sábado, 23 de junio de 2018

Las montañas

Yo tengo la obsesión de las montañas,  
como un delirio inmenso de grandeza,
cuyas visiones pueblan mi cabeza
con sus cumbres fantásticas y extrañas;

en su falda vestida de marañas
descuella la inmortal naturaleza;

y llevan, como feto de belleza,
oro, fuego y carbón en las entrañas.

Por eso estos gigantes silenciosos
subyugan con sus cuerpos de colosos
cuya arteria es el cauce de un torrente ;

su voz, la formidable de los vientos;
y sus grandes y excelsos pensamientos,
las águilas que vuelan de su frente.

Ricardo Rojas
En Fuentes de vida de B.N.B. de Iacobucci y G.C. Iacobucci, 
p. 11

viernes, 22 de junio de 2018

El arado

Es la hora del trabajo. En la llanura
de una lívida blancura,
tiende el alba su luz pálida de ensueño,
como un velo vaporoso,
suavemente luminoso
extendido en las artísticas vaguedades de un diseño.

Y ya Ervar sueña y trabaja vigoroso
empuñando el timón fuerte del arado,
que arrastrado
por la yunta de robustos
bueyes marcha;
y Ervar sigue con su paso acompasado
mientras crujen sus pisadas en la escarcha;
en la escarcha que refleja palideces invernales
cuyos límpidos cristales
se asemejan, suspendidos
de las ramas taciturnas
de los frágiles arbustos,
a caireles desprendidos
por el vuelo de las horas en la fiesta de la sombra;
a caireles desprendidos de las lámparas nocturnas.

Ervar marcha por la alfombra
blanca y fría que el invierno desplegó para su danza.
Se abre el surco como un tajo
sobre el rostro de la pálida llanura,
que escarchada, se asemeja
a una página muy grande de poética blancura;
y parece que la reja
con sus surcos paralelos,
paralelamente iguales,
escribiera allí el poema de sus férvidos anhelos,
esculpiera allí un poema en estrofas inmortales.

Casa surco es como un verso,
como un verso en el que vibra la canción del universo,
el poema Germinal;
se abre un surco, que es un verso, y se entierra una armonía
y la tierra la fecunda, la convierte en poesía,
y alimenta con el jugo de su seno maternal.

Ervar canta:
“Noble arado, tú eres fuerte;
sí, más fuerte que la espada fratricida;
ésta mata, tú redimes;
tus conquistas son más grandes, más sublimes;
las cosechas de la espada son cosechas de la Muerte,
tus cosechas son las mieses opulentas de la Vida.

Si fulguran las espadas es que el odio las inflama,
y cuando odian se enrojecen
en los trágicos encuentros de la guerra;
y tú brillas, noble arado, y tus rejas resplandecen
como espejos que ha bruñido la caricia de la tierra:
de esa tierra que fecundas
con tu beso;
de esa tierra que te ama
porque sabe que en tus líneas paralelas y profundas
vas trazando la leyenda del progreso” 


Carlos Ortiz 
 Frente a la vida, pág. 59

El Libro

El chico está encerrado en una habitación. No está bajo llave, pero es como si lo estuviera.¿Qué hizo ese niño? Tiene la cara hinchada. Se aburre el chico. Afuera resuenan los corsos de pueblo. Ni se anima a abrir la ventana, no quiere ver la algarabía ajena. No por el contagio, no. Está en cuarentena. Está sentado en la cama. No hay nada divertido en esa habitación, ni siquiera lápiz y papel. Solo hay una repisa. Arriba de la cama, empotrada.
Estira la mano.
Ese chico fue traído al correntino pueblo de San Roque por su tío. Su tío Antonio había salido un tiempito atrás de la cárcel. Entraba y salía de la celda como quien vive en un hotel. Lo habían estafado y se comió ir adentro por firmar unos cheques. Pero todos lo querían al iluso Antonio, hasta que un día salió. Y al tiempo se metió en otra aventura comercial. Una heladería.
Entonces los padres del chico, llegados de Buenos Aires para pasar las vacaciones en otro pueblo, le cedieron al nene por dos meses para que ayude. Y el chico trabajó en la heladería. Veía hacerse esas cremas frías estiradas por la máquina, dando vueltas hasta lograr la consistencia, hasta que supo cómo hacerlo.
Después lo pusieron a vender también, para lo cual aprendió a llenar los vasitos y los cucuruchos con la terminación prolija. Sin embargo, durante las siestas, caminaba las calles de tierra con su caja de telgopor, gritando “¡helados!” en cada esquina.
Hasta que llegaron los corsos correntinos.
El tío armó puestos callejeros para vender helados de palito. Y serpentinas. Y papel picado. Y espuma. Para adornar la heladería y los caballetes de la calle, compró decenas de globos de tres colores. Y el chico fue el encargado de inflarlos a todos.
Al día siguiente tenía los costados de la cara hinchadísimos. No se quería ni mirar en el espejo. Sus ojos, naturalmente caídos, estaban más abajo aún. Le diagnosticaron paperas. Le dijeron al tío que había que aislarlo. Y encontró una pieza, en el caserón de un paisano árabe.
Allá fue el chico, lejos de la familia que ya había regresado a la Capital Federal, de sus hermanitos, de los helados, especialmente del de dulce de leche, lejos del yacaré atado en el baldío de la heladería, que tiraba dentelladas. De Nibal, el loco del pueblo y su júmper colorado. De jugar con el hijo de la viuda, la novia de su tío.
Y ahora, lejos de la gente que se tiraba agua y tomaba refrescos durante las noches de carnaval.
Su mano estirada advierte una pila de revistas. Las empuja hacia él y las deja caer. De todas formas quedan apiladitas sobre la cama. Son un montón de semanarios El Gráfico, con sus portadas de jugadores de fútbol. Refunfuña el chico: “Justo a mí que me gustan casi todas las revistas, encuentro unas que no me gustan”.
Porque El Gráfico le recuerda que son las únicas revistas que están sobre la mesada de la peluquería de Tomasito. Y él odia que le corten el pelo. Lo obliga su papá, quiere el pelo como lo tienen los soldados. Entonces él odia la peluquería. Y a Tomasito. Y a El Gráfico. Y al fútbol. No puede ni ver esas fotos de equipos y goles. No soporta siquiera las figuritas de jugadores. Así que, bufando, hace a un lado la pila de revistas; las tira al piso.
Mira sus pies, el chico. Mira la puerta. Mira la ventana. Escucha el jolgorio. Se palpa las hinchazones debajo de las orejas. No le duelen, y hasta le parece que se desinflaron un poco. Mira el techo. Mira la repisa. Estira la mano. Un libro. Con las hojas como serruchadas. Voluminoso. La tapa promete.
Una especie de guerrero, un castillo, un fantasma. Abre el libro. Y entonces todo el bullicio, los griteríos con tonada guaraní, las ganas de salir, todo se borra.
Días después lo revisa alguien con guardapolvos y se dan cuenta de que todo era una hinchazón por inflar demasiados globos, y lo liberan. Volverá a Buenos Aires y, ese año, en cuarto grado, se enamorará de una rubiecita que no le dará bola, pero de quien él, por veneración, averiguará cada detalle de su vida, y uno importante: es fanática de Boca.
Entonces él, que por tradición familiar era tibiamente de River, se hace de Boca. Y será fanático. Y fanático del fútbol. Pero antes de que todo esto ocurra lo liberan.
Se lleva su bolsito; y el libro.
La tapa es un dibujo que promete una novela de fantasía heroica, muy atractiva para la edad de ese chico, que no parará de leerlo una y otra vez en esa estancia pueblerina. Y que seguirá leyendo, en distintas ediciones por supuesto, durante cada estirón, y luego sin estirones y luego y luego y luego, hasta hoy.
Ese libro es Hamlet y, aparte de todo, es una historia muy divertida.
 Miguel Rep

jueves, 21 de junio de 2018

La higuera

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste…

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
-¡Hoy a mí me dijeron hermosa!



Juana de Ibarbourou
En Fuentes de vida de B.N.B. de Iacobucci y G.C. Iacobucci,
p. 226

El rey del trigo

Pasto puna, duro, tieso, ralo, amargo, blancuzco, insubstancial; paja cortadera de lindo aspecto, largas cintitas verdes elegantemente arqueadas, con sus penachos plateados hermosamente floridos, que da sombra y reparo contra los vientos fríos y los temporales, pero que no se puede comer; paja brava, verde como albahaca, en matas tupidas que convidan… ¡Cuidadito! ¡Que son alfileres!; paja de embarrar, linda, sí, para construir los ranchos de barro y para techarlos, pero pasto de poco valor, que sostiene sin mantener, y llena sin alimentar; y en los bajos, alguna gramilla rala, en manchoncitos, con otros pastos sabrosos y nutritivos, ¡pero en tan pequeña cantidad!, tales eran las riquezas de la pradera pampeana cuando llegó a la Argentina don Giuseppe. 
Lo mismo que Cristóbal Colón, había nacido en Génova, lo mismo que él pensaba encontrar, al salir de su tierra, un nuevo camino hacia la fortuna, pero tampoco pensaba descubrir un mundo. 
En la Argentina, empezó por ganarse la vida como pudo, y fue primero pinche de cocina en la fonda de un pueblo de campaña, posición social más bien humilde, trampolín imprevisto de tan prodigioso salto. Lavando platos, soñaba Giuseppe con otros horizontes que las cuatro paredes sucias de la ahumada cocina, y trepaba de peso en peso pacientemente hacia la independencia de sus anhelos. No sabía todavía lo que haría; por ahora había resuelto el arduo problema de la vida y se contentaba con comer… como cocinero novicio que ha pasado hambres. 
Una cosa, sin embargo -obscuro embrión de futuras iniciativas-, le llamaba la atención desde que estaba en la Argentina: en todas partes sobraba la carne; las raciones de carne eran de inverosímil abundancia; a pesar de las anteriores penurias, casi estaba harto ya de tanta carne; y, al contrario, siempre y en todas partes, sus patrones le habían mezquinado el pan y hasta la misma galleta como si hubiesen sido de oro. 
Era esa anomalía extraña, tema constante de sus conversaciones. Sus compañeros de trabajo, extranjeros todos, como él, se quejaban de esa alimentación puramente animal; el arroz era casi la sola «verdura» conocida en la casa donde trabajaban, fuera de algunos zapallos de invierno y de escasas papas traídas de la capital. 
Giuseppe tenía pocas ocasiones de conversar con los pasajeros que se alojaban en la fonda, porque su ocupación casi no le permitía salir de la cocina. Sin embargo, había tenido por un compatriota que trabajaba en el campo, cuidando ovejas, la explicación de lo que tanto hacía escasear el pan. El trigo, aseguraba, no se producía en la Argentina; lo traían de Europa, de los Estados Unidos y de Chile. Venía, sobre todo, mucha harina de esos países. Decían que en ciertas partes empezaban a sembrar trigo, en el Baradero y en Chivilcoy, por ejemplo; pero no daba tanto como las ovejas. Era éste un país de pastoreo, y eso de sembrar tenía que ser un engaño, pues nadie sembraba. 
Giuseppe quedó muy pensativo. Esto de tener tanta tierra y de no sembrar trigo siquiera para el consumo le pareció una enormidad. Cuando supo que el trigo costaba hasta diez pesos oro la fanega y que una legua de campo de dos mil setecientas hectáreas apenas valía de diez a doce mil pesos oro, aunque no fuera el pobre muy instruido, llegó a calcular cosas que le parecieron estupendas. 
Pensó que si se concretaban todos a criar vacas y ovejas no era tanto por el producto que les daban, sino por falta de brazos, y sobre todo, por amor a la buena vida sin trabajo del pastor. 
Se prometió hacer la prueba cuando sus primeros ahorros le permitieran emanciparse; lo que no tardó mucho, pues el valor de la tierra era tan ínfimo que la municipalidad vendía chacras por muy poca plata y pagaderas en varios años. Tan poco costaban, que casi nadie hacía diferencia entre los lotes buenos, los mediocres y los malos. Giuseppe, que más o menos sabía lo que era tierra, eligió de lo bueno y desde el primer día calculó que esta tierra debía de dar trigo magnífico y en abundancia. 
Para conseguir semilla, fue todo un trabajo. En el pueblito no había más que un panadero que recibía directamente la harina de la capital, quedando como a diez leguas todavía la estación más próxima de ferrocarril. Asimismo, y pagando Giuseppe adelantado el importe de lo que quería, acabó por recibir algunas bolsas de trigo. 
Era un trigo regular, no más; no muy elegido, ni muy limpio, ni muy sano, eso sí, muy caro; pero, por fin, era trigo y Giuseppe, con su aradito de mala muerte había empezado a abrir surcos en la chacra. 
Cuando los vecinos vieron que sembraba trigo, no faltaron comentarios. 
«Miren: venir a sembrar trigo a cien leguas de Buenos Aires, cuando nadie en tanto trecho lo había hecho. No saldría el trigo; y si sale, ¿qué va a hacer con él? ni una tahona hay en el pueblo, ni a veinte leguas alrededor. Y ¿para qué se necesita tanto pan, teniendo tanta carne? En fin, déjenlo, no más, que siembre; cada uno en este mundo tiene su locura». 
Pero ésa sí era locura, pues con su platita hubiera hecho mucho mejor en comprar una majada. 
Giuseppe siguió arando todo lo que pudo y sembró, un poco ralo para aumentar la extensión, hasta el último grano de su semilla. Empezaron pronto a asomar las hojitas verdes, bien débiles, por supuesto, y delgaditas; y muchos de los vecinos, la casi totalidad, que nunca habían visto trigo, pensaron que la primera helada iba a secar ese pobre yuyito. No fue así; cayeron heladas terribles sin hacerle absolutamente nada; dejaba un poco de crecer, pero con el menor aguacero ya volvía a retoñar y a tupirse. 
Ahora el campito estaba verde esmeralda, parejo, lindo. Y por la orilla, cuando pasaba algún gaucho con su tropilla, se ponía un rato al tranco, y todos los mancarrones se apuraban en probar el pastito fresco; hasta que Giuseppe, renegando, acudía presuroso, blandiendo alguna herramienta, siguiendo con ademán amenazador y palabras fuertes al jinete ya distante. 
Empezó a espigar el trigal, y los vecinos a curiosear; ya se iba formando esa atmósfera suave, primaveral, alabadora del éxito asegurado. Unos ahora ponderaban hasta la exageración la fortuna que le iba a caer a Giuseppe con esa cosecha, y si bien algunos envidiosos todavía predecían con sonrisas malévolas mil desastres, las heladas tardías, la piedra, el desgranamiento anticipado, la sequía, las lluvias torrenciales, la falta de brazos para la cosecha, el poco valor del trigo, y hasta la langosta todavía a quinientas leguas, la mayoría se extasiaba ante estos millones de tallitos coronados de espigas verdonas y gruesas que suavemente, como las olas del río, ondulaban al soplo del viento. 
Giuseppe gozaba; se hinchaba de orgullo, triunfaba. Aceptaba con dignidad las felicitaciones, despreciaba las críticas. Más que todo esto valía la vista del trigal amarillento ya y doblándose bajo su carga de grano. 
El genovés había descubierto un mundo: la tierra de la Argentina tanto valía para sembrar trigo como cualquier otra, y esta seguridad era para él un horizonte sin límites de riqueza. 
No fue del todo fácil la cosecha. Ninguna casa de Buenos Aires tenía todavía máquinas de segar trigo, ni siquiera para muestra: Giuseppe tuvo que hacer la siega a pura guadaña y hoz. 
No encontraba sino muy escasos peones para ese trabajo que nadie sabía hacer, fuera de unos pocos extranjeros y algunos provincianos. Hizo la trilla con yeguas, a lo criollo, y por fin tuvo en bolsas su cosecha. 
Pero ¿quién se la iba a comprar? No había molino ni tahona en ninguna parte. A pesar de ser los fletes carísimos se dicidió por cargar la mitad de su trigo para Buenos Aires, reservando para semilla la otra mitad, y él mismo se fue para la capital. 
-«¡Trigo del país! -decía un hacendado criollo, -¿qué va a valer?» 
Por supuesto, valió bastante menos que el chileno y el de Norte América; se comprende, no siendo «importado»; pero asimismo consiguió Giuseppe ocho pesos oro por fanega, doscientos pesos papel de la antigua moneda, y volvió a sus pagos, no sólo con el tirador repleto, sino también con crédito, y con la promesa de recibir máquinas segadoras y una trilladora a vapor para la cosecha próxima, con todo lo que necesitara. Desde luego se traía una docena de arados dobles, toda una novedad. Giuseppe empleó parte de su dinero en comprar todas las chacras que pudo y el resto en animales y aperos, y conchabando peones, empezó a romper tierra por todas partes. Sembró una gran extensión, más de mil hectáreas, y si no sembró más, fue por habérsele acabado la semilla. 
Lo más lindo era que no solamente ya nadie lo criticaba, sino que muchos hubiesen deseado imitarlo; pero entre pensar y hacer hay un mundo, y entre querer y poder hoy otro. Giuseppe era hombre de pocos medios, y como tal, no pensaba en cosas complicadas: y como sembrar trigo en tierra virgen no era problema difícil, pensar y hacer habían sido para él casi simultáneos. Los obstáculos a cosa tan sencilla no podían ser sino sencillos y los había atacado de frente con convicción ingenua y una fe en el éxito, tan grande que se lo tenía que dar. 
Se había presentado con una confianza de millonario en la casa más poderosa de la capital y el diálogo había sido breve: 
-«Señor -dijo-, necesitaría arados, atadoras, una trilladora, hilo y bolsas para la primavera próxima». 
-«¿Piensa usted sembrar trigo?» 
-«Sí, señor». 
-«Tiene usted capital o garantía?» 
-«Tengo algunas chacras en las cuales he cosechado trigo este año por la primera vez. Ahí tiene usted la muestra». 
Y esto había bastado para que el negociante viera también él, abrirse para su casa todo un horizonte nuevo. Tomó algunos datos, supo quién era Giuseppe y lo que había hecho, y comprendió que ayudar a semejante hombre, más que arriesgar era colocar dinero a fuerte interés. 
Los vecinos de Giuseppe fueron todavía este año, simples espectadores de su asombroso éxito. El año no fue tan propicio como el anterior, pero el área sembrada era tanta, que gracias a las máquinas que le facilitaron la cosecha, se encontró ya con una verdadera fortunita. 
A pesar de las ofertas que de varias partes le hicieron, no quiso vender el trigo. Propuso a todos sus vecinos facilitar simiente a quien quisiera sembrar sus chacras, prometiéndoles máquinas, bolsas, etc., para la cosecha. Muchos aceptaron y Giuseppe, ayudado por su crédito creciente, se volvió proveedor y banquero de todos ellos. 
Edificó un molino antes de la cosecha, aprovechando la corriente del arroyo que orillaba el pueblito, y cuando llegó la cosecha, adelantó a todos dinero para los gastos, vendiéndoles máquinas, bolsas, animales, provisiones, la mar y comprándoles el trigo, barato, ganando con las dos manos ¡Ah! genovés diablo. 
¿Y ahora? con toda esa plata, ¿qué hacemos? Comprar tierra. Y compró tierra a más no poder y, sin perder un día, la hizo arar, y cruzar, y sembrar; y donde años antes no se veía más que un pasto puna, cortadera, paja brava y paja de embarrar, hoy se extiende hasta horizontes sin límites el océano verde del trigo que crece o el océano dorado del trigo maduro, y las mismas brillazones han cambiado de color. 
Giuseppe se ha vuelto opulento. Sus campos son inmensos; en todas partes posee molinos perfeccionados que automáticamente devuelven en harina bien clasificada los trigos que recibieron. Pero no es éste el gran milagro. 
El gran milagro ha sido que el solo ejemplo de este hombre humilde, venido a la Argentina con sus dos brazos por todo capital, ha cambiado en pocos años el poder productivo de todo el país, de tal modo que, en vez de comprar a otros a peso de oro el trigo que necesitaba para su consumo, hoy desparrama la Argentina en el orbe entero, por millones de toneladas, el grano que, más que la carne, apetece la humanidad. 

Godofredo Daireaux
De Los milagros de la Argentina