viernes, 23 de diciembre de 2016

El niño que quería ser televisor

Un niño, meditando en su oración, concluyó:

Señor, esta noche te pido algo especial: 
quisiera convertirme en un televisor. 
Quisiera ocupar su lugar, 
quisiera vivir lo que vive la tele de mi casa. 
Es decir, tener un cuarto especial para mí 
y reunir a los miembros de mi familia 
a mi alrededor. 

Ser tomado en serio cuando hablo.
Convertirme en el centro de atención 
al que todos quieren escuchar 
sin interrumpirle ni cuestionarle.
Quisiera sentir el cuidado especial que recibe la tele 
cuando algo no funciona...

Y tener la compañía de mi papá 
cuando llega a casa, 
aunque esté cansado del trabajo. 
Y que mi mamá me busque, 
en lugar de ignorarme. 
Y que mis hermanos se peleen para estar conmigo. 

Y que pueda divertir a todos, 
aunque a veces no les diga nada. 
Quisiera vivir la sensación de que lo dejan todo 
por pasar unos momentos a mi lado.

¡Señor, no te pido mucho, 
sólo vivir lo que tiene cualquier televisor!

jueves, 22 de diciembre de 2016

Toco tu boca

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar
“Rayuela”, Cap. 7

Un aplazado

De pronto, como un breve latigazo,
mi nombre, Friedt, estalló en el aula.
Yo me puse de pie, y un poco trémulo
avancé hacia la mesa, entre las bancas.
Era el examen último del curso
y al que tenía más miedo: la gramática.
Hice girar resuelto el bolillero
Las dieciséis bolillas del programa
resonaron en él lúgubremente
y un eco levantaron en mi alma.
Extraje dos: adverbio y sustantivo.

Me dieron a elegir una de ambas
y elegí la segunda. —¿Y qué es el nombre?
díjome uno y me asestó las gafas.
Sentí luego un sudor por todo el cuerpo,
se me puso la boca seca, amarga,
y comprendí, con un terror creciente
que yo del nombre no sabía nada.
Revolvía allá adentro, pero en vano,
me quedé en absoluto sin palabras.

Y empecé a ver la quinta en qué vivíamos:
el camino de arena, cierta planta,
el hermano pequeño, mi perrito,
el té con leche, el dulce de naranja,
¡qué alegría jugar a aquellas horas!
Y sonreía mientras recordaba.
—¡Pero señor —rugió una voz terrible—,
el nombre sustantivo, una pavada!—
Tiré a la realidad: sobre la mesa
los dedos de un señor tamborileaban,
cabeceaba blandamente el otro,
el tercero bebía de una taza.

Hacía gran calor. Yo tengo una
cara redonda, simple, colorada,
los ojos grises y los labios gruesos,
el pelo rubio, la sonrisa clara.
Yo quería jugar, no dar examen
darlo otro día, sí, por la mañana...

Se me nubló la vista de repente,
los profesores se me borroneaban,
adquirió el bolillero proporciones
gigantescas, fantásticas,
oí como entre sueños: Señor mío,
puede sentarse... —Y me llené de lágrimas.

Baldomero Fernández Moreno

martes, 20 de diciembre de 2016

Amistad

Cuando un amigo que hace mucho que no ves te llama de golpe sólo ‘para ver cómo andás’, es posta que a los tres días te vuelve a llamar porque justo y ‘de casualidad’ necesita pedirte algo. Prefiero la frialdad sincera al amiguismo de cotillón.

Decálogo del Niño Rural (A mi maestra)

  1. No te enojes por mis tardanzas, he recorrido muchos kilómetros para llegar a la escuela. 
  2. En las frías mañanas de invierno déjame calentar mis manos y pies: siento frío y tengo hambre. 
  3. No te enojes por mis zapatillas o alpargatas sucias, ellas están mojadas por el rocío del sendero. 
  4. Enséñame a recortar mis uñas, me cuesta usar la tijera. 
  5. No te enojes por no saber usar el lápiz, él es muy liviano y yo estoy acostumbrado a manejar objetos pesados. 
  6. Enséñame a cantar el Himno Nacional, a usar mi Escarapela y a izar y arriar mi Bandera. Por más que sé poquito soy argentino. 
  7. No te enojes por faltar a clase una semana, tuve que trabajar pues mi papá estuvo enfermo. 
  8. Háblame de mis plantas y animales, después cuéntame las cosas que tu conoces. 
  9. No te enojes porque no tenga cuaderno, el patrón no pagó y no pude vender mis cabritos. 
  10. Ven a mi casa a visitarnos, mi perro no te hará daño; él sabe que me quieres. Déjame jugar, silbar, reír y correr en la escuela. Me espera mucho trabajo. 
José Domingo Juárez, Tucumán (Argentina), 1995
Santos Guerra Miguel Ángel
Arqueología de los sentimientos en la escuela, p. 95-96