martes, 31 de marzo de 2015

Qué quiere decir esto de Azorín

—¿Qué quiere decir esto de Azorín?
Rafael lia cogido un libro del estante, ha leído en el tejuelo: La Bruyere. «Les caracteres», y luego bajo: Azorín, y se ha vuelto hacia don Pascual para preguntarle qué significa esta palabra.
—Es—dice don Pascual—un escritor que hubo aquí hace cincuenta o sesenta años. Yo no le conocí; pero se lo he oído contar a los viejos.
—¿Era de aquí ese escritor?—pregunta Rafael.
—No sé—contesta don Pascual—; creo que sí; este libro debió de ser de él.
—Y ¿cómo lo tiene usted?
—Probablemente él tendría alguna biblioteca que, con el tiempo, se desharía, y este libro vino a parar aquí.
—Y ¿dice usted que se llamaba Azorín?
—No; el nombre era otro; esto era un pseudónimo. Se llamaba...
Don Pascual permanece silencioso, absorto, un momento, tratando de sacar de los escondrijos de su cerebro el nombre de este escritor; pero no lo consigue.
—No recuerdo—dice al fin, cansado de pensar—; pero este nombre es el que usaba siempre en sus escritos.
Rafael, que es un poco aficionado a la literatura, se queda pensativo.
—Es extraño—dice—. ¿De modo que en este pueblo hemos tenido un escritor?
—Yo creo que tenía antes por aquí uno de los libros que publicó—dice don Pascual.
—¡Hombre!—exclama Rafael—. ¿Con que publicaba libros? Entonces era un escritor de consideración...
Don Pascual se sube a una silla y va registrando los volúmenes del estante. Rafael también se sube a otra silla y revuelve libros grandes y chicos. De pronto entra don Andrés, se para un momento en el centro del despacho, mira a don Pascual, mira a Rafael, sonríe, da unos golpecitos con el bastón en el suelo, y dice:
—¡Bravo! ¡Bravo! Hoy están ustedes entregados a la literatura...
—¡Hola, don Andrés!—dice Rafael.
—Estábamos buscando un libro de aquel escritor que hubo aquí que se llamaba Azorín— añade don Pascual.
—¿Azorín? ¿Azorín?—pregunta don Andrés, que no ha oído hablar sino muy vaga mente de este personaje—. Sí, sí, un escritor que vivió aquí hace muchos años. Sí, señor; sí, sí...
Y da tres o cuatro goipecitos más en el suelo con el bastón.
—¿Usted recuerda, don Andrés, qué libros son los que publicó este escritor?—pregunta don Pascual.
—¿Dice usted libros?—replica don Andrés—. Pero ese Azorín, ¿no fué autor dramático?
—No—contesta don Pascual—; yo aseguraría que fué novelista. Años atrás andaba por aquí un libro de él, que yo le vi leer algunas veces a mi padre; pero debe de haberse perdido.
—Sí, sí—afirma don Andrés—; yo recuerdo haber visto aquí algunas veces ese libro. Su padre de usted decía que él había conocido a Azorín...
—Mi padre era de su misma edad—dice don Pascual—; él me decía que había hablado con él muchas veces en el jardín del Casino viejo.
—Pero ¿vivía aquí siempre?—pregunta Rafael.
—No—contesta don Pascual—; su familia sí vivía aquí; pero él pasaba largas temporadas en Madrid y solía venir al pueblo los veranos.
—Yo tengo idea—observa don Andrés—de que vivía en la calle de la Fuente, en la casa que hace esquina a la del Espejo.
—No, no—contesta don Pascual—; no, él vivía en la calle de los Huertos, en la casa que hoy es de don Leandro...
—No es eso lo que yo le oí a don Frutos, que le trató también mucho—replica don Andrés—. Don Frutos decía que él vivió en la calle de la Fuente, donde hoy vive don Bartolomé,el médico...
Don Fulgencio entra.
—¡Caramba!—exclama don Fulgencio— Les veo a ustedes discutiendo terriblemente.
—¿Usted sabe, don Fulgencio, dónde vivió Azorín?—le pregunta don Pascual.
—¡Orden, orden!—exclama don Fulgencio, asegurándose las gafas sobre la nariz—. Ante todo, ¿se refieren ustedes a un escritor que hubo en este pueblo que se llamaba así?
—Sí, señor—contesta don Pascual—; estábamos aquí diciendo si este Azorín era novelista o autor dramático.
—¡Orden, orden!—torna a repetir don Fulgencio—. Conviene no confundir a este escritor que se firmaba así con otro que hubo años después y que escribió algunas obras para el teatro. Yo tengo entendido que Azorín estuvo en algunos periódicos de Madrid y que, además, publicó un libro de versos.
—¿Dice usted de versos?—pregunta Rafael que ha escrito algunas poesías en un semanario de la provincia.
—Si, señor, de versos—afirma con una profunda convicción don Fulgencio.
—Entonces, ¿ese libro de versos será el que andamos buscando aqui?
—Perdón—dice sonriendo don Pascual— yo respeto las opiniones de ustedes; pero creo que el libro que yo he visto años atrás era de prosa.
—No, señor, no—afirma con la misma convicción de antes don Fulgencio—. Ese libro es de versos; yo lo he tenido muchas veces en mis manos.
—Mire usted, don Fulgencio, que yo me acuerdo muy bien de lo que he visto—se atreve a decir don Pascual.
—¡Caramba!—exclama don Fulgencio, dolido de que se pongan en duda sus palabras
— ¡Si estaré yo seguro de que eran versos, cuando llegué a aprenderme algunos de memoria!
Si le aprietan un poco a don Fulgencio, este señor es capaz de hacer un esfuerzo y recitar una poesía de Azorín; pero don Pascual, que le respeta, no llega a ponerle en este trance. Don Pascual se contenta con volverse hacia don Andrés y preguntarle:
—Y ¿usted qué opina? ¿Recuerda usted si era de versos o de prosa el libro de Azorín?
—¡Hombre!—exclama don Andrés, que no quiere disgustar a don Pascual ni ponerse mal con don Fulgencio, y que en definitiva no ha visto nunca la obra de Azorín—. ¡Hombre! Yo tengo un cierto recuerdo de que era prosa; pero al mismo tiempo recuerdo también haber oído recitar algo de Azorín así como versos...
Rafael, durante esta breve discusión, ha continuado buscando el libro en los estantes.
—¿No lo encuentra usted?—le pregunta don Pascual.
No. —contesta Rafael—; pero me voy a llevar éste.
Y se guarda un libro en el bolsillo, para desquitarse de este modo de sus pesquisas infructuosas.
 Un reloj suena las cuatro.
—¿Dónde vamos esta tarde?—dice don Fulgencio—. ¿A la Solana o al huerto del Herrador?
—Iremos al huerto y veremos cómo marchan los membrillos—contesta don Andrés.
Y todos salen.

lunes, 30 de marzo de 2015

Don Chico que vuela

Te paras al borde del abismo y ves el pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ante tus ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas: adivinas los ires y venires de su gente, sus oficios, sus destinos. Sabes que en línea recta está muy cerca. Si caminaras al aire, en un puente de hamacas suspendido ente los cerros, podrías llegar como el pensamiento, en un instante. 
Y sin embargo el camino real, el camino verdadero, te desploma hasta los pies del cerro, bajando por vericuetos difíciles, entre barrancas y cascadas, entre piedras y caídas, hasta llegar al fondo de la quebrada donde corre espumando el gran caudal del río que debes cruzar a fuerza, para iniciar el ascenso metro tras metro. Muchas horas después llegas cansado, lleno de sudor y lodo y volteas la cabeza para ver tu propio pueblo a distancia, como antes viste la plaza en que estás ahora. 
Ahí es donde le das la razón a don Pacífico Muñoz, don Chico, quien no soporta estas distancias que tú has caminado y dice que ir a pie es inútil y a caballo tontería, que para estas tierras volar es indispensable. 
Hace años que le escuchaste los primeros proyectos de vuelo y contravuelo. Fue cuando sentado, como tu ahora, al borde del abismo viendo al otro pueblo, dijo dándose un manotazo en las rodillas: 
–¡Si no es tanto lo encogido de estas tierras sino lo arrugado. Montañas y montañas acrecentando las distancias. Si a este estado lo plancharan le ganá- bamos a Chihuahua...! ¡Y ya vuelto llano a caminar más rápido! Pero así como estamos, sólo vueltos pájaros para volar quisiéramos. 
Y así fue como la locura del vuelo se le fue colocando entre oreja y oreja a don Chico, como un sombrero de ensueño. 
Volar fue la única pasión que le impulsaba el día, a otro día, a otro mes, para seguir viviendo otro año y otro año más. Si no fuera por el ansia del vuelo habría muerto de tristeza desde hace mucho tiempo, como tú me comentaste el otro día. 
Don Chico subía, tú lo viste muchas veces, el cerro más alto para contemplar las distantes montañas azules y perdidas entre el vaho que viene de la selva. Allí, sentado en la piedra donde escribió su nombre, tú escuchaste muchas veces a don Chico: 
–La tierra desde el aire está al alcance de la mano. Los caminos son más fáciles al vuelo. Qué cerca están los mercados y las plazas a ojo de pájaro. Los valles y los ríos y las cañadas y cañones, los campos sembrados, los ganados en potreros lejanos, las ciudades nuevas y las viejas construcciones perdidas en la selva y al fondo del mar. 
Don Chico inventaba una prodigiosa geografía expuesta a los ojos en vuelo, ávidos ojos tratando de reconocer ranchos y rancherías, vados y ríos, caminos, pueblos, lagos y montañas vistas desde arriba, desde el sueño, desde el aire de un sueño. 
Don Chico regresa al pueblo, con la boca seca, abrasada por la fiebre de la aventura que le espesa la lengua, le ves llegar a la plaza, tomar de la fuente agua con las manos, enjuagarse, refrescarse la cara y declarar muy serio: 
–Señoras y señores: voy a volar... 
Recordarás cómo todos subimos y bajamos la cabeza para decirle que sí, que cómo no, que claro don Chico que vuela, y por dentro sentir la risa alborotando el pecho y la barriga, y tú aguantándote. 
Don Chico entró a su casa, tomó una gallina, la pesó minuciosamente, anotó la lectura de la báscula, le midió la distancia que va de punta a punta de las alas, anotó eso también y la regresó al corral.
Inventó un complicado cálculo para conocer la secreta relación entre el peso del animal y el tamaño de las alas que permite vencer la gravedad y levantar el vuelo. 
Don Chico dudó un instante si era adecuado tomar una gallina  para tal experimento. Una paloma de vuelo largo habría sido mejor. Pero en su corral no había palomas. 
Habiendo encontrado la fórmula que explica la relación entre el peso de la gallina y el tamaño de sus alas, se pesó él mismo, anotó la lectura y, aplicando la fórmula descubierta, calculó el tamaño de las alas que habría de construirse para poder volar, apuntó la cifra en su libreta, se frotó las manos y se fue al parque. 
El problema era ahora el diseño de las alas. Pensó que el mejor material era el carrizo, ligero y fuerte. Se detuvo un momento para dibujar con un palito sobre la tierra el esquema de su estructura. Satisfecho, lo borró con el pie izquierdo y grabado en la memoria lo llevó a su casa. 
Para recubrir la estructura nada mejor que el tejido del petate, la dúctil alfombra de palma. 
Una vez que hubo construido las alas, descubrió molesto que eran pesadas para sus fuerzas. Recordó la relación entre las alas y el peso de la gallina y no se atrevió a modificarla. 
Se suscribió a una revista sueca donde aparecían lecciones de gimnasia y dedicó algunos años a esta dura disciplina. Satisfecho sintió cómo aumentaban sus bíceps, crecían sus tríceps, se endurecían sus músculos abdominales, se marcaban nítidamente los dorsales y una potencia sentía nacer don Chico desde el centro de su cuerpo. 
En el año sexto de su experimento movía con destreza las alas. Con sus brazos aleteaba movimientos llenos de gracia, en un simulacro de vuelo, no de gallina torpe sino de agilísima paloma. 
En el pueblo había un orgullo compartido. Don Chico prometió volar antes de las fiestas patrias y se le invitaba a los patios a simular el arte complejo del vuelo. Acudía siempre hasta que descubrió que tales convivios no eran nacidos de la admiración de su técnica sino del interés de producir ventarrones en el patio que barrieran de hojas y basura todo el piso.
Unos días antes de las fiestas patrias alguien levantó la cabeza. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús el primero que lo vio. Lo que sí se sabe es que al instante todo el pueblo levantó la cabeza y vimos a don Chico arriba del campanario con las alas puestas, iniciando cauteloso el aleteo que habría de conducirlo a la gloria. Detenía el movimiento, se mojaba con saliva el dedo y comprobaba la dirección del viento, abría de par en par las alas y descansaba la cabeza sobre el hombro, semejante a nuestro viejo escudo nacional. De pronto reinició el aleteo, arresortó la pierna derecha contra el muro del campanario para tomar impulso, apuntó la pierna izquierda hacia El Porvenir, que tal era el nombre de la cantina que está enfrente de la iglesia, y se dispuso a iniciar la epopeya. Alguien le preguntó tocándole la punta del ala izquierda: 
–¿Va usted a volar, don Chico? 
–Seguro –respondió. 
–Y... ¿llegará lejos, don Chico? 
–Lejísimo. 
–¿Y de altura, don Chico? 
–Altísimo. 
–¿Al cielo llegará, don Chico? 
–Al cielo mismo. 
La cara de aquel que preguntaba se iluminó: 
–Por vida suya, Don Chico, llévele al cielo este queso a mi mamá que se murió con el antojo. 
Don Chico aceptó con ligereza el queso, buscando deshacerse del impertinente sin considerar el error que había cometido. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús, el primero que hizo el encargo al otro mundo. Lo que sí se sabe es que al instante todo el pueblo subió al campanario y don Chico siguió aceptando quesos y chorizos, dulces y aguardiente, tostadas y jamones para llevar al cielo. 
Cuando don Chico resorteó la pierna derecha, siguiendo la dirección a El Porvenir, abrió el espectáculo grandioso de sus alas. El pueblo escuchó el estruendo de carrizos rompiéndose y petates rasgándose en el aire y quesos rodando por la calle. 
Cuando el silencio volvió, alguien dijo: 
–Lo mató el sobrepeso. Si no fuera por los encarguitos, don Chico vuela.
Eraclio Zepeda

sábado, 28 de marzo de 2015

La Andalucía trágica V

ARCOS Y SU FILOSOFO
¿Qué es lo que más cautiva vuestra sensibilidad de artistas: los llanos uniformes o los montes abruptos? ¿Cuáles son los pueblos que más os placen: los extendidos en la llanada clara o los alzados en los picachos de las montañas? Arcos de la Frontera es uno de estos postreros pueblos: imaginad la meseta plana, angosta, larga, que sube, que baja, que ondula, de una montaña; poned sobre ella casitas blancas y vetustos caserones negruzcos; haced que uno y otro flanco del monte se hallen rectamente cortados a pico, como un murallón eminente; colocad al pie de esta muralla un río callado, lento, de aguas terrosas, que lame la piedra amarillenta, que la va socavando poco a poco, insidiosamente, y que se aleja, hecha su obra destructora, por la campiña adelante en pronunciados serpenteos, entre terreros y lomas verdes, ornado de gavanzos en flor y de mantos de matricarias gualdas... Y cuando hayáis imaginado todo ésto, -entonccs tendréis una pálida imagen de lo que es Arcos.
No hay en esta serranía pueblo más pintoresco. Sobre la cumbre de la montaña la muchedumbre de casitas moriscas se apretuja y hacina en una larga línea de cuatro o más kilómetros. El poblado comienza ya en la ladera suave de una colina; después baja a lo hondo; luego comienza a subir en pendiente escarpada por la alta montaña; más tarde baja otra vez, se extiende un breve trecho por el llano y llega hasta morir en la falda de otro altozano. Y hay en lo alto, en el centro, en lo más viejo y castizo de la ciudad, unas callejuelas angostas, que se retuercen, que se quiebran súbitamente en ángulos rectos, pavimentadas de guijos relucientes, resbaladizos; al pasar, allá en lo hondo, bajo vuestros pies, veis un rodal de prado verde o un pedazo de río que espejea al sol. El ruido de los pasos de un transeúnte resuena de tarde en tarde suavemente. Pasáis ante el obscuro zaguán de una casa solariega: por la puerta entreabierta, dentro, en el estrecho patio sombrío, penumbroso, un naranjo destaca, su follaje esmaltado de doradas esferas.
Flota en el aire un vago olor a azahar; el cielo azul se muestra, como una estrecha cinta, en lo alto, entre las dos filas de casas de la vía. Y vosotros proseguís en vuestro paseo: las callejuelas se enredan en una maraña inextricable; ya suben a lo alto, ya bajan a lo hondo en cuestas por las que podéis rodar rápidamente a cada paso. Ahora, a vuestra mano izquierda, ha aparecido un largo muro; en él, a largos intervalos, vense abiertos anchos portillos. Asomaos a uno de ellos: dejad reposar sobre el pretil vuestro cuerpo cansado: un panorama como no lo habréis visto jamás se descubre ante vuestros ojos. Nos hallamos sobre un elevado tajo de doscientos, de trescientos metros de altura; la campiña verde se pierde en lontananza en suaves ondulaciones; millares y millares de olivos cenicientos marcan en el gayo tapiz sus copas rotundas, hoscas; limita el horizonte una línea azul de montañas, dominadas por un picacho soberbio, casi esfumado en el cielo, de un violeta suave. Y abajo, al pie de la muralla, en primer término, el Guadalete trágico, infausto, se acerca hasta lamer la roca, forma una ancha herradura, vuelve a alejarse, tranquilo y cauteloso. En las quiebras y salientes de las rocas, las ortigas y las higueras silvestres extienden su follaje; van dando vueltas y más vueltas en el aire, bajo nuestras miradas, los gavilanes y los buitres con sus plumajes pardos; desde un remanso de la corriente, un molino nos envía el rumor in cesante de su presa, por la que el agua se desparrama en borbotones de blanca espuma...
Y pasan los minutos rápidos, insensibles; pasan tal vez las horas. Un sosiego, una nobleza,,, una majestad extraordinarias se exhalan del vasto panorama. A nuestra espalda, en las altas callejas, tal vez tintinea una herrería, con sus sones joviales, o acaso un gallo vigilante lanza al aire su canto. Y es preciso continuar en nuestra marcha para escudriñar la ciudad toda. ¿No os encantan a vosotros —como al cronista—los viejos y venerables oficios de los pueblos? ¿No he hablado mil veces, y he de hablar otras tantas, de estos herreros, de estos carpinteros, de estos peltreros, de estos alfayates morunos, de estos talabarteros? En Arcos, vosotros, al par que camináis por calles y por plazas, vais registrando con vuestra vista los interiores de tiendas y talleres. Tal vez vuestros pasos os conduzcan allá al final de una calleja serpenteante, solitaria; a la izquierda está el pretil que corre sobre el tajo; a la derecha recomienza otra vez la peña, manchada por las plantas bravias, coronada por blancas casas. Al cabo de la calle, en un recodo, os detenéis ante una puertecilla. Estáis ante la casa del hombre más eminente de Arcos; no os estremezcáis; no busquéis entre vuestros recuerdos ninguna remembran za; vosotros no conocéis a este hombre. Y, sin embargo, él, que os ha visto contemplar un momento las enjalmas, las jáquimas, los ataharres, los preteles que penden en su chiquita tienda, os invita a pasar. Y él—¿cómo podéis dudarlo de un andaluz?—os va contando toda su vida, año por año, día por día, hora por hora. ¿Sospecháis acaso que este hombre ilustre se llama sencilla y afectuosamente el tío Joaquinito?
El tío Joaquinito es bajo, gordo, con una boca ancha y expresiva, irónica, y una nariz redonda. El no sale de su taller; él es un filósofo; él ve pasar arriba, pasar abajo a todos los vecinos; él tiene en su tiendecilla hierros viejos, relojes descompuestos, pistoloncs mohosos, llaves sin cerraduras, cerraduras sin llaves, trébedes, trampas para los pájaros; él no pudre vidrios como Spinoza, mas posee una larga y sutil aguja con la que va cosiendo los albardones, lentamente, dando suspiros, levantándose de rato en rato para ir a una camareja contigua, de donde torna exhalando un hálito de vino...
—Tío Joaquinito—le decís vosotros, encantados con su charla, con el afecto con que hablaríais a un viejo conocido—. Tío Joaquinito, malos están los tiempos.
El tío Joaquinito da unos golpes sobre la albarda, y dice:
—Pésimo, pésimo, pésimo...
Y luego, tras de pasarse el pulgar y el índice por la comisura de los labios:
—Usté es un hombre de rasón; yo he nasío en er jariná de un molino, y por eso tengo la cabesa branca. Yo he corrió muncho, muncho. ¿Sabe usté en qué nos paresemo nosotro a Nuetro Zeñó Jesucrito?
Vosotros os quedáis mirando un poco atónitos al gran filósofo. El continúa:
—Nosotro, lo epañole, etamo pasando la Pasió como Nuetro Zeñó Jesucrito. Lo tré clavo son lo tré trimestre de la contribusió; er lansaso é er cuarto trimestre; la corona de epina é la sédula persona, y lo asotaso que no están dando son lo consumo.
Y después el tío Joaquinito da otros ligeros golpes sobre la albarda, suspira y resume:
—Pero Nuetro Zeñó Jesucrito tomó pronto la angariya y se fué ar Sielo, y nosotros etamo aquí sufriendo a lo Gobierno que no asotan...
He aquí—decís para vosotros—el pensamiento de toda España, que palpita en el editorial de un gran periódico, en el discurso pronunciado en el «meeting» y en las palabras de un talabartero filósofo perdido en una serranía abrupta. Y os disponéis a desandar la maraña de callejuelas enredadas. Un momento tornáis a asomaros por el boquete de la muralla: el río, infausto, trágico, se desliza callado allá en lo hondo; los gavilanes pardos giran y giran en el aire, lentos, con sus aleteos blandos.

Abril, 1905.

La mariposa (Velmiro A. Gauna)

Alborotaban las cotorras en el ceibal cercano. Los sauces, reclinados sobre el río, acariciaban con sus finos dedos verdes a las ondas esquivas, mientras, sobre la boscosa orilla del lado paraguayo, bostezaba el sol naciente su cansancio de siglos.
Los tres habitantes del rancho de la isla ya estaban en pie. Ña Casiana, la vieja, fue la primera, porque sus dolores reumáticos no la dejaban casi pegar los ojos y, sentada en una mecedora de lona, se frotaba las manos, deformadas por la artritis, con grasa de yacaré, labor que interrumpida, de tiempo en tiempo, para sorber los mates que alcanzaba Eduvigis, su nuera, con su redondo vientre de avanzada preñez, abultado como un bombo; mientras, Manuel Acevedo, su hijo, terminaba de liarse sobre la cintura las vueltas interminables de su larga faja.
Iba a cruzar ya sobre ella el facón de cabo de plata, cuando, llegándose desde afuera, revoloteó en la pieza una gran mariposa negra.
-¡Jesús, María y José!… –dijo la esposa-. Anuncio´e disgracia.
El insecto se agitó pesadamente y luego fue a sentarse sobre la almohada, en el revuelto lecho, en el mismo lugar donde todavía se marcaba el hueco dejado por la cabeza del hombre.
Manuel borbotó una imprecación en guaraní y desvainó la hoja de acero, pero el animal, simultáneamente, se elevó y salió por la ventanuca perdiéndose en dirección al río detrás del próximo matorral, donde ya empezaba a sentirse el chirriar de las chicharras.
-¡Cuídate m´hijo! –previno la vieja-. Mariposa negra es mala señal…
-¡Bah!, mamá, agüerías… eso es lo que son –contestó el hijo pero sin poder ocultar su turbación.
Llenó de cartuchos sus bolsillos y descolgó la escopeta del clavo que la sostenía en la pared.
-¡Ay, no! –le rogó su mujer mientras le alcanzaba un mate-. No salgás con armas, hoy, ma bien llevá la carga e cueros al pueblo. Tengo miedo, no sé por qué…
-¡Dejáte´e macanas! –tronó él- vua dir a cazar como tuito loj día y esta tarde llevaré la carga.
-No ti hagás mala sangre, Eduvigis –interrumpió la vieja- Si está´e Dios que le pase algo naides lo poderá impedir…
-¡Qué va a pasar… qué va a pasar! –dijo el hombre despectiva. Se caló el sombrero y salió rumbo al monte.
 ***
Con el vientre grávido levantándole el vestido por delante Eduvigis siguió acarreando mates a la anciana y haciendo al mismo tiempo, las tareas de la casa. Pero no podía apartar de su mente a la mariposa negra con su aspecto macabro.
-¡Ojalá no le pasa nada, Dios mío! –musitaba.
A su memoria venían recuerdos de accidentes fatales: Lorenzo “El nutriero”, a quien hallaron, una tarde en el monte caído sobre la escopeta y con el pecho destrozado por la descarga; “Quique” Saucedo, a quien se le enganchó el gatillo en una rama y al querer arrancarlo de un tirón se disparó y los perdigones le llevaron media cara, dejándole por un lado convertido en un espantajo, con un ojo menos y los negros surcos de hondas quemaduras.
-Pa mí que va llover… -se quejó la vieja-. Tengo como alfileres por tuito´l cuerpo. A ver, traime otra papa…
La joven se la alcanzó y la enferma la introdujo en el bolsillo, porque era creencia popular que la misma ayudaba a combatir los dolores reumáticos y que éstos iban cesando a medida que el tubérculo se secaba y se convertía en pellejo.
-Hacé nomá´l puchero… -dijo finalmente- yo vua armar un cigarro.
-¿Quiere que se lo arme yo? –se ofreció la muchacha.
-Grasia… Dejáme ni anque sea hacer mis visios. Ya bastante carga tenés con mis achaques.
Colocó sobre sus rodillas una madera lisa y, lentamente, empezó a extender sobre la misma una hoja de tabaco. Luego puso sobre ella finos y largos trozos para envolverlos apretadamente en la primera, haciendo rodar el rollo para que tuviera mayor consistencia, unió el borde con un poco de engrudo y con un cuchillo filoso cortó los extremos. Eduvigis, con su redondo vientre por delante, iba y venía arreglando la cama, avivando el fuego, echando verduras en la olla y arrojando inquietas miradas a la linde del monte por donde debía regresar su marido.
***
Los loros hacia rato habían cesado su disonante algarabía. Sólo seguían vibrantes como nunca las chicharras y, de tiempo en tiempo, se oía el esquivo lamento del “crespín”.
El sol, en lo alto,bañaba de fuego el ambiente. El intenso calor arrojaba a los animales al ampara de la sombra y ni un ave turbaba con su vuelo el azul del firmamento.
-Tá tardando el Manuel… -exclamó Eduvigis, mientras levantaba la tapa de la olla y revolvía en su interior.
-Aura nomás ha de llegar –le contestó la vieja y arrojó al aire una bocanada de humo.
Enseguida agregó:
-Va a llover para la caída de la tarde. Toy que no puedo ma´e laj conyunturas…
En ese momento, por la estrecha picada del frente, Eduvigis vio aparecer el negro sombrero de Acevedo, con la escopeta cruzada sobre la espalda y llevando apoyado sobre el hombro un palo del cual pendían dos grandes pieles que se balanceaban con su andar.
Sin apartarse del fogón la mujer observaba la marcha del hombre y, cuando estuvo a unos pasos, divisó una mancha sangrienta en la camisa. Soltó la espumadera y corrió a su encuentro.
-Tás herido! –gritó- ¿Viste?... ¿Viste?...
-No te asustés, mujer –le contestó el marido con toda tranquilidad- Jué un chijetazo´e sangre que pisé al descuerar a unoj d´estoj bicho y me manchó.
Le entregó el arma y le pidió:
-Andá a colgarla y no ti asustés qu´está sin bala… Yo de mientra me vua a colocar loj cuero.
Marchó por detrás de la casa y siguió unos cuatrocientos metros hasta el lugar donde había hecho el “estaquiadero”. Lo tenía un poco lejos del rancho porque, a veces, “solían jeder muy fiero”.
Tendió las pieles que eran de una comadreja picaza y un gato montés, sobre la hierba, y als revisó concienzudamente, para librarlas hasta del menor rastro de grasa que pudiera haber quedado adherido. Luego las estaqueó cuidadosamente y volvió para el rancho. Venía silbando alegramente una polka paraguaya, cuando, de pronto, sintió un pinchazo en el tobillo izquierdo.
-Me habré ortigau o ha´e ser abrojo… pensó, pero el ruido de las hierbas al ser rozadas lo devolvieron a la realidad. Rápidamente sacó el cuchillo y lo bajó violentamente sobre el relámpago rojo que fugaba y sobre el verde de las hojas se agitaron los pedazos de una víbora, en cuyo vientre amarillento se veían los anillos púrpura y negro de una especie mortal.
Avanzó unos pasos y, de improviso, el paisaje empezó a enturbiarse. Se detuvo y se sacó el sudor que corría a raudales por el rostro.
-¡Eduvigis!... –gritó y siguió tambaleante-. Al grito apareció la mujer que, al verlo vacilante, echó a correr hacia él con el henchido vientre balanceándose.
-¡Manuel!... ¡Manuel!...-gritaba y seguía bajo el sol de fuego.
La madre, con una intuición terrible, dejó  la reposera, se asomó y, al verlos, vino también, tendidas hacia ellos sus manos sarmentosas.
-¡M´hijo!... ¡M´hijo!... ¿Qué le pasa?
Casi estaba por caer cuando llegaron las mujeres a sostenerlo y de sus labios resecos salió la voz tartamudeante.
-Me pi… picó… u… una co… ral…
Apoyándose en ambas llegaron al rancho y allí lo depositaron en el lecho. Olvidada de sus dolores y de sus años la vieja movía ágil e imperactiva.
-Hacé un té´e contrayerba –ordenó a la nuera. Luego levantó la pierna del pantalón y observó el tobillo que estaba hinchándose. Arrancó del cuello del hombre el pañuelo y lo anudó fuertemente un poco más arriba, luego con el facón hizo un tajo uniendo los dos puntitos dañinos y empezó a apretar para que saliese la sangre negra y espesa.
El hombre, ya inconsciente, deliraba balbuciendo nombres de personas y cosas olvidadas.
-¡Hola, don Segundo!... ¿Y la Rosita?
Don Segundo fue su primer patrón y hacía muchos años que había muerto. La mujer trajo presurosa la infusión y trataron de hacérsela beber, pero el líquido casi se perdió por completo, corriendo por entre las comisuras de los labios, ya que el doliente mantenía fuertemente cerradas las mandíbulas.
Ña Casiana puso su mano sobre la frente ardiente y ordenó:
-Vamoj a ponerl´n la cama y a llevarlo´l pueblo. Nu hay más que hacer.
-¿Y quién pa va a remar, mama? –preguntó la joven.
-Y nojotro, pue… -concluyó la vieja.
A cosra de grandes esfuerzos consiguieron llevarlo hasta la embarcación que estaba atada frente al rancho. Lo pusieron sentado al pie de la carga de cueros y, para resguardarlo del sol, tendieron una sábana que mantuvieron tensa con dos cañas.
Después, Eduvugis con su vientre abultado como un bombo y doña Casiana con sus manos de araña monstruosa, se pusieron a los remos.
El sol volcaba sus ardores inclemente, pero ellas seguían empeñosas en tanto de la boca del hombre escapaban palabras sin sentidos.
-¡Neique!... jabón… loj cuero… mañana… Itá-Ibeté…
Hora tras hora las dos mujeres se doblaron sobre los remos. Ríos de sudor corrían por sus rostros y el cansancio arrancábales suspiros y lamentos.
La vieja, sin embargo, con sus manos deformes y nudosas, era quien daba ánimos.
-Un poco má, Eduvigis… Un poco más que ya llegamo…
La correntada las tiraba río abajo, pero ellas, ampollándose las manos y sacando fuerzas de quién sabe qué reservas interiores, consiguieron atracar al pie del rústico desembarcadero en Capibara-Cué. Un pescador, al verlas, se apresuró a atar la cadena a la estaca y aseguró al bote. Doña Casiana dejó los remos y se asercó al hijo que estaba apoyado sobre la pila de cueros.
Tenía los ojos cerrados y un hilo de baba caía de la boca torcida.
La vieja le alzó un párpado y quedó un momento como petrificada al verel ojo inmóvil que miraba sin ver.
Luego lanzó un grito terrible, se arrojó sobre el cadáver y lo llenó de caricias con sus manos de araña mientras clamaba:
-¡M´hijo… hijito querido… mi Manuel!...
Al oírla acudieron unos hombres que le arrancaron de allí y la llevaron a la orilla.
Eduvigis bajó después y se sentó sobre una piedra. Estaba como atontada y terriblemente fatigada.
Vio como descendían el cuerpo yerto de su hombre y lo tendían sobre la hierba cubriéndolo con la sábana.
Pero, de pronto, se alzó y con una mano trémula señaló a una enorme mariposa oscura que saliendo de entre los cueros se elevó en el aire y se perdió volando lentamente sobre el río.
-La mari… -dijo y cayó desvanecida sobre la playa, sin oír los lamentos de la vieja que clavaban puñales de angustia en el pesado silencio de la siesta.
Velmiro Ayala Gauna

viernes, 27 de marzo de 2015

La soga

Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Estos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamanos, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.” 
La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor. 
Si alguien le pedía: 
—Toñito, préstame la soga. 
El muchacho invariablemente contestaba: 
—No. 
A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón. 
Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena. 
¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En lo barco, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua. 
La bautizo con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía. 
Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas. 
Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa. 
Así murió Toñito. Yo le vi, tendido, con los ojos abiertos. 
La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba. 
Silvina Ocampo