domingo, 9 de noviembre de 2014

Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo.

Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave
de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro
plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren
regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí
mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la
sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su
muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El
miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse
y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj,
gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el
fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y
comprendemos que ya no importa.
Julio Cortázar

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan
un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo
de aire. No te dan solamente un reloj, que los cumplas
muy felices, y esperamos que te dure porque es de
buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan
solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca
y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible
es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo
frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo, pero no
es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa
como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca.
Te regalan la necesidad de darle cuerda para que siga
siendo un reloj; te regalan la obsesión de a atender a la
hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio
por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo
de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo
y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que
es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia
a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan
un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el
cumpleaños del reloj.
Julio Cortázar

martes, 4 de noviembre de 2014

Un beso maternal

Felices los que han sentido
Su tierno rostro oprimido
Por el labio maternal!
Dichosos los que han oído,
Y al canto se han adormido
De aquella voz celestial!
Tú no puedes comprender
La dicha de poseer
Lo que tienes, niño, ahora;
Lo que vale esa mujer
Que ríe con tu placer
Y que si tú lloras, llora;
Que vela siempre a tu lado
Con solicito cuidado,
Y tu querer adivina,
Su amor desinteresado
Tan dulce, tan sosegado
Como el aura matutina.
Niño, cuando la razón
Alumbre tu corazón,
Y veas cómo es debido,
Recuerda con que ilusión
Con que delirio y pasión
Esta mujer te ha querido.
Beso el polvo que piso
Y la cuna que meció
Con una afán tan prolijo;
Respeta lo que toco
Lo que te dijo y mando;
¡Mucho debe hacer un hijo!
Alza su lánguido brazo,
Forma con el tuyo un lazo,
Y no le sueltes jamás.
Dirige su tardo paso,
No andes en amarla escaso,
Nunca cual ella amarás. 

María Josefa Massanés
En Cuentos de la abuelita, 1900, pp. 170-172

lunes, 3 de noviembre de 2014

El pez y el reloj

He aquí una pequeña paradoja que dedico al querido humorista Luis Gabaldón... 

Yo estoy profundamente triste. Yo me siento en una silla liviana del balneario, frente al mar ancho; tal vez mis pensamientos divagan, frente a esta inmensidad, sobre la otra inmensidad del tiempo y del sucederse inacabable, eterno, de los hombres y de las cosas. Pero un mozuelo irrespetuoso se me apropincua y me pide diez céntimos; éste es el precio de la silla. Yo doy los diez céntimos. Y otra vez, ya libre de esta momentánea impureza de la realidad, mi espíritu vuela férvido, raudo, por los espacios infinitos. Yo me levanto: un filósofo peripatético no puede estar sentado. Entre los grupos de gráciles muchachas yo marcho sinuoso, aspirando la fresca brisa, viendo cómo sobre el fondo esmeralda del mar se perfilan, en bella concordancia, los bustos femeninos, henchidos, ondulosos. De cuando en cuando un tranvía llega; tropeles de bañistas hacen irrupción en el balneario. Se ríe, se charla, se forman corros con las sillas. Allá abajo, en la arena, sobre el tapiz dorado, otras figuras negras se remueven, marchan, y entre ellas pasan y pasan los bañistas con sus trajes menguados. Tal vez sale de las ondas una bella dama, chorreante, encogida, pegado al cuerpo el traje, y entonces un grupo se detiene, la mira ansioso, silencioso, y ella cruza sobre la fina arena despacio, con ese gesto—que ya conocéis—de quien, importándole mucho una cosa, quiere dar a entender que no le importa. Acaso el bañista que surge del piélago terrible es un varón y entonces las gentiles muchachas de la playa le miran, sonríen, cuchichean, en tanto que él, un poco avergonzado, con su malla corta, desteñida, emprende una ligera carrera hasta atrapar la choza.
Yo observo todo esto y torno a sentarme. ¿Por qué, siendo yo un devoto de Aristóteles, estoy siempre sentado? Otra vez este muchacho inevitable se me acerca: me pide diez céntimos. Son los diez céntimos de la silla. Yo le doy los diez céntimos. Y vuelvo a divagar sobre la eternidad, sobre el tiempo, sobre el origen de la vida, sobre las causas finales y sobre el problema del conocimiento. Cuando he estado un rato inmóvil, fija la vista en las aguas glaucas, torno a levantarme. La varié dad es uno de los encantos de la vida; procurad tener siempre variedad en vuestras cosas. Esta es la causa de que yo deje el salón del balneario y baje a la playa. En la playa se ven los lindos pies de las señoras, recostadas en los cestos. Los pies chiquitos, arqueados, calzados con nuevos y elegantes zapatos, son uno de los mayores atractivos de la mujer; procurad que la mujer que améis tenga los pies chiquitos. Yo los voy contemplando todos con la discreción con que un modesto observador de la vida ha de hacer estas cosas. Quizá esta espléndida señora por cuyo lado paso, se halla muy cerca de mí para que yo pueda realizar mi observación; entonces yo—estad atentos— dejo caer mi pequeño bastón ante ella y me inclino, como es natural, a recogerlo...
Y cuando he ido de un lado para otro, yo experimento vehementes deseos de sentarme en una cesta. Estas cestas constituyen para un filósofo de mis dimensiones una novedad sorprendente; el lector ya las conoce; son a modo de diminutas hornacinas de mimbre. Pero yo declaro que no las había visto nunca sino en las fotografías, y que claro está que jamás me había aposentado en ellas. Hay deseos fútiles en la vida que tienen, sin embargo, para nosotros una excepcional importancia. ¿Os confesaré que yo, desde la infancia, cuando viajaba hacia el colegio, he sentido la secreta ansia de comer en la fonda de una estación, entre el bullicio de los viajeros, mientras suenan los timbres y los silbatos de las locomotoras? Después, siendo ya hombre, he satisfecho muchas veces mis ilusiones de muchacho, y he visto, con profundo dolor, que el comer en las estaciones es una triste cosa...
¿Iré a experimentar también en este momento otra cruel decepción? Ante mí tengo una de estas misteriosas cestas; yo me siento, emocionado; los mimbres crujen un poco; una tenue y grata satisfacción hace vibrar mis nervios. Yo me digo a mí mismo que esto es admirable, y considero al mismo tiempo que con las piernas extendidas, con el puño del bastón en la boca, con el sombrero un poco echado hacia la frente, debo de tener cierto aspecto de hombre mundano y distinguido. Yo miro con discreción a un lado y a otro para ver si soy observado por estas damas elegantes. Pero yo compruebo que estas damas no miran y que, en cambio, un hombre vestido de blanco se adelanta hacia mí con un diminuto papel verde en la mano. Yo experimento cierto asombro. ¿Quién es este hombre? ¿Qué quiere? ¿Qué significa este papelillo que me presenta? Este hombre me reclama diez céntimos: son los diez céntimos de la cesta. El sentarse en una cesta cuesta diez céntimos. Yo los entrego. Acaso una vaga desilusión comienza a aso mar en mi espíritu; la vida, ¿será una cadena de decepciones inacabables, perdurables, como estas olas que llegan presurosas a morir en la arena? Y esta consideración frívola, prosaica, me lleva a otros más hondos y desconsoladores pensamientos. Pero ¿por qué entregarse a la melancolía en un balneario rumoroso, ameno, donde las muchachas ríen y sonríen? No; decididamente, esto es absurdo. Y para desvanecer estos funestos desvaríos, vuelvo al salón y luego subo a la terraza. Las terrazas tienen una utilidad innegable; desde ellas se pueden dominar panoramas extensos y pintorescos. Una inmensa llanura azul se abre ante mi vista. La contemplo un momento de píe: ante mí hay una silla. ¿Por qué no he de sentarme en esta silla? Yo me siento. Y cuando mis ideas vuelan de nuevo por las esferas filosóficas, veo que un desconocido se va acercando a mí. De nuevo torno a sentir una extraña emoción. Este desconocido me pide diez céntimos: es lo que cuesta el sentarse en la terraza para ver el mar ancho. Yo le doy los diez céntimos. Y mi espíritu, ya contristado, ya puesto en la pendiente de la desesperanza, comienza a caer en un abatimiento hondo...
Será preciso marcharse de la playa, pasear por la costa, tomar el tranvía. Tomar el tranvía me parece una idea excelente. Yo lo tomo; yo llego a Santander y voy caminando por los muelles. Aquí veo unos pescadores. Los pescadores son seres estimables; los pescadores nos enseñan la paciencia: procurad también, si estáis un poco fatigados de vuestras mujeres, el dar un pequeño paseo junto a los pescadores. Yo veo que a intervalos—no, por desgracia, muy breves—este excelente pescador que observo tira del implacable hilillo y saca un pescado blanco, de plata. Primero allá en lo hondo, entre las aguas glaucas, se ve una mancha blanca, informe; rápidamente, esta mancha se va agrandando y perfilando, al mismo tiempo que traza una línea sinuosa; luego el pez es arrancado de su elemento y vuela por el aire; por fin, llega a las manos feroces del pescador. Y éste es el momento terrible; el pescador lo desentraba del anzuelo y lo echa en un lóbrego cesto... Pero ésto lo hacen así, pro* saicamente, los pescadores vulgares. Este pescador que yo observo, cuando tiene en la mano uno de estos gruesos «panchos» vivos, brillantes, con escamas de plata, con irisaciones áureas en las aletas; cuando tiene en la mano uno de estos pescados que él ha cogido tras larga y pacienzuda espera, se lo lleva al oído, finge que escucha un momento en silencio, y luego exclama, volviéndose hacia los espectadores, sonriente: «Dice que quiere volverse abajo; pero yo le he dicho que se esté aquí un rato con nosotros». Los espectadores ríen también, en tanto que el pez brinca en la cesta. Y yo digo a mi vez y para mí mismo: «Este pescador es el mayor ironista de Santander.»
El descubrimiento me regocija, y ya voy a retirarme alegre y satisfecho, cuando en este punto ocurre el acontecimiento más considerable y emocionante de mi veraneo sentimental. Las grandes cosas han de ser relatadas con palabras sencillas. Yo tengo mi reloj en la mano; es un pequeño reloj Waltham, plano como este pez, brillante como este pez, ligero como este pez. Yo lo he sacado, naturalmente, para mirar la hora. Pero en el mismo instante en que yo estoy contemplando su blanca esfera, este pescador, que ha acabado de cebar el anzuelo, lo echa de pronto hacia atrás, con objeto de lanzarlo con más fuerza hacia delante. Yo, para evitar que este anzuelo haga presa en mi pequeño sombrero, doy un violento salto, y en el mismo instante mi pequeño reloj salta también al agua. ¿Comprendéis mi estupefacción? Yo lo miro absorto: él, ligero, desenvuelto, desciende entre las ondas tenebrosas como un pez libre, jovial, y desaparece al fin en lo profundo. Y yo, después de permanecer un rato inmóvil, me alejo de este triste paraje. Y yo torno a decirme: «Este pez, que salta y vuelve a saltar en la cesta, debería hallarse en las aguas, suelto y alegre, en vez de estar en tierra firme; y este reloj, que se ha perdido entre las ondas, debería reposar en mi bolsillo, en lugar de marcharse a convivir con salmonetes, lenguados, rodaballos, panchos y merluzas. ¿Por qué este trastrueque del orden natural de las cosas? ¿En virtud de qué misteriosas, impenetrables causas se ha producido este fenómeno? ¿No es ésto algo así como cuando ponemos nuestras ilusiones en un ideal y luego la realidad triste nos lleva por distintos caminos? ¿No es esto una imagen de nuestros destinos, de nuestras vidas, de nuestros amores, de nuestras ambiciones desarregladas, trastrocadas por el azar y por el infortunio?».
He aquí una pequeña paradoja que dedico al querido humorista Luis Gabaldón. Yo estoy profundamente triste.

sábado, 1 de noviembre de 2014

El viborón del Río


El que no conoce el cuento del viborón del río, no sabe lo que son los encantamientos.
Cuentan que había una vez un pescador muy pobre y con poca suerte. Se iba tempranito a la orilla del río con el arpón y la red, pero no sacaba ni un pescado, ni uno solo. Y ahí estaba, llorando su mala suerte un día, cuando se le apareció el señor del río, nada menos.
Venía mojado y lleno de escamas, con aire de viborón y olor a surubí. La verdad, metía miedo.
-Si querés pescado, te doy pescado. ¿Querés pescado?
-Claro que quiero. -dijo el pescador, sin creer demasiado en lo que oía.
-Entonces te doy pescado, ¿sabés?, y hay algo que quiero a cambio: que me des lo primero que salga a recibirte cuando vuelvas a tu casa. Lo primero. ¿Estás de acuerdo?
-Sí, de acuerdo. -dijo el pescador, tranquilo el hombre, porque sabía que el primero que salía a recibirlo era su perro, el Manchas.
-Entonces tirá la red nomás y agarrá el arpón, que te esperan los peces.

Ese día el pescador dejó de ser pobre y se volvió suertudo: pescó diez canastos de pescado -surubíes, pejerreyes, tarariras y un dorado que brillaba como el sol- y los vendió bien en el pueblo. Sólo que, cuando volvió a la casa, no salió a recibirlo el Manchas, como siempre, sino su hija, la Narcisa, la única que tenía. Ahí sintió el pobre que el mundo se le venía abajo y que se le borraba la suerte de un plumazo.
-El río quiere a nuestra Narcisa -le contó a la mujer esa noche-, y ya se sabe lo cabrero que es el río.
A la mujer se le ocurrió que tal vez pudiesen engañar al viborón (creía la pobre que el río era zonzo), y al día siguiente no llevaron a la orilla a la hija, sino al pobre Mancha, atado con una cuerda. El río se enojó mucho:
-Ése no fue el trato, che pescador. Quiero a tu hija, que salió a recibirte mucho antes que tu perro.
El pescador supo entonces que nada podía hacer por salvar a Narcisa de su destino.
Le dijo que preparara su atadito de ropa y la acompañó a la orilla. La chica estaba ahí temblando, con mucha cara de miedo, esperando que de un momento a otro se le apareciera el viborón del río. Pero nadie vino a recibirlo. Nada más sucedió otra maravilla: se abrieron en dos las aguas y le mostraron el camino, que se iba hundiendo. Lo raro era que el fondo del río ni siquiera estaba barroso sino seco y lleno de pastito. Narcisa anduvo un largo rato y llegó a una casa muy linda, lindísima, pero muy solitaria.
Golpeó y salieron a atenderla una especie de sombra, invisibles casi, pero muy educadas, muy atentas. Unas le ofrecían comida, otras le peinaban las trenzas, le traían vestidos… Se acostó a dormir en sábanas de seda -¡de seda, nada menos!- y en mitad de la noche alguien que llega y se acuesta a su lado.
Narcisa lo oyó, pero estaba tan asustada que no dijo nada y siguió durmiendo.
Y a la segunda noche, igual.
Y a la tercera, se anima y le pregunta:
-¿Quién sos?
Temblaba entre las sábanas de sólo pensar en las asquerosas escamas del viborón del río.

-Soy tu esposo –le dijo una voz en medio de lo oscuro-, el señor del río. ¿Hay algo que quieras?
-Sí –dijo Narcisa entre sollozos-. Querría volver a ver a mis padres. Acá me siento muy sola. Las sombras son muy amables, pero no dicen ni mu. La verdad, señor, acá me aburro un poco.
-Está bien –dijo el señor del río-, te voy a dejar que vayas de visita. Pero, eso sí, Narcisa, tenés que prometerme que de allá no traés nada, ni la cabeza de un alfiler, ¿me entendiste?, ni el negro de una uña.
-Sí, lo prometo –dijo Narcisa, y se durmió contenta pensando en el viaje.

Al día siguiente el agua volvió a abrirse en dos mostrándole el camino hasta a orilla.
Los padres se alegraron mucho de ver a la hija y le hicieron mil preguntas.
-Pero ¿cómo es él? –preguntaba la madre-. ¿Es feo, hija, muy feo muy feo? ¿Tiene cara de viborón o de pescado?
-No sé, mamá. Cuando llega está todo oscuro.
-¿Y no duerme cuando llega?
-Se duerme, sí, pero se va antes de que la luz vuelva. Me parece que no quiere que lo vea.
Entonces la madre tuvo otra de sus ideas. Le dijo:
-¿Sabés qué pienso, Narcisa? Que lo mejor es que te lleves un fósforo. Esperás a que se duerma y después lo encendés y le mirás la cara. Ahí vas a ver si es de viborón nomás, como dice tu padre, o de pescado, como dijo yo.
Narcisa no quería, porque se acordaba bien de la recomendación que le había hecho el marido, pero tanto insistió la madre que al final se llevó el fósforo escondido entre las ropas. Creía la pobre que, de tan chiquito que era, nadie iba a descubrirlo nunca.
Se paró en la orilla, se abrieron las aguas y volvió a la casa por el mismo camino.

Esa noche el viborón llegó, como siempre, cuando ella estaba ya acostada en sus sábanas tibias, haciéndose la dormida. En cuento el marido empezó a roncar (y bien fuerte que roncan los viborones), Narcisa sacó su fósforo, lo encendió y lo acercó a la almohada. Y no era viborón el que dormía a su lado, no, y tampoco era pescado. Era hombre, y joven, y hermoso. Tan hermoso que Narcisa se olvidó de que tenía un fósforo en la mano y lo dejó caer sobre la frente del muchacho dormido.

¡Para qué! Ya se sabe cómo se pone el río cuando se despierta…
-Me traicionaste, Narcisa –le dijo con una furia tan brava que hizo temblar la cama-. ¿No te dije que no trajeras nada de la casa de tus padres, ni la cabeza de un alfiler ni el negro de una uña?

-Perdoname, perdóname –suplicó Narcisa-, yo sólo quería verte la cara. Mi papá dice que sos un viborón y mi mamá dice que sos pescado…
-¿Y vos hacés lo que te mandan, no? Te dicen andá y vos vas. Te dicen llevá y vos traés. ¿Por qué no pensás un poco? ¡Si supieras lo que hiciste, Narcisa! ¡Siete días me faltaban! ¡Siete días nada más para quebrar el hechizo que me obligaba a ser viborón durante el día! Y ahora, por tu culpa, porque hiciste lo que hiciste, siete años más tengo que sufrir esta desgracia. ¿Sabés lo que es hacer de viborón todos los días, que la gente te vea y diga “¡Uy, qué feo!”? ¿A vos te gustaría?
Narcisa se puso a llorar.
-A mí me gusta ser tu esposa. No me importa que seas viborón –decía, y lo abrazaba.
-Pero a mí sí que me importa, y no quiero que me veas feo, así que me voy y te dejo sola. Pensá bien lo que querés hacer. Si me querés, si querés encontrarme, vas a tener que buscarme en los Tres Picos de Amor. Es una ciudad muy grande y está cerca de un río.
Y ahí desapareció el esposo. Y no sólo el esposo: también la casa, las sombras serviciales y hasta el río… Narcisa apareció parada en medio de un monte espeso, lejos de todo lo que conocía. Con los vestidos rotos, sin zapatos, sin nada, como mendiga.
Comenzó a caminar y caminó tres años por el monte espeso, buscado los Tres Picos de Amor.

Un día llegó a la casa de una vieja revieja más arrugada que la corteza.
-Señora –le dijo cuando salió a recibirla-, soy mendiga y busco un sitio: los Tres Picos de Amor se llama; no sé si lo conoce.
-Jamás oí hablar de ese sitio, hijita –dijo la vieja-, pero eso no quiere decir nada: salgo poco de casa. Puede que mi hijo, el Viento Sur, lo conozca.
Y llegó el Viento Sur sacudiendo las ramas.
-¿Los Tres Picos de Amor, dice? No, niña, hasta allá no llego. Pero puedo acercarla un poco si usted quiere.
Y sin esperar la respuesta, levantó en el aire a Narcisa y voló con ella un año entero. La dejó en un campo, cerca de un ranchito.
Narcisa golpeó a la puerta del rancho y salió a recibirla una vieja más vieja que la vieja revieja arrugada como la corteza.
-Busco los Tres Picos de Amor, señora. ¿Acaso los conoce?
-Conocer no los conozco, hijita, pero los oí nombrar una vez, cuando era chica. En una de ésas mi hijo, el Viento Norte, que anda por tantos lados…
Y llegó el Viento Norte arreando una manada de nubes.
-Sí que los vi –dijo cuando la madre le hizo la pregunta-, los vi de lejos muchas veces aunque no llega tan allá mi recorrido. Cerca la puedo dejar, eso sí. Suba, sí quiere, que la llevo.
Levantó a Narcisa en un remolino y voló dos años con ella.
Por fin la dejó al pie de un cerro, siempre trepando, siempre remontando el río y con los ojos fijos en esos picos tan altos que de noche parecían pinchar la luna. Hasta que llegó a la ciudad milagrosa.
Se metió por una calle, una calle cualquiera, y de pronto –así de milagrosos son los encuentros- se topó cara a cara con el esposo, con el señor del río. El sol brillaba en el cielo, pero no había ya viborón ni surubí ni escamas. Sólo un joven hermoso, que la abrazó, la besó y le dijo:
-Por fin llegaste, Narcisa. ¡Siete años que te esperaba!

Y Narcisa suspiró aliviada.
El cuanto no dice si se quedaron a vivir en los Tres Picos de Amor o si volvieron a la casa del río. Pero a mí se me hace que sí, que volvieron al río, porque los ribereños son así: se encariñan con el agua.