jueves, 21 de diciembre de 2017

Háblame de papá

Le daba miedo alzarte, tan pequeñita en una cuna que parecía tan grande. Y yo le decía que no eras de vidrio, que no te ha­rías añicos ni te quebrarías... "¿No ves la fuerza que tiene tu niñita cuando te aprie­ta el dedo?", como si temieras que él hu­yera, lo sujetabas con tu manito llena de hoyuelos.
No se animó a bañarte él solo, pero sí lavó pañales sucios cuando no pude hacerlo.
Y se levantó por las noches a entibiar la mamadera y a pasearte en brazos cuando te dolían las encías porque cortabas los dientes.
Vio tres veces La escuela de las hadas y La Cenicienta y Hansel y Gretel porque te gustaba volver a ver cada obra de teatro infantil.
Y le contagiaste la rubéola: a vos te atacó suave, la pasaste saltando y corrien­do... pero él estuvo una semana en cama, colorado, con fiebre y dolor en los huesos.
Te ayudaba a construir castillitos de arena en la playa, en cambio... sólo pu­dieron hacer una inexplicable cajita para guardar clips con las quinientas piezas rojas y blancas de un Rasti en cuyo pros­pecto se veían maravillosos edificios, mo­linos y barcos "que cualquiera podía reali­zar siguiendo las fáciles instrucciones adjuntas".
Te regaló un tambor con el que no lo dejaste dormir la siesta durante dos meses. Y una guitarra que aún tocás a veces...
Te sorprendió haciéndote la rabona con una compañera, y se las llevó a las dos a almorzar, arrancándoles la promesa de que no lo repetirían.
Era el encargado de llevarte a los baile­citos y buscarte a las tres de la madrugada, junto con un montón de chiquilinas que repartía casa por casa.
Los chicos amigos tuyos lo llamaban por su nombre de pila y le hacían confidencias. Amaba la juventud, el barullo, la música
atronando. Siempre estaba prohijando a los que no tenían sólidos hogares, dinero para entradas a los recitales, alguien con quien charlar.
-¿Ustedes vinieron a conversar con él o conmigo? -los increpabas, doblemente celosa de unos y otro.
Mi papá, decías. Y eran dos palabras redondas y orgullosas, llenas de luz y admi­ración. Todo lo sabe y todo lo resuelve. Era verdad. Para todo tenía una explica­ción, y conocía los engranajes y el motor de las cosas.
Nunca habló mal de nadie, pues pen­saba que el que obraba mal algún motivo profundo y doloroso tenía, y había que entenderlo y ayudarlo.
Le interesaba todo: escuchaba con aten­ción, se solidarizaba al punto de no dejar desprotegido y solo a nadie que conociera.
Nunca se aburría. Se aburren los idio­tas, decía, Yo siempre tengo algo que hacer, que oír, que leer, que pensar, que mirar...
Disfrutaba trayéndonos cosas que nos gustaban para que supiésemos que está­bamos en su pensamiento: ramitos de vio­letas, chocolatines, medialunas todavía ca­lientes, una goma de borrar con olor a frutilla, hebillitas de mariposas...
Respondía a tus preguntas con largas explicaciones que te cansaban, y solías pe­dirle Decime que sí o que no, pero no me expliques por qué.
Nunca se alabó a sí mismo ni humilló a nadie.
No dejó cosas por la mitad.
Fue pacifista y pacífico, conciliador, arriesgado y emprendedor. Pero creo que sus dos cualidades más bellas fueron su ge­nerosidad y su ternura.
Sí, algún defecto tuvo. O varios. Pero todos quedaban empequeñecidos por una estrella de primera magnitud que brilló en cada instante de su vida: la solidaria amistad.
No tendremos, hija mía, otro amigo como él: que nunca nos pidió cuentas de nada y estuvo de nuestra parte siempre, sin poner condiciones, ayudando primero, preguntando después.

Poldy Bird

martes, 19 de diciembre de 2017

Ya vendieron el piano

Los vi desde la ventanilla del tren y saqué medio cuerpo afuera para llamarlos. Papá tomó a mamá por un brazo y prácticamente la arrastró hasta llegar frente a mí. Yo miraba, asombrado, cómo había aumentado el volumen de su vientre desde que me marchara un mes atrás y Margarita, mi prima, que se había peinado unas veinte veces durante el viaje, me tironeó de la camisa gritándome que le ayudara con el bolso. Toda la gente está bajando, ¿pensás quedarte arriba del tren? Papá me arrebató el bolso en cuanto pisé la plataforma. Mamá me estrechó, como pudo, contra su pecho y los cuatro caminamos hacia la salida de la estación.- ¿Lo pasaste bien, Pablito? ¿Cómo se portó el nene, Margarita? ¿Hizo rezongar mucho a la tía Carmen? ¿Todavía sigue en cama tío Miguel? ¿El médico piensa que tendrá para mucho? Cuánto te agradezco, querida, las molestias que te tomaste por Pablito. Pero si supieras qué trajín con todo lo que pasó y yo no me sentía muy bien. No sabes lo que te agradezco la ayuda que nos prestaste.
Mamá dijo todo esto, casi sin respirar, y Margarita le contestó de un tirón que yo me porté como un hombrecito, la tía Carmen encantada de tenerme allá, el tío Miguel todavía en cama y tenía para rato porque el médico le había ordenado reposo absoluto durante un mes más por lo menos.
Llegamos a casa a la hora de la cena; la mesa estaba puesta y en seguida de lavarnos las manos nos sentamos a comer.
Mamá se echó sobre el sillón de la salita diciendo que le dolían los riñones y le pidió a Tina, la muchacha, que le llevara la comida allí. Margarita ocupó la silla de mamá y entonces noté que el lugar del abuelo estaba vacío.
- ¿Y el abuelo? pregunté con sorpresa.
Los grandes se miraron entre sí y luego, lentamente y dando muchos rodeos, papá me comunicó que el abuelo se había ido de viaje, un largo viaje con destino al cielo o algo así.
Un largo viaje, abuelo. Y así supe que te habías muerto. Y de pronto me di cuenta de que todos estaban tristes y yo también.
- ¿La muerte es para siempre?
No me contestaron y no repetí la pregunta. Nadie comió esa noche.
Margarita se quedó en casa hasta que nació la nena. Roja y arrugada. La llamaron Mariana y me prohibieron levantarla de la cuna. Con el tiempo se volvió blanca y gorda y aprendió a decir algunas palabras, entre las que se encontraba mi nombre.
Fue entonces cuando pusieron una sillita alta en tu lugar, y desde allí Mariana, metía las manos en el puré, mientras mamá le daba de comer por cucharadas.
Ellos dejaron de nombrarte, abuelo. Pero yo me acordaba de vos. De tu cabeza canosa, de tu voz fuerte, del bonito reloj de bolsillo que se llevó tío Antonio, de tus cuentos de cacería con el imponente rifle que se llevó tío Juan. Papá hizo un atado con tu ropa y la mandó al Ejército de Salvación.
Un día al volver de la escuela, entré a tu cuarto, y en lugar de tu cama de bronce, me encontré con la cuna de Mariana y unas cortinas nuevas en la ventana. Unas cortinas con escarabajos verdes y flores anaranjadas.
Me daba rabia ver cómo te iban sacando de la casa que era tuya, que vos mismo mandaste construir; que se llenaba con tus rezongos cuando ponían alto el televisor y cuando te negabas a tomar los remedios que te recetó el médico, y cuando peleabas con mamá porque a ella le daba nauseas el olor del tabaco de tu pipa. (Ella la tiró a la basura, pero yo la recogí y la tengo guardada en la caja de los soldados de plástico).
La casa también se llenaba con tu música cuando tocabas el piano. Papá te decía que por qué no cambiabas, pero a mí me gustaban esas cosas antiguas que tocabas; especialmente la marcha esa de los aliados en la primera guerra.
Yo la tarareo cuando juego a los soldados y los indios y me imagino que me acompañás con el piano.
Te extraño, abuelo. Aunque me tirabas del pelo cuando hacía ruido para tomar la sopa y te quedabas dormido mientras jugábamos a las cartas.
Tengo ganas de verte, pero no sé dónde. Aquí en casa no, abuelo. Mejor no porque si vinieras sería un verdadero problema, no sabrían dónde meterte. No hay lugar para vos en casa. Se armaría un lío. Además, ya vendieron el piano.

Poldy Bird

martes, 26 de septiembre de 2017

Espantapájaros N°18

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo. 
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. 
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando. 
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar. 
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. 
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día! 
Oliverio Girondo

viernes, 15 de septiembre de 2017

Espantapájaros N°7

¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor. 
Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre. 
Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas. 
Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue, cubierto de flores blancas... 
Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso... 
Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardíacas y telefónicas. 
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada. 
Amor impostergable y amor impuesto. Amor, incandescente -y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor. Amor y amor... ¡y nada más que amor!
Oliverio Girondo

jueves, 14 de septiembre de 2017

Espantapájaros N°11

Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura!
¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento de enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira -esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferibles a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir...!

Oliverio Girondo