sábado, 16 de noviembre de 2013

Saramago


Un 16 de noviembre nació José de Sousa Saramago, escritor portugués y Premio Nobel de Literatura en 1998. Escribió, entre otras novelas, El Evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1995), Todos los nombres (1997), La caverna (2000), El hombre duplicado (2002), Ensayo sobre la lucidez (2004) y El viaje del elefante (2009). Estas son algunas de sus mejores frases:
  • "La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitiva".
  • "Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay".
  • "Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor".
  • "Siempre acabamos llegando a donde nos esperan".
  • "Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio, que es bueno para mi salud. Pero nunca he oído a nadie decirle a un deportista: tienes que leer".
  • "Ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe".
  • "Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran".
  • "La historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores, los vencidos nunca han escrito la historia. Y se escribe, fatalmente, desde un punto de vista masculino".
  • "Solo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas llegaremos a comprender las grandes".
  • "En verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo".

lunes, 11 de noviembre de 2013

El aromito

¡Tan feo y tan bueno!
-¡El pobre aromo! -decían todos-. Viejo, rugoso, áspero, con tantas espinas... ¡Y cómo quiere a los pájaros! Les tiende sus ramas, les da asilo...
-¿No los hiere?
-No, no los hiere.
Se llenaba de nidos y de pájaros. Así, era un árbol de cristal.
¡Tan feo y tan bueno!... Un día, el canario más rubio del monte comenzó a arrancarse las plumas más pequeñas del pecho y fue desparramándolas sobre las ramas del aromo viejo, áspero, rugoso y con tantas espinas.
-¡Está vestido de sol!
-¡De sol está vestido!


Y otras avecillas buscaron los nidos de las avispas y de las abejas. Hablaron con ellas. Y las avispas y las abejas escucharon lo que las avecillas les dijeron. Después, todas, en un rumor de fiesta comenzaron una nueva tarea. Para perfumar las motitas doradas del aromo fueron llevando pequeñísimas gotas enmieladas.
Desde entonces, el aromo es un árbol de oro, de miel y de cristal.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Monstruito marcapáginas

Hay quien tiene marca páginas metálicos, con formas de animales, con dibujos o con fotografías personalizadas. Si tú también eres adicto a los marca páginas originales y divertidos, prueba a realizar estos pequeños monstruos de cartulina, ideales para colocar en la esquina superior de la hoja.


Esto es lo que vas a necesitar:
  • Cartulina 
  • Tijeras
  • Una regla
  • Lápiz negro
  • Papel con diseños
  • Pegamento de barra
Si lo prefieres, también puedes añadir a la lista más cosas para decorar, como lápices de colores, sellos, pegatinas y todo lo que te apetezca para crear tu marca páginas personal.
Dibujas tres cuadros como los de la imagen en una cartulina u hoja de folio. Los tres tienen que tener las mismas medidas, es decir, 6,5 cm x 6,5 cm, aunque puedes hacerlos un poco más grandes, a tu gusto.

Usas la regla para trazar una línea diagonal en el cuadro superior, dividiéndolo en dos mitades iguales. Haces un garabato en el primer triángulo, te servirá para indicar que esa parte no la vas a usar. Debes hacer lo mismo en el cuadro inferior y repites la misma línea diagonal divisoria. Garabateas de nuevo el interior de uno de los dos triángulos.

Con ayuda de unas tijeras, cortas los triángulos garabateados. De este modo te quedará un cuadrado con dos triángulos laterales. Esta será tu plantilla para hacer el dibujo final.

Ahora coges una cartulina de color y utilizas la plantilla para realizar una silueta exacta. Utilizando la regla y el lapiz, trazas dos líneas diagonales, separando los dos triángulos del cuadrado (como ves en la imagen).

Si quieres, puedes recortar un cuadrado con dibujos del mismo tamaño que el cuadrado de la plantilla de la cartulina y pegarlo encima.

A continuación, doblas uno de los triángulos hacia el interior. Aplicas pegamento en el otro triángulo y los pegas sobre la mitad que has doblado.

Te tiene que quedar así:

Pegas encima del triángulo un trozo de papel de dibujo, tal y como hiciste con el cuadrado.

Continuamos la creación del pequeño monstruo-marcapáginas dibujando un par de ojos y una boca en una hoja aparte, que deberás recortar y pegar sobre la plantilla final obtenida.
Ahora ya tienes un originalísimo marcador para saber en qué página de tu libro te quedaste leyendo. ¿A que te gusta?

martes, 5 de noviembre de 2013

Un mate y un amor... de Lalo Mir

El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida.
En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es 'hola' y la segunda: '¿unos mates?'.
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian.
Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezas a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conoces a alguien por primera vez, te tomas unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: '¿Dulce o amargo?'. El otro responde: 'Como tomes vos'.
Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. La yerba no se le niega a nadie.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos.
No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma.
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores... Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. Es querible la compañía.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablas mientras el otro toma y es la sinceridad para decir: ¡Basta, cambia la yerba!'. Es el compañerismo hecho momento.
Es la sensibilidad al agua hirviendo. Es el cariño para preguntar, estúpidamente, '¿está caliente, no?'. Es la modestia de quien ceba el mejor mate. Es la generosidad de dar hasta el final. Es la hospitalidad de la invitación. Es la justicia de uno por uno. Es la obligación de decir 'gracias', al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.

viernes, 1 de noviembre de 2013

El Camino del Cielo

Erase una vez un matrimonio de viejecitos muy pobres que tenían tres hijos.
Un día, el mayor les pidió permiso para ir a correr mundo y buscar trabajo. Los padres se pusieron muy tristes, pero como el hijo insistió tanto, le dejaron hacer su voluntad. La madre le preparó unas tortas y unos quesillos y se los acomodó en las alforjas. Se despidió prometiendo volver en cuanto cambiara de suerte, y marchó.
Al poco tiempo, el segundo hijo también pidió permiso para ir a correr mundo. Fue doble la pena de los padres, pero igualmente tuvieron que consentir en su partida. Lo mismo que al primer hijo, la madre le preparó al segundo tortas y quesillos para el viaje, éste hizo la misma promesa que el anterior y se fue.
Cuando el menor que era un niño todavía, dijo a los padres que quería ir en busca de trabajo, los viejecitos se echaron a llorar y le pidieron que se quedara. Él les aseguró que se conduciría con prudencia, para que nada malo le sucediera y los padres, viendo que no podían disuadirle, lo dejaron marchar. Esta vez, la madre no pudo más que una sola torta y un solo quesito.
El mayor encontró en el camino a un viejecito que parecía muy pobre; iba montado en un burro y le pidió algo de comer.
-No tengo nada. -le contestó ásperamente.
-Y eso que llevas en las alforjas, ¿qué es?
-Eso es carbón. -le dijo en tono de burla.
-Que carbón se te vuelva cuanto pongas ahí. -le respondió el viejo, y siguió su camino.
El mediano, encontró en otro punto del camino el viejecito que pedía limosna, y también se la negó. Con él sostuvo el mismo diálogo que su hermano mayor; y "que carbón se vuelva cuanto lleves ahí" fueron las últimas palabras del viejo.
En otro lugar, el viejecito que pedía limosna se encontró con el hermano menor. El niño no sólo fue cortes y respetuoso sino que repartió con él su torta y su quesito.
-Tienes un corazón de oro -le dijo el anciano-; por consiguiente, que oro se vuelva todo lo que pongas en tus alforjas.
Llegó el mayor a casa de un señor poderoso y pidió trabajo.
El señor le dijo que precisamente buscaba un mandadero para encomendarle un encargo urgente. Necesitaba enviar una carta a una señora que vivía lejos. Debía recorrer un camino lleno de accidentes, guiado por unas ovejas. Nada debía temer ni retroceder ante ningún peligro, si quería cumplir el mandato. El muchacho aceptó.
A la madrugada del día siguiente el entregaron la carta y soltaron las ovejitas, que emprendieron la marcha. Él las siguió.
Después de caminar algunas horas, llegaron a un río de aguas cristalinas, pero muy caudaloso. El muchacho sintió miedo; pensó que el viaje era un pretexto para hacerle morir ahogado, y regresó. Las ovejitas pasaron, mojándose apenas las pezuñas.
El patrón despidió al muchacho porque no le había servido para su trabajo, y le dijo:
-Dime cómo quieres que te recompense lo que has hecho en mi servicio, ¿con un Dios te lo pague, o con una carga de oro?
-Con una carga de oro, señor. ¿Qué puedo hacer con un Dios te lo pague?
El patrón le dio lo que pedía y el muchacho emprendió el viaje a su casa.
En todo el camino ni hizo otra cosa que rumiar su felicidad de ser rico y pensar en el asombro de sus padres cuando vieran descargar el oro.
Al llegar, gritó a los viejecitos, desde lejos, que abrieran las arcas, que traía tanto oro que las llenaría todas. Así lo hicieron, y, al vaciar su carga, cayó carbón en lugar de oro. El enojo de los padres, por lo que creían una burla, fue mayor al conocer la falta de piedad y el poco valor de su hijo, cuando les relató lo que le había sucedido y citó las palabras de pordiosero.
El segundo hermano llegó al poco tiempo a la casa del rico hacendado. Le ocurrió en todo exactamente lo mismo que al primero, y también su carga de oro, al ser vaciada en las arcas de sus padres, se convirtió en carbón.
El menor llegó a pedir trabajo a la casa del mismo amo, quien le encomendó la misma tarea y le hizo idénticas recomendaciones que a sus hermanos. Aceptó y prometió cumplir fielmente las órdenes.
A la madrugada, recibió la carta y las ovejas, y marchó detrás del hato.
Llegaron al gran río de aguas cristalinas. Pensó que lo arrastraría la corriente, pero como las ovejitas entraron, se armó de valor y las siguió. Las aguas se apartaron abriéndoles camino, y así pudieron pasar sin dificultades.
Más adelante, un turbulento río de sangre les cortó el paso. Sintió asombro  y miedo, pero como las ovejitas siguieron adelante, él fue tras ellas. La gran masa roja les abrió paso también y pudieron cruzar el río.
Más allá, vio a la orilla del camino una oveja que jugaba con un corderito, corriendo, saltando y dándole topetazos.
Más lejos, observó con extrañeza que en un alfalfar floreciente pastaban unos bueyes flaquísimos.
Muy cerca de éstos se hallaban otros bueyes, relucientes de gordos, los cuales se paseaban por un terreno pedregoso, donde no crecían sino algunas hierbas raquíticas.
Al rato de andar, dos peñas enorme que se entrechocaban haciendo saltar chispas le cortaron el camino. "Aquí moriré aplastado", pensó el valeroso muchacho. Pero las ovejitas, aprovechando el momento preciso en que las rocas se separaban, pasaron, y él junto con ellas.
Llegaron a una casa. Las ovejitas atravesaron el patio y se echaron a la sombra de los árboles. El muchacho comprendió que había llegado el término de su viaje. En efecto, salió una señora muy afable y le pidió la carta. Le trató con todo cariño, le dio de comer y le hizo dormir la siesta con la cabeza apoyada en su regazo. Cuando se despertó, ya repuesto de las fatigas del viaje, aquella señora le dio su bendición y le muchacho emprendió el camino de regreso.
El patrón se alegró mucho al verle llegar tras haber cumplido sus órdenes. Le pidió que le refiriera cuanto le había llamado la atención, y le fue explicando el significado de lo que había visto.
El río de aguas claras como cristal lleva las lágrimas que la Virgen María derramó por Jesús, las mismas que derraman todas las madres por sus hijos.
El río de sangre es el que brotó de las heridas de Jesús, en su sacrificio por redimir a los hombres.
La oveja y el corderito que jugaban son la buena madre y el hijo cariñoso y reconocido.
Los bueyes flacos en el alfalfar floreciente son los ricos avarientos.
La señora a quien le entregó la carta, era la Virgen María, y el viejecito que pedía limosna, Jesús, que recorría el mundo probando la caridad de lo hombres. Las ovejitas que le sirvieron de guía en su camino eran ángeles.
-Dime, ahora -añadió al terminar- cómo quieres que te recompense ¿con un Dios te lo pague, o con una carga de oro?
-¡Oh, señor! -contestó el muchacho- Una carga de oro ha de terminas algún día, mientras que un Dios te lo pague dura siempre. Deme usted un Dios te lo pague.
Y así fue.
Cuando regresó a su casa, sus padres le recibieron contentísimos.
Había dicho que no traía nada, pero, al descolgar las alforjas, se encontró con que estaban llenas de monedas de oro. Cuando contó lo que le había ocurrido en su viaje, todos reconocieron que el oro era el premio que Dios daba a sus virtudes. Los hermanos, arrepentidos, prometieron enmendarse.
Y todos vivieron ricos y felices.
Cuento popular argentino