domingo, 4 de mayo de 2014

El lobisón (Velmiro A. Gauna)

-No, no era un hombre bueno el Capitán Giménez. Una vez mató a un hombre porque le hizo trampas en el juego y otra, tuvo a su asistente estaqueado toda una larga siesta porque le quemó la comida. ¡No! - afirmó con Cleto -bueno, lo que se dice bueno, no era, aunque esa vez del lobisón...
Se interrumpió para beber su vaso de caña, hizo chasquear golosamente la lengua y luego pasó el dorso de la mano para secar los ralos bigotes y continuó:
- ¿Usted cree en el lobisón? Bueno, yo tampoco creía porque como usted me he criado en la ciudad y aunque ahora sea un viejo borracho hubo un tiempo en que...
Golpeó el grueso vaso contra el zinc del mostrador y con su ronca voz pidió:
- ¡Don Pedro, otra caña!
Y ante la mirada desconfiada del dueño, advirtió:
- Sirva nomás que el señor paga.
Hice un gesto afirmativo con la cabeza y el viejo, después de volver a humedecer sus labios, prosiguió:
- Hay muchas cosas que parecen absurdas en los grandes centros, a la sombra de las universidades, como la cura del empacho, la luz mala, el lobisón, etc., pero que no son tales en estos lugares.
El bolichero, que había quedado escuchando, añadió:
- Pa'l empacho no hay como Ña Belén. El doctor Levinsky, de Ramada Paso, le manda sus enfermos.
- ¡Claro!... ¡Después que le salvó la vida a su criatura! - interrumpió don Cleto -. Antes le hacía la guerra, pero cuando vio que la hijita se le iba y que toda su ciencia no le servía para nada, agachó la cabeza y la mandó a la vieja para que le tirase el cuerito de la espalda...
- ¿Y sanó? - pregunté.
- ¡Pero cómo no había de sanar! Si para eso no hay como las curanderas. Los médicos lo habrán estudiado en los libros pero ellas lo han estudiado en sus hijos. Y antes que hubiera ciencia ya había madres que, por no ver sufrir a sus críos, ensayaban de todo... Casualidad o lo que sea, pero para curar el empacho no hay como las viejas...
Terminó de saborear su caña, y clavándome sus ojillos inquietos agregó:
- En cuanto a lo del lobisón, dígame, ¿por qué si es una cosa falsa la gente sigue creyendo en ella? Y no es de hoy, ni de aquí... Ya en la Biblia se habla de esos seres que se convierten en animales, y no hay parte del mundo sin esa creencia: Asia, Europa, América, Africa. Y siempre es el séptimo hijo varón, si no hubo mujer entre ellos...
- ¿Pero qué tiene que ver todo esto con el Capitán Giménez? - interpuse para evitar que se desviara del tema.
- ¡Ah! Es cierto - dijo. - Voy a tomar otra cañita para recordar y se lo contaré. - Don Pedro llenó el vaso y tras ingurgitarla, don Cleto empezó así:
- Fue para el año 32, creo. Eran tiempos malos, tiempos de crisis. Había poco que comer y los hombres se iban a buscar trabajo en "La Forestal", en el norte de Santa Fe, en los yerbales de Posadas o bajaban a Corrientes para engancharse en la policía o en el cuerpo de bomberos.
Hizo una pausa y cerró los ojos como para mejor evocar y continó:
- Aquí, en Capibara Cué, sólo quedaban las mujeres, los niños, los viejos y unos cuantos que tenían trabajo fijo o no les importaba pasar hambre de tiempo en tiempo. Pues bien, una noche en que estábamos unos pocos en el boliche, cayó Aniceto corriendo, blanco como el papel y diciendo:
- ¡Ahí! Cerca'l cementerio...
- ¿Qué? - le dijeron burlonamente. - ¿Se te apareció el tata'e tu novia?
- ¡No, no!... ¡El lobisón!
Primero lo tomaron a broma pero luego creyeron en su sinceridad y un grupo, encabezado por el capitán Giménez, salió a buscar al fantástico animal, pero no hallaron ni el rastro.
Dos o tres días después fue un tropero el que llegó con la noticia y cuando a la otra mañana continó la marcha, echó de menos a un ternero.
Y así, periódicamente, fueron muchos los que lo vieron. Era una especie de perro grande o algo parecido, con los ojos brillantes, como si ardieran...
Debía andar con hambre porque siempre faltaba algo en los ranchos por donde aparecía: unas gallinas, una tira de chicharrón, un trozo de charqui, una bolsa de batatas, etc. Esto último era lo que más extrañaba a la gente porque los lobisones, según se cuenta, sólo se alimentan de arroz y de cadáveres...
Don Cleto calló, pasó la lengua por los labios resecos y miró soñador a la botella. Comprendiendo la insinuación, ordené:
- Sirva otra vuelta, don Pedro.
El viejo borrachín bebió un sorbo y siguió:
- Pero por más dudas que tuviera la gente, nadie se atrevía a salir de noche. Apenas llegada la hora de oración, todos cerraban puertas y ventanas y ya no salían hasta el otro día. Por último al boliche sólo caíamos "El Capitán", su asistente y yo.
Las historias eran cada vez más espantables ya que para unos la apariencia tenía las dimensiones de un perro, mentras que para otros alcanzaba la de un caballo. Hubo quien afirmó que lo divisó arrastrando el cadáver de una joven, y quien juró que lo vio comerse a una criatura.
Fue entonces cuando el capitán paraguayo me propuso:
- ¿Se anima, don Cleto, a enlazar al lobisón?
A mí, francamente, no me seducía la idea, pero no quise demostrar cobardía y accedí.
Era un viernes, a la noche, propicia como ninguna para esa clase de aventuras.
Después de entonarnos con unas copas, salimos; el capitán armado con su pistola, el asistente con un machete y yo con un grueso garrote.
Ibamos por las desiertas calles del pueblo que una espléndida luna iluminaba como si fuera de día. No se veía un alma por ningún lado y solamente, a veces, salían grupos de perros a ladrarnos. No encontramos nada por ninguna parte y eso que hasta dimos vuelta al cementerio, por las dudas.
El capitán quiso entrar pero el asistente no quiso saber nada con los muertos y yo lo secundé. Desencantados volvimos, cuando, cerca del rancho del capitán, vimos un bulto negro alzarse en el camino.
- ¡El lobisón! - dijo el asistente y se persignó.
Yo no dije nada, pero me quedé duro mientras sentía que me corría un sudor frío por todo el cuerpo. El capitán, solamente, siguió avanzando y cuando estuvo a pocos pasos, sacó la pistola y apuntó.
Pero antes de apretar el gatillo, se oyó un grito de pavor.
- ¡No! ¡Capitán! ¡No, mi capitancito!
Y una viejecita salió detrás de un árbol donde estaba escondida y se arrojó a los pies del ex militar, mientras el lobisón se incorporaba y arrojando al suelo el cuero que lo cubría, venía a nuestro encuentro.
Gracias a la luna lo reconocimos: era "Moncho", el nieto de doña Juana que vivía a pocas cuadras más adelante.
El capitán guardó el arma y alzó a la vieja que seguía sollozando.
- Venga, - le dijo - vamos a mi casa.
Luego ordenó al asistente:
- ¡Traé el cuero!
Avanzamos unos metros, cuando el muchachito se volvió corriendo y fue hasta el árbol donde se había ocultado la abuela para traer una bolsa sospechosamente henchida.
Después que se nos unió fuimos hasta el rancho y una vez acomodados, la viejecilla nos hizo escuchar su historia. Pero eso, bien merece un trago, ¿no es verdad?
Bebió el sobrante de su vaso y esperó hasta que le hubieran llenado de nuevo para reanudar su relato.
Doña Juana tenía un hijo que había trabajado allí cerca, en la estancia de unos ingleses, pero, a causa de una discusión con el capataz, perdió el puesto. En Capibara Cué no pudo encontrar trabajo, así que se fue para Misiones hacía varios meses. Desde entonces no supo nada de él. Poco a poco la vieja fue empeñando o mal vendiendo sus muebles para comprar con que mantenerse ella y el nieto, hijo del que se fuera y de una mujer que lo abandonó al año de nacer y andaría quién sabe adónde.
Pasaron hambre y mil privaciones hasta que se les había ocurrido lo del lobisón. Con un cuero de oso hormiguero, un pedazo de vela encendida dentro de una lata agujereada puesta dentro de la cabeza para que la luz saliera por los ojos, y el nieto andando en cuatro patas, habían creado el fantástico animal. Mediante ese expediente pudieron conseguir lo necesario para ir viviendo.
- Hasta que esta noche Ud. casi me lo mata al "Cunumí", capitán Giménez -concluyó la abuela, secándose las lágrimas que corrían por su arrugado rostro.
El capitán se rascó la cabeza pensativo y luego nos dijo con voz que no admitía réplica:
- Nadie ha visto ni sabe nada del lobisón. ¿Estamos? Desde mañana, Moncho, irá a ayudar a don Pedro en el boliche ya que hoy mismo me decía que le faltaba un muchacho para los mandados.
- Gracias, mi capitán, gracias - le interrumpió la anciana y tomándole una de las manos se la besó.
El gesto pareció emocionar al ex militar que con tono que quiso ser enérgico, ordenó al asistente:
- Pasá la alcancía.
El subordinado se la alcanzó y abriéndola entregó a doña Juana los pesos que allí había, a pesar de las protestas de la mujer que no quería recibirlos.
Después los acompañó hasta la puerta y les dijo:
- Y ahora, váyanse tranquilos a dormir.
Partió doña Juana y tras ella el nieto con la bolsa a cuestas, pero al pasar junto al capitán, éste lo detuvo, miró el contenido y sacando de adentro una gallina, se la entregó a su asistente diciendo:
- Tomá, para el puchero de mañana.
Don Cleto paladeó su último trago y al dejar el vaso, dijo sentenciosamente:
-No, si bueno lo que se dice enteramente bueno, no era el capitán Giménez. Ya ve, ¡sacarle una gallina a la vieja!...
-¡Pero -salté- si antes le había dado todos sus ahorros! ¿Qué le hacía una gallina más o menos?
-¿Sus ahorros? Los del asistente querrá decir, que el pobre estaba juntando para comprarse un caballo... No, si es como yo le dije, señor, bueno, enteramente bueno no era el capitán Giménez.
Velmiro A. Gauna

viernes, 2 de mayo de 2014

El buen Juez I

Azorín, ¿quiere usted
decir algo de las «Sentencias
del presidente Magnaud?—Marquina.

Diré con mucho gusto algo; pero no sé s¡ voy a escribir una página subversiva. Ello es que la casa editorial Carbonell y Esteva, de Barcelona, cuya dirección literaria tiene el poeta Marquina, ha publicado la traducción española de los fallos y veredictos del juez Magnaud. Un ejemplar de este volumen, desde la librería barcelonesa, ha pasado a la capital de una provincia manchega; aquí ha estado seis, ocho, diez días puesto en el escaparate de una tienda, entre una escribanía de termómetro y una Agenda con las tapas rojas. El polvo había puesto ya una sutil capa sobre la cubierta de este pequeño volumen; el sol ardiente de la estepa comenzaba ya a hacer palidecer los caracteres de su título. ¿No había nadie en la ciudad que comprase este diminuto libro? ¿Tendría que volver este diminuto libro a Barcelona, después de haber visto desde el escaparate polvoriento, entre la Agenda y la escribanía, el desfile lento, silencioso, de las devotas, de los clérigos, de las lindas mozas, de los viejos que tosen y hacen sonar sus bastones sobre la acera? No, no; un alto, un extraordinario destino le está reservado a este volumen. Ante el escaparate acaba de pararse un señor grueso, bajo, con ojuelos chiquitos y una recia cadena de plata que luce en la negrura del chaleco. Este señor mira los cachivaches expuestos en la vitrina y lee los títulos de los libros; estos títulos él los ha leído cien veces; pero el título de este diminuto libro es la primera vez que entra en su espíritu.
—¡Caramba!—piensa el señor desconocido—. ¡Caramba!, las «Sentencias del presidente Magnaud», ese juez tan raro de que hablaba el otro día el periódico!
Después que ha pensado tal cosa el señor grueso, sonríe con una sonrisa especial, única, y luego traspone los umbrales de la librería. Tenga en cuenta el lector que en la vida no hay nada que no revista una trascendencia incalculable, y que estos pasos que acaba de dar el señor grueso para penetrar en la tienda, son pasos históricos, pasos de una importancia extraordinaria, terrible. Porque este señor va a comprar el libro, y porque este libro ha de ir a parar al despacho de don Alonso, y porque don Alonso, leyendo las páginas de este libro, ha de sentir abrirse ante él un mundo desconocido. Pero no anticipemos los acontecimientos. Cuando el señor grueso e irónico ha salido de la librería, aún llevaba en su cabeza el mismo pensamiento que llevaba al entrar. «Se lo regalaré a don Alonso»—pensaba él metiéndose en el bolsillo el libro. Después, llegado a la fonda, ha puesto el volumen en la maleta—admirad los destinos de los libros—, entre un queso de bola y un señuelo para las codornices. Y luego, a la tarde, él y la maleta se han marchado en la diligencia hacia un pueblo de la provincia.
En todos los pueblos, bien sean de esta provincia manchega, o bien de otra cualquiera, por las noches (y también por las mañanas y por las tardes) hay que ir al Casino. El señor grueso ha cumplido la misma noche de su llegada con este requisito; en el Casino le esperaban los señores que forman la tertulia cotidiana; él los ha saludado a todos, todos han charlado de varias y amenas cosas, y, al fin, el señor grueso ha sacado su libro y le ha dicho a don Alonso:
—Don Alonso, he comprado esto esta mañana en Ciudad Real para regalárselo a usted.
Don Alonso ha dicho:
—¡Hombre, muchas gracias! Y ha tomado en sus manos el diminuto volumen. Otra vez vuelvo a recordar al lector que considere con detención el gesto de don Alonso al coger el libro, puesto que es de suma trascendencia para la historia contemporánea de nuestra patria. El gesto de don Alonso ha sido de una vaga curiosidad; acaso en el fondo no sentía curiosidad ninguna, y este tenue gesto era sólo una deferencia por el presente que se le hacía. Después, don Alonso ha leído el título: «Novísimas sentencias del presidente Magnaud», y este título tampoco le ha dicho nada a don Alonso. Pero el señor grueso que ha traído el libro ha dicho:
—Este Magnaud es un juez muy raro que ha hecho en Francia algunas cosas extrañas...
—Sí, sí—ha replicado don Alonso, que no conocía a Magnaud—; sí, sí, he oído hablar mucho de este juez.
Y después que han hablado otro poco, se han separado. Don Alonso, cuando ha llegado a su casa, ha puesto el libro en la mesa de su despacho. Un vidente del alma de las cosas hubiera podido observar que ante este libro y los demás que había sobre la mesa, se ha establecido súbitamente una corriente sorda y formidable de hostilidad. Los demás libros eran—tendré que decirlo—el Código civil, el Código penal, los Procedimientos judiciales, la ley Hipotecaria, comentarios a los Códigos, volúmenes de revistas jurídicas, colecciones de sentencias del Tribunal Supremo, Pero si una antipatía mutua ha nacido entre estos libros terribles, inexorables, y este diminuto libro, en cambio, en el estante de enfrente hay otros volúmenes que le han enviado un saludo cariñoso, efusivo, al pequeño volumen. Son todos historias locas, fantásticas, poesías sentimentales, novelas, ensueños de arbitristas, planes y proyectos de gentes que ansian renovar la haz del planeta. Y entre todos estos volúmenes aparece uno que es el que más contento y satisfacción ha experimentado con la llegada del nuevo compañero; se titula: «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha», y diríase que durante el breve momento que el diminuto volumen ha estado sobre la mesa, un coloquio entusiasta, cordialísimo, se ha entablado entre él y el libro de Cervantes, y que el espíritu de Sancho Panza, nuestro juzgador insigne, daba sus parabienes al espíritu de su ilustre sucedáneo el juez Magnaud.
Pero no divaguemos. Don Alonso, que había salido del despacho con un periódico en una mano y una bujía en la otra, ha tornado a entrar. Y ya en él, se ha parado ante la mesa y ha cogido de ella un gran cuaderno de pliegos timbrados—que es un pleito que ha de fallar al día siguiente—y el pequeño volumen. Luego ha subido unas escaleras, ha gritado al pasar por delante de una alcoba: «¡María, mañana a las ocho!», y se ha metido en su cuarto. Y don Alonso ha comenzado a desnudarse. Nuestro amigo es alto, cenceño, enjuto de carnes; su edad frisa en los cincuenta años...
Ya está acostado don Alonso; entonces coge un momento los anchos folios del pleito y los va hojeando; pero debe de ser un pleito fácil de decidir, porque el buen caballero deja al punto de nuevo sobre la mesilla los papelotes. El diminuto volumen está aguardando; don Alonso alarga la mano, lo atrapa y comienza su lectura. De las varias emociones que se han ido reflejando en el rostro avellanado del caballero, mientras iba leyendo el libro, no hablará el cronista, por miedo de dar excesivas proporciones a este relato. Pero sí ha de quedar consignado, para que llegue a conocimiento de los siglos venideros, que ya quebraba el alba cuando don Alonso ha terminado la lectura de este libro maravilloso, y que, luego de cerrado y colocado con tiento en la adjunta mesilla, el buen caballero—caso extraordinario— ha vuelto a coger el pleito repasado antes ligeramente y con descuido, y lo ha estado estudiando de nuevo, con suma detención, hasta que una voz se ha oído en la puerta, que gritaba: «¡Alonso; son las ocho!»
Y aquí, lector amigo, pondremos punto a la primera parte de esta nunca oída y pasmosa historia.

sábado, 26 de abril de 2014

Palabras y expresiones de otros idiomas sin equivalente en castellano

La pesadilla de todo traductor es no poder encontrar términos equivalentes en distintos idiomas. Existen muchas palabras en idiomas extranjeros que no pueden expresarse con una sola palabra en español, sino que necesitan toda una frase o expresión que las explique. Por eso, si alguna vez sentiste que querías expresar algo pero no encontrabas la palabra exacta en español que definiera dicha situación o sentimiento, aquí descubrirás palabras y expresiones de diferentes lenguas que puedes adoptar para aquellos casos en que el español no sea suficiente.

Pochemuchka
Esta palabra proveniente del idioma ruso se utiliza para definir a una persona que hace muchas preguntas y que resulta molesta, pesada. En español podríamos decirle “preguntón” pero no completa totalmente el significado. La palabra Pochemuchka proviene de la palabra rusa “pochemu” que significa “por qué”. A su vez, el vocablo se inspira en un famoso libro infantil ruso titulado “Alesha Pochemuchka”, que relata la historia de un niño de alrededor de 5 años que preguntaba mucho y nunca se terminaba de sentir satisfecho con las explicaciones.

Hyggelig
Cualquiera que visite Dinamarca escuchará enseguida el término "hyggelig" y será la primera palabra que aprenda en danés. Se trata de una expresión coloquial que simboliza el sentimiento de estar a gusto en un lugar acogedor, sentirse cómodo. Los habitantes adoran el término "hyggelig" y lo utilizan para definir esas situaciones con una atmósfera de armonía y calidez.

B'shert
Este termino se trata de una palabra relacionada al ámbito humano y personal, de origen
hebreo, y es utilizada para expresar la acción de buscar al "bashert", que sería la persona con la que uno se complementa perfectamente y de manera mutua. En español, podríamos llamarlo algo así como la búsqueda del alma gemela.

Pilkunnussija
Esta palabra con origen en Finlandia, se utiliza para definir a aquellas personas que corrigen compulsivamente la gramática y ortografía de todo texto a su alrededor. Se pasan el día marcándole los errores a todo el mundo, generando antipatía entre quienes lo rodean y obsesionándose a niveles exagerados.

L'esprit de l'escalier
¿A quién no le ha pasado que durante una conversación o ante un comentario que lo toma de sorpresa, no logra expresar la respuesta más afortunada posible, pero un rato después ella llega a la mente con demora? Bueno, los franceses tienen una expresión para definir esto. "L'esprit de l'escalier" se utiliza para definir ese momento en que llega la respuesta ideal pero demasiado tarde, situación que genera cierta bronca.

Iktsuarpok
Este término inventado para explicar algo muy raro. Su origen es esquimal y se utiliza para definir a una persona tan impaciente, que sale de su casa (de su iglú, para los esquimales) una y otra vez para comprobar si han llegado sus invitados, con una actitud un tanto obsesiva.

Meraki
Este término griego relativamente moderno se utiliza para calificar un acto cuando se realiza con gran creatividad y dedicación, de manera apasionada, poniendo el corazón o el alma en dicho asunto. Se usa cuando se puede decir que uno da algo de uno mismo para hacerlo, como el hecho de preparar una comida para alguien o decorar una casa.

Tingo
Este término proveniente de la Isla de Pascua se utiliza para describir la acción de pedir o tomar prestados diversos objetos de la casa de un amigo o vecino, uno tras otro, hasta no dejar ninguno. Un conocido libro español sobre el tópico de este artículo menciona esta palabra es su nombre: “El significado de Tingo”, del autor Adam Jacot de Boinod. Allí se analiza una gran cantidad de vocablos interesantes, de diversas culturas y de imposible traducción.

Kualanapuhi
Con este término, los hawaianos se refiere a un servidor del rey que se dedica a alejar de su amo las moscas u otros insectos que puedan molestarlo durante el reposo. Utiliza una especie de cepillo hecho de plumas para tal fin, que va agitando mientras el rey duerme plácidamente.

Uitwaaien
Esta palabra de origen holandés se encuentra en los diccionarios con el significado de "un soplo de aire fresco". Se dice que comúnmente se utiliza este término en Holanda para expresar el placer de pasear cuando sopla algo de viento solo por diversión y por el disfrute de sentir el aire en la cara.

Ohrwurm
Muchas veces desearíamos tener en el idioma español una palabra que defina esto. Con
"ohrwurm" los alemanes se refieren a esas canciones tan pegadizas que se meten en el cerebro y se repiten una y otra vez, tararéandolas todo el día en la mente. Y como sabemos, no suelen ser las mejores obras musicales, sino muy por el contrario. ¿Inmediatamente se te ocurrieron dos o tres ejemplos de este tipo de canciones? ¡Ojalá tuviéramos en el español una palabra para definirlas!

Nunchi
Seguro tienes algún amigo con esta característica o quizás tú mismo eres así. Los coreanos utilizan el término "nunchi" para hablar de aquellas personas con tan poca fortuna que suelen emitir los comentarios más inoportunos en las situaciones menos adecuadas. Cualquier persona que haya estado alguna vez en una reunión social ha tenido que vivir algún momento incómodo a cargo de un "nunchi".

Yoko meshi
Esta expresión en japonés de la que tampoco hay un equivalente en español, se utiliza para el ámbito culinario. Su significado es “arroz horizontal” o “comida que se come por los dos lados”. A su vez, este término posee otro significado, en sentido figurado, que se refiere a la inseguridad o el stress que se siente al hablar un lenguaje que no es el propio.

Gadrii Nombor Shulen Jongu
¿Te parece una expresión un poco extensa? Bueno, ésta es la manera con la que los tibetanos definen esa situación en la que se brinda una respuesta pero de manera errónea o inapropiada, es decir que no responde realmente a la pregunta que se había hecho.

Guanxi
Este término con origen en la China tradicional denomina un sistema de dicha cultura por el cual una persona realiza un intercambio de regalos o favores de manera interesada, con el objetivo de obtener a cambio ciertos favores en el futuro cercano. Los regalos muchas veces, como parte de esta tradición china, son invitaciones a banquetes o a cenas en restaurantes, en los cuales la persona que primero ingrese se hará responsable del resto.

Taarradhin
¿Cómo llamarías a una situación en la que un problema se resuelve en favor de todos y dejando contentos al total de los involucrados en la cuestión? Seguramente no se te ocurra ningún término en español, pero los árabes le llaman "taarradhin". Quizás, similar a la expresión italiana tutti contenti.

Mamihlapinatapai
¿Complicado de pronunciar? Se trata de un término expresado en Yaghan, una lengua del sur argentino, proveniente de la provincia de Tierra del Fuego. Este vocablo se utiliza para referirse a ese momento en que dos personas se miran mutuamente esperando que el otro haga algo, ambos compartiendo este mismo deseo, pero ninguno tiene la voluntad de hacerlo.

Litost
Este término checo es bastante utilizado y propio de la expresión literaria. Se podría definir como un sentimiento que engloba muchos otros: tristeza, nostalgia, pena. Es una especie de estado de miseria que genera una profunda angustia. Uno de los genios de la literatura checa, Milan Kundera, autor de famosas novelas como “La insoportable levedad del ser”, habla de este término: “He buscado vanamente en otras lenguas el equivalente de esta palabra, porque me parece difícil imaginar cómo alguien puede comprender el alma humana sin ella”.

Ilunga
Esta palabra es de origen tshiluba, idioma proveniente del sudoeste del Congo. Es muy famosa por no poder se traducida. Se la suele definir como la altura moral de una persona que le permite llegar a perdonar y olvidar una ofensa repetida hasta en dos ocasiones, pero ya no una tercera, cuando no soportará ni perdonará nuevamente.

Forelsket
Este término de origen noruego es extremadamente romántico. Expresa en una palabra la etapa en que comienzas a sentirte enamorado de alguien, con toda la euforia y emoción sentida en aquella primera instancia del enamoramiento. Ahora que la sabes, aunque hables español, podrás utilizarla para revelar un sentimiento, sin que la otra persona se entere hasta averiguar su significado.

jueves, 24 de abril de 2014

Los toros

Al pintor Zuloaga.
Cuando yo entro en la casa, un perro se pone a ladrar.
—¡Calla, «Carlín»!—dice doña Isabel.
—Buenas tardes, doña Isabel—le digo yo a doña Isabel—. ¿Y don Tomás? ¿Ha salido ya?
El perro se llega hasta mi, con la cabeza baja, gruñendo sordamente. Una voz grita desde el despacho:
—¿Es usted, Azorin? Pase usted.
Yo entro en el despacho. Don Tomás está subido en una silla, con las manos tendidas hacia la parte superior de un armario en que aparecen colocadas ocho o diez sombrereras. Don Tomás coge una y la baja; luego va bajando las otras.
—Estoy aquí buscando un sombrero- me dice.
—Pero estos son sombreros de copa—le digo yo examinando las sombrereras.
—Si, éstos son de copa; pero yo estaba buscando uno ancho que debe de estar por aquí.
—Y ¿todos estos sombreros son de usted? — le pregunto yo.
—Todos son míos; aquí tengo yo la historia de mi vida—dice él.
—Ya sé que ha sido usted un elegante-;-torno a decirle yo.
—Entonces se podía vestir—vuelve a decirme él—; pero ahora no hay ningún sastre que corte una levita como aquéllas. 
Don Tomás saca de una sombrerera un sombrero de copa.
—¿Ve usted este sombrero?—me dice— Este lo llevé yo a la reunión que celebraron los romeristas en el teatro de la Comedia el año... 
Don Tomás permanece un momento pensando; después pregunta:
—Azorín, ¿usted no sabe en qué año se celebró la reunión de los romeristas en el teatro de la Comedia?
—Yo no sé, don Tomás—le contesto yo—; pero tengo idea de que debió de ser allá por 1898.
—¿Está usted seguro? ¿No fué antes de la otra reunión que tuvimos en la Exposición Universal de Barcelona?
Don Tomás, mientras pronuncia estas palabras, saca otro sombrero de otra sombrerera.
—Este es—dice, enseñándomelo—el sombrero que yo me puse para asistir a esa reunión de Barcelona.
—Y teniendo sombreros en casa, ¿por qué se compraba usted cada vez un sombrero? le pregunto yo.
—Le diré a usted—contesta él—; yo iba a Madrid de tarde en tarde. Llegaba a Madrid, compraba un sombrero, luego lo traía aquí, y cuando tenía que volver al cabo de algunos años, ya había pasado de moda y era preciso comprar otro.
Don Tomáá ha sacado otro sombrero de otra sombrerera.
—Aquí tiene usted éste—dice, levantándolo a la luz—; éste casi está bien aún. Este lo compré para asistir a la última reunión que celebramos en el frontón de Jai-Alai el año...
Don Tomás torna a quedarse pensativo.
—¿Recuerda usted, Azorín, cuándo fué la reunión de Jai-Alai?
—No sé, don Tomás—le contesto—; me parece que fué en 1900 o en 1899.
—No, no—dice don Tomás—; yo creo que fué antes. Yo estrené entonces una levita que debo de tener por aquí.
Y rápidamente don Tomás abre un ropero y comienza a revolver americanas, pantalones, gabanes, chaquets.
Doña Isabel aparece en la puerta.
—¡Pero, Tomás!—exclama doña Isabel— Mira que ya va siendo tarde...
Don Tomás se vuelve con una levita colocada en el hombro.
—¡Voy, voy!—grita don Tomás—. ¿Os habéis arreglado ya? Lo malo será que el temporal siga esta tarde...
Don Tomás se pone precipitadamente un sombrero blanco. Todos salimos a la entrada. Y se oye un rumor de sedas, un taconeo ligero, rítmico, una tos fina: Juanita aparece, viva, nerviosa, tocada con una mantilla blanca y con unos claveles en la mano.
—Mamá—ha dicho Juanita dirigiéndose a doña Isabel; pero, de repente, se ha detenido, como sintiendo reparo en decir lo que iba a decir. Juanita tiene un rostro ovalado, suavemente moreno, con transparencias e irisaciones de bronce, de un bronce delicado, pálido, que sólo se ve de tarde en tarde, por azar maravilloso, en las mujeres morenas.
Los ojos de Juanita son grandes, negros; una luz misteriosa, que parece que se enciende vivamente de pronto y de pronto se apaga, los ilumina. Los labios son carnosuelos, rojos. Los pies son pequeños, agudos, arqueados, con una curva suave sobre los altos y sutiles tacones; los puntos y calados de una media negra de seda dejan transparentar la piel blanca, sonrosada. Y como rasgo final que completa nuestro retrato, en las sienes de Juanita aparecen unos aladares finos, sedosos, rizados, que ponen sobre la tez ambarina un trazo de negrura. Un pintor de las cosas de España jurarla que Juanita no podía ser de otro modo.
— Mamá—dice Juanita por segunda vez, enseñándole los claveles a doña Isabel. Pero un trueno acaba de retumbar, lejano, apagado.
—¿Está tronando?—pregunta doña Isabel.
—Sospecho que esta tarde hay también lluvia— dice don Tomás.
—Mamá—dice por tercera vez Juanita, ya impaciente, nerviosa—, mamá, ¿cómo me pongo los claveles?
—La secretaria—dice doña Isabel sonriendo—, la secretaria ha dicho que se pueden llevar en la cabeza y en el pecho.
—¡Sí, si!—exclama Juanita riendo vivamente, en tanto que la línea de su pecho se mueve con ligeras ondulaciones.
—¿Qué secretaria es esa?—pregunto yo.
—Es la secretaria de «La Ultima Moda», a quien consultan las suscritoras, y ella contesta a lo que le preguntan.
—Verá usted—dice Juanita—. Y rápida, con un rumor de seda y de taconeos rítmicos, desaparece y torna a aparecer con un periódico en la mano.
Nosotros le hemos preguntado cómo se llevaban los claveles para ir a los toros—dice doña Isabel.
—Y ella—continúa Juanita—contesta lo siguiente: «Los claveles se llevan en la cabeza; pero también pueden prenderse en el pecho. Estos claveles, generalmente, son rojos; sin embargo, se pueden usar también blancos, haciendo con los dos colores una linda combinación.»
—¡Estamos enterados!—dice don Tomás, dando en el suelo con su bastón.
La luz comienza a disminuir; retumba otro trueno pavoroso, tremendo.
—Ya tenemos encima el chaparrón—observa don Tomás.
Todos callamos consternados y nos asomamos a la puerta para mirar las nubes plomizas que cubren el cielo. Un faetón, uno de estos faetones pesados, venerables, simpáticos, de los pueblos, acaba de detenerse ante el portal.
—Ramón—le dice don Tomás al criado que lo conduce—. Ramón, ¿qué le parece a usted? ¿Nos mojaremos esta tarde?
Ramón sonríe y contesta:
—Me parece que sí, señor.
Brilla un relámpago vivísimo; un trueno estalla con un ruido seco y formidable. Y comienza a caer una lluvia densa, cerrada. Allá abajo, en la feria, la gente corre despavorida y abre precipitadamente los paraguas.

Araña pollito (Velmiro A. Gauna)

Siesta en Misiones. El sol lanza a los hombres al resguardo de las casas y hunde a las alimañas de la selva en cuanto amparo sombreado les ofrecen los árboles o las cosas.
En los caminos desiertos sólo se ven, a intervalos, las nubecitas de polvo que levantan las lagartijas que cruzan de un lado a otro la picada, y al pie de las barrancas ásperas y rojizas, al Altó Paraná que hierve en remolinos en las costas y pasa imponente y encrespado por el profundo cauce.
Críspulo Vargas está solo en el aserradero. Los peones se fueron por la mañana hacia Eldorado, varios kilómetros adelante, para ver pasar el barco que viene desde Puerto Aguirre, traer provisiones y de paso, caña paraguaya y cigarros contrabandeados desde el Paraguay por los Benítez para el turco Elías, el bolichero de la entrada del pueblo que apenas si chapurrea el castellano, pero que habla el guaraní a la perfección.
Críspulo es el capataz y hombre de confianza de Vladimir Letinsky, un polaco dueño de ese y de otros establecimientos en el territorio y quien, en su estancia cerca de Apóstoles, se viste de "smoking" y actúa como un gran señor en sus comidas, para terminar emborrachándose como el último mensú en las sobremesas. Pero esas son cosas que no tienen importancia para el correntino Vargas, para quien "el patrón es el patrón" y puede hacer lo que le dé la gana, siempre que le pague puntualmente su salario.
Deja la mecedora donde ha estado dormitando y se asoma a la galería del bungalow que lo cobija. La intensa luz hace pestañear por un momento sus ojillos oscuros y el calor pone perlas de sudor en su rostro aceitunado; pero él, indiferente y sin más abrigo para la cabeza que sus cabellos lacios y duros como crines, baja el camino disponiéndose a hacer una recorrida.
Primero va al galpón de las maquinarias, donde la brillante hoja de la sierra mecánica reluce como espejo, inspecciona los tablones amontonados a un costado y dispuestos en tal forma que el grueso tronco conserva su forma habitual, como si el filo de la delgada hoja no lo hubiese tajado en diversas secciones. Mira luego los rollizos apilados en el patio, llegados algunos desde el interior al lento paso de los "alzaprimas" y arribados, otros, en jangadas por las bullentes aguas del río y elevados hasta ese lugar a costa de sudor y de esfuerzos.
Hay allí pino del Brasil, viraró, cedro misionero, peteribí y varias otras maderas de la rica flora del contorno. Cruza el tabacal y, satisfecho, vuelve a la casa por un sendero bordeado de plantas de bananas. Observa los cachos y reflexiona:
-Ya están a punto... Mañana los voy a hacer cortar.
Para cerciorarse mejor palpa los largos frutos verdosos que comienzan a amarillear en los extremos. De pronto, al hacerlo, siente un agudo pinchazo en uno de sus dedos.
-¡Añamemburetá!... - dice irritado y desenvainando su machete, corta de un certero golpe el pesado racimo. Cae éste con violencia sobre la tierra del camino y algunos frutos saltan desperdigados a los costados.
Machete en mano, Críspulo observa vigilante hasta que ve asomar unos largos tentáculos negros que se desplazan sin ruido. Rápido levanta con una mano el manojo de frutos y lo arroja hacia el frente, y allí, casi a sus pies, ve el bulto negro y horripilante de una "araña pollito". El animal levanta sobre sus gruesas patas el redondo, sombrío y aterciopelado cuerpo. Es grande, casi como un puño, y parece dispuesto a lanzarse sobre el hombre; pero éste baja una y otra vez el machete con furia salvaje y lo destroza en menudos pedazos mientras lo insulta profusamente en castellano y guaraní.
-¡Tomá añamembú!... ¡Picá otra vez, araña infeliz!... ¡Sucú, hija de... !
Y no contento con eso, salta sobre los restos y hunde los negros trozos en el rojizo polvo de la senda.
Después atiende a su picadura.
-Menos mal que jue en la surda... - se consuela.
En el extremo del dedo mayor tiene un punto rojo, alrededor del cual la carne comienza a hincharse.
Vuelve a la casa y baña su mano en alcohol. Aprieta el dedo con fuerza, como queriendo expulsar por el casi invisible agujerito la ponzona recibida.
Siente un dolor intenso y como si pequeños pinchazos le recorriesen la mano. Va de un lado a otro sin saber qué hacer. Mueve continuamente los dedos, como para activar la circulación, pero encuentra que la mano se le pone cada vez más torpe. El dedo medio es, ahora, un enorme cilindro enrojecido y tiene la impresión de que millones de agujas se le clavan en la palma.
-Estoy embromau... -dice-. Voy a dir p'al pueulo.
Súbitamente recuerda que los peones llevaron el jeep y los caballos.
-¡Pucha!... ¿Y ahora?
Toma un gran trago de caña y vuelve a recurrir al antiséptico. Pero todo es en vano. La mano le pesa como una carga y el agudo dolor le hace apretar los dientes.
-Si voy a pie capá que no llego -reflexiona y sigue bebiendo caña-.
Una raya roja avanza por debajo de la piel de la muñeca. Críspulo sabe que cuando ella llegue al corazón todo habrá concluido. Va hasta el camino y avizora en la lejanía.
-¡Y lo muchacho sin venir!... ;Caracho!
Los dedos violáceos carecen de movimiento y la raya, lenta, pero implacablemente, sigue subiendo a lo largo del brazo. La fiebre le reseca los labios y la garganta, y la caña resbala por sus fauces, sin aplacar la sed devoradora ni disminuir los dolores.
Camina como un borracho, sosteniendo con la derecha la mano emponzoñada. Creencias infantiles perdidas en la subconsciencia, se hacen vívidas en su cerebro.
-¡Virgen de Itatí!... ¡Salvame y te he de hacer un regalo!... He de ir nicó a visitarte y a resarte si me sacás d'este apuro... - ruega con voz desfallecida.
La línea purpúrea Ilega casi a la mitad del antebrazo. La fiebre y el dolor lo arrojan sobre la sombra fresca del galpón. Allá arriba el cielo azul parece dorarse con el sol de la siesta tórrida. A su alrededor todo es silencio y soledad.
La conciencia del peligro lo mantiene despierto, aunque un pesado sopor quiere detenerlo junto a la frescura del zinc de las paredes del galpón para dormirse sobre el pasto suave y mullido que allí crece.
-¿Qué voy a hacer?... - se pregunta.
De pronto una luz se hace en las tinieblas de su cerebro, embotado por la fiebre, y, dando tumbos, entra al aserradero, donde lo recibe el reflejo plateado de la enorme sierra circular.
Busca en la caja de herramientas y da con el ovillo de un fuerte cordel.
Ayudándose con los dientes y la mano sana, hace una lazada y la ciñe cerca del codo del brazo enfermo. Después, a costa de grandes esfuerzos, hace pasar el ovillo sobre uno de los tirantes del techo y ata el extremo a una de las patas de la mesa de la sierra. A ratos debe descansar, fatigado por el trajín. A veces quiere dormirse sobre la mesa o le tienta el fino aserrín que cubre el piso, pero su enorme fuerza de voluntad se impone.
Trabajosamente recita los trozos de oraciones que recuerda y se encomienda a la virgen favorita. Aprieta el botón y la sierra se pone en marcha.
Críspulo, entonces, cierra los ojos, y juntando los restos de energía que dispone, apoya el brazo enfermo contra la hoja rugiente. La mano tronchada salta y cae sobre la mesa donde queda como un enorme sapo al borde de un charco de sangre negra y espesa, en tanto que el hombre, al otro costado, cuelga del muñón sangrante, mientras el cordel se pone tenso por el peso del cuerpo y ciñe cada vez más, impidiendo la hemorragia.
Y así lo encuentran al regreso los peones, media hora después, cuando atraidos por el ruido de la sierra, llegan al galpón. Vendan como pueden el muñón, aprietan aún más la ligadura y lo llevan en el jeep hasta el puesto sanitario de Eldorado donde el médico al verlo mueve la cabeza con gesto desesperanzado, diciendo:
-Hay que volver a cortar a la altura del codo. No creo que se salve, aunque estos correntinos...
Y sin decir más lo hace poner en la camilla y da comienzo a la operación.
* * *
Pero el doctor estuvo errado, porque después de pasar varios días entre la vida y la muerte, Críspulo se repuso y volvió al trabajo con un brazo menos y un nuevo mote: "Araña Pollito".
Sin embargo, no hay quien se lo diga cara a cara, porque, manco y todo, Críspulo maneja como luz su "marcagallo" y muy pocos le ganan a hacer blanco con su "44".
Velmiro A. Gauna


Críspulo Vargas es típico representante del correntino que se ha consustanciado con la vida dura y sin treguas de la selva; mensú, como muchos otros hermanos devorados por la selva, ha sabido imponerse siempre con su personalidad indomable y recia como el quebracho, y así ha podido llegar a capataz del obraje, cargo al que acceden solamente hombres de contextura excepcional. Y esta contextura se revela intensamente en dicho cuento, donde la tragedia inesperada -la picadura de una araña pollito que le emponzoña un brazo- no amilana su entereza y, con una fuerza de voluntad titánica, que no desfallece ni aun en medio de la fiebre, se amputa el mismo el miembro engangrenado, colocándolo en los dientes de una sierra; es la ley de la naturaleza: lo esencial es la vida, única esperanza del hombre, frente a la cual debe ceder todo aquello que ya no sirve para la lucha diaria; y una vez más el hombre sobrevive, porque ha respondido de igual a igual al desafío del destino. Cuento recio, de hondo dramatismo y lograda gradación de intensidad.

Castelli, E. (s/a) Velmiro Ayala Gauna Hombre y tierra del litoral, p.19. Ediciones Colmegna. Santa Fe. Argentina