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sábado, 5 de abril de 2025

El “tirano” del tiempo: El reloj

Actualmente la mayoría de nuestras actividades están "sincronizadas". Vamos a la escuela, salimos al recreo, vemos la tele... ¡todo a horas muy precisas! Claro que no siempre fue así. El reloj tiene su historia, que acá te contamos "puntualmente".

El tiempo de las estaciones
Para los pueblos antiguos la medición del tiempo estaba muy unida a la agricultura. El "año" era el tiempo que llevaba preparar la tierra, sembrar las semillas y recoger el fruto maduro. Las estaciones eran las que dirigían estas operaciones y, junto con los días y noches, eran la única medida del tiempo conocida. Cuando las sociedades crecieron y se multiplicaron sus actividades este sistema no resultó suficiente y... ¡hubo que inventar el reloj!

De día y con cielo despejado
A la hora de medir el tiempo los egipcios y babilónicos recurrieron a la luz del sol. Era el 2000 a.C. cuando alguien clavó una estaca en el suelo y vio que su sombra se movía y cambiaba de longitud. Siguiendo el extremo de la sombra, trazó una línea curva que dividió en doce partes. Así podía saber qué hora era cada vez que la miraba. Eso sí, los días nublados y durante la noche... ¡El reloj de sol no funcionaba! ¡Y bueno! ¡Nada es perfecto!

Unas horas muy mojadas
Hacia el 200 antes de Cristo los romanos decidieron tirarse al agua. Inventaron la "clepsidra", compuesta por un recipiente superior desde donde goteaba agua a uno inferior. A medida que subía el nivel del agua, hacía lo propio un flotador que, mediante unas ruedas dentadas, hacía girar las agujas de este reloj "submarino". Los legionarios la usaban para medir el tiempo de sus guardias nocturnas. Tres horas y... ¡ni un minuto más! ¡Qué exactitud!





Era tiempo de prender fuego
Cuentan que Alfredo el Grande de Inglaterra era muy minucioso. Para medir el tiempo de sus actividades encendía una vela marcada con rayas trasversales blancas y negras como si fuera un centímetro. A medida que se consumía le indicaba a Alfredo qué hora era. Los coreanos prendían cuerdas con nudos a distancias iguales. Los chinos les agregaron unas pesas, que caían sobre un gong cuando llegaba el fuego. ¡Qué despertador poderoso!








De la arena al péndulo
El reloj de arena, como el que usamos en algunos juegos de mesa, se inventó en el siglo III en Alejandría. Durante muchos años fue el método más exacto para "dar la hora". En el siglo XIV Enrique de Vick construyó el reloj de pesas y péndulo. Se colgaba una pesa de una cuerda enrollada en un tambor giratorio. Este accionaba unos engranajes que hacían girar las agujas. El péndulo regulaba la velocidad con que giraban.


A la hora señalada
Por fin en el Siglo XVI se inventó el reloj de cuerda. Funcionaba con una cinta de acero enrollada en espiral. Al ir desenrollándose accionaba los engranajes y hacía girar las agujas. Contaba con un "volante" o pequeña rueda que al girar a un lado o a otro regulaba la velocidad de las agujas. Esto permitió construir relojes de bolsillo, que los señores ricos sujetaban a lujosas cadenas de oro, como los de las películas de Chaplin.

Nuevos inventos perfeccionaron el arte de la relojería. El reloj atómico es el más exacto que se conoce hoy en día. Esos relojes miden con absoluta precisión... ¡los millonésimos de segundo!

Revista Anteojito N°1469, pp.32-33
5 de abril 1993
https://archive.org/details/23a_20230102_202301/32.jpg

jueves, 19 de diciembre de 2024

¿Qué es el año?

¿Cómo lo definirías vos? Es sencillo, el año es la medida de tiempo señalada por la repetición de las estaciones. Cuando partiendo de una llegamos otra vez a la misma, esa medida de tiempo corresponde a la de un año. Esta medida es usada desde los tiempos más remotos y por, prácticamente, todas las civilizaciones conocidas, con pequeñas variaciones entre unas y otras. El hombre primitivo no pudo dejar de observar el fenómeno de un tiempo cálido o una estación de lluvias repitiéndose con exactitud cronométrica. Esta experiencia dio por sí sola, la medida y el concepto de "año", que es como dijimos, universal.

Revista Anteojito N°1606, p.28
19 de diciembre 1995

Un calendario muy "frondoso"

¿Qué es un calendario? Es una división del tiempo en distintos periodos de duración parecida. ¿Y para qué sirve? Un calendario permite "ordenar" el tiempo del que disponemos y así organizar nuestras tareas más cómodamente. Claro que hay distintos tipos de calendarios, y algunos "florecieron más que otros...

Entre los celtas, antiguos pobladores del norte de Europa, estaba prohibida la escritura. Ellos consideraban que los conocimientos eran sagrados y sólo algunos pocos elegidos tenían el derecho a adquirirlos. Las enseñanzas, entonces, se transmitían oralmente, y debían ser retenidas "de memoria" por los privilegiados alumnos. Para facilitar este aprendizaje "oral", los celtas tenían algunas reglas "mnemotécnicas o "ayuda memoria". Las trece consonantes de su antiguo alfabeto, por ejemplo, se correspondían con el nombre de distintas especies de árboles. En lugar de "b, c, d, f...", los antiguos celtas decían "abedul, serbal, fresno, aliso..."

Y esto no es todo. Las trece consonantes de su alfabeto se correspondían con los trece meses en que dividían el año. Es decir, que cada mes llevaba el nombre de un árbol. Y esos árboles no se elegían al azar. Los meses llevaban el nombre del que estaba entonces en su apogeo, rebosante de flores o frutos. Este calendario tan "frondoso", se llamaba Beth-Luis-Nion, de acuerdo con los tres primeros "árboles" del año. Estaba dividido en 13 meses de 28 días. ¡Un total de 324 días cada año!

El Año Nuevo se celebraba el 24 de diciembre, que era para los celtas lo que el 1 de enero es para nosotros... Te presentamos al calendario "ecológico":

Beth, abedul: 24 de diciembre al 20 de enero.
Luis, serbal: 21 de enero al 17 de febrero.
Nion, fresno: 18 de febrero al 17 de marzo.
Fearn, aliso: 18 de marzo al 14 de abril.
Saille, sauce: 15 de abril al 12 de mayo.
Uath, espino: 13 de mayo al 9 de junio.
Duir, roble: 10 de junio al 7 de julio.
Tinne, acebo: 8 de julio al 4 de agosto.
Coll, avellano: 5 de agosto al 1ª de septiembre.
Muin, vid: 2 de septiembre al 29 de septiembre.
Gort, hiedra: 30 de septiembre al 27 de octubre.
Peith, lantana: 28 de octubre al 24 de noviembre.
Ruis, sauco: 25 de noviembre al 22 de diciembre.

Pero... ¿te diste cuenta? Falta un día, si, el 23 de diciembre. Se lo consideraba un día "intercalado" y coincidía con la víspera del solsticio de invierno en el hemisferio Norte. Era visto como un día nefasto porque era el día más corto del año. ¿Qué árbol le correspondía? Se lo representaba con el tejo, considerado el árbol de la muerte. El día siguiente, sin embargo, el sol comienza a brillar un poquito más y más. Justamente ese día, 24 de diciembre, es el día de Navidad y del Nacimiento del Niño Jesús. En el calendario celta, el día estaba gobernado por el abeto blanco, que luego pasó a ser nuestro simpático ¡Árbol de Navidad! ¡Tan remoto es su origen!

Revista Anteojito N°1606, pp.16-17
19 de diciembre 1995

martes, 3 de diciembre de 2024

La historia del reloj

Eran otros tiempos...
Melena al viento, garrote en mano y cuchillo al cinto, el corpulento requetetatarabuelísimo habitante de las cavernas salía en busca de "provisiones", en tanto su mujer, dale que dale con dos piedras, procuraba encender el fuego en el que cocinaría la futura presa. "¿Tardarás mucho?" "Cuando el Sol esté sobre la gran piedra roja, volveré", respondía éste, perdiéndose en la maleza. Y así era, Anteojitos. En aquellas remotísimas épocas, el Sol era el "gran medidor del tiempo" porque el reloj no había asomado aún sus manecillas al mundo. Es casi imposible. imaginarlo teniendo la importancia que hoy tiene para nosotros, ¿no?

¡A no perder tiempo!
La posición del astro rey permitía saber la marcha del tiempo. Se trabajaba de "sol a sol", se comía al mediodía, se interrumpía la labor al atardecer y se descansaba por la noche. Mas el ingenio del hombre procuró un medio más exacto para orientarse en el transcurso del día. Y en una esfera dibujada sobre una piedra lisa colocó una vara vertical que, al proyectar su sombra sobre los números grabados a su alrededor, indicaba las horas transcurridas. Este invento se atribuye a los babilonios (600 años antes de Cristo), pero en el Museo de Berlín hay un reloj de Sol al que se le calculan 34 siglos de vida. ¡Tal cual lo leen!

Tomando el tiempo
¡Claro, los relojes de Sol no servían en los días nublados! Así, los egipcios (en el siglo II antes de Cristo) inventaron las clepsidras o relojes de agua. Consistían en dos ampollas graduadas, unidas por el cuello, en una de las cuales se depositaba el agua. El tiempo se media por la demora en pasar el líquido de un recipiente al otro. De igual modo funcionaron los relojes de arena o ampolletas. Oh, sí, reinaba entonces. aquello de: "Al soldado lo despierta la trompeta; al ciudadano, el gallo". También la distinta cantidad de pasos que median las sombras proyectadas por columnas permitían saber qué hora del día era. ¡Ingenio, pues!


Sin decir: 
"¡Agua va!"
En Grecia y en Roma, los jueces se valían de las clepsidras para determinar el tiempo de las audiencias. También velas marcadas a igual distancia señalaban, una vez encendidas, las diferentes horas según fuera el tiempo que tardaban en consumirse. Ya en los primeros tiempos del cristianismo, un anónimo inventor se dijo: "Si el agua mueve al molino, ¿por qué no aplicar este principio a la clepsidra?". Y así surgieron los relojes hidráulicos. Alejandría, ciudad de Egipto, se destacó como cuna de estas máquinas de complicado mecanismo. Su fabricación estaba en manos de expertos artesanos, muy respetados por su creatividad. Veamos.




¡Le llegó la hora!
Al caer, el agua movía ruedas dentadas; este movimiento se trasladaba a una estatuilla, cuyo brazo sostenía una vara. Ésta obraba como manecilla. Al subir paulatinamente la estatua, la varilla indicaba la hora en una columna situada junto a ella. Por supuesto, se empleaban 24 horas para cubrir el "trayecto" completo desde la base hasta el extremo superior de la columna. Sí, estos aparatos eran privilegio de unos pocos, pues la población media el tiempo sin relojes: el canto de los gallos, las campanadas de las iglesias, la cantidad de aceite o de cera que consumían la lámpara o la vela oficiaban de "cronómetros pioneros". Por supuesto, no eran exactos.



¡A toda marcha!
Durante años y años, los hombres pensaron y pensaron cómo dividir las horas hasta que aparecieron los relojes con pesas. Los primeros aparatos con ruedas y engranajes fueron llevados de Asia a Europa por los cruzados. Funcionaban por medio de cordeles, que se arrollaban y desenvolvían impulsados por contrapesos de metal. Eran muy ingeniosos. Y también de gran tamaño. Sí, el primer reloj colocado en una torre fue el de Westminster, en Londres. Lo mandó construir el rey Eduardo I, allá por el siglo XIII. Se lo llamó Big Tom, y durante 4 siglos este antepasado del célebre Big Ben anduvo sin detenerse una sola vez. ¿Qué opinan?



Tiene cuerda para rato
¡Vaya si corrieron años antes de que los relojes disminuyeran su tamaño! Tantos, que el primer reloj "portátil" data del siglo XV. Ya por el 1600, el físico italiano Galileo hizo observaciones sobre el péndulo, instrumento que regulariza el movimiento. Gracias a ello, se construyeron mecanismos más perfectos para indicar las horas y los minutos mediante piezas reguladoras. Así, los nuevos relojes eran impulsados por cintas metálicas que se enrollaban y desenrollaban lentamente: las cuerdas. Hasta el siglo XV, el tiempo se media con la sola manecilla horaria. Dos siglos después apareció la del minutero y, posteriormente, la del segundero.

Año nuevo... ¡reloj viejo!
Durante los siglos XVII y XVIII, la relojería fue un oficio ejercido sólo por selectos artesanos. La catedral de Estrasburgo atesora, además de un célebre reloj, un planetario y un calendario mecánico, obra del relojero Schwilgué. El 31 de diciembre de cada año, en la medianoche, todos los días de la semana toman sus nuevas posiciones, incluso las fechas movibles. Hacia 1749, John Harrison solucionó el problema de medir el tiempo en alta mar: inventó el cronómetro, que luego fue perfeccionado por Leroy. En nuestro acelerado mundo de hoy, el reloj es máquina esencial. Sí, de Suiza proviene el 60% de esta manufactura de delicadísima precisión.

¿Vivir al día o vivir al segundo?
¿Qué decir del novísimo reloj digital? Es un preciso devorador de segundos. "¿A qué hora te despiertas?" "A las 7 y 28." La radio-reloj se encargará de ello sin cuerda ni campanilla. El mecanismo de los relojes actuales se aplica en todas las actividades, ¡incluso en las interplanetarias! Una pequeñísima máquina luminosa en la muñeca nos determina el día y el momento exacto en que vivimos: era de computadoras y dispositivos electrónicos. ¡Ah... pero ello no quita que nos encanten el tradicional carillón, el alegre "cucú" o el tañido de bronce del reloj de pared de la abuela! Porque... para "matar el tiempo", ¿qué mejor que un buen reloj?

Revista Anteojito N°873, pp.24-26
3 de diciembre 1981

viernes, 18 de octubre de 2024

Tiempo al Tiempo

¿Qué hora es?, repetimos muchas veces en el día. Pero aunque miramos pronto el reloj pocos sabemos su historia. Ahora, con tiempo y sin prisa, te la contamos...

VIEJECITO COMO EL TIEMPO
Nadie sabe exactamente cuándo se construyó el primer reloj pero todos los historiadores coinciden en señalar el de sol como el primero. Los chinos, 2.500 años antes de Cristo, inventaron los gnomoms. ¡Cuidado! No eran relojes duendes, sino torres elevadas que proyectaban su sombra sobre un circulo graduado. Los babilonios (800 a.C.) y los caldeos (600 a. C.) fueron perfeccionando el primitivo reloj de sol pero sin alterar su esencia. En la plaza de San Pedro (Roma) se conserva un obelisco egipcio que gracias al sol te permite saber la hora.
OTRA VEZ LOS CHINOS
Pero los relojes de sol (junto con los de agua y los de arena) no resultaban muy cómodos para que las personas supieran la hora. Entonces, según se cree, un bonzo chino llamado Matán construyó un reloj mecánico cuya cuerda duraba ¡un año!
El primer reloj europeo lo construyó el monje Gerberto en el año 947. Después comenzaron a aparecer los relojes de torre. El primero se instaló en el palacio del Louvre (Francia) en 1328. Pero el más famoso es el de la catedral de Estrasburgo que funcionó desde el año 1532 hasta el 1798 ¡Sin parar!

PARA EL BOLSILLO DEL CABALLERO
Pero, claro, un reloj de campanario no es muy cómodo para llevar en el bolsillo. Estos comenzaron a fabricarse en el siglo XV. Pero en sus comienzos eran muy imprecisos ya que adelantaban o atrasaban una hora diaria. Poco a poco se fueron perfeccionando. Comenzaron a fabricarse modelos para usar en las paredes y sobre los armarios de las casas. Los franceses eran los mejores relojeros del mundo. En 1850 las fábricas de relojes Besançon tenían 6.000 empleados. Pero en 1870. los alemanes también comenzaron a fabricar relojes.
AHORA
La industria relojera se fue perfeccionando y los costos de producción se abarataron. En este siglo los relojes de cuarzo y atómicos ocuparon el lugar de los de cuerda. Alemanes, suizos y japoneses son -además de pueblos puntuales- grandes constructores de relojes. Sin embargo, el oficio de relojero fue desapareciendo. A nuestros abuelos les regalaban un reloj cuando cumplían 18 años y a nosotros antes de aprender los números. Ahora existen los relojes descartables. Todo es cuestión de tiempo...

Revista Anteojito N°1545, pp.3-4
18 octubre 1994
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1545/page/n3/mode/1up

jueves, 28 de marzo de 2024

Hallazgo en Antikythera (Anticitera): La tecnología antes de Cristo

Cuando oimos la palabra "tecnologia" la asociamos con los tiempos modernos, y nunca con la Antigüedad. Pero un asombroso hallazgo de principios de siglo demostró que hace milenios el hombre fue tan "tecnológico" como hoy.

Isla de Antikythera, en el Mar Egeo, 1900. Un modesto barco de pescadores de esponjas llega a las playas de la isla, en medio de la noche, arrastrado por una tempestad. Los pescadores deciden no moverse de esta playa hasta el día siguiente, ya que se encuentran a salvo fuera del mar. Llegada la mañana y reemprendida apenas la navegación, divisan, a través de las claras aguas y a unos setenta metros de profundidad, los restos de lo que parece un antiguo barco. La curiosidad hizo a aquellos hombres explorar dicha embarcación y la sorpresa fue grande cuando encontraron en ella estatuas de mármol, ánforas y todo tipo de evidencias de que se hallaban frente a un descubrimiento arqueológico de gran importancia.


Sin embargo, el objeto más interesante, una vez convocadas para el estudio del hallazgo las autoridades competentes, resultó ser una especie de maquinaria oxidada. Las primeras conclusiones de los arqueólogos fueron que se trataba de alguna máquina arrojada pocos años antes al mar por una embarcación moderna y que había caído sobre estos restos más antiguos. Pero cuando la herrumbre fue removida, no quedaron dudas de que se trataba de un misterioso artefacto construido nada menos que 2.000 años antes, según revelaron las investigaciones, época en que el barco donde se halló había naufragado. Pero, ¿qué era esa máquina, llena de engranajes y ruedas? ¿Cómo se concebiría este artefacto en el siglo I a. C.?



Los arqueólogos, guiados en buena parte por las providenciales inscripciones que contenía la máquina, opinaron que su construcción podía situarse entre los años 82 y 65 a. C. Básicamente, se componía de un eje o rueda que ponía en marcha un complejo mecanismo de 40 engranajes, todo trabajado en bronce y perfectamente moldeado. En una de las paredes que contenía el mecanismo se hallaba reproducido parte de un antiguo calendario griego en el que pueden distinguirse el Sol y las cuatro estaciones. Para entonces, los investigadores no tenían dudas de que la misteriosa máquina en cuestión no era sino un reloj. Claro que no un reloj común, sino un sofisticado reloj astronómico. ¡Y con varios miles de años de antigüedad, por añadidura!

La exótica máquina de Antikythera, como se la conoció entonces, fue enviada al Museo Arqueológico de Atenas (Grecia), donde hoy se conserva. Pero su interés no decayó, sino que fue acrecentado con el tiempo por muchos científicos que se dedicaron a estudiaría. Hoy ninguno de ellos se deja de maravillar de que casi 2.000 años antes del horno de microondas y otros prodigios de la ciencia moderna el hombre ya poseyera una tecnología suficientemente sofisticada como para idear y aun construir un reloj astronómico. El hallazgo no sólo obligó a los historiadores y filósofos a rever sus ideas acerca del hombre antiguo, sino que demostró las pocas novedades que existen en muchas de las cosas que nos rodean.


POSDATA
La máquina de Antikythera fue estudiada incluso con la moderna técnica de los rayos X. Los estudios revelaron la perfección con que el conjunto de engranajes fue trabajado por sus elaboradores.

Revista Anteojito N°1568, pp.39-40
28 marzo 1995
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1568/page/n37/mode/1up

lunes, 22 de enero de 2024

¿Por qué los relojes giran a la derecha?

En la Antigüedad el tiempo se medía con relojes de sol. Lógicamente, en el hemisferio Norte la sombra proyectada por el fiel se desplaza hacia la derecha conforme transcurre el día. Dado que los relojes mecánicos se inventaron en Europa, en el hemisferio Norte, los fabricantes, para no confundir, hicieron que las agujas giraran en el mismo sentido que la sombra de los relojes solares, tradición mantenida a lo largo de los siglos.

Revista Anteojito N°1545, pp.34
18 octubre 1994
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1545/page/n34/mode/1up

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Calendario a la romana


Cayo Julio César (hacia 100 - 44 a. C.), el más glorioso de los emperadores romanos, acababa de volver de una intensa campaña militar en África cuando se interesó por el calendario vigente, entonces, en sus dominios. Era el año 46, y hacía unos 708 años que Roma había sido fundada. Desde entonces, se había usado un calendario consistente en un año de 10 meses de 31 y 30 días alternativamente, más algunos días suplementarios desordenadamente agregados. Esto aparejaba cierto desorden en la llegada de las estaciones. Por aquellos primitivos tiempos romanos, el año comenzaba en marzo, pero como cada vez lo hacía más tarde (en relación con el año solar), las estaciones llegaron a invertirse. De tal modo que las fiestas llamadas "otoñales” se festejaron en invierno y la adoración de la diosa Ceres, de los cereales, fue hecha en pleno invierno, cuando no era posible que creciera cultivo alguno. Al tanto de estas “irregularidades”, Julio César, quien venía de tomar contacto con civilizaciones de la talla de la egipcia, decidió modificar el calendario romano Con este fin hizo venir de Alejandría (Egipto) al astrónomo Sosígenes, reputado como uno de los mejores de su tiempo. Así nació la llamada “reforma juliana”, uno de los antecedentes de nuestro actual calendario, junto con los trabajos del persa Omar Khayyam (siglo XI). Sosígenes fue uno de los primeros en proponer el famoso “año bisiesto”, o día suplementario para intercalar cada 4 años. (Esta misma disposición fue propuesta por el mencionado Khayyam siglos después) Claro que la invención de Sosígenes trajo aparejado el año más largo de la historia: porque para implementar el sistema fue necesario que aquel año 46 a.C. tuviera ¡455 días!

¿SABÍAS...
…que también nuestros mayas implementaron el uso del año bisiesto? Sus adelantados astrónomos entendieron que era una solución para su calendario. El año bisiesto fue adoptado en nuestro actual calendario, medida que se debió al papa Gregorio XIII (1582).







Revista Anteojito N°1554, pp.9
20 diciembre 1994
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1554/page/n9/mode/2up

martes, 19 de diciembre de 2023

El tiempo también tiene su historia

¿EN QUÉ AÑO ESTAMOS?
¿Sabías que nuestro calendario no es el mismo en todo el mundo? Mientras nosotros nos preparamos para recibir el año 1998, para los musulmanes es el año 1418 y para los judíos, el 5758. Es que las referencias cronológicas varían con las diferentes culturas. Y esto, a pesar de que en su origen todos los calendarios se basan en la observación de los fenómenos astronómicos fácilmente observables como es el movimiento de la Luna alrededor de la Tierra (fases lunares) y la traslación de nuestro planeta alrededor del Sol.

UN ANTIGUO CALENDARIO
Hace más de 6.000 años, los egipcios crearon uno de los más precisos calendarios de la Antigüedad. El calendario solar egipcio constaba de 365 días, divididos en 12 meses de 30 días, a los que se añadían otros 5 días consagrados a las celebraciones religiosas. Pero como el año solar no dura 365 días, sino exactamente 365 días 5 horas 48 minutos y 46 segundos, se producían algunos desfases.
Hay tres tipos básicos de calendarios: los lunares, los solares y los lunisolares (que combinan ambos sistemas).



LOS NOMBRES DE LOS MESES
El primitivo calendario romano estaba compuesto de 12 meses lunares, algunos de cuyos nombres se emplean todavía: Martius, Aprilis, Maius, lunius, Quintilis, Sextilis, September, October, November, December, lanuarus y Februarius. Pero como el año solar no coincidía con el lunar, cada tanto se añadían meses adicionales, lo cual resultaba bastante complicado.





AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR
En la época que Julio César gobernaba Roma, el calendario se hallaba en completo desacuerdo con la realidad. Por eso, hacia el año 46 a. de C., le encomendó al astrónomo de Alejandría, Sosígenes, que realizara los cálculos necesarios para ajustar el almanaque. Así nació el calendario juliano, basado en el año egipcio.
En honor a Julio César se le dio el nombre de Iulius al mes Quintilis.

NACEN LOS AÑOS BISIESTOS
El calendario juliano partía del cálculo que el año duraba 365 días y 6 horas. Por eso había años "normales" de 365 días, pero -para compensar esas 6 horas- cada cuatro años se le agregaba un día a febrero. Este es el origen de los años bisiestos, que tienen 366 días.

SEPTIEMBRE YA NO ES EL SÉPTIMO
Fue también César quien dispuso que el año comenzara el 1º de enero y no en marzo. Pero como les conservó el nombre a los meses, se produjeron ciertas discordancias: por ejemplo, september (septiembre) ya no era el mes séptimo -como lo indicaría su nombre- sino el noveno. Poco después, el Senado romano también cambió el nombre del mes Sextilis por el de Augustus.



¿ONCE INUTOS NO ES NADA?
Pero el calendario juliano tampoco resultaba preciso, ya que la Tierra tarda 365 días 5 horas 48 minutos y 46 segundos en recorrer su órbita alrededor del Sol. Por lo tanto, el calendario juliano era 11 minutos y 14 segundos más largo que el verdadero año solar. Unos once minutos parecen ser insignificantes, pero, a medida que pasaron los años, este error representó horas y, más tarde, días.

EL CALENDARIO GREGORIANO
Así llegamos al siglo XVI. En 1582, ese pequeño desajuste ya significaba una diferencia de10 días. Por eso, el papa Gregorio XIII mandó a hacer otra reforma. Para empezar, se borraron de un plumazo los diez días que sobraban y, así, el día siguiente al viernes 4 de octubre fue viernes 15 de octubre.
Por la reforma gregoriana el año 1582 apenas tuvo 355 días.

PARA PREVER FUTURAS COMPLICACIONES
Pero, además, para evitar que este problema volviera a surgir en el futuro, se decidió suprimir tres días cada 400 años. De este modo, para el calendario gregoriano, los años seculares (los que terminan en dos ceros) sólo se consideran bisiestos si son divisibles por 400. Esto significa que el año 2000 será bisiesto, aunque el 1900 no lo fue ni tampoco lo será el 2100. Todo bien calculado, ¿no?

¿ANTES O DESPUÉS DE CRISTO?
El sistema de numerar los años a partir del nacimiento de Cristo se debe a Dionisio el Exiguo, en el siglo VI.
El sistema cronológico más empleado toma como base el año del nacimiento de Jesucristo. Las fechas anteriores llevan la indicación a. de J. C. o a. de C. (antes de Cristo); las posteriores, d. de J. C. o d. de C. (después de Cristo). Hacia el año 527, el monje Dionisio el Exiguo estableció arbitrariamente la fecha de nacimiento del Salvador. Estudios posteriores demuestran que se equivocó en sus cálculos, pues la Natividad ocurrió probablemente hacia el año 4 antes de Cristo.

PERO NADA ES TAN EXACTO
¿Sabías que el calendario gregoriano -que es por el cual nos regimos actualmente- tampoco es totalmente exacto? Acumula aproximadamente un error de un día cada 3.000 años. Por eso, es probable que hacia el año 5000 se tenga que suprimir otro día. Pero para eso falta mucho, ¿no te parece?

Revista Anteojito N°1712, pp.8-9
19 diciembre 1997
https://archive.org/details/RevistaAnteojito1712/page/n6/mode/1up

martes, 2 de agosto de 2022

...del tiempo

En medio de pegajosas sombras ocres, un descarnado perfil de mujer. Fatigada, de pie, cubierta con hiedras muertas, agita por momentos los brazos hacia un reflejo azulado que desde la izquierda, apenas se insinúa. Con voz espesa, de marea montante, dice:
Hace tiempo. Está todo tan lejos. Ayer mismo, la hora que acabo de matar, ahogándola con palabras inútiles, este instante. Este! Lo ven? Aquí, sobre mis uñas. Apenas nacido se coloca ya el vestido violeta de lo antiguo. Estoy condenada a vivir conjugando el Ayer. Siempre así: vuelta la cabeza, tendiendo hacia el hueco las manos que nunca alcanzan nada. Fue mi primer gesto y ha de ser también el último. Solo tengo memorias. Pero un pájaro enloquecido me arañó las sienes una vez. Buscaba entre mis enroscadas zarzas secas algo distinto que llamaba Ilusión.
TIEMPO! TIEMPO! Yo nunca pude verte el rostro. Ah! Como quisiera saber de tus ojos. Me dijeron que en tu boca las palabras se llaman todas con ese otro nombre que tampoco entiendo: Esperanza, ¿Qué querrá decir? Háblame, TIEMPO. Vuélvete. Quiero ver tu cara, los ojos, el torso agrandándose al venir hacia mí. Aunque me aterrorices. Nunca vi a nadie de frente, entero. Debe ser como lastimarse con cuchillos de luz. De todos, como de ti, apenas si conozco la espalda, los codos. Siempre alejándose, yéndose siempre.
Quiero nombrarte con la palabra que robé en la hora amarilla del tranvía. Aquí la tengo, oculta entre los pliegues del cuello. No me la quitaran. Quién se atreverá a meter sus manos en mis grietas? Quedaría sin dedos. Sé, yo lo sé: de frente te llaman FUTURO. FU-TU-RO. Suena a tren, no a piedra en el barranco como Ayer. Estoy hasta de llamarte así: Ayer. El nombre de tu espalda. Quiero verte el pecho. ¡Basta! No me seques la lengua; deja de arrojar sal a mis rodillas. Ya no puedo! Espera... no corras. Aguarda. Ténme lástima. No goces con mi jadeo. Nací vieja y tampoco quieres mostrar mi último segundo. Si pudiera echarme a descansar! No corras. El año que pasó, el mes pasado, la semana anterior, ayer, hace una hora, un minuto atrás. Acaso no podré abrazarte nunca?
Bésame, TIEMPO. Pon tu rosa sobre mi ceniza. Apenas el largo de un suspiro. Pero ven. Mira que ya tengo tu otro nombre FUTURO. Y alguna vez, quizás en la hora anaranjada de una mediatarde... quizás... alguna vez... también pueda robarte el rostro.

Ines Delina Fornao
Revista Pausa, Rosario, marzo 1958, Año 1, Número 3. Pág.3

martes, 24 de diciembre de 2013

La joya única

Cruzando el desierto, un viajero inglés vio un árabe muy pensativo sentado al pie de una palmera. A poca distancia reposaba sus caballos, pesadamente cargados, por lo que el viajero comprendió que se trataba de un mercader do objetos de valor, que iba a vender joyas, perfumes y tapices a alguna ciudad vecina.
Como hacía mucho tiempo que no conversaba con nadie, se aproximó al pensativo mercader, diciéndole:
—Buen amigo, ¡salud! Parecéis muy preocupado. ¿Puedo, acaso, ayudarnos en algo?
—¡Ay! -respondió el árabe con tristeza- Estoy muy afligido porque acabo de perder la más preciosa de las joyas.
—¡Bah! -replicó el otro- La perdida de una joya no debe ser gran cosa para vos, que lleváis tesoros sobre vuestros caballos, y os será fácil reponerla.
—¡Reponerla! ¡Reponerla! -exclamó el árabe- Bien se ve que no conocéis el valor de mi pérdida.
—¿Qué joya era esa, pues? -preguntó el viajero.
—Era una joya -le respondió el árabe- como no volverá a hacerse otra. Estaba tallada en un pedazo de piedra de Vida y había sido hecha en taller del Tiempo. Adornaban la veinticuatro brillantes, alrededor de los cuales se agrupaban sesenta más pequeños. Ya veis como tengo razón al decir que joya igual no podrá reproducirse jamás.
—A fe mía -dijo el inglés-, vuestra joya debía ser preciosa. Pero, ¿no creéis que con mucho dinero pueda hacerse otra análoga?
—La joya perdida -respondió el árabe, volviendo a quedar pensativo- era un día, y un día que se pierde no vuelve a encontrarse jamás.

Rabindranath Tagore

martes, 30 de julio de 2013

Autómatas (1ª parte)

Autómata, del latín automăta y este del griego automatos (αὐτόματος), espontáneo o con movimiento propio. Según la RAE, máquina que imita la figura y los movimientos de un ser animado. Según el diccionario Larousse, un autómata es una máquina que, por medio de la mecánica, neumática, hidráulica, eléctrica o electrónica, es capaz de imitar los actos de los cuerpos animados. Un equivalente tecnológico en la actualidad serían los robots autónomos.

HISTORIA DE LOS AUTÓMATAS
Árboles y pájaros artificiales aparecen en muchas referencias de embajadores y viajeros medievales a Oriente. También en América hallamos casos extremos de naturaleza artificial: un jardín en Cuzco «de oro y plata», donde, según describe el Inca Garcilaso, «havía muchas yervas y flores de diversas suertes, muchas plantas menores, muchos árboles mayores, muchos animales chicos y grandes (…) mariposas y pájaros y otras aves mayores del aire, cada cosa puesta en el lugar que más al propio contrahiziesse [imitase] a la natural que remedava». Había también un gran maizal y árboles frutales «con su fruta toda de oro y plata», incluso leña y también «grandes figuras de hombres y mujeres y niños, vaziados [es decir, formados] de lo mismo (…) todo para ornato y mayor majestad de la casa de su Dios el Sol»

Reloj de la Catedral de Well, 1386-1892 
En la Europa cristiana, al final de la Edad Media, los autómatas ocupaban algunos lugares cortesanos de recreo y muchos de los relojes públicos de las catedrales o ayuntamientos. El reloj del medievo fue inicialmente una ambigua mezcla de representación y seguimiento del cosmos; sin embargo, pronto le fueron añadidos elementos más domésticos y bizarros: gallos que cantaban las horas, androides que golpeaban las campanas o conjuntos de autómatas que desfilaban, saludaban o representaban pequeñas historias a las horas principales.


Siguiendo los consejos de Vitruvio, la mecánica fue una parte esencial en la formación de los artistas del Renacimiento. Artificios de diverso tipo se encuentran entre las más famosas realizaciones de algunos de ellos, como el Paradiso de San Felice diseñado por Brunelleschi para la Fiesta de la Anunciación en Florencia o, más adelante, los ingenios de Leonardo para la Festa del Paradiso en la Corte milanesa de los Sforza Además, la máquina automática frecuentemente asumirá o proclamará, en los siglos XVI y XVII, una particular idea de armonía del mundo, una concordia de lo diverso, que vemos reflejada no solo en las disquisiciones teóricas de la época sino también dentro de los jardines y en las colecciones y gabinetes de príncipes, aristócratas e intelectuales.
Conceptos como lo fantástico, lo maravilloso, la delicia, son los más adecuados al arte que predomina en las cortes europeas del siglo XVI, y es aquí donde las máquinas inventadas por los sabios de Alejandría para disfrutar y maravillar encuentran su mejor habitat. La deslumbrante unión de música, ruido y movimiento fascinará a toda una época que había perdido la fe en el control racional de la Naturaleza y de la Ciencia y que se sumergía en la fiesta, el teatro, el jardín o la cámara de maravillas como un refugio o una huída frente a un mundo cuya comprensión racional le parecía imposible.
La literatura nos dejará ejemplos fantásticos, pero no menos artificiosas y casi tan sorprendentes son la multitud de fórmulas intermedias entre naturaleza e invención, sofisticadas unas y extravagantes otras, de los jardines reales, no imaginados, del Renacimiento y Barroco. Pensemos en fantasías como las innumerables grutas artificiales que poblaron primero Italia y enseguida toda Europa, en las que los límites entre lo real y lo fingido se diluyen hasta lo insospechable o, también en la frontera entre lo natural y lo artificial, los intrincados tapices dibujados en el suelo por flores y plantas y las figuras esculpidas exclusivamente con elementos vegetales, siempre vivos y sometidos a una poda permanente: ars topiaria la llamaron los romanos y ahora alcanzaría sus realizaciones más artificiosas.
En las páginas del fascinante Sueño de Polifilo, un extravagante y fascinante libro publicado sin firma en Venecia en 1435, plagado de metáforas, fantasías y descripciones de artificiosos jardines, encontramos algunos de sus diseños más enrevesados y extravagantes. Toda la novela es un viaje alegórico al centro de un enorme jardín laberinto, la isla circular de Citerea y al mismo tiempo, con sus morosas descripciones, un repertorio de fascinantes ideas que tendrán gran influencia en los jardines de los siglos siguientes.
Encontramos en el Palacio de la reina Eleuterílida un patio cubierto por una parra «de oro cuyas hojas estaban hechas de espléndida esmeralda escita agradabilísima a los ojos…», sus flores eran imperecederas, «de zafiro y berilo y estaban distribuidas aquí y allá, y los frutos estaban formados de gruesas piedras preciosas o en fingidos racimos de piedrecillas amontonadas, perfectamente dispuestos entre las verdes hojas con gran habilidad, de colorido semejante al natural»… y ve otros tres jardines antes de continuar su marcha: en uno, las plantas «en lugar de ser naturales estaban hechas todas de purísimo vidrio», con sus troncos de oro y «hierbas de muchas clases, realizadas con admirable ejercicio imitando de modo elegante a la naturaleza»; en el segundo «todo estaba maravillosamente realizado en seda: los bojes y cipreses eran de seda, con los troncos y las ramas de oro y gran cantidad de gemas diseminadas», el suelo era «de terciopelo verde, como si se tratara de un prado, y en su centro había una pérgola (…) cubierta por las ramitas de oro de muchos rosales floridos de seda, cuya materia —dice Polifilo— casi juzgaba yo más aceptable por los sentidos que la natural»; en el tercero se invierten los términos y es la naturaleza la que oculta la obra del hombre: «todo era de ladrillo, bellísimamente cubierto de verde yedra, de modo que no estaba a la vista el menor vestigio de las paredes»

LOS PRIMEROS AUTÓMATAS
Antiguamente, se creaban artefactos capaces de realizar tareas diarias y comunes para los hombres, o bien, para facilitarles las labores cotidianas; se daban cuenta de que había tareas repetitivas que se podían igualar con un complejo sistema, y es así como se comienza a crear máquinas capaces de repetir las mismas labores que el hombre realizaba.
Pero no todos estos artefactos tenían una utilidad, algunas máquinas solamente servían para entretener a sus dueños, y no hacían nada más que realizar movimientos repetitivos ó emitir sonidos. Cabe mencionar que los árabes fueron unos maestros en la construcción de autómatas y en la precisión de sus cálculos, y como ejemplo de ello, se puede mencionar que inventaron el reloj mecánico, así como sus grandes aportaciones a la astrología. También los ingenieros griegos aportaron grandes conocimientos a los autómatas, aunque su interés era más bien hacia el saber humano más que hacia las aplicaciones prácticas.
Los primeros autómatas que aparecen en la historia son ingenios mecánicos más o menos complicados que desarrollaban un programa fijo, que no empleaban necesariamente la noción de realimentación.
Históricamente los primeros autómatas se remotan al Antiguo Egipto donde las estatuas de algunos de sus dioses o reyes despedían fuego de sus ojos, como fue el caso de una estatua de Osiris, otras poseían brazos mecánicos operados por los sacerdotes del templo.
Otras, como la de Memon de Etiopía emitían sonidos cuando los rayos del sol los iluminaba consiguiendo, de este modo, causar el temor y el respeto a todo aquel que las contemplara. Fue construida en el año 1500 a. C. por Amenhotep, hermano de Hapu.
Esta finalidad religiosa del autómata continuará hasta la Grecia clásica donde existían estatuas con movimiento gracias a las energías hidráulicas. Esos nuevos conocimientos quedan plasmados en el primer libro que trata la figura de los robots Autómata(año 62) escrita por Herón de Alejandría (10 dC -70 dC) donde explica la creación de mecanismos, muchos basados en los principios de Philon o Arquímedes, realizados fundamentalmente como entretenimiento y que imitaban el movimiento, tales como aves que gorjean, vuelan y beben, estatuas que sirven vino o puertas automáticas todas producidas por el movimiento del agua, la gravedad o sistemas de palancas.
También cabe destacar su “The automaton theatre” sobre su teatro de marionetas mecánicas que representaban la Guerra de Troya. Todos ellos fueron diseñados como juguetes, sin mayor interés por encontrarles aplicación. Sin embargo, describe algunos como un molino de viento para accionar un órgano o un precursor de la turbina de vapor.
También se diseñan ingeniosos mecanismos como la máquina de fuego que abría puertas de los templos o altares mágicos, donde las figuras apagaban el fuego de la llama.
Aunque Heron es el primero en recopilar datos sobre los autómatas otros anteriores a él realizaron sus aportaciones como es el caso de Archytas (428 aC- 347 aC) inventor del tornillo y la polea y famoso por su paloma mecánica capaz de volar gracias a vapor de aire en propulsión. Se trataba de un pichón de madera suspendido de un pivote, el cual rotaba con un surtidor de agua o vapor, simulando el vuelo.
En Roma existía la costumbre de hacer funcionar juguetes automáticos para deleitar a los huéspedes. 
Entre el 220 y 200 a. C., Filon de Bizancio inventó un autómata acuático y la catapulta repetitiva.