lunes, 11 de noviembre de 2013

El aromito

¡Tan feo y tan bueno!
-¡El pobre aromo! -decían todos-. Viejo, rugoso, áspero, con tantas espinas... ¡Y cómo quiere a los pájaros! Les tiende sus ramas, les da asilo...
-¿No los hiere?
-No, no los hiere.
Se llenaba de nidos y de pájaros. Así, era un árbol de cristal.
¡Tan feo y tan bueno!... Un día, el canario más rubio del monte comenzó a arrancarse las plumas más pequeñas del pecho y fue desparramándolas sobre las ramas del aromo viejo, áspero, rugoso y con tantas espinas.
-¡Está vestido de sol!
-¡De sol está vestido!


Y otras avecillas buscaron los nidos de las avispas y de las abejas. Hablaron con ellas. Y las avispas y las abejas escucharon lo que las avecillas les dijeron. Después, todas, en un rumor de fiesta comenzaron una nueva tarea. Para perfumar las motitas doradas del aromo fueron llevando pequeñísimas gotas enmieladas.
Desde entonces, el aromo es un árbol de oro, de miel y de cristal.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Monstruito marcapáginas

Hay quien tiene marca páginas metálicos, con formas de animales, con dibujos o con fotografías personalizadas. Si tú también eres adicto a los marca páginas originales y divertidos, prueba a realizar estos pequeños monstruos de cartulina, ideales para colocar en la esquina superior de la hoja.


Esto es lo que vas a necesitar:
  • Cartulina 
  • Tijeras
  • Una regla
  • Lápiz negro
  • Papel con diseños
  • Pegamento de barra
Si lo prefieres, también puedes añadir a la lista más cosas para decorar, como lápices de colores, sellos, pegatinas y todo lo que te apetezca para crear tu marca páginas personal.
Dibujas tres cuadros como los de la imagen en una cartulina u hoja de folio. Los tres tienen que tener las mismas medidas, es decir, 6,5 cm x 6,5 cm, aunque puedes hacerlos un poco más grandes, a tu gusto.

Usas la regla para trazar una línea diagonal en el cuadro superior, dividiéndolo en dos mitades iguales. Haces un garabato en el primer triángulo, te servirá para indicar que esa parte no la vas a usar. Debes hacer lo mismo en el cuadro inferior y repites la misma línea diagonal divisoria. Garabateas de nuevo el interior de uno de los dos triángulos.

Con ayuda de unas tijeras, cortas los triángulos garabateados. De este modo te quedará un cuadrado con dos triángulos laterales. Esta será tu plantilla para hacer el dibujo final.

Ahora coges una cartulina de color y utilizas la plantilla para realizar una silueta exacta. Utilizando la regla y el lapiz, trazas dos líneas diagonales, separando los dos triángulos del cuadrado (como ves en la imagen).

Si quieres, puedes recortar un cuadrado con dibujos del mismo tamaño que el cuadrado de la plantilla de la cartulina y pegarlo encima.

A continuación, doblas uno de los triángulos hacia el interior. Aplicas pegamento en el otro triángulo y los pegas sobre la mitad que has doblado.

Te tiene que quedar así:

Pegas encima del triángulo un trozo de papel de dibujo, tal y como hiciste con el cuadrado.

Continuamos la creación del pequeño monstruo-marcapáginas dibujando un par de ojos y una boca en una hoja aparte, que deberás recortar y pegar sobre la plantilla final obtenida.
Ahora ya tienes un originalísimo marcador para saber en qué página de tu libro te quedaste leyendo. ¿A que te gusta?

martes, 5 de noviembre de 2013

Un mate y un amor... de Lalo Mir

El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida.
En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es 'hola' y la segunda: '¿unos mates?'.
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian.
Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezas a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conoces a alguien por primera vez, te tomas unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: '¿Dulce o amargo?'. El otro responde: 'Como tomes vos'.
Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. La yerba no se le niega a nadie.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos.
No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma.
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores... Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. Es querible la compañía.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablas mientras el otro toma y es la sinceridad para decir: ¡Basta, cambia la yerba!'. Es el compañerismo hecho momento.
Es la sensibilidad al agua hirviendo. Es el cariño para preguntar, estúpidamente, '¿está caliente, no?'. Es la modestia de quien ceba el mejor mate. Es la generosidad de dar hasta el final. Es la hospitalidad de la invitación. Es la justicia de uno por uno. Es la obligación de decir 'gracias', al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.

viernes, 1 de noviembre de 2013

El Camino del Cielo

Erase una vez un matrimonio de viejecitos muy pobres que tenían tres hijos.
Un día, el mayor les pidió permiso para ir a correr mundo y buscar trabajo. Los padres se pusieron muy tristes, pero como el hijo insistió tanto, le dejaron hacer su voluntad. La madre le preparó unas tortas y unos quesillos y se los acomodó en las alforjas. Se despidió prometiendo volver en cuanto cambiara de suerte, y marchó.
Al poco tiempo, el segundo hijo también pidió permiso para ir a correr mundo. Fue doble la pena de los padres, pero igualmente tuvieron que consentir en su partida. Lo mismo que al primer hijo, la madre le preparó al segundo tortas y quesillos para el viaje, éste hizo la misma promesa que el anterior y se fue.
Cuando el menor que era un niño todavía, dijo a los padres que quería ir en busca de trabajo, los viejecitos se echaron a llorar y le pidieron que se quedara. Él les aseguró que se conduciría con prudencia, para que nada malo le sucediera y los padres, viendo que no podían disuadirle, lo dejaron marchar. Esta vez, la madre no pudo más que una sola torta y un solo quesito.
El mayor encontró en el camino a un viejecito que parecía muy pobre; iba montado en un burro y le pidió algo de comer.
-No tengo nada. -le contestó ásperamente.
-Y eso que llevas en las alforjas, ¿qué es?
-Eso es carbón. -le dijo en tono de burla.
-Que carbón se te vuelva cuanto pongas ahí. -le respondió el viejo, y siguió su camino.
El mediano, encontró en otro punto del camino el viejecito que pedía limosna, y también se la negó. Con él sostuvo el mismo diálogo que su hermano mayor; y "que carbón se vuelva cuanto lleves ahí" fueron las últimas palabras del viejo.
En otro lugar, el viejecito que pedía limosna se encontró con el hermano menor. El niño no sólo fue cortes y respetuoso sino que repartió con él su torta y su quesito.
-Tienes un corazón de oro -le dijo el anciano-; por consiguiente, que oro se vuelva todo lo que pongas en tus alforjas.
Llegó el mayor a casa de un señor poderoso y pidió trabajo.
El señor le dijo que precisamente buscaba un mandadero para encomendarle un encargo urgente. Necesitaba enviar una carta a una señora que vivía lejos. Debía recorrer un camino lleno de accidentes, guiado por unas ovejas. Nada debía temer ni retroceder ante ningún peligro, si quería cumplir el mandato. El muchacho aceptó.
A la madrugada del día siguiente el entregaron la carta y soltaron las ovejitas, que emprendieron la marcha. Él las siguió.
Después de caminar algunas horas, llegaron a un río de aguas cristalinas, pero muy caudaloso. El muchacho sintió miedo; pensó que el viaje era un pretexto para hacerle morir ahogado, y regresó. Las ovejitas pasaron, mojándose apenas las pezuñas.
El patrón despidió al muchacho porque no le había servido para su trabajo, y le dijo:
-Dime cómo quieres que te recompense lo que has hecho en mi servicio, ¿con un Dios te lo pague, o con una carga de oro?
-Con una carga de oro, señor. ¿Qué puedo hacer con un Dios te lo pague?
El patrón le dio lo que pedía y el muchacho emprendió el viaje a su casa.
En todo el camino ni hizo otra cosa que rumiar su felicidad de ser rico y pensar en el asombro de sus padres cuando vieran descargar el oro.
Al llegar, gritó a los viejecitos, desde lejos, que abrieran las arcas, que traía tanto oro que las llenaría todas. Así lo hicieron, y, al vaciar su carga, cayó carbón en lugar de oro. El enojo de los padres, por lo que creían una burla, fue mayor al conocer la falta de piedad y el poco valor de su hijo, cuando les relató lo que le había sucedido y citó las palabras de pordiosero.
El segundo hermano llegó al poco tiempo a la casa del rico hacendado. Le ocurrió en todo exactamente lo mismo que al primero, y también su carga de oro, al ser vaciada en las arcas de sus padres, se convirtió en carbón.
El menor llegó a pedir trabajo a la casa del mismo amo, quien le encomendó la misma tarea y le hizo idénticas recomendaciones que a sus hermanos. Aceptó y prometió cumplir fielmente las órdenes.
A la madrugada, recibió la carta y las ovejas, y marchó detrás del hato.
Llegaron al gran río de aguas cristalinas. Pensó que lo arrastraría la corriente, pero como las ovejitas entraron, se armó de valor y las siguió. Las aguas se apartaron abriéndoles camino, y así pudieron pasar sin dificultades.
Más adelante, un turbulento río de sangre les cortó el paso. Sintió asombro  y miedo, pero como las ovejitas siguieron adelante, él fue tras ellas. La gran masa roja les abrió paso también y pudieron cruzar el río.
Más allá, vio a la orilla del camino una oveja que jugaba con un corderito, corriendo, saltando y dándole topetazos.
Más lejos, observó con extrañeza que en un alfalfar floreciente pastaban unos bueyes flaquísimos.
Muy cerca de éstos se hallaban otros bueyes, relucientes de gordos, los cuales se paseaban por un terreno pedregoso, donde no crecían sino algunas hierbas raquíticas.
Al rato de andar, dos peñas enorme que se entrechocaban haciendo saltar chispas le cortaron el camino. "Aquí moriré aplastado", pensó el valeroso muchacho. Pero las ovejitas, aprovechando el momento preciso en que las rocas se separaban, pasaron, y él junto con ellas.
Llegaron a una casa. Las ovejitas atravesaron el patio y se echaron a la sombra de los árboles. El muchacho comprendió que había llegado el término de su viaje. En efecto, salió una señora muy afable y le pidió la carta. Le trató con todo cariño, le dio de comer y le hizo dormir la siesta con la cabeza apoyada en su regazo. Cuando se despertó, ya repuesto de las fatigas del viaje, aquella señora le dio su bendición y le muchacho emprendió el camino de regreso.
El patrón se alegró mucho al verle llegar tras haber cumplido sus órdenes. Le pidió que le refiriera cuanto le había llamado la atención, y le fue explicando el significado de lo que había visto.
El río de aguas claras como cristal lleva las lágrimas que la Virgen María derramó por Jesús, las mismas que derraman todas las madres por sus hijos.
El río de sangre es el que brotó de las heridas de Jesús, en su sacrificio por redimir a los hombres.
La oveja y el corderito que jugaban son la buena madre y el hijo cariñoso y reconocido.
Los bueyes flacos en el alfalfar floreciente son los ricos avarientos.
La señora a quien le entregó la carta, era la Virgen María, y el viejecito que pedía limosna, Jesús, que recorría el mundo probando la caridad de lo hombres. Las ovejitas que le sirvieron de guía en su camino eran ángeles.
-Dime, ahora -añadió al terminar- cómo quieres que te recompense ¿con un Dios te lo pague, o con una carga de oro?
-¡Oh, señor! -contestó el muchacho- Una carga de oro ha de terminas algún día, mientras que un Dios te lo pague dura siempre. Deme usted un Dios te lo pague.
Y así fue.
Cuando regresó a su casa, sus padres le recibieron contentísimos.
Había dicho que no traía nada, pero, al descolgar las alforjas, se encontró con que estaban llenas de monedas de oro. Cuando contó lo que le había ocurrido en su viaje, todos reconocieron que el oro era el premio que Dios daba a sus virtudes. Los hermanos, arrepentidos, prometieron enmendarse.
Y todos vivieron ricos y felices.
Cuento popular argentino

domingo, 27 de octubre de 2013

La terrible abuela de los Maidanas (Velmiro A. Gauna)

Para el lado del cañadón de "Los Patos" vivían los Maidanas. Cerca y lejos del pueblo a un mismo tiempo. Cerca para intervenir en sus actividades, pesar en sus pleitos y gozar de sus alegrías, y lejos, para mantener en alto sus rebeldías y desafiar, al amparo de la selva y del estero, a la autoridad o a sus enemigos.
El rancho y el campo circundante eran su feudo. Durante mucho tiempo esa comarca fue suya y en ella dictaron su ley y la impusieron a fuerza de coraje y a punta de cuchillo.
Pero ya ese tiempo había pasado. Batallas y peleas fueron diezmando a los varones que morían fieles a su código ancestral: "a lo macho, a lo Maidana". Crisanto Maidana, el abuelo, había caído con Berón de Astrada en Pago Largo. Cuando sus hijos buscaron su cuerpo, al otro día del desastre, sólo hallaron el tronco descabezado que piadosamente enterraron al pie de un espinillo.
Rito Maidana, uno de los hijos, malherido en Vences, había muerto desangrado sobre su fiel caballo con el que quiso emprender el retorno y que, cuando el dueño cayó sin vida, permaneció sin moverse junto al cadáver una larga noche; otro, Segundo Maidana, quedó destrozado por la metralla en las trincheras de Curupaity y Andrés, el menor, murió peleando por una mujer, a la salida de un baile.
Cuando los paraguayos se descolgaron desde Corrientes al mando del General Robles, una partida de tres soldados llegó una noche al rancho de los Maidanas donde sólo quedaba Ña Emeteria, la mujer de Segundo, quien había huído con otros correntinos a hostigar a los invasores desde los montes.
Al verla sola los soldados quisieron abusar de ella, pero Ña Emeteria, descolgando un facón que su marido le había dejado, se defendió tan bravamente que hirió de gravedad a uno y atemorizó de tal manera a los otros dos, que huyeron llevándose al herido, pero no sin antes prender fuego al rancho que ardió por los cuatro costados.
Ayudada por los vecinos, la mujer levantó una nueva habitación a unos trescientos metros del lugar "pa estar cerca'l estero ande se había escuendido su hombre".
Las paredes quernadas aún se veían al venir del pueblo como mudos testigos de su hazaña.
En el rancho sólo moraba Ña Emeteria, fuerte y dura, en sus casi cincuenta años y un casal de nietos, que su único hijo Santos, le había traído desde la Capital para que los criara "a lo Maidana", sin decirle jamás el nombre ni el destino de la madre. Meses después supo, por boca del comisario, que su Santos "había muerto a un hombre y a una mujer y había juído pa'l Chaco".
Ella, que estaba moliendo maíz, en el patio, escuchó impasiblé la noticia y siguió batiendo el grano indiferente. Rosa, la mujercita, creció gárrida y diligente; era el brazo derecho de la casa y quien, con su trabajo, mantenía lo poco que quedaba de la hacienda.
Santito, en cambio, la tenía preocupada. Era bueno y la quería, pero gustaba más del ocio que del trabajo. Aborrecía el andar a caballo y las tareas varoniles. Rehuía las discusiones y hacía oídos sordos a las pullas.
A pesar de haber cumplido los dieciocho años, frecuentaba poco la pulpería, no alzaba facón y no le conocían novia.
-¡A ver si me ha salido maricón! - pensaba a veces, la vieja.
Pero, en seguida, reaccionaba:
-¡No, si es un Maidana en pinta!... Es medio blando nomás, pero ya lo ha de madurar el tiempo...

Una vela de sebo colocada sobre una botella estaba en medio de la pieza.
Sentada, junto a la mesa, Ña Emeteria liaba cigarro tras cigarro para matar el tiempo, mientras esperaba el regreso de los nietos, que habían ido a un baile en el pueblo. Santito, al principio, no había querido ir pero su hermana insistió con tanta pertinacia que, al fin, terminó por vencer su resistencia. La abuela, además, había sentenciado:
-Tenés que d'ir... Ya es hora que ésta tenga novio, sino se va a quedar pa vestir santos...
-Pero, ¡agüela!... - intentó protestar Rosa.
-¡Qué agüela ni agüela!... Si ya debés tener tu pior es nada m'hija...
-¡Y no! -terció el hermano- pa la fiesta'e Reyes andaba con el Zenón, prendido por su pollera como garrapata a la hacienda...
-Salí d'ahí con ese bruto... Si es más guaso que no se qué... -dijo la moza y entró a la pieza vecina.
Ña Emeteria recordaba la escena y sonreía cuando, de pronto la sorprendió la entrada violenta de la muchacha que gritó jadeante:
-¡Agüela... agüela!... Zenón salió'e la tapera y me quiso faltar...
-¿Y qué?
-Santito se le puso al frente y ahí quedaron peliando... La vieja suspiró aliviada.
-¿Peliando?... ¡Al fin mi nieto demuestra ser Maidana! Pero, súbitamente, recordó:
-¿Peliando?... ¿Y con qué?... ¿Si Santos no lleva cuchillo?
Y ahí nomás, descolgando de la pared el facón del finado marido salió corriendo para llevárselo.
Iba cortando campo, tropezando y cayendo, la mano cerrada sobre el puñal.
Cerca de la tapera oyó risas y gemidos.
El miedo le puso su mano de hielo sobre el corazón.
-¡Que no le hayan muerto, pobrecito! - imploró.
-Pasó por la puerta de la derruída habitación y lo vio, arrodillado en el medio, implorante, mientras, a su lado, Zenón le acotaba misericorde con una varilla.
Al ver a la vieja el hombre detuvo su castigo.
La mujer se acercó al nieto y le ofreció el facón.
-Tomá mi'hijo, ¡defendete!
Pero, Santito; abrazándose a sus rodillas; gimió:
-¡No, agüela, me va a matar!
Y se apretaba como un corderillo temeroso contra sú falda.
-¡Je!... ¡Qué se va a defender si es un marica!... - se burló Zenón y escupió despectivo.
El insulto hirió a la vieja como una bofetada. El recuerdo de todos los Maidana muertos heroicamente cruzó por su memoria e imaginó cómo despreciarían a éste descendiente que no sabía hacer honor a su apellido.
Entonces, con el facón que tenía en la mano, el mismo con que había ahuyentado a los paraguayos que quisieron mancillarla, dio un fuerte golpe en la cabeza del nieto que cayó desvanecido.
Después, terrible como una de las Furias, dijo al hombre:
-¡Y aura, maula, defendete!
-¡Bah! No peleo con mujeres... - respondió Zenón y buscó la puerta.
Pero frente a la misma, con el puñal en la mano, estaba Ña Emeteria.
-¡Déjeme pasar, vieja loca!...
Pero un feroz planazo lo arrojó contra la pared. Furioso sacó su arma y entre las sombras, que apenas alumbraba una luna amarillenta, se desarrolló el duelo singular.
Ña Emeteria parecía haber rejuvenecido. Se movía diestra y ágil, y su acero iba marcando rojas líneas en la cara del ofensor.
Zenón se limitó a defenderse en un principío, pero, luego, al ver en peligro su vida, se tiró a matar.
La vieja intuyó el golpe y se hizo a un lado, recibiendo en la punta del cuchillo al hombre que, llevado por el impulso, se clavó en la hoja. De su boca escapó un chorro de sangre y cayó exánime junto al ofendido.
Ña Emeteria sacó el cuchillo del pecho y se arrodilló al lado del nieto. Ya llegaban a ella las voces de la gente que parecía venir en su ayuda. Su mano callosa buscó el corazón de Santito y, sin vacilar, hundió el facón hasta la empuñadura.
Luego lo arrancó de un golpe y lo tiró entre ambos cuerpos.
Cuando arribaron lós vecinos conducidos por Rosa, hallaron a Ña Emeteria, de pie, junto a la puerta.
-¡Ahí están! -dijo- ...Muertos los dos...
-¡Muertos!... -gimió Rosa-. ¡Pobre Santito!
-¡Pobre, no!... -tronó la vieja- porque murió en su ley... "a lo macho, a lo Maidana"...
Los vecinos cargaron el cuerpo del nieto sobre un poncho y lo llevaron al rancho.
Al frente de ellos, dura y fría, marchaba la víeja.

Velmiro A. Gauna
Publicado en el Dianio "La Prensa" de Buenos Aires, Traducido al ruso e incluido en la Antología "Cuentistas Argentinos" publicado por la Biblioteca "Literatura Extranjera", Moscú, año 1957.



Los personajes femeninos tienen en Ayala Gauna una bien marcada fisonomía. Dos son las características esenciales: la picardía y la volubilidad en las jóvenes, y la fidelidad y el estoicismo cuando maduras. Dentro de estos matices, constituyen algunos de los personajes más ricos en personalidad dentro de su narrativa. Es que la mujer representa un papel esencial dentro de las estructuras sociales de nuestro litoral, donde la familia, patriarcal por constitución, deviene en la práctica eminentemente matriarcal, al ser la mujer la que lleva todo el peso del cuidado del hogar y de los hijos, por el constante abandono -llevado. por sus tareas como pescador, campesino u obrajero, o por su natural nomadismo- a que la somete el hombre.
Ya hemos manifestado anteriormente nuestra opinión de que son más firmes y valiosas, por su contextura humana y por su reciedumbre de carácter, las mujeres ancianas o maduras. Ña Emeteria -protagonista de La abuela, uno de los más renombrados cuentos del autor, traducido a varios idiomas, entre ellos el rusa- es una de las más representativas de esas bravías cualidades de la mujer litoraleña, a la que la vida exige enfrentar por si todas las vicisitudes del destino, suplantando al hombre en la lucha por la vida, y hasta blandiendo el cuchillo en duelo criollo.
EI concepto del honor, básico en la personalidad de nuestro hombre de ascendencia guaraní, encuentra en ella toda su fuerza pasional, no vacilando en matar a su propio nieto cobarde y vencer en duelo a un hombre, para dejar bien salvo el nombre de su familia, los Maidanas, que tantas glorias conquistaron en las luchas montoneras de la época del caudillismo o de la guerra fratricida con Paraguay.

Castelli, E. (s/a) Velmiro Ayala Gauna Hombre y tierra del litoral, pp. 20-21. Ediciones Colmegna. Santa Fe. Argentina