miércoles, 22 de octubre de 2014

América

Ceñida de jazmín y enredadera
y entre viejas montañas escondida, 
pasa su blanca y perezosa vida
una tierra bellísima, un jardín.

América unos hombres la llamaron
y sus hijos después lo repitieron;
sus moradas sobre ella suspendieron
la sílfide, la hada, el serafín.

Las auras de sus bosques centenarios
mecen los mil jazmines de su frente,
y un aroma purísimo, inocente,
se desprende al columpio virginal.

Ciñen su inmensa frente por diadema
ejércitos de palmas cimbradoras,
altivas y caducas moradoras
del desierto y del torrido arenal.

Descienden en vistosos torbellinos
de trasparentes perlas sus cascadas,
y bordan las corolas perfumadas
de la campestre y olvidada flor.

Pueblan sus altos robles y sus ceibas
en bandos pintorescos los tulipanes,
y ostentan los mitrados cardenales
las purpuras de Tiro en su color.

Las deidades del mar visten sus playas
de caracoles, conchas y corales,
que ostentan sus desiertos arenales
como un cinto de perlas y rubí.

Encaje pintoresco y ondulante
con que adorna su virgen vestidura,
la casta, hermosa, celestial y pura
tierra de los ensueños de aleli.

Tus bosques, tus ríos, tus limpias cascadas,
eternas sus flores, sus aguas te den,
tus auras fugaces de aromas cargadas
columpien tus palmas con blando vaivén.

Tu cielo de estrellas, azul, transparente,
derrame su manso fulgor para ti;
y rica y altiva, feraz y potente,
los soles te alumbres, fantásticas huri.

Esconda en tus flores sus lagrimas puras,
la candida y tibia mañana de paz,
y tienda en tus verdes feraces llanuras,
su velo de rosas liviano y fugaz.

Desciendan en vistosos torbellinos
de transparentes perlas sus cascadas,
y borden las corolas perfumadas
de la flor escondida y virginal.

Ciñan tu inmensa frente por diadema
ejércitos de palmas cimbradoras,
siempre altivas y eternas moradoras
del llano, el bosque, el valle, el arenal.

Vierta Dios a torrentes en tu suelo
virtud, saber, prosperidad, bonanza;
y el eterno fanal de la esperanza
alumbre tu dormir, tu despertar.

Que el genio misterioso de los siglos
sobre su inmenso trípode sentado,
te augure con la fe del inspirado
glorias que el mismo no podrá borrar.
A. Lozano 
Declamador, p. 14-16

martes, 14 de octubre de 2014

Variedad de plantas

Frecuentemente nos pasábamos en la quinta explorándola. Nos movía un secreto afán de sorprender algo nuevo; una infantil curiosidad guiaba nuestros pasos. Los árboles nos deparaban el secreto de nidos y pájaros, y nos ofrecían sus ramas flexibles en las que nos hamacábamos en dulces balanceos entre la caricia de las hojas.
Nada más cabía esperar de esa vida de las plantas que trascendían una serenidad infinita. Sólo que nuestra infancia no perdonaba nada. Todo lo mirábamos y lo tocábamos cual si nuestro interés hubiera sido descubrirle a cada planta su vida de vegetal, de encontrarle sus jugos más íntimos. Y si la quinta no era grande, tenía en compensación la riqueza de una variedad vegetal. Esto bastaba para aguijonear ese interés versátil en que los niños mueven su curiosidad.
El ananá y el plátano, que no era común verlas en la zona, habían sido plantadas en la quinta. Entre las plantas de ananá, que nos recordaban a ciertos cardos silvestres abundantes en la proximidad de los talares, pretendíamos encontrar los mismos apereá, esos conejitos de campo que por allí aparecían. Los plátanos formaban nuestro monte: "el bananal", de frescura incomparable, donde el verano caía vencido por sus lisos tallos de agua y por sus hojas anchas a 
manera de techo. Nosotros mismos ayudábamos a plantar los plátanos, en esa renovación periódica necesaria a su mejor producción. Pero crecían tan rápidos, que el "bananal" se tupía con los nuevos retoños que aparecían en la raíz, se obstruía con las plantas viejas que al dar sus frutos caían y terminaban secándose.
Nuestros juegos de escondidas hallaban en este lugar su campo propicio, y nada extraño por tanto, que allí fuéramos, más llevado por ello, que por descubrir los cachos de bananas que debían cortarse al comenzar a pintar.
Crecían unas cuantas plantas de mamón. Sus secas hojas extendidas se apartaban en forma de sombrilla y sus frutos blandos pegados al mismo tronco se descubrían en un abigarrado hacinamiento. Esos frutos recorrían una gama de colores: verde oscuro, primero, amarillo pálido, luego, y amarillo rojo subido, por último. Completos de madurez, parecían entonces pequeños melones colgando en aquellos tallos. Y si así podían ser comidos, nosotros los preferíamos en dulces de almibarados sabores.
Algunos ejemplares de árboles como casuarina, paraíso, ombú, jacarandá, grevilea, estaban en filas o aislados en distintos sitios por el mérito de sus flores o por la necesidad de su sombra. Con el tiempo ellas irían desapareciendo bajo la acción del hacha. Los naranjos lo invadían todo, lo exigían todo. Era él interés materializado en el precio del fruto que se valorizaba con su mercado de exportación, el que también aquí, entre las plantas de esta quinta abatía un mundo de poesía y de recuerdos.
Las plantas citrícolas pasaron a predominar cada vez más en la quinta. En mayoría estaban los naranjos criollos, sin injertar, que ponían una espera de quince años para iniciar su producción.
Se contaban otros ejemplares como la mandarina, el limón, la lima sutí y lima puruhá, y la cidra, cuyas frutas no se exportaban, ni encontraban en nosotros consumidores directos, exceptuando la mandarina. La lima puruhá en el verano nos compensaba de la falta de naranjas dulces.
Las plantas de cidras estaban en los fondos como excluidas de la familia citrícola. Sus frutos abultados y deformes parecían pesarle tanto, que se hubiera dicho la causa de su poco crecimiento. Aparecían como los enanos de las citrícolas, y apenas si se igualaban a nosotros en estatura. No obstante, eran esos frutos tan feos y amargos, con los que en la casa se hacían los más ricos dulces, comparables sólo a los de mamón.
El perjuicio ocasionado por las tormentas aparecía de inmediato bajo las quintas de naranjos. Las frutas caían en cantidad, cubriendo el suelo. Si eran todavía verdes y pequeñas, se transformaban en proyectiles para nuestras guerrillas de "liberales" y "colorados"; si maduras, se las llevaban los chicos o las mujeres pobres que las pedían. Pero como aún quedaban las naranjas rotas, se cortaban y servían de alimento a las vacas.
Estas naranjas caídas por acción del viento bajo la quinta, eran en la casa constante motivo de preocupación. Las vacas mostraban predilección en comerlas, y al menor descuido -porque una tranquera quedaba abierta o porque sus manías de "chacareras" fueran tantas-, se metían en la quinta y a las primeras de cambio aparecía una vaca atragantada con alguna de las naranjas que sin masticar trataban de tragar. Cuando esto sucedía, había que maniatar al animal voltearlo y en tanto dos o tres hombrea lo sujetaban impidiendo sus movimientos, otro trataba de localizar al tacto la naranja en el sitio en que obstruía la garganta y presionando, buscar de hacerla circular hasta volverla al exterior. No siempre se obtenía éxito con tal procedimiento y se recurría entonces a otro, mas eficaz. Se metía la mano directamente en la garganta del animal para extraerle la naranja, o de lo contrario, con un palo fino se la hacían zafar hacia dentro.
Era preciso no perder tiempo, a fin de que no se produjera la muerte por asfixia. Y preciso era también, cierta práctica en el trabajo requerido en la operación. El animal en ese estado se debatía entre la vida y la muerte. Retorcía los ojos, fijándolo en un blanco de agonía, y en continuos golpes de tos, que parecía removerle las entrañas, iba arrojando una baba pegajosa.
No era raro que nos tocara ayudar a los que se afanaban en estos salvamentos de las vacas. Pero eso sí, teníamos la seguridad de presenciarlo. Sin embargo aquello producía tal desagrado, que daban ganas de alejarse de la quinta. Era lo único que de vez en cuando venía a perturbar la serenidad infinita de las plantas.

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Vocabulario regional:
  • Lima sutí: fruta similar al limón agrio, de menor tamaño.
  • Lima puruhá: fruta de pulpa comestible, agridulce y jugosa con forma de naranja.
  • Cidra: fruta del cidro, similar al limón, un poco más grande.
  • "Liberal": nombre de un partido político.
  • "Colorado": el partido político autonomista.
  • "Chacarera": se refiere al animal que penetra o asalta una chacra para comer.
Gerardo Pisarello

sábado, 11 de octubre de 2014

¡Era...! (Velmiro A. Gauna)

Chas... chas... hacían las pisadas sobre la tierra del camino. Pequeñas nubes de polvo se alzaban a su paso y morían sobre la sombra que dejaba su cuerpo enjuto. El pesado silencio de la siesta sólo era interrumpido por el chirriar de las chicharras y el arrullo quejumbroso de la "palomita de la virgen".
-Va a llover esta noche... -sentenció Juan Sandoval y se detuvo al reparo de un frondoso urunday.
Se sacó el raído chambergo de alas anchas y, pasando el dedo índice apretado contra la piel, se libró del sudor que corría por su rostro.
Atrás quedaban las casas de Itá-Ibaté y como a trescientos metros delante estaba su rancho. No lejos de allí pasaba el Paraná y más lejos aún se veía la costa verdeante del Paraguay.
El paisaje familiar puso un momentáneo brillo en los ojos oscuros del caminante. Siete años de ausencia no habían podido hacerlo olvidar y los pequeños cambios saltaban inmediatamente a fijarse en su memoria.
-Han hecho un rancho nuevo cerca de lo de don Paiva... Han cortado el yatay que había en el boliche...
Su mirada iba recorriendo el contorno y, al final, como cansada se detuvo en la amplia sombra del árbol que le daba abrigo. Y allí vio, apenas si separadas por unos pocos centímetros, los brazos siempre abiertos de tres cruces. La más grande era la de su padre Crisóstomo Sandoval quien, con sólo el reparo del viejo tronco, se había defendido contra el comisario y seis agentes, allá por 1917. Mató a tres, pero tras varias horas de intenso tiroteo y cuando no le quedaban más balas en su remington "colí", fue muerto y degollado en ese mismo lugar; la crucecita blanca que estaba más allá era la del hijito de la Flora, su prima, que un día de tormenta buscó el reparo del árbol y allí fue muerto por un rayo y la tercera, la más nueva, era la de su amigo, Zoilo Carranza.
-Buen amigo el Zoilo... pero tan porfiado...
Evocó su rostro aindiado y las andanzas comunes llevando hacienda hasta Mercedes, trayendo caña y tabaco del Paraguay, cazando carpinchos en los esteros del Iberá...
Un día, después de haber estado bebiendo en el boliche, volvían bien saturados de la fuerte caña paraguaya por el mismo camino. Con lengua estropajosa cantaban aires de la tierra. Terminaban de hacerlo con el tradicional "Alfonso Lomas", cuando Zoilo propuso:
-Y ahora "El carau"...
-Bueno... - asintió Juan y empezó:
"Amigos y camaradas a todos les sé amar..."
-No, pues, chamigo -interrumpió Zoilo- es "a todos les sé contar"...
-Que te pa va a ser así, es "les sé amar...".
Y de esta manera la discusión tuvo su origen. El alcohol ayudó a encender los ánimos y el incidente epilogó en un furioso duelo criollo al pie del urunday donde perdió la vida Zoilo.
Siete años "pagó" Juan por esa muerte en la cárcel de Corrientes y ahora estaba, otra vez de vuelta, en el mismo lugar de su "desgracia".
Juan Sandoval se acercó a la cruz que marcaba el lugar donde cayó el amigo y se persignó.
Sus labios se agitaron en un rezo.
El fuerte sol de noviembre caldeaba el ambiente con ardores de fragua. Chirriaban las chicharras su mal aceitado canto y las "palomitas de la Virgen" lloraban sus amores.
Juan Sandoval entró en su rancho como si en lugar de siete años antes lo hubiera dejado el día anterior. Se detuvo un rato en la puerta para acostumbrar sus ojos, deslumbrados por el sol, a la semioscuridad del ambiente y fue a sentarse en el borde de la cama. Su mujer que liaba cigarros sobre la mesa, lo miró unos segundos, terminó de pegar la hoja de tabaco para concluir su trabajo y ofreció:
-¿Querés unos mates?
-Bueno.
Ella se acercó al brasero de hierro que estaba en el centro de la habitación, tomó la pava y dejó caer un chorrito de agua que tocó ligeramente con un dedo.
-Está fría... - dijo.
-Está bien, mientras me voy a lavar... - respondió el hombre. Colgó su sombrero en un clavo y por la puerta del fondo salió a un patio donde dormía un perro y corrían unas gallinas.
El animal abrió un ojo, reconoció a su patrón y, sin levantarse, agitó la cola en señal de bienvenida. Luego bajó el párpado y volvió a dormirse, Juan llegó al pozo, arrojó el balde al fondo del mismo y lo retiró rebosante de agua cristalina. Hundió en ella las manos y se arrojó el líquido sobre la sudorosa cabeza, después volcó el resto sobre sus pies y dejando una húmeda huella sobre el piso volvió al rancho.
Ya el agua silbaba su primer hervor y la mujer escupía sobre el piso las chupadas iniciales. En eso, llegando desde la pieza contigua, apareció una muchacha. Era pequeñita pero bien formada y su rostro moreno no carecía de gracia.
-La bendición taitá... - dijo acercándose a él con los ojos bajos.
-¡Dios te haga una santa m'hija...! - respondió Sandoval y acarició los negros cabellos de la moza.
¡Cómo había crecido su Lucinda! Era una chiquilla de diez años que se prendía desesperadamente de sus bombachas, llorando sin consuelo cuando se lo llevaron.
Ahora era una mujer. Y buena moza además.
Tomó el mate que le acercaba su compañera y anunció:
-Mañana voy a mover la tierra... Esta noche va a llover.
-Ajá... - afirmó su mujer.
De pronto, el llanto de un niño, se alzó imperioso en la otra pieza.
Rápidamente Lucinda acudió al llamado.
Ante la mirada interrogativa del hombre, la mujer explicó:
-Es Juancito. El hijo'e la Luchi...
-¿Y el padre?
Es un paraguayo marinante...
-¿Le dio el nombre?
-No.
-¿Le ayuda?
-No. Hace unos meses que dejó de venir.
-¡Ajá!... - concluyó Sandoval.
Y siguió tomando mates.
* * *
El 6 de diciembre, aniversario de su muerte, iban a "velar la cruz" de don Crisóstomo. Las mujeres estuvieron todo el día ocupadas en preparar pasteles y otros comestibles. Luego liaron cigarros y arreglaron la pieza, emplazando al fondo un sencillo altar donde fue colocada la cruz del finado.
-Juan fue al boliche del turco Elías a comprar caña para la concurrencia. Allí de labios del gárrulo comerciante conoció las señas del paraguayo seductor y se enteró de que tarde andaría por el pago:
-...porque ahora anda tras la mayorcita de los Ponce... - explicó el turco.
Sandoval nada dijo. Cargó al hombro la ventruda damajuana y volvió al rancho.
Con las primeras sombras de la noche comenzaron a llegar los invitados.
La mayoría iba al patio a sentarse en las sillas allí preparadas y a tomar interminables tandas de mates, interrumpidas de vez en vez, por una vuelta de caña, acompañada de pasteles, tortas de maíz o rosquetas.
Cuando llegó Da. Froilana, la curandera, empezó el rosario y los asistentes, reunidos en la habitación, acompañaban lós rezos.
-"Dios te salve, reina y madre...".
Afuera una lechuza silbó agorera.
Terminadas las oraciones, Juan Sandoval salió al camino y se perdió en las sombras. Regresó cuando era bien entrada la noche y en el rancho sólo quedaban unas cuantas viejas y cuatro o cinco hombres.
Juan se aproximó al fogón improvisado en el patio y empezó a tomar mates que le alcanzaba su mujer.
Luego sacó el cuchillo de la vaina y comenzó a restregar su hoja contra la ceniza. Lloró la criatura y la abuela fue en su busca.
Al volver, con el nieto en brazos, una vieja le interrogó:
-Es el hijo'e Lucinda, ¿no?
-Sí.
-¿Y el padre?
-Es un paraguayo mari...
Pero no pudo continuar porque la interrumpió la voz grave y pausada de Juan que dijo:
-¡Era...!
Las mujeres se persignaron y en medio del silencio que ocasionó esa palabra, llegó hasta ellos el rumor de los rezos:
-"...que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos...".
La luz del fuego ponía reflejos de sangre sobre la brillante hoja del cuchillo que Juan Sandoval seguía limpiando pausadamente entre las cenizas.
Velmiro A. Gauna

jueves, 9 de octubre de 2014

La pesquisa de don Frutos

Don Frutos Gómez, el comisario de Capibara-Cué, entró en su desmantelada oficina haciendo sonar las espuelas, saludó cordialmente a sus subalternos y se acomodó en una vieja silla de paja, cerca de la puerta, a esperar el mate que uno de los agentes empezó a cebarle con pachorrienta solicitud. 
Cuando tuvo el recipiente en sus manos, succionó con fruición por la bombilla y gustó del áspero sabor del brebaje con silenciosa delectación. 
Al recibir el segundo mate lo tendió cordial hacia el oficial sumariante que leía, con toda atención, junto a la única y desvencijada mesa del recinto. 
—¿Gusta un amargo? 
—Gracias... —respondió el otro—. Sólo lo tomo dulce. 
—Aquí sólo toman dulce las mujeres... —terció el cabo Leiva con completo olvido de la disciplina. 
—Cuando quiera su opinión se la solicitaré... —replicó fríamente el sumariante. 
—Está bien, mi oficial... —dijo el cabo y continuó perezosamente apoyado contra el marco de la puerta. 
Luis Arzásola, que hacía tres días había llegado desde la capital correntina a hacerse cargo de su puesto en ese abandonado pueblecillo, se revolvió molesto en el asiento, conteniendo a duras penas los deseos de "sacar carpiendo" al insolente, pero don Frutos regía a sus subordinados con paternal condescendencia, sin reparar en graduaciones, y no quería saber de más reglamentos que su omnímoda voluntad. 
Cuando él, ya en ese breve tiempo, le hubo expuesto en repetidas ocasiones sus quejas por lo que consideraba excesiva confianza o indisciplina del personal, sólo obtuvo como única respuesta: 
—No se haga mala sangre, m'hijo... No lo hacen con mala intención sino de brutos que son nomás... Ya se irá acostumbrando con el tiempo. 
Para olvidar el disgusto siguió leyendo su apreciado libro de psicología y efectuando apuntes en un cuaderno que tenía su lado, pero la mesa, que tenía una pata más corta que las otras, se inclinaba hacia ese costado y hacía peligrar la estabilidad del tintero que se iba corriendo lentamente y amenazaba concluir en el suelo. Para evitar tal contingencia tomó un diario, lo dobló repetidas veces y lo colocó, para nivelar el mueble, debajo del sostén defectuoso. Luego siguió con la lectura interrumpida. 
—¿Qué pa está aprendiendo, che oficial? —preguntó el agente mientras esperaba el mate de manos del comisario. 
—Psicología.
—¿Y eso para qué sirve? 
—Para conocer a la gente. Es la ciencia del conocimiento del alma humana. 
El milico recibió el mate vacío, meditó unos segundos y concluyó sentenciosamente: 
—Para mi ver eso no se estudia en los libros... Para conocer a la gente hay... 
Vaciló un momento y afirmó: 
—... hay que estudiar a la gente. 
Después se acercó al brasero que ardía en un rincón y empezó a llenar la calabaza cuidando que el agua no se derramara y que formara una espuma consistente. 
En eso estaban cuando Aniceto, el mozo de la carnicería, entró espantado: 
—¡Don Frutos!... ¡ Don Frutos!... 
—¿Qué te ocurre hombre? —contestó el aludido y empezó a levantarse. 
—Al tuerto Méndez... 
—¿Sí? 
—Lo han achurao sin asco... Recién cuando le fui a llevar un matambre que había encargao ayer, dentré a su rancho y, ¡ánima bendita santa!, lo encontré tendido en el suelo, boca abajo y lleno de sangre... 
—¿Seguro pa de que estaba muerto, chamigo? 
—Seguro, don Frutos... Duro, frío y hasta medio jediendo con el calor que hace... 
—Güeno, gracias, Aniceto... andate nomás... 
—¡Hasta luego, don Frutos! 
—¡Hasta luego, Aniceto!... —respondió el funcionario y volvió a sentarse cómodamente. 
El oficial, que había dejado el libro, se plantó frente a su superior. 
—¿Qué pa le pasa, m'hijo? 
—¿No vamos al lugar del hecho, comisario? 
—Sí, en seguidita... 
—Pero... ¡es que hay un muerto, señor!... 
—¿Y qué?... —contestó el viejo ya con absoluta familiaridad— 
¿Acaso tenés miedo de que se dispare?... Dejame que tome cuatro o cinco matecitos más o de no se van a desteñir las tripas. 
Cuando después de una buena media hora arribaron al rancho de las afueras donde había ocurrido el suceso, ya el oficial había redactado in mente el informe que elevaría a las autoridades sobre la inoperancia del comisario, sus arbitrarios procedimientos y su inhabilidad para el cargo. Creía que era llegada la ocasión propicia para su particular lucimiento y para apabullar con sus mayores conocimientos los métodos simples y arcaicos del funcionario campesino Lo único que lamentaba era haber olvidado en la ciudad una poderosa lupa que le hubiera servido de maravilloso auxiliar para la búsqueda de huellas. 
Apenas a unos pasos de la puerta estaba el extinto de bruces contra el suelo. 
—¡Andá!... —ordenó el comisario al cabo Leiva—. Abrí bien la ventana pa que dentre la luz. 
Éste lo hizo así y el resplandeciente sol tropical entró a raudales en la reducida habitación. 
Don Frutos se inclinó sobre el cadáver y observó en la espalda las marcas sangrientas de tres puñaladas que teñían de rojo la negra blusa del caído. 
—Forastero... —gruñó. 
Luego buscó un palillo y lo introdujo en las heridas. Finalmente lo dejó en una de ellas y aseveró: 
—Gringo... 
Se irguió buscando algo con la mirada y, al no encontrarlo, dijo al cabo: 
—Andá, sacale las riendas al rosillo que es mansito y traémelas... Cuando al cabo de un momento las tuvo en su poder, midió con una la distancia de los pies del difunto hasta la herida y, luego, haciendo colocar a Leiva a su frente, marcó la misma sobre sus pacientes espaldas. En seguida alzó un brazo y lo bajó. No quedó satisfecho, al parecer y, poniéndose en puntas de pie, repitió la operación. 
—¡Ajá!... —dijo—. Es más alto que yo, debe medir un metro ochenta más o menos… 
Inmediatamente inquirió de su subordinado: 
—¿Estuvo el Tuerto ayer en las carreras? 
—Sí, pero él pasó la tarde jugando a la taba. 
—¿Y le jue bien? 
—¡Y de no!... ¡Si era como no hay otro pa clavarla de vuelta y media! 
¡Dios lo tenga en su santa gloria!... Ganó una ponchada de pesos... Al capataz de la estancia, a ése que le dicen "Mister", lo dejó sin nada y hasta le ganó tres esterlinas que tenía de ricuerdo; al Ñato Cáceres le ganó ochenta pesos y el anillo'e compromiso. 
—Güeno, revisalo a ver si le encontrás plata. 
El cabo obedeció. Dio vueltas al cadáver y le metió las manos en los bolsillos, hurgó en el amplio cinturón y le tanteó las ropas. 
—Ni un veinte, comesario. 
—A ver, vamos a buscar en la pieza, puede que la haiga escondido. 
—Pero, comisario... —saltó el oficial—. Así van a borrar todas las huellas del culpable. 
—¿Qué güellas, m'hijo? 
—Las impresiones dactilares. 
—Acá no usamos de eso, m'hijo. Tuito lo hacemos a la que te criaste nomás... 
Y ayudado por el cabo y el agente, empezó a buscar en cajones, debajo del colchón y en cuanto posible escondite imaginaron. 
Arzásola, entre tanto, seguía acumulando elementos con criterio científico, pero se encontraba un poco desconcertado. En la ciudad, sobre un piso encerado, un cabello puede ser un indicio valioso, pero en el sucio piso de un rancho hay miles de cosas mezcladas con el polvo: recortes de uñas, llaves de latas de sardinas, botones, semillas, huesecillos, etc. 
Desorientado y después de haber llenado sus bolsillos con los objetos más heterogéneos que encontró a su paso, dirigió en otro sentido sus investigaciones. 
Junto a la puerta y cerca de la ventana encontró una serie de pisadas y, entre ellas, la huella casi perfecta de un pie. 
—¡Comisario!... —gritó—. Hay que buscar un poco de yeso... 
—¿Pa qué, m'hijo? 
—Para sacarle el molde a esta pisada. El asesino estuvo parado aquí y dejó su marca. 
—¿Y pa qué va a servir el molde? 
—Porque gracias a una ciencia que se llama Antropometría — respondió despectivamente y como dando una lección— de esa huella se puede deducir la talla de su dueño y otros datos. 
—No te aflijas por eso... El criminal es gringo, más o menos una cuarta más alto que yo, y dejuro que ha de estar entre la peonada'e la estancia'e los ingleses... 
—¡Pero...! —se asombró el oficial. 
—Ya te explicaré más tarde, m'hijo. Estoy seguro que el tipo estuvo en la cancha'e taba y vio cómo el Tuerto se llenaba de plata, después se le adelantó y lo estuvo esperando en el rancho. Quedó un rato vichando el camino desde la ventana y después se puso detrás de la puerta. Cuando el pobre dentro le encajó una puñalada y en seguida dos más cuando lo vio caído... 
—Así es, don Frutos... —asintió el cabo—. Se ve clarito por las pisadas. 
—Al verlo muerto le revisó los bolsillos, le sacó tuitas las ganancias y se fue... Pero ya lo vamos a agarrar sin la Jometría esa que decías... 
En seguida, dirigiéndose al agente que lo acompañaba, ordenó: 
—Andate a lo del carnicero y decile que te dea un cuero de vaca y te emprieste el carro. Lo traés al Aniceto pa que te ayude, lo envuelven al finao y lo llevan a enterrar... El pobre no tiene a nadies que lo llore. Cuando venga el Paí Marcelo pa la Navidá, le haremos decir una misa... 
—Está bien, comisario... 
Inmediatamente se volvió al oficial y al cabo y dijo: 
—Ahora vamos pa la estancia... Se me hace que el infiel que hizo esta fechuría debe de estar allí. 
La estancia de los ingleses se encontraba más o menos a media legua del pueblo. Además del habitual personal de servicio y peones, había en ella unas dos docenas de obreros trabajando en la ampliación de una de las alas del edificio. 
Interiorizado el administrador del propósito que los llevaba, hizo reunir, frente a una de las galerías, a todo el personal. Hombres de todas clases y con los más diversos atavíos se encontraron allí. Algunos con el torso desnudo brillante de sudor porque el sol ya empezaba a hacerse sentir, otros en camiseta, blusas, camisas de colores chillones, un inglés con breeches, un español con boina, un italiano con saco de pana, etc. 
—Poné a un lado a los gringos y a los otros dejalos ir... —dijo don Frutos al oficial, después de pasar su mirada por el conjunto, y se sentó con el dueño de casa a saborear un vaso de whisky. 
Arzásola, a su vez, trasmitió la orden. 
—Los extranjeros que avancen dos pasos al frente. 
Una decena de hombres se destacó de la masa. El oficial, entonces, dirigiéndose a los otros, exclamó: 
—Ustedes pueden retirarse. 
Correntinos, formoseños, misioneros y de algunas otras provincias del norte se alejaron murmurando entre dientes o contentos de verse libres de la curiosidad policial. 
De pronto el cabo Leiva se adelantó hacia un mocetón de pelo hirsuto y tez cobriza que había quedado con los demás. 
—Y vos, Gorgonio, ¿qué hacés aquí? 
—El oficial dijo que se quedásemos los estranjeros, pues... 
—¡Qué pa vas a ser estranjero vos!... Usté sos paraguayo como yo, chamigo... Estranjero son los gringos, los de las Uropas... ¡Andá de acá y no quedrás darte corte! Y así diciendo, lo sacó a empellones de la fila. 
Don Frutos, entonces, se acercó a los restantes y después de observarlos, dijo: 
—Los dos petisos de la esquina y ese otro de boina pueden irse nomás... 
Frente a él quedaron el inglés, un par de italianos, dos españoles y un polaco. 
—A ver... —continuó—, muéstrenme la cartera o la plata que tengan. En cinco manos callosas aparecieron carteras grasientas o pesos arrugados. 
El inglés, sin inmutarse, advirtió: 
—Mí no tener una moneda... 
Al oírlo, Arzásola se acercó a don Frutos y le dijo suavemente: 
—Está mintiendo, me parece... Debe ser él y seguro ha escondido lo robado. Lo habrá hecho para recobrar sus esterlinas... 
—No... —le respondió el superior—. Ese no puede ser... Mirále a los pieses... 
El inglés permanecía firme y estático mientras los otros, inquietos, se asentaban ora sobre un pie, ora sobre el otro. 
—¿Ves, m'hijo? El "Míster" puede estarse mucho tiempo sin moverse, mientras el que estuvo allá dejó el suelo como pisadero para hacer ladrillos... 
Se acercó a los hombres silenciosos y les revisó el dinero sin decir palabra. 
Se retiró unos pasos atrás y dijo al oficial: 
—El polaco, el italiano pelo'e choclo y los dos gallegos no han estado en la tabeada... 
—¿Cómo lo puede asegurar? Si ni siquiera los ha interrogado... 
—¿No viste que la plata de ésos estaba limpita y lisa? La de los otros estaba arrugada y sucia de tierra... Cuando puedas observar una partidita vas a ver cómo los tabeadores estrujan los billetes, los hacen bollitos, los doblan y los sostienen entre los dedos, los tiran al suelo, los pisan, los arrugan, etc. Uno de esos dos debe ser... 
Se acercó de nuevo a la fila y pasándose el pañuelo por la cara dijo: 
—Está apretando la calor, ¿no? 
Miró al italiano de saco de pana y le aconsejó con tono paternal: 
—Ponete cómodo... Sacate el saco... 
—Estoy bien, gracias. 
—Sacate el saco, te he dicho... —ordenó, entonces con rudeza, y luego siguió con aire protector—: te va a embromar la calor si no lo hacés... 
A regañadientes obedeció el otro. 
Apenas lo hubo hecho cuando don Frutos indicó al cabo: 
—¡Metelo preso!... Éste es el criminal... 
Dando un rugido de rabia, el indicado metió la mano en la cintura y la sacó empuñando un  pequeño y agudo cuchillo, pero el cabo, con rapidez felina, se lanzó sobre él lo encerró entre sus fuertes brazos mientras el oficial, prendiéndosele de la mano, se la retorció para hacer caer el arma. En seguida, ayudado por los otros peones, lo maniataron y lo arrojaron sobre un carro que le facilitó el administrador para llevarlo al pueblo. Don Frutos recogió el saco del suelo, lo estrujó poco a poco como buscando algo y, luego, con el mismo cuchillo, le descosió el hombro y allí, entre el relleno encontró escondidas las monedas de oro y el anillo. Después volvió a la mesa a terminar su whisky y agradecer al dueño de casa su colaboración, terminando lo cual la comisión montó a caballo y emprendió el regreso. 
Una vez que el preso estuvo bien seguro en el calabozo, el comisario y el oficial se acomodaron en la oficina Arzásola, impaciente, preguntó: 
—Perdón, comisario, pero ¿cómo hizo para descubrir al asesino? 
—Muy fácil, m'hijo... Apenas le vi las heridas al muerto supe que el culpable era forastero. 
—¿Por qué? 
—Porque las heridas eran pequeñas y aquí nadie usa cuchillo que no tenga, por lo menos, unos treinta centímetros de hoja. Aquí el cuchillo es un instrumento de trabajo y sirve para carnear, para cortar yuyos, para abrir picadas en el monte, y adonde se clava deja un aujero como para mirar del otro lado y no unos ojalitos como los que tenía el Tuerto. Después, cuando le metí el palito adentro, supe por la posición que el golpe había venido de arriba para abajo y me dije: Gringo... 
—Cierto, yo lo oí... pero ¿cómo pudo saberlo? 
—¡Pero, m'hijo! Porque el criollo agarra el cuchillo de otra manera y ensarta de abajo para arriba como para levantarlo en el aire... 
—¡Ah! 
—Después medí la distancia de los pieses a la herida y la marqué en la espalda del cabo, alcé el brazo y lo bajé, pero daba más abajo... Entonces me puse en, puntas de pie y me dio más o menos. Por eso supe que el asesino era como cuatro dedos más alto que yo, y como mí medida, asegún la papeleta, es de uno setenta, le calculé uno y ochenta... 
—Sí, pero ¿cómo adivinó que había escondido las monedas y el anillo en el saco? 
—Porque con el calor que hacía no se lo sacaba de encima. Pensé que debía tener algo de valor para cuidarlo tanto y más me convencí cuando empezó a sacárselo y le vi la camisa pegada al cuerpo por el sudor...
—Servite, m'hijo... Aquí vas a tener que aprender a tomarlo cimarrón. Arzásola lo aceptó y dijo:
—Creo que voy a tener que aprender eso y otras cosas más.
Lo vació de tres o cuatro enérgicos sorbos y lo devolvió al milico: luego, como la mesa empezaba a tambalear nuevamente, tomó el libro de psicología y lo puso debajo de pata renga.

De Cuentos policiales argentinos, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, Junio 1997.

lunes, 6 de octubre de 2014

Un Hidalgo

LAS RAÍCES DE ESPAÑA

Es en 1518, en 1519, en 1520, en 1521, o en 1522. Este hidalgo vive en Toledo; el autor desconocido de «El Lazarillo del Tormes» ha contado su vida. La casa es grande, ancha; tiene un zaguán un poco obscuro, empedrado de guijos menuditos; sobre la puerta de la calle hay un enorme escudo de piedra; el balcón es espacioso, con barrotes trabajados a forja; y allá, dentro del edificio, a mano izquierda, después de pasar por una vasta sala que tiene una puertecilla en el fondo, se ve un patizuelo claro, limpio, embaldosado con grandes losas, entre cuyas junturas crécela hierba. Y no hay en toda la casa ni tapices, ni sillas, ni bancos, ni arcas, ni cornucopias, ni cuadros, ni mesas, ni cortinajes. Y no hay tampoco—y ésto es lo grave—ni pucheros, ni cazuelas, ni sartenes, ni platos, ni vasos, ni jarros, ni cuchillos, ni tenedores. Pero este hidalgo vive feliz; en realidad, la vida no es más que la representación que tenemos de ella. En la sala grande que encontramos a la derecha, conforme entramos, aparece un cañizo con una manta; ésta es la cama. En el patio, colocado en uno de sus ángulos, vemos un cántaro lleno de agua: éstas son las provisiones.
En la casa reina un profundo silencio; la calle es estrecha, tortuosa. Se percibe el rumor rítmico, imperceptible, tenue, que hacen con sus tornos unas hilanderas de algodón que viven al lado—estos tornos simpáticos que vosotros habréis visto en el cuadro de Velázquez—; de cuando en cuando se oye una canción, tal vez un romance vetusto—como estos que cantan los pelaires de Segovia en la novela «El Donado hablador»—; o bien, de tarde en tarde, rasga el aire el son cristalino de una campana —estas campanas que en Toledo tocan los franciscanos, o los dominicos, o los mercenarios, oíos agustinianos, oíos capuchinos—; si estas campanadas es por la mañana cuando suenan, entonces nuestro hidalgo se levanta de su alfamar. Son las seis, las seis y media, las siete. En un cabo de la mísera cama están las calzas y el jubón del hidalgo, que a él le han servido de cabecera; él los toma y se los va poniendo; luego coge el sayo, que él zarandea y limpia; después coge la espada. Y ya, a punto de ceñirse el talabarte, la tiene un momento en sus manos, mirándola con amor, contemplándola como se contempla a un ser amado. Esta espada es toda España; esta espada es toda el alma de la raza; esta espada nos enseña la entereza, el valor, la dignidad, el desdén por lo pequeño, la audacia, el sufrimiento silencioso, altanero.
Si este hidalgo no tuviera esta espada, ¿comprendéis que pudiera vivir tranquilo, feliz, contento, en una casa sin sillas, sin mesa, sin cacharros y sin pucheros? Y él la mira, la remira, pasa su mano con cariño por la ancha taza, la blande un momento en el aire y le dice a este mozuelo que le sirve de criado y que le está observando atento: «¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es ésta! No hay marco de oro en el mundo por que yo la diese». Y a seguida la coloca a su lado siniestro. Y a seguida toma la capa de sobre el poyo donde él la puso con mucho cuidado la noche antes, después de soplar bien, y se envuelve arrogantemente en ella. «Lázaro—le dice a su criaíjo—, cuida bien de la casa; yo me voy a oir misa.» Y sale por la calle adelante; sus pasos son lentos; su cabeza está erguida altivamente, pero sin insolencia; un cabo de la capa cruza por encima del hombro, y su mano izquierda ha buscado el pomo de la espada y se ha posado en él con voluptuosidad, con satisfacción íntima. Un sordo portazo ha resonado en la calle; estas vecinas hilanderas han dejado sus tornos un instante y se han asomado al balcón. «¡Miren qué gentil va!»—dice una. «¡Trazas tiene de ser galán!»—exclama otra. «¡Buen caballero es!» —añade una tercera. Y todas estas toledanitas menudas, traviesas— estas toledanitas que por estos mismos días precisamente elogiaba por su viveza Brantome en sus «Vies des dames galantes»—; todas estas toledanitas ríen, acaso un poco locas, un poco despiadadas con sus risas cristalinas, del buen hidalgo, digno y fiero, que se aleja paso a paso, lentamente, majestuosamente, por la calleja arriba. ¿No veis en estas risas joviales acaso un símbolo? ¿No veis en estas hilanderas que trabajan en sus tornos durante todo el día y que se chancean de este hidalgo vecino suyo, íntegro, soñador, valiente, pero que no puede comer? ¿No veis el eterno y doloroso contraste, tan duradero como el mundo, entre la realidad y el espíritu, entre los trabajos prosaicos, sin los cuales no hay vida, y el ideal, sin el cual tampoco es posible la vida?
Pero las campanas de los franciscanos, de los agustinos, de los dominicos, de los mercenarios, de los capuchinos, de los trinitarios, están llamando a misa. Nuestro hidalgo penetra en una de esas diminutas iglesias toledañas, blancas, silenciosas; tal vez en el fondo se abre una ancha reja, y a través de los claros del enrejado se columbran las siluetas blancas o negras de las monjas que van y vienen. Y acabada la misa, nada más conveniente que dar un paseo por las afueras. Hace un tiempo claro, tibio, risueño; son los días del promedio del otoño; los árboles van amarilleando; comienzan a caer las hojas, y son movidas, traídas, llevadas, con un rumor sonoro, por el viento, a lo largo de los caminos; sobre el cielo azul, radiante, destacan las cúpulas, campanarios, muros dorados, muros negruzcos, miradores altos, chapiteles, de la ciudad; a lo lejos, frente a nosotros, a la otra banda del hondo tajo, se despliega el panorama adusto, sobrio, intenso, azul obscuro, ocre apagado, verde sombrío —los colores del «Greco»—de los extensos cigarrales. Acaso a esta hora plácida de la mañana salen de la ciudad y pasean por las frondosas huertas estos viejos nobles—don Rodrigo, don Lope, don Gonzalo—que son llevados en sus literas y caminan luego un momento encorvados, titubeantes, cargados con el peso de sus campañas gloriosas al lado de doña Isabel y don Fernando; o estos galanes con sus anchas golas rizadas, que sueñan con ir a Flandes, a Italia, y escriben billetes amorosos con citas de Catulo y Ovidio; o estas lindas doncellas ocultas en sus mantos anchos, y que sólo dejan ver, en toda su negrura, una mano blanca, suave, sedosa, larga, puntiaguda, tal vez ornada de una afiligranada sortija de oro trabajada por Alonso Núñez, Juan de Medina, Pedro Diez, finos aurífices toledanos; o estas dueñas setentonas, ochentonas, que llevan unos grandes pantuflos, unas anchas tocas, que acaso tienen un rudimento de bigote, que van de casa en casa llevando encajes y bujerías, que conocen las virtudes curativas de las hierbas, y que es posible que puedan proporcionaros un diente de un ahorcado o un pedazo de soga... Y nuestro hidalgo va paseando entre toda esta multitud de amadas y amadores. ¿No habéis visto en cierto lienzo de Velázquez—«La fuente de los Tritones»— la manera con que un galán se inclina ante una dama? Este gesto supremo, rendido y altivo al mismo tiempo, sobrio, sin extremosidad molesta, sin la puntita de afectación francesa, discreto, elegante, ligero; este gesto, único, maravilloso, sólo lo ha tenido España; este gesto, esta leve inclinación es toda la vieja y legendaria cortesía española; este gesto es Girón, Infantado, Lerma, Uceda, Alba, Villamediana; este gesto es el que hace nuestro hidalgo ante unas tapadas t|ue pasean ante la fronda; luego habla con ellas, discretea, ríe, sonríe, cuenta sus aventuras.
Tal vez estas damas, en el decurso de esta charla, insinúan—ya conocéis la treta—el deseo de una merienda o tal cual refrigerio; entonces, nuestro amigo siente un momento de vaga angustia, alega una urgencia inaplazable y se despide; ellas sonríen bajo sus mantos; él se aleja, lento, gallardo, apretando con leve crispación el puño de su espada. Y va pasando la mañana; doce graves, largas campanadas han sonado en la Catedral; es preciso ir a casa; ya en todos los comedores de la ciudad se tienden los blancos manteles, de lino o de damasco, sobre las mesas; nuestro hidalgo regresa hacia su caserón. Y aquí, en este punto, comienza una hora dolorosa. Vosotros, ¿no os habéis paseado por una sala de vuestra casa silenciosos, abstraídos de todo, en esos momentos en que honda contrariedad abruma vuestro espíritu? No sentís ira; no sentís indignación; no sale de vuestros labios ni un reproche ni un lamento: es una angustia íntima, mansa, una conformidad noble con el destino lo que os embarga. Así camina este hidalgo por las estancias y corredores de su casa. Estando en estos paseos llaman a la puerta; es Lázaro. Si antes, acaso, había en el ceño de nuestro amigo un dejo de fruncimiento, ahora, de pronto, su semblante se ha serenado.
—Lázaro, ¿cómo no has venido a comer? —le dice, sonriendo a su criado—. Yo te he estado esperando y, viendo que no venías, he comido.
Lázaro no ha comido; pero ha traído unos mendrugos y una uña de vaca que ha limosneado por la ciudad; él lo cuenta así.
—Lázaro—torna a decirle afablemente el caballero—, no quiero que demandes limosna; podrían creer que pides para mí...
Pero Lázaro se sienta en el poyo y se pone a comer; el caballero pasea y le mira.
—¡Buenas trazas tienes para comer, Lázaro!— le dice por tercera vez—. ¿Es eso uña de vaca?
—Uña de vaca es, señor—replica Lázaro.
—Yo te digo—vuelve a decir el buen hidalgo— que no hay mejor bocado en el mundo, para mi gusto.
Entonces Lázaro—que sabe que su señor está en ayunas—le ofrece un pedazo de la vianda; él titubea un poco; al fin—perdonémosle esta abdicación magna—, al fin, come. En este instante de perplejidad, ¿qué cosas habrán pasado por el cerebro de este hombre heroico?
Por la tarde torna de nuevo a pasear el caballero por las callejas toledanas; acaso platica con unos amigos—aunque él dice que no los tiene; recoged este otro rasgo de simpatía—, o acaso, desde el acantilado, mira correr en lo profundo las ondas mansas y rojizas del río. Otra vez tocan luego las campanitas de los conventos. ¿Va a una novena, a un trisagio, a un sermón nuestro amigo? Cuando entra en su casa, de regreso, le dice a Lázaro:
—Lázaro, esta noche ya es tarde para salir a comprar mantenimientos; mañana será de día y proveeremos nuestra despensa.
Y después pone su capa con cuidado sobre el poyo—luego de soplar bien—, se desnuda y se acuesta.
Esto era en 1518, en 1519, en 1520, en 1521 o en 1522. En este mismo siglo, una mujer, gran penetradora de almas—Teresa de Jesús—, escribía lo siguiente en el libro de «Las Fundaciones»: «Hay unas personas muy honradas, que, aunque mueran de hambre, lo quieren más que no que lo sientan los de fuera».
Esta es la grandeza española: la simplicidad, la fortaleza, el sufrimiento largo y silencioso bajo serenas apariencias; ésta es una de las raíces de la patria que ya se van secando.