domingo, 16 de marzo de 2014

Blancaflor

Érase que se era un joven gastador que no le gustaba trabajar ni un poquitín. Un día se le presentó un misterioso caballero y le dijo: 
-Si me prometes que al cabo de veinte años vas a buscarme, tendrás todo cuanto quieras; cada vez que metas las manos en el bolsillo las sacarás llenas de oro.
-¿Por dónde iré a buscarle? -dijo el mozo. 
-Pregunta por el Castillo de Oro, allí te espero.

Hicieron el contrato y el misterioso caballero desapareció. 
El joven vivía feliz, lleno de riquezas, pues nada más meter las manos en el bolsillo las sacaba con monedas de oro. Pasó un día y otro día, un año y otro año, hasta veinte pasaron, el plazo se cumplió y el mozo echó a andar, pregunta que te preguntarás por el Castillo de Oro. Llegó a un monte, lleno de pájaros de todos colores y volvió a preguntar. Los pájaros tampoco lo sabían, pero le dijeron que vendría el Ave tamaña, que tal vez pudiera ayudarle, aunque mejor se escondiese porque nunca se sabe el humor de un Ave. A la noche llegó el Ave tamaña; entonces un gorrioncillo decidido va y le dice: 
-Señora, hay un mozo que pregunta por el Castillo de Oro, y sólo tú puedes ayudarle. 
-¿Dónde está el mozo? -graznó el Ave tamaña. 
-Aquí, señora Ave. 
-¡Desdichado de ti..., desdichado de ti...! -dijo el Ave-. Aquel caballero que te llenó de oro es un mágico poderoso, muy malo. Cuando te vea te mandará tres trabajos imposibles; si no los haces te matará. Pero si no vas, te buscará y te matará. Ven, te llevaré; pero debes comprar dos fanegas de trigo, un pellejo de vino y una vaca, porque tendré hambre por el camino. 
Pues el Ave tamaña se lo llevó volando y volando, comiendo y comiendo por prados y montañas, y, al bajar a un río, se despidió: 
-Mira, allí tienes el Castillo de Oro. Allí vive el mágico con su mujer y sus tres hijas. La menor sabe mucho y es muy guapa. Aquí vendrá a bañarse, esconde sus vestidos. Ella cantará: 
“¿Quién mi vestido blanco me guardó? 
Que me lo entregue. De todos cuantos peligros 
Se vea con mi padre, he de librarle yo.”
La tercera vez que oigas esto, sales y le entregas sus vestidos y ya te dirá ella lo que tienes que hacer. Volando por el cielo, el Ave se fue. Todo sucedió como el Ave le había dicho. A la tercera vez que cantó la niña: 
“¿Quién mi vestido blanco me guardó? 
Que me lo entregue. De todos cuantos peligros 
Se vea con mi padre, he de librarle yo.” 
Salió el mozo, dándole su vestido blanco. Ella le miró: 
-¿Qué te trae por aquí? 
-Hice un trato con tu padre -contestó el joven. 
-¡Ay, pobre de ti! -dice ella-. Escucha, si haces todo lo que yo diga te salvaré; si no, somos perdidos los dos, pues te mata a ti y me mata a mí. 
Siguió el camino hasta el Castillo, y ya que se presenta ante el mágico, éste le dice, mirándolo fijamente: 
-Mañana tienes que traerme un anillo que perdí hace cien años en el fondo del mar. 
El mozo se fue a orillas del mar; allí estaba, con su vestido blanco, la niña Blancaflor. 
-Pues eso no es lo peor -dice ella-, eso no es lo peor. Vete a la plaza, compra la olla más grande que veas, trae un cuchillo afilado, me matas y me pones dentro de la olla, bien tapada. 
-Yo no..., yo no te mato -dice él asustadísimo. 
-Calla -dice Blancaflor-, que si no lo haces te pierdes tú y yo. Haz lo que digo. Luego echas la olla a andar por el mar. Cuida de no derramar ni una gota de mi sangre, ni quedar dormido, ni penar, que yo volveré con el anillo. 
El mozo, temblando, hizo lo que Blancaflor aconsejara, pero perdió una gota de sangre en la arena. Espera que te espera, sin pasar pena, ni quedar dormido, vio llegar por el mar a la olla meciéndose en la espuma. Saltó Blancaflor, aún más hermosa que antes. 
-Toma el anillo, llévaselo a mi padre y le dices: «Sé más que tú y tu casta». 
Al coger el anillo vio el mozo el dedo meñique sangrando; Blancaflor le explicó que era la gota de sangre que había caído, mas que no pasara pena. 
Llega al Castillo de Oro, entrega el anillo al mágico y éste le dice furioso: 
-¿Tienes en mi casa quién te enseña, o acaso sabes tú más que yo? 
-Sé más que tú y toda tu casta -contesta decidido el mozo-. Manda otra vez, amo, lo que has de mandar, que los trabajos cumplidos serán. 
-Has de ir a aquella montaña, cavar, quemar, sembrar, esperar y segar, moler, amasar, y mañana hasta mi mesa traer el pan. 
Bajó el mozo a buscar a Blancaflor para contarle el mandato del padre. 
-Vete a la montaña -dijo ella-; allí aguarda. Si duermes, dormido quedes. 
Así que hubo llegado el mozo a la montaña quedó dormido. Al despertar Blancaflor le entrega el pan blanco y cocido diciendo: 
-Llévaselo a mi padre y le dices que sabes más tú que toda su casta. 
Cuando el mozo entregó el pan al mágico, éste, enfurecido, le grita: 
-¿Tienes en mi casa quién te enseñe o acaso sabes tú más que yo? 
-Sé más que tú y toda tu casta -responde fuerte el mozo-. Manda por última vez, amo, lo que has de mandar, que los tres trabajos cumplidos serán. 
-Tendrás que domar un potro morado que hay en la cuadra mora. 
Salió el mozo, encuentra a Blancaflor y le cuenta el otro trabajo mandato. 
-Malo, malo, trabajo malo. El potro es mi padre, la silla es mi madre y han de querer matarte los dos. 
Y dice: 
-Vete al monte, busca varas de avellano cortas, montas el potro y le das con la vara, pues, según salgas montado, tratará de tirarte en el barranco para matarte, pero tú ¡zas, zas!, con las varas todas, hasta que quede bien domado.
Dicho y hecho, según lo saca de la cuadra y monta, ¡buf!, ¡buf!, como cosa loca a tirarlo al barranco. El mozo empieza pim pam, pim pam, a la silla, pim pam para otro, hasta quebrar la última vara de avellano y quedar el caballo manso y quieto. 
En cuanto el mozo se presentó al mágico, lo ve todo maltrecho y vendado. 
-Ahí tiene el potro, mi amo, bien adomado. 
-¡Tú en mi casa tienes quien te enseñe! ¿O acaso sabes tú más que yo? 
-¡Sé más que tú y que toda tu casta! He cumplido con lo mandado, así que dame licencia para irme. 
El mágico lo miró como un basilisco todo vendado y dice: 
-Irte te irás, pero antes has de casar con una de mis hijas. 
Llamaron a las hijas, las pusieron tapadas en tres sillas, sentadas iguales; sólo asomaban sus manos sobre las faldas. 
Entró el mozo, miró las niñas sentadas, dio una vuelta alrededor... Reconoció a la menor, por aquel meñique de la herida. Pues va diciendo mientras las señala: 
-Pues bien, ésta queda, ésta sale, ésta quiero. Háganse las bodas. 
Pero, en la noche, Blancaflor le secretea: 
-Hemos de huir, ellos han dispuesto matarnos. Vete a la cuadra, hay dos caballos. Uno es el Pensamiento, otro el Viento. Coge el caballo más flaco, no cojas el gordo, que somos perdidos. Guando él sale, escupe Blancaflor tres salivillas en la puerta. 
El mozo, aturdido, escogió el caballo más gordo, que era el Viento, dejando el más flaco, que era el Pensamiento. 
-¡Ay, ay! ¡Por traer el Viento has dejado el Pensamiento! -gemía Blancaflor al ver llegar al mozo-. ¡Pobre de ti, pobre de mí, pobres de nosotros!; pero ahora hemos de irnos con el Viento, pues no hay tiempo que perder. 
-¡Blancaflor! -llamó su padre en la noche. 
-¡Síííí! -contestó la salivilla primera, mientras Blancaflor y el mozo huían a caballo del Viento. 
-¡Blancaflor! -repitió el padre en la noche. 
-¡Síííí! -contestó la salivilla segunda, mientras Blancaflor y el mozo huían en el Viento. 
Al amanecer llamó: 
-¡Blancaflooor! 
La salivilla última contestó débilmente:
-¡Síííí! 
La mujer del mágico desconfió, fue al dormitorio, descubriendo la huida.
Montó el mágico en el caballo flaco del Pensamiento. Por ser más veloz que el Viento, pronto los alcanzó. 
-¡Pobre de ti, pobre de mí!; ya viene mi padre detrás de nosotros. Me convertiré en ermita, tú en ermitaño y sólo dirás: «A misa, a misa, a misa».
Y soltándose la cinta del pelo se transformó en ermita, y el mozo en ermitaño. 
Llegó el mágico preguntando: 
-Ermitaño, ¿ha visto a un hombre y a una mujer pasar por aquí? 
Y el mozo convertido en ermitaño responde: 
-A misa, a misa, a misa. 
Dio media vuelta el mágico, que no le convencía tanta misa, y su mujer le dice: 
-Te ha engañado otra vez tu hija; ella era la ermita, el otro el ermitaño; ¡vuelve a la carrera a por ellos! Ya los vio llegar Blancaflor. 
-Ahí viene mi padre, pero no vamos a ser perdidos. Me convertiré en huerto y tú en hortelano, y cuando te pregunte por un hombre y una mujer tú dices: a cuarto vendo las berzas, a cuarto. 
Y tirando el peinecillo convirtiose en huerta, y él en hortelano. Ya llega el mágico preguntando: 
-Hortelano, ¿ha visto a un hombre y una mujer pasar por aquí? 
-¡A cuarto!, a cuarto vendo las berzas, ¡a cuarto! 
Dio la vuelta y su mujer: 
-Te ha engañado otra vez tu hija, pero ahora iré yo y ya verás como no me engaña. 
Guando Blancaflor vio llegar a la madre se lamentó. 
-¡Ay, pobre de ti, pobre de mí! ¡Ay, a ella sí que no la engaño! 
Y se soltó su pelo y lo echó atrás y lo hizo un río de sangre, largo, largo, que ellos no pudieron pasar. 
Ya lo supo la madre: 
-¡Mira, mira tú, cómo era ésta la que lo salvaba! Yo no puedo pasar, pero ¡olvidados os veréis antes de ser casados! 
Y habiendo echado la maldición se volvió. 
Anda que te andarás llegaron cerca de la ciudad y, volviéndose el joven a Blancaflor, dice: 
-Espérame aquí, que iré a buscar un coche para entrar en la ciudad. 
-¡Ay, ay -dijo Blancaflor-, que me olvidarás! -Olvidar no olvido.
-Me olvidarás, me olvidarás -repetía Blancaflor-. Escucha, toma esta varita, con ella vas alejando a todos, no dejes que ninguna mujer sea joven ni vieja te abrace, pues, si no, me olvidarás. 
Llega el joven, pide el coche, todos quieren abrazarle, y él, cuidándose con la varita de por medio, hasta que el ama le abraza por detrás. 
-¡Ay, querido, tanto tiempo! ¡Ay, querido! 
Y así olvidó el coche que había pedido, cuanto le había pasado. Blancaflor, esperando. Todo, todo se le pasaba de la memoria. Entonces Blancaflor lo supo al momento: 
-¡Olvidada, ya estoy olvidada! -lloraba la niña. 
Vienen días, pasan días, y el mozo decidió casarse con otra dama del lugar. En el banquete de boda se presentó Blancaflor diciendo que sabía contar historias y juegos de magia para entretener a los invitados. 
Blancaflor contó la historia de cómo un mozo que no quiere trabajar recibió riqueza de un mágico, y cómo fue al Castillo de Oro, y cómo Blancaflor le ayudó a encontrar el anillo, a preparar el pan y a domar el potro infernal. 
El joven estaba cada vez más inquieto; pero no, no recordaba nada. Ella prosiguió contando cómo el mozo eligió por esposa a Blancaflor, que le había salvado, y cómo huyeron en el Viento perseguidos por el mago montado en el Pensamiento, y la ermita, la huerta, el río de sangre y cómo Blancaflor quedó sola y olvidada. 
El joven estaba cada vez más pálido, pero que muy pálido; entonces ella moja el dedo en su salivilla y se lo pone en la frente. Como un relámpago el joven, saltando, dice: 
-¡Tú eres Blancaflor, tú eres mi esposa! 
Así que se casaron, vivieron felices, y comieron perdices, y a mí no me dieron nada.

sábado, 15 de marzo de 2014

La fiesta

He aquí como el poeta 
vuelve viejo a su patria.

Don Joaquín se detiene un momento en el umbral; le acompaña un criado.
—¿Cómo está usted, don Joaquín?—le dice doña Juana.
—¿Qué tal le va a usted, don Joaquín?—le dice don Antonio—. Sabíamos que había llegado usted esta mañana; pero ¡cómo habíamos de sospechar que viniese usted por aquí esta tarde!
—¿Y ustedes?... ¿Y ustedes?... ¿Cómo se encuentran? ¡Caramba! La verdad es que hace tiempo que no nos veíamos. Y ahora tampoco nos vemos.... Digo, yo soy el que no puedo ver a ustedes.
Doña Juana ha acercado un sillón.
—Siéntese usted aquí, don Joaquín.
Don Antonio coge de la mano a don Joaquín y lo lleva hasta el sillón. Don Joaquín se sienta con cuidado, lentamente. La puerta está abierta de par en par; aparece el ancho zaguán limpio, embaldosado con losetas blancas y negras; por la calle discurre un hormiguero rumoroso de gente.
—¿Está usted parando en su casa, don Joaquín?— pregunta doña Juana.
—Estoy en casa de mi hermana—dice don Joaquín—. Mi casa estará hecha un corral; todos los muebles estarán llenos de cucarachas, de arañas y de polvo. Hace veinte años que no se ha abierto... desde que yo me fui. Virginia me escribe en las cartas, que la limpia dos o tres veces al año; pero yo no lo creo... Además, no quiero entrar en ella; yo no puedo ver nada, y me daría tristeza el tocar, para reconocerlos, aquellos muebles que vieron mi juventud.
—De modo—dice don Antonio—que usted se ha acordado este año del pueblo y ha querido venir a ver la fiesta.
—Sí—contesta don Joaquín—sí; he querido venir este año. Me he dicho: «Puesto que ya quizá no pueda tener otra ocasión, aprovecharemos ésta, que tal vez será la última». Y he venido a ver, es decir, a sentir el pueblo, a saludar a los buenos amigos, como ustedes...
Se oye un lejano campaneo, estrepitoso, jovial; estallan cohetes en el aire; el cielo se va poniendo de un azul pálido.
•Doña Juana se levanta de pronto.
—Pero usted, don Joaquín, ¿no conocerá a Lola, ni a Clara, ni a Conchita, la que apadrinó
usted en Madrid?
Doña Juana se acerca al hueco de la escalera, y grita:
—¡Clara, Lola, Concha!.... jBajad, que está aquí don Joaquín!
—Estarán en el balcón—dice don Antonio. 
Y se asoma a la calle y exclama, mirando hacia arriba:
—Bajad, que está aquí don Joaquín.
Se oye en el techo ruido precipitado de tacones finos y menuditos; luego, en la escalera, un rumor de faldas, de voces, de risas alocadas. Y, de repente, como una aparición mágica, las tres se hallan en la entrada, serias, derechas, mirando a don Joaquín con sus grandes ojos azules, grises, negros.
—¿Vosotras no conocéis a don Joaquín? —les dice don Antonio.
Las tres callan.
—Clara, ¿tú no te acuerdas que cuando eras pequeñita él te llevaba al jardín?
—No, no—dice don Joaquín, sonriendo—; ella no se acordará. ¡Hace ya tantos años!
—TiT, Lola, sí que no te acuerdas—le dice don Antonio a Lola—; tú tenías dos años cuando él se marchó.
—Yo sí que me acuerdo de ella—dice don Joaquín—; Lola tenía los ojos azules. ¿Es verdad que los tiene azules?
Lola se pone un poco roja.
—Sí, don Joaquín; los tiene azules—afirma doña Juana.
—¿Y Conchita?—preguntó don Joaquín— ¿Está aquí?
—Aquí está delante de usted—contesta don Antonio.
—Conchita—dice don Joaquín—, yo soy el que te tuvo en la pila del bautismo hace quince años.
—Sí, don Joaquín—dice Conchita—; ya sé que es usted mi padrino.
—Ella me pregunta muchas veces por usted— dice doña Juana.
—Yo no puedo verte, Conchita—dice don Joaquín—. ¿Cómo eres? ¿Cómo es Conchita?
—Es alta y delgada—contesta doña Juana.
—¿Cómo tiene el pelo?
—El pelo es rubio y largo.
Las mejillas de Concha se encienden con vivos carmines.
—¿Y los ojos? ¿De qué color son los ojos?
—Los ojos son entre grises y verdes; unas veces parecen grises y otras verdes.
—¿Y la boca?
—La boca es pequeña y con los labios rojos.
—Conchita—exclama don Joaquín—, eres una linda muchacha, y yo estoy contento por haberte tenido en mis brazos cuando contabas ocho días... Y vosotras también lo sois, Lola y Clara; pero yo no puedo veros a ninguna...
Una criada entra llevando en las manos una ancha bandeja llena de flores.
—Ya están aqui las flores—dice Lola.— ¿Han traído flores?—pregunta don Joaquín.
—Son las flores que hemos de tirar cuando pase la Virgen—contesta Clara.
—¿Qué flores son?—torna a preguntar don Joaquín.
—Son rosas, claveles y jazmines—contesta Lola.
—Toque usted, don Joaquín, toque usted—dice Conchita, poniéndole la bandeja delante.
—Conchita—dice don Joaquín extendiendo sus manos blancas, sutiles, y pasándolas con cuidado sobre las rosas, los claveles y los jazmines—. Conchita, has hecho cuanto puede apetecer para su consuelo un viejo poeta que ha amado las flores y que ya no puede verlas...
Prosigue a lo lejos el volteo loco y jovial de las campanas; estallan cohetes; se oye una música; el cielo diáfano se ha tornado obscuro, y parpadean las primeras estrellas.
. Don Antonio se levanta de pronto y grita:
—¡Rafael! ¡Rafael! 
Rafael se acerca y entra en el zaguán. Es un labriego; es el mayoral que don Antonio tiene en la Umbría.
—Rafael—le pregunta don Antonio—, ¿os vais esta noche, después de la procesión, a la Umbría, o mañana por la mañana?
—Esta noche queremos ver los fuegos — contesta Rafael—; nos ¡remos mañana.
—Oye—observa don Antonio—. Esta semana tendréis que labrar todas las piezas de la Herrada... meted bien las rejas en los cornijales. Y tendréis también que acabar de recoger toda la almendra que queda.
—Este Rafael—pregunta don Joaquín— , ¿será el hijo del tío Rafael, el mayoral que ustedes tenían antes?
—Sí, es el hijo—contesta don Antonio.
—Rafael—le dice don Joaquín—, ¿tú no te acordarás de mí? ¿No te acuerdas de don Joaquín, verdad?
—No, señor, no—contesta Rafael con aire confuso, rascándose la cabeza.
—Eras tú un mozuelo cuando yo iba a la Umbría... Dime, ¿hay aún delante de la casa aquellos olmos grandes? ¿Están hermosos? ¿Están verdes?
—Sí, aún están—contesta don Antonio.
—Y ¿hay en ellos muchas cigarras? ¿Unas cigarras que cantan mucho? ¿No es cierto?
—¡Ya lo creo que cantan!—exclama Rafael—. Todo el día se lo pasan cantando. Los chicos les tiran piedras para que callen; pero yo les digo que las dejen, que ya vendrá el invierno y se morirán.
—Es verdad—replica don Joaquín—. Ya vendrá el invierno y se morirán...
Y para sí piensa: «Nosotros, los poetas, somos como las cigarras: si las calamidades y desgracias de la vida nos dejan, cantamos, cantamos sin parar; luego viene el invierno, es decir, la vejez, y morimos olvidados, desvalidos».
Resuenan los estallidos de los cohetes; la procesión se acerca. Pasan bailando unos enanos; la dulzaina hace: «ti, tirí, ti»; el tamborhace: «tan, taran, tan»...

jueves, 13 de marzo de 2014

El pan de trigo

¿Y el pan con que se nutre nuestro cuerpo?
¡Bendito sea!
Trigo sembrado al frío y a la escarcha. Espigas cosechadas a plano sol en el verano. Granos triturados y molidos sin compasión hasta obtener la harina. Harina amasada con cariñoso esfuerzo. Pan cocido al horno y bendecido en la mesa hogareña... ¡Pan de cada día!
-El pan no se tira, se besa -dicen todos.


Su presencia infunde respeto. Aún se conserva la costumbre, en algunos hogares, cuando se cae el pan, de levantarlo y besarlo, como si fuera el mismo rostro de Dios. Es esta actitud humilde un símbolo del amor a la tierra que nos lo da, y del respeto al sudor del hombre que lo gana.
Por eso, quizás, oímos decir siempre: "Aprende a ganarte el pan con el sudor de tu frente".
Cuando yo sea capaz de ganármelo, será el día más feliz de mi vida y, posiblemente el día más feliz que ofreceré a mis padres.

domingo, 16 de febrero de 2014

El pan del alma


Cuando papá nos regaló un libro de poesías infantiles, nos dijo:

-Un buen libro es el mejor
amigo que el hombre tiene.

Y papá no se equivoca nunca en los regalos.
¡El mejor amigo! ¿Por qué el mejor amigo?
Muchas veces me he formulado la misma pregunta. Felizmente, María Emilia, que sabe dar valor a todo aquello que encierra una enseñanza, me ha explicado:
-Un libro nutre la inteligencia, entretiene nuestras horas de ocio, alejando el aburrimiento, aclara nuestras ideas, alegra nuestra soldad... Nos lo da todo y nada nos pide... Es silencioso. Queda donde lo dejamos a la espera de un nuevo encuentro. En la duda recurrimos a él. Recurrimos a él para satisfacer nuestra sed de conocimientos. Un libro de poesías nos llena de música el corazón; un libro de cuentos aviva nuestra fantasía; un libro de viajes nos lleva a recorrer el mundo con la imaginación; un libro de lecturas morales nos educa los sentimientos; uno de estudio nos instruye y nos hace más capaces para vivir mejor. Es el pan con que se nutre la inteligencia humana.

sábado, 8 de febrero de 2014

El mirasol

Una planta sin gracia, con las hojas ásperas, con un tallo algo débil que se eleva como buscando luz. Sigue al sol a través de su curso por el cielo. De noche se entristece con la sombre que se hace a su alrededor.
-¡Cielo, dale gracia! -ruegan el sauce, el pino y la calandria.
-¡Dale gracia! -repiten la paloma, la rosa y el rocío.
Y como nadie puede desoir la palabra de los buenos, el cielo se conduele de la planta.
Conversa con la luna, con el sol, con los luceros. Pide parecer a las nubes. Llama en su ayuda a la estrella del pastor. Interroga al viento.
-La forma de mi cuerpo...
-Mi color...
-Mis vértices...


Y una mañana, antes de la llegada del alba, la planta luce un disco redondo como la luna, con hojitas doradas como el sol, lleno de semillitas como puntas de estrellas. Y a la aurora gritan los picos de los benteveos:
-¡El cielo nos ha escuchado! ¡La planta que no tenía gracia ya la tiene!


-¡Y mira al sol! ¡Y mira al sol!
De allí su nombre. Y de aquí la alegría del prado verde que ahora, como el cielo, puede lucir un sol.