jueves, 8 de mayo de 2014
miércoles, 7 de mayo de 2014
Sosa, el güey (Velmiro A. Gauna)
Había cesado de llover. El "urú", encargado de la torrefacción de la yerba, acomodó las ramas en el "barbacuá" para que el fuego no las tostara demasiado, se pasó el dorso de la mano por los irritados ojos y clavó la mirada en el trozo de paisaje que alcanzaba a divisar. Las gotas aún temblaban sobre el verde de las hojas, el río bramaba en su estrecho cauce y breves arroyuelos se descolgaban de las altas barrancas. Sobre el fondo rojizo de la tierra misionera el agua brillaba con reflejos de sangre.
-Mesma que los surcos que dejan los latigazos en las espaldas de los "mensús" - pensó don Sinecio y empuñando una horquilla de madera movió las ramas.
Cortó un trozo de cuerda de tabaco brasileño y empezó a masticarlo golosamente.
De las estrechas picadas del monte vecino comenzaron a llegar los "tariferos" con sus "raídos" o sea la cosecha de yerba sobre las fuertes espaldas. Entre ellos, soeces y altivos, con sus altas botas, la fusta en la mano y el revólver al cinto venían los "capangas", brutales delegados de la autoridad del patrón.
Se detuvieron cerca del "barbacuá" y el capataz empezó a pesar las cargas gritando en alta voz la cantidad para que un compañero las fuera anotando en el menguado haber del trabajador.
-¡Cruz Alarcón, doce arrobas...!
-¡José Maidana, ocho y medio...!
-¡Paulo Sosa, diez!...
-¿Cómo diez! - intentó protestar el afectado, pero el capataz replicó fiero:
-¡Diez arrobas y escasas...!
Un "capanga" empuñó la fusta amenazador y Paulo Sosa se resignó.
-Güeno, diez, creiba que eran más...
Y así seguían las mediciones a gusto y capricho del encargado frente a la impotencia y la angustia de los "mensús".
Don Sinecio, el "urú", seguía moviendo las hojas y viendo cómo los peones iban acercándose a sus ranchos a comer sus mezquinas pitanzas de maíz hervido, porotos negros o charqui con fariña.
Algunos chicuelos raquíticos de piernas delgadísimas y enormes vientres jugaban con infantil inconsciencia por los senderos y unas pocas mujeres salían de sus ranchos al encuentro de los hombres.
El "urú" lanzó al aire un grueso escupitajo y reflexionó en voz alta dirigiéndose a su ayudante, un paraguayo imberbe.
-Si es como yo te digo, Lucindo, la vida es como las jembras, naide sabe lo que escuenden...
-Ansí ai de ser, Ño Sinecio...
La noche tendió su gastado poncho de sombras, donde quedaron prendidos los abrojos lucientes de un millón de estrellas, recogidos en los infinitos caminos del cielo.
-Sí, muchacho, es como yo te digo -repitió el "urú" - la vida y las jembras tuitas son lo mesmo...
Un "suindá" chistó en la sombra y el viejo se interrumpió diciendo:
-¡Cruz diablo!
Luego se persignó temeroso.
* * *
Paulo Sosa había venido con su mujer, una muchacha de escasos diecisiete años, con quien se había "juntado" en Villa Rica. Vestida con traje de hombre: amplias bombachas, blusa flotante, pañuelo al cuello y gran sombrero, había Pasado inadvertida al hambre sensual de los "capangas". Por las mañanas iba con su hombre al monte y mientras éste cortaba las ramas de la yerba-mate ella procedía a "zapecarlas". Para ello buscaba la leña del María Preto, el espinillo y otras plantas no resinosas. El "zapecado" debe hacerse el mismo día de cortadas las ramas porque sino las hojas se ennegrecen, se marchitan y desprenden. Además para ese primer tostado, no debe usarse leña con resina porque ésta les quita su aroma y les contagia su olor particular.
Con la ayuda el "raído" de Paulo Sosa era siempre el más pesado y por eso los otros "tariferos" le habían bautizado "Caá-yarí", la abuela de la yerba.
Pero un día, don Carlos, el administrador, alcanzó a verla y quedó prendado de su belleza adolescente.
Entonces fue a verlo a Sosa y la pidió "prestada" como si en vez de una mujer hubiera sido un caballo, una silla o una mesa. El hombre firme; pero respetuosamente, desoyó las promesas y desechó las amenazas y para él empezaron las persecuciones. Los enviaban a "tarifar" a los lugares más enmarañados, allí donde había que cansar el brazo abriendo picadas hasta dar con un árbol de pobre follaje, le robaban en el peso de los "raídos" y le cargaban el doble en el precio de las provisiones.
Un día, Fonseca, uno de los "capangas", ordenó:
-Mañana saldrás a "descubertear" con Joao Francisco y el indio Yarará...
-Yo vine a "tarifar", no de "descubertero"...
-Vos vas a dir donde te manden... - rugió el otro.
-Güeno... -asintió manso-. ¿Y mi mujer?
-Se quedará aquí a esperarte... ¿No te la pensarás Ilevar?
-¡Ajá!... - fue su único comentario.
Un mes pasó en el monte con sus compañeros, abriendo picadas con el machete, durmiendo al raso, acosados por los mosquitos y los insectos, sufriendo lluvias y padeciendo hambres hasta que dieron finalmente con un grupo de las codiciadas plantas, las marcaron y volvieron con la noticia. Sucios, haraposos y flacos cayeron al campamento. Después de dar la novedad, Paulo Sosa fue a su rancho y lo encontró vacío.
-¿Y mi mujer? - preguntó a Fonseca que lo había seguido.
-Se cansó de esperarte y se mandó a mudar. Creo que está con el brasilero Guimaraes... - fue la respuesta brutal.
-¡Ajá!... - dijo Sosa tranquilamente.
Luego de asearse, se tendió en el lecho y durmió pesadamente hasta el otro día.
Y como si nada hubiese pasado estuvo a la mañana siguiente con los "tariferos". De boca de ellos fue conociendo la verdad: A su mujer la habían llevado a la fuerza a casa del administrador, allí la tuvo éste por espacio de una semana y, luego, como le había gustado a Guimaraes que vino a visitarlo, se la vendió por sesenta pesos.
-¡Ajá!... - dijo Sosa y siguió cortando ramas con su machete.
Cuando al caer la tarde, volvían los peones del campamento, el paraguayito solía decir al viejo "urú":
-¡Véalo a Sosa! Manso como un güey y eso que le robaron la "cuñ á"...
Don Sinecio lanzaba un grueso escupitajo negro y luego decía sentencioso.
-Si es como yo te digo, muchacho, el remanso no hace bulla y es el que traga más gente...
-Ansí ai de ser, don Sinecio... ansí ai de ser...
* * *
Para el mes de junio, Sosa terminó su "conchaho" y fue a la administración a arreglar sus papeles. Don Carlos y los "capangas" se mantuvieron alertas, con las armas al alcance de las manos, temerosos que, a último momento, estallara la contenida rebelión del "mensú".
Pero no ocurrió nada y Sosa, humildemente, se retiró de la oficina y marchó hacia el harco que esperaba, no lejos de la costa para llevarlo junto con otros pocos que también habían terminado su contrato a Posadas, la capital del "oro verde". Pasaron los días y una mañana de agosto volvió Sosa al campamento. Tras él venía, coqueta y sensual, una morocha de grandes ojos negros, boca encendida y cuerpo ondulante. Cubría su cabeza con un mantón verde y tenía ambos brazos envueltos en largos guantes blancos.
El propio don Carlos salió al encuentro de la pareja.
-¿De vuelta, Sosa?
-Ansina es, patrón... Me fui a buscar otra "cuñá" porque solo no me hallo.
-Está bien, Sosa, está bien... Allí tenés un rancho desocupado y sabés que tenés cuenta abierta en la proveeduría.
-Gracias, patrón, gracias... - dijo Sosa y seguido de su mujer fue al rancho que le había señalado.
Lucindo, el paraguayito, dijo al verlo, dirigiéndose al "urú".
-¿Vido, Ño Sinecio, que golvió don Sosa?
-Vide.
-Y trajo una mujer nueva pa don Carlos... Si es un güey... un güey...
Don Sinecio dejó de mascar su bolo de tabaco y replicó:
-Pero aunque sean guampas'e güey lo mesmo tienen punta y dentran... Si es como yo te digo, müchacho, la vida y las jembras naides saben lo que escuenden.
Observó el fuego y señaló al peoncito:
-Andá, da güelta a esas ramas que se están tostando mucho.
* * *
A1 tercer día don Carlos, que andaba rondando el rancho de la recién llegada, la vió arreglándose el cabello en el interior de la habitación semi en penumbra.
Entró y le dijo:
-Se te van a gastar esos lindos ojos en la oscuridad.
-¡Qué esperanza! Si yo veo bien...
-¿Y qué cosas ve?... ¿Su hermosura?
-Zalamero había sido...
La voz cálida y prometedora enardeció aún más al hombre. Se acercó a ella y le acarició el cabello.
-Parece seda... - dijo.
Las manos tremantes bajaron al seno opulento y se cerraron como garfios.
La mujer intentó resistirse y amenazó:
-¡Váyase! Que a lo mejor viene mi hombre...
-¡Qué va a venir! Si está en el monte. Por lo menos hasta dentro de cinco horas no va a aparecer.
-Pero... ¿y los otros?
-Los otros no van a decir nada... - respondió él y cerró la puerta. Luego la tomó en brazos y la llevó al lecho.
Sus labios ávidos se durmieron en la boca húmeda y sensual que se entregó sin resistencias.
Se despojaron de las ropas y se llenaron de caricias. Ella, sin embargo, conservaba sus guantes.
-¡Sacátelos!... - ordenó entre dominador y solícito.
-¡No!... pidió ella.
-¡Sacátelos!... - reiteró imperioso.
Obedeció la mujer y un leve olor a carne corrompida inundó el recinto.
-Alguna rata muerta - pensó don Carlos y volvió a besar golosamente a su compañera. Sus labios se hundieron con fruición en los labios ardientes. Las manos de ella pasaron lentamente sobre el cuerpo desnudo del hombre. Estaban calientes y húmedas y dejaban un rastro viscoso sobre la piel.
-Será el sudor... -pensó-. ¡Claro, si las tenía enguantadas...!
Y para olvidar fue besándole las mejillas, la garganta, los hombros... Pero el olor a podredumbre seguía hiriéndole la pituitaria.
Más tarde, al sentarse en el borde del lecho para volver a vestirse, le preguntó:
-Decime, negra, ¿de dónde te fue a sacar el Sosa ése?
-¿A mí?
-Sí, a vos.
-Me robó.
-¿De dónde?
-Del lazareto de isla Cerrito, frente a Corrientes -dijo la mujer y el hombre sintió que un sudor frío lo cubría-. Tres años estuve enferma... dicen que con lepra, pero ahora estoy casi sana -continuó y abriendo la puerta para que entrara la claridad mostró las manos y los brazos hechos dos llagas nauseabundas-. Ves, cuando se me curen éstas...
Mas don Carlos dando un grito tremendo de pavor y de asco escapó del rancho y se lanzó a correr desnudo por los caminos. De vez en cuando se detenía y se cubria de tierra y de hojas restregándolas con fuerza contra el cuerpo como para limpiarse de aquellas caricias que le ardían en la piel, hasta que, de pronto, rompió a reír enloquecido y se internó corriendo por una picada del monte.
Después de intensa búsqueda lo encontraron a los tres días revolcándose en un charco, casi muerto de hambre y de frío.
Ya nunca más recobró el juicio.
Paulo Sosa y su mujer aprovecharon la confusión y escaparon o los mataron en el monte.
Nadie supo más de ellos.
Velmiro A. Gauna
lunes, 5 de mayo de 2014
El buen Juez II
Apenas los matinales y ambulantes vendedores de la ciudad manchega comenzaban a lanzar al aire con sus lenguas incansables sus pintorescos gritos, tales como «¡Carbón!», «¡El panadero!», cuando don Alonso, ya vestido y compuesto, bajó al comedor en busca del cotidiano chocolate. Pero don Alonso no baja hoy como otros días. Doña María observa en él algo indefinible, extraño, y le pregunta:
—Alonso, ¿has dormido mal? Lola, la cuñada, le mira también, y dice:
—Parece que has dormido mal, Alonso.
Y Carmencita observa, asimismo, el rostro cenceño del buen caballero, y afirma en redondo:
—Papá, tú has dormido mal.
Don Alonso, que va mojando pausadamente los dorados picatostos en la aromática mixtura, se detiene un momento, mira cariñosamente a las tres mujeres y sonríe. Esta sonrisa de don Alonso es maravillosa; es una sonrisa henchida de una luz desconocida, magnética; es una de esas sonrisas históricas que sólo le es dable contemplar a la humanidad cada dos o tres siglos, Y cuando don Alonso ha acabado de sonreír, se ha metido en la boca la suculenta torrija que durante un momento ha estaso suspensa en el aire. Mas, ni doña María, ni Lola, ni Carmencita quedan satisfechas con la sonrisa de don Alonso; ellas no han visto la trascendencia incalculable de esta sonrisa; ellas son sencillas, ingenuas, amorosas, y no pueden sospechar que este chocolate, que esta mañana están ellas tomando en familia, figurará en los fastos de la humanidad. Pero don Alonso baja la cabeza sobre la jicara con un gesto de profunda meditación. Doña María comienza a consternarse; Lola se pone triste; Carmencita mueve su rubia y linda cabeza y no sabe qué pensar.
—Alonso—dice doña María—, a tí te pasa algo.
—Sé franco con nosotras, Alonso—añade Lola.
—Papá—grita Carmencita—, dínos lo que te sucede.
Don Alonso levanta la cabeza y las envuelve a las tres en una de esas miradas largas, sedosas, con las que, en los trances difíciles de la vida, parece que acariciamos a las personas que queremos.
—No os preocupéis—les dice, sonriendo de nuevo—, no os preocupéis: no me sucede nada...
Y el buen caballero se levanta y coge el bastón. Doña María, Lola y Carmencita permanecen sentadas, calladas, como anonadadas, como desconcertadas por una fuerza misteriosa, por un efluvio que ellas no aciertan a explicar, en tanto que don Alonso, erguido, gallardo, sale del comedor y aparece luego en la calle.
Don Juan está en su puerta con las manos cruzadas sobre el chaleco.
—Buenos días, don Juan — le dice don Alonso.
—Buenos nos los dé Dios—grita don Juan.
Don Antonio está más allá, en su portal, columbrando una nubecilla que asoma por el horizonte.
—Buenos días, don Antonio—le dice también don Alonso.
—A la noche lo diremos—contesta don Antonio, que es algo observador de los fenómenos naturales y, por lo tanto, un poco escéptico.
Don Pedro aparece inmóvil en su acera, observando una moza que pasa con su cesta.
—Buenos días, don Pedro—dice por tercera vez don Alonso.
—No sería malo, no sería malo—contesta don Pedro mirando a la mozuela y dando a entender con ésto que con ella no pasaría él mal el día.
Y ya está don Alonso—después de haber saludado también a don Rafael, a don Luis, a don Leandro, a don Crisanto y a don Mateo, de los cuales no hablaremos por no fatigar al lector—, ya está don Alonso sentado ante una mesa en que hay una escribanía de plata y varios rimeros de folios blancos. Detrás de don Alonso, bajo un dosel, destaca un Cristo. Todo ésto quiere decir —ya se habrá comprendido— que don Alonso se halla ya en funciones, o sea que ha llegado el momento en que el buen caballero va a administrar esta cosa sutilísima, invisible, casi fantástica, que se llama Justicia y que los hombres aseguran que no existe sobre la tierra. Mas por esta vez yo afirmo que esta cosa delicada y formidable va a hacer su aparición en esta sala. Don Alonso está decidido a ello, y éste es el motivo de aquella sonrisa estupenda que ni doña María, ni Lola, ni Carmencita han comprendido. ¿Añadiré que don Alonso ha dictado ya sentencia en el pleito que examinaba anoche? ¿Podré pintar la estupefacción, el asombro inaudito que se ha apoderado de todo el pequeño mundo judicial al conocer esta sentencia? ¿Cómo haré yo para que os figuréis la cara que ha puesto don Fructuoso, el abogado más listo de la ciudad manchega, y el ruido peculiar que ha hecho al contraer los labios don Joaquín, el procurador más antiguo?
Por la tarde, después de comer, en el Casino, un breve silencio se ha hecho a la llegada de don Alonso. Ya conocéis estos silencios que se producen cuando se acerca a un grupo un hombre de quien a la sazón se ocupan todas las lenguas; estos silencios, o son un homenaje involuntario, o son una reprobación discreta.
Pero, de todos modos, el silencio es prontamente roto y la charla torna a surgir entusiasta u opaca, según se trate de uno o del otro caso citado. ¿De cuál se trata ahora? En realidad, no hay motivo para abominar de don Alonso por la sentencia dictada esta mañana. Don Fructuoso y don Joaquín, que han perdido el pleito, afirman que es un disparate mayúsculo; pero en el Casino nadie llega hasta sentirse tan tremendamente indignado..
—Es una sentencia rara—dice don Luis.
—No existe precedente ninguno que la justifique—añade don Rodolfo, un viejo que estudió el año 54 Derecho civil en la Central con don Juan Manuel Montalbán y Herranz.
—Sin embargo—se atreve a decir Paco, un abogado joven que es un poco orador y que ha leído dos o tres discursos de Santa María de Paredes—, sin embargo, si atendemos a un interés social, colectivo; un interés superior que se remonte sobre las personalidades, sobre el derecho individual, para...
Pero los señores graves no le dejan seguir. —¡Hombre, Paco, hombre!—grita don Leopoldo, un poco indignado—. Usted saca de quicio la cuestión.
—¡Caramba, Paco!—dice don Pedro—. Está usted hoy verdaderamente terrible.
—¡Pero, por Dios, Paco!—observa con voz meliflua don Juan—. Usted pretende destruir los fundamentos del orden social...
Sin embargo, Paco no pretende destruir nada; Paco es una excelente persona. Y después de discutir un rato, Paco, que va a casarse dentro de un mes con la hija de don Luis, conviene con éste en que es una sentencia rara la dictada por don Alonso, y aun llega a afirmar con don Rodolfo que no es posible encontrarle precedentes.
¿Necesitaré decir después de ésto qué género de silencio se ha producido en la tertulia a la llegada de don Alonso? ¿Diré que era algo así como un silencio entre irónico y compasivo? ¿Tendré que añadir que luego, en el curso de la conversación, han abundado las alusiones discretas, veladas, a la famosa sentencia? Pero don Alonso no ha perdido su bella y noble tranquilidad. «El verdadero hombre honrado—dice La Rochejoucauld en una de sus máximas—es aquel que no se pica por nada.» El buen caballero ha dejado que hablasen todos; él sonreía afable y satisfecho; después, a media tarde, ha dado su paseo por la huerta.
Mas, entretanto que discurría por los escondidos senderos, apartado de la ciudad, la ciudad se iba llenando del asombro y de la extrañeza que la sentencia de por la mañana produjera primeramente entre los leguleyos. Y al anochecer, el buen caballero ha regresado a su hogar. Ya las criadas habían traído a la casa los ruidos y hablillas de la calle. Durante la cena, doña María, Lola y Carmencita han guardado silencio; pero al final, doña María no ha podido contenerse y ha dicho:
—Alonso, ¿qué es eso que dicen por ahí que has hecho?
Lola ha insinuado:
—Las muchachas nos han contado...
Y Carmencita, poniendo unos ojos tristes, ha suplicado:
—Papá, cuéntanos lo que ha sucedido.
Don Alonso ha contestado:
—No ha sucedido nada.
Pero doña María ha insistido:
—Alonso, algo será cuando murmura la gente.
—No nos ocultes nada, Alonso—ha tornado a decir Lola.
—Papá—ha exclamado Carmencita—, papá, no nos tengas así.
Y don Alonso ha sonreído y ha dicho:
—No ha sucedido nada. Esta mañana, cuando me habéis preguntado, yo me he hecho un poco el interesante, y vosotras os habéis llenado de preocupaciones; y no había más sino que yo, en vez de pasar la noche durmiendo, la había pasado trabajando. Ahora os veo también alarmadas, y no sucede otra cosa sino que yo he dictado hoy una sentencia apartándome de la ley, pero con arreglo a mi conciencia, a lo que yo creía justo en este caso. Yo no sé si vosotras entenderéis ésto: pero el espíritu de la Justicia es tan sutil, tan ondulante, que al cabo de cierto tiempo los moldes que los hombres han fabricado para encerrarlo, es decir, las leyes, resultan estrechos, anticuados, y entonces, mientras otros moldes no son fabricados por los legisladores, un buen juez debe fabricar para su uso particular, provisionalmente, unos moldes chiquitos y modestos en la fábrica de su conciencia...
Doña María, Lola y Carmencita han tratado de sonreír; pero algo les quedaba allá dentro.
—Ya sé—ha continuado don Alonso—, ya sé que a vosotras os preocupa lo que las gentes van diciendo. No se me oculta que la ciudad está alborotada; pero esto no es extraño. Sobre la tierra hay dos cosas grandes: la Justicia y la Belleza. La Belleza nos la ofrece espontáneamente la Naturaleza y la vemos también en el ser humano; mas la Justicia, si observamos todos los seres grandes y pequeños que pueblan la tierra, la veremos perpetuamente negada por la lucha formidable que todas las criaturas, aves, peces y mamíferos mantienen entre sí. Por esto, la Justicia, la Justicia pura, limpia de egoísmo, es una cosa tan rara, tan espléndida, tan divina, que cuando un átomo de ella desciende sobre el mundo, los hombres se llenan de asombro y se alborotan. Este es el motivo por lo que yo encuentro natural que si hoy ha bajado acaso sobre esta ciudad manchega una partícula de esa Justicia, anden sus habitantes escandalizados y trastornados.
Y don Alonso ha sonreído, por última vez con esa sonrisa extraordinaria, inmensa, que sólo le es dable contemplar a la humanidad cada dos o tres siglos...
domingo, 4 de mayo de 2014
El lobisón (Velmiro A. Gauna)
-No, no era un hombre bueno el Capitán Giménez. Una vez mató a un hombre porque le hizo trampas en el juego y otra, tuvo a su asistente estaqueado toda una larga siesta porque le quemó la comida. ¡No! - afirmó con Cleto -bueno, lo que se dice bueno, no era, aunque esa vez del lobisón...
Se interrumpió para beber su vaso de caña, hizo chasquear golosamente la lengua y luego pasó el dorso de la mano para secar los ralos bigotes y continuó:
- ¿Usted cree en el lobisón? Bueno, yo tampoco creía porque como usted me he criado en la ciudad y aunque ahora sea un viejo borracho hubo un tiempo en que...
Golpeó el grueso vaso contra el zinc del mostrador y con su ronca voz pidió:
- ¡Don Pedro, otra caña!
Y ante la mirada desconfiada del dueño, advirtió:
- Sirva nomás que el señor paga.
Hice un gesto afirmativo con la cabeza y el viejo, después de volver a humedecer sus labios, prosiguió:
- Hay muchas cosas que parecen absurdas en los grandes centros, a la sombra de las universidades, como la cura del empacho, la luz mala, el lobisón, etc., pero que no son tales en estos lugares.
El bolichero, que había quedado escuchando, añadió:
- Pa'l empacho no hay como Ña Belén. El doctor Levinsky, de Ramada Paso, le manda sus enfermos.
- ¡Claro!... ¡Después que le salvó la vida a su criatura! - interrumpió don Cleto -. Antes le hacía la guerra, pero cuando vio que la hijita se le iba y que toda su ciencia no le servía para nada, agachó la cabeza y la mandó a la vieja para que le tirase el cuerito de la espalda...
- ¿Y sanó? - pregunté.
- ¡Pero cómo no había de sanar! Si para eso no hay como las curanderas. Los médicos lo habrán estudiado en los libros pero ellas lo han estudiado en sus hijos. Y antes que hubiera ciencia ya había madres que, por no ver sufrir a sus críos, ensayaban de todo... Casualidad o lo que sea, pero para curar el empacho no hay como las viejas...
Terminó de saborear su caña, y clavándome sus ojillos inquietos agregó:
- En cuanto a lo del lobisón, dígame, ¿por qué si es una cosa falsa la gente sigue creyendo en ella? Y no es de hoy, ni de aquí... Ya en la Biblia se habla de esos seres que se convierten en animales, y no hay parte del mundo sin esa creencia: Asia, Europa, América, Africa. Y siempre es el séptimo hijo varón, si no hubo mujer entre ellos...
- ¿Pero qué tiene que ver todo esto con el Capitán Giménez? - interpuse para evitar que se desviara del tema.
- ¡Ah! Es cierto - dijo. - Voy a tomar otra cañita para recordar y se lo contaré. - Don Pedro llenó el vaso y tras ingurgitarla, don Cleto empezó así:
- Fue para el año 32, creo. Eran tiempos malos, tiempos de crisis. Había poco que comer y los hombres se iban a buscar trabajo en "La Forestal", en el norte de Santa Fe, en los yerbales de Posadas o bajaban a Corrientes para engancharse en la policía o en el cuerpo de bomberos.
Hizo una pausa y cerró los ojos como para mejor evocar y continó:
- Aquí, en Capibara Cué, sólo quedaban las mujeres, los niños, los viejos y unos cuantos que tenían trabajo fijo o no les importaba pasar hambre de tiempo en tiempo. Pues bien, una noche en que estábamos unos pocos en el boliche, cayó Aniceto corriendo, blanco como el papel y diciendo:
- ¡Ahí! Cerca'l cementerio...
- ¿Qué? - le dijeron burlonamente. - ¿Se te apareció el tata'e tu novia?
- ¡No, no!... ¡El lobisón!
Primero lo tomaron a broma pero luego creyeron en su sinceridad y un grupo, encabezado por el capitán Giménez, salió a buscar al fantástico animal, pero no hallaron ni el rastro.
Dos o tres días después fue un tropero el que llegó con la noticia y cuando a la otra mañana continó la marcha, echó de menos a un ternero.
Y así, periódicamente, fueron muchos los que lo vieron. Era una especie de perro grande o algo parecido, con los ojos brillantes, como si ardieran...
Debía andar con hambre porque siempre faltaba algo en los ranchos por donde aparecía: unas gallinas, una tira de chicharrón, un trozo de charqui, una bolsa de batatas, etc. Esto último era lo que más extrañaba a la gente porque los lobisones, según se cuenta, sólo se alimentan de arroz y de cadáveres...
Don Cleto calló, pasó la lengua por los labios resecos y miró soñador a la botella. Comprendiendo la insinuación, ordené:
- Sirva otra vuelta, don Pedro.
El viejo borrachín bebió un sorbo y siguió:
- Pero por más dudas que tuviera la gente, nadie se atrevía a salir de noche. Apenas llegada la hora de oración, todos cerraban puertas y ventanas y ya no salían hasta el otro día. Por último al boliche sólo caíamos "El Capitán", su asistente y yo.
Las historias eran cada vez más espantables ya que para unos la apariencia tenía las dimensiones de un perro, mentras que para otros alcanzaba la de un caballo. Hubo quien afirmó que lo divisó arrastrando el cadáver de una joven, y quien juró que lo vio comerse a una criatura.
Fue entonces cuando el capitán paraguayo me propuso:
- ¿Se anima, don Cleto, a enlazar al lobisón?
A mí, francamente, no me seducía la idea, pero no quise demostrar cobardía y accedí.
Era un viernes, a la noche, propicia como ninguna para esa clase de aventuras.
Después de entonarnos con unas copas, salimos; el capitán armado con su pistola, el asistente con un machete y yo con un grueso garrote.
Ibamos por las desiertas calles del pueblo que una espléndida luna iluminaba como si fuera de día. No se veía un alma por ningún lado y solamente, a veces, salían grupos de perros a ladrarnos. No encontramos nada por ninguna parte y eso que hasta dimos vuelta al cementerio, por las dudas.
El capitán quiso entrar pero el asistente no quiso saber nada con los muertos y yo lo secundé. Desencantados volvimos, cuando, cerca del rancho del capitán, vimos un bulto negro alzarse en el camino.
- ¡El lobisón! - dijo el asistente y se persignó.
Yo no dije nada, pero me quedé duro mientras sentía que me corría un sudor frío por todo el cuerpo. El capitán, solamente, siguió avanzando y cuando estuvo a pocos pasos, sacó la pistola y apuntó.
Pero antes de apretar el gatillo, se oyó un grito de pavor.
- ¡No! ¡Capitán! ¡No, mi capitancito!
Y una viejecita salió detrás de un árbol donde estaba escondida y se arrojó a los pies del ex militar, mientras el lobisón se incorporaba y arrojando al suelo el cuero que lo cubría, venía a nuestro encuentro.
Gracias a la luna lo reconocimos: era "Moncho", el nieto de doña Juana que vivía a pocas cuadras más adelante.
El capitán guardó el arma y alzó a la vieja que seguía sollozando.
- Venga, - le dijo - vamos a mi casa.
Luego ordenó al asistente:
- ¡Traé el cuero!
Avanzamos unos metros, cuando el muchachito se volvió corriendo y fue hasta el árbol donde se había ocultado la abuela para traer una bolsa sospechosamente henchida.
Después que se nos unió fuimos hasta el rancho y una vez acomodados, la viejecilla nos hizo escuchar su historia. Pero eso, bien merece un trago, ¿no es verdad?
Bebió el sobrante de su vaso y esperó hasta que le hubieran llenado de nuevo para reanudar su relato.
Doña Juana tenía un hijo que había trabajado allí cerca, en la estancia de unos ingleses, pero, a causa de una discusión con el capataz, perdió el puesto. En Capibara Cué no pudo encontrar trabajo, así que se fue para Misiones hacía varios meses. Desde entonces no supo nada de él. Poco a poco la vieja fue empeñando o mal vendiendo sus muebles para comprar con que mantenerse ella y el nieto, hijo del que se fuera y de una mujer que lo abandonó al año de nacer y andaría quién sabe adónde.
Pasaron hambre y mil privaciones hasta que se les había ocurrido lo del lobisón. Con un cuero de oso hormiguero, un pedazo de vela encendida dentro de una lata agujereada puesta dentro de la cabeza para que la luz saliera por los ojos, y el nieto andando en cuatro patas, habían creado el fantástico animal. Mediante ese expediente pudieron conseguir lo necesario para ir viviendo.
- Hasta que esta noche Ud. casi me lo mata al "Cunumí", capitán Giménez -concluyó la abuela, secándose las lágrimas que corrían por su arrugado rostro.
El capitán se rascó la cabeza pensativo y luego nos dijo con voz que no admitía réplica:
- Nadie ha visto ni sabe nada del lobisón. ¿Estamos? Desde mañana, Moncho, irá a ayudar a don Pedro en el boliche ya que hoy mismo me decía que le faltaba un muchacho para los mandados.
- Gracias, mi capitán, gracias - le interrumpió la anciana y tomándole una de las manos se la besó.
El gesto pareció emocionar al ex militar que con tono que quiso ser enérgico, ordenó al asistente:
- Pasá la alcancía.
El subordinado se la alcanzó y abriéndola entregó a doña Juana los pesos que allí había, a pesar de las protestas de la mujer que no quería recibirlos.
Después los acompañó hasta la puerta y les dijo:
- Y ahora, váyanse tranquilos a dormir.
Partió doña Juana y tras ella el nieto con la bolsa a cuestas, pero al pasar junto al capitán, éste lo detuvo, miró el contenido y sacando de adentro una gallina, se la entregó a su asistente diciendo:
- Tomá, para el puchero de mañana.
Don Cleto paladeó su último trago y al dejar el vaso, dijo sentenciosamente:
-No, si bueno lo que se dice enteramente bueno, no era el capitán Giménez. Ya ve, ¡sacarle una gallina a la vieja!...
-¡Pero -salté- si antes le había dado todos sus ahorros! ¿Qué le hacía una gallina más o menos?
-¿Sus ahorros? Los del asistente querrá decir, que el pobre estaba juntando para comprarse un caballo... No, si es como yo le dije, señor, bueno, enteramente bueno no era el capitán Giménez.
Velmiro A. Gauna
viernes, 2 de mayo de 2014
El buen Juez I
Azorín, ¿quiere usted
decir algo de las «Sentencias
del presidente Magnaud?—Marquina.
Diré con mucho gusto algo; pero no sé s¡ voy a escribir una página subversiva. Ello es que la casa editorial Carbonell y Esteva, de Barcelona, cuya dirección literaria tiene el poeta Marquina, ha publicado la traducción española de los fallos y veredictos del juez Magnaud. Un ejemplar de este volumen, desde la librería barcelonesa, ha pasado a la capital de una provincia manchega; aquí ha estado seis, ocho, diez días puesto en el escaparate de una tienda, entre una escribanía de termómetro y una Agenda con las tapas rojas. El polvo había puesto ya una sutil capa sobre la cubierta de este pequeño volumen; el sol ardiente de la estepa comenzaba ya a hacer palidecer los caracteres de su título. ¿No había nadie en la ciudad que comprase este diminuto libro? ¿Tendría que volver este diminuto libro a Barcelona, después de haber visto desde el escaparate polvoriento, entre la Agenda y la escribanía, el desfile lento, silencioso, de las devotas, de los clérigos, de las lindas mozas, de los viejos que tosen y hacen sonar sus bastones sobre la acera? No, no; un alto, un extraordinario destino le está reservado a este volumen. Ante el escaparate acaba de pararse un señor grueso, bajo, con ojuelos chiquitos y una recia cadena de plata que luce en la negrura del chaleco. Este señor mira los cachivaches expuestos en la vitrina y lee los títulos de los libros; estos títulos él los ha leído cien veces; pero el título de este diminuto libro es la primera vez que entra en su espíritu.
—¡Caramba!—piensa el señor desconocido—. ¡Caramba!, las «Sentencias del presidente Magnaud», ese juez tan raro de que hablaba el otro día el periódico!
Después que ha pensado tal cosa el señor grueso, sonríe con una sonrisa especial, única, y luego traspone los umbrales de la librería. Tenga en cuenta el lector que en la vida no hay nada que no revista una trascendencia incalculable, y que estos pasos que acaba de dar el señor grueso para penetrar en la tienda, son pasos históricos, pasos de una importancia extraordinaria, terrible. Porque este señor va a comprar el libro, y porque este libro ha de ir a parar al despacho de don Alonso, y porque don Alonso, leyendo las páginas de este libro, ha de sentir abrirse ante él un mundo desconocido. Pero no anticipemos los acontecimientos. Cuando el señor grueso e irónico ha salido de la librería, aún llevaba en su cabeza el mismo pensamiento que llevaba al entrar. «Se lo regalaré a don Alonso»—pensaba él metiéndose en el bolsillo el libro. Después, llegado a la fonda, ha puesto el volumen en la maleta—admirad los destinos de los libros—, entre un queso de bola y un señuelo para las codornices. Y luego, a la tarde, él y la maleta se han marchado en la diligencia hacia un pueblo de la provincia.
En todos los pueblos, bien sean de esta provincia manchega, o bien de otra cualquiera, por las noches (y también por las mañanas y por las tardes) hay que ir al Casino. El señor grueso ha cumplido la misma noche de su llegada con este requisito; en el Casino le esperaban los señores que forman la tertulia cotidiana; él los ha saludado a todos, todos han charlado de varias y amenas cosas, y, al fin, el señor grueso ha sacado su libro y le ha dicho a don Alonso:
—Don Alonso, he comprado esto esta mañana en Ciudad Real para regalárselo a usted.
Don Alonso ha dicho:
—¡Hombre, muchas gracias! Y ha tomado en sus manos el diminuto volumen. Otra vez vuelvo a recordar al lector que considere con detención el gesto de don Alonso al coger el libro, puesto que es de suma trascendencia para la historia contemporánea de nuestra patria. El gesto de don Alonso ha sido de una vaga curiosidad; acaso en el fondo no sentía curiosidad ninguna, y este tenue gesto era sólo una deferencia por el presente que se le hacía. Después, don Alonso ha leído el título: «Novísimas sentencias del presidente Magnaud», y este título tampoco le ha dicho nada a don Alonso. Pero el señor grueso que ha traído el libro ha dicho:
—Este Magnaud es un juez muy raro que ha hecho en Francia algunas cosas extrañas...
—Sí, sí—ha replicado don Alonso, que no conocía a Magnaud—; sí, sí, he oído hablar mucho de este juez.
Y después que han hablado otro poco, se han separado. Don Alonso, cuando ha llegado a su casa, ha puesto el libro en la mesa de su despacho. Un vidente del alma de las cosas hubiera podido observar que ante este libro y los demás que había sobre la mesa, se ha establecido súbitamente una corriente sorda y formidable de hostilidad. Los demás libros eran—tendré que decirlo—el Código civil, el Código penal, los Procedimientos judiciales, la ley Hipotecaria, comentarios a los Códigos, volúmenes de revistas jurídicas, colecciones de sentencias del Tribunal Supremo, Pero si una antipatía mutua ha nacido entre estos libros terribles, inexorables, y este diminuto libro, en cambio, en el estante de enfrente hay otros volúmenes que le han enviado un saludo cariñoso, efusivo, al pequeño volumen. Son todos historias locas, fantásticas, poesías sentimentales, novelas, ensueños de arbitristas, planes y proyectos de gentes que ansian renovar la haz del planeta. Y entre todos estos volúmenes aparece uno que es el que más contento y satisfacción ha experimentado con la llegada del nuevo compañero; se titula: «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha», y diríase que durante el breve momento que el diminuto volumen ha estado sobre la mesa, un coloquio entusiasta, cordialísimo, se ha entablado entre él y el libro de Cervantes, y que el espíritu de Sancho Panza, nuestro juzgador insigne, daba sus parabienes al espíritu de su ilustre sucedáneo el juez Magnaud.
Pero no divaguemos. Don Alonso, que había salido del despacho con un periódico en una mano y una bujía en la otra, ha tornado a entrar. Y ya en él, se ha parado ante la mesa y ha cogido de ella un gran cuaderno de pliegos timbrados—que es un pleito que ha de fallar al día siguiente—y el pequeño volumen. Luego ha subido unas escaleras, ha gritado al pasar por delante de una alcoba: «¡María, mañana a las ocho!», y se ha metido en su cuarto. Y don Alonso ha comenzado a desnudarse. Nuestro amigo es alto, cenceño, enjuto de carnes; su edad frisa en los cincuenta años...
Ya está acostado don Alonso; entonces coge un momento los anchos folios del pleito y los va hojeando; pero debe de ser un pleito fácil de decidir, porque el buen caballero deja al punto de nuevo sobre la mesilla los papelotes. El diminuto volumen está aguardando; don Alonso alarga la mano, lo atrapa y comienza su lectura. De las varias emociones que se han ido reflejando en el rostro avellanado del caballero, mientras iba leyendo el libro, no hablará el cronista, por miedo de dar excesivas proporciones a este relato. Pero sí ha de quedar consignado, para que llegue a conocimiento de los siglos venideros, que ya quebraba el alba cuando don Alonso ha terminado la lectura de este libro maravilloso, y que, luego de cerrado y colocado con tiento en la adjunta mesilla, el buen caballero—caso extraordinario— ha vuelto a coger el pleito repasado antes ligeramente y con descuido, y lo ha estado estudiando de nuevo, con suma detención, hasta que una voz se ha oído en la puerta, que gritaba: «¡Alonso; son las ocho!»
Y aquí, lector amigo, pondremos punto a la primera parte de esta nunca oída y pasmosa historia.
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