Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo Booz. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo Booz. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de julio de 2025

Los inundados

1
Don Dolores Gaitán, nombrado comúnmente don Dolorcito, tenía su rancho de tablas y latas en la Boca del Tigre, terreno abierto como un abanico a la entrada del puente carretero que, sobre el río Salado, enlaza a Santa Fe con las poblaciones de la otra orilla.
Subvenía don Dolorcito a las necesidades mínimas de su familia —una mujer y cuatro chiquilines— de modos distintos e intermitentes. Una veces con el producido de la pesca que llevaba a algún puesto del mercado, otras trabajando a jornal en la carga o descarga de vapores y, más frecuentemente, sirviendo por días en la limpieza de alfombras, encerado de suelos y lavado de vidrios en algunas casas de familias antiguas, donde eran muy apreciadas sus dotes para ese quehacer y muy conocida su inclinación a empinarse las botellas, si las hallaba a mano.
Pero sobre todas esas ocupaciones estimaba la de encargado de algún comité político, de cualquier color, aunque preferentemente gubernista, porque en éstos había siempre más abundancia de recursos y probabilidad de cobrar puntualmente los emolumentos. ¡Lástima que esas boladas se ofrecieran a largos intervalos!
Doña Óptima, su cónyuge, cooperaba al bienestar de la familia, conchabándose, cuando aquél persistía mucho en la molicie, de cocinera suplente en algunas casas conocidas. Vanagloriábase ella de que sus patronas la consideraran y hasta, sentadas en los patios, le dieran el palique que a una visita. Mirábasele allí como un saca apuros para cuando la cocinera titular las dejaba plantadas y todo el gremio ensordecía al llamado que lanzaban desde el «servicio doméstico» de los diarios locales.
Esa situación especial se la conquistaba asegurando a las señoras que, para ayudarlas, debía descuidar a su prole y a su compañero de cadena. Y de noche salía de la casa con gordos envoltijos de condumios y golosinas para festín del rancho de la Boca del Tigre, amén de algún traje viejo del patrón para don Dolorcito y algunas ropitas de desecho para los vástagos.
El ejemplar matrimonio laboraba en perfecto ritmo con sus necesidades. Si estas necesidades estaban cubiertas, se entregaban ambos a su ocupación favorita: ella espulgaba prolijamente, en el umbral del rancho, las crenchas de alguno de sus hijos mientras él, tumbado a la intemperie en la lona del catre, miraba los cambios de formación en el vuelo de los patos o la nube gris que le sugería la idea de un trapo para encerar aquel inmenso piso invertido.
Debemos insistir en que, aun amando la vida muelle, sólo cedían a los halagos de la ociosidad si tenían las ollas abastecidas y los descendientes algunas telas con que cubrir lo indispensable de su desnudez.
En cierta ocasión los pibes contribuyeron con su grano de arena a la bienandanza común. Fue el año anterior, en que pasaron el puente para cazar chingolos en Santo Tomé con trampas de alambre. El padre teñía luego de amarillo a los cautivos y los enajenaba a precios altamente satisfactorios a los tripulantes de los transatlánticos. Y surcando después el océano, los compradores advertían que no era precisamente un canario el pajarillo encerrado en la jaula. A industria tan lucrativa, debió don Dolorcito renunciar definitivamente.
Ello aconteció al volver un día de los diques con dos dientes menos y la vestimenta más desordenada que de ordinario.
Doña Óptima y don Dolorcito formaban una pareja acorde y en cierta manera feliz; y para suprimir esa restricción a su felicidad, habría sido menester que las demandas del hogar no les impusieran en ningún caso la obligación de hombrear bolsas al uno y de trajinar a la otra en cocinas ajenas.

2
Las aguas del Salado comenzaron a hincharse y arrastrar consigo enormes camalotes con ponzoñosas alimañas del Norte. El impetuoso caudal fue rebalsando su cauce hasta invadir las viviendas asentadas en los terrenos adyacentes. Y las alturas se poblaron de volátiles que huían al encontrar sumergidas las islas y anegados sus habituales dormideros.
En los moradores de los menguados rancheríos de la Boca del Tigre fue cundiendo la alarma. Es verdad que para alcanzar el río a ese paraje, debía subir de modo extraordinario. Pero esa contingencia correspondía a lo probable. Y, como es natural, no se hablaba allí sino de la creciente y de la resistencia de los puentes ferroviarios a la acción de las aguas. Los pesimistas pronosticaban horrendas catástrofes.
Una madrugada don Dolorcito observó, al abrir los ojos, que las patas del catre estaban en el agua. Chapaleando el barro de la habitación salió a la puerta y pudo comprobar que la Boca del Tigre caía también bajo el azote de la inundación.
—Bueno; hay que mudarse —pensó apresuradamente, mientras despertaba a su mujer y a sus herederos.
Doña Óptima aprobó:
—Sí; debés salir a buscarnos otra guarida, en lugar seguro, mejor si es cerquita de San Francisco, que hasta allí no ha de alcanzar nunca el río, según no alcanzó ni en la inundación grande.
Don Dolorcito rumbeó para la ciudad.
A su regreso, la inundación sólo dejaba a la vista, en las zonas más bajas de la Boca del Tigre, los techos de los ranchos y las copas de los árboles. El albergue de los Gaitán, construido en una jorobita del terreno, contenía en su interior una capa líquida de diez centímetros. Ya andaban canoas y carros transportando los miserables enseres de quienes procuraban escapar. Esta vez don Dolorcito hizo el trayecto en canoa, más curioso de los cacharros domésticos de todo uso flotantes en las aguas turbias, que impresionado por el cuadro de devastación ofrecido a sus ojos.
Doña Óptima lo recibió, movediza y rodeada de sus pergenios.
—¿Dónde nos encontraste rancho? —inquirió la mujer.
—¿Dónde?… En ninguna parte. También recorrí los conventillos, y no hay lugar para nosotros.
—¿Y entonces?… ¿Pensarás dejarnos morir aquí, a todos, ahogados, como vizcachas en su cueva?
Al parecer, eso pensaba don Dolorcito, en un trágico renunciamiento a toda idea de salvación, pues sentóse y, con el agua a los tobillos, abarcó serenamente con la mirada el desolado paisaje circundante.
A las reclamaciones y prisas de doña Óptima, respondía él con breves frases saturadas de un fatalismo dichoso. No había que afligirse; lo más conveniente para todos era estarse quietos. Tenía la experiencia de la inundación del año cinco. Y doña Óptima, confesándose que su marido siempre supo resolver las dificultades de la familia, algo beneficioso esperaba en medio de la zozobra.
Y cuando ya el agua les pasaba las rodillas vieron venir, bogando afanosamente, varias canoas ocupadas por soldados del Cuerpo de Bomberos, cuyos cascos de hule reflejaban la lumbrarada solar.
La faz de don Dolorcito se animó con una sonrisa.
—¿No decía yo?… No hay que ser zonzos ni precipitarse… Otros se encargarían de sacarnos de la apretura.
Provistos de adecuados materiales de salvataje, los bomberos embarcaron rápidamente a don Dolorcito y los suyos y luego el mobiliario que adornaba su casa. Y minutos más tarde un fastuoso camión oficial conducía a la familia de inundados a un furgón del Central Norte, En el trayecto saludó don Dolorcito con amplios ademanes a algunos conocidos. Los transeúntes de las calles asfaltadas sentían en su corazón un brote de sentimientos piadosos al paso de esos desventurados sin hogar.

3
Y los desventurados sin hogar se advirtieron muy a sus anchas en el furgón, bastante más confortable, sin duda, que el rancho de la Boca del Tigre. Enriquecieron además el círculo de sus amistades con los alojados en los vagones vecinos, sobre una vía muerta, frente a la avenida Alem.
Doña Óptima previno:
—Che, todo esto está muy lindo; pero recordá que no disponemos de un centavo para parar las ollas. Debés irte por ahí, en seguida, a trabajar y hacerte de unos pesos.
—¡Somos inundados! —replicó don Dolorcito, engallando la cabeza.
Doña Óptima no entendió la salida de su esposo hasta que llegaron unos caballeros de la Comisión Popular Pro Inundados, precedidos de unas camionetas con ropas de abrigo y municiones de boca. En el vagón de los Gaitán descargaron abundantes alimentos, mientras don Dolorcito escogía para él y los suyos calcetines, camisetas, tricotas que los defenderían del frío de varios inviernos.
Y comenzó para la familia uno de los períodos de holgura más completos que hubieran conocido. No faltaban en el furgón subsistencias ni géneros para asegurar la bienandanza de los moradores. Los poderes públicos y el alto comercio, sensibles a tanto infortunio, procuraban mostrarse generosos con los pobres inundados. Los periodistas cooperaban a la formación de ese general estado de ánimo, disertando sobre los estragos del flagelo y las obligaciones propias de la solidaridad humana. Don Dolorcito, en rueda con los vecinos, leía, tomando mate y mordiendo galletas, esas elucubraciones que a todos, al lector y a los oyentes, enternecían y convencían de su desgracia y de la necesidad de ser socorridos.
Pero lo que a los cuitados principalmente interesaba eran las noticias y pronósticos relativos a la creciente. Y no costaba sorprender un aire de contrariedad en esas tertulias, si se anunciaba el descenso de las aguas del Alto Paraná y, de consiguiente, la inminencia del mismo fenómeno en Santa Fe.
En esas ocasiones don Dolorcito llevaba un poco de optimismo y calma a los espíritus atribulados, opinando, aunque con un gesto melancólico, que el azote continuaría, pues tras esa creciente excepcional vendría, para agravar la situación, la creciente periódica llamada del pejerrey.

4
Al abrir la puerta corrediza del furgón y liberarse con un desperezo de la última modorra de la siesta, don Dolorcito afrontó a una comisión de señores que acudían a ofrecer ocupación a los pobres inundados. Los guinches estaban aparejados para llevar a las bodegas de los barcos un cargamento de rollizos, y de la campaña requerían brazos para las faenas de la agricultura.
Don Dolorcito rechazó la invitación con un continente altivo y desdeñoso:
—¡Yo soy inundado!
—Una razón de más para que trabaje, ¡qué diablos! —replicó un caballero de facciones semíticas.
Don Dolorcito se encogió de hombros, sin dignarse contestar.
La comisión se marchó después, siendo fácil colegir por las actitudes el fracaso de la gestión. Todos los inundados aducían motivos para no agitarse.
El caballero de las facciones semíticas, disgustado, exclamaba, levantando los brazos:
—Son una manga de holgazanes.
También doña Óptima juzgó oportuno invocar los afanes hogareños para desoír las solicitaciones de señoras copetudas, puestas en el terrible trance de hacerse la comida y las camas, pues la inundación provocaba una aguda crisis de domésticas.
Un día se les notificó que las raciones debían buscarlas en el domicilio del presidente de la Comisión Popular.
—Es un abuso —protestó don Dolorcito, obligado ahora a acudir con su mujer y unas canastas en procura de los socorros que antes les llevaban al furgón.
Pero mayor abuso fue el del Central Norte, al disponer que los inundados desocuparan los vagones, necesarios para la movilización de la cosecha.
Todos, con la sola excepción de la familia Gaitán, se trasladaron a los alojamientos habilitados por la Comisión Popular.
—No sea terco, don Dolorcito —le aconsejó un vecino—. Hay también otros lugares aceptables. Mi mujer y yo estamos ahora muy a gusto y muy independientes.
—¿Dónde?
—En un calabozo de la comisaría 2ª.
—Si se contentan con eso, mejor para ustedes. Yo conozco mi derecho y no me han de sacar así no más del furgón, donde me siento cómodo.
Ese derecho lo conoció don Dolorcito por intermedio del procurador Canudas. El profesional consultó una cochambrosa «colección de leyes usuales» y, señalando con la uña de luto ciertos artículos, le demostró cómo la justicia lo amparaba y cómo el Central Norte debía recurrir a fatigosos trámites y esperar el vencimiento de largos plazos antes de llegar al lanzamiento de los inquilinos del furgón.
Pero la empresa pareció olvidarse de sus huéspedes. El tiempo transcurría, y bajo el cinc del furgón continuaban don Dolorcito y los suyos. El espíritu previsor del hombre había acumulado allí, merced a sus infatigables demandas a la Comisión Popular, copiosos bastimentos para la familia. 

5
Al despertar una mañana, don Dolorcito observó que su vivienda trepidaba con extraño fragor. Y, entreabriendo la puerta, columbró un paisaje nuevo y mudable. Marchaban por pleno campo y pasaban velozmente los postes indicadores del kilometraje.
El hombre se notó perplejo y agobiado por su responsabilidad. Ni él ni el procurador Canudas barruntaron jamás esa contingencia. ¿Adónde pretendía desterrar la empresa a la desventurada familia de inundados? ¡Innoble represalia contra quienes no hacían más que acogerse a la protección de la ley!
Doña Óptima, despegando los párpados, se sentó en el filo del catre. Y, al enterarse de lo que acontecía, censuró en medio de un bostezo:
—Ya te dije que todo eso nos acarrearía algún trastorno.
Los hijos no participaron de las inquietudes de sus mayores. La novedad de la casa rodante les brindaba una perspectiva fecunda en promesas. Y don Dolorcito debió repartir certeros coscorrones entre su descendencia, para separarla del peligro de caer fuera del vehículo.
Y tras ese día vino otro día, y el furgón enganchado a un tren de mercancías, cambió de panorama. Ahora las llanuras cedían espacio a las sierras. Cruzaban la provincia de Córdoba, y ese espectáculo de pedregales ásperos, cielos límpidos y ríos someros, interesaron al pronto y cautivaron después a los Gaitán, que jamás se habían alejado más de una legua de su municipio. Finalmente, el coche paró en Cosquín.
El jefe de la estación descorrió la puerta y, sorprendido, interrogó a sus inesperados ocupantes.
—¿Quiénes son ustedes?
—Inundados —informó don Dolorcito.
—¿De dónde vienen?
—De Santa Fe.
El funcionario ferroviario se desconcertaba. ¿Qué hacer? Debía ser uno de esos vagones que, sustraídos al contralor de las oficinas de tráfico, suelen andar de un lado a otro por las líneas, para quedar a veces olvidados en alguna vía muerta. Y dio aviso a la Superintendencia.
Ocho días demoraron en llegar las instrucciones: que uniera el furgón perdido al primer tren.
Y un mediodía, don Dolorcito, paseando por las inmediaciones, notó con susto que su furgón se marchaba. Debió correr a la máxima velocidad de sus piernas para ser al fin acogido por los brazos redondos y cariñosos de doña Óptima y el júbilo de los vástagos.
Don Dolorcito formuló un cargo contra la deplorable organización de los servicios de transporte del país; y seguidamente se entregó a la contemplación de los jocundos cuadros que la naturaleza ha extendido a los costados de los rieles, en el trayecto a Capilla del Monte, para recreo de turistas y viajantes de comercio.
En Cruz del Eje otra locomotora se llevó para San Juan al furgón de los inundados, y de allí hacia el lado de Bolivia. De la estación terminal pidieron órdenes y, previa la tramitación del respectivo expediente, el furgón volvió al punto de partida.

6
Al cabo de dos meses don Dolorcito y los suyos entraban en la estación de Santa Fe, llenos sus espíritus de las magníficas visiones de la excursión.
Entretanto, las aguas, volviendo a sus cauces, se habían retirado de la Boca del Tigre y cesado los auxilios a las pobres familias castigadas por la catástrofe. Se apoderó de don Dolorcito un desabrimiento que el procurador Canudas supo suavizar con estas consoladoras palabras:
—Ustedes saldrán del furgón, pero el ferrocarril deberá indemnizarles los perjuicios que les irroga la exigencia. Es lo justo.
Y, en efecto, los asesores de la empresa determinaron, para eludir un juicio, allanarse a la demanda, asignando a los inundados una cantidad, de la cual el procurador Canudas adjudicóse, naturalmente, la parte del león.
Y los Gaitán, más lucios y pelechados, retornaron a su rancho de la Boca del Tigre, luego de correr, en un espacio de cuatro meses, los tremendos azares propios de la calamidad pública, que tan hondamente había conmovido a los lectores de diarios.
Don Dolorcito y doña Óptima, reintegrados a su existencia ordinaria, añoran aquellos días fantásticos y consideran las probabilidades de alguna otra creciente de los ríos.

Mateo Booz
Santa Fe, mi país, Las Ciudades, pp. 16-22. Titivillus.

viernes, 11 de julio de 2025

El lobisón

I
A la salida del puente colgante de Santa Fe se amontonan las viviendas primitivas de latas y adobes que constituyen el barrio conocido por El Pozo. Esa gusanera humana bulle al pie del terraplén y se extiende hasta el borde de la laguna Guadalupe. La mayor parte del año exhalan sus vahos nocivos las aguas de los charcos, que se cruzan con pasaderas de troncos o tablones. En las crecientes grandes los moradores trepan al alto, seguros de que las autoridades les habilitarán alojamiento, comúnmente en huecos baldíos o vagones de ferrocarril. Entretanto, instalados con sus cachivaches en el terraplén, obstruyen el camino a los autos y los ómnibus que corren entre la ciudad y San José del Rincón; los choferes protestan y los periodistas, defensores del pueblo, claman entonces por el más urgente auxilio de los pobres inundados.
La población de El Pozo la forman peones del puerto, pescadores, canoeros, fregonas conchabadas en el centro con cama afuera, mu-chachitos aficionados a las gomeras y el fútbol y una mayoría de criollos apáticos que consumen sus horas tendidos en los catres, mirando las nubes y sin que nunca les falten (¡oh prodigio!) algunas achuras en la olla y un puñadito verde en la yerbera.
De noche se advierten rasgueos de guitarras, melancólicas modulaciones de tangos y el zumbido de una radio barata, a cuyo alrededor las familias escuchan ansiosamente un drama terrible de Arsenio Mármol. Y a veces se asoman todos a las puertas solicitados por el bochinche de la Greta y la Palito, que recíprocamente se insultan y se mechean. A las dos vampiresas de El Pozo las divide una enconada rivalidad. Compiten ambas en un lujo detonante que deslumbra a las muchachas del barrio y que inspira a las madres rígidas censuras, donde no en todas las ocasiones la envidia está ausente. "Estas sinvergüenzas ganan como hombres", suelen decir.
Es frecuente por El Pozo la aparición de un meritorio de policía, con su respectivo vigilante, que registra los ranchos y en averiguación se lleva a un par de sujetos. Ello significa que por los contornos se ha perpetrado alguna fechoría.
Las épocas más prósperas de El Pozo no son necesariamente aquéllas en que los diques están abarrotados de ultramarinos y por las canaletas resbalan a millares las bolsas de cereal, o aquéllas en que arriban los cardúmenes de pejerreyes, sino las correspondientes a las vísperas de elección. En tal oportunidad circula allí la moneda y los jefes de familia retornan de las reuniones partidarias con abundante provisión de carne asada y un tufo a vino que voltea. Y el comisario de la sección perdona las multas y concede permiso para que de noche armen algún bailongo. También a veces bajan del terraplén unos señores muy instruidos, que encarecen a sus conciudadanos de El Pozo el amor a las instituciones libres y a la bandera azul y blanca. En tales días esa gente empieza a concebir una idea elevada del propio valimiento. Pero tal ilusión no tarda en desvanecerse. Después de elegidos los que había que elegir, los comités se cierran y la autoridad policial restablece con más rigor las medidas represivas contra los perturbadores del orden público y del derecho de propiedad.

II
El abigarrado mundo de El Pozo vivía sin mayores sobresaltos hasta que se manifestó dentro de su perímetro la presencia del lobisón. El lobisón (debemos explicarlo a los ayunos de noticias) es fatalmente el séptimo hijo varón de una familia. El lobisón actúa de día como persona perfectamente normal, sin signo exterior alguno que delate su embrujamiento, pero con la obscuridad se convierte en bestia temible y ululante, medio perro y medio lobo, que camina con el hocico en el suelo y es invulnerable a los garrotazos y a las balas. Quien se ha enfrentado con el lobisón y ha tenido el coraje de atacarlo a rebenque limpio, asegura que los golpes, sin hacerle mella, le retumban en las costillas igual que si estuviera hinchado a viento.
Una noche se oyeron en El Pozo los bramidos del lobisón. Los reconoció Pantaleón Porras, un estibador correntino, que ya había oído esos gritos cuando hacheaba en La Forestal. Y, divulgado el descubrimiento, las gentes se recogían temprano y en medio de la noche temblaban en sus catres al percibir los remotos aullidos de la bestia diabólica.
¿Pero quién era en El Pozo el lobisón? Se investigó y se llegó a la conclusión de que lo era Estaurófilo Zorita, individuo de mala figura y pocas palabras que tenía su rancho en una lomita a la margen de la laguna Guadalupe, y a quien con frecuencia se le arreaba a la comisaría para declarar en los robos del adyacente barrio rico de los Siete Jefes. Estaurófilo tenía varios hermanos (dos, por lo menos, en la cárcel de Coronda) y no se le conocían oficio ni amistades. Huraño, no iba ni a las carreras cuadreras de los domingos, donde nadie faltaba. Apareció por El Pozo poco antes de la última creciente. Y cuando, retiradas las aguas, volvió a su sitio, se le vio siempre, con una pala, cavar afanosamente en los alrededores de su vivienda. Se decía que enterró un tarro con las joyas y el dinero de un robo y que, a causa de la inundación, no encontraba su tesoro, por más empeño que ponía en revolver el suelo.

III
Pantaleón Porras, el estibador, vivía con una china entrerriana y con un entenado, de apodo Farolito, muchacho de quince años, a quien quería con amor de padre. La china lavaba la ropa, bastante mal, y cocinaba bastante bien, en relación a los condimentos disponibles en el hogar. Y el chiquilín aportaba a la familia su corto sueldo de mandadero de una zapatería de la plaza España y el montoncito de monedas que al anochecer cosechaba por las calles con la venta de El Litoral.
Pantaleón y la china congeniaban. Sólo tuvieron una desavenencia, exceptuando naturalmente las sobas que solía él propinarle las veces que regresaba del boliche con unas copas de más. ¿Y a quién no le pasa lo propio? La aludida desavenencia la provocaron los celos de la china; pero la china liquidó pronto la desagradable situación; a sartenazos sacó del medio a la Greta que, con sus artes de vampiresa de conventillo, intentaba quitárselo a Pantaleón.
Farolito volvía al rancho como a las once de la noche, después de vocear y vender los diarios por el centro. Sin desvestirse, derrumbaba el cuerpo molido en unas jergas, al pie de la cama donde dormían el estibador y su mujer. Previamente debía rendir cuenta detallada de los níqueles ganados.

IV
Farolito reveló que, al entrar al puente colgante, un animal negro, orejudo, de ojos de tigre y hechura de perro sarnoso, le siguió los pasos, pegándosele a los talones.
-Ése es el lobisón -falló Pantaleón-. Así mismito lo supe ver yo en La Forestal.
-¿No muerde?
-Calculo que no. Pero, como a toda bestia del infierno, hay que recelarlo.
-Tengo miedo confesó Farolito.
-Si es así, podrías venirte a las casas antes del obscurecer.
-¡Los hombres valientes! -terció la china, que no se allanaba a privarse de las monedas de los diarios-. Está bien que a las mujeres nos asuste el lobisón, pero ¡a un grandulote como Farolito! ¡Que no se diga!
Y Farolito prosiguió pregonando El Litoral, y una vez colocados todos sus ejemplares, enderezaba para El Pozo. Tiritando llegaba al puente, y allí estaba el lobisón, esperándolo.
El lugar, a esa hora y en invierno, no daba otras señales de vida que la de algún camión o algún auto que pasaba estremeciendo los cables de la obra de ingeniería. Más allá brillaba, repetido en el agua tenebrosa de la laguna, el rosario de luces de la avenida de los Siete Jefes.
Y el lobisón caminaba a la zaga de Farolito. Le olisqueaba las piernas y hasta una vez le lamió la mano con una lengua caliente, y cuando el chiquilín descendía el terraplén, el hechizado lanzaba unos lúgubres aullidos que se hundían en la noche quieta y erizaban el pellejo de los habitantes de El Pozo.
La verdad de lo que contaba Farolito la testimonió doña Jurisprudencia, hija de un antiguo juez de paz de la costa del Calchines y que, al quedar viuda, cayó en la miseria y se refugió en El Pozo. Doña Jurisprudencia dormía en su pieza única con un chancho y una chiva. Y cierta noche en que salió a campear a la chiva prófuga, columbró en el terraplén al canillita, perseguido por el lobisón. Haciendo cruces y conjuros, se metió presurosamente en su pocilga y aseguró con unos trastos la tabla de la puerta.
La información de doña Jurisprudencia, persona de crédito indiscutible, disipó las dudas de algún espíritu refractario a las supersticiones, que en el boliche atribuyó los relatos del chiquilín a la imaginación deformada por el julepe.
Y ahora, cuando Estaurófilo pasaba de día del terraplén a su rancho, para transformarse a la entrada del sol en lobisón, las gentes huían, las madres recogían a sus chicos y las aberturas de las viviendas se cerraban. Entonces Estaurófilo exploraba las nubes, pues tales movimientos los interpretaba como preparativos para una tormenta.
Y Farolito siguió vendiendo El Litoral.

V
Una noche, Pantaleón, contemplando el cielo desde la cama por un ventanillo, observó como nunca de bajas a las tres Marías. Debía, por consiguiente, ser la madrugada, y aún Farolito no estaba de vuelta. ¿Qué ocurría? Inquieto, despertó de un talonazo a la china. En seguida, metiendo los pies en las alpargatas y armándose con el machete de antiguo peón de obraje, salió afuera, escaló el terraplén y entró en el puente. Reinaba completa soledad. Abajo, el agua turbia de la laguna se llenaba de estrellas. Pantaleón horadaba las sombras con los ojos. Y de súbito, sobre la plataforma de la derecha, divisó un perro. Profirió unos gritos, casi involuntarios: "¡juera! ¡juera!", y el perro disparó hacia el otro estribo del puente; y, con el pavor del misterio, en el animal que huía reconoció al lobisón. Habría Pantaleón retrocedido para esperar en su rancho la luz de la aurora si no advirtiera un bulto sospechoso en el mismo lugar donde descubrió a la bestia. Se aproximó cautelosamente, con el machete prevenido. Lo tanteó con el pie; parecía un atado de ropa. Era una persona. Y ¡horror! era Farolito, ensangrentado y muerto. El lobisón lo había, sin duda, despedazado con sus colmillos y sus garras. Pantaleón apretó los dientes y apretó los puños, con el tormento de la desventura y de la impotencia. Cargó luego el cadáver en sus brazos y se encaminó a El Pozo.

VI
La policía, que para todo encuentra explicaciones, dijo que la muer-te de ese menor la había ocasionado alguno de los camiones que por allí cruzan con exceso de velocidad. Y, por supuesto, el camionero culpable no podía aparecer.
Pero la cómoda hipótesis oficial no cambiaría la convicción de los moradores de El Pozo: el lobisón mató a Farolito.
Y a Farolito lo enterraron, y en su sepultura pusieron flores la Greta, la Palito, doña Jurisprudencia, la china de Pantaleón y muchas otras gentes del lugar, unidos todos por el dolor y también por el miedo de lo arcano y lo inescrutable.
Pantaleón continuó su vida, ahora torvo y sombrío. Y cuando en la alta noche aullaba el lobisón, más angustiosamente que nunca, se sacudía de pies a cabeza, pero no abandonaba su rancho. Sabía lo inútil que era clavar el machete al lobisón.
Y de golpe cesaron los bramidos. Y haría cuatro días que la fiera fabulosa no daba pruebas de existir, cuando más allá del Club de Regatas unos canoeros sacaron de la laguna el cadáver de Estaurófilo Zorita, atravesado de parte a parte por un machete de los que usan en el Norte. El médico forense dictaminó que el homicidio se había producido cuatro días antes.
La Comisaría de Investigaciones no logró despejar el misterio de este crimen.
Y el lobisón emigró de El Pozo para siempre.

Mateo Booz
Cuentos Completos, Tomo I, pp. 61-69. 
Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Arg. 1999.

sábado, 15 de abril de 2023

El niño robado

I
El pesquisante, en la sala de guardia, informó al comisario:
—Traigo esta mujer; su captura está recomendad por secuestro de un niño en brazos. La descubrí en el parque Alberdi. Miraba de modo sospechoso a los menores que chacoteaban en la pista de arena. La observé y, gracias a mi retentiva, descubrí que su filiación concordaba con la de una orden del día de la Jefatura. Me la arrimé con aire distraído, tirándomelas de hombre tierno y aficionado a las criaturas, y le preparé un hábil interrogatorio. No desconfió; inocentemente mordió el cebo y dijo lo bastante para hacerme comprender que era la persona buscada. La detuve, no opuso resistencia y ni siquiera manifestó contrariedad. Pertenece a la clase de las delincuentes novatas y dóciles.
El comisario, sujeto achinado, obeso, de cuello corto, que no cesaba de enjugarse la cara con el pañuelo, preguntó a la detenida:
—¿Es cierto lo que cuenta el empleado?
La interpelada, de aspecto demacrado y ropas raídas, trazó un signo afirmativo con la cabeza.
El comisario felicitó al subalterno por su perspicacia, diligencia y demás excelentes dotes detectivescas, y dispuso en seguido la formación del sumario preventivo.
Un meritorio, afamado por la destreza de pluma y la falta de aseo, afiló su lápiz y preparó los papeles para tomar apuntes de la deposición y labrar después las actuaciones.
El comisario aconsejó a la acusada:
—Diga usted la verdad, toda la verdad; le conviene. Mentir en estas circunstancias es muy peligroso. Hable claramente, sin enredos y dentro de la cuestión. Es perjudicial andarse por las ramas. Y sepa que ni sus cómplices ni nadie la sacarán del apuro. Declare sin miedo; no la vamos a comer.
La muchacha ocupó una silla, frente al comisario, que reclinaba el busto sobre la mesa. A su vera el meritorio, listos sus adminículos de pinche de oficina, sacudió violentamente un dedo dentro del oído, preparándose para escuchar.
El comisario indicó:
—Diga su nombre y antecedentes y a continuación haga el relato de los hechos.
La detenida permaneció unos instantes callada y con los ojos puestos en el retrato del gobernador, que entre cuatro varillas sonreía desde el centro de la pared. No se sabía si solicitaba al mandatario clemencia o inspiración.
Impaciente, ordenó el comisario:
—Arranque, pues.
Y con voz monótona, firme y pausada, arrancó:


II
Me llamo Marcela Moño, argentina, soltera nacida en octubre del 16, maestra de corte y confección y sin domicilio fijo.
Hasta hace dos años vivía yo en Santa Rosa de Calchines, con una tía mía, Dolores Moño, de mucha edad y viuda pensionada de maestro jubilado.
Mi tía murió y, aunque quedé sola, no quedé desamparada. Recibí en herencia una cantidad de dinero, no muy grande, pero que me aseguraba para largo tiempo un pasar decoroso.
La vida ociosa nunca me ha seducido y como en Santa Rosa no tenía yo ninguna ocupación ni lazos que me ataran al suelo, decidí venir a Santa Fe. Con mi diploma de una academia particular de corte y confección y una carta de recomendación del juez de paz para el director general de escuelas, emprendí el viaje llena de ilusiones. Creía fácil obtener un empleo en el ramo de mi especialidad.
Subí y bajé infinitas veces las empinadas escaleras del Consejo de Educación. Horas tras horas permanecí en la sala de espera, con otras postulantes como yo, cuyas caras reflejaban a menudo ansiedad y sufrimiento. Me recibía después un señor calvo, de antojos, con aire de cansancio, que mecánicamente sonreía y mecánicamente pronunciaba palabras amables y consoladoras. En resumen, no había vacante. Y anotaba mi nombre en unas inacabables listas que, sin duda, se destinarían al canasto.
Me harté de ir en balde al Consejo. Bien pudo decirme este señor, desde el principio, que no había ninguna probabilidad favorable para mis aspiraciones. No se lo reprocho, sin embargo, porque siempre es duro matar de golpe las esperanzas, y además las franquezas desagradables poco se agradecen. Al último, creo que más piedad me inspiraba ese pobre señor que la que yo debía inspirarle a él; piedad porque no podía hacer felices a las desdichadas que desfilaban incesantemente por su despacho, muchas en un verdadero estado de desesperación. Pero la culpa de ese dolor recae sobre las academias y las escuelas normales, por lanzar al mundo y al desengaño a una turba de muchachas que suponen ingenuamente haber conquistado una llave mágica para abrir las puertas del bienestar. Y el soñado nombramiento no se extiende nunca.
(Con estas divagaciones me aparto de mi asunto. ¡Perdón!)
Me instalé en un modesto hotel de las inmediaciones del ferrocarril de los franceses. Sin amistades o sin descubrir motivos de distracción, me aburría tanto como podía aburrirme en Santa Rosa. Y consideraba la idea de regresar a mi pueblo, cuando un acontecimiento sobresaliente vino a transformar mi vida.
Era huésped del hotel un joven uruguayo, de buen semblante y buena planta, que iba y venía con una valijita de mano. Se ocupaba de comisiones. Se me acercó gentilmente, y yo muy dichosa de que se me acercara. Hicimos relación. Conversaba mucho, con despejo y lucidez, y toda su persona irradiaba simpatía. Me convenció de que debía asegurarme la vida y me hizo firmar una póliza dotal que me costó trescientos pesos. Salimos juntos. De tarde paseábamos en la costanera y de noche asistíamos a la retreta de la plaza España. Mi corazón se abrió a las confidencias. Nos comunicábamos nuestras penas y esperanzas. Por primera vez me advertí prendada de un hombre; y así fue un inmenso júbilo recibir un día su confesión de enamorado. Yo, muy pava, le creí y acepté sus festejos. Después convinimos en casarnos. ¿Para qué demorar? En una mueblería de rusos, elegimos unos juegos bonitos y tal vez demasiados costosos para nuestros posibles. Y como él dispondría de dinero hasta le llegara un giro del exterior, yo le entregué unos cuentos billetes míos. De todos modos, ya no habría nada mío ni nada suyo; todos sería nuestro, de los dos. Y una noche, muy crecida la madrugada, se abrió suavemente la puerta de mi pieza y avanzó un hombre. Intenté gritar y defenderme, pero desfallecí. A la mañana siguiente me enteré con horror de que el infame se había marchado definitivamente del hotel y de la ciudad, sin dejar sus señas. Yo había sido engañada, robada y ultrajada. Pude dar aviso a la policía. No lo hice; y no me arrepiento. Nada hubiera ganado.
Transcurrieron unos meses de angustias y vergüenzas. El dinero se me acababa. Entré de costurera, con un sueldo mezquino, en un taller de modas. Pero pronto debía alejarme para ingresar a un sanatorio, de donde salí con un niño en brazos; un niño hermoso como un sol; yo viviría para criarlo, cuidarlo y adorarlo. Acariciaba los más arriesgados y absurdos proyectos; haría de él un hombre que sería mi gloria, mi orgullo y mi sostén. Ya no maldije más el recuerdo del traidor que, al labrar mi desgracia, me daba ese tesoro inigualable. El niño fue modelado sus formas, acreciendo sus encantos día a día y haciendo las menudas gracias que constituyen el más puro sabor de la maternidad. Cuando lo llevaba conmigo las gentes lo miraban con el agrado que produce todo lo bello, y señoras amables le hacían algún mimo y me averiguaban si lo alimentaba con cereales o leche. Pero el destino no quiso permitir tanta ventura. Mi hijo, al cumplir un año, murió de un momento para otro. Me abracé a su cuerpecito helado, y en su nicho derramé lágrimas y flores.
Mis ilusiones estaban rotas. Hubiera deseado morir. Pero la vida se impone a todos los sufrimientos. Y me preparé a luchar valientemente con la adversidad. Mis recursos se habían agotado, y busqué empeñosamente algún quehacer para ganarme el sustento. Otra vez volví a subir y bajar las escaleras del Consejo de Educación, ahora con el alma llagada, y siempre en vano. Aquel pobre señor calvo y miope, que mentía a las infelices pedigüeñas con piadosas y vagas promesas, me pareció más agobiado y envejecido. Gestioné por otro lado. Alguna vez conseguí entrar de costurera en casas de familia, donde al cabo de la jornada me daban unos níqueles, como de limosna. De ese modo conocí íntimamente a muchos hogares de fachada ostentosa y de cotidiana indigencia.
Y el recuerdo de mi niño no se apartaba de mi imaginación. Los designios de Dios son impenetrable y sabios. Pero era como para protestar.
Una noche quise otorgarme un poco de distracción. Temía enloquecerme. Fui a la sección popular de un cine del centro. A mi lado se situó una señora con un chico alzado. Tenía éste la edad y, me pareció, las facciones del que yo perdí. Le toqué la barbita con un dedo, y él sonrió como sonreía el mío. Me sentí emocionada y turbada. Trabé conversación con la madre, la cual lamentó la carga de los hijos que, no teniendo con quién dejarlos en la casa, son un estorbo. Y traerlos al cine representa un compromiso, porque rompen a gritar y es necesario marcharse por la gente imprudente que rezonga y perder a lo mejor el más lindo pasaje de la película. En su opinión, el cielo sólo debía darles nenes a las señoras que pueden costearse una nodriza. Yo estaba en franco desacuerdo con esa opinión; pero no la contradije. Soy enemiga de las discusiones.
La sala quedó de súbito en tinieblas y sobre el cuadrado blanco el león rugiente sacudió sus melenas y a continuación se inició una historia rural de novios que no pueden casarse y de infatigables persecuciones a caballo. A los pocos minutos la señora me pidió: “Me da vueltas la cabeza. Voy a tomas un poco de aire. Hágame el servicio de tenerme al pibe”. La mujer se fue, dejándome al niño en las rodillas. Yo lo apreté contra mi corazón. Me sentí segura de que el destino me devolvía al hijo que tan injustamente me había arrebatado.
Corrió un tiempo. En la pantalla seguían los enamorados padeciendo vicisitudes y los cowboys galopando y tiroteando por las áridas llanuras del Arizona. Pero yo a todo ese orbe refulgente y movedizo lo veía turbio, lejano, como humo de pesadilla. Alentaba la engañosa ilusión de que había recobrado a mi hijo. Temí entonces que la señora retomara y me lo quitase, y se hizo fuerte en mi voluntad la tentación de huir con la presa. Me levanté y salí. El portero que me vio cruzar el vestíbulo no sospechó que yo era una ladrona. Caminé muchas cuadras, presurosamente. Nadie me seguía ni espiaba. Por fin, arribé a mi alojamiento.
Gocé de unos días felices. Todas mis horas y afanes los consagraba al niño. Era una preciosidad y una repetición exacta del que nació de mi carne. No; éste no se moriría. Dios no iba a consentirlo. Salía con él; pasaba por delante de las comisarías; a nadie se le antojaba pensar que yo llevaba un niño robado, el niño robado del que hablaban los periodistas.
La realidad vino después a golpearme terriblemente. Yo estaba dispuesta a no reparar en ningún sacrificio, así fuera muy grande, para el bien del bebé. Mi situación se agravó. Ahora, con el chico, me resultaba más difícil, si no imposible, conseguir empleo. En la casa de pensión adeudaba varios meses; y al volver un día de la calle me notificaron que ya otro huésped ocupaba mi pieza. Sin techo y sin recursos, me eché a caminar, al azar, por todos los barrios. Anduve muchas horas. Llegué a la plaza Pringles, con el cuerpo quebrantado y el alma abatida. Reposé en un banco. Y allí, estrechando el rorro contra mi pecho, pasé la noche. Al venir el día, seguí andando. Anduve, siempre, como sonámbula. El hambre me estrujaba las entrañas; pero es hambre mía me dolía menor que el hambre del nene, que lloraba. Tendí la mano en la puerta de la Casa Gris; recogí algunas monedas; un señor que descendió de un auto lujoso, censuró a las mujeres jóvenes que prefieren la mendicidad al trabajo; y un vigilante ordenó bruscamente que me retirara de ese sitio.
En una lechería del mercado Modelo nos alimentamos el nene y yo. ¡Pobrecito! ¡Con qué avidez tragaba! Y continué ese insensato peregrinaje callejero. Fui a Guadalupe y volví. ¡Mucha distancia para un peatón! Al anochecer me encontré frente a San Francisco. Entré. La iglesia estaba silenciosa; un apagavelas trajinaba por el presbiterio, y un fraile con capucha oraba en un escaño.
Me senté y recé con fervor ardiente. Imploraba misericordia para mis faltas y alivio para mis aflicciones. Y empecé a comprender que era un grave pecado apropiarme de un niño de otra madre y una crueldad hacerlo partícipe de mi miseria. Yo estaba pronta a realizar para su bien el mayor sacrificio. Y el mayor sacrificio consistiría en desprenderme de ´le para confiarlo a la seguridad de la iglesia.
El apagavelas mató las luminarias, y el fraile, redoble de sandalias, se recogió al convento. Besé al nene una y cien veces, lo bañé con mis lágrimas y lo deposité cuidadosamente al pie del altar de San Benito. El santo negro protegería al inocente.
Salí a la calle. Tenía el corazón destrozado, y al par una dulce alegría me visitaba. Ya brillaban los focos del Parque del Sur. Los coches rodaban por el asfalto.
Y otra voz a caminar y caminar.
Al día siguiente leí en un pizarrón de informaciones que el niño secuestrado había sido devuelto a la madre.
Esta tarde contemplaba a los chicos que seguían con los ojos el revolar de las palomas, obedientes al pito del guardián, y que jugaban y reían en la arena; envidiaba yo a las madres que desde los bancos los vigilaban y a algunas que tejían, acaso a la espera de un hijo nuevo. Entonces un hombre se me aproximó y me trajo a la comisaría.
Eso es cuanto tengo que declarar. Ahora hagan conmigo lo que quieran.


III
El comisario bostezó, se frotó los ojos con un anular, y dijo:
—Que el meritorio redacte la declaración para firmarla y elevarla al Juzgado; y entretanto que la infanticida pase al calabozo.
El meritorio aclaró:
—No, señor comisario. Infanticida, no. La detenida no ha matado a nadie.
—¡An! ¿No, che? —repuso, levantando los hombros—: La verdad, me había dormido. No aguanto estas historias tristes.
—¿Y no sabe, comisario? —recordó el meritorio—. He leído que a la madre del chico robado la proponen para el premio a la virtud maternal. Vistas bien las cosas, nadie lo merece más que esta ladrona.
—No diga macanas, amigo —rechazó el superior—. Con razón le da por la literatura.

Mateo Booz
Cuentos Completos, Tomo I, pp. 101-108. Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Arg. 1999.