martes, 4 de abril de 2017

El consejo maternal

Ven para acá, me dijo dulcemente
mi madre cierto día;
(aún parece que escucho en el ambiente
de su voz la celeste melodía).

Ven, y dime qué causas tan extrañas
te arrancan esa lágrima, hijo mío,
que cuelga de tus trémulas pestañas,
como gota cuajada de rocío.

Tú tienes una pena y me la ocultas.
¿No sabes que la madre más sencilla
sabe leer en el alma de sus hijos
como tú en la cartilla?

¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
que con un par de besos en la frente
disiparé las nubes de tu cielo.

Yo prorrumpí a llorar. Nada, le dije;
la causa de mis lágrimas ignoro,
pero de vez en cuando se me oprime
el corazón, y lloro.

Ella inclinó la frente, pensativa,
se turbó su pupila,
y, enjugando sus ojos y los míos,
me dijo más tranquila:

- Llama siempre a tu madre cuando sufras,
que vendrá, muerta o viva;
si está en el mundo, a compartir tus penas,
y si no, a consolarte desde arriba...

Y lo hago así cuando la suerte ruda,
como hoy, perturba de mi hogar la calma:
¡Invoco el nombre de mi madre amada,
y, entonces, siento que se ensancha el alma!

Olegario Victor Andrade
“El hogar de todos” pág. 175

jueves, 30 de marzo de 2017

Nenia (Canción Fúnebre)

En idioma guaraní,
una joven paraguaya
tiernas endechas ensaya
cantando en el arpa así,
en idioma guaraní:

¡Llora, llora urutaú
en las ramas del yatay,
ya no existe el Paraguay
donde nací como tú ­
¡llora, llora urutaú!

¡En el dulce Lambaré
feliz era en mi cabaña;
vino la guerra y su saña
no ha dejado nada en pie
en el dulce Lambaré!

¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay!
Todo en el mundo he perdido;
en mi corazón partido
sólo amargas penas hay ­
¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay!

De un verde ubirapitá
mi novio que combatió
como un héroe en el Timbó,
al pie sepultado está
¡de un verde ubirapitá!

Rasgado el blanco tipoy
tengo en señal de mi duelo,
y en aquel sagrado suelo
de rodillas siempre estoy,
rasgado en blando tipoy.

Lo mataron los cambá
no pudiéndolo rendir;
él fue el último en salir
de Curuzú y Humaitá ­
¡Lo mataron los cambá!

¡Por qué, cielos, no morí
cuando me estrechó triunfante
entre sus brazos mi amante
después de Curupaití!
¡Por qué, cielos, no morí!...

¡Llora, llora, urutaú
en las ramas del yatay;
ya no existe el Paraguay
donde nací como tú-
¡Llora, llora, urutaú!



Carlos Guido Spano

martes, 28 de marzo de 2017

La resolución

¿Qué yo escriba? No por cierto,
no me dé Dios tal manía,
antes una pulmonía,
primero irme a un desierto.
Antes que componer quiero
tener por esposo un rudo,
mal nacido, testarudo,
avariento y pendenciero;
educar una chiquilla
mimada, traviesa y boba;
oír vecina a mi alcoba
la Giralda de Sevilla.
Si yo compongo, mi rima
censure el dómine necio,
lea el sabio con desprecio
y un zafio cajista imprima.
Un muchacho la recite
con monótona cadencia,
la destroce en mi presencia,
oponga frases y quite.
¿Escribir yo? ¡Cielo santo!
Mal me quiere usted, don Juan.
¿Olvida usted el qué dirán
y a cuánto me expongo, a cuánto?
¡Oh!, no habrá quien me convenza,
bien puede usted argüir.
¿Una mujer escribir
en España? ¡Que vergüenza!
¿Pues no se viera en malhora
que la necia bachillera
hasta francés aprendiera?
Antes, Señor, las muchachas
no estudiaban ni leían
ni en toda su vida oían
esas palabras gabachas.
Y en lo de escribir... ¿ya!, ¿ya!,
para qué mamá quisiera;
¿por qué? Porque también era
muy ladina la mamá.
Pues como digo, Señor,
las muchachas no estudiaban;
pero, en cambio, cuál fregaban...
¡Barrían con un primor!
Hilaban como la araña,
amasaban pan, cernían,
y aquesto que no sabían
si el Godo invadió o no España.
¿Qué le importa a la mujer
de dó se explota el cacao;
si es pesca o no el bacalao
como lo sepa cocer?
¿Qué importa que el hijo tierno
le pregunte: "Madre mía,
el col cuando empieza el día,
dime, ¿sale del infierno?"
Y ella conteste: "No sé;
calle el rapaz; ¡qué pecado!
Un niño bien educado
nada pregunta, ¿está usted?
Mas, oye, creo, mi amor,
que cuando el sol desparece,
dentro del mar permanece
hasta el siguiente albor."
Y el niño que la escuchare
ya nada pregunta más.
Luego..., vaya Barrabás
y su entendimiento aclare.
Digan que la mujer es
la que influye en gran manera
en la educación primera
de la inocente niñez;
digan que toda impresión
que en esa edad recibimos
dura mientras existimos
fija en nuestro corazón;
digan que el materno labio
vierta con la religión
la primera ilustración,
que así se formará el sabio;
digan esto u otra cosa,
que nada habrá de perdido,
hasta digan que al marido
es igual su dulce esposa.
Esto de puro sabido
en mi patria se ha olvidado.
Si nos han menospreciado
es porque... Dios ha querido.
¿Y usted, amigo, quisiera
que una niña el canto alzara?
¿Qué yo en metro...? La pagara
bien cara si la hiciera.
Las masas horrorizadas
pondrían al cielo el grito,
tristes frase de mi escrito
en hora aciaga trazadas.
¡Cuál quedara mi persona
mordida por tanta boca!
Me llamaran necia, loca,
visionara, doctorona.
Sin amor ni compasión
algunos con tono ambiguo
dicen que de escrito antiguo
es copia mi concepción.
Algún otro maldiciente
chilla con acre ironía:
"Es más fea que una harpía
esa niña impertinente;
sin aseo la loquilla,
siempre a vueltas con Cervantes,
recitando consonantes
de Calderón o Zorrilla,
¿cómo podrá gobernar
bien su casa? ¡Es imposible!"
Cual si fuera incompatible
coser y raciocinar.
O cual si fuera mejor
en nuestros ratos de ocio
escuchar del amorío
el arrullo seductor
que no buscar afanosa
cómo mejor aprender
el responsable deber
de madre tierna y esposa.
Es mejor tarde y mañana
murmurar, andar, correr;
cual tabla de mercader
estar siempre en la ventana;
burlar sin fe ni pudor
el desvelo paternal,
el cariño conyugal.
¡Esto merece loor!
Anatema al escribir,
al meditar y leer!
Amigo, sólo coser,
o murmurar y dormir.


María Josefa Massanes

lunes, 27 de marzo de 2017

Vidrios de amor

Madre,
¿con cuántas lágrimas me forjaste?

he tenido tantas veces
la actitud de los árboles suicidas
en los caminos polvorientos y solos

secretamente, sin que lo sepas
debe dolerte todo
por haberme hecho así, sin una dulzura
para mis ácidos dolores

¿de dónde vine yo con mi fiereza
para conformarme?
yo no conozco la alegría
carroussel de niñez que no he soñado nunca

¡ah! – y sin embargo
amo de tal manera la alegría
como amarán las amargas plantas
un fruto dulce

madre
receptora alerta
hoy no respondas porque te ahogarías
hoy no respondas a mi llanto
casi sin lágrimas

hundo mi angustia en mí para mirar
la rama izquierda de mi vida
que no haya puesto sino amor
al amasar el corazón de mi hija
quisiera defenderla de mí misma
como de una fiera
de estos ojos delatores
de esta voz desgarrada
donde el insomnio hace cavernas

y para ella ser alegre,
ingenua, niña
como si todas las campanas de alegría

sonaran en mi corazón su pascua eterna.

Magda Portal

domingo, 15 de enero de 2017

¡Vamos, Cristina!

"El premio es un estímulo para seguir trabajando." 
(De Carolina Cristina, investigadora del Conicet.)

Tengo una amiga de apellido Juan. Otra "desapellidada" como yo. ¡La alegría que tenía esa mujer cuando se enteró de que en el Reino Unido habían premiado a una científica argentina por sus avances en la búsqueda de tratamientos para tumores de hipófisis! Me llamó la atención que una persona tan hipocondríaca como ella se enganchara con ese tema, pero no tardé mucho en entender por qué. La especialista del Conicet, tan merecidamente reconocida, se llama Carolina Cristina. O sea, también tiene un nombre por apellido, lo que a los ojos de mi amiga vendría a funcionar como algo muy parecido a una reivindicación de los que andamos por la vida teniendo que aclarar nuestra identidad.
"Dígame el apellido", le pidió la empleada del Registro Civil al padre del que sería un médico prestigioso. "Esteban", le respondió. "¿Y el apellido?", repreguntó la mujer. "Esteban", le reiteraron. Conclusión: el bebe pasó a llamarse Esteban Esteban en el documento de identidad.
Podrá parecerle poca cosa a los que cuentan con un apellido con formato de tal, pero a los que no, la cuestión se nos torna densa. Tarjetas de crédito con los nombres puestos en cualquier orden, la aparición de la letra M donde debe ir la F, en referencia al sexo; correspondencia que vuelve al destinatario porque al tal Jorge, Andrés o Martín supuestamente se olvidaron de escribirles los apellidos en el sobre...
Hace poco, una columna de Carlos Pagni, no sin picardía, citaba a la senadora nacional ultrakirchnerista María Labado y al diputado bonaerense Manuel Mosca, de Pro. Uno no elige los apellidos con que llega al mundo y, mucho menos, puede prevenirse de cargadas futuras. ¿O acaso no habrán padecido en su infancia y mucho más acá algún tipo de escarnio los diputados nacionales Gilberto Alegre y Sergio Wisky, o el porteño Roberto Quattromano, sólo por citar unos pocos ejemplos? Los "desapellidados" como quien esto escribe queremos llevarles un poco de paz. Es mejor tener un apellido contundente que no tenerlo, diría mi amiga Juan exagerando la nota.
Esta situación me recuerda una experiencia vivida hace muchos años en Córdoba donde, como periodista, me tocó viajar junto a un empresario y a un fotógrafo. Al registrarnos en el hotel, el conserje nos pidió que nos identificáramos: "Graciela Guadalupe, Roberto Antonio y Jorge Rosa", le dijimos. A lo que el hombre retrucó: "¿Me están cargando?, ¿nadie tiene apellido?"

Por Graciela Guadalupe
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