domingo, 28 de noviembre de 2021

Un cementerio original

Yendo de Córdoba hacia el antiguo convento de los Mercedarios, sobre la orilla derecha del río Primero, se nos ocurrió torcer por un atajo para visitar el arrabal de San Vicente.
Algo más que un arrabal de la docta ciudad, un pueblecito semejante a lo que son Flores, Belgrano y Barracas para Buenos Aires, eso es San Vicente. Como ellos, no surgió a consecuencia de la extensión de la ciudad, sino más bien como un conjunto aislado, que en el andar del tiempo ira soldándose a ella de una manera más digna de lo que hoy está.
En efecto, compóne San Vicente de dos barrios: el más vecino a Córdoba es un rancherío pobrísimo, pasado el cual se entra en la parte moderna, adelantada, de tendencias tanto más aristocráticas cuanto humilde es el rancherío.
Es, por otra parte, igual a cualquier barrio moderno de cualquier parte del país, pero tiene una nota sumamente pintoresca: el cementerio.
Traspone uno los umbrales de aquella mansión y desde el primer momento siéntese invadido por un hálito de paz y bienestar. Estamos en la casa de la muerte y, sin embargo, desearíamos permanecer en ella mucho tiempo; formulamos quizás, íntimamente, el deseo de dormir allí el último y más tranquilo de los sueños.
No existen en aquella necrópolis monumentos de esos que demuestran riqueza u opulencia, que impresionan por la delicada labor artística… En cambio hay allí algo tan humano y tierno que conmueve hasta las fibras más recónditas del alma.
Pasado el patio encuéntrase uno en una huerta, en un jardín de crucecitas multicolores: las hay blancas, rosadas, celestes, verdes, todas brillantes de limpieza, todas muy próximas unas a otras, como que allí entierran casi de pie a los muertos.
Es la parte dedicada a los niños: los pequeños inocentes descansan allí entre flores, unos vecinos a los otros, bajo la sombra de sus crucecitas que a lo lejos lucen también como flores.
Las coronas de flores artificiales desteñidas por la intemperie, el verde fresco del césped, los macizos de flores, sobre que se levantan las vistosas crucecitas, nos dicen que el amor a los que no existen tiene un templo en el corazón de los deudos que visitan y cuidan las sencillas tumbas. Pero, hay algo más: cada cruz lleva en su parte alta una cajita con tapa de vidrio dentro de la cual están guardados los juguetes que prefirió el pequeño.
Se ven allí muñequitas, lamparillas, caballitos, muñecos a caballo o en burrito, muñecas de porcelana, de celuloide y hasta de trapo. Ninguna tumba de niño carece de ellos; las pobres madres piensan seguramente que allá, entre los bienaventurados, ha de sonreír feliz su hijito al contemplar los objetos que alegraron sus juegos.

E. Correa Morales
Hojas Sueltas, págs. 158-159

Huellas

I
Huellas del sol que doran
la serranía
y disipan las nubes
en pleno día.

Huellas de las carretas
en el sendero
que con su helado soplo
barre el pampero.

Huella, huellita, huella
del alma mía
que ni la misma muerte
la borraría.


II
Huella de los fogones
–humo y cenizas–
que dispersan al aire
las leves brisas.

Huellas de los luceros
que resplandecen
y que al rayar el alba
desaparecen.

Huella, huellita, huella
del alma mía
que ni la misma muerte
la borraría.
Ricardo del Campo
Hojas Sueltas, pág. 104

jueves, 25 de noviembre de 2021

El Yassí-Yateré

Lía, la gordita, sentada a la puerta del rancho, mecía con si para ternura a su muñeca de trapo, a su Rorro. En vano el Paraná murmuraba allí cerca; en vano las hojas cenicientas de las cecropias se destacan plateadas sobre el verde obscuro de los mirtos; en vano los helechos balancean al viento el encaje de sus frondas a los sensitivas pliegan sus foliolos para substraerse al beso de la fugitiva mariposa; todas las bellezas que el trópico brinda al pobre albergue para su ornato, no tienen para la gordita el encanto supremo de los ojos de Rorro, bordados con hilo negro sobre fondo blanco, aquellos ojitos que no pestañean, que la miran siempre.
Los rizos de la niña brillan bajo el sol de Misiones, formando aureola al rostro angelical y sonriente.
Juana, la madre de Lía, ocupada en las faenas caseras no oyó le siniestro silbido de Yassí-Yateré, el enano que sale del bosque a robar niños.
Entre tanto la rubiecita cantaba:

Duerme hijo mío, mira, entre las ramas
Está dormido el viento;
El tigre en el flotante camalote,
Y en el nido los pájaros pequeños.

Ya no se ven los montes de las islas;
También están durmiendo.
Han salido las nutrias de sus cuevas;
Se oye apenas la voz del teru-tero.[1]

Y cantando para adormecer a Rorro, dobló ella cabecita, los cabellos rubios cayeron desordenados sobre la carita rosada, y cubrieron los azorados ojos de la muñeca dormida.
Escondido detrás de un laurel secular, el Yassí-Yateré, precioso enano rubio, cubierta la cabeza con un gran sombrero de paja y un bastón de oro en la mano, espiaba el momento propicio para apoderarse de aquella hermosa criatura.
En cuanto la madre se alejó, Yassí, sonriendo maliciosamente, se aproximó con sigilo, tomó a Lía en sus robustos brazos y corrió al bosque.
El grito lanzado por la niña al despertar, atrajo a la madre asustada; pero sólo fue para ver al enano alejarse con su hijita en brazos, y penetrar presuroso en el intricado ramaje, sin que le detuvieran lianas, ni tacuarembós, porque todas las ramas y malezas se apartaban al acercarse Yateré, y, cuando pasaba, volvían a cerrarse, de modo que pronto se perdió de vista.
Empero Juana, como madre que era, y como madre valerosa, se propuso arrancar su hijita de manos del ladrón, y sin reflexionar en los peligros de la selva, penetró resueltamente en su inhospitalaria espesura.
Árboles enormes, atados por tacuarembós y lianas, le cerraban el paso y extraviaban su camino; millones de mirines cubrían su rostro chupando con rapidez el sudor que lo inundaba; de pronto se detuvo paralizada por el terror: un yaguareté había lanzado formidable rugido.
–Si retrocedo –pensó Juana– pierdo mi gordita: ¡no; adelante! – y siguió caminando hasta que se detuvo de nuevo, helada y temblando: el cascabel del Crótalo sonaba rápidamente, como si la serpiente estuviera furiosa; desafiarla era morir. Se detuvo, pues, sin hacer movimiento, hasta que el reptil, aquietado, siguió su camino, haciendo sonar más lentamente sus cascabeles.
El día se había apagado casi por completo cuando, en una rama de mirto, divisó a Rorro que la miraba con sus ojos redondos y estrávicos; su boquita preludiaba un puchero, en tanto que su brazo informe se dirigía hacia la derecha.
¡Oh, adorable pequeñita! Estaba pálida de miedo, pero tenía valor para señalar, con su manecita sin dedos, el camino que llevara el raptor.
Siguió Juana la dirección indicada, llegó a un claro del bosque, y mirando con precaución desde un matorral, vio al Yassí, tendido sobre el musgo, contemplando a la niña robada.
Lía, acostada sobre una camita de isipós, fabricada por el enano, jugaba con el tesoro del bosque, con el Isondú.
El Isundú es la larva más hermosa que existe en América; su cabeza de rubí brilla con espléndido fulgor; muchos rayos de luna se alojaron en sus anillos, de modo que, al moverse en la oscuridad, produce una luz más intensa que la de las luciérnagas.
Y la niña, cuando veía aquel lindo animalito moverse sobre su ropa, palmoteaba y reía de contento.
–Mira, Yassí –dijo una vez– si Rorro viera este Isondú, cómo abriría los ojos. ¿Por qué no me traes a Rorro, enano?
–Se quedó a dormir en un mirto –dijo Yassí. – Mañana lo buscaremos, ahora duerme tú.
Cuando la niña se durmió envolvióla con isipós, y cansado del juguete que había robado, el Yassí-Yateré se alejó para ir a espiar a unos tapiros que había visto al pasar.
Entonces Juana, guiada por el resplandor del Isondú, se acercó a su hijita, la tomó en brazos y emprendió con ella y Rorro el regreso a su rancho, al cual llegó cuando empezaba a clarear.

E. Correa Morales
Isondú, pág. 152-156

[1] J. Zorrilla de San Martín

lunes, 22 de noviembre de 2021

La calle


María Ester, al regreso de la escuela, ha venido deshojando, sin querer o sin pensar, una flor. En el zaguán de la casa cayeron los últimos pétalos…
Cuando el padre entró ya había visto el reguero de hojitas. A la hora de la mesa, preguntó:
-¿Quién se dedica a deshojar flores? Porque he visto…
Como los chicos no acostumbran a mentir, María Ester ha interrumpido:
-He sido yo, papá.
-¿Tú? Ya me lo parecía.
La niña bajó la cabeza como temiendo un reproche.
-Vamos, alza esa cabeza. Si no te reñiré. Solo quiero decirte unas palabras… Tu calle es la de todos. La quieres, ¿verdad? Como que por ella vas a la escuela, al parque, a la casa de tus amigas. Es la calle por donde transita papá cuando va al trabajo o viene de él. Sus piedras y sus árboles guardan tu paso, conservan tu recuerdo. No la cambiarías por ninguna otra; lo sé. Entonces, cuida tu calle; trata de conservarla limpia, alegre. No le tires papeles ni basuras. Llénala de risas, pero no de gritos; de simpatía, pero no de actitudes descompuestas. Y, te repito, no eches sobre ella ni siquiera una flor.

sábado, 20 de noviembre de 2021

En el jardín


-Toda palabra es un gorjeo; tiene su música…
Rosa repite la expresión de su maestra, mientras riega las violetas de sus canteros y aparta la seroja amarillenta.
-¿Y por qué no, su perfume? ¡La palabra también tiene perfume!
Sonríe ante su hallazgo. Le crecen alas como a las mariposas. Y como las mariposas corre de flor en flor para dejarlas un beso.
-¡Chiquilla! –exclama la mamá, al sorprenderla en tan dulce actitud. Rosa se avergüenza un poco.
-No, no te pongas así; que lo que tú haces es una forma de exteriorizar tu bondad. ¿Hay algo más parecido a ti que una flor? Cuídalas siempre. Quiérelas bien. Cada una de ellas es una vida respetable. Son como un ejemplo de generosidad. Nada te piden y, en cambio, se te dan enteras… Y si no, ¿de dónde el ramo de nomeolvides para la abuelita?, ¿de dónde los nardos para la maestra?, ¿de dónde el clavel vistoso y perfumado para papá? Ellas son la alegría de tus ojos, la belleza de tus manos y la frescura de tus besos.