Junio 4 —«La política
—ha dicho alguien— es una mala palabra» y yo carezco de la necesaria versación
filosófica para valorar la exactitud del aserto. Indudablemente no toda
política es mala, pero esta que se practica en ciertas regiones de la provincia
justifica el sentencioso dicho del cabo Leiva: «La política, pa mi ver, es
como’l cuchillo; le es útil al que lo agarra por el mango, pero amenaza a los
demás…».
Don Frutos, que es recto e insobornable, no quiso
«archivar» unas actuaciones que comprometían a cierto estanciero, complicado
con unos cuatreros y, en castigo, so pretexto de «una mejor redistribución del
personal» lo enviaron lejos de Capibara-Cué. Un cambio institucional, sin
embargo, le dio ocasión para hacer valer sus derechos y esta mañana, después de
varios meses de ausencia, ha vuelto a nosotros.
Fuimos hasta el desembarcadero con el cabo, para
recibirlo, y, apenas saltó a tierra desde la canoa que lo condujo desde el
barco de la carrera, ya Leiva se plantó a su frente e, indeciso entre darle la
mano como amigo o hacerle la venia como superior, solo atinó torpemente a
cuadrarse y a decir:
—¡Oh, don Frutos!… ¡Don Frutos!…
Por mi parte había preparado algunas palabras, que
querían ser de bienvenida, pero al ver su cara simpática y los renegridos ojos
mirándome con afecto, me olvidé de todo y solo estreché su diestra con tal
vigor, que me reprochó tiernamente:
—Ta bien, muchacho, pero no apretés más que me vas a
romper loj dedo…
Reímos los tres y, enseguida, fuimos para la
comisaría.
Los capibarenses que, como buenos correntinos, tiene
pudor para demostrar sus emociones, asomaban a las puertas, como por casualidad
o se hacían los encontradizos en la calle, para saludar:
—¡Hola, don Frutos!…
—¿Qué tal, comesario?… ¿Otra vez’e güelta?…
Y ¡nada más!, pero había algo en el tono de la voz o
en los gestos que mostraban a las claras que Capibara-Cué sentíase alborozado
del regreso de quien, más que funcionario, era un amigo.
Junio 5 —Anoche, mientras doña Micaela, nuestra cocinera, nos
cebaba unos mates, informé a don Frutos sobre los sucesos más salientes ocurridos
durante su ausencia. Abrí el libro de «sumarios»; leía y explicaba:
—«Abdón Gutiérrez, lesiones…». Parece que descubrió
que su compañero de juegos le hacía trampas y se desquitó a talerazos.
—Seguí…
—«Juan Pérez y Rogaciano Ahumada, pelea…». Bebían juntos
y el alcohol…
—Continuá…
—«Gumersinda Sánchez, muerte por accidente…».
—¿Y eso?…
—Era una criatura de meses… Dormía en la misma cama
que los padres y la madre, al darse vuelta, la ahogó impensadamente…
—Güeno… adelante…
—«Ecuménica Gorosito, denuncia a su compañero
Patrocinio Amarillo por mal trato…».
—¡Bah! Lo de siempre… Cada fin de mes, cuando cobra,
él se mama, llega a la casa y le da una paliza’e mi flor. Ella, juriosa, lo
denuncea y dice que va a abandonarlo, pero al rato güelve arrepentida, a pedir
que lo larguen…
—Así fue, señor…
Y de la misma manera seguí con la enumeración de los
pequeños incidentes que matizan el hastío de la vida pueblerina, cuando arribó
el cabo Leiva que volvía de su habitual recorrida nocturna.
—No hay denguna novedá, che comesario… ¡Ah!, me
encontré con doña Flora que dice que uno’e estos días tiene que venir
p’haularlo.
—Ya sé pa qué va a ser… —intervino doña Micaela,
mientras le alcanzaba un mate a Leiva—, dejuro que es pa pedirle le busque’l
autor’e la muerte’l perro…
—¡Cómo!… ¿Le mataron al Negro?…
—Ella dice que sí, pero, a lo mejor, se murió’e viejo…
L’encuentró muerto en la puerta’l rancho hace unoj quince días…
—Tiene que haberlo sentido grande, pues pa ella era
como un hijo. Pa esas mujeres solas loj animale son como’e la familia…
—Lo enterró y todo —acotó el cabo, y agregó—: Y pa mí
si no juera’l miedo que el cura se enojase le hubiera mandau hacer una misa…
—L’afetó tanto que se pasaba laj horas llorando
—siguió la mujer—. Dispués dentró a decir que se lo habían envelenau y vino a
verlo al otro comesario pa que investigase, pero don Ortigosa nu era como usté
y la sacó a loj empujone…
—No… no era como usté, don Frutos —afirmó Leiva, y
había un cálido acento, como de ternura, en sus palabras.
—Güeno, ya veremos que anda queriendo la pobre.
—finalizó don Frutos.
Junio 5 (Noche). —El de hoy ha sido un día
de intensa actividad. Promediaba la mañana cuando vinieron a avisarnos que una
vecina, extrañada al no ver a doña Flora, penetró en su pobre habitación y la
encontró en la cama, muerta a puñaladas.
Fuimos allá y no hallamos el menor rastro del asesino.
Iniciamos las investigaciones de práctica sin más resultados que lamentaciones.
—¡Pobre doña Flora!
—¡Quién iba a tener interés en matarla si era un alma
de Dios!
Nadie había visto ni oído nada sospechoso. No se le
conocían parientes ni tampoco enemigos. Era una pobre mujer que ganaba su vida
lavando algunas ropas o ayudando a los vecinos en caso de necesidad.
Y, sin embargo, alguien arriesgó su destino, para
introducirse furtivamente en su pieza y darle muerte, en medio de su sueño.
Ese misterio me preocupaba, pero más parecía absorber
a don Frutos que, sentado junto a su escritorio, llevaba un largo rato pensando
y pensando…
Junio 6 —Esta mañana después de efectuar algunas diligencias
para el entierro de la vieja Flora, nos reunimos para hablar sobre el caso.
Leiva tampoco pudo aportar mayores indicios y, después de barajar las más
descabelladas hipótesis, quedamos sumidos en un silencio que solo rompía, de
vez en vez, el gorgoteo del mate.
De pronto, el rostro de don Frutos semejó iluminarse y
me preguntó:
—A ver vos, que sos tan léido… ¿Por qué motivo se mata
a una persona?
—Por amor o razones pasionales.
—Flora andaba pa los sesenta y era fea como un susto.
—Por interés…
—No tenía ni un cobre, apenas vivía’e unaj changuitas…
—Por venganza…
—Si era más güena que’l pan y en tuitos loj años que
vivió acá no se le conoci enemigos.
—Entonces, no sé.
—Yo si sé, m’hijo. La mataron pa que no haulase, pa
que no dijese algo que sabía o sopechaba…
—¡Ajá! ¿Ricuerda que dijo que lo quería conversar?
—señaló Leiva.
—Tenís razón; yo creiba qu’era por lo del perro, pero
me se hase que sabía algo más o, por lo menos, la priocupaba. Y debía ser algo
grave pa que la haigan achurao ansina.
—Podría ser.
—Y si no es eso… ¿Por qué otro motivo poderían haberlo
hecho?
—Algún maniático…
—No, el que lo hizo estaba en sus cabales… ¿No ves que
no dejó ninguna güella y la esperó que se durmiera? ¡Hum! No me gusta nada…
Junio 7 —Después de la siesta, don Frutos volvió a reunimos
para decirnos a Leiva y a mí:
—He estau pensando en lo’e Flora y cada vez me
convenzo más que la mataron pa tapar algún sucio.
Hizo una pausa y prosiguió:
—¿Cómo pudo enterarse’e esa cosa mala?… Sin querer,
por la ropa que lavaba o por algo que vio o oyó’n las cosas ande estuvo, pues…
—Pero, ¿qué pudo ser tan grave que, para ocultarlo la
hayan muerto y nosotros, sin embargo, no nos hayamos dado cuenta? —dije.
—¡Ahí está!… Tiene que haber sido algo grandote pa
haber llegau al crimen…
—Yo creo que Ña Emerenciana, la que vive frente al
rancho y sabía ser su amiga, puede que conozca algo… —deslizó Leiva.
—Vamoj p’allá… —ordenó don Frutos—. ¿Quién te dice?…
Tuvimos suerte. La vecina nos recibió muy amablemente
y a poco empezó a recordar episodios de la vida de la finada.
Después de dejarle explayar a su gusto supimos que
doña Flora lavaba la ropa del maestro, de las familias de don Serra, el de la
curtiembre, y de don Abundio, el tendero.
—Tuitos la han sentido a la pobre porque era
cumplidora y voluntariosa como pocas. Siempre sabían llamarla pa algún apuro,
ya sea bautismo, casamiento, velorio o pa cuidar a algún enfermo.
—¡Ajá! ¿Y no ricuerda ande trabajó últimamente?
—inquirió don Frutos.
—Vamoj a ver… Estuvo pa’l casamiento’e la hija’l
gringo Bertero y se trajo un pedazo’e torta que me convidó; dispués pa’l
velorio’e la hijita’e Liboria Sánchez que murió ahugada por la madre dicen…
—Ye me he enterau, continúe… —explicó el comisario.
—Tamién estuvo pa’l bautizo’e loj mellizos Sponda,
ayudó n’el velorio’e don Nicodemo que murió’e una picadura’e víbora yarará y
l’último ande ayudó jué cuando murió Ña Visitación, la mujer’e don Julio
Ascona, que agarró una indisgetión y se cortó a laj dos horas l’almuerzo…
Antes de que abundara en mayores detalles, la
interrumpí:
—Y después de eso, ¿no se empleó en ningún otro lado?…
—¡No!… Porque’l mesmo día’l entierro, al volver se
encuentró con el perro muerto y lo sintió tanto que ya no quiso ayudar maj a
naides…
—¿Seguro?…
—Seguro, pues… Si laj otra noche nomás le decía: ¿Por
qué pa no va a dar una manito a la gente como antes, doña Flora? Usté hace un
bien, y siempre le dan algo pa dir tirando… porque quien maj o quien meno le
daba una ropita, unoj pesos, y siempre traía algo’e comer pa nojotra o pa’l
perro…
—¿Y usté no sabe quien se lo mató?… —preguntó don
Frutos.
—¡Vaya a saber! Yo creiba que poderían ser diauluras’e
algún muchacho, pero dispués pensé qu’era raro porque l’animal solo comía’e su
mano. Tiene de haber sido un ataque, un aire o… ¡qué sé yo!, pero la pobre no
pensaba ansina y me dijo que iba a haular a usté pa que lo agarrase al
creminal… ¡Chocheras’e vieja, nomás!…
Junio 8 —Indudablemente don Frutos hizo buscar al doctor
Levinsky, bien temprano, al vecino pueblo de Ramada Paso, porque al llegar a la
comisaría ya los encontré empeñados en una discusión.
—¡No!… ¡No puede ser! —decía el facultativo cuando
entré.
—Pero si yo me responsabilizo, doutor…
—Usted cargará con lo suyo, pero yo pagaría como
cómplice. Hay leyes que cumplir…
—Es pa cumplirla mejor que le pido ayuda, pues…
—Tráigame una orden del juez, entonces…
—Es que no tengo pruebas, sino un pálpito…
—¡Y claro!… Yo debo procurárselas si las hay, pero…
¿Si no las hay?…
—¿De qué se trata si se puede saber? —deslicé yo.
—Pues nada, que don Frutos me ha hecho llamar para que
haga una autopsia sin orden legal…
—Es imposible…
—Se lo termino de repetir, pero él insiste… Búsquese
la orden, y…
—¡Un momento! —saltó don Frutos—. ¿Y pa hacer l’utosia
a un perro también hase falta un papel?
—No… para eso no… —condescendió el médico.
—¡Güeno! Vamos entonces pa’l patio’e la Flora y me va
a decir cómo murió «El Negro»; y si es como pienso, deje lo demás’e mi cuenta.
Junio 11 —¿Intuición? ¿Sexto sentido?… ¿Razonamiento
deductivo? ¡Vaya a saber! La cuestión fue que el análisis de las vísceras del
perro reveló la existencia de estricnina y, basándose en ese indicio, don
Frutos obtuvo la orden del juez para la autopsia de los restos de la señora de
don Julio Ascona, con lo que vino a descubrirse que ella también había muerto a
consecuencias de un tóxico y no de la «indigestión» denunciada por el marido y
aceptada por todos.
—A mí el comisario anterior me hizo decir que todo
estaba en regla. Yo vine y la observé en el cajón y, como no había señales
externas extendí el certificado. —se excusó el galeno.
—Güeno, aura vamoj a tener que hacerle confesar a don
Julio esto y lo’e la Flora —exclamó don Frutos.
—¿Entonces usted también lo culpa de la segunda
muerte? —pregunté.
—¡Y de no!… Pero creo que’l hombre es flojo y pronto
va a ceder.
Efectivamente, después de dos días de encierro y de
repetidos interrogatorios, el hombre se confesó autor del envenenamiento de la
señora «para heredarla» y del asesinato de la vieja «para que no hablara
demasiado».
—Cómo llegó a la verdad —preguntó el médico luego que
el criminal, bien esposado y con la custodia de Leiva y un agente, fue enviado
a la Capital.
—Vea, doutor… primero discutimos con’l ofisial sobre’l
motivo que poderían haber tenido pa dispachar a la vieja.
—Y no encontramos ninguno valedero —expresé yo— sino
deseo de hacerla callar.
—Yo me pregunté, entonces —prosiguió el comisario— si
qué podría saber la vieja que la hiciera peligrosa… Y no encuentré nada raro
sino la muerte’l perro.
—¿Y por eso hizo que le hiciera la autopsia?
—¡Claro, pues!… Porque, ¿quién iba a querer matar a un
perro que no hacía mal a naides y solo comía’e la mano’e la dueña?
—¿Y usted sospechó que si el animal no murió
naturalmente fue porque la dueña le había dado involuntariamente algún alimento
con veneno? —deslizó el facultativo.
—Exacto. Y cuando tuve loj resultaus del análisi
calculé que la dueña habería ido a algún velorio y, como no cocinó, le trajo
algunas sobras. Se las dio envenenándolo sin querer… Güeno, ese día ella había
estau en lo’e don Julio, cuya mujer había muerto’e indigestión, asigún decían.
Uní laj dos cosas y pedí l’utosia y ya vieron lo que salió…
—¿Y a doña Flora por qué la mató?
—Pa que no haulara. No ve que la vieja pensó lo mesmo
que yo y jué a decir sus sospechas al otro comesario que no la hizo caso. Don
Julio, que lo supo, imaginó el motivo pero no se inquietó, porque tuitos iban a
pensar qu’eran hauladurías’e la vieja, medio desconcertada por la muerte’l
bicho; pero cuando golví yo, le dentró el miedo porque como suelo ser medio
curioso podería investigar…
Y jué y la mató sin que lo vieran…
—Con lo que no hizo sino agravar su delito y dar
origen a la investigación. —señalé yo.
—Es que al que tiene la concencia sucia le pasa como
al borracho. Una vez que se ha salido’l camino quiere golver a él pegando un
salto ¡y va a cair a la zanja!… —concluyó don Frutos.
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