martes, 18 de marzo de 2014

Dos momentos

Hay dos momentos en el día a los que siempre he dado importancia: cuando papá se despide para ir al trabajo y cuando nosotros decimos ¡hasta luego! a mamá, para encaminarnos a la escuela.
Papá nos besa a todos y sale apresuradamente hacia el cumplimiento de sus obligaciones. Yo sé que él sale en busca de nuestro pan, de nuestro libro, de nuestros vestidos; en una palabra, de nuestra tranquilidad. ¡Qué bueno es! ¡Cuánto esfuerzo debe realizar para que a los suyos no les falte nada! A veces lo notamos cansado, enfermo, y, sin embargo, no se queda en casa. Debe cumplir con las obligaciones de afuera y con las obligaciones de adentro.


Y cuando ya estamos listos para ir a la escuela nos duele abandonar a mamá. ¡Se queda tan sola! Claro está que en su soledad se entretienen trabajando en las cosas del hogar, preparando la comida de todos, arreglando los muebles, limpiando la casa, repasando la ropa... ¡Si pudiéramos quedarnos a su lado!... Pero, no. La escuela es una obligación para los niños. De allí saldremos un día, capaces y fuertes, con la inteligencia bien nutrida y el corazón bien modelado, para enfrentar a la vida y llegar a ser útiles al hogar y a la patria.

lunes, 17 de marzo de 2014

La pista de los dientes de oro

Lauro Spronzini se detiene frente al espejo. Con los dedos de la mano izquierda mantiene levantado el labio superior, dejando al descubierto dos dientes de oro. Entonces ejecuta la acción extraña; introduce en la boca los dedos pulgar e índice de la mano derecha, aprieta la superficie de los dientes metálicos y retira una película de oro. Y su dentadura aparece nuevamente natural. Entre sus dedos ha quedado la auténtica envoltura de los falsos dientes de oro.
Lauro se deja caer en un sillón situado al costado de su cama y prensa maquinalmente entre los dedos la película de oro, que utilizó para hacer que sus dientes aparecieran como de ese metal.
Esto ocurre a las once de la noche.
A las once y cuarto, en otro paraje, el Hotel Planeta, Ernesto, el botones, golpea con los nudillos de los dedos en el cuarto número 1, ocupado por Doménico Salvato. Ernesto lleva un telegrama para el señor Doménico. Ernesto ha visto entrar al señor Doménico en compañía de un hombre con los dientes de oro. Ernesto abre la puerta y cae desmayado.
A las once y media, un grupo de funcionarios y de curiosos se codean en el pasillo del hotel, donde estallan los fogonazos de magnesio de los repórters policiales. Frente a la puerta del cuarto número 1 está de guardia el agente número 1539. El agente número 1539, con las manos apoyadas en el cinturón de su corregie, abre la puerta respetuosamente cada vez que llega un alto funcionario. En esta circunstancia todos los curiosos estiran el cuello; por la rendija de la puerta se ve una silla suspendida en los aires, y más abajo de los tramos de la silla cuelgan los pies de un hombre.
En el interior del cuarto un fotógrafo policial registra con su máquina esta escena: un hombre sentado en una silla, amarrado a ella por ligaduras blancas, cuelga de los aires sostenido por el cuello de una sábana arrollada. El ahorcado tiene una mordaza en torno de la boca. La cama del muerto está deshecha. El asesino ha recogido de allí las sábanas con que ha sujetado a la víctima.
Hugo Ankerman, camarero de interior; Hermán González, portero, y Ernesto Loggi, botones, coinciden en sus declaraciones. Doménico Salvato ha llegado dos veces al hotel en compañía de un hombre con los dientes de oro y anteojos amarillos.
A las doce y media de la noche, los redactores de guardia en los periódicos escriben titulares así:

EL ENIGMA DEL BÁRBARO CRIMEN DEL DIENTE DE ORO

Son las diez de la mañana.
El asesino Lauro Spronzini, sentado en un sillón de mimbre de un café del boulevard, lee los periódicos frente a su vaso de cerveza. Pero ni Hugo ni Hermán ni Ernesto, podrían reconocer en este pálido rostro pensativo, sin lentes, ni dientes de oro, al verdugo que ha ejecutado a Doménico Salvato. En el fondo de la atmósfera luminosa que se filtra bajo el toldo de rayas amarillas, Lauro Spronzini tiene la apariencia de un empleado de comercio en vacaciones.
Lauro Spronzini deja de leer los periódicos y sonríe, abstraído, mirando al vacío. Una muchacha que pasa detiene los ojos en él. Nuestro asesino ha sonreído con dulzura. Y es que piensa en los trances dificultosos por los que pasarán numerosos ciudadanos en cuya boca hay engastados dos dientes de oro.
No se equivoca.
A esa misma hora, hombres de diferente condición social pululaban por las intrincadas galerías del Departamento de Policía, en busca de la oficina donde testimoniar su inocencia. Lo hacen por su propia tranquilidad.
Un barbudo de nariz de trompeta y calva brillante, sentado frente a una mesa desteñida, cubierta de papelotes y melladuras de cortaplumas, recibe las declaraciones de estos timoratos, cuyas primeras palabras son:
–Yo he venido a declarar que a pesar de tener dos dientes de oro, no tengo nada que ver con el crimen.
El calvo recibe las declaraciones con indiferencia. Sabe que ninguno de los que se presentan son los posibles autores del retorcido delito. Siguiendo la rutina de las indagaciones elementales, pregunta y anota:
–Entre nueve y once de la noche, ¿dónde se encontraba usted? ¿Quiénes son las personas que le han visto en tal lugar?
Algunos se avergüenzan de tener que declarar que a esas horas hacían acto de presencia en lugares poco recomendables para personas de aspecto tan distinguido como el que ellas presentaban.
En las declaraciones se descubrían singularidades. Un ciudadano confirmó haber frecuentado a esas horas un garito cuya existencia había escapado al control de la policía. Demetrio Rubati de "profesión" ladrón, con dos dientes de oro en el maxilar izquierdo, después de arduas cavilaciones, se presenta a declarar que aquella noche ha cometido un robo en un establecimiento de telas. Efectivamente tal robo fue registrado. Rubati inteligentemente comprende que es preferible ser apresado como ladrón a caer bajo la acción de la ley por sospechoso de un crimen que no ha cometido. Queda detenido.
También se presenta una señora inmensamente gorda, con dos dientes de oro, para declarar que ella no es autora del crimen. El barbudo interrogador se queda mirándola, sorprendido. Nunca imaginó que la estupidez humana pudiera alcanzar proporciones inusitadas.
Los ciudadanos que tienen dientes de oro se sienten molestos en los lugares públicos. Durante las primeras horas que siguen al día del crimen, todo aquel que en un café, en una oficina, en el tranvía o en la calle, muestre al conversar, dientes de oro, es observado con atenta curiosidad por todas las personas que le rodean. Los hombres que tienen dientes de oro se sienten sospechosos del crimen; les intranquiliza la soterrada de los que los tratan. Son raros en esos días aquellos que por tener dos dientes de oro engarzados en la boca, no se sientan culpables de algo.
En tanto la policía trabaja. Se piden a todos los dentistas de la capital las direcciones de las personas que han asistido por enfermedades de la dentadura que exigían la completa ubicación de dos o más dientes en el orificio superior izquierdo. Los diarios solicitan, también, la presentación a la policía de aquellas personas que pudieran aclarar algo respecto a este crimen de características tan singulares.
Las hipótesis del crimen pueden reducirse en pocas palabras y son semejantes en todos los periódicos.
Doménico Salvato ha entrado en su cuarto en compañía del asesino. Ha conversado con éste, no ha reñido, al menos en tono suficientemente alto como para que no se lo pudiera escuchar. Después el desconocido ha descargado un puñetazo en la mandíbula de Salvato, y éste ha caído desmayado, circunstancia que el asesino aprovechó para sujetarlo a la silla con las cuerdas hechas desgarrando las sábanas. Luego amordaza a su víctima. Cuando recobra el sentido, se ve obligada a escuchar a su agresor, quien después de reprocharle no se sabe qué, ha procedido a ahorcarla. El móvil, no queda ninguna duda, ha sido satisfacer un exacerbado sentimiento de odio y de venganza. El muerto es de nacionalidad italiana.
La primera plana de los diarios reproduce el cuarto del hotel en el espantoso desorden que lo ha encontrado la policía. El respaldar de la silla apoyado sobre la tabla de una puerta; el ahorcado colgado en el aire por el cuello, y la sábana anudada en dos partes, amarrada al picaporte de la puerta. Es el crimen bárbaro que ansía la mentalidad de los lectores de dramones espeluznantes.
La policía tiende sus redes; se aguardan los informes de los dentistas, se confirman los prontuarios recientes de todos los inmigrantes, para descubrir quiénes son los ciudadanos de nacionalidad italiana que tienen dos dientes de oro en el maxilar superior izquierdo. Durante quince días todos los periódicos consignan la marcha de la investigación. Al mes, el recuerdo de este suceso se olvida; al cabo de nueve semanas son raros aquellos que detienen su atención en el recuerdo del crimen; un año después, el asunto pasa a los archivos de la policía... El asesino no es descubierto nunca.
Sin embargo, una persona pudo haber hecho encarcelar a Lauro Spronzini.
Era Diana Lucerna. Pero ella no lo hizo.
A las tres de la tarde del día que todos los diarios comentan su crimen, Lauro Spronzini experimenta una ligera comezón ardorosa en la muela. Una hora después, como si algún demonio accionara el mecanismo nervioso del diente, la comezón ardorosa acrecienta su temperatura. Se transforma en un clavo de fuego que atraviesa la mandíbula del hombre, eyaculando en su tuétano borbotones de fuego. Lauro experimenta la sensación de que le aproximan a la mejilla una plancha de hierro candente. Tiene que morderse los labios para no gritar; lentamente, en su mandíbula el clavo de fuego se enfría, le permite suspirar con alivio, pero súbitamente la sensación quemante se convierte en una espiga de hielo que le solidifica las encías y los nervios injertados en la pulpa del diente, al endurecerse bajo la acción del frío tremendo, aumentan de volumen. Parece como si bajo la presión de su crecimiento, el hueso del maxilar pudiera estallar como un shrapnell. Son dolores fulgurantes, por momentos relámpagos de fosforescencias pasan por sus ojos.
Lauro comprende que ya no puede continuar soportando este martilleo de hielo y fuego que alterna los tremendos mazazos en la mínima superficie de un diente escondido allá en el fondo de su boca. Es necesario visitar a un odontólogo.
Instintivamente, no sabe por qué razón, resuelve consultar a una mujer, a una dentista, en lugar de un profesional del sexo masculino. Busca en la guía del teléfono.
Una hora después Diana Lucerna se inclina sobre la boca abierta del enfermo y observa con
el espejuelo la dentadura. Indudablemente, al paciente debe aquejarle una neuralgia, porque no descubre en los molares ninguna picadura. Sin embargo, de pronto, algo en el fondo de la boca le llama la atención. Allí, en la parte interna de la corona de un diente, ve reflejada en el espejuelo una veta de papel de oro, semejante al que usan los doradores. Con la pinza extrae el cuerpo extraño. La veta de oro cubría la grieta de una caries profunda. Diana Lucerna, inclinándose sobre la boca del enfermo, aprieta con la punta de la pinza en la grieta, y Lauro Spronzini se revuelve dolorido en el sillón. Diana Lucerna, mientras examina el diente del enfermo, piensa en qué extraño lugar estaba fijada esa veta de papel de oro.
Diana Lucerna, como otros dentistas, ha recibido ya una circular policial pidiéndole la dirección de aquellos enfermos a quienes hubiera orificado las partes superiores de la dentadura izquierda.
Diana se retira del enfermo con las manos en los bolsillos
de su guardapolvo blanco, observa el pálido rostro de Lauro,
y le dice:
–Hay un diente picado. Habrá que hacerle una orificación.
Lauro tiembla imperceptiblemente, pero tratando de fingir indiferencia, pregunta:
–¿Cuesta mucho platinarlo?
–No; la diferencia es muy poca.
Mientras Diana prepara el torno, habla:
–A causa del crimen del hombre del diente de oro, nadie querrá, durante unos cuantos meses, arreglarse con oro las dentaduras.
Lauro esfuerza una sonrisa. Diana lo espía por el espejo y observa que la frente del hombre está perlada de sudor. La dentista prosigue, mientras escoge unas mechas:
–Yo creo que ese crimen es una venganza... ¿Y usted? ...
–Yo también. ¿Quién sino aquel que tuviera que cumplir con el deber de una venganza, podría amarrar a un hombre a una silla, amordazarlo, reprocharle, como dicen los diarios, vaya a saber qué tremendos agravios y matarlo?... Un hombre no mata a otro por una bagatela ni mucho menos.
Media hora después Lauro Spronzini abandona el consultorio de la dentista. Ha dejado anotado en el libro de consultas su nombre y dirección, Diana Lucerna le dice:
–Véngase pasado mañana.
Lauro sale, y Diana se queda sola en su consultorio, frío de cristales y níqueles, mirando abstraída por los visillos de una ventana las techumbres de las casas de los alrededores.
Luego, bruscamente inspirada, va y busca los diarios de la mañana. Los elementales datos de la filiación externa coinciden con ciertos aspectos físicos de su cliente. Los comentarios del crimen son análogos. Se trata de una venganza. Y el autor de aquella venganza debe ser él. Aquella veta de papel de oro, fijada en la grieta de un diente, revela que el asesino se cubrió los dientes con una película de oro para lanzar a la policía sobre una pista falsa. Si en este mismo momento se revisara la dentadura de todos los habitantes de la ciudad, no se encontraría en los dientes de ninguno de ellos ese sospechosísimo trozo de película. No le queda duda: él es el asesino; él es el asesino y ella debe denunciarlo. Debe...
Una congoja dulce se desenrosca sobre el corazón de Diana, con tal frenesí hambriento de protección y curiosidad, que derrota toda la fuerza estacionada en su voluntad moral.
Debe denunciar al asesino... Pero el asesino es un hombre que le gusta. Le gusta ahora con un deseo tan violentamente dirigido, que su corazón palpita con más violencia que si él tratara de asesinarla. Y se aprieta el pecho con las manos.
Diana se dirige rápidamente al libro de consultas y busca la dirección de Lauro. ¿Es o no falsa esa dirección? ¡Quiera Dios que no!... Diana se quita precipitadamente el guardapolvo, le indica a la criada que si llegan clientes les diga que la aguarden, y sube a un automóvil. Esto ocurre como a través de la cenicienta neblina de un sueño, y sin embargo, la ciudad está cubierta de sol hasta la altura de las cornisas.
Una impaciencia extraordinaria empuja a Diana a través de la vida diferenciada de los otros seres humanos. Sabe que va al encuentro de lo desconocido monstruoso; el automóvil entra en el sol de las bocacalles, y en la sombra de las fachadas; súbitamente se encuentra detenida frente a la entrada oscura de una casa de departamentos, sube a la garita iluminadade un ascensor de acero, una criada asoma la cabeza por una puerta gris entreabierta, y de pronto se encuentra... Está allí... Allí, de pie, frente al asesino que, en mangas de camisa, se ha puesto de pie tan bruscamente, que no ha tenido tiempo de borrar de la colcha azulenca de la cama la huella que ha dejado su cuerpo tendido. La criada cierra la puerta tras ellos. El hombre, despeinado, mira a la fina muchacha de pie frente a él.
Diana le examina el rostro con dureza, Lauro Spronzini comprende que ha sido descubierto; pero se siente infinitamente tranquilizado. Señala a la joven el mismo sillón en que él, la noche después de ahorcar a Doménico Salvato, se ha dejado caer, y Diana, respirando agitada, obedece.
Lauro la mira, y después, con voz dulce, le pregunta:
–¿Qué le pasa, señorita?
Ella se siente dominada por esta voz; se pone de pie para marcharse; pero no se atreve a decir lo que piensa. Lauro comprende que todo puede perderse: los desencajados ojos de la dentista revelan que al disolverse su excitación sobreviene la repulsión, y entonces dice:
–Yo soy quien mató a Doménico Salvato. Es un acto de justicia, señorita. Era el desalmado más extraordinario de quien he oído hablar. En Brindisi –yo soy italiano–, hace siete años, se llevó de la casa de mis padres a mi hermana mayor. Un año después la abandonó. Mi hermana vino a morir a casa completamente tuberculosa. Su agonía duró treinta días con sus noches. Y el único culpable de aquel tremendo desastre era él. Hay crímenes que no se deben dejar sin castigo. Yo lo desmayé de un golpe, lo amarré a la silla, lo amordacé para que no pudiera pedir auxilio, y luego le relaté durante una hora la agonía que soportó mi hermana por su culpa. Quise que supiera que era castigado porque la ley no castiga ciertos crímenes.
Diana lo escucha y responde:
–Supe que era usted por las partículas de oro que quedaron adheridas en la hendidura de la caries.
Lauro prosigue:
–Supe que él había huido a la Argentina, y vine a buscarlo.
–¿No lo encontrarán a usted?
–No; si usted no me denuncia.
Diana lo mira:
–Es espantoso lo que usted ha hecho.
Lauro la interrumpió, frío:
–La agonía de él ha durado una hora. La agonía de mi hermana se prolongó las veinticuatro horas de treinta días y treinta noches. La agonía de él ha sido incomparablemente dulce comparada con la que hizo sufrir a una pobre muchacha, cuyo único crimen fue creer en sus promesas.
Diana Lucerna comprende que el hombre tiene razón:
–¿No lo encontrarán a usted?
–Yo creo que no...
–¿Vendrá usted a curarse mañana?
–Sí, señorita; mañana iré.
Y cuando ella sale, Lauro sabe que no lo denunciará.

Herederos de Roberto Arlt
Editorial Losada S.A. 1998

domingo, 16 de marzo de 2014

Blancaflor

Érase que se era un joven gastador que no le gustaba trabajar ni un poquitín. Un día se le presentó un misterioso caballero y le dijo: 
-Si me prometes que al cabo de veinte años vas a buscarme, tendrás todo cuanto quieras; cada vez que metas las manos en el bolsillo las sacarás llenas de oro.
-¿Por dónde iré a buscarle? -dijo el mozo. 
-Pregunta por el Castillo de Oro, allí te espero.

Hicieron el contrato y el misterioso caballero desapareció. 
El joven vivía feliz, lleno de riquezas, pues nada más meter las manos en el bolsillo las sacaba con monedas de oro. Pasó un día y otro día, un año y otro año, hasta veinte pasaron, el plazo se cumplió y el mozo echó a andar, pregunta que te preguntarás por el Castillo de Oro. Llegó a un monte, lleno de pájaros de todos colores y volvió a preguntar. Los pájaros tampoco lo sabían, pero le dijeron que vendría el Ave tamaña, que tal vez pudiera ayudarle, aunque mejor se escondiese porque nunca se sabe el humor de un Ave. A la noche llegó el Ave tamaña; entonces un gorrioncillo decidido va y le dice: 
-Señora, hay un mozo que pregunta por el Castillo de Oro, y sólo tú puedes ayudarle. 
-¿Dónde está el mozo? -graznó el Ave tamaña. 
-Aquí, señora Ave. 
-¡Desdichado de ti..., desdichado de ti...! -dijo el Ave-. Aquel caballero que te llenó de oro es un mágico poderoso, muy malo. Cuando te vea te mandará tres trabajos imposibles; si no los haces te matará. Pero si no vas, te buscará y te matará. Ven, te llevaré; pero debes comprar dos fanegas de trigo, un pellejo de vino y una vaca, porque tendré hambre por el camino. 
Pues el Ave tamaña se lo llevó volando y volando, comiendo y comiendo por prados y montañas, y, al bajar a un río, se despidió: 
-Mira, allí tienes el Castillo de Oro. Allí vive el mágico con su mujer y sus tres hijas. La menor sabe mucho y es muy guapa. Aquí vendrá a bañarse, esconde sus vestidos. Ella cantará: 
“¿Quién mi vestido blanco me guardó? 
Que me lo entregue. De todos cuantos peligros 
Se vea con mi padre, he de librarle yo.”
La tercera vez que oigas esto, sales y le entregas sus vestidos y ya te dirá ella lo que tienes que hacer. Volando por el cielo, el Ave se fue. Todo sucedió como el Ave le había dicho. A la tercera vez que cantó la niña: 
“¿Quién mi vestido blanco me guardó? 
Que me lo entregue. De todos cuantos peligros 
Se vea con mi padre, he de librarle yo.” 
Salió el mozo, dándole su vestido blanco. Ella le miró: 
-¿Qué te trae por aquí? 
-Hice un trato con tu padre -contestó el joven. 
-¡Ay, pobre de ti! -dice ella-. Escucha, si haces todo lo que yo diga te salvaré; si no, somos perdidos los dos, pues te mata a ti y me mata a mí. 
Siguió el camino hasta el Castillo, y ya que se presenta ante el mágico, éste le dice, mirándolo fijamente: 
-Mañana tienes que traerme un anillo que perdí hace cien años en el fondo del mar. 
El mozo se fue a orillas del mar; allí estaba, con su vestido blanco, la niña Blancaflor. 
-Pues eso no es lo peor -dice ella-, eso no es lo peor. Vete a la plaza, compra la olla más grande que veas, trae un cuchillo afilado, me matas y me pones dentro de la olla, bien tapada. 
-Yo no..., yo no te mato -dice él asustadísimo. 
-Calla -dice Blancaflor-, que si no lo haces te pierdes tú y yo. Haz lo que digo. Luego echas la olla a andar por el mar. Cuida de no derramar ni una gota de mi sangre, ni quedar dormido, ni penar, que yo volveré con el anillo. 
El mozo, temblando, hizo lo que Blancaflor aconsejara, pero perdió una gota de sangre en la arena. Espera que te espera, sin pasar pena, ni quedar dormido, vio llegar por el mar a la olla meciéndose en la espuma. Saltó Blancaflor, aún más hermosa que antes. 
-Toma el anillo, llévaselo a mi padre y le dices: «Sé más que tú y tu casta». 
Al coger el anillo vio el mozo el dedo meñique sangrando; Blancaflor le explicó que era la gota de sangre que había caído, mas que no pasara pena. 
Llega al Castillo de Oro, entrega el anillo al mágico y éste le dice furioso: 
-¿Tienes en mi casa quién te enseña, o acaso sabes tú más que yo? 
-Sé más que tú y toda tu casta -contesta decidido el mozo-. Manda otra vez, amo, lo que has de mandar, que los trabajos cumplidos serán. 
-Has de ir a aquella montaña, cavar, quemar, sembrar, esperar y segar, moler, amasar, y mañana hasta mi mesa traer el pan. 
Bajó el mozo a buscar a Blancaflor para contarle el mandato del padre. 
-Vete a la montaña -dijo ella-; allí aguarda. Si duermes, dormido quedes. 
Así que hubo llegado el mozo a la montaña quedó dormido. Al despertar Blancaflor le entrega el pan blanco y cocido diciendo: 
-Llévaselo a mi padre y le dices que sabes más tú que toda su casta. 
Cuando el mozo entregó el pan al mágico, éste, enfurecido, le grita: 
-¿Tienes en mi casa quién te enseñe o acaso sabes tú más que yo? 
-Sé más que tú y toda tu casta -responde fuerte el mozo-. Manda por última vez, amo, lo que has de mandar, que los tres trabajos cumplidos serán. 
-Tendrás que domar un potro morado que hay en la cuadra mora. 
Salió el mozo, encuentra a Blancaflor y le cuenta el otro trabajo mandato. 
-Malo, malo, trabajo malo. El potro es mi padre, la silla es mi madre y han de querer matarte los dos. 
Y dice: 
-Vete al monte, busca varas de avellano cortas, montas el potro y le das con la vara, pues, según salgas montado, tratará de tirarte en el barranco para matarte, pero tú ¡zas, zas!, con las varas todas, hasta que quede bien domado.
Dicho y hecho, según lo saca de la cuadra y monta, ¡buf!, ¡buf!, como cosa loca a tirarlo al barranco. El mozo empieza pim pam, pim pam, a la silla, pim pam para otro, hasta quebrar la última vara de avellano y quedar el caballo manso y quieto. 
En cuanto el mozo se presentó al mágico, lo ve todo maltrecho y vendado. 
-Ahí tiene el potro, mi amo, bien adomado. 
-¡Tú en mi casa tienes quien te enseñe! ¿O acaso sabes tú más que yo? 
-¡Sé más que tú y que toda tu casta! He cumplido con lo mandado, así que dame licencia para irme. 
El mágico lo miró como un basilisco todo vendado y dice: 
-Irte te irás, pero antes has de casar con una de mis hijas. 
Llamaron a las hijas, las pusieron tapadas en tres sillas, sentadas iguales; sólo asomaban sus manos sobre las faldas. 
Entró el mozo, miró las niñas sentadas, dio una vuelta alrededor... Reconoció a la menor, por aquel meñique de la herida. Pues va diciendo mientras las señala: 
-Pues bien, ésta queda, ésta sale, ésta quiero. Háganse las bodas. 
Pero, en la noche, Blancaflor le secretea: 
-Hemos de huir, ellos han dispuesto matarnos. Vete a la cuadra, hay dos caballos. Uno es el Pensamiento, otro el Viento. Coge el caballo más flaco, no cojas el gordo, que somos perdidos. Guando él sale, escupe Blancaflor tres salivillas en la puerta. 
El mozo, aturdido, escogió el caballo más gordo, que era el Viento, dejando el más flaco, que era el Pensamiento. 
-¡Ay, ay! ¡Por traer el Viento has dejado el Pensamiento! -gemía Blancaflor al ver llegar al mozo-. ¡Pobre de ti, pobre de mí, pobres de nosotros!; pero ahora hemos de irnos con el Viento, pues no hay tiempo que perder. 
-¡Blancaflor! -llamó su padre en la noche. 
-¡Síííí! -contestó la salivilla primera, mientras Blancaflor y el mozo huían a caballo del Viento. 
-¡Blancaflor! -repitió el padre en la noche. 
-¡Síííí! -contestó la salivilla segunda, mientras Blancaflor y el mozo huían en el Viento. 
Al amanecer llamó: 
-¡Blancaflooor! 
La salivilla última contestó débilmente:
-¡Síííí! 
La mujer del mágico desconfió, fue al dormitorio, descubriendo la huida.
Montó el mágico en el caballo flaco del Pensamiento. Por ser más veloz que el Viento, pronto los alcanzó. 
-¡Pobre de ti, pobre de mí!; ya viene mi padre detrás de nosotros. Me convertiré en ermita, tú en ermitaño y sólo dirás: «A misa, a misa, a misa».
Y soltándose la cinta del pelo se transformó en ermita, y el mozo en ermitaño. 
Llegó el mágico preguntando: 
-Ermitaño, ¿ha visto a un hombre y a una mujer pasar por aquí? 
Y el mozo convertido en ermitaño responde: 
-A misa, a misa, a misa. 
Dio media vuelta el mágico, que no le convencía tanta misa, y su mujer le dice: 
-Te ha engañado otra vez tu hija; ella era la ermita, el otro el ermitaño; ¡vuelve a la carrera a por ellos! Ya los vio llegar Blancaflor. 
-Ahí viene mi padre, pero no vamos a ser perdidos. Me convertiré en huerto y tú en hortelano, y cuando te pregunte por un hombre y una mujer tú dices: a cuarto vendo las berzas, a cuarto. 
Y tirando el peinecillo convirtiose en huerta, y él en hortelano. Ya llega el mágico preguntando: 
-Hortelano, ¿ha visto a un hombre y una mujer pasar por aquí? 
-¡A cuarto!, a cuarto vendo las berzas, ¡a cuarto! 
Dio la vuelta y su mujer: 
-Te ha engañado otra vez tu hija, pero ahora iré yo y ya verás como no me engaña. 
Guando Blancaflor vio llegar a la madre se lamentó. 
-¡Ay, pobre de ti, pobre de mí! ¡Ay, a ella sí que no la engaño! 
Y se soltó su pelo y lo echó atrás y lo hizo un río de sangre, largo, largo, que ellos no pudieron pasar. 
Ya lo supo la madre: 
-¡Mira, mira tú, cómo era ésta la que lo salvaba! Yo no puedo pasar, pero ¡olvidados os veréis antes de ser casados! 
Y habiendo echado la maldición se volvió. 
Anda que te andarás llegaron cerca de la ciudad y, volviéndose el joven a Blancaflor, dice: 
-Espérame aquí, que iré a buscar un coche para entrar en la ciudad. 
-¡Ay, ay -dijo Blancaflor-, que me olvidarás! -Olvidar no olvido.
-Me olvidarás, me olvidarás -repetía Blancaflor-. Escucha, toma esta varita, con ella vas alejando a todos, no dejes que ninguna mujer sea joven ni vieja te abrace, pues, si no, me olvidarás. 
Llega el joven, pide el coche, todos quieren abrazarle, y él, cuidándose con la varita de por medio, hasta que el ama le abraza por detrás. 
-¡Ay, querido, tanto tiempo! ¡Ay, querido! 
Y así olvidó el coche que había pedido, cuanto le había pasado. Blancaflor, esperando. Todo, todo se le pasaba de la memoria. Entonces Blancaflor lo supo al momento: 
-¡Olvidada, ya estoy olvidada! -lloraba la niña. 
Vienen días, pasan días, y el mozo decidió casarse con otra dama del lugar. En el banquete de boda se presentó Blancaflor diciendo que sabía contar historias y juegos de magia para entretener a los invitados. 
Blancaflor contó la historia de cómo un mozo que no quiere trabajar recibió riqueza de un mágico, y cómo fue al Castillo de Oro, y cómo Blancaflor le ayudó a encontrar el anillo, a preparar el pan y a domar el potro infernal. 
El joven estaba cada vez más inquieto; pero no, no recordaba nada. Ella prosiguió contando cómo el mozo eligió por esposa a Blancaflor, que le había salvado, y cómo huyeron en el Viento perseguidos por el mago montado en el Pensamiento, y la ermita, la huerta, el río de sangre y cómo Blancaflor quedó sola y olvidada. 
El joven estaba cada vez más pálido, pero que muy pálido; entonces ella moja el dedo en su salivilla y se lo pone en la frente. Como un relámpago el joven, saltando, dice: 
-¡Tú eres Blancaflor, tú eres mi esposa! 
Así que se casaron, vivieron felices, y comieron perdices, y a mí no me dieron nada.

sábado, 15 de marzo de 2014

La fiesta

He aquí como el poeta 
vuelve viejo a su patria.

Don Joaquín se detiene un momento en el umbral; le acompaña un criado.
—¿Cómo está usted, don Joaquín?—le dice doña Juana.
—¿Qué tal le va a usted, don Joaquín?—le dice don Antonio—. Sabíamos que había llegado usted esta mañana; pero ¡cómo habíamos de sospechar que viniese usted por aquí esta tarde!
—¿Y ustedes?... ¿Y ustedes?... ¿Cómo se encuentran? ¡Caramba! La verdad es que hace tiempo que no nos veíamos. Y ahora tampoco nos vemos.... Digo, yo soy el que no puedo ver a ustedes.
Doña Juana ha acercado un sillón.
—Siéntese usted aquí, don Joaquín.
Don Antonio coge de la mano a don Joaquín y lo lleva hasta el sillón. Don Joaquín se sienta con cuidado, lentamente. La puerta está abierta de par en par; aparece el ancho zaguán limpio, embaldosado con losetas blancas y negras; por la calle discurre un hormiguero rumoroso de gente.
—¿Está usted parando en su casa, don Joaquín?— pregunta doña Juana.
—Estoy en casa de mi hermana—dice don Joaquín—. Mi casa estará hecha un corral; todos los muebles estarán llenos de cucarachas, de arañas y de polvo. Hace veinte años que no se ha abierto... desde que yo me fui. Virginia me escribe en las cartas, que la limpia dos o tres veces al año; pero yo no lo creo... Además, no quiero entrar en ella; yo no puedo ver nada, y me daría tristeza el tocar, para reconocerlos, aquellos muebles que vieron mi juventud.
—De modo—dice don Antonio—que usted se ha acordado este año del pueblo y ha querido venir a ver la fiesta.
—Sí—contesta don Joaquín—sí; he querido venir este año. Me he dicho: «Puesto que ya quizá no pueda tener otra ocasión, aprovecharemos ésta, que tal vez será la última». Y he venido a ver, es decir, a sentir el pueblo, a saludar a los buenos amigos, como ustedes...
Se oye un lejano campaneo, estrepitoso, jovial; estallan cohetes en el aire; el cielo se va poniendo de un azul pálido.
•Doña Juana se levanta de pronto.
—Pero usted, don Joaquín, ¿no conocerá a Lola, ni a Clara, ni a Conchita, la que apadrinó
usted en Madrid?
Doña Juana se acerca al hueco de la escalera, y grita:
—¡Clara, Lola, Concha!.... jBajad, que está aquí don Joaquín!
—Estarán en el balcón—dice don Antonio. 
Y se asoma a la calle y exclama, mirando hacia arriba:
—Bajad, que está aquí don Joaquín.
Se oye en el techo ruido precipitado de tacones finos y menuditos; luego, en la escalera, un rumor de faldas, de voces, de risas alocadas. Y, de repente, como una aparición mágica, las tres se hallan en la entrada, serias, derechas, mirando a don Joaquín con sus grandes ojos azules, grises, negros.
—¿Vosotras no conocéis a don Joaquín? —les dice don Antonio.
Las tres callan.
—Clara, ¿tú no te acuerdas que cuando eras pequeñita él te llevaba al jardín?
—No, no—dice don Joaquín, sonriendo—; ella no se acordará. ¡Hace ya tantos años!
—TiT, Lola, sí que no te acuerdas—le dice don Antonio a Lola—; tú tenías dos años cuando él se marchó.
—Yo sí que me acuerdo de ella—dice don Joaquín—; Lola tenía los ojos azules. ¿Es verdad que los tiene azules?
Lola se pone un poco roja.
—Sí, don Joaquín; los tiene azules—afirma doña Juana.
—¿Y Conchita?—preguntó don Joaquín— ¿Está aquí?
—Aquí está delante de usted—contesta don Antonio.
—Conchita—dice don Joaquín—, yo soy el que te tuvo en la pila del bautismo hace quince años.
—Sí, don Joaquín—dice Conchita—; ya sé que es usted mi padrino.
—Ella me pregunta muchas veces por usted— dice doña Juana.
—Yo no puedo verte, Conchita—dice don Joaquín—. ¿Cómo eres? ¿Cómo es Conchita?
—Es alta y delgada—contesta doña Juana.
—¿Cómo tiene el pelo?
—El pelo es rubio y largo.
Las mejillas de Concha se encienden con vivos carmines.
—¿Y los ojos? ¿De qué color son los ojos?
—Los ojos son entre grises y verdes; unas veces parecen grises y otras verdes.
—¿Y la boca?
—La boca es pequeña y con los labios rojos.
—Conchita—exclama don Joaquín—, eres una linda muchacha, y yo estoy contento por haberte tenido en mis brazos cuando contabas ocho días... Y vosotras también lo sois, Lola y Clara; pero yo no puedo veros a ninguna...
Una criada entra llevando en las manos una ancha bandeja llena de flores.
—Ya están aqui las flores—dice Lola.— ¿Han traído flores?—pregunta don Joaquín.
—Son las flores que hemos de tirar cuando pase la Virgen—contesta Clara.
—¿Qué flores son?—torna a preguntar don Joaquín.
—Son rosas, claveles y jazmines—contesta Lola.
—Toque usted, don Joaquín, toque usted—dice Conchita, poniéndole la bandeja delante.
—Conchita—dice don Joaquín extendiendo sus manos blancas, sutiles, y pasándolas con cuidado sobre las rosas, los claveles y los jazmines—. Conchita, has hecho cuanto puede apetecer para su consuelo un viejo poeta que ha amado las flores y que ya no puede verlas...
Prosigue a lo lejos el volteo loco y jovial de las campanas; estallan cohetes; se oye una música; el cielo diáfano se ha tornado obscuro, y parpadean las primeras estrellas.
. Don Antonio se levanta de pronto y grita:
—¡Rafael! ¡Rafael! 
Rafael se acerca y entra en el zaguán. Es un labriego; es el mayoral que don Antonio tiene en la Umbría.
—Rafael—le pregunta don Antonio—, ¿os vais esta noche, después de la procesión, a la Umbría, o mañana por la mañana?
—Esta noche queremos ver los fuegos — contesta Rafael—; nos ¡remos mañana.
—Oye—observa don Antonio—. Esta semana tendréis que labrar todas las piezas de la Herrada... meted bien las rejas en los cornijales. Y tendréis también que acabar de recoger toda la almendra que queda.
—Este Rafael—pregunta don Joaquín— , ¿será el hijo del tío Rafael, el mayoral que ustedes tenían antes?
—Sí, es el hijo—contesta don Antonio.
—Rafael—le dice don Joaquín—, ¿tú no te acordarás de mí? ¿No te acuerdas de don Joaquín, verdad?
—No, señor, no—contesta Rafael con aire confuso, rascándose la cabeza.
—Eras tú un mozuelo cuando yo iba a la Umbría... Dime, ¿hay aún delante de la casa aquellos olmos grandes? ¿Están hermosos? ¿Están verdes?
—Sí, aún están—contesta don Antonio.
—Y ¿hay en ellos muchas cigarras? ¿Unas cigarras que cantan mucho? ¿No es cierto?
—¡Ya lo creo que cantan!—exclama Rafael—. Todo el día se lo pasan cantando. Los chicos les tiran piedras para que callen; pero yo les digo que las dejen, que ya vendrá el invierno y se morirán.
—Es verdad—replica don Joaquín—. Ya vendrá el invierno y se morirán...
Y para sí piensa: «Nosotros, los poetas, somos como las cigarras: si las calamidades y desgracias de la vida nos dejan, cantamos, cantamos sin parar; luego viene el invierno, es decir, la vejez, y morimos olvidados, desvalidos».
Resuenan los estallidos de los cohetes; la procesión se acerca. Pasan bailando unos enanos; la dulzaina hace: «ti, tirí, ti»; el tamborhace: «tan, taran, tan»...

jueves, 13 de marzo de 2014

El pan de trigo

¿Y el pan con que se nutre nuestro cuerpo?
¡Bendito sea!
Trigo sembrado al frío y a la escarcha. Espigas cosechadas a plano sol en el verano. Granos triturados y molidos sin compasión hasta obtener la harina. Harina amasada con cariñoso esfuerzo. Pan cocido al horno y bendecido en la mesa hogareña... ¡Pan de cada día!
-El pan no se tira, se besa -dicen todos.


Su presencia infunde respeto. Aún se conserva la costumbre, en algunos hogares, cuando se cae el pan, de levantarlo y besarlo, como si fuera el mismo rostro de Dios. Es esta actitud humilde un símbolo del amor a la tierra que nos lo da, y del respeto al sudor del hombre que lo gana.
Por eso, quizás, oímos decir siempre: "Aprende a ganarte el pan con el sudor de tu frente".
Cuando yo sea capaz de ganármelo, será el día más feliz de mi vida y, posiblemente el día más feliz que ofreceré a mis padres.