domingo, 8 de abril de 2018

Límites

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a Quién prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando el ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.


Jorge Luis Borges

lunes, 2 de abril de 2018

Blancaniña y la reina mora

Era que se era un Rey que iba de caza, y encontró a Blancaniña, que estaba jugando con sus hermanos. Blancaniña tenía largos cabellos y el Rey se prendó de ella. Quiso llevársela con él en su caballo. El Rey le pidió a la niña que lo esperara, porque él quería traer hermosos vestidos, piedras brillantes y una carroza transparente, rodeada de caballeros, para que entrase como una reina.
Blancaniña sintió miedo al quedarse sola en el monte, pero el Rey la calmó diciéndole que volvería al día siguiente, a mediodía. Y se marchó.
La niña vio una fuente de aguas muy claras y se subió a una rama de alto árbol para esperar al Rey. Veía desde allí el camino; también se veía reflejada en el agua, como en un espejo.
Una morita vino con un gran cántaro a la fuente y vio la imagen de la niña en el agua y creyó que era ella misma. Y dijo suspirando:

-Mora, morita, de la morería...
¡Y venir por agua a la fuente fría!

Tiró el cántaro y se fue. Pasó el sol alto a mediodía, y el Rey no vino. Blancaniña se entristeció porque temía que el Rey no volviera a buscarla. Y peina que te peinarás sus cabellos de oro con peines de plata fina.
Esa tarde volvió la morita con otro cántaro más pequeño, se acercó al borde del agua, vio otra vez a la niña, y creyendo nuevamente que era ella misma, dio un suspiro más hondo y nervioso y dijo:

-Mora, morita, de la morería...
¡Y venir por agua a la fuente fría!

Estrelló con más fuerza el cántaro y se fue. Blancaniña sonrió, y siguió peinando sus cabellos pensativa.
Pasó alto otro sol de mediodía y el Rey no vino. Al atardecer volvió la morenita. Mientras llenaba su cántaro vio otra vez reflejada la niña en el agua y dijo, creyendo que era ella misma:

-Mora, morita, de la morería...
¡Y venir por agua a la fuente fría!

Tiró el cántaro con tanta furia y enfado que Blancaniña rió, con risa cantarina.
La morita buscó de dónde venía la risa y vio a la niña sentada en la rama, y como tenía tanto enfado, pensó hacerle daño, y le dijo:

-¿Qué hace ahí, la blanca? ¿Qué hace ahí, la niña?

Y Blancaniña contestó:

-Estoy esperando al Rey,
que vendrá entre las doce y la una
a llevarme con él.

La morita se puso verde de envidia y dijo:

-¡Baja de allí, niña, que te ayudo a peinarte!

Y pensó encantarla y tomar su lugar.
Bajó la niña sin temor, y la morita se puso detrás, y comenzó a peinar los cabellos de Blancaniña con el peinecito de plata. Mientras le hacía las trenzas, en un movimiento rápido, le clavó un alfiler negro, y Blancaniña se convirtió en una paloma y salió volando en el azul cielo.
Por el camino venían dos hermanos de Blancaniña y le preguntaron a la morita si no había visto pasar por allí al Rey, con la niña montada en su caballo.
La morita, al adivinar quiénes eran los muchachos, dijo rápida no saber nada de nada. Entonces, antes que se dieran cuenta de lo que allí sucedía, los convirtió en dos bueyes.
La morita se subió al árbol, y cuando el sol estuvo alto, vio venir al Rey con sus caballeros, pajes y una carroza de mucho rumbo.
La morita se bajó del árbol, se presentó al Rey, y éste, asombrado por el cambio, dijo:

-¿Dónde el color, la blanca? ¿Dónde el color, la bella?

Contesta la morita, muy desenvuelta:

-¡El sol de la espera volvíame morena!

El Rey no supo qué hacer del disgusto. Pero palabras son palabras, promesas son promesas.
Así fue que el Rey volvió a palacio con la morita y se casó con ella. Todas las mañanas, por los jardines de palacio llega una paloma diciendo:

-Jardín del Rey, jardín del amor,
¿qué hace el Rey, tu señor?

-¡Ay, mi señor, casado con reina mora!

Unos días mudo, y otros llora.
La paloma aleteando, aleteando, desaparecía. Volvió una y otra vez al jardín; entonces, el jardinero, maravillado, se lo contó al Rey.
El Rey le ordenó untar la ramita donde se posaba la paloma. Cuando volvió al día siguiente, la paloma preguntó al jardinero:

-Jardín del Rey, jardín del amor,
¿qué hace el Rey, tu señor?

-¡Ay, mi señor, casado con reina mora!

Unos días mudo, y otros llora.
Cuando quiso volar se quedó pegada al rosal. El jardinero, con cuidado, la llevó a su señor. La paloma cautivó al Rey; entonces la puso en su mano, sentándose a la mesa a comer. La reina mora se enfureció cuando vio a la paloma beber en la copa del Rey. Ordenó a los criados que la asaran a la noche. El Rey, que acariciaba el plumón de la paloma, sintió bajo sus dedos la dura cabeza del alfiler. El Rey abrió unos ojos muy grandes y, de un tirón, quitó el alfiler. Apareció en sus brazos Blancaniña que, llorando, le contó todo lo que había pasado.
La mora, con sus artes, desapareció; los hermanos dejaron de ser bueyes y llegaron a palacio, cuando todos estaban de fiesta, por las bodas de Blancaniña y del Rey, su señor.
Como me lo contaron os lo cuento.

sábado, 31 de marzo de 2018

Viejo niño padre mío

I
Te miré tan asustado
tan niño
Padre
cuando la muerte
anunció en tus ojos
su llegada irrevocable
hubiera querido decirte
gracias
despedirme de vos con un abrazo
recordarte que Dios
te había desde siempre perdonado
Dios perdona a todos
los que apuestan la vida por la vida
los que improvisan
con el coraje del corazón
la ruta de la existencia y sus azares
yo sólo hubiera querido decirte
que te amo
que amé tu altivez entre los altivos
tu humildad entre los humildes
y ese terco orgullo
forjado
en la noble arena de los desiertos

II
Hubiera querido llevarte
Padre
frente a la tumba de tu Padre
hubiera querido
que perdonaras en vida
el abandono que en vida te hizo
el que yace ahora
abandonado en Puerto Padre
hubiera querido que te fueras
sin ese peso en el costado
que en la otra orilla
fuera más ligera tu carga
que dejaras las heridas de este lado

III
Ya podés irte en paz
viejo niño padre mío
ya los nietos hablan de vos
como si no te hubieras ido
como si fueras una presencia
que sabemos perpetua en nuestras vidas
no temás
no bien traspasés el túnel de la luz
las Huríes te devolverán tu corazón de niño
jugarás de nuevo entre el sol de los muertos
y le daré a mi Padre
el abrazo que en su muerte no pude darle
a mi Padre que yace ahora
abandonado en Puerto Padre
Osvaldo Sauma

domingo, 25 de marzo de 2018

El testigo

XVI. PAUSA SIETE: 
(PARA CONTAR LO QUE VI ADENTRO DE 
BORGES CIERTA VEZ)
El testigo
Era demasiado enero. El calor, que ellos nombraban como la calor, no venía del sol: ciertamente el sol era la tierra.
Viruela Méndez y Bragueta Acuña eran dos malevos que se ganaban el pan y los vicios de cada día trabajando de guardaespaldas para un político que, por poco, fue presidente de nuestra resignada república. Un día decidieron que uno de los dos estaba sobrando en Témperley, y en el mundo.
Se encontraron, para terminar con el que sobraba, cerca de una laguna, a eso de las cuatro de la tarde.
Ya iban a empezar a conversar con el verbo de sus cuchillos, cuando Bragueta Acuña dijo:
-Pará Viruela: ¿no te parce que hace demasiada calor para matar a otro o para morirse uno?
-Tenés razón Bragueta: mucho calor para nosotros solos…
-Entonces, che Viruela, qué te parce si lo dejamos para mañana con la fresca…
-Me parece bien: mañana tempranito nos encontramos… mejor estar sin sueño y descansado para esto de la muerte…
Acuña y Méndez esa noche durmieron con sólo una pared de por medio. Méndez se levantó primero y lo despertó al otro, rozándole el codo con un mate amargo. Tomaron varios, casi sin mirarse y sin muchas palabras.
Después se fueron, con un testigo, hasta la orilla de la laguna.
Se pararon. Se semblantearon. Se amagaron un rato.
En el primer cruce franco Bragueta Acuña hundió el cuchillo en el pecho de Viruela Méndez.
Méndez cayó y sin convicción se tapó el agujero por el que se estaba terminando su historia. Mordió un poco de aire, y dijo:
-Che Bragueta, ese cuchillo con el que me has matado, fíjate bien, es el mío.
Acuña le contestó:
-No te aflijás, Viruela: tu cuerpo es también es el mío, estamos a mano…

Borges, quiero referirle un detalle más: el testigo de ese episodio era un jovencito trajeado, algo pálido, algo miope, que observó todo con fervoroso silencio. Después, a los tropezones, se fue corriendo a su casa de Palermo, a anotar rápido los pormenores del suceso.
Cuando la madre lo vio llegar tan agitado, le preguntó:
-Georgie, ¿dónde has estado esta mañana?
Él le respondió:
-Madre, he estado documentándome.

Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XVI. Pausa siete: (para contar lo que vi adentro de Borges cierta vez) pág. 94

Poca cosa el coraje

XVI. PAUSA SIETE: 
(PARA CONTAR LO QUE VI ADENTRO DE 
BORGES CIERTA VEZ)
Poca cosa el coraje
Cosa que suele pasarle a los hombres le pasó, de
pronto:
una siesta se le murió la madre.
El coraje ya no le distrajo ni le sirvió.
Su cama no tenía almohada, y no la pudo morder.
Su casa no tenía mujer estable, ni hijos, y no pudo ser mirado por ellos.
Solo, enteramente solo
enfiló hasta cierto corralón de su niñez.
De cara al muro suavizado por tantas lluvias,
en vez de gritar lamió el adobe
donde otras veces había afirmado la nuca
para deletrear las estrellas y darle tiempo
al cigarrillo.
Lamió el adobe y entonces supo
que el coraje se le había quedado sin coraje.
Allí estuvo
hasta que la noche lo disimuló
de todas las miradas.
Entonces buscó el cuchillo,
y lo encontró donde siempre.
Algo muy preciso le ordenó al acero compañero,
pero no fue obedecido.
Sin concederle ni el desprecio de la última mirada,
lo arrojó muy lejos.
Empezó a caminar
con los brazos sumamente desplomados.
Nadie lo vio irse, ni lo vería a ver.
Que se sepa:
nadie, en ninguna parte, lo verá llegar.

Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XVI. Pausa siete: (para contar lo que vi adentro de Borges cierta vez) pág. 93