Hace ya diez años que recorro el mundo. ¡He vivido poco! ¡Me he cansado mucho! Quien vive de prisa no vive de veras: quien no echa raíces no puede dar frutos.
Ser río que corre, ser nube que pasa, sin dejar recuerdos ni rastro ninguno, es triste; y más triste para quien se siente nube en lo elevado, río en lo profundo.
Quisiera ser árbol mejor que ser ave, quisiera ser leño mejor que ser humo; y al viaje que cansa prefiero el terruño: la ciudad nativa con sus campanarios, arcaicos balcones, portales vetustos y calles estrechas, como si las casas tampoco quisiesen separarse mucho…
Eso y en la orilla de un sendero abrupto. Miro la serpiente de la carretera qué en cada montaña da vueltas a un nudo; y entonces, comprendo que el camino es largo, que el terreno es brusco, que la cuesta es ardua, que el paisaje es mustio…
¡Señor!, ya me canso de viajar, ya siento nostalgia, ya ansió descansar muy junto de los míos… Todos rodearán mi asiento para que les diga mis penas y triunfos; y yo, a la manera del que recorriera un álbum de cromos, contaré con gusto las mil y una noches de mis aventuras y acabaré con esta frase de infortunio: —¡He vivido poco! ¡Me he cansado mucho!
El silencio, aquel viejo metafisico de las cumbres calladas; el primer habitante de los mundos; el que cuenta en las blancas y gélidas regiones de los polos cada siglo que pasa; el señor de los hondos cementerios y de las quietas alamedas glaucas; el sumo sacerdote de los templos, es amigo de mi alma: Y cual antiguo servidor, él cuida mi desierta morada.
En esta tarde, cuando el sol ponía su incendio en mi ventana y el mundo iba durmiéndose, y el tiempo como que se filtraba en el reloj del muro, y los instantes al fondo de la nada caían como gotas; de la calle una música lánguida traía la pureza y la ternura de un poema de lágrimas…
El silencio, el amigo de los tristes, quedamente decía su plegaría…
La Neblina es la virgen entumecida de formas pálidas. Hecha de vahos niveos, vapor de mares, polvo de estrellas, Oye va dejando, pura, nerviosa y triste, sus finas huellas En mañanas sonoras, en tardes de oro y en noches cálidas.
Ella es la rica veste con que se cubren de las Castálidas Cuerpos en que se mezclan con alabastros rosas doncellas, O estremecida gasa con la que esfuman sus tintas bellas Grupos de mariposas que alegres surgen de sus crisálidas.
Los brillantes matices sinfonizados en primaveras. Los sutiles aromas embebecidos en esperanzas Oye se desvanecieron sobre las ondas de mis dolores.
Fugazmente volaron en la neblina de mis quimeras. De profundas nostalgias, vagos anhelos y remembranzas De paises lejanos, de medioevales fiestas de amores.
Yo sé que eres un ave fugitiva, Un pez dorado que en las ondas juega, Una nube del alba que desplega Su miraje de rosa y me cautiva.
Sé que eres flor que la niñez cultiva Y el hombre con sus lágrimas la riega, ¡Sombra del porvenir que nunca llega. Bella a los ojos y a ¡a mano esquiva!
Yo sé que eres la estrella de la tarde Oye ve el anciano entre celajes de oro Cual postrera ilusión de su alma, bella;
Y aunque tu luz para mis ojos no arde. Engáñame, ¡oh mentira!, yo te adoro. Ave o pez, sombra o flor, nube o estrella.
Yo te busqué con mis ojos, Yo te busqué con mis manos En los profundos arcanos Que tiene mi corazón; Y no hallé en él ni tu sombra Porque te habías huido, Y estaba caliente el nido Oye te sirvió de mansión.
En sus vastas soledades Sólo encontré una memoria De nuestra pasada historia. Que al tocarla se perdió. Y era el lúgubre epitafio De mi amor, de mi ternura, Y era la honda sepultura Oye tu ingratitud labró.
Y, hubo silencio hubo calma En su desierto infinito. Y contemplé de hito en hito Mis ilusiones de ayer, Que en la bruma del pasado Cadavéricas surgían, Mas luego desparecían Para nunca más volver.