lunes, 6 de agosto de 2018

Don Frutos Gómez, el comisario... (VI)

El sol brillaba, enorme y despiadado, en el cielo sin nubes y sus rayos arrancaban cegadores reflejos a las aguas del Paraná, amustiaban las hojas de los árboles y despojaban de su fresco verdor a las hierbas del campo. La mayoría de la gente estaba entregada al descanso de la siesta y solo un puñado de pilluelos, tras de haberse bañado en el río, ascendía, inquieto y algarero, por el abrupto camino de la barranca rumbo a un monte cercano abundoso en frutos silvestres.
Casi todos ellos iban descalzos o con deshilachadas alpargatas, pero la curtida piel de sus extremidades no sufría por el contacto con las espinas o las asperezas del sendero. Llegados al punto de destino, pronto se desparramaron entre los árboles en busca del agridulce ubajay, del exquisito ñangapirí, del sabroso guapurú o del dulcísimo arachichú. Sus gritos iban como monos sonoros saltando de rama en rama, resbalando por los troncos o corriendo por entre las mal dibujadas sendas.
—¡Poli!… Vení a ver qué lindo guapurús…
—¡Pancho!… ¡Pepe!… ¡Carmelo!… ¡Acérquense pa este lao onde hay un guayabal’e mi flor!…
—¡Ejame tranquilo Meterio que m’estoy empachando’e ñangapirises!… —respondía alguno, pero los demás seguían en sus andanzas sin prestar atención a las solicitudes.
Críspulo, uno de los más pequeños, con la boca y las mejillas teñidas con los tintes de los frutales y los húmedos cabellos revueltos se descolgó ágilmente de la planta donde se había alojado y se abrió paso por entre la crecida vegetación para proseguir su búsqueda cuando vio a la niña.
Estaba en una especie de claro del monte, acostada como si durmiera. La leve brisa jugaba con sus cabellos rubios y los volteaba sobre el rostro infantil, pero, con todo, se podía apreciar la tez lechosa y los rojos y pulposos labios de la pequeña boca extrañamente abierta.
—¡Marieta! —se dijo el muchachuelo reconociendo a la hija de don Giusepe, el herrero, y se acercó de puntillas para despertarla sorpresivamente y gozarse en su asombro.
Pero, al estar más próximo, vio que los lindos ojos azules estaban fijos aunque un rayo de sol caía sobre uno de ellos, le extrañó la posición de las manos, rígidas y crispadas, sobre el pecho núbil que no alentaba y un terror súbito, que le vino desde el fondo del instinto, le hizo lanzar un angustioso alarido que reunió al momento, a su alrededor, a la infantil pandilla.
—¡Allí!… ¡Marieta!… —exclamó sollozante.
El tono de su voz y la imperturbabilidad de la yacente hicieron adivinar a los recién llegados la presencia intangible pero ominosa de la Muerte. Uno, más audaz, quiso acercarse para tomarle el pulso, pero Policarpo, el mayor, lo contuvo aferrándolo del brazo mientras decía:
—¡Dejala como está!… Vamos a avisarle a don Frutos, el comesario…
—¡Vamos! —corearon todos y se lanzaron hacia el camino del pueblo con su fatídico mensaje.
Pero Críspulo no pudo seguirlos. Acercándose a un árbol empezó a vomitar y entre Pancho y Emeterio tuvieron que llevarlo a su casa.

Felizmente don Frutos, el oficial Arzásola, el cabo Leiva y los agentes fueron los primeros en llegar al lugar porque enseguida la noticia se desparramó por el pueblo y todo Capiraba-Cué acudió al sitio del suceso con su piedad y su indignación.
Leiva y sus hombres debieron efectuar ingentes esfuerzos para evitar que los curiosos penetraran hasta el claro del monte donde estaba el cadáver de Marieta.
—Frente a infamias como estas, uno lamenta que entre nosotros no exista la pena de muerte… —se lamentaba Arzásola—. Tenemos que encontrar al culpable para darle su castigo.
—Sí, pero no lo vas a hallar si te quedás ahí como embobau —le replicó su superior cuyos ojillos recorrían incansables el contorno en busca de rastros.
—El monstruo la sorprendió, la atacó y la estranguló para acallar sus gritos. Vea en el cuello la marca de los dedos… Sería algún forastero que, al pasar por el camino, la vio entrar en el monte y la siguió.
—¡No!… No era d’ajuera —le respondió don Frutos que observaba una rústica cestita donde la niña había recogido sus frutos—. Buscá a ver si encontrás algo, pues…
—¿Y qué vamos a encontrar aquí? En este pasto y entre hojas no quedan huellas… No ha dejado ni una seña, ni un simple rastro…
—Algunos dejó m’hijo… Y aura vua a llevar el cadáver al padre si vos no te oponés…
Avergonzado de su ineficiencia el oficial ya iba a asentir cuando, invadido por una súbita inspiración, pidió:
—¡Un momento, don Frutos!… Déjeme revisarle las manos, a lo mejor…
—Hasete el gusto, pero no creo que vayás a encuentrar nada’e valor…
Arzásola sacó dos papelitos de armar cigarrillos y con la ayuda de un cortaplumas fue limpiando las uñitas y recogiendo las pequeñas partículas que caían.
Luego el comisario alzó en sus brazos a la chiquilla inerte y la llevó hasta el camino, donde Leiva y unos vecinos apenas si podían contener a don Giusepe que pugnaba por ir en busca de los restos de su hija.
El padre al ver a la criatura lanzó un tremendo gemido, luego al recibirla, la estrechó contra el pecho y la besaba sin consuelo. Después, con los brazos tendidos como si llevara en ellos un manojo de lirios, fue por en medio de la calle rumbo al hogar, bajo el sol inclemente.
Detrás seguían los hombres con el sombrero en la mano y, poco a poco, las mujeres se fueron uniendo al cortejo. De pronto una vieja inició el rezo:
—Padre nuestro que estás en los cielos…
Despreciando toda ayuda el padre seguía marchando con la pequeña en brazos y la rubia cabellera flotante resplandecía como oro bajo el castigo implacable del sol de la siesta.

Don Frutos, Arzásola y Leiva volvieron al lugar a seguir sus investigaciones.
—Me se hase —apuntó Leiva— que al que hiso la fechuría no lo vamoj a agarrar… Naides tiene de haberlo visto porque a estas horas tuitos duermen la siesta…
—Creo lo mismo —señaló el oficial— y además no ha dejado el menor rastro…
—No vayás a creer… —le retrucó don Frutos—. Ya algunas cositas sé y laj otras las veré de buscar…
—¿Qué sabe, por ejemplo?… —inquirió Arzásola.
—Pérate… vamoj a recorrer un poco’l camino por si hay alguna siñal’e caballo atau…
Salieron del monte y fueron arriba y abajo de la senda por algunos centenares de metros observando el suelo polvoroso sin encontrar lo que buscaban.
—D’haber estau algún animal a la espera habiera dejau el lugar enllenito ‘e pisadas, porque habiese tenido que moverse mucho pa librarse’e los tábanos y laj moscas.
—¡Ajá! —afirmó Leiva.
Retornaron al punto de partida y mostrando el canastito con las frutas, siguió el comisario:
—Mirá… ahí estaba’l cuerpo’e la probresita, n’el medio’l cestito y aquí donde están esos yuyos machucaus estaba’l hombre sentao sobre los talones, lo que maj me afirma en mi creensia que vino a pie, porque pa sentarse así no debía tener espuelas…
—¿Y qué deduce de eso?…
—Si el hombre vino andando, es del pueulo y tiene que ser así en de no Marieta no se habiera puesto a comer sus frutas con un desconosido… Tenía que ser amigo o algún vesino pa que teniera esa confiansa…
—¡Ajá! —volvió a afirmar Leiva.
—L’hombre la esperó aquí y le pidió lo convidara con lo que traía. La pobresita asetó y ahí estuvieron comiendo y conversando. Allí quedaron laj semillas que tiraba ella, y ahí laj d’el. De pronto él se le jué ensima y como ella haberá empesau a gritar l’apretó el cuello y siguió y siguió hasta que la mató…
—¡Bestia!… —rugió Arzásola indignado.
—Luego al verla muerta, se asustó y se escapó pa’l pueulo. Esoj yuyos torsidos que estaban junto ande encuentramoj el cuerpito indican que dio güelta al talón pa cambiar’e rumbo… Aura, Leiva, ponete sobre los talones n’ese lugar y comé algunos guapuruses…
El cabo así lo hizo y arrojaba las semillas a un costado.
—Güeno… basta… L’hombre es maj petiso que vos…
—Eso es adivinanza… —deslizó el oficial.
—No m’hijo. No ves que Leiva dejaba caer los carosos maj lejos. Eso quiere desir que l’otro hombre tenía loj brazos maj cortos por ser maj retacón, pero enseguida vamoj a salir’e dudas…
Observó bien y midió cierta distancia con dos pasos y una cuarta.
—Debe andar por ensima’e loj uno y sincuenta, pero no mucho maj porque al tirársele arriba tienen que haber quedau cabesa a cabesa y dende tenía la punta’e los pieses hasta ande l’apretó el cuello, que se ve bien porque el pasto está más achatau, hay maj o meno esa medida.
Carraspeó y luego dijo dirigiéndose al oficial:
—¿Y vos encuentraste algo m’hijo?…
—Nada por el momento, pero vayamos a la comisaría que puede ser que pueda añadir algo…
Una vez en el local policial Arzásola buscó una poderosa lupa que poseía, único resto del equipo científico con que se hubo provisto en sus comienzos y que hubo de dejar a un lado ante la carencia de gabinete y otras comodidades en esa modesta población, donde ni siquiera se tenían en cuenta las impresiones digitales por falta de archivos y medios de obtenerlas.
Ante la expectación general sacó los papelitos que había guardado celosamente y observó con la lente los residuos extraídos.
—¿Y?… —solicitó don Frutos— ¿Ves algo?…
Hurgó con ayuda de una pluma de acero y extrajo algo que parecía un pedacito minúsculo de papel.
—¡Mire, don Frutos…! ¡Es un trozo de piel!… Marieta en su desesperación debe haber arañado a su agresor. Tiene dos pelitos negros de manera que el hombre debe ser moreno.
—Dejame ver, muchacho —se entusiasmó el comisario—. Cierto… Se ve patente que es un pellejo…
—Eso lo retiré de la mano izquierda —prosiguió el oficial—, así que el asesino debe tener el rasguño en el lado derecho de la cara o en el cuello, porque estos pelitos cortos son de la barba o de la nuca…
—Morocho, de poco maj’e un metro y medio… amigo o muy conocido’e la familia y con un rasjuño en la cara o n’el cogote… —sintetizó el jefe—. Con esoj datos me se hase que no se va a dir muy lejos.
Y así fue, el tercer sospechoso citado a declarar fue Ulpiano Britos, que hasta hacía meses se había desempeñado como ayudante de don Giusepe en la herrería.
—Yo nicó estuve durmiendo toda la siesta y me enteré del hecho cuando ya la traían —alegó en su descargo.
Don Frutos se le acercó disimuladamente y de golpe le retiró el pañuelo del cuello dejando al descubierto sobre el mismo el rasguño delator.
—¿Y esto?… ¿Cómo te hisiste? —le urgió.
—Me habré rascau, pues, y me arañé solo.
—No, Ulpiano —dijo fríamente su interlocutor y se veía que luchaba por contener su cólera—. Eso te lo hiso la Marieta al defenderse. Ahí n’ese papel está el pellejo que te falta y que se lo sacamos’e laj uñitas’e la inosente.
—¡Mentira!… ¡Mentira!… ¡Yo no fui! —se defendió el otro.
Leiva salió del rincón donde estaba y pidió:
—Don Frutos… ¿Me deja a mí que lo haga reclarar?…
El funcionario insistió ante el preso:
—¿Vas a riclarar, Ulpiano?…
—¡No!… ¡Yo no fui!…
—Güeno, metelo n’el calaboso y hasete el gusto —accedió el comisario.
Arzásola, que vio como el cabo descolgaba de la pared el látigo de cuero de carpincho, tuvo un escrúpulo de conciencia.
—¡Pero, don Frutos!… Eso no se puede…
El viejo lo tomó del brazo y condujo hacia la puerta mientras le decía, con un tono nostálgico en la voz:
—¿Ricordás como era linda y güena, Marieta?… Pa las navidades siempren la sabían vestir e’ virgen pa ponerla n’el pesebre’e la inglesia y aura…
Un grito de dolor llegó desde adentro y el comisario continuó:
—Era nicó l’única hija’e don Giusepe… Tenía loj ojitos asules mesmo como’l cielo y una sonrisa linda que a naides mezquinaba… ¿Y allá n’el monte la viste como quedó la pobresita?… Pero… ¿estás sordo que no oís lo que te digo?…
Otro grito de dolor vino desde el calabozo y Arzásola, secándose una lágrima, exclamó:
—Sí, don Frutos… estoy sordo… sordo… y no oigo nada… completamente nada…
Luego de lo cual salió a la calle y se echó a andar rumbo a la casa de Marieta dando grandes zancadas.

domingo, 5 de agosto de 2018

Don Frutos Gómez, el comisario... (V)

Los días pasaron y el panorama educacional fue cambiando lenta, pero no por ello menos favorablemente. El edificio se ofrecía luciente y níveo gracias a la mano de cal que le dio Clímaco Barrientos y, a poco, el comedor escolar fue agregando al locro tradicional otros platos hechos con la base de las legumbres que le ofrecía el huerto establecido en el antiguo patio de don Liborio, que ya debía descansar en paz pues dejaron de verse las temidas luces malas.
Con el producto de lo recaudado en la reunión inicial se mandaron a arreglar los bancos destartalados y se compraron diversos elementos entre los que figuraba un gran pizarrón.
También se dotó de guardapolvos o delantales a los niños más necesitados y con ello el perdido interés por la enseñanza pareció renacer nuevamente.
—Yo no sé cómo agradecerles —decía una tarde la maestra y directora a don Frutos y al capitán Giménez. Gracias a ustedes dos he conseguido que alumnos que hace tiempo habían desertado volviesen al aula y que la asistencia se mantenga en buen promedio.
—Lo mejor —dijo Giménez— es que ya he visto q’ algunos de los niños han empezado a hacer huertecillas en el fondo de sus casas…
—¡Claro! Con las plantitas que se llevan medio a escuendida’e la grande —dijo don Frutos y se mesó la barbilla.
Nélida los miró sonriente y replicó:
—¡Buenos están ustedes para reprochar a mis pobres «cunumicitos» esos pecadillos que hacen urgidos por la necesidad!… El presidente de la Cooperadora organizando a mis espaldas una «tabeada» para recolectar fondos…
—¡No me diga! —fingió escandalizarse el comisario.
—Y usted, engañando a los pobres vecinos con el cuento del tesoro escondido para que le removieran el terreno que pensaba dedicar para huerta escolar.
—Y eso no es nada —añadió el capitán y se echó para atrás en la silla donde se hallaba sentado—. ¿A que no sabe por qué todos los estancieros de la zona respondieron a nuestro pedido y mandan periódicamente su contribución de carne para el «Comedor»?…
—Porque son gente buena, porque comprenden la labor humanitaria que la Cooperadora realiza y porque quieren ayudar a los necesitados…
—¡Ahí está!… —saltó don Frutos—. Tuitos lo hacen’e güen corazón nomás y cierre el pico…
—Perdone, señorita, pero usted parece haber olvidado al Evangelio…
—¡Yo!…
—Sí, porque en una de sus partes dice, por boca del Divino Maestro: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos».
—Sí, pero los tiempos han cambiado…
—Podrán haber cambiado tiempos y costumbres, pero lo mismo sigue duro el corazón del egoísta. ¿Acaso ellos no se dieron cuenta antes de la miseria de estos pobres chicos? ¿Cree que fue usté la que les abrió los ojos?
—Simplemente discuido, pero ¡ahí tiene cómo bastó una amable solicitud para que todos respondieran…!
—Vamos, Capitán, se está haciendo tarde —manifestó don Frutos y se incorporó.
—No, señor, primero deseo que esta jovencita aprenda algo de la dureza de la vida… Fue don Frutos el que los obligó…
—Yo no obligo a naides, che capitán…
—¡Es absurdo! No puedo creer que don Frutos sea arbitrario.
—Es que hay maneras y maneras…
—Vamos che capitán… —siguió insistiendo el viejo.
—Antes quiero que esto se aclare —manifestó la maestra y se puso frente al ex militar con los brazos en jarra—. No aceptaré nada más si no es bien habido.
—Por eso no se apure, que todo es legal.
—¿Entonces?
—Pues que su amigo el comisario, cuando hay algún estanciero remiso, no se preocupa que los cuatreros hagan de las suyas en sus campos…
—Es que tengo muy poca gente pa vigilar a tuitos loj establecimiento ‘e la zona… —se defendió el funcionario.
—¿Y los otros no protestan?
—¡Claro que lo hacen! Vienen furiosos, pero su amigo, agarrándose la barbita les dice muy suavecito: «Tiene razón, señor, pero mi personal es muy escaso…». «¿Y cómo le alcanza para vigilar los otros campos?» —replican y él, siempre paciente les dice—: «El caso es que esos mandan carne para el comedor de la escuela y cuando los chicos o los padres ven gente extraña vienen y me avisan. ¡Son de agradecidos estos chicos!».
—Y la verdá es que loj pobrecitos son muy agradecidos —interrumpió don Frutos.
—Entonces los otros se dan cuenta que si no contribuyen no tendrán protección contra los cuatreros que se vienen como moscas desde los esteros cuando ven alguna oportunidad…
—¡Y yo que creía que lo hacían de generosos! —se sonrojó ella.
—Lo que importa es que loj muchachitos tengan qué comer y que no se haga nada ilegal —acotó don Frutos y llegando a la puerta añadió—: Y aura si el capitán quiere quedarse que se quede, yo me tengo que dir…
—No, si ya voy con usted —manifestó el militar y despidiéndose de la maestra se puso a su lado y salieron.
La maestra los vio alejarse y quedó pensando en sus extrañas psicologías, en la bondad de sus almas y en los medios curiosos que tenían para lograr sus fines.

Tocado con una boina negra y vestido con ropas de paisano el forastero descendió del caballo, que tenía los ijares blancos de sudor, lo ató al palenque del almacén y ya iba a penetrar en el negocio cuando vio acercarse a Ojeda, el asistente del capitán Giménez y, rápidamente, fue hacia él.
Don Frutos que, apoyado en el mostrador conversaba con don Pedro, el dueño del boliche, lo siguió con la mirada con mucho interés.
—¿Quién será?… —preguntó al dueño—. De por estos lados no es…
—¡Ajá!… —asintió el comisario y continuó con su observación.
Ojeda divisó al forastero y debió reconocerlo porque apresuró el paso para venir a su encuentro. En su precipitación pareció tropezar porque casi cayó, arrodillándose, y se tomó de la mano del otro que, con gesto enérgico lo levantó y palmeándolo vigorosamente en la espalda, lo llevó a lo largo de la calle conversando con él.
—Debe ser un paraguayo porque lo conoce a Ojeda —expresó el almacenero—, en fija lo viene a buscar al capitán…
—Tal vez —le contestó el comisario y dejó el negocio yendo para el local policial, pero una profunda arruga marcaba en su frente la preocupación que lo invadía.
Esa noche cuando el paraguayo, como acostumbraba a hacerlo habitualmente, llegó hasta la comisaría para pasar la velada conversando con el oficial sobre temas literarios o de los acontecimientos internacionales que no les merecían interés a los demás capibarenses, se encontró con don Frutos.
—¿Y Arzásola? —preguntó—. ¿No le corresponde hoy estar de guardia?
—Sí, pero lo mandé a hacer la ronda en mi lugar…
—Muy bien, lo esperaré…
—Mientras tanto poderemos haular un rato… ¿No le parece?
—Como usted guste, don Frutos —accedió el ex militar, pero algo en las maneras de su interlocutor le hizo poner en guardia.
—¿Trujo güenas noticias el cura revolucionario? —dijo de pronto.
—¡Cura!… ¿Qué cura? — replicó Giménez…
—El que llegó esta mañana, cerca’l mediodía y lo jué a buscar en compañía’e Ojeda…
El rostro honesto del capitán testimonió la tormenta de pasiones que bullía en su interior, pero, finalmente, concedió:
—Ha sido usted tan bueno y leal conmigo que no puedo engañarlo… Efectivamente, hoy, vino un emisario de nuestra junta en Buenos Aires, pero… ¿cómo supo que era un sacerdote si vestía de civil?
—Porque lo estuve vigilando y oservé que Ojeda, cuando lo vido, se quiso arrodillar y besarle l’anillo como hacen nojotros paisanos con loj curas y anque se lo impidió yo le adiviné l’intención…
—A usted nada se le escapa, don Frutos…
—Es mi obligación… Además me informaron, hace un tiempo, que estuviera con loj ojos abiertos porque había un fraile que quería pasarse al otro lau pa
tratar’e hacerle bochinche a loj’el Gobierno…
—En realidad sabiendo la confianza que usted me dispensa y la libertad con
que me muevo vino a ver si lo podía ayudar para ir a la patria. Cree que al llegar
allá el pueblo se va a alzar en favor de sus ideales…
—O lo van a poner contra una paré pa pegarle cuatro tiros…
—No lo creo, si vivo es peligroso convertirlo en mártir lo sería mucho más…
—Si usté quisiera en una canoa chiquita en menoj’e tres horas estarían.
—Es verdad.
—¿Cuándo van?
—No nos vamos, don Frutos… Él ya se volvió para la Capital. Pienso que ahora
va a intentar algo por el lado de Clorinda.
—¡Hum!… Si se puede saber… ¿qué lo ató a Capibara-Cué, che capitán?… ¿Jueron
loj lindos ojos’e la maistra?… Porque no creo que haiga sido falta’e coraje.
—Sin embargo me faltó valor para hacerlo.
—No puedo creerlo.
Suspiró el paraguayo y prosiguió:
—Me faltó valor para faltar a la palabra que le diera cuando le pedí asilo… No se olvide que estoy bajo su responsabilidad…
Lo miró intensamente el viejo y preguntó:
—Me interesaría saber de qué partido es: ¿Colorau?… ¿Liberal?… ¿Febrerista?… ¿O trabaja por su cuenta?
Giménez empezó a pasearse de arriba a abajo por la sala mientras hablaba.
—Antes pude tener una divisa que me separara de los demás, pero, ahora, que estoy en tierra ajena soy solamente un paraguayo… ¡nada más!… Un paraguayo que se duele de la miseria, del atraso, de las luchas intestinas y del odio que divide a sus hermanos. Ahora soy solo un paraguayo triste que quisiera volver a trabajar, aunque sea con la pala o el pico, para devolver a mi tierra el poderío que antes poseyó y que ha perdido, para que así tenga el lugar que merece entre las naciones de América…
—¿Y con tuito eso no se decidió a quebrantar la promesa que le hizo a este infeliz comesario’e campaña?… Yo no sé si hubiera sido capá de lo mesmo en un caso ansina…
—Usted hubiera procedido igual, don Frutos… Quien no mantiene su palabra, carece de honor y un hombre sin honor no puede ser buen patriota… Y ahora, discúlpeme, pero me voy a ir a casa… Dígale al oficial que mañana vendré a acompañarlo… Hoy no podría…
Salió con paso marcial, la frente en alto y los ojos brillantes para perderse en las sombras de las calles desiertas.

Hubo un ladrido de perros a la distancia y, luego, conducido por Arzásola y el cabo Leiva vino Gerundio Yañez en completo estado de ebriedad, barbotando maldiciones y tratando de desasirse de los policías.
—Ya lo estaba estrañando —dijo don Frutos al verlo—. Llevenlón al calabozo. Este es como cobrador, siempre cae pa los primeros días’el mes…
En seguida retornó el oficial y explicó:
—Le dio una paliza bárbara a la mujer y después la echó de la pieza para que durmiera en el patio. Oímos los gritos y acudimos… Ella lo denunció y pidió que lo tengamos preso si es posible para toda la vida…
—Cosas’e siempre, che oficial…
—Yo creo que esta vez al hombre se le fue la mano y ella no está dispuesta a perdonarlo. ¿Empiezo a labrar el sumario?
—Dejalo mejor pa mañana… ¿Quién te dice que no se arrepienta y luego retire l’acusación?
—No lo creo posible, pero si usted lo dispone así…
—Es que yo conozco a mi gente, che oficial… Ellos tienen sus leyes no escritas y las rispetan…
—¿Qué leyes, comisario?
—Pues que el hombre debe’e mostrar que manda’n la casa y pa ello no encuentra nada mejor que bajarle a la compañera una tanda’e palos…
—¿Aunque ella no le dé motivos?
—Aunque no se los dé, pero pa mantener la jerarquía, pues…
—Son cosas de salvajes…
—Serán, no te lo discuto, pero pa ellos es la base’e su felicidá. Dispués…
—¿Hay algo más?
—Sí, cuando l’hombre no le da unoj palos’e ves en cuando a la mujer esta se imagina que ya dejó’e quererla…
—Eso es absurdo…
—Puede ser, pero ricordá que hay un rifrán que no loj inventaron ellos sino lo trujeron loj españoles que dice «Quien bien te quiere, te hará llorar…». Y aura, como ya es tarde, noj vamoj a dir con Leiva pa dormir… A vos te toca la guardia hasta mañana… ¿no es verdá?
—Sí.
—Entonces ¡hasta mañana!…
—Hasta mañana, don Frutos…
El oficial, una vez solo, se acomodó en una mesa, junto a la lámpara y se puso a leer para distraer las horas, cuando, un rato más tarde, oyó un ruido en la puerta y vio dibujarse contra ella una sombra. Era una mujer de mediana edad, con un gran bulto bajo un brazo y un paquetito en el otro.
—Güenas noches… —dijo y se adelantó.
—Buenas noches, señora… ¡Ah!, pero es usted —contestó el oficial reconociendo a la mujer de Yañez—. ¿Qué desea?
—Vine pa trair esto pa mi hombre…
Arzásola le miró en el rostro los hematomas que revelaban el castigo sufrido bacía poco y se extrañó:
—¿Después de todo lo que él le hizo todavía se preocupa por su bienestar?
Levantó de súbito el rostro la mujer y replicó:
—¿Y qué otra cosa quiere que haga, si es «mi hombre»?
El oficial quedó sin comprender si el «mi» denotaba la resignada entrega que ella hacía de su ser al varón o si era la orgullosa demostración de su sentido de posesión.
Se encogió de hombros y adelantándose a la misma, invitó:
—Sígame, vamos a dejarle eso, pero en seguida debe retirarse.
—Sí, ya lo sé, pero por lo menos pa que duerma cómodo y pa que mañana, al dispertarse tenga unas tortitas pa comer…

sábado, 4 de agosto de 2018

Don Frutos Gómez, el comisario... (IV)

Ña Zoila que estaba acomodando, sobre unos zarzos de ramas, unos pedazos de carne para hacer charque vio en el patio del rancho de enfrente a su vecina, doña Rosa, la esposa de don Deogracias Quiroga, y cruzó la calle para ir a hablar con ella.
Después de los saludos y con tono de misterio le dijo:
—¿Anoche no vido nada Ña Rosa?…
—¡No!… Dende que vicie las luces n’el patio’el finau Quinteros apenitas se pone el sol cierro la puerta con la tranca y ya no salgo más… Endemás le tengo prometida una novena a la Virgen’e Itatí por l’alma’l viejo…
La otra miró hacia todos los lados, temerosa y continuó:
—Pues anoche, aparecieron otra vez…
Se santiguó doña Rosa y exclamó:
—¡Jesús, María y José!…
—Sí, salí pa ver que eran unos ruidos que sentí cerca’l gallinero, cuando escuché ruido de pasos, dispués distinguí la luz y oí como un quejido…
—¡Ajá!… ¿Y dispués?…
—Dispués no quise saber más nada, me metí adentro y ya no salí más…
—Si hasta me están dando ganas’e mudarme porqué aquí con esas luces ya no se va a poder vivir, pero… ¡vea quiénes vienen!…
—Son don Frutos, Leiva y l’oficial…
—Y van pa la casa’el viejo Quinteros…
Las dos mujeres se asomaron a la acera para ver el grupo que, a un centenar de metros más allá, se acercaba al lugar donde la noche anterior había caído Leiva.
De los tres hombres llamaba de inmediato la atención el cabo que ostentaba en la frente un vendaje a modo de vincha.
—¿Ande viste la luz mala?… —preguntó don Frutos.
—Ahí, nomás comesario, n’el portón del viejo Quinteros. Apenitas lo abrí y metí la cabeza se apareció.
—¡Ajá!… Y vos Arzásola, cuando viniste no trompesaste con denguno?…
—Con ninguno, don Frutos… Venía atento a todos los ruidos así que me hubiera dado cuenta.
—Ta güeno, dentremos…
Leiva, que era muy supersticioso dejó que los otros entraran primero, luego se persignó y penetró también. La casa estaba silenciosa. En el amplio patio algunos coposos naranjos daban fresca sombra. Don Frutos anduvo un trecho y señalando un trozo de tierra removida dijo:
—¡Mirá Arzásola…! ¿Te parece que eso lo haigan hecho las luces malas?…
—¡No!… Eso es obra de seres humanos…
—Alguno que haberá andau buscando las botijas’e plata que dicen que tenía enterrada’l viejo Quinteros —intervino Leiva.
Y enseguida agregó:
—Pero a la luz mala yo la vide… ¡Se lo juro!… —Y besó a dos dedos puestos en cruz.
Don Frutos, que mientras tanto estaba observando, sentado en cuclillas junto a la puertecilla, unas huellas en la tierra, se incorporó y le respondió:
—Vo lo que viste jué la lu’e una linterna que te encandiló pa ansí encajarte el garrotaso, pues…
Titubeó un momento el cabo y luego confirmó:
—Cierto… pa luz mala era dimasiau risplandor… ¿Quién haberá sido?…
Desechado el aspecto supersticioso el rencor le puso un brillo maligno en la mirada.
—Vamoj a ver… —siguió don Frutos y le ordenó—: Mostrame la herida.
Leiva se desató el vendaje y le hizo ver el hematoma.
El comisario lo estudió con todo detenimiento y aun le arrancó algunos quejidos cuando presionó a su alrededor preguntando:
—¿Te duele aquí?… ¿Y aquí?… ¿Acá no?… ¡Claro!… Este golpe lo encajó un zurdo…
—¿Un zurdo?… —se asombró el oficial.
—Sí y está bien patente… Vamoj a riconstruir la escena… A ver, cabo, meté la cabeza como anoche…
—Güeno, pero no vaya na pegar ¡eh! que nu es de jierro…
—Perdé cuidau, va ser tuito simulau…
Don Frutos se puso en el lugar donde estaban las huellas y cuando Leiva empujó la hoja de madera e introdujo la cabeza, indicó:
—Ve, oficial, el que estaba acá lo encandiló con la linterna que tenía en la derecha y le sacudió el golpe con la izquierda, por eso el chichón está pa este lau… De haber sido al revés la magulladura habida que haber estau maj al frente o al otro costau…
—En efecto… Tiene usted razón —aseveró Arzásola.
—N’este vecindario l’único zurdo es Clímaco Barrientos… Y ese nunca se quejó’e las luces… ¡Hum!… Lo vua a citar pa interrogarlo…
—¿Quiere que vaya yo, don Frutos? —se ofreció Leiva.
—No, m’hijo —replicó don Frutos y al ver la expresión de su subordinado agregó suavemente pero con firmeza —: Y si te querés poner vo a risolver esto por tu cuenta te vua a encajar tal talerazo que ese bulto que tenés va a quedar petizo al lau del otro…
—No ha de, don Frutos —condescendió el cabo de mala gana.

—Muchas gracias, Juan Moreira —dijo don Frutos entregándole el mate al cabo que quedó frente a él sorprendido.
—¿Por qué, pa Juan Moreira, comesario? —preguntó.
—Por esa vincha… Estás igualito que un gaucho pa’l carnaval —rió el interrogado mientras Leiva refunfuñando y masticando sus rencores fue a dejar el mate en la cocina y volvió a sentarse en una silla, en un rincón.
En ese momento entró el agente de guardia y advirtió:
—Don Frutos… ahí está Clímaco Barrientos, al que usté lo hizo llamar…
—Está bien, hacelo pasar…
Arzásola que leía en una mesita de un costado dejó el libro y se dispuso a actuar si sus servicios de sumariante eran requeridos.
Barrientos entró haciendo dar vueltas entre las manos a su aludo sombrero y miró inquieto hacia la esquina donde se hallaba el malhumorado cabo Leiva.
Se detuvo frente al escritorio del comisario y dijo con aire que quiso ser de protesta.
—Vengo nicó a ver pa qué me hizo llamar.
Sin inmutarse don Frutos le dijo:
—Perdoná Clímaco, pero quisiera saber si vo no viste las luces malas en lo de don Liborio…
—¡No!… Yo no las vi nada…
—Y, entonces, si no es de miedo a las luces esas ¿cómo pa es que hace un tiempito que no se te ve por la noches n’el boliche?… Antes no solía faltar ni cuando llovía…
—Creo que no tengo ninguna obligación pa dir… Voy cuando se me dea la gana…
—No te enojés que va a ser pa tu bien… pero es el caso que yo me he puesto a pensar…
—Me he puesto… —interrumpió Arzásola sin poderse contener ante el barbarismo de su jefe.
—¿Qué te has puesto? ¿La gorra o el sombrero? —le dijo don Frutos.
—Perdone, pero no se dice «me he ponido», sino «me he puesto».
—Vo dejame a mí que si yo le haulo en difísil este no me va a entender…
Suspiró resignado Arzásola y don Frutos continuó el interrogatorio:
—Güeno, el caso es que yo… —se detuvo, miró intencionalmente al oficial y agregó— he pensau que dos y dos son cuatro…
—Y eso que tiene que ver conmigo, pues… —replicó Barrientos a quien todos estos preámbulos estaban poniendo sumamente nervioso.
—Pues que lo mismo resultá’e vo y las luces malas…
—No entiendo…
—Sencillo: vo vas al boliche, no hay luces malas, vo no aparecé por lo ‘e don
Pedro y salen las luces malas…
—Casualidá…
—Sí, m’hijo, una casualidá jué que no le rompiste el mate a Leiva anoche…
—¡Ahijuna!… —se levantó el cabo furioso y Barrientos se replegó hacia el escritorio.
—Sentate, Leiva, que entuavía no hemos terminau…
—¡No sé nada!… ¡Yo no sé nada! —casi gritó Clímaco que se había puesto pálido—. Déjeme dir…
—Si no juera que endemás sos surdo te hubiera dejau, pero el que le hiso eso al cabo era surdo como vos… ¿Y aura, queré declarar de una vez o no?
Se empecinó el otro y repuso:
—Yo no juí y no sé nada de las luces esas…
—Entonces, si no querés confesar conmigo yo me vua a dir con l’ofisial a dar una güelta y te via a dejar con el cabo pa que te interrogue…
Pero a Barrientos que conocía por oídas la fama de Leiva le bastó mirar el vendaje que ocultaba el chichón de la frente y, sobre todo, el gesto de malévola satisfacción que hiciera aparecer en su rostro esa sugerencia para decidirse.
—No, don Frutos… prefiero con usté… juí yo…
—¡Vos! ¡Añamembú!… —tronó Leiva y se levantó agresivo, pero don Frutos le clavó los ojos fijamente y, vencido por la autoridad, volvió a su asiento.
—Perdone, cabo… —se explicó Clímaco— jué sin querer… Sentí ruido y me asusté…
—¿Qué andabas buscando por allí? —continuó don Frutos.
—Y, como decían que el viejo Liborio sabía enterrar en botijas su dinero quise ver si era cierto…
El comisario, al oírlo, se pasó la mano por la barbita en un gesto que le era habitual cuando se sentía preocupado y luego de una breve pausa sonrió, y dijo:
—¡Ajá!… Pues aura te vua a dar permiso pa que lo hagás de día. A vos y a tuitos los que quieran buscar, pero si encuentran algo tienen que pagar el 10 por ciento’e impuesto a los tesoros perdidos…
—¿De veras?… ¿Me va a dejar? —dijo Barrientos.
—Sí, l’ofisial va a hacer un plano del patio y a tuito el que quiera buscar le vua a señalar una parte, pero eso si… dispués de hacer los pozos tienen que emparejar el terreno con un rastrillo.
—¡Cómo no, don Frutos!…
—Pero no te alegrés tanto que vos tenés que arreglar una cuenta…
—Cierto —aceptó Barrientos y volvió a mirar al cabo que seguía con gesto sombrío en su asiento.
—A ver… violación’e domicilio, atentau contra la utoridá, lesiones… ¡hum!… Son muchos cargos, Clímaco…
—Me va a poner preso, entonces… ¡Qué lástima, porque loj otro me se van a adelantar y van a sacar el «tapau»!
—No te aflijás… Vos solés trabajar’e pintor, ¿no?…
—Así es, don Frutos.
—Güeno, te vua a perdonar tuitas esas cosas con la condición que pintés la escuelita. El capitán Giménez te va a dar los útiles y la cal.
—¡Cómo no, don Frutos! —aceptó Clímaco satisfecho con el arreglo.
—Además le tenés que traer a Leiva una botella’e caña pa que se haga compresas n’el golpe…
—¿Compresas de caña, don Frutos? —se asombró el otro.
—Sí, m’hijo… la caña tiene alcol y l’alcol es lo mejor pa desinfetar heridas y machucones…

Apenas corrió la noticia que don Frutos concedía permiso para que se buscaran las afamadas «botijas con plata» en el patio de don Liborio fueron muchos los llegaron a la comisaría en procura de la correspondiente autorización.
Arzásola había confeccionado un sencillo planito y dividido el mismo en varias parcelas que don Frutos ofrecía al interesado.
—Tenés pa elegir… aquí un lindo lote’e tres por tres… aquí otro de dos por cuatro… o si no este de cuatro por cuatro junto a la paré…
—Deame el más grande don Frutos…
—Está bien, pero ricordá que dispués que busqués me tenés que dejar el terreno bien parejo con el rastrillo…
—Pierda cuidau, don Frutos…
—Y si te olvidás, Leiva andará por ahí pa hacerte hacer memoria ¡eh!…
Una tarde el oficial, que no se explicaba la extraña actitud de su superior, aprovechando un momento en que se encontraban solos le dijo:
—¿Pero usted cree que, realmente hay algo escondido en ese terreno?
—¡Y cómo no!… Vas a ver que montón’e plata va a salir…
—Lo que es hasta ahora solo han sacado zapatos viejos, latas y cascotes…
—Porque no saben buscar… Ya vas a ver cómo, algún día, alguien encuentra que hay mucho dinero… vamos a ver cómo trabajan…
Salieron, caminaron unas cuadras y llegaron al patio. Como ya había transcurrido cierto tiempo, muchos habían explorado su pedazo al dedillo y abandonado la búsqueda, pero eso sí, dejando su concesión bien arreglada conforme a las indicaciones de Leiva.
Solo quedaban, ya en el fondo de la casa, dos hombres en su labor. Uno de ellos estaba efectuando un profundo agujero y don Frutos, asomándose al borde le indicó:
—Tené cuidau que no te vayas a salir’l otro lau, Terencio…
El aludido arrojó el pico al suelo y exclamó:
—Tanto trabajar al cuete y no hallamos nada… Habían sido tuitos cuentos los del «tapau»… Yo renunceo…
Salió de la excavación y ya iba a tomar sus cosas para alejarse cuando el cabo le indicó severo:
—Antes de dirte golvé a meter la tierra ande la sacaste y emparejá el terreno, pues…
Terencio gruñó algo entre dientes y empuñando la pala comenzó a cumplir con lo ordenado mientras don Frutos salía con Arzásola.
—¿Vio que no había nada de utilidad, comisario? —expresó el oficial.
Rió don Frutos y agregó:
—Vamos a verlo al capitán Giménez pa que con su asistente, Leiva y los alumnos maj grandecitos e’ la escuela, aprovechen tuito ese terreno removido pa hacer una güerta con las semillas que hace una semana le encargué a don Pedro… Así dentro’e poco no va a faltar verduras pa’l «Comedor Escolar»…
Dándose cuenta de la argucia de su jefe para hacer trabajar a sus reacios convecinos, el oficial también se echó a reír…