lunes, 7 de abril de 2025

El mal hijo (Velmiro A. Gauna)

Dos hijos habia tenido doña Pantaleona, pero entre ellos corrían quince años de diferencia. Crisanto, el mayor, resultó para el otro mitad hermano y mitad padre, porque a Luciano Tapia, "el hombre de doña Panta", lo mataron en una pelea al salir de un reñidero de gallos, cuando el hijo tardío apenas se zigzagueaba sus primeros pasos.
Lucianito, el menor, tuvo dos pérdidas: la del hombre barbudo que se agachaba hasta él para hacerle una caricia o dejar en su manecita alguna golosina y la del muchacho que lo había tenido en sus brazos y, más tarde, acompañado en sus juegos, porque Crisanto, sobre quien recayó la responsabilidad de mantener a la familia, cruzó en la cintura el pesado machete, herencia de su padre, y empuñó el rústico arado de madera para sembrar maíz, mandioca y otras hortalizas en el campo aledaño.
Luchí, como le decían al pequeño, creció entre esos dos amores: díscolo, egoísta y prepotente, siempre amparado por uno contra la cólera del otro. Sus caprichos eran consentidos por ambos y sus faltas disimuladas con igual indulgencia.
-¡Es tan chico!... -decía Crisanto.
-¡El pobre no ha conocido al tata...! -justificaba la madre y se secaba la lágrima que el recuerdo del ausente traía a sus ojos.
Cuando dejó de ir a la escuela para lanzarse por los montes vecinos a la caza de pájaros y pequeños animales, Ña Pantaleona respondió a los reclamos de la maestra.
-Y güeno... si no va a estudear pa doutor...
-Pero, señora, así va a resultar un hombre sin cultura.
-Mientras haiga salú lo demás no importa.
Pero la misma madre fue quien empezó a alarmarse cuando al llegar a la pubertad no cambio sus hábitos de holgazanería y en lugar del monte empezó a frecuentar el boliche.
Una noche, al volver Crisanto de sus labores, la vieja le dijo:
-Mirá, che hijo... Yo creo que el Luchi ya puede empezar a trabajar.
-Déjelo mama... ta verde entuavía, ya habera tiempo cuando crezca.
-Pero es que así se está golviendo inútil y ni se comide a darte una ayudita.
-¿Pa qué mama?... Si nu hay casi nada que hacer y pa lo que hay me basto y suebro.
-Tonces podería dir a conchabarse a l'estancia...
-Dispués, mama, déjelo que se divierta un poco más...
Callaron y el tiempo pasó sobre sus vidas con la misma rutina.
En el Luchí se hizo hábito el boliche y junto con los juegos de azar aprendió el silabario alcohólico.
Llegaba tambaleante en las madrugadas y se levantaba malhumorado cerca del mediodía, para comer y volver a dormir interminables siestas. Esa vida licenciosa angustiaba a la vieja que, por las mañanas, cuando le cebaba mates, antes de que fuese al trabajo, urgía a Crisanto.
-Hablále a tu hermano.
-Dispués, mama...
-Lleválo a trabajar con vos, pa que aprienda a ser útil...
-Mañana, aura déjelo dormir que anoche golvió tarde.
Y se iba, grande y manso, a inclinarse sobre la mancera del arado, pero nunca sin dejar de pedir a la madre, con la cabeza baja y las manos cruzadas sobre el pecho:
-La bendición, mama.
-¡Dios te haga un santo, m'hijo!


El año se presentaba malo, las heladas tardías concluyeron con el mandiocal y la langosta devoró el maíz aún tierno. Los pesos que nunca habían sobrado andaban a la disparada en el rancho de los Tapia.
Ña Pantaleona administraba sus ahorros con sobriedad espartana y Lucianito hacía tiempo que no veía un peso en sus bolsillos.
Crisanto habíale dado cuanto le fuera posible, pero también su bolsa estaba exhausta con las sangrías repetidas y los préstamos sin retorno. Luchí estaba desesperado. Ese domingo, por la tarde, habría carreras cuadreras y otros juegos y a él le ardían las manos por hacer unos tiritos a la taba, pero, en la noche anterior, había perdido sus últimas monedas en una partida de "monte criollo".
Concluido el frugal locro del mediodía y cuando doña Pantaleona levantaba los platos para llevarlos a la cocina, hizo su pedido.
-¿Mama, me presta cinco pesos?
-Ndarecoi, che membú... (No tengo mi hijo).
-Dispués le vua a degolver siete u ocho... -mintió él.
-¡Qué pa vua a hacer si no tengo!
-¡No va a tener!... De agarrada nomás es...
La vieja se metió en la cocina y lo dejó masticando su cólera. Crisanto, en un rincón, trenzaba indiferente un lazo con tientos finísimos y paciente habilidad.
Luchí siguió gritando y protestando que se iba a ir, que nunca más volvería y otras amenazas de igual jaez.
Viendo que con esa estrategia nada conseguía, se levantó y empezó a pasear por la reducida habitación. De pronto se detuvo frente a una antigua cómoda y abrió un cajón donde, en ocasiones anteriores, había visto a la madre guardar una bolsita con sus economías.
Al ruido acudió doña Pantaleona desde la cocina y, al verlo hurgando entre sus pertenencias, le recriminó.
-¿Qué pa está hasiendo che hijo? Deje mis cosas, pues...
Se acercó e intentó apartarlo del lugar, pero Luchi airado, levantó la mano y la estampó sobre el rostro arrugado de la vieja.
-¡M'hijo!... -solamente atinó a exclamar la mujer dolorida, más que por el golpe por la ofensa.
-¡Le pegaste a mama!... ¡A mama!... -rugió Crisanto desde su asiento y se levantó enorme y terrible, hinchando el torso atlético, extendidas las manos como garras.
-¡Oh! güeno... qué también... si ella... -intentó justificarse el ingrato.
Pero ya Crisanto lo había alcanzado y tomado del cuello.
Levantándolo, casi en vilo, lo arrastró hacia la puerta y allí lo arrojó al patio como si fuese un fardo, deján dolo desvanecido con el golpe.
Ña Pantaleona lanzó un largo alarido de terror ante esa escena y los vecinos comenzaron a caer desde los alrededores y se detuvieron frente al rancho. Primero fue doña Moncha y su hija Petrona, luego el capitán Giménez y su fiel asistente, y, en seguida, tres o cuatro más que se acercaron interrogando:
-¿Qué ocurre Crisanto?
Los ojos llenos de lágrimas y tartamudeando por la pena, el gigantón señaló al caído y les respondió:
-¡Le... le... pegó a mama!...
Las mujeres se persignaron al oír la afrenta y doña Moncha escupió su desprecio.
-¡Maldito!. ¡Pegarle a la madre! No va a tener perdón de Dios.
La boca de los circunstantes se apretó en una raya y los ojos se volvieron duros y amenazantes.
Crisanto tomó al caído por un brazo y empezó a arrastrarlo hacia los fondos.
La anciana gritaba desesperada, pero las vecinas la condujeron al interior de la habitación.
Los hombres seguían mirando duros e implacables.
Poco a poco el gigantón fue llevando el cuerpo del hermano hasta dejarlo cerca de un grueso tronco que usaban para partir leña.
-¡Aní que reyucá chamigo!... (¡No vaya a matarlo, mi amigo!) -advirtió el capitán Giménez.
-No... che... Capitán... -respondió el aludido- pero... le pegó a mama... le pegó a mama.
Después le tomó la mano derecha y la colocó sobre el leño.
-¿Por qué pa hisiste eso, Luchí?... -preguntó sollozante.
Y en seguida, sacando su filoso machete, lo descargó sobre el brazo pecador del hombre que empezaba a despertar de su inconsciencia.
El grito del herido arañó a las estrellas.
La boca de los circunstantes seguía en una raya firme, mientras Crisanto, con el rostro cubierto de lágrimas, alzaba una y otra vez la hoja justiciera, hasta que, como una flor marchita, la mano cortada rodó sobre la hierba salpicada de sangre.

En Otros cuentos correntinos. Pp. 29-33
Huemul, junio de 1979.

En El mal hijo, Ayala Gauna quiso reflejar lo riguroso que es, en el hombre de nuestro interior, el amor y el respeto a la madre, que no perdona que se infrinja por motivo alguno, hasta el punto de hacer merecedor, al que se atreva, de crueles castigos. Una mano que afrenta la mejilla materna merece ser arrancada para siempre. Narración de hondo sentido moral, aun dentro de la primitividad de los sentimientos y de su concepción de la justicia, enfrenta dos tipos de hijos: el bueno y el malo, pero no en un fácil esquematismo superficial, sino reflejando las consecuencias de una distinta educación, basada, en un caso, en el culto del trabajo, y en el otro en una equivocada tolerancia y preferencia que muchos padres tienen por el hijo menor, llevándolo a la molicie y con ello a los vicios. Exacta pintura, por lo tanto, de un medio y de sus conceptos rigurosos, a la vez que de indudable proyección humana y moral, de validez universal.
Castelli, E. (s/a) Velmiro Ayala Gauna Hombre y tierra del litoral, p. 14. Ediciones Colmegna. Santa Fe. Argentina

sábado, 5 de abril de 2025

El “tirano” del tiempo: El reloj

Actualmente la mayoría de nuestras actividades están "sincronizadas". Vamos a la escuela, salimos al recreo, vemos la tele... ¡todo a horas muy precisas! Claro que no siempre fue así. El reloj tiene su historia, que acá te contamos "puntualmente".

El tiempo de las estaciones
Para los pueblos antiguos la medición del tiempo estaba muy unida a la agricultura. El "año" era el tiempo que llevaba preparar la tierra, sembrar las semillas y recoger el fruto maduro. Las estaciones eran las que dirigían estas operaciones y, junto con los días y noches, eran la única medida del tiempo conocida. Cuando las sociedades crecieron y se multiplicaron sus actividades este sistema no resultó suficiente y... ¡hubo que inventar el reloj!

De día y con cielo despejado
A la hora de medir el tiempo los egipcios y babilónicos recurrieron a la luz del sol. Era el 2000 a.C. cuando alguien clavó una estaca en el suelo y vio que su sombra se movía y cambiaba de longitud. Siguiendo el extremo de la sombra, trazó una línea curva que dividió en doce partes. Así podía saber qué hora era cada vez que la miraba. Eso sí, los días nublados y durante la noche... ¡El reloj de sol no funcionaba! ¡Y bueno! ¡Nada es perfecto!

Unas horas muy mojadas
Hacia el 200 antes de Cristo los romanos decidieron tirarse al agua. Inventaron la "clepsidra", compuesta por un recipiente superior desde donde goteaba agua a uno inferior. A medida que subía el nivel del agua, hacía lo propio un flotador que, mediante unas ruedas dentadas, hacía girar las agujas de este reloj "submarino". Los legionarios la usaban para medir el tiempo de sus guardias nocturnas. Tres horas y... ¡ni un minuto más! ¡Qué exactitud!





Era tiempo de prender fuego
Cuentan que Alfredo el Grande de Inglaterra era muy minucioso. Para medir el tiempo de sus actividades encendía una vela marcada con rayas trasversales blancas y negras como si fuera un centímetro. A medida que se consumía le indicaba a Alfredo qué hora era. Los coreanos prendían cuerdas con nudos a distancias iguales. Los chinos les agregaron unas pesas, que caían sobre un gong cuando llegaba el fuego. ¡Qué despertador poderoso!








De la arena al péndulo
El reloj de arena, como el que usamos en algunos juegos de mesa, se inventó en el siglo III en Alejandría. Durante muchos años fue el método más exacto para "dar la hora". En el siglo XIV Enrique de Vick construyó el reloj de pesas y péndulo. Se colgaba una pesa de una cuerda enrollada en un tambor giratorio. Este accionaba unos engranajes que hacían girar las agujas. El péndulo regulaba la velocidad con que giraban.


A la hora señalada
Por fin en el Siglo XVI se inventó el reloj de cuerda. Funcionaba con una cinta de acero enrollada en espiral. Al ir desenrollándose accionaba los engranajes y hacía girar las agujas. Contaba con un "volante" o pequeña rueda que al girar a un lado o a otro regulaba la velocidad de las agujas. Esto permitió construir relojes de bolsillo, que los señores ricos sujetaban a lujosas cadenas de oro, como los de las películas de Chaplin.

Nuevos inventos perfeccionaron el arte de la relojería. El reloj atómico es el más exacto que se conoce hoy en día. Esos relojes miden con absoluta precisión... ¡los millonésimos de segundo!

Revista Anteojito N°1469, pp.32-33
5 de abril 1993
https://archive.org/details/23a_20230102_202301/32.jpg

martes, 1 de abril de 2025

El buey y la cigarra

(Adaptación de una fábula de Iriarte)

Era ya cerca del mediodía. Durante horas y horas había trabajado el buey, sin descanso, esa mañana. Atado al yugo, y guiado por el dueño del campo, había trazado muchos surcos en la tierra. Ésta pronto albergaría frondosas espigas de maíz. Tan cansado estaba el pobre buey que, llegando al término de su tarea, se desvió un poco en su camino y el surco final quedó torcido.
Una cigarra desocupada que lo observaba le dijo: "¡Qué mal has hecho tu trabajo! ¡Qué torcido te salió ese surco!" El buey, enfurecido, le respondió: "¿Cómo te diste cuenta? Lo que sucede es que todos los otros surcos están muy derechos y bien trazados. Yo creo que tanto esfuerzo en el trabajo que hice esta mañana me dispensa del error del final. ¿No te parece? Pero en tu caso... ¿Qué es lo que te puede ayudar a justificar tu haraganería? No tienes derecho a ser tan criticona. Pienso que tus críticas no tienen valor porque vienen de alguien que no aprecia mi trabajo y mis esfuerzos. Y que, además, no se esfuerza ni trabaja".

¿A vos qué te parece?
¿Cómo hizo su trabajo el buey durante la mañana? ¿Qué le pasó al final? ¿Qué observación le hizo la cigarra? ¿Tenía o no derecho a ser tan criticona? ¿Cómo tomó el buey la crítica? ¿Por qué le dijo que su crítica no tenía valor? ¿Estás de acuerdo con el buey o con la cigarra? ¿Por qué? ¿Serías capaz de narrar una situación semejante, pero en la que los protagonistas sean personas?

Revista Anteojito N°1464, p.39
1 de abril 1993

martes, 25 de marzo de 2025

Días de la semana


Son siete enanitos,
que, muy apurados,
se escurren en fila
invierno y verano.

Es negro su traje
si van de labor;
si es fiesta, se visten
de rojo color.

Y llenan la vida
con su vida enana,
bailando sin pausa
la ronda semana.

José Guillermo Huertas
Revista Anteojito N°1462, p. 3
25 de marzo 1993
https://archive.org/details/12_20230102_20230102_2059/03.jpg

lunes, 3 de marzo de 2025

Ajedrez: La "movida" del deporte

A diferencia de otros deportes el ajedrez no es casa de suerte. Requiere de sus jugadores gran prudencia, estrategia y habilidad para tomar decisiones. De ahí la fascinación con que se juega y se jugó en tiempos remotos. De aquellos lejanos orígenes del ajedrez nos llegan estas fantásticas leyendas.

La leyenda más famosa sitúa en la India el origen del ajedrez. Cuenta que un emperador inquieto y belicoso se aburría horrores en épocas de paz, y había ordenado que alguien inventara un juego capaz de distraerlo. El emperador consideraba la empresa tan difícil que obsequiaría cualquier cosa que pidiera al inventor de ese juego. Un día se presentó ante el monarca un viejo llamado Talachand con un juego tan interesante que el rey se entretuvo con él durante días y noches enteras. Ese juego no era otro que el ajedrez. Cumpliendo su promesa. el rey le preguntó al viejo qué quería como recompensa. Talachand respondió que se contentaría con un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera 
y así, siempre duplicando la cantidad de granos de casilla en casilla, hasta completar las sesenta y cuatro. El rey accedió gustoso pensando qué barato le había salido. Pero cuando contó los granos que debía... ¡vio que eran 18 billones de billones! ¡Eso valía más que el reino entero! Al ver la desesperación del monarca, el viejo renunció a su recompensa en granos porque había recibido otra. Enseñarle al rey que había otras distracciones además de la guerra y la destrucción. 

Otra leyenda fascinante, también de la India, cuenta que dos hermanos habían iniciado una guerra para ver quién de ellos accedería al trono. Ambos habían prometido a su madre respetar la vida del otro. 
Sin embargo, uno de ellos murió en la pelea. El hermano, apenado, quiso explicar a su madre que las decisiones y los movimientos dependen de muchos factores. Para ello construyó un tablero con 64 casillas y piezas representando soldados en lucha. No todos podían moverse como querían. Había reglas que cumplir. La leyenda cuenta que, moviendo las piezas del tablero, la madre comprendió por qué su hijo había muerto.

Una leyenda china asegura que un mandarin llamado Han-Sing inventó un sistema llamado Choke-Chog-Hong-Ki o "esencia de la guerra". Consistía en mover una o dos personas que representaban grupos de soldados en batalla. Así entrenaban para la guerra. También Grecia tiene su historia. Dice que durante el sitio de Troya Palamedes inventó el ajedrez para entretener a sus soldados. Hoy se cree que fue en la India donde se originó el ajedrez y que de allí pasó a Persia. Luego se hizo conocer en Arabia y, en el siglo XI, los árabes lo pasaron a Europa... junto a estas hermosas leyendas!

Revista Anteojito N°1512, pp.26-27
3 de marzo 1994