viernes, 18 de abril de 2014

La soledad de América Latina

Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982
Gabriel García Márquez (1927/2014) 

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera:
cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

martes, 15 de abril de 2014

Libros que fueron prohibidos

Introducción
No solo la Iglesia se encargó de censurar títulos por considerarlos perniciosos de la fe. Tampoco los gobiernos totalitarios, que quemaban textos, fueron los únicos. Los motivos para sacar un libro de circulación a lo largo de la historia han sido muchos y de lo más inimaginables. En China se llegó a prohibir un clásico por otorgarle a animales facultades humanas. Célebres textos infantiles fueron cuestionados porque sus personajes usaban lenguaje vulgar. La lista de los textos prohibidos sorprende por lo heterogénea. Aquí, 10 de ellos.

Trópico de Cáncer, Henry Miller
Esta novela, con una fuerte impronta sexual, redactada de forma honesta y detallada, fue publicada por primera vez en 1934 por la editorial Obelisk Press en París. De hecho existen quienes aseguran que salió con una leyenda que decía “Prohibida su importación a Estados Unidos y el Reino Unido debido a su alto contenido erótico”. La edición norteamericana de la editorial Groove Press, de 1961, soportó un juicio por obscenidad, pero en 1964 la Corte Suprema de Estados Unidos terminó por anular los cargos.







Diario, Ana Frank
Más allá de que el libro de esta joven judía de origen alemán, que narraba cómo era su vida de adolescente a la par que se escondía de los nazis, cobró reconocimiento y fama mundial, existen quienes se oponen a que se incluya en los programas de las escuelas. No faltan los que dudan de la veracidad de lo escrito. Aunque con detractores, es uno de los textos más leídos de la historia y de los principales referentes a la hora de describir el padecimiento de un pueblo durante la Segunda Guerra Mundial. Se publicó por primera vez en 1947, dos años después de la muerte de la muchacha, bajo el título “La casa de atrás”.



El Gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald
Este clásico publicado en 1925, que describe cómo se vivía durante la Era del Jazz en Estados Unidos, tuvo también sus detractores y terminó por ser censurado. Quienes lo hicieron aludían referencias sexuales y profanas a manera de justificación. Sin embargo, más que por estos motivos, se hizo famoso por retratar la decadencia del sueño americano y la superficialidad de las clases altas. Para hacerlo, Fitzgerald se valió del exéntrico Jay Gatsby, un misterioso millonario que brindaba opulentas fiestas pero que se mantenía en las sombras.






El origen de las especies, Charles Darwin
El texto que postuló la teoría de la evolución y la selección natural, hoy imprescindibles para las Ciencias Naturales, fue históricamente prohibido en países como Yugoslavia, Grecia y Reino Unido, principalmente por motivos religiosos. Más allá de la censura, el volumen publicado en 1859 es considerado uno de los trabajos precursores de la literatura científica y la piedra basal de la biología evolutiva.

















1984, George Orwell
La novela que tuvo como personaje principal a Winston Smith y que incorporó la figura omnipresente del “Gran Hermano”, tomada luego por el famoso reality show, fue censurada debido a su contenido “pro- comunista y su material sexual y explícito”, según argumentaban sus detractores. Publicado en 1949, el libro introdujo el concepto de tortura personalizada a través de la llamada “habitación 101” y la Policía del Pensamiento, quienes detectaban los “crimentales”. No faltan los analistas que comparan el mundo actual con la sociedad planteada en la novela de Orwell.





Matar a un ruiseñor, Harper Lee
La novela publicada en 1960 obtuvo un éxito inmediato y se convirtió un clásico de la literatura estadounidense. Incluso llegó a ganar un premio Pulitzer. Con fuertes elementos autobiográficos, la trama ocurre en la década de 1930 en la voz de una niña que vive en una localidad sureña de Estados Unidos. Este libro fue prohibido por reflejar el racismo de entonces y por incluir la escena de una violación. Sin embargo, la escritora manifestó haber retratado las injusticias de la sociedad en la que vivía con miras a lograr un cambio.









Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll
Este clásico publicado por primera vez en 1863 fue prohibido en países como China debido a que se les otorgaba a los animales cualidades para que pudieran actuar a la par de los seres humanos. Más allá de que se tomara a este libro como infantil, se trata en realidad de una sátira a la sociedad inglesa de la época, por lo que fue popular en distintos públicos.









Ulysses, James Joyce
A pesar de haber sido fuertemente criticada, se considera a esta novela como la mejor de la lengua inglesa del siglo XX. Basado en la “Odisea” de Homero, este libro comenzó a ser escrito en 1914 y fue publicado por entregas en diarios estadounidenses. Sin embargo, en 1920 fue prohibido por ser considerado obsceno, ya que contenía la escena de una masturbación. Lejos de los fragmentos, el volumen se lanzó completo en 1922 y más allá de la evolución social, hay quienes aseguran que Apple también censuró a este clásico.








Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain
Considerada una de las grandes novelas estadounidenses, este libro, publicado por primera vez en 1885, cuenta la historia de Huck, el mejor amigo de Tom Sawyer, el niño que fue protagonista de la obra anterior de Twain. Como temas centrales toma el racismo de la sociedad sureña estadounidense y la superstición de los esclavos. Mas allá de ser reconocido como un clásico para los niños, fue excluido de algunas bibliotecas por considerar al carácter de su protagonista “cuestionable” y también por su lenguaje soez.



¿Dónde está Wally?, Martin Hardford
Si uno quisiera adivinar a priori qué libros fueron prohibidos alguna vez, ninguno de los volúmenes de la serie “¿Dónde está Wally?" aparecería dentro de la lista mental. Así como se debía encontrar al personaje de la remera rayada entre una multitud, sus detractores lograron identificar escenas por los cuales estos títulos fueron prohibidos en algunas bibliotecas de Nueva York y Michigan, entre ellas la de una señora haciendo topless.

Canción de la casa de Bernardo Castañera

Bernardo Castañera
quiso construir su casaala orilla del río,
casi tocando el agua.
Pobre casa de barro
reforzada con paja...
Vino una gran creciente
y arrasó con la casa.

_ Morirás aplastado
una noche cualquiera;
no seas caprichoso,
Bernardo Castañera.

Bernardo Castañera
volvió a construir su casa
otra vez junto al río,
casi tocando el agua,
en el mismo lugar, sin ceder una vara.
Vino otra gran creciente
y arrasó con la casa.

_ Morirás aplastado
una noche cualquiera;
No seas caprichoso,
Bernardo Castañera.

Bernardo Castañera
volvió a construir su casa,
a la orilla del río,
casi tocando el agua.
Vino otra gran creciente
y arrasó con la casa.
Quedó un montón de barro
y unas puntas de paja.

_ Morirás aplastado
una noche cualquiera;
no seas caprichoso
Bernardo Castañera.

Bernardo Castañera
volvió a contruir su casa
en el mismo lugar,
sin ceder una vara.

Luis Cané

Diez historias detrás de fotografías famosas

Se dice que una imagen vale más que mil palabras. Sin embargo sólo el lenguaje puede explicar las historias que se esconden detrás de las fotografías más famosas a nivel mundial. Montajes, encuentros fortuitos, búsquedas incansables, desconocidos y hasta plagas colaboraron para crear las imágenes más celebres. Algunas fueron popularizadas por revistas prestigiosas, otras se viralizaron en la web, pero todas acompañan e ilustran el avance de los tiempos. Aquí, lo que esconden diez de las tomas más reproducidas.

Shabat Gula, una mirada que no cambia
El rostro de la joven afgana se hizo famoso a nivel mundial tras aparecer en la portada de la revista "National Geographic" en 1985, cuando tenía 12 años. El retrato fue tomado en un refugio de Pakistán por Steve McCurry un año antes de ser publicado. La niña había huido de su país natal por la guerra. Años más tarde, el fotógrafo realizó numerosos viajes para reencontrarse con ella, algo ambicioso pero que parecía tener pocas probabilidades de que suceda. La encontró en 2002, convertida en una mujer de 30 años y madre de tres hijas. Fue entonces cuando pudo saber su nombre. La imagen volvió a aparecer en la tapa de la revista y si bien su rostro refleja el paso del tiempo, la mirada conserva la misma intensidad.

El más grande de los besos 
Dos perfectos extraños protagonizaron el beso más famoso de la historia que se difundió a nivel mundial a través de la revista "Life". La imagen fue tomada por Victor Jorgensen en Times Square, Nueva York, el 14 de Agosto de 1945, fecha cercana al cese de la Segunda Guerra Mundial. En la foto se puede ver a un soldado de la armada que besa en forma apasionada a una enfermera que no era su pareja, sino una desconocida que encontró en la calle, cuando todos salieron a festejar el regreso a casa.




El “vuelo” del vestido de Marilyn
Una de las fotografías más populares de la actriz Marilyn Monroe, quien supo ser uno de los máximos símbolos sexuales de todos los tiempos, es la que la retrata con una pollera que “vuela” al pasar arriba de una alcantarilla. Esa escena es parte de la película "La tentación vive arriba", que se rodó en 1954 en la ciudad de Los Ángeles, pero fue también retratada por un fotógrafo desconocido. La sugerente imagen, en la que se la ve con las piernas descubiertas, excede la fama de la propia película.





Un desconocido en “Abbey Road”
Son muchos los que coinciden en que la tapa de este disco emblemático de Los Beatles es una de las más famosas en la historia de la música, por lo que se ha convertido en un clásico de los turistas que visitan Londres y buscan hacer su propia versión de la foto. Pero lo curioso es que además del cuarteto de Liverpool, puede verse a lo lejos a un hombre desconocido, que se ubica hacia la derecha, entre John Lennon y Ringo Starr. Años más tarde se supo que el hombre se llamaba Paul Cole y nunca llegó a ser famoso. Antes de su fallecimiento, se sacó una foto en la que sostiene el disco.

Se vistieron de gala para inaugurar la web
Cuatro mujeres enfundadas en aparatosos vestidos se hicieron famosas al ser las primeras en aparecer en una fotografía en internet. La toma es una parodia a las bandas de pop y el conjunto ficticio recibió el nombre de Les Horribles Cernettes, en homenaje a que fue concebido por empleados del CERN (La Organización Europea para la Investigación Nuclear). Se decía de ellas que conformaban “la única y exclusiva banda de rock de alta energía”. La foto retocada con un rudimentario programa fue la primera en aparecer online y fue subida en Ginebra, Suiza. Pero las chicas no sólo protagonizaron una imagen, sino que la banda cantaba temas reales que hablaban de circuitos y colisionadores. Incluso se presentaron en diversos programas televisivos.

También fue un buen fotógrafo
La llegada del hombre a la Luna fue un hito en la historia de la humanidad y la tecnología, que catapultó a la fama al astronauta Neil Armstrong. Sin embargo, el que sale en las fotografías pisando el suelo lunar y junto a la bandera de Estados Unidos es Buzz Aldrin, el segundo hombre en pisar el único satélite que gira alrededor de la Tierra. Las imágenes fueron capturadas por el mismo Armstrong durante la misión Apollo 11 impulsada por la NASA.

Un “break” en las alturas
La fotografía “Almuerzo en la cima de un rascacielos” fue tomada en 1932 en Nueva York, EEUU, por el fotógrafo Charles Ebbets. Fue captada en teoría durante la construcción del edificio GE del Rockefeller Center y puede verse a un grupo de obreros comiendo sobre una viga en las alturas, con el Central Park y los clásicos rascacielos de Manhattan de fondo. Sin embargo, son muchos los que dudan de la autenticidad de la imagen y sostienen que se trata de un montaje. Fue publicada en el suplemento dominical del New York Herald Tribune el 2 de octubre del mismo año.

Un símbolo de la Revolución Cubana
La más conocida de las fotos de Ernesto “Che” Guevara, que ha sido reproducida millones de veces no sólo en textos sino también en ropa y calcomanías, fue tomada en 1960 en La Habana por el fotógrafo Alberto Korda durante un homenaje a las víctimas de la explosión de La Coubre. En ella aparece su rostro con una mirada lejana y viste su clásica boina negra. La imagen se hizo famosa siete años después de la muerte del líder revolucionario, cuando el editor italiano Giangiacomo Fentrinelli se hizo de los derechos para lanzar el “Diario del Che en Bolivia” e imprimió la imagen en un gran póster.

Un engaño monstruoso
En 1934 el mundo se hizo eco de la fotografía de Nessie, la serpiente gigante conocida como “El Monstruo del Lago Ness” que fue pocas veces avistada. La imagen pertenece al doctor Robert Kenneth Wilson y en ella se pudo contemplar por primera vez y con cierta definición a la milenaria criatura. Pero en realidad la imagen era falsa y había sido elaborada como una venganza al diario “Daily Mail”. La idea fue de Marmadure Wetherell, un exempleado de la publicación quien pidió ayuda a Wilson y a Maurice Chambers para ejecutarla. La mentira duró 60 años.


Una imagen “obligada”
El lugar es difícil de reconocer a simple vista, ya que se trata nada más ni nada menos que del Valle de Napa en California, EEUU, cuyas colinas suelen estar cubiertas de cepas de uva, con las que se elaboran los vinos característicos de la región. Sin embargo, entre 1990 y 1995 los viñedos fueron infectados por una plaga, lo que obligó a retirar el 30 % de las vides y en su lugar se plantó la hierba que se ve en esta fotografía, tomada por Charles O’ Rear. ¿Pero por qué esta imagen es "obligada"? Porque es el fondo de pantalla del Windows XP.

domingo, 13 de abril de 2014

Una estrella

Fue preciso que el sol se ocultara sangriento,
que se fueran las nubes, y se calmara el viento,

que se pusiese el cielo tranquilo como un raso,
para que aquella gota de luz se abriese paso.

Un punto imperceptible en el cielo en el cielo amatista,
casi menos que un punto, creación de mi vista.

Tuvo aún que esperar apretada en capullo,
a que se hiciese toda sombra en torno suyo.

Entonces si se agrandó, se abrió como una flor,
una férvida planta cuajóse en su interior,

y embriagada de luz empezó a parpadear...
No tenía otra cosa que hacer mas que brillar.

Baldomero F. Moreno