viernes, 3 de agosto de 2018

Don Frutos Gómez, el comisario... (III)

Esa mañana era la fijada para la reunión de la asamblea de la Cooperadora y la maestrita se levantó temprano para ayudar a la portera en sus labores. También llegó Ojeda, el asistente del capitán, pero este, en lugar de acomodar los bancos en el salón para que sirviesen de asientos, buscó una pala y se entregó a la tarea de arreglar el patio de tierra para emparejar sus desniveles. Luego llenó una regadera y se puso a mojar la tierra.
Los padres fueron llegando de uno en uno, saludaban a la maestra y, luego, algunos se acomodaban, como temerosos, en el borde de un banco, mientras otros permanecían en el patio. Felizmente, al poco tiempo, llegó el capitán Giménez y con bromas a unos y preguntas a otros consiguió animar a la concurrencia.
Nélida estaba asombrada y no se cansaba de repetir al capitán:
—Vea lo que es su prestigio… Yo nunca conseguí que vinieran más de media docena a mis reuniones y, ahora, ¡cuántos!…
—Espere un momento y va a ver que vienen más…
—¡Todavía!… Y yo que estaba apurada por empezar… Me halaga saber que en este pueblo sienten tanta devoción hacia la enseñanza.
Rió Giménez en forma enigmática conversando con sus amigos. Un rato después golpeó las manos y todos pasaron al aula que resultó pequeña para la gran cantidad de circunstantes. La docente, sumamente emocionada, les habló para agradecerles su presencia y se manifestó orgullosa que no solamente padres sino también quienes no tenían niños en la escuela hubieran acudido a su llamado.
En seguida se procedió a la elección definitiva de las autoridades que habían de guiar los destinos de la flamante asociación y resultó ungido el capitán Giménez y a quien secundarían unos cuantos padres.
Hubo los aplausos de práctica y cuando ya Nélida creía que la asamblea concluiría, su flamante presidente se levantó y expuso:
—Ahora, mis amigos, pasaremos al patio y espero que todos se hagan ver con sus contribuciones, porque necesitamos dinero, mucho dinero…
Como un tropel salieron todos al lugar indicado y, a poco se oyeron los gritos de:
—Cinco pesos al que tira…
—Pago…
—Diez pesos al que espera…
—Diez y cinco más…
—Venga…
En tres de los lugares que Ojeda había regado y arreglado, la taba iba y venía entre las exclamaciones de los jugadores.
La maestra que había quedado sola, junto a su escritorio, arreglando las anotaciones se sintió, también, atraída por el bullicio y se asomó a la puerta. Abrió sus grandes ojos asombrada ante el espectáculo y dirigiéndose a Giménez lo increpó:
—Pero, capitán… ¡esto no puede ser!… ¡Están jugando!… ¡jugando!…
El paraguayo la tomó suavemente de un brazo y la condujo al interior.
—Deje esto a mi cargo, señorita… Usted no ve nada, ni sabe nada…
—Pero es juego… Y está prohibido.
—¿No sería peor que sus beneficios fueran en provecho del bolichero o de un coimero? Al menos ahora contribuirán a algo útil…
—Pero, ¿qué va a decir don Frutos?
—Mire, allá veo que se detiene frente a la puerta… Vaya a atenderlo que yo tengo mucho que hacer con estos muchachos…
Y mientras la joven, confusa y ruborosa, iba al encuentro del funcionario, Giménez pasaba entre los jugadores y les sacaba a algunos unos pesos y a otros unas monedas diciendo:
—Ganaste, ¿no?… Bueno, dejá un poco para la escuela…
El comisario, mientras tanto, ató su caballo a un poste y se quedó a esperar a la maestra que lo saludó casi tartamudeante:
—¡Bue… buenos días, don Frutos!…
—Parece que vinieron muchos padres, ¡eh!
—Sí, pero yo… fue el capitán…
—¿El que loj está entreteniendo, pa?… Dejelo que él sabe lo que hace… Si no juera que tengo que anclar de recorrida me metería yo también…
—¡No!… Usted no… —se asustó ella.
—Bueno, que sea él nomás, pero acuérdese que estoy n’el boliche por si alguno se quiere desmandar aunque con el capitán y su ayudante no creo que naides se haga el loco…
Volvió a desatar su caballo y montando de un salto se alejó diciendo:
—¡Hasta luego, señorita!… Y espero que la sociedad pueda juntar unos cuantos pesos pa los pobres chicos…

Ese mismo domingo, por la noche, el oficial Arzásola, que había cumplido con sus obligaciones durante el día y empleado las horas nocturnas en amable palique con la hija de don Filemón, volvió a su pieza acariciando risueñas esperanzas. Si bien el padre no accedía a aceptarlo, todavía, como novio oficial, no ponía obstáculos a las entrevistas que sostenía a través de la enrejada ventana.
Encendió la lámpara a querosene que tenía sobre la mesita de luz, se desvistió tarareando un chamamé, se colocó el pijama y se introdujo entre las sábanas. Apenas se hubo acomodado bien, sintió, junto a la pierna izquierda, un frío y viscoso contacto.
—¡Una víbora! —pensó con espanto—. Se habrá colado desde afuera y se ganó la cama.
Pasaron unos segundos que le parecieron siglos. Un sudor helado le cubría la frente y un terror pánico lo paralizaba.
—¿Será una yarará?… ¿Una coral?… ¿Tal vez una víbora de la cruz?…
En rápida sucesión pasaron por su mente una serie de relatos espeluznantes oídos en el lugar de sucesos similares. El animal seguía inmóvil junto a su pierna, tal si atraído por la tibieza del cuerpo se hubiera aletargado.
Lentamente el oficial movió la mano derecha y fue aflojando un costado de las sábanas para poder liberarse de ellas. La tarea le insumió varios minutos que fueron de una verdadera pesadilla. Por los miembros inferiores, inmovilizados por la tensión, comenzaba a correrle un molesto hormigueo, pero no se arriesgaba a efectuar el menor movimiento por temor a que el reptil le clavara los colmillos.
Sintió ruido afuera como de alguien que se hubiese aproximado a la puerta, pero tampoco se atrevió a pedir auxilio por miedo de asustar al ofidio.
Al fin, después de rezar mentalmente, encomendándose a Dios, dio un brusco salto y salió del lecho, buscó el revólver que había dejado sobre la mesa y descargó tres balazos en la cabeza del bulto oscuro y cilíndrico que había quedado en descubierto.
En ese momento se abrió la puerta y entró el cabo Leiva que le arrebató el arma.
—¡Qué hase ofisial? —exclamó.
—¡Allí… allí… una víbora! —le respondió Arzásola aún tremante.
Leiva dejó el arma sobre la mesa, se acercó al animal y lo tomó entre sus dedos para observarlo bien. Después de unos segundos dijo con tono burlón:
—¿Víbora?… No, ofisial, es una anguila, pues… ¿A que debe ser una que truje en un tarro esta tarde ‘e la laguna y se haberá escapau…?
Mostró una lata oxidada que estaba en un rincón oscuro y aseveró:
—Es la mesma, ¡claro!… Saltó y se metió en la cama… Pero, ofisial… ¡cómo no distingue una anguila’e una víbora!… Si hay diferiencia, pues…
Algo en el tono de la voz del cabo le hizo comprender a Arzásola que había sido objeto de una broma brutal por parte de Leiva y todo el terror pasado se concentró en furor en su alma.
—Así que fue usted quien la trajo. ¿No?…
Sin darse cuenta de la tormenta que se estaba incubando en el interior del otro el cabo respondió gozándose con la broma.
—Sí y güen susto que se agarró por no ver la diferiencia…
—Pero, ahora, el susto se lo va a agarrar usted… ¡insolente! —rugió Arzásola y manoteó el arma.
—¡No!… Pe… pero si… —balbuceó Leiva, pero al ver la ira desfigurando el rostro de su superior se atemorizó y consideró más prudente salir a la calle a todo correr.
El oficial lo siguió barbotando maldiciones, pero, al pisar el áspero suelo, descalzo como estaba, las piedrecillas se le clavaron en la planta de los pies.
Regresó a la pieza y se calzó unas alpargatas. Aplacado en algo ya su cólera, dejó el revólver y recogió la fusta en el deseo de perseguir y dar un condigno castigo a su burlador.
Leiva, que se había detenido unos metros más adelante, al verlo salir nuevamente reanudó su carrera. El ruido de sus pasos guió a Arzásola que lo fue persiguiendo e insultando a la par.
—Ta bravo l’ofisial capá de quererme balear… —pensó el cabo y prosiguió su fuga.
Llegó a una esquina y torció por una calleja lateral, oscura y silenciosa. Siguió un trecho y buscó disimularse en el hueco de un portoncillo de madera que encontró a su paso.
—Puede ser que no me vea y pase de largo… —murmuró apoyándose contra el mismo.
A su contacto la hoja cedió y se abrió chirriando sobre un patio en sombras.
Súbitamente una luz brilló ante sus ojos, encegueciéndolo y un golpe recibido en la cabeza lo devolvió a la calle donde quedó tendido y sumido en la inconsciencia.

El silencio y las sombras volvieron a enseñorearse del lugar cuando, después de unos minutos, apareció Arzásola a quien el fresco nocturno y el cansancio habían calmado casi por completo pero que aún seguía tras el bromista por un sentimiento de orgullo.
—Tengo que darle una lección —se decía— para que distinga las jerarquías…
De pronto tropezó con el caído, trastabilló y cayó a su lado.
—¡Un borracho!… —fue lo primero que pensó, pero al apoyarse sobre él para tratar de levantarse sintió bajo su mano el correaje y los botones del uniforme.
Inútilmente aguzó su mirada pero no pudo distinguir las facciones.
—¡Pero!… ¡Si debe ser Leiva!… A lo mejor se enredó y cayó golpeándose malamente
—prosiguió y buscó con su mano el lugar del corazón para ver si latía—. Aún vive… ¡Gracias a Dios!…
Buscando a ciegas pudo dar con el silbato que el cabo llevaba en un bolsillo y, de inmediato, hizo sonar las llamadas de auxilio.
Enseguida llegaron don Frutos y un agente y entre los tres transportaron el cuerpo del desvanecido a la comisaría.
Durante el camino el oficial le fue explicando a su superior lo acontecido, pero juró y perjuró que no tenía nada que ver con el desmayo.
Ya en el local lo acomodaron en una silla y le pusieron paños tríos sobre un tremendo chichón que, grande como una mandarina, tenía en la cabeza.
Don Frutos, dirigiendo una mirada a la fusta de cabo de plata que Arzásola aún llevaba colgada de la muñeca mediante una cadenilla, le pregunté:
—¡Pero, che!… Tenés que haberle dau con el mango pa haserle una cosa así…
—Si no fui yo, don Frutos, ¡créamelo!… —se disculpó el acusado.
En ese momento el cabo abrió los ojos y empezó a quejarse débilmente.
Esperaron que reaccionara un poco más y, entonces don Frutos sacudiéndole de un brazo le interrogó paternalmente:
—¡Eh!… Leiva… Leiva… Contestame si podés… ¿Qué te pasó?…
Algo como una sombra de horror pasó por el rostro del dolorido y contestó:
—¡Jesús che yara!… La luz… la luz mala jué… —y vencido por el esfuerzo volvió a cerrar los ojos.
Lo examinaron detenidamente y al no encontrarle lesión de mayor gravedad resolvieron dejarle acostado en un catre, para que descansara, encargando al agente para que, periódicamente, le renovara las compresas.
—Güeno, vamoj a ver lo que dice mañana cuando dispierte —dijo don Frutos y dirigiéndose al oficial le ordenó—. Y vos, andá a dormir nomás…
—Si quiere puedo quedar para cuidarlo…
—No va a hacer falta… ¡Hasta mañana!…
—¡Hasta mañana, entonces!…
Ya se retiraba el oficial cuando el comisario burlonamente le recomendó:
—Y tené cuidau con laj anguila ¡eh!…
El joven, al oírlo, ante el recuerdo de la angustia pasada, sintió que un estremecimiento de pavor le corría por la médula.

jueves, 2 de agosto de 2018

Don Frutos Gómez, el comisario... (II)

Leiva sujetaba a su caballo por las riendas mientras don Giusepe, el herrero del pueblo, apoyando una de las patas traseras del animal sobre su rodilla le sacaba la vieja y gastada herradura para cambiarla por una nueva. El hombre procedía con rapidez y habilidad retirando clavos, tenazas o martillos del yunque próximo.
—¿Y su ayudante, el Ulpiano? —preguntó el cabo Leiva.
—¿Ayudante? Era un estorbo más bien… haragán y mal enseñado. Hace ya como tres meses que lo despedí…
—Ese parece que nació cansau… En ninguna parte dura y lo pior es que le gustan las bebidas y las mujeres. Me se liase que va a terminar mal.
—Además como no hay mucho trabajo bien me puedo arreglar solo…
—¡Ah!… Me dijo don Frutos que no se olvide que el domingo va a haber reunión’e padres’n la escuela pa formar una cooperadora.
—Haré todo lo posible para ir…
—Tiene que dir, don Giusepe… Ta bien que a la Marieta no le falte nada ¡gracias a Dios!, pero hay que ayudar a los otros…
—Le hace falta lo más grande, don Leiva… Le falta la madre…
Suspiró el herrero y luego soltando la pata del cuadrúpedo dijo:
—Ya está… ahora tiene herradura para un rato largo…
El cabo que ya adivinaba la respuesta simuló hurgar en sus bolsillos y preguntó:
—¿Cuánto es, don Giusepe?…
—Nada, amigo… Demasiado hacen ustedes los policías por nosotros para cobrarle estas pequeñeces…
—Güeno, muchas gracias, entonces —repuso Leiva y después de saludar se retiró.
Volvió el hombre a su trabajo junto a la fragua cuando, llegando desde la casa hizo su entrada una niña de unos diez años, tez sonrosada, cabellos rubios y unos límpidos ojos azules.
—Buen día, papá… ¿estoy bien así?…
Giró sobre sí misma para que su progenitor pudiera apreciar la albura del delantal escolar y luego le tendió las manos.
Don Giuseppe examinó las uñas y sentenció:
—Sí, estás bien, puedes irte nomás.
Agachó su cabeza y la niña besó las tostadas mejillas y el hombre quedó mirándola mientras iba a buscar sus libros para dirigirse a la escuelita, después continuó su labor y golpeó un hierro enrojecido que colocó sobre el yunque y que, al choque del martillo, se deshacía en chispas. La niña salió por la puerta del frente y buscando la acera en sombra, ya que el sol mañanero empezaba a dejar sentir sus ardores, fue hacia su destino. Casi al llegar a la esquina, de una casa de material y excelente aspecto, salió una linda muchacha que le dijo:
—Hola, Marieta… ¿vas a clase?
—Sí, Isabel.
—¿Me podrías hacer un favor?
—¡Cómo no!
Miró la joven hacia el interior como con temor y, luego, en voz baja le dio un mensaje.
—Al pasar por la comisaría, decile al oficial que al mediodía voy a ir a hacer unas compras en lo de don Pedro. ¡No te vayas a olvidar!
—Perdé cuidado… ¡hasta luego!…
La joven volvió a la puerta de su casa y desde allí vio a la chiquilla seguir su camino y cómo, cuando el sol la alumbraba, relucían sus rubios cabellos como si fuesen una dorada aureola sobre la cabeza infantil.

Pasaron los días y una siesta don Frutos y el oficial huyendo del intenso calor que convertía en un horno a la oficina se habían sentado en el corredor que daba al patio, el cual había sido recientemente regado para darle algo de frescura por lo que despedía un agradable olor a tierra mojada.
El cabo Leiva vino desde el galpón del fondo donde estaban los caballos, se apoyó contra uno de los postes de la galería y se introdujo un meñique en el oído iniciando una rigurosa limpieza auricular, luego pateó una cascarita de naranja y volvió a inclinarse sobre su sostén.
—A ver vos… ¿qué andás queriendo? —le preguntó don Frutos.
—¿Quién?… ¡yo! —dijo el cabo haciéndose el sorprendido.
—Sí, vos que me tenés rondando desde esta mañana como comadreja al gallinero…
—Y güeno, pues… yo le quesería pedir premiso pa’l domingo…
—¿Pa qué? ¿Si se puede saber?…
—Porque me quiero dir a casar…
—¡¡Ajá!!… —interrumpió el oficial que estaba con espíritu de broma—. ¿Y con quién?…
Sin advertir la malicia de la cuestión, el aludido contestó:
—Con Aniceto, el peón del carnicero…
—¡Pero eso no puede ser!… ¡es monstruoso!…
—¿Y por qué, pa? —atinó a preguntar el cabo.
—Porque entre dos hombres no se pueden casar, hace falta una mujer.
—¡Ja… ja!… —rió don Frutos—. ¡Linda pareja harían!…
—¡Salga de ahí!… Yo digo a casar patos, aguapeazó, pollonas y otros bichos ‘e la laguna…
—Entonces debió decir cazar con zeta —expresó Arzásola pronunciando el correcto sonido de esta letra—. No es lo mismo casar que cazar, hay una diferencia…
—Usté siempre lo mesmo… Aquí sabíamos entendernos bien hasta que vino usté con esas palabras defísiles y sus diferiencias —refunfuñó Leiva—. Y güeno… ¿me deja don Fruto o no me deja?
—Sí, m’hijo y no te olvidés de traer algo pa convidarnos… No se lo dejés tuito al capitán Giménez… A mí me gustaría un patito bien gordo pero eso sí, acordate’e golver pa’l escurecer que tenemos que seguir campiando esas luces malas…
—Ta bien mi comesario, pero va a ser inútil…
—¿Por qué?
—Porque esas cosas’e los espíritus no se pueden agarrar ni dejan huellas. Más bien habería que hacerle decir unas misas por el alma de don Liborio.
—Para mí —intervino Arzásola—, no deben haber tales luces sino deben ser alucinaciones…
—¡Qué pa va a ser lusinaciones! Si dicen que aparecen más cuando no hay luna…
—Alucinaciones quiere decir un engaño de nuestra imaginación, una falsa apariencia…
—¡Ah!… Yo creiba que era algo’e la luna, pues… —explicó Leiva.
—¡Pero es raro que haigan sido varios los que las han visto y gente seria tuita!
—volvió a decir don Frutos—. Algo debe de haber…
—Vea, che oficial —expuso Leiva que estaba algo amoscado—. ¿Por qué pa si son lusinaciones no aparecían antes cuando el finau Liborio no era finau?… ¡eh!… Hace más’e dos meses que el pobre estiró las patas, ¡que Dios lo tenga en su santa gloria! y después llegaron las denuncias y no una, sino muchas…
—Don Serra, don Pedro Castro, Quiroga y la señora, los hijos’e doña Zoila que viven pa esos laus las han visto y no creo que mientan…
—Pa mí como el dijunto supo ser medio agarrau y egoísta es su alma que anda penando —sentenció Leiva.
—Déjese de supersticiones, cabo…
—Almas en pena, supersticiones o lo que sea, pero, ¡algo debe haber! —concluyó don Frutos.

El capitán Giménez entró a su cuarto silbando una guarania. Se quitó el saco y luego llamó a los gritos a su asistente.
—¡Ojeda!… ¡Ojeda!…
—Sí, che capitán ya voy viniendo — respondió el servidor y llegó empuñando aún la espumadera ya que hacía el yantar cotidiano para los dos.
—Mirá no te apurés por la comida… Traeme antes un «tereré» para quitarme la sed…
—Quiere pa con hojas’e yerba güena o con hojas de menta…
—Hacelo como quieras…
Extrañado de verlo con tan buen humor y mientras derramaba en un vaso la yerba mate a la que agregó fresca agua del pozo, Ojeda preguntó:
—¿Tuvo güenas noticias de… «allá»?
—¡No! ¿Por qué?…
—Y como lo veo tan contento…
—Estoy contento nomás…
El ex militar se levantó y se puso a recorrer la habitación a trancos largos, luego mientras recibía el refresco de manos de su asistente le preguntó:
—Decime, ¿vos lo conocés a José Asunción Silva?…
Titubeó un momento el interrogado y, en seguida, contestó:
—Así, todo junto no… pero separado creo que sí…
—¿Separado?… ¿Y cómo?…
—Güeno: José conocí muchos, Asunción es la capital’e nojotro país y Silva está el dueño de la carnicería…
Rió Giménez de la ingenuidad de su asistente y asintió:
—Así es, tenés razón…
Bebió el «tereré» y luego fue a tenderse en el lecho para recordar.
Desde hace varios días frecuentaba la escuela para conversar sobre la organización de la Asociación Cooperadora. Aunque con cierto recelo al principio bien pronto se contagió del fervoroso entusiasmo de la maestra y se dispuso a poner su mejor voluntad para paliar en algo las enormes necesidades de la escuelita y sus alumnos.
Poco a poco fueron dejando de lado los temas escolares y una mayor intimidad los llevó a hablar de sus problemas y deseos. Él no le ocultó su condición de hombre casado y de revolucionario en potencia, pero muchas veces, al recibir o entregar un papel sus manos se rozaban y ambos quedaban confusos hablando del tiempo o de los niños.
Esa mañana había ido a verla para comunicarle el resultado de su gestión ante un padre reacio a enviar a sus hijos al aula, cuando ya los niños salían de regreso para sus hogares y quedaron un rato conversando en la sala vacía. De pronto vio, sobre el escritorio un libro del poeta colombiano y lo empezó a hojear.
—¿Le gustan las poesías, capitán? —preguntó ella.
—Sí y alguna vez también escribí algunas… Cosas de juventud… —se apresuró a explicar.
—Me gustaría conocerlas…
—Como todas mis pertenencias ellas también quedaron «allá»… Quizá las hayan quemado… —Es una lástima…
—¿Por qué?…
—Porque sin haberlos leído creo que sus versos deben ser como usted.
—¿Y cómo soy yo?…
Enrojeció ella y, luego, respondió:
—Perdóneme la comparación pero yo lo asocio al palo borracho…
—No creo beber tanto como para eso…
—Lo digo porque ese árbol se presenta a la vista como rudo, y cubierto de espinas, pero, sin embargo ¡qué bellas son sus flores!, dan la impresión que fueran orquídeas y, luego, adentro de su fruto tiene la suavidad de su seda… Quien no lo trata a usted y lo juzga por la apariencia no puede saber el tesoro de ternura que lleva en su corazón.
Entró la portera para anunciar que la comida ya estaba en la mesa y tras de rehusar la invitación a compartirla Giménez volvió a su casa lleno de una profunda alegría que se reflejaba en su rostro y en sus actos y que hacía que Ojeda, en la cocina mientras preparaba el almuerzo, se dijera:
—¿Qué tendrá mi capitancito?… ¡A ver si me lo han ojeau!…

miércoles, 1 de agosto de 2018

Don Frutos Gómez, el comisario... (I)

Nélida Flores, la maestra, sentada indolentemente en una mecedora agitó sobre su rostro la pantalla, en un nervioso aleteo de su mano, pero, en seguida, fatigada por el pequeño esfuerzo, dejó que el brazo cayera de costado, tal una rama que el viento desgajara y quedase laxa junto al tronco, aún sostenida por un resto de corteza.
—¡Qué calor!… —se quejó.
Unos pasos más allá «pa que el humo no la molestara» estaba doña Pancha, la portera, acomodada en una rústica silla de paja trenzada. Titiló el ascua del pucho al ubicarse en un costado de la boca de la vieja que respondió fatalista:
—¿Y qué’pa otra cosa quiere que haga?… Si estamos n’el tiempo’e la calor.
Desde lejos, en las proximidades de la costa paraguaya llegó un rápido repiqueteo de disparos. Luego volvió a reinar el tremendo silencio de la noche tropical solo agujereado, de vez en vez, por minúsculos ruidos que no conmovían su agobiante peso.
—Aduaneros y contrabandistas… —pensó la muchacha y trató de buscar alivio al bochorno en los caminos del sueño, pero el intento fue inútil. La tierra exhalaba un vaho cálido y opresivo; de los esteros del otro lado del pueblo venía, de a ratos, un ramalazo ardiente y oloroso a vegetales en fermentación que se mezclaba con el aroma de las rosas y jazmines del jardinillo aledaño. El pecho núbil subía y bajaba inquieto en tanto que la sangre acicateada por el instinto batía sus martillos en el yunque de las sienes.
—Si un hombre… —pensó y, de súbito, se sacudió horrorizada para ahuyentar el pecaminoso pensamiento como un perro que sale de un arroyo y se agita convulsivo para librarse del agua.
—¡Cielos!… —se reprochó—. ¿Dónde están tus principios éticos, Nélida?… ¡Un hombre!… Sin sentir nada por él, sin saber de dónde viene ni quién es sino, solamente ¡un hombre!…
Pero en brusca erupción sonora un alarido se alzó hasta el cielo y se desparramó por el ambiente y, de inmediato, otro vino a hacerle eco. El cigarro de la vieja despidió una lluvia de pequeñas chispas al moverse al compás de las palabras.
—¡Peina!… Dos borrachos que van a agarrarse n’el boliche…
Nélida imaginó la escena. Tras el grito de desafío los hombres palparían la tierra con sus manos para que el polvo secara el sudor de las palmas evitando que el cabo del arma resbalara, luego se enfrentarían movedizos y ágiles como dos gallos grotescos que, en vez de espolones, utilizaran facones, hasta que uno de ellos rodara herido o, tal vez muerto, ante la curiosa indiferencia de los espectadores que no se comedirían a intervenir para apaciguarlos porque «eran cosas de hombres». Y de improviso, tamborileando sobre el camino llegó un redoble de cascos que iba hacia el lugar de los gritos.
—¡Don Frutos!… —explicó la portera—. Va a llegar justo pa separarlos a latigazos…
La maestra volvió a mirar el cielo sombrío ya tranquilizada. Sabía, por díceres y su breve experiencia, que el comisario era hombre capaz y expeditivo. Bastaba su sola presencia para restablecer el orden y la justicia y, si ella no alcanzaba, ahí estaban su coraje y su brazo fuerte para imponerlos.
La portera se levantó y alzó su silla para ir a su pieza.
—Yo me vua a dormir —dijo y advirtió—: Usté tamién haga lo mesmo…
—Yo quisiera quedarme aquí toda la noche —respondió la joven.
—Le va a hacer mal el sereno. Vaya adentro.
—Está bien, doña Pancha, pero ¡qué falta me haría un ventilador para sacarme este calor del cuerpo!…
La vieja tiró el pucho del cigarro que cruzó por el aire como una luciérnaga, lanzó un escupitajo y sentenció amistosa:
—Más que un ventilador, lo que a usté le hace falta es un hombre…
Y sin esperar respuesta entró a su cuarto. Nélida quedó un rato sin saber si indignarse o reír. Sabía que la vieja la quería y cuidaba como una madre y que sus palabras no encerraban mala intención sino eran la expresión de su rudo sentir. Lentamente recogió la mecedora y con ella fue a su pieza. Sin encender luz se despojó de sus ropas y se tendió en la cama.
Desde afuera seguía llegando el jadeo ardoroso y potente de la tierra agobiada de calor y de deseos. Y ella cerró los ojos y apretó los puños porque ese aliento poderoso y másculo derretía su ligera envoltura de prejuicios y dejaba tremante y angustiada su carne joven donde el sexo gritaba su milenaria hambre insatisfecha.

El capitán Giménez dio una vuelta al patio con elástico trote como parte final de sus ejercicios matinales, luego sacó un balde de agua del pozo y se lo arrojó encima para asearse. Su asistente le alcanzó una toalla y frotándose vigorosamente con ella el desnudo torso entró a su habitación mientras el subordinado iba a la cocina a preparar el mate.
Después de unos minutos y ya con su impecable atuendo veraniego salió de la pieza para sentarse en un cómodo sillón y recibir la diaria ración de «verdes». Ojeda, su servidor y compañero, le alcanzó la tibia calabaza con la criolla infusión que empezó a sorber lentamente y con deleite.
El asistente lo miró con cariño y respeto y, luego, inquirió:
—Pero dígame che capitán… ¿por qué pa sigue con l’instrusión aura que ya no está más n’el Ejército…?
Giménez le entregó el mate vacío y respondió soñador:
—Porque un día tengo que volver… Un día las cosas cambiarán y retornaremos allá…
Su mano se tendió y señaló a la distancia, en la lejanía, hacia la orilla paraguaya.
—De mientras estén los que están dijiculto que güelva y si güelve son capaces de ponerlo contra un muro y…
—¡No importa!… Otros seguirán mi ejemplo, pero no debemos perder la esperanza de restituir a la patria sus libertades y su grandeza… Por eso me mantengo en forma, para estar listo cuando la situación lo imponga.
Sacudió la cabeza, dubitativo, el asistente y fue hasta el fogón a cebar un nuevo mate.
El ex militar quedó con los ojos clavados en el vacío, pero en su interior desfilaban imágenes de su vida pasada. Recordó sus años de cadete en el Colegio Militar, luego su partida hacia el Chaco que ardía en el conflicto fratricida. Su actuación bajo las órdenes del mayor Britos, comandante del batallón del Regimiento «Itororó», II de Infantería, frente a Boquerón. Cerró los puños y dijo:
—Ellos estaban equivocados… nosotros estábamos equivocados… La única que no se equivocaba era la Muerte que cosechó millares de vidas en ese «infierno verde».
Se veía con su uniforme verde oliva, el sombrero de ala ancha recogida sobre la frente, el machete en la cintura, listo para salir y cortar. Días y noches enfrentando a un puñado de hombres que resistía valientemente. Sin alimentos, sin armamentos casi, pero firmes en su decisión. Cuando el hambre o la sed los lanzaba a la selva ellos les salían al encuentro y con su mayor dominio del monte acallaban su pena con el filo del cuchillo.
—Los llamábamos «bolís» y ellos nos decían «pilas», pero ahora sé que solo éramos hermanos… —pensó.
Eran 619 soldados a las órdenes del teniente coronel Manuel Marzana Oroza y al cabo de 23 días de intenso asedio, reducidos a 240, se entregaron vencidos, más que por el hambre y la sed por la falta de municiones.
Evocó las conversaciones para la rendición. Mientras los altos jefes parlamentaban, dos capitanes, de nombres Fretes y Paredes, siguieron avanzando con sus tropas. Se les conminó a detenerse hasta que las condiciones fuesen establecidas, pero ellos no obedecieron y de nuevo se abrió el fuego. Fretes cayó herido en una pierna y los otros, furiosos, se lanzaron al degüello de los bolivianos que con sus fusiles vacíos de cartuchos solo debían resignarse a la masacre.
Y ¡de pronto!… Lo que no sospecharon los gobernantes ni los políticos que los enviaron a esa guerra inútil: los pobres soldados, sin instrucción y sin prejuicios, al ver a ese grupo famélico, haraposo, agotado por las penurias, esperando a pie firme, arrojaron sus armas al suelo y fueron hacia ellos tendiéndoles la mano en un gesto amistoso.
—Comprendimos que éramos hermanos… —soliloquió.
Después las otras acciones hasta la paz. El cadete regresó oficial y el adolescente se convirtió en hombre. Un hombre amargado pero lleno del deseo de terminar con la corrupción y la politiquería. Ganó galones y amigos. Se casó y tuvo un hijo.
—Ahora podrías dejar el Ejército y trabajar la finca de tu padre —le sugirió Blanca, su esposa.
Pero él, mezclado en una conspiración con oficiales jóvenes y estudiantes, se negó. Estalló la revuelta y fueron vencidos y con el sargento Cipriano Leiva y su asistente Anastasio Ojeda cruzaron el río sobre un tronco para venir a establecerse en Capibara-Cué.
Leiva entró como agente en la Policía local y ahora era cabo mientras Ojeda quedó a su lado para acompañarlo y cuidarlo.
—Hasta que un día pueda volver… —se dijo.
Se levantó, tomó a la pasada el último mate y salió por las calles del pueblo rumbo a la comisaría. Iba a conversar con su amigo, el comisario don Frutos Gómez, y a tratar de hablar con el oficial Arzásola de cosas que no fueran las habituales: el tiempo, las enfermedades o los chismes del pueblo.

Estatura mediana, robustez, ojos pequeños y renegridos, cabello «que empezaba a ponerse tordillo» y una pequeña barba en punta eran los rasgos principales de don Frutos Gómez, el comisario de Capibara-Cué. Pero a esos atributos externos unía una sagacidad poco común y un temperamento sereno y conciliador, cosas que no eran obstáculo para demostrar su coraje si la ocasión lo imponía.
—En esta tierra ‘e machos ser valiente es cosa fácil, lo que cuesta es no andar armando camorra pa dimostrarlo —acostumbraba a decir.
Terminaba de llegar a la sala de la comisaría cuando el cabo Leiva entró para anunciarle una visita.
—Don Frutos —dijo—, ahí ajuera está la maistra.
—Güeno… y ¿por qué pa no la hasés pasar?…
—Es que de primero quise asigurarme que usté no estuviera en camiseta, pues ¡con la calor que hase!… O pior, en calzoncillos.
—Ya que viste que estoy prisentable hasela pasar de una vez…
—Está bien… Ya voy… —refunfuñó Leiva y salió para volver al momento acompañado por la docente.
Don Frutos se adelantó y le tendió la mano.
—Siéntese —expresó luego y le señaló una silla—. ¿Qué la trae por acá?…
Nélida Flores sonrió primero y luego respondió:
—Vine a pedirle su colaboración. Sé por referencia de los vecinos que es un funcionario ejemplar y muy apreciado por todos…
—¡Hum!, cuando empieza de esa manera algo grande me va a sacar…
—No, don Frutos… solo tengo dos pedidos que hacerle…
—Pa evitarle que me diga más alabanzas déalos por concedidos…
—¿Sin saber de qué se trata?…
—Sin saber de qué se trata, pero sabiendo quien los pide… Una muchacha como usté, güena, educada y rispetada por tuitos no me va a poner en aprietos…
—¡Qué amable y qué sensato! —dijo la maestra—. Bueno, lo primero es que hable con los padres de estos chicos para que los envíen a la escuela. Están en edad escolar y deben concurrir…
Le tendió un papel con una pequeña lista y prosiguió:
—Lu segundo es que me ayude a formar una Sociedad Cooperadora. Mi escuelita es muy pobre y le hace falta todo…
—Eso ya es más difícil… Por aquí la gente es pobre y juera de güena voluntá es poco lo que pueden dar…
—Pero hay estancieros, comerciantes y gente con medios…
—Esos son los menos y son más agarraus que garrapata ‘n vaca gorda…
Sonrió Nélida al oírlo y luego agregó:
—¿Me podría, por lo menos, indicar a alguien que pueda ser presidente de la misma?…
En ese momento se recortó en la puerta la figura del capitán Giménez.
—Buenos días… —saludó—. ¿Está el oficial Arzásola?…
—Entuavía no ha venido, pero no se vaya, capitán… Aquí la señorita maistra lo necesita…
—¿Yo? —dijo la maestra y sus mejillas se enrojecieron.
—Sí, pues… aquí está el hombre más indicau pa presidente’e su Cooperadora.
—No puedo serlo, don Frutos —se disculpó el militar—, no mando niños a la escuela, soy extranjero y no tengo riquezas…
—Pero es un hombre de bien y los niños que sufren no tienen patria…
—¡Ah!… En eso tiene razón…
—¿Me ayudará, señor? —rogó la docente, y lo envolvió en una mirada suplicante—.
Hay niños que vienen con el estómago vacío, otros que no tienen ropas, muchos que no poseen libros…
—Si en algo puedo serle útil… —accedió, vencido, Giménez.
—Puede serlo en mucho —afirmó Nélida, y añadió—: cuando le quede bien, ¿quiere pasar por la escuela? Así conversaremos.
Se levantó, se despidió y se fue.
Don Frutos palmeó a Giménez y comentó:
—Perdone, mi capitán, pero n’el pueulo usté es el hombre más intruído, de más iniciativas y por lo tanto el más capaz pa ayudarla a esa pobre chica… pero ¡tenga cuidau!…
—¿Cuidado de qué, don Frutos?
—Que no vaya a quedar enredau en la sonrisa’e la maistra… ¡es muy linda y muy güena!… —No se olvide que soy casado, comisario.
—Por eso mesmo le decía… ¡tenga cuidau!… Lo sé un honibre’e honor y a ella una muchacha decente, pero ella y usté que son léidos se sienten solos entre nosotros que somos inorantes y eso lo va a mandar más al uno contra l’otro… ¡tenga cuidau!…