viernes, 10 de enero de 2014

El barrilete


-¿Por qué no me haces un barrilete, Ernesto?
-No bien termine de construir este bote, satisfaré tus deseos.
Y no bien termina su trabajo comienza el otro.
-No es dificíl hacerlo... ¿Ves?... Se cortan tres varillas iguales... Se cruzan dos de ellas, oblicuamente, por la mitad, y se las une con un hilo... Se atraviesa la otra, horizontalmente, y se las une en el mismo lugar... ¿Comprendes?... Para darle forma se van uniendo los extremos cuidados que el hilo quede tenso... Así... Colocas la armazón sobre un papel... sobre este papel amarillo... Lo recortas...

Engrudas los bordes y, luego, los doblas para pagarlos, de manera que oculten el hilo que les dio forma... Ahora se colocan dos riendas en los vértices superiores, que se unirán a una tercera, que haremos salir del centro... Así, ¿ves?... Por último, otras dos riendas en las vértices inferiores para atarle una cola, que haremos con los retazos de un viejo delantal de María Luisa...


Y ya tenemos hecho de barrilete... ¿Qué me dices? ¿Te agrada?
-Ya lo creo -dice Joaquín-. Hoy mismo iré a la playa a remontarlo. Aprovecharé para enviar un mensaje a las nubes. ¿No te parece bien? Gracias, Ernesto. Cuando yo sea aviador te invitaré a pasear alguna tarde por el cielo.

La EÑE también es gente

La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe. ¡Señoras, señores, compañeros, amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la eñe! Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta la apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín, el ~.
¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? ¿Entre la fauna en peligro de extinción figuran los ñandúes y los ñacurutuces? ¿En los pagos de Añatuya cómo cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?
"La ortografía también es gente", escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre
variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui. A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños. ¡Impronunciables nativos!
Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta. No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. Ninios, suenios, otonio. Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania. La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera dónde se debate nuestro discriminado signo.
Letra es sinónimo de carácter. ¡Avisémoslo al mundo entero por Internet! La eñe también es gente.
María Elena Walsh

lunes, 6 de enero de 2014

Amarok

Amarok o Amaroq, es el nombre de un lobo gigantesco proveniente de la mitología inuit que caza y devora a cualquier cazador lo suficientemente estúpido como para cazar de noche. A pesar de que los lobos cazan en manada, Amarok siempre caza solo.
Según cuenta una leyenda, en el origen del mundo tan sólo había un hombre (Hombre) y una mujer (Mujer), y no había animales. La Mujer pidió a Kaila, dios del cielo, que poblara la Tierra. Entonces, Kaila le ordenó hacer un agujero en el hielo para pescar, y la Mujer fue sacando del agujero, uno a uno, todos los animales, hasta sacar el último: el caribú. El caribú era el mejor regalo que Kaila podía hacer al Hombre y la Mujer, porque alimentaría a su pueblo. Así, el caribú se multiplicó y los hijos del Hombre y la Mujer pudieron cazarlos, comiendo su carne, y tejiendo sus vestidos y confeccionando sus tiendas con sus huesos y pieles. Sin embargo, los humanos siempre elegían los caribús más bellos, más grandes y más fuertes, y de este modo, poco a poco, los caribús más sanos fueron desapareciendo, hasta que, un día, sólo quedaron los animales débiles y enfermos, por lo que los inuits no quisieron cazar más y empezaron a pasar hambre. La mujer se quejó entonces a Kaila, y el dios la volvió a enviar al hielo para que pescara, enviado por Amarok, el espíritu del lobo, que se encargaría de comerse a los caribús débiles y enfermos, de manera que sólo sobrevivieran los caribús con buena salud. 


Una versión similar dice que, viendo que los inuit empezaban a pasar hambre, Kaila habló con Amarok, el espíritu de los lobos, que vivía cerca de él en el cielo, y le pidió que enviase a los lobos a la tierra para que éstos se comieran los caribús débiles y enfermos. Desde lo alto de una colina, los hombres observaban los lobos, y vieron que después de reunirse en el bosque, la manada de lobos se dirigió sin ruido hacia los caribús que rumiaban tranquilamente. Al ver los lobos, los caribús se agruparon, formando un círculo protector alrededor de los animales débiles y jóvenes, pero los lobos se lanzaron para romper el círculo formado por los caribús, alejando a los más fuertes, para cazar y devorar a los más débiles. Desde aquel día, el espíritu de Amarok reina en el Gran Norte.
Los inuit dejan cazar tranquilos a los lobos, porque saben que el caribú nutre al lobo, pero el lobo mantiene la buena salud de los caribús.

domingo, 5 de enero de 2014

La lavandera

Ropas de la muñeca: cofia, delantal, vestido, camisitas... Todo un copo de nieve en las pequeñas manos de María Ester.
El agua cae a chorros sobre la baten, salpicando con sus gotas clarísimas todo cuanto hay a su alrededor.
Las manos de la pequeña meten en el agua las ropas de su muñeca. Jabona, refriega, enjuaga. Hace cuanto ha visto hacer a su mamá cuando limpia las prendas de sus hijos. No olvida un detalle; como si tuviera plena conciencia del trabajo que realiza.
Contemplándola, uno piensa en la mujer que lava. No hay para ella día de descanso ni agua caliente en los días del invierno. Las manos en el agua se purifican. Se blanquean y se sonrosan. Parecen adelgazarse y la piel de las palmas se arruga. Pero no se detiene. Lava y lava porque las prendas deben estar siempre limpias. Sabe que la limpieza en el más hermoso de los lujos.


-Oler a limpio es oler bien -dice la abuela.
Cuando termina el trabajo tiende la ropa sobre una linea tensa. La secarán el viento y el sol. Y al viento y al sol la ropa limpia es como una bandera de alegría.
"Mañana será domingo, piensa María Ester". Y se imagina andando por el parque, con su muñeca en brazos, hermosa en la frescura de sus vestidos claros que ella mismo limpió con sus manos, un poco, pero muy poco, más grandes que las de su muñeca.

jueves, 2 de enero de 2014

El chingolo

El viento del sur acostumbraba no hacerse anunciar por nadie. Ningún signo preparaba al hombre, y cuando el viento soplaba con fuerza sin darle tiempo a defenderse, el hombre se sorprendía. A veces lo tomaba en el campo arreando los animales o cortando paja brava en los bañados para techar su rancho, o realizando cualquier otra tarea, pero siempre alejado de las casas.
Venía el viento y desgajaba los árboles. Si encontraba abiertas las ventanas y las puertas del rancho, entraba sin pedir permiso y, a veces, levantaba parte del techo mismo.
Un día el chingolo vio la aflicción del hombre y le dijo:
-Desde hoy en adelante me quedaré cerca de ti para darte aviso cuando el viento quiera soplar. En mis silbos te diré: "Vientito sur", como señal para que no te encuentres desprevenido... No te pido otra cosa sino tu amistad. Tienes la mía. ¿Puedo contar con la tuya?
-Cuenta con ella.
Se hizo el acto. Bastaron las palabras. El chingolo quedó cerca de la casa. Como los hijos del hombre no tenían juguetes ni sabían reir, él se encargó de darles un poco de dicha. Y un día se colocó sobre la cabeza un bonete de payaso y se puso a hacer piruetas. Los niños reían y reían. Y en otra oportunidad les enseñó a jugar a la rayuela, andando a saltos por el patio, y los niños aprendieron el juego, que hallaron maravilloso.
Desde entonces, el chingolito llega a las casas, anda por el patio y hasta suele entrar en las habitaciones, sin temor alguno porque sabe que nadie será capaz de hacerle mal.