lunes, 5 de diciembre de 2022

El candelabro de plata

Nunca he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un sujeto primitivo, puro, incapaz de adaptarme al florido mundo, donde, para tranquilidad de la hermosa gente, se cultivan con sensatez todas las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo. Pero al menos hoy he comprendido algo; lo he comprendido después de lo que pasó esta noche: soy un hombre bueno. No lo digo, no escribo esto, para justificar nada. De ocurrirme semejante cosa debería admitir que yo mismo repudio lo que he hecho, y no es cierto, y aunque fuera cierto: acabo de hacer feliz a un miserable. Quién podría juzgarme, quién sobre la Tierra (quién en el cielo) se atrevería a juzgarme.
Mejor vayamos por partes. Todavía estoy borracho perdido pero trataré de ser coherente.
Todo empezó esta misma tarde; es decir, la tarde de ayer, puesto que ahora deben de ser las tres o las cuatro de la mañana. Madrugada del 25 de diciembre de 1956. Navidad. Sobre la mesa todavía quedan restos de la insólita fiesta. El candelabro de plata, más anacrónico que nunca en medio de la suciedad y la pobreza que lo rodean, parece ocuparlo todo ahora. Nunca he comprendido por qué este candelabro no ha ido a parar, como las otras pocas cosas heredadas de mi padre, al Banco de Empeño, o al cambalache. En esto, pienso, se parece a la conciencia. Supongo que nunca voy a poder desprenderme de él.
Digo que empezó a la tarde. Había ido a dar sabe Dios cómo a cualquier sórdido callejón del Dock, cuando, al oír un acordeón y las risas de un cafetín del muelle, reparé en la fecha. Entonces me vi en el viejo parque de nuestra casa. No sé explicarlo. Las luces, las esferas de colores: recordé todo eso, recordé el portalito que yo mismo, mezclando hasta el absurdo ríos azules y arpilleras nevadas, construía todos los años en mitad del jardín (me acuerdo ahora del Dios-Niño, siempre espantosamente grande en relación a su divina madre, como justificando al fin lo milagroso del alumbramiento), y sentí un asco tan profundo por mi vida que —como quien se lava— decidí celebrar mi propia Nochebuena.
La idea parecerá trivial, pero a mí me apasionó y, antes de las diez, también había fiesta en este innoble agujero que ahora es mi casa. Con orgullo pueril, me senté a contemplar el espectáculo. El candelabro labrado, en el centro de la mesa, parecía irradiar su antigua serenidad hacia todos los rincones. Al principio me sentí bien; era una sensación extraña, como de paz —un gran sosiego—, pero, poco a poco, empecé a preocuparme. Qué significaba todo esto. Para qué lo había hecho: para quién. Podría jurar que en ese preciso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos años, necesité imperiosamente de alguien.
Una mujer. No. Rechacé la idea con repulsión. Hubo una sola capaz de ser insustituible (capaz de no ser insoportable) y ésa no vendría ya. Nunca vendría.
Entonces recordé al viejo checoslovaco.
Lo había visto muchas veces en uno de esos torvos cafés del puerto que suelo frecuentar cuando, embrutecido de ginebra, quiero divertirme con la degradación de los demás, y con la mía. Pobre viejo: semioculto en un recoveco, siempre igual, como si formara parte de la imagen infame de la cantina, fumando su pipa, mirando fijamente un vaso de bebida turbia. Nunca habíamos hablado. Jamás lo hago con nadie —llego y me emborracho solo, a veces también escribo alguna cosa absurda que después arrojo al primer tacho de basuras que encuentro a mi paso—; pero yo sabía que él me miraba. Era como si una ligazón muda, un vínculo invisible y misterioso, nos uniera de algún modo. Al menos, teníamos una cosa en común, dos cosas: la soledad y el fracaso. El viejo checoslovaco; ése era el hombre que yo necesitaba.


Cuando llegué frente a la roñosa vidriera del negocio, lo vi. Ahí estaba, tal como lo había supuesto. Una atmósfera desacostumbrada rodeaba al viejo, también allí se regocija uno de que nazca Dios, de que venga y vea cómo es esto. Una mujer pintarrajeada se le acercó y, riendo, le dijo alguna cosa; él no pareció darse cuenta. Sí, ése era mi hombre. Me abrí paso entre las parejas. Enormes marineros de ropas mugrientas abrazaban a mujerzuelas indescriptibles que se les echaban encima y reían. Alguna de ellas dijo: «¿Quién te creés vos que soy?», y, adornado con un insulto brutal, le respondieron quién se creían que era. No podía soportar aquello; por lo menos, no esta noche; pensé que si me quedaba un minuto más iba a vomitar, o a golpear a alguien, o a llorar a gritos, no sé. Llegué hasta el viejo y lo tomé del brazo.
—Te venís conmigo —le dije.
Mi voz debe de haber sido asombrosa; el hombre alzó los ojos, unos ojos celestes, clarísimos, y balbuceó:
—¿Qué dice usted, señor…?
—Que ahora mismo te venís conmigo, a mi casa, a pasar una Nochebuena decente.
—Pero, cómo, yo… con usted.
Casi a rastras lo saqué de allí. Nadie, sin embargo, nos prestó atención.
Faltaba algo más de una hora para la medianoche. El viejo, cohibido al principio, de pronto empezó a hablar. Tenía un acento raro, dulce. Se llamaba Franta, y creo no haberme sorprendido al darme cuenta de que no era un hombre vulgar; hablaba con soltura, casi con corrección. Acaso yo le había preguntado algo, o acaso, rota la frialdad del primer momento (para esa hora ya estábamos bastante borrachos), la confesión surgió por sí misma. El hecho es que habló. Habló de su país, de una pequeña aldea perdida entre colinas grises, de una mujer rubia cuyos ojos —fueron sus palabras— eran transparentes y azules como el cielo del mediodía. Habló de un muchachito, también rubio, también de ojos azules.
—Ahora será un hombre —había dicho—. Hace treinta años, cuando vine a América, él apenas caminaba.
Dijo que ése era su último recuerdo. Bebió un trago de champán y agregó:
—Pensar, señor, que ahora tiene un hijo. Qué cosa. Y yo me los imagino a los dos iguales, qué cosa.
Yo pensé entonces en aquel nieto. Ojos de cielo al mediodía, pelo de trigo joven, de qué otro modo podía ser. Sólo que el viejo Franta difícilmente iba a comprobarlo nunca.
—Pero ¿cómo supiste de ellos?
—El capitán de un barco mercante, señor, me reconoció hace un mes.
Yo pensaba, me acuerdo, cómo era posible reconocer en ese pordiosero que tenía delante, en ese viejo entregado, roto, la imagen que dejó en otro treinta años atrás. Y ahora pienso que siempre queda algo donde hubo un hombre, y quién sabe: a lo mejor, a mí también me va a quedar algo cuando, como el viejo, tenga la mirada perdida y le diga «señor» al primer sinvergüenza bien vestido que me hable. Pregunté:
—¿Y no intentaste volver…? ¿No trataste…? Él me miró, perplejo; después, a medida que hablaba, su cara fue endureciéndose.
—Volver. ¿Volver así? Usted lo dice fácil, señor; pero es… Es muy feo. Volver como un mendigo —el tono de su voz empezó a ser rencoroso—, un mendigo borracho que en la puerta de la iglesia pide por un Dios en el que ya no cree… No, señor. Volver así, no. Ella, Mayenko, se murió hace mucho, y mejor si allá piensan que yo también me morí hace mucho… —Hizo una pausa, ahora hablaba como quien escupe—. Yo me jugué la plata que había juntado para hacerla venir, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. No ve que todo es una porquería, señor.
La palabra es una caricatura miserable. Quién puede explicar con palabras, aunque esté contando su propia vida, todo lo que induce a un hombre a entregarse, a venderse todos los días un poco, hasta llegar a ser como vos, viejo. Cuántas pequeñas canalladas, cuántas porquerías imperceptibles forman esa otra gran porquería de la que él habló: el alma. Pobre alma de miserables tipos que ya han dejado de ser hombres y son bestias, bestias caídas, arrodilladas de humillación.
—Qué vergüenza, señor.
Eso dijo, qué vergüenza, y después agregó: No poder matarse.
Para el viejo Franta yo era algo así como un millonario, tal vez un poco desequilibrado y algo artista (mis ropas, la manía que tengo de escribir en los tugurios y acaso el candelabro le habían hecho suponer semejante desatino), yo era un loco con plata, en suma, que buscaba literatura en los bajos fondos de Buenos Aires. Entonces empezó a darme vueltas en la cabeza aquella idea que, más tarde, se transformaría en un colosal engaño.
Quiero decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo tramposo, exclusivo, inverificable, que —como el creado por Dios— suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son dos formas del apocalipsis individual: la venganza de la soledad.
Pero éste es otro asunto. Lo que quería decir es que amo la mentira, la adoro, me alimento de ella y ella es, si tengo alguna, mi mayor virtud. Miento, de proponérmelo, con maestría ejemplar, casi genialmente. Y esta noche puse toda mi alma en el engaño. Él me creía rico y caprichoso, pues bien: lo fui. A medida que yo hablaba bebíamos sin interrupción y, a medida que bebíamos, mi palabra se hacía más exacta, más convincente, más brillante. Lo engañé, pobre viejo, lo engañé y lo emborraché como si fuera un chico. De todos modos, no puedo arrepentirme de esto. Conté una historia inaudita, febril, en la que yo era (como él quiso) uno que no entraría aunque un escuadrón de camellos se paseara por el ojo de una aguja. Mi fortuna venía de generaciones. Jamás, ni con el más prolijo y concienzudo derroche, podría desembarazarme de ella; esta forma de vivir que yo llevaba —él lo había adivinado— no era más que una extravagancia, una manera de quitarme el aburrimiento. El viejo, poco a poco, empezó a odiarme. Y yo, mientras improvisaba, iba llenando una y otra vez nuestras copas. Ennoblecida por el alcohol, la idea aquella se gestaba cada vez más precisa y fascinante: yo haría feliz a ese pobre diablo. Aunque todavía no sabía cómo.
De pronto, dijo:
—Pero ¿por qué, señor, por qué…?
No acabó de hablar: no se atrevió. Yo supe que en ese instante me aborrecía con toda su alma. Ah, sí él, el mugriento vagabundo, hubiese tenido una parte, al menos una parte de mi supuesta fortuna. Sí, yo sabía que él pensaba esto; yo sabía que ahora sólo pensaba en una aldea lejana, en un chico de mirada transparente y pelo como trigo joven. Sin responder, me puse de pie. Fui a buscar las dos últimas botellas que nos quedaban.
Le estaba dando la espalda ahora, pero podía verlo: inconscientemente su mano se había cerrado sobre el mango de un cuchillo que había sobre la mesa, pobre viejo. Ni siquiera pensaba que, de una sola bofetada, yo podía arrojarlo a la calle despatarrado por la escalera. Empezaba, él también, a ser una persona.
Volví a la mesa, sus dedos se apartaron.
—¿Sabés por qué? ¿Querés saber por qué?
Bebimos. Hubo un silencio durante el cual miré rectamente a sus ojos; después, bajando la cabeza como aplastado por el peso de lo que iba a decir, agregué con brutalidad:
—¿Sabés lo que es el cáncer, vos?
El viejo me miraba. Apoyé las manos sobre la mesa y, con mi cara a nivel de la suya, dije:
—Por eso. Porque yo también soy un pobre infeliz que no se anima a partirse la cabeza contra una pared.
El viejo, que me había estado mirando todo el tiempo, de golpe comprendió lo que yo quería decir y sus ojos se hicieron enormes. Concluí secamente:
—Por eso.
—Quiere decir…
—Quiere decir que estás hablando con uno que ya se murió. ¿Entendés? Y entonces ni toda mi plata ni toda la plata de veinte como yo va a poder resucitarme. —Me erguí; hablaba con voz serena y contenida—. Por eso vivo lo poco que me queda como mejor me cuadra. Yo no pertenezco al mundo, viejo. El mundo es de ustedes, los que pueden proyectar cosas, los que tienen derecho a la esperanza o a la mentira. Yo soy menos que un cadáver.
Mis últimas palabras eran tal vez demasiado teatrales, pero Franta no podía advertirlo.
—Cállese, señor… —murmuró.
Y mi idea, súbitamente, se dio forma a sí misma. Como un milagro.
—Un cadáver —dije con voz ronca— que ahora, por una casualidad en la que se adivina la mano de Dios, acaba de encontrar un motivo para justificarse.
De pronto, en el puerto, la noche estalló como una fiesta. En todos los muelles las sirenas empezaron a entonar su histérico salmodio y el cielo reventó de petardos. Brindamos con los ojos húmedos. Fuegos multicolores se abrían hacia el río, desparramando sobre el mundo extravagantes flores de artificio. Fue como si una enloquecida sinfonía universal acompañara mis últimas palabras absurdas y solemnes.
—Por Dios, Franta —dije y creo que gritaba—; por ese Dios en el que vos no creés y que acaba de nacer para todos los hombres, yo te juro que toda mi fortuna servirá para que vuelvas a tu tierra. Es mi reconciliación con el mundo. Vas a volver, viejo, y vas a volver como un hombre.
La Nochebuena se ardía. Pitos, sirenas y campanas se mezclaban con los perfumes nocturnos y entraban en tumulto por la ventana abierta. A nadie le importaba, es cierto, el judío recién nacido que pataleaba en el pesebre, pero todos querían gozar del minuto de felicidad que les ofrecía, él también, con su prodigiosa mentira. En la tierra, bajo la Estrella, los hombres de buena voluntad se emborrachaban como cerdos y daban alaridos.
Franta me miró un instante. Sus ojos brillaban desde lo más profundo, con un brillo que ya no olvidaré nunca: me creía. Me creía ciegamente. En un arrebato de gratitud incontenible me besó las manos y balbuceó llorando:
—No te olvidaré mientras viva.
Me había tuteado. Era un hombre: yo había cumplido mi obra.
Su cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. Estaba borracho de alcohol y de sueños. En esa misma posición se quedó dormido. Soñaba que volvía a la pequeña aldea de colinas grises y acariciaba unos cabellos rubios y miraba unos ojos tan claros como el cielo del mediodía.
Con todo cuidado, retiré mis manos de entre las suyas y me levanté, tambaleante. Tu cabeza era suave y blanca, viejo; yo la había acariciado.
Después levanté el pesado candelabro de plata. Amorosamente, con una ternura infinita, poniendo toda mi alma en aquel gesto, y sin meditar más la idea que desde hacía un segundo me obsesionaba, dije: Feliz Nochebuena, Franta. Y le aplasté el cráneo.

Abelardo Castillo
En Cuentos Completos "Los mundos reales" 1997, 
Editor digital: Titivillus, pp-64-69

domingo, 4 de diciembre de 2022

CX Los gitanos (Platero y yo)

Mírala, Platero. Ahí viene, calle abajo, en el sol de cobre, derecha, enhiesta, a cuerpo, sin mirar a nadie... ¡Qué bien lleva su pasada belleza, gallarda todavía, como en roble, el pañuelo amarillo de talle, en invierno, y la falda azul de volantes, lunareada de blanco! Va al Cabildo, a pedir permiso para acampar, como siempre, tras el cementerio. Ya recuerdas los tenduchos astrosos de los gitanos, con sus hogueras, sus mujeres vistosas, y sus burros moribundos, mordisqueando la muerte, en derredor.
¡Los burros, Platero! ¡Ya estarán temblando los burros de la Friseta, sintiendo a los gitanos desde los corrales bajos! —Yo estoy tranquilo por Platero, porque para llegar a su cuadra tendrían los gitanos que saltar medio pueblo y, además, porque Rengel, el guarda, me quiere y lo quiere a él— Pero, por amedrentarlo en broma, le digo, ahuecando y poniendo negra la voz:
— ¡Adentro, Platero, adentro! ¡Voy a cerrar la cancela, que te van a llevar! Platero, seguro de que no lo robarán los gitanos, pasa, trotando, la cancela, que se cierra tras él con duro estrépito de hierro y cristales, y salta y brinca, del patio de mármol al de las flores y de éste al corral, como una flecha, rompiendo —¡brutote!— en su corta fuga, la enredadera azul.

Juan R. Jimenez
“Platero y yo”, CX

sábado, 3 de diciembre de 2022

Esto es lo tremendo

Lo tremendo es que hay un día que uno dice
necesito un sueldo fijo y aguinaldo
y entierra la aventura en el recuerdo.
Y uno tiene razón, lo necesita.
Necesita un retroactivo para deudas, cada tanto,
y un decir trabajo allí, estable, quinto piso
para pedir los créditos del traje.
Y acribilla los gorriones de los sueños.
Es entonces que llega hasta antesalas
con cartas en la mano y vengo
y espere a que lo llamen.
Y uno mira que pasan, pasan, pasan
y ensucia una sonrisa ante una cara
y se muere tres mil seiscientas veces cada hora
de pequeñas vergüenzas
fumadas sobre el lento reloj de un funcionario.
(es entonces lo tremendo: a uno se le cae
el resto de niño que le queda
y lo esconde avergonzado en el bolsillo).
Lo tremendo es que hay un día
que entierra los barcos, entierra
la esperanza escondida de treparlos,
guardo el ansia de caminos en un libro.
(algún día, al abrirlo,
restará un antiguo aroma lastimado).
Lo tremendo es que uno necesita
llegar a fin de mes y tengo tanto
y consuela geografía sobre sueños
leyendo en el subte de apurado.
Y ese intacto asombro por los trenes
trastoca su magia por horarios
y el cielo es un llueve o un no llueve
nada más que por si llevo el impermeable.
Y ocurre que después, un día
no se es capaz de caminar, por que sí
cincuenta cuadras
ya no se duerme desnudo en primavera
y se levanta con chinelas y con bata.
(casi siempre ya creció una huerta
y un ligustro trabajando los domingos).
Después, alguna vez
cuando un sueño lo parte en astillas hasta el alma
uno dice que tuve veinte años.
(pone la firma final sobre su muerte)
y además bosteza y dice hasta mañana.
Lo tremendo es este lento suicidarse
a través del pulso y la esperanza
que iniciamos, sangrando, cualquier tarde
buscando un sueldo fijo y aguinaldo.

Julio Cesar Silvain
Revista El grillo de papel Año 1, N° 2, diciembre 1959 – enero 1960, p.11

viernes, 2 de diciembre de 2022

Los cuatreros

Casilda, la ciudad santafesina, despertaba. El brillo de la estrella matinal se diluía por el lado del naciente en un lago de sangre. Las hojas de los eucaliptos añosos cuchicheaban en lo alto a impulsos de la brisa. Y los pájaros gorjeaban ocultos en el follaje perenne de los ligustros. El invierno agonizaba entre los brazos desnudos de los duraznos, que empezaban a vestirse de rosado. Había perfumes de aromo en el monte, y rocío en las ramas floridas del sauzal. Una amapola se abría en mi jardín en medio de un cantero de violetas, y una naranja, una sola, colgaba aún de la planta en una rama inaccesible.
Por la calle de tierra que corre junto a las verjas de la Escuela de Agricultura, me desplazaba lentamente en mi motoneta saludando a los quinteros de las afueras, que empezaban la jornada antes de que el sol besara la cruz plomiza de la iglesia parroquial.
Luego, en el boulevard asfaltado, el desenfreno, a esas horas en que nadie se cruza en la ciudad que comienza a desperezarse. Y así, con el escape abierto, hasta la jefatura de policía, donde me desempeñaba como secretario del jefe Salmén, con quien había cursado toda la “primaria” en la vetusta escuela Casado, cuando el alma de uno era blanca como guardapolvo de día lunes, y los zapatos brillaban al entrar a clase como la calva de hoy, porque la maestra era buena, sí, pero muy “exigidora”, como decíamos.
Saludé al agente que vigilaba la entrada y me dirigí sin tardar a mi puesto, donde el jefe Salmén hojeaba unos papeles entre mate y mate, que un auxiliar le cebaba.
—Saldremos más tarde a dar una vuelta, Horacio —me dijo luego de devolverme el saludo.
—Bien —respondí mientras me quitaba los guantes—. ¿Qué sabes del Chacho?
—Nada. Es por eso que quiero salir. No daremos con él estándonos aquí metidos.
Chupé con gusto el amargo que me cebó el auxiliar. Después dije:
—¿Sospechás dónde pueda esconderse? ¿Tenés algún pálpito, de esos que sabés tener?
Me miró con alguna severidad. Luego, dijo retornando a sus papeles:
—Cuando tengo un pálpito no lo digo por temor de que se queme.
—Es cierto —repuse—. Las explicaciones que me das son muy satisfactorias. Cuando sospechás algo no lo decís por temor de que se queme, y cuando nada sospechás, nada decís porque nada sospechás. ¡Muy explícito, por cierto!
Conseguí que sonriera, lo cual no era fácil cuando él tenía entre manos un asunto difícil.
—Por esta vez voy a hacer una excepción —dijo.
—A ver...
—El Chacho no anda lejos de estos pagos.
—¡Cómo se te ocurre! Él ha matado en Casilda y sabe que en Casilda se lo busca.
—Él no es un novato. Piensa que la policía, por mirar lo que está lejos, no ve lo que tiene cerca. Él se esconde en nuestra propia sombra.

* * *

Serían las once cuando salimos de la jefatura en el coche de Salmén.
Almorzamos en el restaurante de Vitali, y nos dirigimos después a la estancia de Aveldaño, cercana a la ciudad. Nos recibió el viejo estanciero en la terraza de la casa, donde se hallaba tomando sol en un sillón de ruedas. Era al parecer un hombre acabado. Como si la vida lo hubiese estrujado entre sus garras, y como a una naranja le hubiera quitado el jugo, así estaba el pobre de seco. Y arrugada su piel como una pasa. Mas como si toda la vida escapada del cuerpo se hubiera concentrado en sus ojos, eran éstos vivaces en extremo, elocuentes, penetrantes... ¡Quién resistiría la mirada dé aquél hombre!
—Venimos por el Chacho —dijo Salmén evitando mirarlo—. Él trabajaba en la estancia, ¿no es cierto?
—Él trabajaba —respondió la voz cavernosa de Aveldaño—, usted lo ha dicho.
—¿Y ahora?
—Y ahora no trabaja.
—Pero es posible que se encuentre aquí.
—¿Sugiere usted que estoy dando asilo a un hombre que la policía busca por crimen?
—De ningún modo. Pienso que él puede esconderse en la casa sin que usted lo sepa. Le ruego nos permita registrar.
El galope de un caballo nos hizo volver hacia el parque.
—¡Ahí está! —gritó Salmén—. ¡Se nos escapa!
Corrimos hacia el auto, pero antes de subir advertimos que los cuatro neumáticos habían sido desinflados.
Salmén pidió caballos gritando a voz en cuello, pero nadie se dejó ver por las cercanías. No encontramos otro recurso, entonces, que correr hacia el corral y montar allí en pelo, porque para ensillar llevaría mucho tiempo, y ya habíamos perdido demasiado.
El caballo que montaba el Chacho era veloz, y el terreno que nos separaba del fugitivo agrandábase a cada momento. Salmén comenzó a darle voces de alto, de las que el otro no hizo ningún caso. Efectuamos algunos disparos al aire con el fin de amedrentarlo, también en vano. Entonces Salmén gritó volviéndose a mí:
— ¡Al cuerpo, Horacio! ¡Que no escape!
El hombre respondió al tiroteo hasta quedarse sin balas. Un proyectil dio finalmente en su caballo, que rodó, por lo que nos fue fácil apresar al Chacho, quien al verse perdido nos aguardó de pie junto al animal caldo, sin resistir.

* * *

El Chacho hallábase ya en el calabozo. No teníamos en aquel entonces otro detenido. Poco y “bueno”.
La jornada nos había resultado dura, y estábamos agotados. Anochecía y nos disponíamos ya a retirarnos.
—Unos matecitos y nos vamos —dijo el jefe frotándose las manos.
Estaba alegre. Había hecho algo bueno y sin arriesgar mucho. Se lo hice notar:
—Ya no sos el hombre serio de esta mañana, ¿eh?
Sonrió.
—Sí, estoy contento —dijo—. Pero no me hago ilusiones.
—¿Qué? ¿Otro de tus pálpitos?


—Sí, Horacio... Aveldaño no se entrega fácilmente. El Chacho fue siempre su brazo derecho. Aveldaño es el cerebro y el Chacho el brazo que obedece al cerebro. Sabe que si se to condenan por crimen, perderá a su mejor hombre.
—Es cierto, viejo, pero... ¿qué puede hacer ahora?
—Él es muy capaz. No dormirá. Horacio.
En eso sonó el teléfono. El auxiliar de guardia atendió y acercó luego el aparato a Salmén, diciendo:
—Es el estanciero Aveldaño.
—Sí... ¿cómo le va. Aveldaño?... Ajá... ¿Y cómo se enteró usted?... Bien iremos en seguida, Aveldaño... Oh. si. descuide usted... ¡Hasta luego!
Colgó el tubo con gesto brusco.
—¿Viste? —dijo malhumorado—. ¿No te lo dije?
—Qué pasó?
—Dice haberse enterado de que una banda de cuatreros se dirige a su estancia desde Arequito. Se alzarán con el ganado reservado para el matadero. Nos pide que vayamos a la estancia con toda nuestra gente para evitar el robo.
—No hay bandas de cuatreros en la zona. Es muy extraño lo que dice el viejo.
—¿No ves a donde va Aveldaño, Horacio?
—Claro que si... Trata de alejarnos de la jefatura para que sus peones liberen al Chacho sin encentrar resistencia.
—Claro como el agua.
—Pero... ¿qué dirá cuando lleguemos a la estancia?
—¿Dónde están los cuatreros de que habló? Se le preguntará.
—Sí, ¿qué podrá decirnos, entonces?
—¿De qué cuatreros me hablan?, dirá ¿Quién llamó? ¿Están locos, ustedes?
—Sí, y no será posible probar que él llamó.
Salmén se puso de pie. Su rostro se habla nublado nuevamente. Comenzó a dar grandes pasos por la oficina, las manos detrás, la cabeza gacha. De pronto se detuvo ente el auxiliar. Entendí que había hallado una salida.
—Júntame cuantos hombres puedas —dijo.
En seguida salió al pasillo y llamó al cabo de guardia:
—Haga ensillar el mayor número de caballos que sea posible —ordenó.
Entró y continuó paseándose nerviosamente. Yo lo observaba sin atreverme a preguntar nada. Se detuvo después ante mí y dándome suavemente con el pie en un tobillo:
—Creo que se la ganaremos al viejo —dijo.
—¿Si? —pregunté alegremente.
No se explayó más y yo no insistí. El horno no estaba para bollos.
Los caballos fueren alineados en la calle, y los hombres de la policía que el auxiliar pude reunir, unos quince, se agruparon en el corredor ante la oficina del jefe.
—Pueden montar ya —les dijo— y dirigirse a la estancia de Aveldaño. Dejen dos caballos ocultos en la oscuridad. Horacio y yo los alcanzaremos luego.
Los hombres se alejaron y en seguida oímos el ruido de las herraduras sobre la calle asfaltada.
Sólo un hombre uniformado quedaba en el edificio, y era el que vigilaba junto a la celda en que el Chacho había sido puesto por la tarde.
Salmén destapó una botella de vino y se acercó al agente.
—No te aflijas, Pedro —le dijo—. Mañana tendrás un uniforme nuevo.
Y acto seguido comenzó a derramar el vino sobre las ropas del agente.
—Y ahora a hacer "nono” —le dijo dándole una paternal palmada—. Espero que hayas entendido mis instrucciones.
El agente se acostó en el suelo ante las rejas del calabozo. Salmén echó una mirada al interior de la celda. Un cuerpo se vislumbraba sobra el camastro, cubierto por una manta.
Nos ocultamos en un viejo aljibe ubicado en el centro del patio, y aguardamos. Por unos orificios hechos en la pared circular, observábamos la entrada del edificio, desprovista de vigilancia. No tardaron en llegar. Primero fue una cabeza que se asomó, luego un cuerpo que avanzaba pegado a la pared. Un silbo suave, y varias sombras entraron en escena resaltando sobre un fondo iluminado por el farol de la calle. Llegaron donde Pedro estaba echado y lo rodearon.
—Este sí que está hecho una uva —dijo uno.
—Quítale las "llave". che. A ver, dejame a mí. Aquí están.
Abrieron el calabozo descuidando del agente que "dormía” en el suelo y entraron para despertar al Chacho.
—Arriba, Chacho, que "venimo pa” llevarte. “Vamo”, che. Chacho.
Lo movían en la oscuridad, mientras Pedro “despertaba” y cerraba la puerta desde afuera, y nosotros saltábamos del aljibe y corríamos en su auxilio al tiempo que el supuesto Chacho se incorporaba sacando debajo de las mantas un fusil ametralladora, gritando:
—¡Al que se mueva lo cocino!
Encendimos la luz de la celda y entramos para desarmar a los hombres, anonadados por la sorpresiva acción. Salimos luego y Salmén dijo a los flamantes presos mientras cerraba:
—Si ustedes venían por el Chacho, sepan que él cabalga ahora hacia la estancia muy bien vigilado por nuestros hombres. Hasta luego, señores, y pórtense bien, porque Roque anda con muchas ganas de cocinarlos. Él es antropófago y dice que la carne más sabrosa es la de peón.
Roque, el que habla reemplazado al Chacho en la celda, era un agente de color.
Salmén y yo nos dirigimos a nuestros caballos. ocultos en las sombras a pecas metros de la jefatura.
—Felicitaciones, jefe —murmuré mientras montábamos.
—No —dijo—. Esto resultó bastante fácil. Lo que yo quisiera es probar que Aveldaño es el cerebro de esta maquinación.
—Creo que será difícil probarlo.
—Sin embargo, no pierdo las esperanzas.
Partimos al galope. Las herraduras resonaban sobre el asfalto arrancando chispas rasadas. Poco después nos uníamos a nuestros hombres.

* * *

En dirección contraria al viento, para no ser descubiertos por los perros, un grupo de jinetes se acercaba a la estancia de Aveldaño.
—Cuando los perros se nos vengan —dijo uno— encaramos a todo galope y no paramos hasta el corral.
Atravesaron una estrecha cañada y se detuvieron después en un bosquecillo, para revisar las monturas. El grupo de casas, trojas y galpones se divisaba desde allí. Una luna incompleta se asomaba ruborizada por encima de los techos. Montaron y reiniciaren la marcha. El aroma del hinojo, desgajado por los cascos de las bestias, se esparcía par los aires.
En silencio avanzaron lentamente hasta que fueron advertidos por los perros, ya en las cercanías de las casas. Unos fieros mastines les salieron al encuentro ladrando enfurecidos y saltando en tomo al grupo de jinetes aplicando dentelladas por doquier.
— ¡A ver! —gritó el que marchaba al frente—. Ustedes dos entretengan a los perros mientras nosotros arreamos el ganado.
Así se hizo. Dos hombres se encargaron de los canes. Repartieron sobre lomos y hocicos rebencazos al por mayor, mientras los otros galopaban hacia el corral donde se hallaban las reses destinadas al matadero de Casilda.
Abrieron la tranquera, y dando grandes veces hicieron que los vacunos salieran hacia el camino levantando una gran nube de polvo. Nadie llegó desde la casa. Algunos disparos de revólver, que partieron de la terraza, se hicieron oír por encima del ruido ensordecedor del rebaño, sin conseguir que los desconocidos se amedrentaran y dejaran de llevarse las reses más gordas de la estancia.
Llegados al camino grande se alejaron envueltos en una densa polvareda. La noche se llenó con el ruido de la tropa que trotaba mugiendo por el camino, estimulada por las voces de los hombres: "¡Vaca, vaca, vaca! ¡Hop, hop, hop!”. Aún se oían disparos en la casa, y los perros, acobardados por los golpes, ladraban desde lejos.
La tropa se fue perdiendo en lontananza y poco a poco retomó la calma nocturnal, ulular de lechuzas sobre el granero, croar de ranas en la cañada, y la luz mala brillando sobre alguna osamenta olvidada, para engendrar cuentos de fogón en las mentes campesinas y hacer que aún el menos piadoso se santiguara.

* * *

Cuando estalló el despertador junto a mi oído, no había amanecido todavía. A pesar de que me hallaba molido por las "aventuras" del día anterior, arrojé con decisión las frazadas y me incorporé sin tardar. Quería llegar a la jefatura lo antes posible, porque aquel seria, sin duda, el día de las grandes novedades.
Volé en mi motoneta por las calles alumbradas todavía por los focos eléctricos y por aquel pedazo de luna que palidecía.
Llegué a la oficina anticipándome a Salmén, quien apareció un momento después acompañado por algunos vecinos de "buen nombre y honor".
Apenas nos habíamos sentado, oímos que un auto se detenía. Salmén y yo nos asomamos a la ventana y vimos que de la parte trasera del coche bajaban una silla de ruedas, en la que acomodaron luego al estanciero Aveldaño, que había viajado en el mismo automóvil.
—Ahí se nos viene —comentó Salmén—. Viejo zorro... ¿con qué nos saldrá ahora?
Retornamos a nuestros asientos y aguardamos al viejo, que entró moviendo con sus manos las ruedas de la silla.
—El señor, jefe dejará de serlo —dijo por todo saludo.
—¿Si? Caramba...
—He avisado por teléfono que sería víctima de un robo, y usted no acudió a socorrerme. He hablado con usted mismo. No lo niegue porque puedo probar lo que digo.
—Nadie lo niega. Aveldaño. Usted habló conmigo ayer por la tarde diciendo que una banda de cuatreros se dirigía a su estancia. ¿Es así?
—Sí, señor.
—Puedo decirle más —prosiguió Salmén— Puedo decirle cuáles eran sus intenciones. Usted pretendía que nosotros abandonáramos el edificio para que sus hombres pudieran liberar al Chacho sin encontrar mayor resistencia.
—Esas son conjeturas suyas que me ofenden.
—Verá que le hablo de hechos reales. Cuando nos alejamos de la jefatura para dirigirnos a su estancia, sus hombres entraron para llevarse al Chacho, pero cayeron en una emboscada.
Los labios de Aveldaño se distendieron. Pretendió sonreír sin conseguirlo.
—Usted se contradice —murmuró.
—¿Por qué, Aveldaño?
—Dijo haber ido a mi estancia, ¿verdad?
—Sí, llegamos a ella alrededor de las nueve de la noche, cuando salía la luna.
—Justamente a esa hora un grupo de jinetes se llevó de mi estancia un apreciable número de reses. ¿Qué hizo usted para impedir el robo, que fue realizado a la luz de la luna y de la manera más ruidosa?
—Verá, Aveldaño. Usted es el cerebro que planeó el frustrado rescate del Chacho y...
—¿Cómo lo prueba, señor?
—Eso era lo que necesitábamos, probarlo, y para ello era suficiente con demostrar que usted había llamado por teléfono con el único fin de alejarnos de aquí, ya que la banda de cuatreros a que usted se refirió no existe.
—¡Me robaron las vacas! —gritó el viejo—. ¿Cómo dice que no existe?
—De acuerdo con sus planes —prosiguió Salmén. sin perder la calma—, usted negaría haber pedido auxilio cuando llegáramos a la estancia, y no podríamos probar lo contrario. Era preciso que usted confesara habernos llamado, para que nadie dudara de que lo había hecho con el fin de facilitar la tarea a sus peones. Por eso nosotros arreamos su ganado para que usted viniera a denunciar, como lo ha hecho ante estos respetables testigos, que la policía no había acudido a su llamado. Ya ve que la policía estuvo anoche en la estancia. Los animales fueron arreados hasta el matadero, en donde podrá presentarse para cobrar la suma convenida, cuando recobre la libertad.

Cuento de Juan Carlos Brusasca
Revista Vea y Lea, 25 de octubre 1962 N°399, pp. 56-58

LXX Los toros (Platero y yo)

¿A que no sabes, Platero, a qué venían esos niños? A ver si yo les dejaba que te llevasen para pedir contigo la llave en los toros de esta tarde. Pero no te apures tú. Ya les he dicho que no lo piensen siquiera...
¡Venían locos, Platero! Todo el pueblo está conmovido con la corrida. La banda toca desde el alba rota ya y desentonada, ante las tabernas; van y vienen coches y caballos calle Nueva arriba, calle Nueva abajo. Ahí detrás, en la calleja, están preparando el Canario, ese coche amarillo que les gusta tanto a los niños, para la cuadrilla. Los patios se quedan sin flores, para las presidentas. Da pena ver a los muchachos andando torpemente por las calles con sus sombreros anchos, sus blusas, su puro, oliendo a cuadra y a aguardiente...
A eso de las dos, Platero, en ese instante de soledad con sol, en ese hueco claro del día, mientras diestros y presidentas se están vistiendo, tú y yo saldremos por la puerta falsa y nos iremos por la calleja al campo, como el año pasado...
¡Qué hermoso el campo en estos días de fiesta en que todos lo abandonan! Apenas si en un majuelo, en una huerta, un viejecito se inclina sobre la cepa agria, sobre el regato puro... A lo lejos sube sobre el pueblo, como una corona chocarrera, el redondo vocerío, las palmas, la música de la plaza de toros, que se pierden a medida que uno se va, sereno, hacia la mar... Y el alma, Platero, se siente reina verdadera de lo que posee por virtud de su sentimiento, del cuerpo grande y sano de la naturaleza que, respetado, da a quién lo merece el espectáculo sumiso de su hermosura resplandeciente y eterna.

Juan R. Jimenez
“Platero y yo”, LXX