lunes, 2 de septiembre de 2019

Madre Locura

¡Madre Locura! Quiero ponerme tus caretas.
Quiero en tus cascabeles beber la incoherencia,
y al son de las sonajas y de las panderetas
frivolizar la vida con divina inconsciencia.

¡Madre Locura! Dame la sardónica gracia
de las peroraciones y las palabras rotas.
Tus hijos pertenecen a la alta aristocracia
de la risa que llora, danzando alegres jotas.

Sólo amargura traje del país de Citeres…
Sé que la vida es dura, y sé que los placeres
son libélulas vanas, son bostezos, son tedio…

Y por esto, Locura, yo anhelo tu remedio,
que disipa tristezas, borra melancolías,
y puebla los espíritus de olvido y alegrías…

Arturo Borja 

domingo, 1 de septiembre de 2019

El pastorcito

Con su palo y con su perro 
saca el niño las ovejas. 
Y van detrás del cencerro 
las jóvenes y las viejas. 

Los cándidos corderitos, 
como una espuma cargada, 
llenan de saltos y gritos 
la ruta de la majada.
"El pastor en la roca" de Franz von Lenbach 

Y el niño y el perro llevándola van. 
Y uno se retrasa y otro se adelanta. 
Y uno galopín y otro galopán… 
Y el perro que ladra y el niño que canta. 

Los pájaros campesinos 
saludan a la mañana, 
con un concierto de trinos 
que aturden como una diana. 

Y el niño con su trajín 
cruza prados, salta sotos: 
vagabundo querubín 
con los pantalones rotos… 
Y bajo los álamos, que sombra les dan,
mientras la majada se esparce contenta,
resuena el cencerro dindán y dindán…
y el perro se tira y el niño se sienta.

Juega el viento entre el ramaje,
zumba la mosca en su vuelo,
para una nube de viaje
bajo la quietud del cielo.

El niño canta su copla 
de donaires y de quejas
y el perro mira y resopla
sacudiendo las orejas.

Y parten la opípara merienda de pan…
Corren en la grama, duermen en la siesta.
Y vuelven al fin, galopín, galopán,
Cuando ya la tarde se viste de fiesta.

Ernesto Mario Barredo 
En “Letras” pp. 28-30

Atardecer de domingo

Atardecer en el campo, luce triste y rojo el horizonte. Sentada bajo la galería una anciana mira entrar el sol. Se arropa con su manta y en el silencio del campo retumban sus pensamientos. 

A lo lejos silba una perdiz… ¡¡¡Ay José!!! ¡¡¡Cuánto me duele el camino!!! Solía decirte que no te apuraras en volver del pueblo, me gusta la soledad en el campo. Mis plantas, mis animales y yo no sentíamos el paso del tiempo y nos sorprendía tu regreso. Mi caballo, atado bajo el ombú del patio, jugaba con la coscoja, esperando que lo desensille y le dé su morral, mientras yo trajinaba a pie con las ovejas, los terneros y las cabras. Va a helar, está muy frío, ya ha parado el viento pampero, pensaba, mientras tapaba mis plantas bajo la galería. 
Removía las cenizas del fogón, calentaba la pava grande, por si querías bañarte y te esperaba adivinando cuando te acercabas, por el movimiento de los animales en el corral o por las zalamerías de mi cuzco de compañía. Me contabas las novedades del pueblo y me sorprendías con alguna golosina o con un beso con aliento a ginebra con permiso de domingo. 
A lo lejos se oye el ruido de la ruta, silencio en los viejos corrales de palos y ramas, la vista recorre el patio con la maleza crecida y amarilla, el horno proveedor de sustento yace medio derruído y con la boca abierta de dolor y asombro por la desolación que hoy se ve en esta casa… Un triste día de agosto como hoy, te cubrió la noche con su poncho negro y helado. Lo que sucede es mi vejez, la tristeza del tiempo en el almanaque y la añoranza del amor. Dicen que las almas buenas no se van del todo del lugar donde fueron felices y eso es lo que me ayuda a seguir como si nada hubiera pasado y fueras a regresar en cualquier momento del pueblo. Hoy no vinieron los hijos, están en la zafra o juntando algodón o quizás se fueron para Buenos Aires a buscar la fortuna que aquí nunca lograrán. ¿Y allá? Será fortuna vivir como se ve en las fotos grises de los diarios que leo cuando en el almacén me envuelven las papas. Ellos tienen sueños, fuertes los brazos y el coraje que heredaron de sus padres para enfrentar la vida… lo demás es encontrar el camino justo. Vuelan, pero saben que aquí en esta casa están sus raíces y el regazo de su madre, para recibirlos cuando algún golpe del destino los haga trastabillar. Algún día solamente tendrán recuerdos y alguna flor para llevar a donde todo es silencio. 
Atardece este domingo de invierno en el campo y estoy viva… mejor me voy para adentro. 

Lydia Musachi

viernes, 30 de agosto de 2019

Para mí tu recuerdo


Para mí tu recuerdo es hoy como la sombra
del fantasma a quien dimos el nombre de adorada…
Yo fui bueno contigo. Tu desdén no me asombra,
pues no me debes nada, ni te reprocho nada.
Yo fui bueno contigo como una flor. Un día
del jardín en que solo soñaba me arrancaste;
te di todo el perfume de mi melancolía,
y como quien no hiciera ningún mal me dejaste…
No te reprocho nada, o a lo más mi tristeza,
esta tristeza enorme que me quita la vida,
que me asemeja un pobre moribundo que reza
a la Virgen pidiéndole que le cure la herida.

Arturo Borja 

martes, 6 de agosto de 2019

Nublos

Ausencia quiere decir olvido,
decir tinieblas, decir jamás.
Las aves pueden volver al nido,
pero las almas que se han querido,
cuando se alejan no vuelven más.

¿No te lo dice la luz que expira?
¡Sombra es la ausencia, desolación!
Si tantos sueños fueron mentira,
¿por qué se queja cuando suspira
tan hondamente mi corazón?

¡Nuestro destino fue despiadado!
La ausencia quiere decir nublado.
¡No hay peor infierno que haberse amado
para ya nunca volverse a ver!

¡Qué lejos se hallan tu alma y la mía!
La ausencia quiere decir capuz;
la ausencia es noche, noche sombría.
¿En qué ofendimos al cielo un día
que así nos niega su tibia luz?

Nuestras dos almas, paloma y nido,
calor y arrullo, no vuelven más
a la ventana del bien perdido.
¡La ausencia quiere decir olvido,
decir tinieblas… Decir jamás!

Fernando Celado