martes, 20 de diciembre de 2016

Amistad

Cuando un amigo que hace mucho que no ves te llama de golpe sólo ‘para ver cómo andás’, es posta que a los tres días te vuelve a llamar porque justo y ‘de casualidad’ necesita pedirte algo. Prefiero la frialdad sincera al amiguismo de cotillón.

Decálogo del Niño Rural (A mi maestra)

  1. No te enojes por mis tardanzas, he recorrido muchos kilómetros para llegar a la escuela. 
  2. En las frías mañanas de invierno déjame calentar mis manos y pies: siento frío y tengo hambre. 
  3. No te enojes por mis zapatillas o alpargatas sucias, ellas están mojadas por el rocío del sendero. 
  4. Enséñame a recortar mis uñas, me cuesta usar la tijera. 
  5. No te enojes por no saber usar el lápiz, él es muy liviano y yo estoy acostumbrado a manejar objetos pesados. 
  6. Enséñame a cantar el Himno Nacional, a usar mi Escarapela y a izar y arriar mi Bandera. Por más que sé poquito soy argentino. 
  7. No te enojes por faltar a clase una semana, tuve que trabajar pues mi papá estuvo enfermo. 
  8. Háblame de mis plantas y animales, después cuéntame las cosas que tu conoces. 
  9. No te enojes porque no tenga cuaderno, el patrón no pagó y no pude vender mis cabritos. 
  10. Ven a mi casa a visitarnos, mi perro no te hará daño; él sabe que me quieres. Déjame jugar, silbar, reír y correr en la escuela. Me espera mucho trabajo. 
José Domingo Juárez, Tucumán (Argentina), 1995
Santos Guerra Miguel Ángel
Arqueología de los sentimientos en la escuela, p. 95-96

lunes, 19 de diciembre de 2016

Resolución de un problema

Un padre viaja a gran velocidad en una moto con su hijo de diez años en una noche de niebla por una carretera resbaladiza. Ha helado y el suelo parece un cristal. La moto derrapa. Como consecuencia del accidente el padre muere. El hijo queda gravemente herido. Una ambulancia le lleva al hospital más próximo. Los médicos que le exploran deciden operarle inmediatamente.
Cuando el cirujano jefe, que está de guardia, entra en el quirófano y ve al chico, deja caer los brazos con desesperación y desaliento mientras murmura:
-¡Es mi hijo!

Cuestión: ¿Cómo explicas la situación?

Santos Guerra Miguel Ángel
Arqueología de los sentimientos en la escuela, p.91-92

Zenón

"la sangre tiene razones que hacen engordar las venas."
Atahualpa Yupanqui

Zenón depositó en el suelo las canastas que rebosaban de hierbas aromáticas. Dijo sólo "buenas" a manera de saludo. "Buenas", respondió doña Sacramento. Sabía que sus hijos eran de pocas palabras y que hacía falta tiempo para que todo lo que llevaban vivo adentro, rezumara como la leche espesa de los higos.
El mate amargo pasó varias veces de mano entre comentarios de los estropicios que causaba la sequía, que iba para largo según maliciaban los entendidos.
Zenón se distrajo un momento siguiendo el vuelo errante de un pájaro que revoloteaba extrañado, de un lado a otro. Sostenía el mate con las dos manos resguardándole la tibieza o deseando contagiarse de ella.
Por fin atinó a decir con una inquietud que le oscurecía el rostro:
-Me sacaron una foto cuando juntaba yuyos en las sierras. Unos pueblerinos que nomás vinieron y se fueron por el camino ancho.
Doña Sacramento atizó el fuego y como si hablara para ella, dijo que los árboles no son las ramas que crecen hacia el cielo, desordenadas y desparejas. Los árboles son la savia que les recorre las honduras y que se esconde de nuestros ojos. Que los pájaros no son las alas que les permiten volar. Los pájaros son el vuelo mismo y el destino que este lleva prendido como un invisible mensaje. Que los hombres no son la cara, ni sus brazos, ni sus piernas. Los hombres son lo que hacen, lo que dicen, lo que piensan...
Zenón cayó entonces en la cuenta de que los desconocidos se habían llevado, sí, la visión fugaz de sus espaldas dobladas sobre el monte, de sus ojos entrecerrados, de sus manos grandes en fiera disputa con los espinillos; pero que él permanecía allí, con su savia engordándole las venas, con su destino de cristiano pobre asido a esa tierra reseca, con su oficio de yuyero.
-Sólo quería morirme entero... -dijo justificando el tamaño de su angustia.
-De eso puedesz estar seguro -afirmó ella y le estiró el mate, una vez más.

Estela Smania

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Anécdota: Un examen

"Me llamaron por mi apellido y me lo comunicaron: perdí el examen con dos puntos. Firmé, miré a los profesores con bronca, asco y ganas de patearles sus lindas caras. Después me di media vuelta y me fui sin decir una palabra. Al cerrar la puerta, lo hice con tanta fuerza que el portazo generó que los estudiantes y docentes que andaban en la vuelta miraran el lugar en que se generó el estruendo. Seguramente el ruido se habría escuchado desde el piso de abajo. “¿Y, cómo te fue?” preguntó una compañera que me también lo había dado. “¿Que cómo me fue? ¡Para el orto —respondí con un grito violento—"¡Para el orto!”. Entonces, cargado de bronca, volví hasta donde estaban los tres profesores. Me miraron con desconcierto. “¿Nada más?” les dije.

—¿Nada más qué?
—preguntó una de las profesoras
—¿Nada más me iban a preguntar? ¿Y todo lo otro que me estudié? ¿No me lo van a preguntar?
—El examen..
—¿Me lo hicieron estudiar al pedo?
—Mirá, el...
—¡Al pedo, me hicieron estudiar al pedo!
Di media vuelta, se escuchó otro portazo, e ignorando todos los ojos que curioseaban la escena, bajé la escalera y empecé a caminar cada vez más rápido. No disimulé mi cara de culo, pero sí hice lo posible para aguantar las lágrimas. Una docente del liceo se me cruzó en el camino.
—Sebastián —me dijo. La quedé mirando. No podía responder. No por la bronca, o porque no supiera qué decirle. El nudo en la garganta me enmudeció—. ¿Qué pasa —continuó compasiva— , Sebastián? —Me largué a llorar y ella me abrazó con fuerza.
La llené de lágrimas. “Es un examen, un examen” me decía y me abraza más fuerte. “Un examen” resonó en mí. “Un examen”. Pero a mí no me llenaba de bronca y angustia el examen perdido, ni todo el verano estudiando. A mí me llenaba de angustia y de bronca el hambre y el futuro incierto. “Un examen” repitió y me estrechó más. Sentí cuánto necesitaba ese abrazo, y pensé solamente en que no podía repetir otro año más, que no podía darme el lujo de retrasarme, porque en este juego que no da tregua, llamado pobreza, cualquier error te puede enterrar en el destino de los marginados. Que cualquier error te puede condenar a ser una mano de obra barata, incapaz de escapar de la periferia más turbia.
—Lo vas a preparar mejor —me dijo al rato— y lo vas a salvar. Lo vas a salvar. —Para ese entonces, ya había dejado de llorar y estábamos con esta profesora sentados en el patio del liceo. —Sí... Lo voy a preparar mejor...
Me llamaron por mi apellido y me lo comunicaron: salvé el examen con nueve puntos. Firmé y no pude mirar a los profesores a los ojos. Antes de darme media vuelta, les pedí disculpas por los que había pasado en el examen anterior. Al cerrar la puerta, sentí cómo el terror del futuro incierto de mi pobreza empezó a diluirse, y me prometí desde entonces estudiar y que esa sea mi única preocupación, sabiendo que es lo único que tengo para desenterrarme de la mediocridad en la que vivo.
Ahora ya pasaron unos años de esa anécdota, y la recuerdo un poco avergonzado, aunque no evite sonreírme de mi vieja histeria. No soy ya aquel adolescente violento y miedoso. No le tengo ya miedo al futuro incierto, porque ahora sé que hay cosas peores que un estómago con hambre. Como un corazón sin amor, o una casa sin una biblioteca. Pero sobre todo no le tengo miedo al futuro incierto, porque ahora sé que ese futuro incierto no es tan incierto, y que gracias al sacrificio del estudio y al apoyo de mi familia, desde hace ya mucho tiempo que salí de la mediocridad. No soy aquel, pero necesité serlo para ser quien soy, y sobre todo, necesité de aquellos docentes que me enseñaron a aspirar, soñar y a creer en mí mismo.
—¿No querés terminar el liceo? —le pregunté hace poco a un vecino de mi edad, con quien hace unos años me juntaba todas las madrugadas en una esquina a hacer fogatas y hablar. —Estoy yendo de noche... —¿Cómo te está yendo? —No voy a llegar a cuarto ni loco, ñery. Sabés qué, tenés que tener tremendo bocho para llegar a cuarto. A mí no me da la cabeza como pa' terminar un libro, ñery. —No te creas... Es estudiar un poquito todos los días. Dale, metele.
Pero no hubo forma de convencerlo. Traté, pero no pude. Al final me di cuenta que desde hacía años, él seguía haciendo lo mismo: juntándose casi todas las noches en una esquina a drogarse, y de vez en cuando, a delinquir, porque adictos y delincuentes no faltan en mi cuadra. Entonces pensé en todos los docentes que tuve que me llenaron de esperanzas cuando en mí solo había hambre e incertidumbre.
—Vos Seba decís eso porque siempre tuviste tremendo bocho y hablás corte con palabras raras —“Ojalá (pensé mirándolo) que esté el suficiente tiempo en el liceo para que pueda creer en sí mismo y aspirar a algo más. Que sepa que él también tiene “tremendo bocho” y que puede hablar corte “con palabras raras”. Que se cruce a los docentes necesarios para vaciar su hambre y violencia, y llenarse de sueños y esperanzas. Porque en estos lugares así, donde nadie aspira a nada, los únicos que nos salvan son ellos, los docentes".

Sebastián Lanzani
 tiene 18 años y es estudiante del IAVA en Uruguay.