lunes, 19 de diciembre de 2016

Zenón

"la sangre tiene razones que hacen engordar las venas."
Atahualpa Yupanqui

Zenón depositó en el suelo las canastas que rebosaban de hierbas aromáticas. Dijo sólo "buenas" a manera de saludo. "Buenas", respondió doña Sacramento. Sabía que sus hijos eran de pocas palabras y que hacía falta tiempo para que todo lo que llevaban vivo adentro, rezumara como la leche espesa de los higos.
El mate amargo pasó varias veces de mano entre comentarios de los estropicios que causaba la sequía, que iba para largo según maliciaban los entendidos.
Zenón se distrajo un momento siguiendo el vuelo errante de un pájaro que revoloteaba extrañado, de un lado a otro. Sostenía el mate con las dos manos resguardándole la tibieza o deseando contagiarse de ella.
Por fin atinó a decir con una inquietud que le oscurecía el rostro:
-Me sacaron una foto cuando juntaba yuyos en las sierras. Unos pueblerinos que nomás vinieron y se fueron por el camino ancho.
Doña Sacramento atizó el fuego y como si hablara para ella, dijo que los árboles no son las ramas que crecen hacia el cielo, desordenadas y desparejas. Los árboles son la savia que les recorre las honduras y que se esconde de nuestros ojos. Que los pájaros no son las alas que les permiten volar. Los pájaros son el vuelo mismo y el destino que este lleva prendido como un invisible mensaje. Que los hombres no son la cara, ni sus brazos, ni sus piernas. Los hombres son lo que hacen, lo que dicen, lo que piensan...
Zenón cayó entonces en la cuenta de que los desconocidos se habían llevado, sí, la visión fugaz de sus espaldas dobladas sobre el monte, de sus ojos entrecerrados, de sus manos grandes en fiera disputa con los espinillos; pero que él permanecía allí, con su savia engordándole las venas, con su destino de cristiano pobre asido a esa tierra reseca, con su oficio de yuyero.
-Sólo quería morirme entero... -dijo justificando el tamaño de su angustia.
-De eso puedesz estar seguro -afirmó ella y le estiró el mate, una vez más.

Estela Smania

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Anécdota: Un examen

"Me llamaron por mi apellido y me lo comunicaron: perdí el examen con dos puntos. Firmé, miré a los profesores con bronca, asco y ganas de patearles sus lindas caras. Después me di media vuelta y me fui sin decir una palabra. Al cerrar la puerta, lo hice con tanta fuerza que el portazo generó que los estudiantes y docentes que andaban en la vuelta miraran el lugar en que se generó el estruendo. Seguramente el ruido se habría escuchado desde el piso de abajo. “¿Y, cómo te fue?” preguntó una compañera que me también lo había dado. “¿Que cómo me fue? ¡Para el orto —respondí con un grito violento—"¡Para el orto!”. Entonces, cargado de bronca, volví hasta donde estaban los tres profesores. Me miraron con desconcierto. “¿Nada más?” les dije.

—¿Nada más qué?
—preguntó una de las profesoras
—¿Nada más me iban a preguntar? ¿Y todo lo otro que me estudié? ¿No me lo van a preguntar?
—El examen..
—¿Me lo hicieron estudiar al pedo?
—Mirá, el...
—¡Al pedo, me hicieron estudiar al pedo!
Di media vuelta, se escuchó otro portazo, e ignorando todos los ojos que curioseaban la escena, bajé la escalera y empecé a caminar cada vez más rápido. No disimulé mi cara de culo, pero sí hice lo posible para aguantar las lágrimas. Una docente del liceo se me cruzó en el camino.
—Sebastián —me dijo. La quedé mirando. No podía responder. No por la bronca, o porque no supiera qué decirle. El nudo en la garganta me enmudeció—. ¿Qué pasa —continuó compasiva— , Sebastián? —Me largué a llorar y ella me abrazó con fuerza.
La llené de lágrimas. “Es un examen, un examen” me decía y me abraza más fuerte. “Un examen” resonó en mí. “Un examen”. Pero a mí no me llenaba de bronca y angustia el examen perdido, ni todo el verano estudiando. A mí me llenaba de angustia y de bronca el hambre y el futuro incierto. “Un examen” repitió y me estrechó más. Sentí cuánto necesitaba ese abrazo, y pensé solamente en que no podía repetir otro año más, que no podía darme el lujo de retrasarme, porque en este juego que no da tregua, llamado pobreza, cualquier error te puede enterrar en el destino de los marginados. Que cualquier error te puede condenar a ser una mano de obra barata, incapaz de escapar de la periferia más turbia.
—Lo vas a preparar mejor —me dijo al rato— y lo vas a salvar. Lo vas a salvar. —Para ese entonces, ya había dejado de llorar y estábamos con esta profesora sentados en el patio del liceo. —Sí... Lo voy a preparar mejor...
Me llamaron por mi apellido y me lo comunicaron: salvé el examen con nueve puntos. Firmé y no pude mirar a los profesores a los ojos. Antes de darme media vuelta, les pedí disculpas por los que había pasado en el examen anterior. Al cerrar la puerta, sentí cómo el terror del futuro incierto de mi pobreza empezó a diluirse, y me prometí desde entonces estudiar y que esa sea mi única preocupación, sabiendo que es lo único que tengo para desenterrarme de la mediocridad en la que vivo.
Ahora ya pasaron unos años de esa anécdota, y la recuerdo un poco avergonzado, aunque no evite sonreírme de mi vieja histeria. No soy ya aquel adolescente violento y miedoso. No le tengo ya miedo al futuro incierto, porque ahora sé que hay cosas peores que un estómago con hambre. Como un corazón sin amor, o una casa sin una biblioteca. Pero sobre todo no le tengo miedo al futuro incierto, porque ahora sé que ese futuro incierto no es tan incierto, y que gracias al sacrificio del estudio y al apoyo de mi familia, desde hace ya mucho tiempo que salí de la mediocridad. No soy aquel, pero necesité serlo para ser quien soy, y sobre todo, necesité de aquellos docentes que me enseñaron a aspirar, soñar y a creer en mí mismo.
—¿No querés terminar el liceo? —le pregunté hace poco a un vecino de mi edad, con quien hace unos años me juntaba todas las madrugadas en una esquina a hacer fogatas y hablar. —Estoy yendo de noche... —¿Cómo te está yendo? —No voy a llegar a cuarto ni loco, ñery. Sabés qué, tenés que tener tremendo bocho para llegar a cuarto. A mí no me da la cabeza como pa' terminar un libro, ñery. —No te creas... Es estudiar un poquito todos los días. Dale, metele.
Pero no hubo forma de convencerlo. Traté, pero no pude. Al final me di cuenta que desde hacía años, él seguía haciendo lo mismo: juntándose casi todas las noches en una esquina a drogarse, y de vez en cuando, a delinquir, porque adictos y delincuentes no faltan en mi cuadra. Entonces pensé en todos los docentes que tuve que me llenaron de esperanzas cuando en mí solo había hambre e incertidumbre.
—Vos Seba decís eso porque siempre tuviste tremendo bocho y hablás corte con palabras raras —“Ojalá (pensé mirándolo) que esté el suficiente tiempo en el liceo para que pueda creer en sí mismo y aspirar a algo más. Que sepa que él también tiene “tremendo bocho” y que puede hablar corte “con palabras raras”. Que se cruce a los docentes necesarios para vaciar su hambre y violencia, y llenarse de sueños y esperanzas. Porque en estos lugares así, donde nadie aspira a nada, los únicos que nos salvan son ellos, los docentes".

Sebastián Lanzani
 tiene 18 años y es estudiante del IAVA en Uruguay.

sábado, 1 de octubre de 2016

Karaí Octubre

Este hombre que ahora trenza su látigo de ysypo resguardado en las anchas alas de su raído sombrero de paja vive solo en el monte. Nadie lo ve sino una sola vez al año. Aparece para comprobar que se cumpla la tradición de siempre el primer día de octubre. Viene preparado, con su rebenque listo para castigar a quienes se atrevan a desafiar la costumbre. 
Le interesa sobremanera la cocina de cada casa. Pasa hasta donde las ollas están hirviendo sin importarle nada más. Lo ha hecho durante siglos. ¿Quién podría cuestionar su actitud?.
Malhumorado y hombre de pocas pulgas elKarai se pasea por los poblados haciendo sonar su látigo para anunciar su llegada. Las mayoría de las mujeres le ceden el paso y le dejan espiar en las ollas. Pero aquellas que no han seguido la tradición, pretenden ahuyentarlo, temerosas. Esas no se salvan del castigo. 
Karaí Octubre le llaman. Medio petisón es el hombre y su ancho sombrero lo achata aún más. Lleva puestas unas ropas roñosas y, como ya dijimos, hace sonar su rebenque antes de entrar a espiar en las cocinas y en las ollas. 
Karaí Octubre es la pobreza, la miseria, las penurias. Se le ahuyenta solamente con una olla repleta de comida. Si no encuentra suficiente, se queda con esa familia para todo el año y, además de los rebencazos, la miseria les acompañará por todo el año, con sus nefastas consecuencias. 
De ahí que en todas las casas, cada primero de octubre, no falte el puchero bien servido. De esa forma la conciencia de toda la familia quedará tranquila por el resto del año. En cambio aquellos que se resistan y mezquinen la comida de ese día tendrán que convivir con el hambre por el resto del año. Esta tradición enseña al campesino a prever el alimento para los suyos durante los meses de “vacas flacas”, época que se inicia en octubre y que abarca los últimos meses del año. 
El premio es para los previsores. 
El castigo, para los haraganes.

Lo que quiero ahora

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

Ángeles Caso

sábado, 2 de abril de 2016

Soldado de Malvinas

Soldado argentino, ¡gauchito valiente!
la patria te llamo, resuena el clarin,
izás la bandera con todo tu orgullo
y empuñas el arma dispuesto a morir.

Un lema te guia, "Dios, Patria y hogar"
la sangre te hierve, vas a reclamar
lo que nos robaron mucho tiempo atrás.
"las Islas Malvinas", ¡querido pedazo
de tierra argentina!

Soldado argentino, que Dios te proteja
que América toda rezará por ti,
que todas las madres bendicen la tuya
que ha dado un valiente que quiere partir.

Llegar al pedazo de tierra querida,
"Malvina Argentina", como siempre fue,
izar su bandera, colores del cielo,
custodiar sus costas igual que un mastin.

Soldado argentino, no teme a nada,
soportas heroico, el fango, la helada,
la furia del viento que azota la zona.
Malvinas queridas, con estos valientes,
por toda la vida serás argentina.

Y llega rugiendo el intruso enemigo,
piratas modernos con garras atómicas,
poderosa flota, cargada con armas,
mentira y ponzoña.

Comienza la furia de cruentas batallas
misiles, metrallas, sin cesar estallan,
defiendes heroico, valiente soldado,
las Islas Malvinas por siempre argentinas.

Y heriste de muerte al vil mercenario,
no pediste ayuda, te basto tus manos,
pensando en tu tierra. Malvinas queridas,
enfrentaste al lobo, que igual que hizo antaño
hoy quiso robarnos.

Soldado argentino, el mundo hoy te admira,
con tu valentía supiste ganar
un puesto en la historia de nuestra Argentina, e
n la que tu nombre por siempre estará.

Y para el heroico que ofrendó su vida,
con llanto en los ojos rogamos a Dios,
porque lo reviva en Su Santa Gloria,
murió como un héroe, ¡con todo el honor!

Soldado argentino, ¡gauchito valiente!,
la patria te llama, resuena el clarín,
izas la bandera con todo tu orgullo
y empuñas el arma, dispuesto a morir.