad?
—Máj o menos tenes rasón y aura agarrá´l mate y cebá que estos hombre lo hacen bien, pero vos lo haces mejor...
—¡Ya sabía yo que a la final la iba a ligar yo! —refunfuñó Leiva—. ¿Por qué no inventarán el “mate volador" alguna güelta?
Cansado de brillar parpadeaba el lucero del alba mientras sobre el borde del mundo bostezaba el sol sus primeras luces.

Velmiro A. Gauna
Revista Vea y Lea, 28 de marzo 1963 N°409, pp.60-62

jueves, 30 de agosto de 2018

El regreso de Don Frutos (del diario del Oficial Arzásola)

Junio 4  —«La política —ha dicho alguien— es una mala palabra» y yo carezco de la necesaria versación filosófica para valorar la exactitud del aserto. Indudablemente no toda política es mala, pero esta que se practica en ciertas regiones de la provincia justifica el sentencioso dicho del cabo Leiva: «La política, pa mi ver, es como’l cuchillo; le es útil al que lo agarra por el mango, pero amenaza a los demás…».
Don Frutos, que es recto e insobornable, no quiso «archivar» unas actuaciones que comprometían a cierto estanciero, complicado con unos cuatreros y, en castigo, so pretexto de «una mejor redistribución del personal» lo enviaron lejos de Capibara-Cué. Un cambio institucional, sin embargo, le dio ocasión para hacer valer sus derechos y esta mañana, después de varios meses de ausencia, ha vuelto a nosotros.
Fuimos hasta el desembarcadero con el cabo, para recibirlo, y, apenas saltó a tierra desde la canoa que lo condujo desde el barco de la carrera, ya Leiva se plantó a su frente e, indeciso entre darle la mano como amigo o hacerle la venia como superior, solo atinó torpemente a cuadrarse y a decir:
—¡Oh, don Frutos!… ¡Don Frutos!…
Por mi parte había preparado algunas palabras, que querían ser de bienvenida, pero al ver su cara simpática y los renegridos ojos mirándome con afecto, me olvidé de todo y solo estreché su diestra con tal vigor, que me reprochó tiernamente:
—Ta bien, muchacho, pero no apretés más que me vas a romper loj dedo…
Reímos los tres y, enseguida, fuimos para la comisaría.
Los capibarenses que, como buenos correntinos, tiene pudor para demostrar sus emociones, asomaban a las puertas, como por casualidad o se hacían los encontradizos en la calle, para saludar:
—¡Hola, don Frutos!…
—¿Qué tal, comesario?… ¿Otra vez’e güelta?…
Y ¡nada más!, pero había algo en el tono de la voz o en los gestos que mostraban a las claras que Capibara-Cué sentíase alborozado del regreso de quien, más que funcionario, era un amigo.

Junio 5 —Anoche, mientras doña Micaela, nuestra cocinera, nos cebaba unos mates, informé a don Frutos sobre los sucesos más salientes ocurridos durante su ausencia. Abrí el libro de «sumarios»; leía y explicaba:
—«Abdón Gutiérrez, lesiones…». Parece que descubrió que su compañero de juegos le hacía trampas y se desquitó a talerazos.
—Seguí…
—«Juan Pérez y Rogaciano Ahumada, pelea…». Bebían juntos y el alcohol…
—Continuá…
—«Gumersinda Sánchez, muerte por accidente…».
—¿Y eso?…
—Era una criatura de meses… Dormía en la misma cama que los padres y la madre, al darse vuelta, la ahogó impensadamente…
—Güeno… adelante…
—«Ecuménica Gorosito, denuncia a su compañero Patrocinio Amarillo por mal trato…».
—¡Bah! Lo de siempre… Cada fin de mes, cuando cobra, él se mama, llega a la casa y le da una paliza’e mi flor. Ella, juriosa, lo denuncea y dice que va a abandonarlo, pero al rato güelve arrepentida, a pedir que lo larguen…
—Así fue, señor…
Y de la misma manera seguí con la enumeración de los pequeños incidentes que matizan el hastío de la vida pueblerina, cuando arribó el cabo Leiva que volvía de su habitual recorrida nocturna.
—No hay denguna novedá, che comesario… ¡Ah!, me encontré con doña Flora que dice que uno’e estos días tiene que venir p’haularlo.
—Ya sé pa qué va a ser… —intervino doña Micaela, mientras le alcanzaba un mate a Leiva—, dejuro que es pa pedirle le busque’l autor’e la muerte’l perro…
—¡Cómo!… ¿Le mataron al Negro?…
—Ella dice que sí, pero, a lo mejor, se murió’e viejo… L’encuentró muerto en la puerta’l rancho hace unoj quince días…
—Tiene que haberlo sentido grande, pues pa ella era como un hijo. Pa esas mujeres solas loj animale son como’e la familia…
—Lo enterró y todo —acotó el cabo, y agregó—: Y pa mí si no juera’l miedo que el cura se enojase le hubiera mandau hacer una misa…
—L’afetó tanto que se pasaba laj horas llorando —siguió la mujer—. Dispués dentró a decir que se lo habían envelenau y vino a verlo al otro comesario pa que investigase, pero don Ortigosa nu era como usté y la sacó a loj empujone…
—No… no era como usté, don Frutos —afirmó Leiva, y había un cálido acento, como de ternura, en sus palabras.
—Güeno, ya veremos que anda queriendo la pobre. —finalizó don Frutos.

Junio 5 (Noche). —El de hoy ha sido un día de intensa actividad. Promediaba la mañana cuando vinieron a avisarnos que una vecina, extrañada al no ver a doña Flora, penetró en su pobre habitación y la encontró en la cama, muerta a puñaladas.
Fuimos allá y no hallamos el menor rastro del asesino. Iniciamos las investigaciones de práctica sin más resultados que lamentaciones.
—¡Pobre doña Flora!
—¡Quién iba a tener interés en matarla si era un alma de Dios!
Nadie había visto ni oído nada sospechoso. No se le conocían parientes ni tampoco enemigos. Era una pobre mujer que ganaba su vida lavando algunas ropas o ayudando a los vecinos en caso de necesidad.
Y, sin embargo, alguien arriesgó su destino, para introducirse furtivamente en su pieza y darle muerte, en medio de su sueño.
Ese misterio me preocupaba, pero más parecía absorber a don Frutos que, sentado junto a su escritorio, llevaba un largo rato pensando y pensando…

Junio 6 —Esta mañana después de efectuar algunas diligencias para el entierro de la vieja Flora, nos reunimos para hablar sobre el caso. Leiva tampoco pudo aportar mayores indicios y, después de barajar las más descabelladas hipótesis, quedamos sumidos en un silencio que solo rompía, de vez en vez, el gorgoteo del mate.
De pronto, el rostro de don Frutos semejó iluminarse y me preguntó:
—A ver vos, que sos tan léido… ¿Por qué motivo se mata a una persona?
—Por amor o razones pasionales.
—Flora andaba pa los sesenta y era fea como un susto.
—Por interés…
—No tenía ni un cobre, apenas vivía’e unaj changuitas…
—Por venganza…
—Si era más güena que’l pan y en tuitos loj años que vivió acá no se le conoci enemigos.
—Entonces, no sé.
—Yo si sé, m’hijo. La mataron pa que no haulase, pa que no dijese algo que sabía o sopechaba…
—¡Ajá! ¿Ricuerda que dijo que lo quería conversar? —señaló Leiva.
—Tenís razón; yo creiba qu’era por lo del perro, pero me se hase que sabía algo más o, por lo menos, la priocupaba. Y debía ser algo grave pa que la haigan achurao ansina.
—Podría ser.
—Y si no es eso… ¿Por qué otro motivo poderían haberlo hecho?
—Algún maniático…
—No, el que lo hizo estaba en sus cabales… ¿No ves que no dejó ninguna güella y la esperó que se durmiera? ¡Hum! No me gusta nada…

Junio 7 —Después de la siesta, don Frutos volvió a reunimos para decirnos a Leiva y a mí:
—He estau pensando en lo’e Flora y cada vez me convenzo más que la mataron pa tapar algún sucio.
Hizo una pausa y prosiguió:
—¿Cómo pudo enterarse’e esa cosa mala?… Sin querer, por la ropa que lavaba o por algo que vio o oyó’n las cosas ande estuvo, pues…
—Pero, ¿qué pudo ser tan grave que, para ocultarlo la hayan muerto y nosotros, sin embargo, no nos hayamos dado cuenta? —dije.
—¡Ahí está!… Tiene que haber sido algo grandote pa haber llegau al crimen…
—Yo creo que Ña Emerenciana, la que vive frente al rancho y sabía ser su amiga, puede que conozca algo… —deslizó Leiva.
—Vamoj p’allá… —ordenó don Frutos—. ¿Quién te dice?…
Tuvimos suerte. La vecina nos recibió muy amablemente y a poco empezó a recordar episodios de la vida de la finada.
Después de dejarle explayar a su gusto supimos que doña Flora lavaba la ropa del maestro, de las familias de don Serra, el de la curtiembre, y de don Abundio, el tendero.
—Tuitos la han sentido a la pobre porque era cumplidora y voluntariosa como pocas. Siempre sabían llamarla pa algún apuro, ya sea bautismo, casamiento, velorio o pa cuidar a algún enfermo.
—¡Ajá! ¿Y no ricuerda ande trabajó últimamente? —inquirió don Frutos.
—Vamoj a ver… Estuvo pa’l casamiento’e la hija’l gringo Bertero y se trajo un pedazo’e torta que me convidó; dispués pa’l velorio’e la hijita’e Liboria Sánchez que murió ahugada por la madre dicen…
—Ye me he enterau, continúe… —explicó el comisario.
—Tamién estuvo pa’l bautizo’e loj mellizos Sponda, ayudó n’el velorio’e don Nicodemo que murió’e una picadura’e víbora yarará y l’último ande ayudó jué cuando murió Ña Visitación, la mujer’e don Julio Ascona, que agarró una indisgetión y se cortó a laj dos horas l’almuerzo…
Antes de que abundara en mayores detalles, la interrumpí:
—Y después de eso, ¿no se empleó en ningún otro lado?…
—¡No!… Porque’l mesmo día’l entierro, al volver se encuentró con el perro muerto y lo sintió tanto que ya no quiso ayudar maj a naides…
—¿Seguro?…
—Seguro, pues… Si laj otra noche nomás le decía: ¿Por qué pa no va a dar una manito a la gente como antes, doña Flora? Usté hace un bien, y siempre le dan algo pa dir tirando… porque quien maj o quien meno le daba una ropita, unoj pesos, y siempre traía algo’e comer pa nojotra o pa’l perro…
—¿Y usté no sabe quien se lo mató?… —preguntó don Frutos.
—¡Vaya a saber! Yo creiba que poderían ser diauluras’e algún muchacho, pero dispués pensé qu’era raro porque l’animal solo comía’e su mano. Tiene de haber sido un ataque, un aire o… ¡qué sé yo!, pero la pobre no pensaba ansina y me dijo que iba a haular a usté pa que lo agarrase al creminal… ¡Chocheras’e vieja, nomás!…

Junio 8 —Indudablemente don Frutos hizo buscar al doctor Levinsky, bien temprano, al vecino pueblo de Ramada Paso, porque al llegar a la comisaría ya los encontré empeñados en una discusión.
—¡No!… ¡No puede ser! —decía el facultativo cuando entré.
—Pero si yo me responsabilizo, doutor…
—Usted cargará con lo suyo, pero yo pagaría como cómplice. Hay leyes que cumplir…
—Es pa cumplirla mejor que le pido ayuda, pues…
—Tráigame una orden del juez, entonces…
—Es que no tengo pruebas, sino un pálpito…
—¡Y claro!… Yo debo procurárselas si las hay, pero… ¿Si no las hay?…
—¿De qué se trata si se puede saber? —deslicé yo.
—Pues nada, que don Frutos me ha hecho llamar para que haga una autopsia sin orden legal…
—Es imposible…
—Se lo termino de repetir, pero él insiste… Búsquese la orden, y…
—¡Un momento! —saltó don Frutos—. ¿Y pa hacer l’utosia a un perro también hase falta un papel?
—No… para eso no… —condescendió el médico.
—¡Güeno! Vamos entonces pa’l patio’e la Flora y me va a decir cómo murió «El Negro»; y si es como pienso, deje lo demás’e mi cuenta.

Junio 11 —¿Intuición? ¿Sexto sentido?… ¿Razonamiento deductivo? ¡Vaya a saber! La cuestión fue que el análisis de las vísceras del perro reveló la existencia de estricnina y, basándose en ese indicio, don Frutos obtuvo la orden del juez para la autopsia de los restos de la señora de don Julio Ascona, con lo que vino a descubrirse que ella también había muerto a consecuencias de un tóxico y no de la «indigestión» denunciada por el marido y aceptada por todos.
—A mí el comisario anterior me hizo decir que todo estaba en regla. Yo vine y la observé en el cajón y, como no había señales externas extendí el certificado. —se excusó el galeno.
—Güeno, aura vamoj a tener que hacerle confesar a don Julio esto y lo’e la Flora —exclamó don Frutos.
—¿Entonces usted también lo culpa de la segunda muerte? —pregunté.
—¡Y de no!… Pero creo que’l hombre es flojo y pronto va a ceder.
Efectivamente, después de dos días de encierro y de repetidos interrogatorios, el hombre se confesó autor del envenenamiento de la señora «para heredarla» y del asesinato de la vieja «para que no hablara demasiado».
—Cómo llegó a la verdad —preguntó el médico luego que el criminal, bien esposado y con la custodia de Leiva y un agente, fue enviado a la Capital.
—Vea, doutor… primero discutimos con’l ofisial sobre’l motivo que poderían haber tenido pa dispachar a la vieja.
—Y no encontramos ninguno valedero —expresé yo— sino deseo de hacerla callar.
—Yo me pregunté, entonces —prosiguió el comisario— si qué podría saber la vieja que la hiciera peligrosa… Y no encuentré nada raro sino la muerte’l perro.
—¿Y por eso hizo que le hiciera la autopsia?
—¡Claro, pues!… Porque, ¿quién iba a querer matar a un perro que no hacía mal a naides y solo comía’e la mano’e la dueña?
—¿Y usted sospechó que si el animal no murió naturalmente fue porque la dueña le había dado involuntariamente algún alimento con veneno? —deslizó el facultativo.
—Exacto. Y cuando tuve loj resultaus del análisi calculé que la dueña habería ido a algún velorio y, como no cocinó, le trajo algunas sobras. Se las dio envenenándolo sin querer… Güeno, ese día ella había estau en lo’e don Julio, cuya mujer había muerto’e indigestión, asigún decían. Uní laj dos cosas y pedí l’utosia y ya vieron lo que salió…
—¿Y a doña Flora por qué la mató?
—Pa que no haulara. No ve que la vieja pensó lo mesmo que yo y jué a decir sus sospechas al otro comesario que no la hizo caso. Don Julio, que lo supo, imaginó el motivo pero no se inquietó, porque tuitos iban a pensar qu’eran hauladurías’e la vieja, medio desconcertada por la muerte’l bicho; pero cuando golví yo, le dentró el miedo porque como suelo ser medio curioso podería investigar…
Y jué y la mató sin que lo vieran…
—Con lo que no hizo sino agravar su delito y dar origen a la investigación. —señalé yo.
—Es que al que tiene la concencia sucia le pasa como al borracho. Una vez que se ha salido’l camino quiere golver a él pegando un salto ¡y va a cair a la zanja!… —concluyó don Frutos.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Los espíritus (del diario del Oficial Arzasola)

Marzo 3 —Revisando en los cajones de un viejo escritorio encontré un cuaderno de hojas amarillentas y no pude resistir a la tentación de utilizarlo para ir estampando mis impresiones sobre la vida y los hombres de este pueblo, al parecer olvidado de Dios, que se llama Capibara-Cué. Al verme en estos menesteres ya sospecho lo que dirán mis compañeros de trabajo: el comisario, don Frutos Gómez, mesándose la barba afirmará sentencioso: "L'ofisial ta praticando la letra…"; el cabo Leiva, un paraguayo enamoradizo, exclamará: "¡Di ande, don Frutos…! Li ha d'estar escrebiendo a la novia…." el agente Ojeda y nuestro preso habitual, don Cleto, que viene noche a noche a dormir en el calabozo sus borracheras, asentirán apenas con sus "¡Hum… hum!" y seguirán prendidos a la bombilla en sus diarias orgías de mate. Afuera el sol bosteza sus ardores sobre la larga calle polvorienta; atados a los palenques, frente a los ranchos, cabecean algunos sufridos caballos; desde lejos llega el canto huidizo del crespín, y, a la distancia, se ve el verde festón de las copas de los árboles en los montes que rodean al pueblo.
Un mocetón viene andando pachorrientamente por las desniveladas aceras, de rato en rato se saca el cigarro de hoja de la boca y lanza grandes escupitajos al aire. Bueno, ya no hay más que agregar, así que yo también iré a sumarme a la rueda del cimarrón.

Marzo 3 —Es de noche y en el cielo hierven las estrellas. A pesar de todos mis presentimientos hemos tenido un día de trajín intenso. Aquel muchacho que vi en la tarde caminar tan perezosamente fue quien causara la conmoción cuando, al llegar al cabo de un rato, dijera:
—Güeñas tardes, don Frutos, le vengo nicó a avisar una cosa…
—Güeñas, m'hijo —contestó el aludido—, haulá nomás.
—N'el rancho 'e Casimira, la viuda 'l Mocho Ceríaco López, ese que se mató hace dos años, al cair borracho debajo 'e la carreta cargada 'e sandías y al que las ruedas le pasaron por encima 'l pecho…
—¡Aja!
—Güeno, ahí está la Casimira…
—Vea, pues —intervino el cabo Leiva—. ¿Y ande más iba a estar si esa es su casa?
—Ahí está la Casimira —prosiguió el mocetón imperturbable —colgada 'l cogote 'e la cumbrera 'l rancho y ya finada la pogre que Dios la tenga en su santa gloria.
Don Frutos dio una larga chupada al mate y ordenó:
—Vamos.
Montamos a caballo y allá fuimos: el comisario, el cabo Leiva, que llevaba al mocetón en la grupa y yo.
El rancho de la muerta estaba en las afueras del pueblo, junto a unas plantaciones descuidadas y a un vasto potrero donde yacían algunas vacas.
Ya algunos vecinos estaban en la modesta habitación del hecho observando a la muerta desde todos los costados, pero, felizmente, no habían tocado nada.
Don Frutos los expulsó del recinto y dio comienzo a sus tareas.
La muerta tenía los ojos fuera de las órbitas, la lengua afuera y el rostro amoratado. A sus pies yacía una silla derribada, a la que parecía haber subido para cumplir su fatal determinación. El lazo que le ceñía el cuello había sido pasado por encima del gran poste que oficiaba de cumbrera y estaba atado, en su otro extremo, a uno de los sostenes de hierro de la tranca de la puerta.
Todo en la habitación estaba en orden y solo el lecho tenía las ropas revueltas.
—Suicidio. —dije yo— La mujer aseguró el lazo, lo hizo pasar por encima de la viga, subió a la silla y se colgó…
Don Frutos observó en el piso de tierra las huellas dejadas por la pata de la silla, luego alzó a ésta introduciéndola en las marcas y señaló con un lápiz la altura hasta donde penetraban. En seguida dijo a Leiva:
—Bájala.
El cabo hizo lo indicado y cuando el cuerpo estuvo en tierra el comisario llevó la silla un poco más allá y, después de pensar un rato, dijo a su subordinado:
—A ver, Leiva, ponela parada ahí mirando a la ventana.
El otro levantó en sus fuertes brazos el bulto inerte, rígido por la muerte, lo apoyó sobre el mueble cuidando que la luz cayera sobre ella. Era una mujer de talla mediana, delgada y que, quizá en vida no habría sido mal parecida, pero que, en esos momentos, con el rostro lívido y distorsionado, causaba horror.
Don Frutos la observó con todo detenimiento desde la cabeza a los pies y luego su mirada fue recorriendo los objetos del contorno para terminar diciendo:
—Ponela nomás en la cama y que la preparen pa enterrarla. Nojotro vamoj a buscar al culpable.
—¿Al culpable? —dije azombrado— ¿No es un vulgar caso de suicidio?
—No, m'hijo —me respondió—, es un crimen.

Marzo 4 —Esta mañana fuimos al entierro de la difunta Casimira Vda. de López. Unos pocos vecinos siguieron al carro del carnicero donde se había colocado el pobre cajón de pino que contenía sus restos. La pobre no tenía parientes en el lugar y sólo unas cuantas viejas la despidieron con sus oraciones y alguno que otro llanto ya que "aunque no sia nada 'e uno un prójimo es un prójimo".
Cuando volvimos a la comisaría y mientras esperábamos que se dorara el asado para nuestro almuerzo, don Frutos me preguntó:
—¿Vos crees en loj espíritus?
—¿En los espíritus?
—Sí.
—Francamente no, aunque ha habido hombres de ciencia como Flammarion que eran decididos partidarios de esa doctrina.
—¡Aja!… Pues acá, en Capibara-Cué, tenemos a Ña Belén que es muy sabidora 'e esas cosas y haula con ellos.
— ¡Bah! Serán supercherías —le repliqué.
—Güeno. Esta tarde vamoj a dir a verla pa que te convensás.
Después, dirigiéndose al cabo Leiva, le interrogó:
—¿Cuánto pa le calculas el peso 'e la dijunta vo que la abajaste?
—Y, siguro, pa desir lo que se dise siguro de siguridad no pedería, pero pa mi pesaría como unas cinco arrobas porque era igual al peso 'e laj bolsas 'e avena pa los caballos.
—Cierto, Leiva, cierto. Yo tamién le calculo unos cincuenta kilos y aura pásame un pedazo 'e tripa pa dirme entreteniendo.
No había duda que la muerte de la mujer lo tenía preocupado. En la revisión que habíamos hecho de la pieza no encontramos nada de importancia y la intromisión de los curiosos en la misma había borrado o confundido las huellas de pisadas que podían haber quedado en el suelo.
Los vecinos no habían visto llegar o salir a ningún extraño. El estado de semipobreza en que vivía la extinta hacía descartar el robo como móvil y la falta de herederos que pudieran beneficiarse con sus escasos bienes alejaba también el interés.
Las circunstancias todas del hecho y la carencia presunta de motivos me hacían mantener aferrado a mi idea original del suicidio, pero el comisario, con igual pertinacia, sostenía:
—Es un crimen, ofisial, ya vaj a ver…
A la caída de la tarde, cuando apenas una estrella hacía guiños en el horizonte gris oscuro, fuimos a la casa de doña Belén, la curandera y "endivina". En la semioscuridad del aposento, iluminado sólo por una vela y envuelta en sus negras vestiduras, la vieja parecía una figura de pesadilla.
—Vea Ña Belén —le dijo don Frutos apenas nos hubimos instalado frente a ella alrededor de la mesa—, yo quedría que usté le consultara 'l espirito 'e Casimira López.
—¿Y por qué pa tiene esa curiosidá, don Frutos?
—Porque me parece que l'hisieron un sucio y naides sabe nada y si saben no quieren haular. Me gustaría que el espíritu me dijiera algo 'e loj que la querían pa bien o pa mal ansí tengo un indicio…
La mujer tomó un mugriento mazo de cartas y empezó a barajarlas mascullando palabras en guaraní, luego hizo cortar el paquete en tres partes al consultante y empezó:
—Esta no sirve y ésta tampoco… aquí viene el rey 'e copas qu'es el espirito 'e Casimira… En el nombre 'l Pagre, del Hijo y del Espirito Santo pongo una y pongo otra y doy güeltas a la tercera ¡peina! un caballo 'e espadas al revés que es un hombre que andaba con ella y esta sota es una mujer que no la quería a la finada porque tamién quería al hombre qu' era su marido…
Viene el siete velo que dice qu'el hombre tiene algo 'e oro n'el cuerpo y aura ¡Jesús, María y José! sale 'l caballo 'e oro que quiere decir que otro hombre más joven andaba con ella y tuitos estos bastos dicen que tamién lo celaba mucho… y esta otra sota es una muchacha con nombre 'e jlor… y este rey 'e bastos es el pagre 'e la moza qu'es nombre 'e rigor…
Calló la pitonisa y, entonces, don Frutos, añadió:
—¿Y d'este hombre loj espirito no pueden darme ni una seña?
Doña Belén volvió a barajar los naipes y luego de murmurar una oración entre dientes sacó del mazo una baraja y se la dio diciendo:
—Ahí tiene el nombre…
Era un dos de copas y el comisario la miró sin entender, pero ella concluyó:
—Loj espirito están cansaos y ya no pueden decir nada más…
Don Frutos depositó un peso en el platillo colocado frente a una imagen iluminada por la vela y salió conmigo a la calle que estaba en sombras, repitiendo:
—El dos 'e copas… el dos 'e copas…
Después de un rato se dio un golpe en la frente exclamando:
— ¡Ya está! El dos quiere decir Segundo… Segundo Almada, el que anda noviando con la Rosa Yegro, la hija 'e don Patricio Yegro 'e Ramada Paso…
Y por más que lo acribillé a preguntas no quiso darme ninguna otra explicación.

Marzo 5 —Algo en la actitud de don Frutos me hizo sospechar, cuando llegué a la comisaría, que preparaba uno de los golpes de efecto a que era tan aficionado.
Me recibió lo más cortés y con aire hipócrita me dijo:
—Sabes que creo que tenes razón y que la Casimira si ahorcó nomás…
Calló para terminar de sorber un mate que le acarreaba Leiva y añadió:
—Aura vamoj al galpón a matiar y ansina vamoj a ver el cuero 'e un cordero que le carniaron a lo inglese 'e estansia.
Pasamos al interior y allí, apoyada contra una alta pila de fardos de pasto, vi la silla que había estado en la pieza de la difunta y, a sus pies, una bolsa de avena.
—Sentate ahí —me dijo, y me indicó un banquito mientras él se acomodaba en otro en torno al brasero y después empezamos a "verdear" en silencio. Al rato vino un agente acompañado por un hombre de mediana edad, delgado y que, al hablar, dejaba ver un diente de oro.
— ¡Hola, don Poli! —lo saludó don Frutos—, perdone que lo haiga hecho llamar pero necesito que me dea un dato…
—A sus órdenes, comisario…
—Güeno, pero primero siéntese —exclamó el funcionario y le indicó la silla.
El otro miró la bolsa y se detuvo indeciso. Al ver sus dudas, don Frutos exclamó:
—Vea, ya qu'está ahí, don Poli, ¿por qué no me alza la bolsa arriba 'e los fardos?
—Con mucho gusto. —repuso el recién llegado.
La tomó en sus brazos, subió a la silla y sin esfuerzo la depositó en el lugar indicado.
—Gracias, amigo, y pa no entretenerlo más, ¿Dígame si sabe 'e algún pariente 'e la viuda Casimira?
Palideció el interpelado, pero, enseguida, se repuso y contestó:
—Que yo sepa no tenía a naides por acá. Pero…  ¿por qué me lo pregunta a mí, don Frutos?
—Cosa 'e lo espirito, don Poli. Ellos me dijieron que Uds., en fin, son cosas que ya pasaron…
—Ansina es, ya pasaron hace tiempo.
—Güeno, era pa eso noniá, vaya tranquilo.
Apenas se hubo retirado, Leiva volvió a bajar la bolsa, corrió la silla unos centímetros al costado y la puso en la posición anterior. No habían transcurrido diez minutos cuando volvió a entrar el agente seguido por un mozo alto y fornido de unos veinticinco años.
—Salú, Segundo —lo recibió don Frutos—, perdona la llamada pero tengo que preguntarte algo.
—Mande, don Frutos.
—Sentate de mientras y toma unoj mates que nú es di apuro.
Se reprodujo el mismo diálogo de momentos antes y el gigantón subió a la silla con su carga.
Cuando bajó para sentarse, el comisario le dijo:
—Ansí como a esa bolsa tamién hiciste pasar el cordero pu encima 'l alambrao.
—¿Que cordero, comesario?
—El que carneaste la noche '1 marte en l'estancia 'e loj inglese…  ahí está el cuero que abandonaste.
Indignado el otro rechazó el cargo atropellándose en la defensa.
—¿Qué via carniar cordero, don Frutos, endemá la noche '1 martes yo estuve con…
Súbitamente calló y quedó lívido, comprendiendo que había caído en una trampa.
—Seguí, Segundo, seguí…
—El martes estuve en mi casa.
—No, m'hijo, el martes a la noche estuviste con Casimira y a la madrugada la ahorcaste con tu pañuelo de cuello mientras dormía…
— ¡Miente!… ¡No es cierto!
Gruesas gotas de sudor le corrían por el rostro.
—Dispué, cuando la viste muerta, hiciste pasar un lazo por la cumbrera del rancho calculando l'altura pa que quedara lejos 'el piso y te subiste a la silla pa colocarle 'l nudo n'el cogote. Cuando estuvo colgada voltiaste la sila pa hacer creer que la pogre se había suicidao. No negués porque te vieron…
Anonadado por la exactitud del relato, el mozo aceptó:
—¿Me vieron? ¿Quién?
—Loj espirito…, siempre andan rondando por tuitos laos y aura confesa por qué lo hiciste o te haga haular a juerza 'e palos.
—No hace falta, don Frutos. Tuve di haserlo porque si había puesto insoportable 'e celosa y me había amenazao con ir a Ramada Paso pa decirle 'e lo nuestro al pagre 'e mi novia, don Patricio Yegros, que es muy severo y me hubiera echao 'e la casa. Taba 'e Dios que no había 'e casarme con la Rosa.
Leiva se lo llevó para encerrarlo en el calabozo y entonces le pregunté al viejo astuto:
—¿Cómo supo que era crimen y no suicidio?
—Por las marcas 'e las patas 'e la silla. Lo aujero eran muy projundo y la pogre era liviana demá pa hundirla tanto. Entonces pensé que alguno se había subido con ella pa colgarla y como lo vecino no vieron entrar ni salir a naides calculé que el creminal había ido 'e noche y si Casimira l'abrió la puerta era porque tendría algo entre ellos. Dispué supuse que l'única que podería saber d'esos enjuagues era doña Belén…
—Porque ella sabe 'e tuitas laj cosas el amor. Las mujeres van a pedirle que le haga más cariñoso o más fiel al novio y al marido, que loj libren 'e laj otra mujeres, que le hagan pensar solamente en ellas o que li hagan olvidar a laj otras, etc. Ña Belén no traiciona sus cliente, pero pueden hacerlo loj espirito y ansí supe que Poli "Diente 'e oro" había andado mancornado" con la viuda, pero como el caballo estaba al revés comprendí que lo había dejao por Segundo Almada, que es más joven y güen mozo. Parece que la mesma Casimira le había ido a consultar, dejuro pa pedirle que lo engualichara…
Se interrumpió para tomar un mate y prosiguió:
—Poli pudo haberlo hecho por despecho y Segundo pa librarse 'e ella y casarse con la Rosa…
—¿Cómo supo exactamente quién fue?
—Porque esa bolsa 'e avena pesa casi igual que la finada y Poli al alzarla no hizo hundir bastante la silla y, en cambio, con Segundo dentro hasta llegar a la marca que l'hice.
—Y el cordero carneado, entonces, ¿era un cuento? —inquirí.
— ¡Cuento! Di ande… aura nomá lo vas a comer al asador. Solamente que en vez del martes lo robaron anoche y me parece que al autor no loj vamo a encontrar nunca. ¿A vo qué te parece, Leiva?
—Creo lo mesmo, comesario —añadió socarrón—, pa mí que han de haber sido loj espirito.