jueves, 5 de julio de 2018

Búho de mostacillas


La florista

En el café lloraban los violines
entre un cascabeleo de cristales.

-¿Flores señor? Hay rosas y jazmines…
musitaron dos labios musicales.

Hubo en la voz tan íntima dulzura
suavizadora del ofrecimiento,
que alcé mi vista hacia la criatura
desde la ausencia de mi pensamiento.

Era una niña blanca, bella y fina
y anémica, como una colombina
de labios rojos y óvalo amarillo.

Y al ofrecerme el precio de su cena,
se fugaron las rosas del cestillo
hacia sus dos mejillas de azucenas.

Rafael Alberto Arrieta 
Fuentes de vida de B.N.B. de Iacobucci y G.C. Iacobucci, 
pág 223

miércoles, 4 de julio de 2018

Carta canta

Era don Antonio Solar, por los años de 1558, uno de los vecinos más acomodados de esta ciudad de los Reyes. Aunque no estuvo entre los compañeros de Pizarro en Cajamarca, llegó a tiempo para que, en la repartición de la conquista le tocase una buena partija. Consistió ella en un espacioso lote para fabricar su casa en lima, en doscientas fanegadas de feraz terreno en los valles de Supe y Barranca y en cincuenta mitayos o indios para su servicio.
Para nuestros abuelos tenía valor de aforismo o de artículo constitucional este refranejo: - Casa en la que vivas, viña en la que bebas, y tierras cuantas veas y puedas.
Don Antonio formó en Barranca una valiosa hacienda, y para dar impulso al trabajo mandó traer de España dos yuntas de bueyes, acto a que en aquellos tiempos daban los agricultores la misma importancia que, en nuestros días, a las maquinarias por vapor que hacen venir de Londres o de Nueva York. “Iban los indios, (dice un cronista) a verlos arar, asombrados de una cosa para ellos tan monstruosa, y decían que los españoles, de haraganes, por no trabajar, empleaban aquellos grandes animales”
Fue don Antonio Solar aquel rico encomendero a quien quiso ahorcar el Virrey Blasco Núñez de Vela, atribuyéndole ser autor de un pasquín en que, aludiéndole a la misión reformadora que Su Excelencia traía, se escribió sobre la pared del tambo de Barranca: Al que me echare de mi casa y hacienda, yo lo echaré del mundo.
Y pues he empleado la voz encomendero, no estará fuera de lugar que consigne el origen de ella. En los títulos o documentos en que a cada conquistador se asignaban terrenos, poníase la siguiente cláusula: “Item, se os encomiendan (aquí el número) indios para que los doctrinéis en las cosas de nuestra fe”
Junto con las yuntas llegáronle semillas o plantas de melón, nísperos, cidras, limones, manzanas, albaricoques, membrillos, guindas, cerezas, almendras, nueces y otras frutas de Castilla no conocidas por los naturales del país, que tal hartazgo se darían de ellas cuando a no pocos les ocasionaron la muerte. Más de un siglo después, bajo el gobierno del virrey duque de la Palata, se publicó un bando que los curas leían a sus feligreses después de la misa dominical, prohibiendo a los indios comer pepinos, fruta llamada por sus fatales efectos mataserrano.
Llegó la época en que el melonar de Barranca diese su primera cosecha, y aquí empieza nuestro cuento.
El mayordomo escogió diez de los melones mejores, acondicionándolos en un par de cajones y los puso en hombros de dos indios mitayos, dándoles una carta para el patrón.
Habían avanzado los conductores algunas leguas y sentáronse a descansar junto a una tapia. Como era natural, el perfume de la fruta despertó la curiosidad en los mitayos y se entabló en sus ánimos ruda batalla entre el apetito y el temor.
-¿Sabes hermano – dijo al fin uno de ellos en su dialecto indígena-, que he dado con la manera de que podamos comer sin que se descubra el caso? Escondamos la carta detrás de la tapia que no viéndonos ella comer no podrá denunciarnos.
La sencilla ignorancia de los indios atribuía a la escritura un prestigio diabólico y maravilloso. Creían, no que las letras eran signos convencionales, sino espíritus, que no solo funcionaban como mensajeros, sino también como atalayas o espías. La opinión debió parecer acertada al otro mitayo, pues sin decir palabra, puso la carta tras la tapia, colocando una piedra encima, y hecha esta operación se echaron a devorar, que no a comer, la agradable e incitante fruta.
Cerca ya de Lima, el segundo mitayo se dio una palmada en la frente, diciendo:
-Hermano, vamos errados. Conviene que igualemos las cargas; porque si tú llevas cuatro y yo cinco, nacerá alguna sospecha en el amo.
-Bien discurrido, dijo el otro mitayo.
Y nuevamente escondieron la carta tras otra tapia, para dar cuenta de un segundo melón, esa fruta deliciosa, que, como dice el refrán, en ayunas es oro, al mediodía es plata y por la noche mata: que, en verdad, no la hay más indigesta y provocadora de cólicos cuando se tiene el “pancho” lleno.
Llegados a casa de don Antonio, pusieron en sus manos la carta, en la cual le anunciaba el mayordomo el envío de diez melones.
Don Antonio, que había contraído compromiso con el arzobispo y otros personajes de obsequiarles los primeros melones de su cosecha, se dirigió muy contento a examinar la carga.
-¡Cómo se entiende, ladronzuelos!...- exclamó bufando de cólera- El mayordomo me manda diez melones y aquí faltan dos- y don Antonio volvía a consultar la carta.
-Ocho, no más, taitai -contestaron temblando los mitayos.
-La carta dice que diez, y ustedes se han comido dos por el camino... ¡Ea! Que le den una docena de palos a estos pícaros.
Y los pobres indios, después de bien zurrados, se sentaron mohínos en un rincón del patio, diciendo uno de ellos:
-¿Lo ves, hermano? ¡Carta canta!
Alcanzó a oírlo don Antonio y les gritó:
-Sí, bribonazos, y cuidado con otra, que ya saben ustedes que la carta canta.
Y don Antonio refirió el caso a sus tertulios y la frase se generalizó y pasó el mar.

Ricardo Palma 

martes, 3 de julio de 2018

Los libros

Si mi memoria no me traiciona, al final de aquel verano ocurrió un suceso que tuvo decisiva influencia en la orientación de mis futuros gustos literarios y artísticos. 
Debo consignar que en mi casa no se consentían libros de recreo. Ciertamente mi padre tenía algunas obras de entretenimiento, pero las sustraía, como mortal veneno a nuestra insana curiosidad, pues, en su sentir, no debían los jóvenes distraer la imaginación con lecturas frívolas. A pesar de la prohibición, mi madre, a hurtadillas y como premio a nuestra aplicación y docilidad, nos consentía leer alguna novelilla romántica que guardaba en el fondo del baúl, desde sus tiempos de soltera. 
Tan escaso pasto intelectual no bastaba a mi ansia de lances arriesgados y narraciones maravillosas. Imaginaba, además, que debía haber algo mucho mejor, porque oyendo a las personas mayores noté que celebraban las amenas y entretenidas novelas de los escritores románticos entonces en boga. Naturalmente, estaba deseoso de saborear esos prodigios de la imaginación humana, pero las personas del pueblo, dueñas de aquellas obras, se hubieran guardado bien de prestarlas a un muchacho. Estaba condenado a ignorar, quién sabe hasta cuándo, las más altas y sublimes creaciones de la fantasía novelesca. 
Pero la casualidad se hace muchas veces cómplice de nuestros deseos. Un día, explorando mis resbaladizos dominios de tejas arriba, me asomé a la ventana de un desván del vecino confitero y contemplé con deliciosa sorpresa, al lado de trastos viejos y de algunos cañizos, cubiertos de dulces y frutas secas, copiosa y variadisima colección de novelas, versos, historias y relatos de viaje. Allí estaban, tentando mi ardiente curiosidad, todas las obras que había oído nombrar y celebrar y muchas otras admirables cuya existencia no sospechaba siquiera. Bien se echaba de ver que el confitero era hombre de gusto y que no cifraba solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles. 
Ante tan feliz acontecimiento, quedé lleno de emoción durante algunos minutos. Pasada la sorpresa y decidido a aprovecharme de mi buena fortuna, me puse a pensar cómo explotaría aquel inestimable tesoro, evitando las sospechas del dueño y las huellas de mis pasos por el desván. Por prudencia respeté los exquisitos y apetecibles dulces del cañizo, porque si el pastelero echaba de menos sus peras y ciruelas confitadas, cerraría o enrejaría la ventana, dejándome a la luna de Valencia. 
Tras mucho reflexionar, decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno a uno, respondiendo cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería. 
Gracias a tales precauciones, a mi serenidad y buena estrella, saboreé, libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la biblioteca, sin que el buen repostero se percatara del abuso y sin que mis padres sorprendieran mis ausencias del palomar. 
¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo gocé con aquellas sabrosísimas lecturas! Tan entusiasmado y alegre estaba, que me olvidaba de todas las vulgares necesidades de la vida material. 
¡Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron aquellas admirables novelas! ¡Qué de interesantes tipos humanos me revelaron! 
Me asombré al mismo tiempo del poder casi divino del poeta y el novelista que, sin más recursos que la palabra escrita, evocan en el lector representaciones de tal modo vivas, coloreadas y conmovedoras, que en su comparación la realidad misma parece pálida y borrosa imagen. 

Santiago Ramón y Cajal 
La infancia de Ramón y Cajal contada por él mismo 
Tomado de Fuentes de vida de B.N.B. de Iacobucci y G.C. Iacobucci

domingo, 1 de julio de 2018

En busca del perro

Hace rato que ha salido el sol, pero como lo oculta la tormenta que cubre el horizonte desde el Oeste hasta el Sur, parece que fuera menos tarde de lo que es en realidad.
El padre de Mario duerme todavía: duerme con ese anonadamiento absoluto en que suele caer un hombre cuando, después de enormes fatigas, logra por fin conciliar el sueño. Es posible que si no lo recordasen, durmiendo todo el día sin mover un dedo, en aquella cama y en aquel ambiente propicio de oscuridad y de silencio; pero la mamá de Mario, que entre de pronto en la alcoba como un torbellino blanco, no solamente le despierta, sino que le hace incorporarse en el lecho como movido por un resorte.
-¿Qué?
-¡Ay, Juan!...
-¿Qué?... ¿Qué te pasa?...
-¡Los chicos, Juan, los chicos!
Aquí el padre se asusta de veras.
-¿Qué?... ¿Qué tienen los chicos?
-¡No están en su cuarto, Juan!...
-¿Cómo que no están?... ¿Dónde van a estar?...
Y el padre de Mario, mal despierto aún, hace un esfuerzo mental enorme, tratando de explicarse aquel misterio, cuando la mamá, acudiendo en su auxilio, insinúa entre afligida y diplomática:
-Yo creo que no se hayan atrevido a irse al campo a buscar el perro, pero no están en ninguna parte y se viene una tormenta espantosa…
-¡A ver!... ¡Déjame vestir!... ¡No te digo!... ¡Ah, pero yo los voy a arreglar!
-¡No te enojes, Juan!
-¡No me enoje!... Los peones…, ¿no anda alguno por ahí?
-No, Juan, ya se han ido todos…
-Fíjate si está ahí, en la quinta, mi caballo…
La mamá de Mario acude a la ventana:
-Sí, Juan, está…
-¿Y en qué se han ido, entonces?
-¡Ah!... Yo no sé, Juan…
-¡Bueno, déjame que me vista, pues!
Y en seguida, y mientras la mamá en su angustiada impaciencia se retuerce las manos haciendo como que mira hacia el campo por la ventana de la alcoba, el padre gruñe, a tiempo que se calza las botas:
-¡Lo voy a arreglar!... ¡Cuando yo te digo que es loco el muchacho ése!
La tormenta está muy alta y, en medio de un calor sofocante, el padre de Mario desespera ya de hallar a sus hijos, cuando Sergio, que anda de recorrida por el otro cuadro y que le ve desde lejos, le alcanza a gran galope:
-¡Güen día, patrón!
El patrón sujeta su gran caballo picaso empapado en sudor y cubierto de espuma:
-¡Hola, che!
-¿Ha visto qué tormentita? ¡Ahura se me hace que vamo a tener agua en devera!...
-Sí… Los chicos, decime, ¿no has visto a los chicos?
-¿Los chicos?... No. –Y el mozo agrega, extrañado-: ¿Qué?... ¿Qué andan tan de mañana en el campo?
-¡Sí, hombre!... ¡El asunto del perro ése!
-“¡Ah, ah!”… Y el gaucho, que juntamente con su “¡Ah, ah!” se ha alzado en los estribos para pasear sobre el lomo de los pajonales amarillos su profunda y serena mirada de bagual, exclama casi al punto: ¡Vea el anca´el petiso overo?...
-No… ¿Dónde?
-Aquí mesmo, derechito al cardo… ¿No ve?
-¡Ah, sí!... Hasta luego…
Y sin más, el padre de Mario, impaciente en su enojo contra el muchacho, cierra las piernas a su gran caballo y lo endereza a medio correr y atropellando los matorrales, hacia el sitio aquél, en donde asoma como una flor, el anca a dos colores del petiso overo: “¡Yo lo voy arreglar!...”
Pero cuando llega… ¡qué puede hacer! En el centro mismo del limpio y sobre el “carcagüesal” de un charco seco, su hijo mayor solloza de rodillas ante el cuerpo de su perro muerto, de aquel pobre perro que, con las patas recogidas y la lengua afuera, parece seguir trotando aún en procura de alguna aguada engañosa de espejismo; y Leo, al aire la revuelta cabellera dorada y la jarra vacía bajo el brazo, contempla el espectáculo con sus ojos azules, agrandados…


-¿Lo encontraron?
-Sí, papá… Está muerto… ¡Muerto!
Y cuál debe ser la expresión del niño al decir esto, que el padre, olvidado de todos sus propósitos de severidad, le dice con su voz engolada, mirando hacia el campo:
-¡Vamos, hijo, vamos…! ¡No es para tanto!


Benito Lynch
Los campos porteños
Fuentes de vida, pág 215