domingo, 11 de febrero de 2018

Rosas

En la sala tranquila 
cuyo reloj austero derrama
un tiempo ya sin aventuras ni asombro
sobre la decente blancura
que amortaja la pasión roja de la caoba,
alguien, como reproche cariñoso,
pronunció el nombre familiar y temido.
La imagen del tirano
abarrotó el instante,
no clara como un mármol en la tarde,
sino grande y umbría
como la sombra de una montaña remota
y conjeturas y memorias
sucedieron a la mención eventual
como un eco insondable.
Famosamente infame
su nombre fue desolación en las casas,
idolátrico amor en el gauchaje
y horror del tajo en la garganta.
Hoy el olvido borra su censo de muertes,
porque son venales las muertes
si las pensamos como parte del Tiempo,
esa inmortalidad infatigable
que anonada con silenciosa culpa las razas
y en cuya herida siempre abierta
que el último dios habrá de restañar el último día,
cabe toda la sangre derramada.
No sé si Rosas
fue sólo un ávido puñal como los abuelos decían;
creo que fue como tú y yo
un hecho entre los hechos
que vivió en la zozobra cotidiana
y dirigió para exaltaciones y penas
la incertidumbre de otros.

Ahora el mar es una larga separación
entre la ceniza y la patria.
Ya toda vida, por humilde que sea,
puede pisar su nada y su noche.
Ya Dios lo habrá olvidado
y es menos una injuria que una piedad
demorar su infinita disolución
con limosnas de odio.
Jorge Luis Borges

Yo soñara que usted estaba soñando

XXIV. PAUSA ONCE:
(PARA INFORMARLE EL SUEÑO QUE YO SOÑÉ 
QUE USTED SOÑABA, DON JORGE LUIS…)
(...)
Usted se introdujo en la cama. Al segundo se levantó con un alarido. Su madre acudió a su grito. Usted, temblando de indignación y espanto, señalando con el bastón, le dijo:
-¡Madre, fíjese lo que hay debajo de mi almohada, un puñado de ajos recién pelados!
Su madre, Borges, trató de calmarlo, pero le resultó imposible. Usted empezó a correr, llegó hasta el ascensor, el ascensor fue fiel a su nombre, y no lo descendió hacia la buscada calle sino que lo ascendió, lo dejó frente a un irremediable pasillo que usted empezó a caminar atropelladamente. El pasillo, naturalmente, era el comienzo de un laberinto. El laberinto, de muros muy estrechos, tenía foquitos indicadores con luces palpitantes. Pero los foquitos eran cabezas de ajos sin piel. Sus pasos siguieron multiplicando el laberinto. Usted jadeaba, pero casi se abstenía de respirar para soslayar las sucesivas ofensas del olor a ajo. De pronto su cara se iluminó de felicidad: el laberinto lo había desembocado en una colosal biblioteca. Sin demora buscó el Libro de las 1001 noches. Abrió en la Noche 272 y se encontró con que la página ya estaba señalada, pero con una rodaja radiante de cebolla recién cortada. Arrojó muy lejos su libro tan querido. Buscó otro. Se detuvo en The History of Piracy (London, 1932), y se encontró con otras rodajas de cebolla en el capítulo dedicado a la fenomenal pirata, la viuda Ching. También arrojó muy lejos este libro, como jamás lo había hecho en su vida.
Siguió corriendo por ese renovado laberinto puntualmente señalado por el sucesivo ajo.
Al rato el laberinto lo desembocó en una habitación en donde no había otra cosa que espadas del siglo pasado, las de sus antepasados guerreros. Al lado de las espadas yacían pequeñas montañas de cebolla, recién cortadas pos sus otrora venerables filos.
Siguió corriendo, Borges. Más laberinto. Y más ajo. Ajo siempre. De pronto, una habitación sin nada, sin nadie. Aquí me quedo, susurró usted. Empezó a acuclillarse; entonces vio un reloj de arena de unos cuarenta centímetros. El reloj de arena era algo extraño, pero igualmente cumplía su perezosa tarea de vigilar la eternidad. Por su garganta no bajaba sedosa arena, caían, metódicamente, diminutos dientes de ajo…
Reanudó su carrera, Borges, pero ahora sin el bastón: de él también empezó a desconfiar. Hasta que el laberinto dejó de ser laberinto: se convirtió en un pasillo recto, interminable, tan largo que el más hábil de los arqueros habría disparado una flecha, desde donde usted estaba, sin conseguir clavarla en el fondo. Usted de todas formas arremetió contra la imprudente distancia de ese pasillo. Caminó horas, o días… siempre custodiado por las luces emitidas por los ajos… caminó, caminó, hasta que apareció  la forma redentora de una puerta: era una gigantesca rodaja de cebolla, rectangular, perfectamente plana, recién cortada. Se detuvo, erizado. Quiso volverse, pero recordó lo que había atrás. Con un aullido empujó por fin la puerta. Y se encontró otra vez en su casa, en su habitación. Su madre lo estaba esperando.
Los vi, a usted y a ella: Los oí dialogar así:
-Madre, no aguanto más este asedio… es como si yo fuera de cebolla y no de carne y hueso…
-Dices bien, Jorge Luis: tú no eres de carne y hueso, eres de cebolla, y no sólo de cebolla, de cebolla y de ajo…
-Madre, no traje de asustarme, no soy un chico…
-Digo la verdad, Jorge Luis: presta atención a tu pelo blanco… si accedes, por una vez, a observar la realidad, advertirás que tus cabellos son realmente finísimas hebras de cebolla…
-Si es preciso, madre, me cortaré el pelo al ras.
-Te verás ridículo… y será inútil…
-¿Por qué será inútil, madre, por qué?
-Porque hasta los dientes que hay en tu dentadura son dientes de ajo…
-¡Basta ya, calle maaadre!!!
-¡No me grites! No te lo permito, por dos motivos: porque aún en el Infierno me has de respetar, y además, porque con tu grito me mortificas enviándome un vientito de ajo que me resulta difícil de tolerar, Jorge Luis…
-Madre, ¿por qué me dice Jorge Luis si siempre me llamó Georgie?
-Para no desorientar a los lectores, Jorge Luis…
-De manera que esto es el Infierno, madre…
-Esto es el Infierno para ti.
-¿Y por qué merezco este Infierno?
-Por embustero y porque dejaste crecer adentro de ti a ese inquilino que se ha adueñado de nuestra casa y que con sus desmanes impide leer con naturalidad lo que el otro escribió con tanto fervor.
-Madre, ¿sabe una cosa? Creo que de pronto ya no le tengo asco al ajo y a la cebolla…
-Señal que estás envejeciendo, Jorge Luis.
-¿Pero es que se puede envejecer en el Infierno?
- Sí, se puede envejecer y morir; pero no te alegres, después de esa muerte se cae en otro Infierno.
-¿Y qué me espera, madre, en el próximo Infierno, ya que en este me he aburguesado, se han aquietado mis repulsas?
-Te espera un magnífico ejemplar de un libro como El Quijote, y otro ejemplar de un libro como La Divina Comedia
-Madre, eso no tiene nada de Infierno, salvo que allí yo esté completamente ciego y no encuentre a nadie que me lea…
-No, en ese próximo Infierno no serás ciego, podrás leer con tus ojos, y hasta sin lentes…
-Usted desvaría, madre: ese Infierno para mí no será Infierno, desde el momento en que podré leer libros como El Quijote y La Divina Comedia
-Sí que eso será un Infierno para ti, porque esa especie de nuevo Quijote habrá sido escrita por un vasco ordeñador de vacas… y es especie de nueva Divina Comedia tendrá por autor a un negro insoportable.
-Madre, ¡eso no puede ser!
-Sí, puede ser, Jorge Luis, ya lo verás, ya lo verás
-Madre, déjeme morir…
-Eso es imposible, Jorge Luis, porque, como tú escribiste parafraseando no recuerdo a quién, para morir es preciso antes haber nacido…
-¿Y acaso no he nacido, madre?
-No, todavía no has nacido, Jorge Luis.
-¿Cuánto falta para eso?
-Hijo, falta una eternidad.
-Pero eso es como decir nunca, la eternidad es eterna, madre…
-Eso es lo que tú supones, mi Jorge Luis, que la eternidad es eterna.
Borges, usted  me preguntará: ¿Y cómo termina ese sueño en que yo sueño que usted sueña eso?
Mi sueño termina así: usted, Borges, está hincado, afirma su cabeza sobre el regazo de su madre. Mientras llora desconsoladamente, le dice:
-Madre, déjeme morir, déjeme morir.
Su madre, con voz grave, le contesta:
-Hijo, no seas niño: comprende, eso no puede ser, todavía no has nacido, recién estás soñando…

Rodolfo E. Braceli  (1979) “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” XXIV. Pausa once: (para informarle el sueño que yo soñé que usted soñaba, don Jorge Luis…) pág. 126

viernes, 9 de febrero de 2018

Cielo Guaraní!...

Buenos Aires. Media noche. Cae la luna indiferente
sobre el alma de las cosas de la enorme Capital
y se siente, como un eco, el rasguear de una guitarra
y la queja nostalgiosa de un cantor sentimental.

Es un hijo de las selvas pay ubreras de Corrientes
que ha nacido bajo el toldo de su cielo guaraní
hermanado con las hierbas, y las flores, y las aves,
bendecido por la mano virginal de la Itatí.

¡Que no diera por la vuelta, el retorno a su querencia
bajo el cielo de Corrientes, donde canta el cardenal,
y una muerte silenciosa en la paz del bosque quieto,
mientras rezan sus plegarias la calandria y el zorzal!

Carlos A. Castellan
Extraídos de la Revista Vida Correntina, Primer Magazine Correntino
Año III, N°72, Febrero 20 de 1936, pág. 14.


domingo, 4 de febrero de 2018

Autómatas (3ª parte)

Tipos especiales de autómatas

Cabezas y "máquinas parlantes"
Dentro de los autómatas hay un grupo que ha tenido una gran difusión a lo largo de la historia, las cabezas parlantes, seres que se creían entre la mecánica y la magia que hablaban, aconsejaban a sus dueños o predecían el futuro. 
La leyenda y el mito han influido mucho en este tipo de mecanismos encontrándose las primeras versiones en antiguos cuentos árabes. Uno de los ejemplos más famosos es la cabeza con forma de hombre de Roger Bacon (1214-1294), hecha de latón y que podía responder a preguntas sobre el futuro; la de Alberto Magno con forma de mujer; la de Valentín Merbitz que decían que hablaba varios idiomas, otros dicen que gracias a un ventrículo; la cabeza parlante del Papa Silvestre II que respondía aleatoriamente “sí” o “no” a las preguntas que se le hacían; o la figura de la santa que hablaba de Athanasius Kircher, además de su libro “Misurgia Universalis” donde describe con detalle la creación de figuras que pueden mover los ojos, labios y lengua.

Máquina de hablar de Joseph Faber 
En cualquier caso, la mayoría de ellas conseguían la “voz” a través de diversos sistemas. El primero con base documental en conseguirlo fue Kratzenstein que con un sistema de tubos de órgano podía reproducir las vocales. Más tarde Wolfrang von Kempelen explicaba en una de sus obras como fabricar y manipular una de estas máquinas para que puedan pronunciar algunas frases breves a través de una especie de fuelle por el que pasaba el aire y se modulaban los sonidos. O las creadas por Abate Mical, de tamaño natural y que, exhibidas de dos en dos, se contestaban la una a la otra. Ya en el siglo XIX Joseph Faber ideó la versión más perfecta de estas máquinas, bautizada como Euphonia, que se utilizaba como el órgano de una iglesia y que podía desde recitar el alfabeto a responder preguntas, susurrar o reír.




Jugadores de ajedrez 
El Turco

Wolfgang von Kempeler inventor, como se ha señalado anteriormente, de una de las primeras máquinas parlantes fue también creador de uno de los más famosos autómatas de la historia, que a su vez, fue uno de los mayores fraudes de su tiempo pero que, a pesar de ello, impulsó la creación de autómatas jugadores de ajedrez hasta casi nuestros días. Hablamos de El Turco.
Construido en 1769, “El Turco” estaba formado por una mesa donde estaba colocado un maniquí con forma humana vestido con ropajes árabes. Una puerta en la parte frontal se abría y dejaba ver el supuesto mecanismo de funcionamiento del autómata. Este jugador fue una de las mayores atracciones de la época ya que, según contaban, era invencible. Viajó a lo largo de Europa aún después de la muerte de su creador, pasando a manos de Johan Maezel, llegando a derrotar al mismísimo Napoleón Bonaparte durante la campaña de la Batalla de Wagram. Después de viajar por Estados Unidos aterriza en Cuba donde muere William Schlumberger, ayudante de Maezel, y posible encargado de introducirse dentro del autómata para jugar las partidas, ya que después de esta muerte “El Turco” dejó de exhibirse hasta acabar destruido en 1845 en el gran incendio de Filadelfia. Más tarde se dijo que, a lo largo de su historia, el autómata había tenido varios operadores que movían el mecanismo gracias a un tablero de ajedrez secundario. Cada pieza del tablero principal contenía un imán, así el operador podía saber que pieza había sido movida y dónde. El operador hacía su movimiento mediante un mecanismo que podía encajarse en el tablero secundario, indicando al maniquí donde mover.

Taumatropo
También llamado Rotoscopio, Maravilla giratoria o, en inglés, Wonderturner, es un juguete que reproduce el movimiento mediante dos imágenes, fue inventado por John Ayrton Paris en 1824.
Las dos caras de un taumatropo
Consiste en un disco con dos imágenes diferentes en ambos lados y un trozo de cuerda a cada lado del disco. Ambas imágenes se unen estirando la cuerda entre los dedos, haciendo al disco girar y cambiar de cara rápidamente. El rápido giro produce que, ópticamente, y por el principio de persistencia retiniana, la ilusión de que ambas imágenes están juntas.
Su invento suele atribuírsele a John Ayrton Paris, que lo habría construido para demostrar el principio de persistencia retiniana ante el Real Colegio de Físicos de Londres, en 1824. En aquella ocasión, utilizó los dibujos de un papagayo y una jaula vacía para causar la ilusión de que el pájaro estaba dentro de la jaula.
Fue muy popular en la Inglaterra victoriana, los taumatropos de la época solían incluir pequeños versos acompañando a las imágenes. Además, es el precursor de otros instrumentos más complejos, el zoótropo y el praxinoscopio, precursores a su vez del cine.

Zoótropo
Zoótropo con diferentes tiras de dibujos

Zoótropo, del griego zoe (vida) y trope (girar), también denominado zoetrope o daedelum, máquina estroboscópica creada en 1834 por William George Horner, compuesta por un tambor circular con unos cortes, a través de los cuales mira el espectador para que los dibujos dispuestos en tiras sobre el tambor, al girar, aparezcan en movimiento.
Fue un juguete muy popular en la época y uno de los avances hacia la aparición del cine que se crearon en la primera mitad del siglo XIX.





Fenaquistiscopio
Vista de espejo simulada del disco de arriba.
Fenaquistiscopio, del griego espectador ilusorio, juguete inventado por Joseph- Antoine-Ferdinand-Plateau para demostrar su teoría de la persistencia retiniana en 1829. 
Método de utilización de
un fenaquistiscopio

Consiste en varios dibujos de un mismo objeto, en posiciones ligeramente diferentes, distribuidos por una placa circular lisa. Cuando esa placa se hace girar frente a un espejo, se crea la ilusión de una imagen en movimiento.
Poco después de su invención, Plateau descubrió que el número de imágenes para lograr una ilusión de movimiento óptima era dieciséis, lo que con posterioridad aplicarían los primeros cineastas usando dieciséis fotogramas por segundo para las primeras películas.


Teatro óptico
Aplicación óptica desarrollada por Émile Reynaud y patentada en 1888, basada en el praxinoscopio que permite ofrecer un espectáculo a partir de la proyección de dibujos animados móviles, dispuestos en una banda flexible provista de perforaciones que discurren con una frecuencia de 15 imágenes por segundo frente a un sistema de lentes e iluminación basado en la linterna mágica. Es uno de los precedentes del cinematógrafo, solo que las imágenes habían de dibujarse a mano sobre la película.
Reynaud y su Teatro Óptico

viernes, 2 de febrero de 2018

Mañana los poetas…

Mañana los poetas cantarán un divino
verso que no logramos entonar los de hoy;
nuevas constelaciones darán otro destino
a sus almas inquietas con un nuevo temblor.

Mañana, los poetas seguirán su camino
absortos en ignota y extraña oración,
y al oír nuestro canto con desdén repentino
echarán a los vientos nuestra vieja ilusión.

Y será todo inútil, y todo será en vano,
será el afán de siempre y el idéntico arcano
y la misma tiniebla dentro del corazón.

Y ante la eterna sombra que surge y se retira,
recogerán del polvo la abandona lira
y cantarán con ella nuestra misma canción.
Enrique Gonzalez Martinez
 Revista Vida Correntina, Primer Magazine Correntino. 
Año III, N°76, Marzo 30 de 1936, pág. 20.