sábado, 20 de noviembre de 2021

En el jardín


-Toda palabra es un gorjeo; tiene su música…
Rosa repite la expresión de su maestra, mientras riega las violetas de sus canteros y aparta la seroja amarillenta.
-¿Y por qué no, su perfume? ¡La palabra también tiene perfume!
Sonríe ante su hallazgo. Le crecen alas como a las mariposas. Y como las mariposas corre de flor en flor para dejarlas un beso.
-¡Chiquilla! –exclama la mamá, al sorprenderla en tan dulce actitud. Rosa se avergüenza un poco.
-No, no te pongas así; que lo que tú haces es una forma de exteriorizar tu bondad. ¿Hay algo más parecido a ti que una flor? Cuídalas siempre. Quiérelas bien. Cada una de ellas es una vida respetable. Son como un ejemplo de generosidad. Nada te piden y, en cambio, se te dan enteras… Y si no, ¿de dónde el ramo de nomeolvides para la abuelita?, ¿de dónde los nardos para la maestra?, ¿de dónde el clavel vistoso y perfumado para papá? Ellas son la alegría de tus ojos, la belleza de tus manos y la frescura de tus besos.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Lluvia

Como a pesar de la hora temprana sintiéramos primeras gotas sonaron de un modo opaco y precipitado.
Los nubarrones amontonados en el horizonte habían recubierto el cielo y, cuando el arreo en marcha volvía a la angostura del callejón, la calor, fue más bien un goce aquel tamborileo fresco. Algunos empezaron a acomodar sus ponchos; yo esperé.
La tierra se había puesto a despedir perfumes intensamente. El pasto y los cardos esperaban con pasión segura. El campo entero escuchaba.
Pronto, un nuevo crepitar de gotas alzó al ras de callejón una sutil polvareda. Parecía que nuestro camino se hubiese iluminado de un tenue resplandor.
Esa vez me acomode el “calamaco” preparándome a resistir el chubasco.
La lluvia se precipito interceptándonos el horizonte, los campos y hasta las cosas más cercanas. Los troperos se distribuyeron a lo largo de la novillada para cerrar de más cerca la marcha.
-¡Agua! –gritó Valerio entreverándose a pechadas entre los brutos.
Por mi parte me entretuve en sentir sobre mi cuerpo el cerrado martilleo de las gotas, preguntándome si el poncho me defendería de ellas. Mi chambergo sonaba hueco y pronto de sus bordes empezaron a formarse goteras. Para que estas no me cayeran en el pescuezo, requinté sobre la frente el ala, bajándola de atrás a fin de que el chorrito se me escurrieses por la espalda.
La primera reacción ante la lluvia, según más tarde pudo argumentar mi experiencia, es reír aunque muchas veces nada bueno traiga consigo la perspectiva de una mojadura.
Riendo, pues, aguanté aquel primer ataque. Pero tuve muy pronto que dejar de pensar en mí, porque la tropa, disgustada por aquel aguacero que los cegaba de frente, quería darle el anca y se hacía rebelde a la marcha. Como los demás, tuve que meterme entre ellos. Con los movimientos me di cuenta de que mi ponchito era corto, lo cual me proporciono el primer disgusto.
A la media hora, tenía las rodillas empapadas y las botas como aljibe.

Bajo la Lluvia de Luis Fernando Rodas Marroquin, 

Guatemala.

Empecé a sentir frío, aunque luchara aun ventajosamente con él. El pañuelo que llevaba al cuello ya no hacía de esponja y, tanto por el pecho como por el espinazo, sentí que me corrían dos huellitas de frío.
Así, pronto estuve hecho una sopa.
El viento que traíamos de cara arreció, haciendo más duro el castigo, y a pesar de que a su impulso el aire se volviéndose más despejado, no fue tanto el alivio como para que no deseáramos un próximo fin.
Acobardado miré a mis compañeros, pensando encontrar en ellos un eco de mis tribulaciones. ¿Sufrirían? En sus rostros indiferentes el agua resbalaba como sobre el ñandubay de los postes, y no parecían más heridos que el campo mismo.
El callejón que había sido una nota clara con relación a los prados, estaba lóbrego. Por delante de la tropa, la huella rebrillaba acerada; atrás todo iba quedando trillado por dos mil patas, cuyas pisadas sonaban en el barreal como masticación de rumiante. Los pasos de mi petizo resbalaban dando mayor molicie a su tranco. Por trechos la tierra dura parecía tan barnizada, que reflejaba el cielo un arroyo.
Dos horas pasé así, mirando el torno mío el campo hostil y bruñido.
Tiritaba continuamente, sacudido por violentos tirones musculares, y me decía que si fuera mujer lloraría desconsoladamente.
De pronto, una abertura se hizo en el cielo. La lluvia se desmenuzó en un sutil polvillo de agua y, como cediendo a mi angustioso deseo, un rayo de sol cayó sobre el campo, corrió quebrándose en los montes, perdiéndose en las hondonadas, encaramándose en las lomas.
Aquello fue el primer anuncio de mejora que, al cabo de una breve duda, vino a caer en benéfico derroche solar. Los postes, los alambrados, los cardos, lloraron de alegría. El cielo se hizo inmenso y la luz se calcó fuertemente sobre el llano.
Los novillos parecían haber vestido ropas nuevas, como nuestros caballos, y nosotros mismos habíamos perdido las arrugas, creadas por el calor y la fatiga, para ostentar una piel tirante y lustrada.
El sol pronto creo un vaho de evaporación sobre nuestras ropas. Me saqué el poncho, abrí mi blusa y mi camisa y me eché en la nuca el chambergo.
La tropa olfateando el campo se hizo más difícil de cuidar. Iniciamos algunas corridas arriesgando la costalada.
Una vida poderosa vibraba en todo y me sentí nuevo, fresco, capaz de sobrellevar todas las penurias que me impusiera la suerte.
Entretanto, la vitalidad sobrante quedo agazapada en nuestros cuerpos, y sin desparramarnos en inútiles bullangas, volvimos a caer en nuestro ritmo contenido y voluntarioso.
Caminar, caminar, caminar.

Ricardo Güiraldes
Hojas Sueltas, pág.. 48-51.

martes, 16 de noviembre de 2021

Los churrinches

Bastó una chispa pequeñísima para incendiar el árbol.
La trajo el viento. La incrustó en el tronco y el árbol solitario del camino se sintió herido. Sufrió en silencio. Retorció sus ramas. Quiso desprenderse de la tierra, huir… ¡Imposible! El fuego siguió horadando el tronco, aprovechando la corteza sin vida para prender con más fuerza.
Brotó una llama, después otra, y otra más. Las lenguas de fuego tomaron cuerpo, incendiaron las ramas, las hojas… Parecía un árbol de fuego clamando al cielo, desesperadamente, por la lluvia salvadora. Sufría por él, por los insectos, por lo pichones que clamaban en el nido.

¿Quién avisó a los padres de los pichones, el riesgo de muerte que corrían sus pequeños? ¿El viento? ¿El cielo?… Regresaron apresuradamente. Y arriesgándolo todo, se metieron entre las llamas, buscaron su nido y alcanzaron a sacar sus pichones y llevarlos en el pico hasta ponerlos a salvo. Pero de allí salieron encendidos como brasas.
Y así andan ahora por la vida, vestidos de héroes, los churrinches, a quienes los guaraníes llamaban “cuarahiyaras”, los dueños del sol.

viernes, 12 de noviembre de 2021

Como en un libro nuevo

En el jardín soleado todo invita a cantar. ¡Cómo lucen sus flores los geranios y cómo cuchichean los gorriones!
Un picaflor se acerca a la corola abierta de un floripón, se adentra en ella quizá buscando néctar, pero su movimiento ha sido tan rápido que ya está afuera otra vez. Y se aleja en busca de una nueva corola.
-¡Qué hermoso!, ¿verdad?
-¡Hermosísimo! Mira, mira… Vuela hacia atrás… ¡Qué maravilla! Nunca me había dado cuenta de ello… ¿Habrá otro pájaro que vuele hacia atrás?… Yo no lo sé… ¿Lo sabes tú?
-No, no lo sé.
Ambas quedan pensando. De pronto, María Emilia, que todo lo observa, advierte:
-¡Cómo trabaja esta araña! Ahora mismo se le ha cortado el hilo que teje. Pero busca otra vez la punta. Trabaja para unirlo… Ya lo hace… ¡Y qué cosa! No se conoce dónde ha sido la unión… Continúa… ¡Ésta sí que es una tejedora hábil y prolija! No hay una sola falla en la tela… ¡Cuánto se aprende en la naturaleza!
-¿Qué me dices? ¿No te advertí que hasta en la música del chingolito encontrarías sabiduría?

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Ronda de los cuatro vientos

El gallo de la veleta 
gira de allá para acá.
Ronda de los cuatro vientos 
que no se cansan de andar.

Tiemblan las ramas de frío, 
de frío muere la luz.
Viene ahuyentando a las aves 
el viento blanco del Sur.

El viento del Este viste 
de rosa como un rosal.
Danzan las rosas alegres 
su danza primaveral.

Ronda de los cuatro vientos 
que no se cansan de andar.

Rojo de ardor y de fuego 
el viento Norte llegó.
¡Cómo canta la cigarra!
¡Cómo se agosta la flor!

Y el viento azul del Oeste 
no cesa de acariciar 
a las espigas de lino 
y a las cañas del maizal.

Ronda de los cuatro vientos 
que no se casan de andar.

Gaspar L. Benavento