miércoles, 20 de enero de 2016

La picadura (Velmiro A. Gauna)

En los alrededores de Capibara-Cué había una hermosa construcción de estilo californiano, situada en medio de bien cuidados jardines, que pertenecía a un rico hacendado de la capital con estancias en la zona, quien acostumbraba pasar en ella cortas temporadas de verano consagradas, en su mayor parte, a la caza y a la pesca. En ocasiones también solía proporcionársela a sus amigos los que la utilizaban con iguales fines o para breves períodos de reposo. Habitaban en ella, en forma permanente, un viejo con su mujer y dos hijas que, además de cuidadores, oficiaban de jardinero, cocinera y doncellas de servicio, respectivamente.
La gente del Chalé como se le conocía en el contorno, vivía ajena por completo a las preocupaciones y afanes de los capibarenses, pero para éstos, siempre ansiosos de novedades, cualquier hecho referente al mismo excitaba profundamente su curiosidad.
Por eso, cuando pocas horas después que el Osiris hubo abandonado el rústico puerto de la pequeña población y tras haber cumplido con sus recorridas y diligencias, se reunieron los miembros del personal policial en el patio de la comisaría, no es de extrañar que ése fuera el tema de sus conversaciones.
—¿Vido, don Fruto —dijo el cabo Leiva mientras le ofrecía un mate— que han venido güespede pa'l chalé?
—Crés que no tengo ojos en la cara -le contestó el comisario entre chupeteo y chupeteo de la bombilla—. Eran un viejo, una joven y un cusifai con un saquito rabón...
— ¡Pobre mozo, no! A lo mejor no li alcanzó el género...
Arzásola, el oficial sumariante, intervino aclarando:
—Es la moda, ahora la ropa masculina se usa así.
—Será la moda, pero es redícula y endemá ese tajito atrá... Salí d'ahí si eso nú es pa hombre — afirmó don Frutos.
—¿Haberán venido a pescar? —volvió a preguntar Leiva que era un curioso impenitente.
—No —le respondió el oficial—, han venido a pasar una larga temporada con fines de estudio.
Tuve ocasión de hablar con ellos porque me trajeron una carta de don Eleazar Gandía, el estanciero, recomendándolos.
—Ta güeno ... ¿Y quiénes son?
—El más viejo es el profesor don Asdrúbal Dovino, el joven su ayudante, don Justo Tejada y la muchacha es la señora del profesor.
— ¡Mira lo que son laj cosa! Yo creiba qu'era su hija nicó porque hay mucha diferencia 'e edá...
—Tonses me parece que... —soltó Leiva y ya iba agregar un comentario malicioso cuando Arzásola lo interrumpió:
—Reserve sus opiniones cabo. No hay que ser suspicaz.
El subordinado quedó callado, meditando en el significado de esa palabra, para él desconocida, cuando el oficial prosiguió:
—El profesor Dovino es un reputado ornitólogo y por eso ha venido acá. Cree que tiene mucho que hacer en esta zona...
— ¡Ja!.. ¡Ja!... —rió groseramente el cabo—. ¡Qué chasco se va a llevar!
—No veo el por qué.
—¿Qué pa* dijo qu'era el hombre?
—Ornitólogo.
— ¡Pero qué pa va a haser hornitos púa acá! ... Si el que más o el que menos sabe haser el suyo. ¿No los vido detrá 'e laj casas?
— ¡Pero, cabo!... ornitólogo es el que estudia la vida y costumbres de los pájaros...
—Cha que son arrevesaos pa haular... ¿Y cómo pa le llaman, entonses al que hace hornos pu allá?
—Y ... le llamarán Alonsito —exclamó don Frutos dando el nombre común en la región al pájaro que, en otras partes, se conoce por hornero.
Pero la llegada de un paisano de pañuelo negro que entró haciendo girar el sombrero entre las manos los interrumpió.
—¿Qué pa te pasa, Dámaso? —le dijo don Frutos.
—Güeñas, comesario, me he venido a denunceár que me se murió mi tío Alfonso, nicó.
— ¡Aja! ¿Y cómo pa jue la cosa?
~Y ... no sé, pa mí que se jue a pescar medio en trinqui y se augó porque lo sacamos cerca '1 remanso Grande ya tuito hinchao...
—Sierto, el pobre era emperrao demá por la caña paraguaya. Ta güeno.
Enseguida, dirigiéndose a Arzásola, ordenó:
—A ver ofisial, dale '1 sartificao 'e defunción nomá.
El sumariante así lo hizo pero, cuando el deudo se fue, no se resistió a preguntar:
—¿No convendría investigar un poco, don Frutos?
—¿Qué pa vas a investigar m'hijo? Naides iba a tener interés en hacerle daño al viejo Alfonso y endemá, ¿qué iban a salir ganando con dijuntearlo?
Ése era su procedimiento habitual en todos los casos. Lo único que preguntaba era:
—¿De qué pa murió?
Y las respuestas eran: garrotillo, pasmo, picadura de víboras, un aire en l’espalda, la paletilla caída, pata 'e cabra, etc.
Después de escuchar la causa, sin otras averiguaciones, ordenaba:
-Ta bien. Dale el sartificao nomá...
Arzásola, cuya superior cultura no tenía motivo de lucimiento en el estrecho medio de la comisaría de campaña, se hizo muy amigo de los recién llegados y, en especial, de Justo Tejada, el ayudante. Este solía venir a buscarlo en la comisaría y, a veces, hasta le acompañaba en sus guardias. A pesar de ser una figura habitual, tanto don Frutos como Leiva no hicieron buenas migas con él y, pretextando diversos quehaceres, los dejaban solos con harta frecuencia.
—¿Yo no sé por qué no les cae en gracia Tejada? —decía cierta vez el oficial—. Es un muchacho muy culto y trabajador.
—Será, pero pa mí es como l'aseite 'e bacalao, es güeno pero no lo trago —replicó don Frutos— y agregó despreciativo: ¡Y ese saquito! ... pero, ¿no se haberá mirao n'el espejo? —La manera de vestir no tiene nada que ver con sus dotes personales. Lo que hay que tener en cuenta es como lo ayuda al profesor.
— ¡Je! —saltó Leiva—. Ya me dijo la hija 'e doña Petrona, la cocinera, ¡qu'hay que ver cómo lo ayuda! Especialmente con...
—Le repito cabo —se encrespó Arzásola— que no se deje llevar por los chismes y no sea suspicaz.
—Pa mí, Arzásola —dijo pausadamente don Frutos—, el cabo nú anda muy errao. Vo sabe bien '1 refrán que nú hay que dejar juntos l'estopa y el juego...
—¿Así que usted también se me ha vuelto suspicaz, don Frutos? —exclamó Arzásola con desaliento.
—Y dale con la palabrita ésa... Güeno, yo no sé si seré supicá como vos decís, pero me parece que si tira l'anzuelo vo también podes picar.
— ¡ Y qué lindo surubi' bien blanquito 'n la panza que sacaría! —rió Leiva.
—Lo que hay es que son unos mal pensados —se enojó el oficial y, levantándose de su asiento se marchó de la habitación.
Medio arrepentido de sus bromas don Frutos quedó mateando y, al cabo de un momento, siguió comentando con Leiva:
—Vo que anda medio entreverao con l'hija 'e Ña Petrona, ¿qué más te contó?
— ¡Viera don Frutos lo raro que son! . . . Son casaos, pero cada uno tiene su cama y su piesa aparte.
— ¡No digas!
—Verdá. Se lo juro... Y a vese '1 viejo suele estar doj o tre día n'el monte con unos piones que lo ayudan pa casar bichos y juntar nidos. Tonses el moso queda con ella pa acompañarla...
—Mira ¡eh!
—Dispué dise qu'el viejo se pasa laj horas ditándoles cosas y si será desagradesío el moso, ¿sabe lo que hace?
—Si vo no me lo desís no lo vua endivinar...
—Se enllena '1 papel 'e rayas y garabatos.
—Tendrá la letra fiera como los doutores.
—No, don Frutos, la muchacha que anda conmigo me muestro un'hoja y yo la miré pa tuitos laos y nú había una letra ni pa rimedio. Una ve qu'el viejo salió un momento ella le preguntó por qué no ponía laj cosas que le desía el profesor y él le contestó que lo tenía tuito escrebido en "está aquí García"...
— ¡Pero no sias bruto, Leiva! No debe ser está aquí García, sino la telegrafía que le disen qu'es tuito con raya y punto.
— ¡Y vaya a saber, don Frutos las cosas raras 'e loj puebleros!
Después de dos meses de la llegada de los forasteros se encontraban una mañana don Frutos y el oficial en el boliche de don Pedro, en un descanso de sus recorridas, cuando llegó Leiva apurado:
—Premiso, mi comesario.
—¿Qué ocurre m'hijo?
—Si ha venío '1 moso 'el chalé a denuncear que sia muerto '1 viejo.
—¿Murió el profesor Bovino?
—Ansí parece...
—¿Y de qué jue?
—Porque dise endayé que le dio cinco pesos a Ciríaco.
— ¡No puede ser! ... ¡Cómo va a morir por eso! Habrá oído mal . . . —exclamó Arzásola.
—A lo mejor no son cinco peso sino cuatro y medio —dijo burlonamente don Frutos—, pero lo mesmo está muerto. Vamoj pa allá.
En el local policial encontraron al ayudante todo apesadumbrado, quien le hizo la siguiente narración:
—Esta mañana cuando la mucama llamó a la pieza del profesor, para entrar con el desayuno, no recibió respuesta. Entonces, después de un rato, avisó a la señora y cuando ella abrió la puerta lo encontró muerto en la cama, al parecer de un síncope cardíaco.
—¿Vido qu'era sierto lo de sinco que le dije? —interrumpió Leiva.
—¿Qué pa eso del síncope, oficial? —preguntó el comisario.
—Un ataque al corazón... ¿Le extiendo el certificado?
—No, m'hijo. Lo vamoj a hacer avisar primero al doutor Levinsky, en Ramada Paso.
—Pero, don Frutos... —quiso protestar Arzásola.
—Nú hay pero que valga. Yo solo no quiero echarme esa responsabilidá. Anda Leiva y venite con el médico mientras nojotro vamo pa'l chalé.
Partió el cabo en su comisión y ellos fueron al lugar del deceso.
En la casa se encontraron con la joven esposa que los recibió muy nerviosa y con los ojos llorosos. Arzásola le dio el pésame y luego pasaron a la habitación del extinto.
El profesor Bovino se hallaba en el lecho cubierto con una sábana. Don Frutos la retiró y bajo ella encontró el cadáver vestido con un pijama blanco y ya con la rigidez cadavérica.
—Vea moso —dijo entonces el comisario—, usté llévesela a la señora a que descanse y pa ahorrarle '1 dolor 'e verlo '1 finao, demientra nojotro cumplimo con nuestro deber. Yo me vua quedar con l'ofisial. Obedecieron los dueños de casa y don Frutos empezó a observar detenidamente el dormitorio que tenía puertas y ventanas protegidas con telas metálicas para impedir la entrada de insectos. El piso estaba encerado y todos los muebles relucían sin una pizca de polvo. Don Frutos lo curioseaba todo con sus ojillos pequeños y escrutadores. Luego, inclinándose sobre el muerto lo levantó de un lado y después del otro.
—¿Qué? —se burló el oficial—. ¿Le está buscando alguna puñalada?
—No m'hijo, pero me gusta mirar. Se apriende...
—Si es así...
—Por ejemplo, ¿te parece qu'en esta cama haiga chinchas o pulgas?
— ¡Qué esperanza!
—Sin embargo aquí n'el saco, debajo '1 sobaco tiene una manchita 'e sangre. Apenitas se la ve.
Dejuro es la marca 'e alguno 'e esos bichos...
Desprendió los botones del pijama del difunto y señaló en el costado y casi bajo la axila, en el lugar que correspondía a la mancha una pequeña señal rojiza.
—¿Viste? Ahí parece que le ha picao algo...
—Es verdad. Sería algún insecto.
—Chincha ni vinchuca no pueden ser porque no le han dejao roncha. Endemá la chincha deja una argolita colorada alderredor...
—Una aureola.
—Será, endemá pa marca 'e araña es muy chica...
—¿Pudiera haber sido un granito que se rascó?
—Teñe razón. Vamoj a esperar al médico.
El doctor Levinsky que llegó después de casi media hora levantó los párpados del extinto y le observó las pupilas, reparó en otros detalles e hizo venir a los parientes para preguntarles:
—¿Tomaba algún somnífero?
—Sí, doctor —contestó la señora—, como sufría de insomnio acostumbraba a tomar algunas pastillas que le habían recetado en Buenos Aires.
—Entonces —repuso el facultativo— ésa es la causa de la dilatación de las pupilas. Luego agregó:
—Bien. Los síntomas son todos de síncope cardíaco, quizás se haya excedido en la dosis y tendría el corazón muy debilitado . . .
—¿Ansí que no está siguro? —preguntó don Frutos.
—Seguro que fue un síncope estoy, pero las causas pueden ser varias.
—Tonse, ¿por qué pa no le hase la utosia pa salir 'e dudas?
— ¡Oh! No hay necesidad —dijo Justo Tejada.
—Evite esa profanación inútil, doctor —pidió la señora.
—En estas cuestiones es el comisario quien decide —manifestó el galeno.
—Güeno, entonce vamoj a dejarlo solo al doutor pa que trabaje. Siempre conviene no quedarse
con la curiosidá —concluyó don Frutos.
Tejada salió protestando contra lo que consideraba casi un atropello y la mujer rompió a llorar nerviosamente, pero don Frutos se mantuvo inflexible y desoyó los pedidos que también le hiciera Arzásola.
Al cabo de un rato el doctor Levinsky se asomó y llamó al comisario.
Enseguida volvieron a salir y don Frutos dijo, sañalando a Tejada y a la mujer:
—Quedan detenidos ustede do, por la sospecha 'e asesinato '1 profesor. 
Arzásola vino hacia él y le dijo:
— ¡Pero es una acusación absurda! —Desgraciadamente es bien fundada, oficial
—intervino Levinsky—. Ese hombre fue, al parecer narcotizado y, luego, cuando estaba dormido se le introdujo una larga aguja o un pincho de sombrero, debajo del espacio axilar y a la altura del quinto espacio intercostal izquierdo llegando al corazón. La pequeñez de la herida evitó la hemorragia externa...
—¿Viste, Justo, que se iba a descubrir?... Yo te lo dije... —prorrumpió la mujer y se echó a llorar casi histéricamente.
— ¡Cállate, imbécil! —tronó el hombre que estaba a su lado. Pero ya era tarde.
Tratándose de dos delincuentes novicios fue tarea fácil arrancarles una completa confesión de los hechos. El profesor Bovino había entrado, últimamente, en sospechas con respecto a la conducta de los jóvenes y decidió enviar a Tejada de regreso a Buenos Aires. Al hacer un reajuste de cuentas descubrió que el ayudante había utilizado en su beneficio una importante suma de dinero, valido de la confianza que se le dispensaba. Le dio una semana de tiempo para que escribiera a sus familiares y le retornara dicha cantidad o de lo contrario lo enviaría a la cárcel. Tejada, que sabía que no podría conseguir la suma y conocía la simplicidad de los métodos policiales de don Frutos, decidió eliminar al viejo, con la complicidad de la esposa que se aburría soberanamente en el lugar y sería beneficiada por la herencia. Además así tendrían libertad para seguir con sus amores. El joven pintó las cosas como fáciles de realizar y hasta se burló de la rusticidad del comisario. Aprovechando el intenso sueño del anciano provocado por el somnífero, el ayudante, le introdujo un largo pincho de sombrero debajo del brazo ocasionándole la muerte. Luego limpiaron la poca sangre que había salido y le colocaron un pijama limpio esperando que, a la mañana siguiente, nadie se daría cuenta del hecho y todos aceptarían el síncope cardíaco como causa.
—También usted, don Frutos —decía después Arzásola— si siempre daba los certificados de defunción sin ninguna investigación, ¿cómo se le ocurrió hacerla en este caso?
—Es que aquí la gente muere d'empacho, aires, puñaladas o tiros que son muertes naturales y no d'esas cosas raras...
—No obstante eso -replicó el doctor Le-vinsky—, ¿qué le hizo pensar en la existencia de un crimen?
—Y esa manchita 'e sangre, pues. ¿De ande iba a salir si allí nú había bichos que le picaran? Y dispué...
—¿Y dispué, qué? —preguntó ansioso el oficial.
—El Tejada ese nunca me pareció un buen tipo.
—¿Por qué? Si jamás dio motivo.
—Salí d'ahí, qué cosa güeña va a ser un tipo con un saquito como ése que pa chaleco es largo y pa saco se quedó rabón... Tenía que haser alguna macana y la hiso nomá...

Velmiro A. Gauna

lunes, 18 de enero de 2016

Robo en Capibara-Cué (Velmiro A. Gauna)

—¿Cuánto falta, don Serra?
—Por lo que yo sé, la pérdida mayor es de los $ 20.000 que habíamos recibido el sábado para el pago de sueldos, jornales y unas cuentas pendientes.
Don Frutos miró la abierta caja de hierro, luego paseó su mirada por la ordenada oficina y prosiguió:
—¿Al parecer no hubo violencia?
—No, don Frutos, quienquiera que haya sido usó las llaves tanto para la puerta como para la caja.
Del grupo de los tres empleados que estaban de pie, respetuosamente a un costado, se adelantó un mozalbete de negros cabellos rizados y pobladas cejas de árabe, para decir:
—Cuando llegué esta mañana, me sorprendió encontrar libre la entrada, pero no le di mayor importancia pensando que el contador se me hubiera adelantado, pero, luego, al no verlo por ninguna parte y hallar la caja de caudales en ese estado, me asusté...
—¿Y qué hiciste, muchacho? —interrumpió el comisario.
—Volví a la puerta y quedé un rato indeciso hasta que llegaron estos dos. . .
—Entonces —explicó un viejo de nariz prominente y avanzada calva llamado Pardilla— pensamos que lo mejor era avisar a don Serra.
—Apenas llegó Béjar con la noticia —continuó el dueño refiriéndose al mozo de tipo arábico— vine y me encontré con esto...
—¿Y el contador?
—No vino y eso es lo que me extraña, porque éstas son sus llaves. Sin embargo, no pudimos encontrarlo en ningún lugar de la casa y en su pieza, adonde lo mandé buscar, tampoco había nadie...
—Güeno, con tuito eso la cosa parece clara. ¿No es verdad, don Serra?
—Será, comisario, pero no puedo creerlo. El contador, Santiago Tejada, tenía toda mi confianza...
—Pero los hechos cantan, pues. . . Estas son sus llaves y la plata y el mozo se han hecho humo...
—No se lo niego, pero le repito que me resisto a creerlo. Si ha tenido ocasiones en que pudo haberse ido con mucho más dinero...
— ¡Y de ahí...! Esta ve la tentación haberá sido más juerte. Loj hombres semo, a vece, como esas guainas que en tuito '1 año no levantan loj ojo del suelo y, cuando van a uní baile, dispué 'e la tercera pieza nomá, ya hay que ponerles freno pa que no se desboquen...
—Tampoco yo puedo creerlo —se aventuró Pardilla.— Si tejada era la honradez en persona.
Don Frutos los saludó sin agregar palabra y volvió a la comisaría.
De inmediato despachó agentes a los pueblos cercanos de Ramada-Paso, Itá Ibaté, Itatí y algunos lugares de la costa en busca de noticias del prófugo.
Pero, como decía el cabo Leiva, "ni que se lo hubiera llevao Mandinga" porque en ninguna parte se encontraron rastros del fugitivo.
El robo conmovió a Capibara-Cué y, aunque era lunes, el almacén de don Pedro contó, después de la hora del almuerzo, con una crecida concurrencia que había ido, más que a lugar a las cartas o a beber una copita, a procurar informaciones sobre el suceso.
El Turco Béjar hablaba hasta por los codos, interrumpiéndose solamente, de tiempo en tiempo, para sorber con fruición, un vaso de caña.
—Para mí —decía—, Santiaguito, como le llamábamos a Tejada, nunca me fue simpático. Era
demasiado amigo de estar mandando y se volvía puro "Hace esto"... "Copiá aquello... "Averigua esos datos", etc.
—No digas tal cosa —le interrumpió Pardilla mientras se secaba las gotitas de leche que le habían quedado en el bigote ya que era abstemio—. Tejada era un buen chico, habrá tenido su tentación o ¡quién sabe!
—Después de todo —prosiguió Béjar imperturbable— hizo bien, mientras nosotros debemos seguir sudando él se dará la buena vida.
Osvaldo Villa, un viajante de ferretería, que ocupaba otro de los lados de la mesa, esperó que el Turco ahogara en caña su torrente oratorio para decir:
—Quizá yo sea un poco culpable de lo que pasó...
Los demás, al oírlo, hicieron silencio y él, hundiendo los pulgares en los bolsillos del chaleco, continuó: —Sí, cuando conversábamos, yo le hablaba de la vida en las ciudades, de las diversiones, y le reprochaba el que, siendo tan joven y capaz, se hubiera venido a enterrar en este pueblo. A veces se entusiasmaba y me decía que cuando juntara unos pesos se iría...
— ¡Y claro que los juntó y se fue! —rió sarcástico Béjar.
—No sabemos... no sabemos, todavía —Volvió a decir Pardilla y pidió un nuevo vaso de leche.
— ¡Bah!... ¡bah! Lo que es Tejada ya no vuelve —insistió el primero—; habrá cruzado el
Paraguay para ir desde allí al Brasil y ¡feliz viaje...!
Don Frutos, apoyado contra el mostrador oía y callaba. Después de un rato, cuando ya la gente empezó a dispersarse para retornar a sus ocupaciones, regresó a la comisaría.
El oficial Arzásola había aprovechado la ausencia para ordenar una limpieza a fondo del local y para que sacaran la tierra acumulada debajo del escritorio, hizo correr el pesado y voluminoso mueble hasta cerca de la puerta.
El comisario, que venía desde la intensa luz de afuera, siguiendo su camino de costumbre, entró de golpe y lo llevó por delante con gran violencia, cayendo junto a él.
— ¡Pero, don Frutos! —dijo el cabo Leiva mientras acudía a socorrerlo—. ¿Adonde pa tiene loj ojo?
— ¡Pucha, digo! No pude verlo —replicó el comisario.
—Si estuviera escuro me esplico —siguió Leiva, ayudándolo a incorporarse y en tanto le sacudía la ropa— pero hay nicó bastante luz y l'escritorio es ma grande qu'una vaca.
—Es que la luz externa es más intensa y se cegó —dijo Arzásola y añadió filosófico: —veces hay que un pequeño resplandor no nos deja ver las montañas.
—Risplandor o no risplandor, el golpe duele lo mesmo —finalizó don Frutos.
Sacó un sillón al patio que colocó a la sombra de un frondoso Jacaranda y empezó a balancearse hasta que quedó dormido.
Cuando despertó y mientras tomaba mate, miraba el hermoso cielo correntino con el desfile incesante de las nubes. De pronto, una bandada de patos siriríes trazó sobre el fondo blanco de un cúmulo su formación en V y se perdió ruidosa y veloz hasta la otra costa.
—Via hacer algunas deligencias — dijo después e invitó al oficial: —¿querés venir conmigo?
—A sus órdenes, don Frutos —le respondió Arzásola y fueron por las calles del pueblo hasta la habitación del desaparecido.
El agente que estaba a la puerta, los saludó y los dejó pasar. La pieza estaba discretamente amueblada y bien ordenada.
Hicieron llamar a una mujer que vivía a unas cuadras del lugar y que era quien se encargaba de la limpieza.
—Vea, doña Juana —le dijo don Frutos— mire a ver si falta alguna cosa pero no regüelva demasiao...
—Ni falta que mi hace si ya van pa tres año que li hago la piesa al niño Santiago y la conosco como la palma e mi mano...
Se colocó los brazos en jarra y, plantándose desafiante en medio del cuarto, dijo airada:
—Y digan lo que digan las malas lenguas que se jue con la plata 'e don Serra, pa mí son tuitas macanas. Ahí tiene...
—Ta bien, doña Juana, pero aura pa ayudarlo al moso ni anque sea, mire y diga si falta algo.
La mujer paseó su mirada escrutadora por el recinto, abrió un pequeño ropero y contestó:
—Pa mi ver no falta más que lo que tenía puesto, el traje azul nuevo, los zapatos negros y…
Se inclinó sobre el fondo del mueble, después fue hasta el lecho para revisar los cobertores y exclamó extrañada:
—Tamién no encuentro una colcha azul que estaba allí...
—¿Segura pa, doña Juana?
—Segura ité, don Frutos.
Al otro día el comisario desarrolló una intensa actividad. Visitó al señor Serra y mantuvo con él una extensa conversación, luego interrogó a los empleados nuevamente y, volviendo a la comisaría, ordenó ensillar su caballo y fuese al vecino pueblo de Ramada-Paso desde donde retornó cerca de las once.
Sacó, a la puerta, una silla de junco y se puso a mirar distraídamente el horizonte.
—¿Supo algo de Tejada? — le preguntó Arzásola.
—Nada m'hijo.
—¿Quién sabe pa onde se haberá ido? — terció Leiva mientras le alcanzaba un mate.
—Decí ma bien onde estará... — le corrigió don Frutos.
— ¡Peina! onde se haberá ido u estará es la mesma cosa demientras no se sepa la rispuesta
—replicó el cabo.
—Eso es porque vo no miras al cielo de onde saben venir las mejores rispuestas... —dijo el comisario sentenciosamente.
Leiva recibió el mate vacío, entró al local y entregándolo a un agente ordenó furioso:
—Toma Gutierre, llévale vo loj mate al comesario que aura se está golviendo pueta tamién como l'ufisial. A lo mejor se haberá acontagiao...
Y, enseguida, remedó:
—Del cielo vienen las mejores rispuestas...
Escupió despreciativo en un rincón y salió al patio a dar de comer a los caballos.
El resto del día pasó sin mayores novedades, pero don Frutos siguió siempre cerca de la
puerta, ora tomando mate, ora fumando largos cigarros con los ojos clavados en el firmamento.
En la mañana siguiente, bien temprano, retomó su ubicación, hasta que, de pronto, llamó:
— ¡Leiva!...
El cabo vino arrastrando su largo sable. —¿Qué se le ofrece, comesario? —Mira allá pa'l lao '1 cañadón...
— ¡Aja! Andan rivoiotiando unos chimangos.
—Güeno, atendé.
Habló con él en voz baja y el cabo, después de asentir, salió acompañado por un agente.
Luego don Frutos dijo a Arzásola:
—M'hijo, anda 'e don Serra y me lo traes al moso ese que le dicen el Turco.
—¿A Béjar?
—Sí, y lo metes en el calaboso encomunicao.
Luego fue al almacén de don Pedro para gastar el tiempo mientras esperaba la llegada del barco que, al volver desde el norte, hacia su escala semanal.
Cerca de una hora después el Iguazú llegó por el medio del río y se detuvo frente a Capibara-
Cué, pero sin atracar. De su costado bajó una canoa en la que trajeron la correspondencia y carga y en la cual llevarían de retorno el correo y los pasajeros del pueblo. Osvaldo Villa se despidió de los amigos que estaban entre un grupo de curiosos, que habían ido a ver el arribo del vapor, tomó sus valijas e iba a descender por el senderito que llevaba al pie de la barranca, cuando don Frutos le puso la mano sobre el hombro.
—Venga conmigo, mozo.
— ¡Pero, don Frutos! si tengo que irme en el Iguazú...
—Por hoy no será posible...
—¿Por qué?
—Tengo mis razones.
—Usted me perjudica y lo haré responsable.
—Pacencia, pero vamos a la comisaría.
—¿Qué delito he cometido?
—Ya te explicaré, vamos...
Sin dejar de protestar cargó su equipaje y fue con el funcionario. Una vez llegados a destino don Frutos, ordenó:
— ¡Traiganlón al Turco ese! Apareció Béjar hecho, también, una furia. ¿Se puede saber comisario, la razón de este atropello?
—Los dos están presos por cumplicidá.... —¿Complicidad en qué? — preguntó Villa. —En el robo de don Serra.
— ¡Vamos, don Frutos! —dijo Béjar—. ¿Acaso no fue Tejada el ladrón?
—Sí pero lo hemos detenido y ha riclarao. que ustedes do jueron cúmplices.
— ¡Es mentira! —tronó Villa—. Eso no es cierto.
—¿Por qué m'hijo?
Vaciló repentinamente el interrogado y se atropello enseguida:
—Pues. . . porque. . . es ridículo que pueda acusarnos.
—Es absurdo —agregó el otro detenido, con vehemencia.
—Güeno, no se aflijan porque aura nomá lo van a traer, y tuíto se aclarará...
—Mejor, sí, es mejor —exclamó Béjar—. Vamos a ver cómo lo prueba.
—Pero si es una burda mentira —protestó Villa—, no sé qué está persiguiendo con esta comedia.
En ese momento entró don Serra y don Frutos-dijo:
—Dentro 'e un rato van a traer a Tejada. ¿Tiene allí el papelito '1 otro día?
—Sí, don Frutos.
Villa, tratando de aparentar serenidad, pero sin poder ocultar su turbación, preguntó:
—¿Quizá usted me pueda explicar, don Serra, a qué se debe todo esto? ¿Por qué se me hace perder el vapor y se me perjudica en mis intereses...?
—No te aflijas porque aura nomá lo traen
—interrumpió el comisario. Entonces Béjar, exclamó:
—Me alegro, para que pueda ver don Serra que nada tengo que ver en este asunto.
Pocos minutos después se oyó el áspero chirriar de los ejes de un carro que se detuvo frente a una puerta. Enseguida Leiva y un agente hicieron entrar, tendido sobre un poncho, un bulto que esparcía un horrendo olor.
—Taba n'el pozo '1 rancho viejo que jue 'e loj Silva.
—¿Vieron lo que les dije? Aquí vino Tejada — expresó don Frutos y levantando una punta de la colcha que lo cubría puso al descubierto el cadáver de un hombre joven trajeado de azul.
— ¡Tejada! — gimió Béjar.
— ¡Pobre Santiaguito! — exclamó don Serra mientras las lágrimas cubrían su rostro. 
Osvaldo Villa, pálido, se aferraba a la mesa. El comisario, enseguida, ordenó:
— ¡Llevenlón al galpón y vayan a buscar un cajón pa este cristiano! Después, indicando con el dedo a Villa, le dijo:
— ¡Vo lo mataste!
— ¡No!... ¡No!... ¡Yo no fui!... —se defendió el otro—. Usted no puede probar lo que dice.
— ¡Qué no! A ver tu cartera...
Sacó el acusado la misma, tembloroso, pero desafiante.
Don Frutos la sopesó por un momento y dijo:
—Es mucha plata pa un viajante...
—Tonteras. Yo siempre cargo muchos pesos por mi ocupación. Una parte es dinero de cuentas cobradas.
Don Serra recibió la cartera de manos del comisario y empezó a hacer pasar los billetes uno por uno mientras iba mirando en un papelito, para finalizar:
—Estos de acá coinciden.
Arzásola, mientras tanto revisaba las valijas y, en el fondo de una de ellas, entre las hojas de un libro encontró otros más que también dio al comerciante el que, después de mirarlos, agregó:
—Éstos también.
Villa bajó la cabeza y no añadió palabra. Don Frutos, entonces, mandó que lo encerraran en el calabozo acusado de asesinato y robo.
Don Serra salió para encargarse del entierro de su difunto empleado y, cuando quedaron solos,
Arzásola le preguntó al viejo que daba suaves palmadas en la espalda de Béjar para consolarlo:
-"¿Cómo hizo para descubrir este enredo, comisario?
—Vo me diste la idea.
-¿Yo?
—Sí, vo, cuando me dijiste: Vese hay que un pequeño risplandor no noj deja ver la montaña.
-¿Y qué?
—Esa siesta pensé: ¿No será que con tuito este barullo '1 robo no estoy pudiendo ver algo maj grave? Dispué, cuando juimo a la pieza '1 pobre me dije: ¿Pa qué le iba a hacer falta una colcha? Ma vale hubiera llevao pápele, ritrato, ropas... Endemá que para disparar no se hubiera empilchao como pa dir a un baile...
—Es cierto, don Frutos.
—Cuando visité a don Serra, éste me dijo: "¿No le parece raro que si tenía intención de robar el sábado me haiga dejao la lista 'e loj billete recibido con la numeración? ". A mí me pareció lo mesmo y dentre a pensar que al pobre podían haberlo matao pa sacarle las llaves y robar la plata.
—Pero, ¿cómo sospechó de Villa?
— ¡Porque los do eran amigo y ese mozo jue esa noche al baile 'e Ramada-Paso. Calculé que
Tejada al vestirse 'e fiesta sería pa hacer lo mesmo y al no haber rastro 'e lucha 'n la pieza era porque siguro dejó dentrar a alguien 'e confianza que lo agarró desprevenido. Me imagino que lo haberá estrangulao con alguna corbata o una cuerda porque tampoco hubo rastro 'e sangre, dispué lo envolvió en la colcha, lo colocó cruzao sobre '1 caballo, siguió por el camino y se desvió por el lao '1 cañadón pa dir a tirarlo en un aljibe abandonao que hay en esos rachos en ruina, pensando que habería 'e pasar mucho tiempo antes que lo descubrieran. Mientras tanto creerían que se había escapao con el dinero y le daban tiempo pa juir tranquilo.
—¿Después volvió a robar?
—No, con gran sangre fría jue a la fiesta de Ramada-Paso, estuvo allí unaj hora, luego golvió, efectuó '1 robo y jue a la fonda a esconder la plata y esperó, contando con qu'el pobre infeli cargaría con la culpa, pero se olvidó que lo forastero son muy observao 'n lo pueblo chicos y ansí supe que salió de su pieza a las 10 de la noche y solo llegó '1 bañe a laj 12 cuando nú hay ma que una hora 'e viaje. ¿Qué hizo durante la otra?
—¿Por qué no lo arrestó, entonces?
—¿Con qué pruebas? Pudo haberme dicho que esa hora la empleó pa mirar la luna y a la fija tendría bien escuendido loj billete. Me hacía falta darle confianza pa que se descuidase un poco y, endemá, no tenía '1 cadáver 'e Tejada.
—No me explico cómo supo dónde había de hallarlo. En ese pozo abandonado pudo haber estado meses y meses...
—Si no hubiera chimangos, sí, pero estos animalitos 'e Dios tienen una vista o un olfato extraordinario y cuando hay una usamenta ya están dando güeltas, como perro antes 'e acostarse.
—¿Por eso usted miraba tanto el cielo?
—Siguro, pue, pa tener una idea '1 lugar. Luego cuando los vide lo mandé a Leíva que es baquiano y jue fácil dar con el finao. Dispués me aseguré má cuando lo acusé 'e cumplise, porque éste qu'es inocente, protestó un poco, pero, enseguida, se puso tranquilo a esperarlo, mientras él alegaba que no pedería ser, que eran mentira porque sabía que estaba muerto.
—Bien —dijo Béjar—, ahora quisiera saber: ¿por qué me eligió a mí para darme este mal rato?
—Pa, castigarte, porque vo estuviste haulando mal del finao n'el almacén. ¿No te arricordás?
El Turco bajó la cabeza, se levantó de su asiento y salió rumbo a su casa, pero parece que, a mitad de camino, se arrepintió porque torció de dirección y fue al almacén a entonarse con una cañita.
Velmiro A. Gauna

sábado, 16 de enero de 2016

Crimen en la Madrugada (Velmiro A. Gauna)

—¿Órdenes para el día de hoy, señor comisario? 
La mirada de don Frutos, entretenida en observar la espuma del mate que se disponía a sorber, se levantó, como con pereza, desde la boca del recipiente para clavarse en la figura tiesa del oficial sumariante, detenido respetuosamente a un paso de distancia: los talones pegados, las puntas de los pies separadas, las manos adheridas al costado, el pecho saliente, la barbilla alzada, en impecable posición militar. Luis Arzásola se había incorporado, el día anterior, al personal, excelentemente recomendado por el jefe de policía de la capital correntina, pero sus actitudes y procederes, desacostumbrados en Capibara-Cué, desconcertaban a cada momento al comisario. 
— ¿Qué clase 'e ordene, oficial? 
—Las rutinarias, señor; horario de instrucción y academia para la tropa, lectura y despacho de correspondencia, actualización de prontuarios, investigación de los casos pendientes, etc. 
—Primero vua terminar este amargo —dijo don Frutos y, tras reflexionar un poco, agregó:—y descanse, nomá, m'hijo porque de no va a quedar envarao n'esa postura. 
Arzásola aflojó algo la tiesura de su posición y aguardó hasta que su superior, entregando el mate vacío al agente Ojeda, prosiguió: —Vea, mi amigo. . . Yo no sé cómo se manejan loj policía 'n la capital, pero aquí n'el campo no tenemos denguno d'esos lío y noj arreglamo como Dios noj da a entender. Desde aquí vichamos a loj forastero que caen al pueblo, mandamo unoj agente cuando hay baile, carrera, riña 'e gallo o tabeada y estamo listo p'acudir siempre que haiga bochinche... 
—¿Y en caso de robo, asesinato o delitos similares? 
—Tonses vamo p'al lugar del hecho, investigamo y metemo n'el calabozo al culpable, pues. 
—Está bien, señor, seguiré sus métodos, ya que debo acatarlos por disciplina, pero permítame que me atreva a decirle que soy escéptico. 
—No tenga vergüenza d'eso, ufisial —intervino el cabo Leiva—, aquí también tenemo a don Nicodemo qu'es diabético . . . 
El asombro dejó mudo a Arzásola, y el cabo prosiguió: 
—Pero doña Belén, la curandera, lo está mejorando grande, nicó con tecitos 'e hojas 'e mora negra. ¿Por qué pa no la va a ver ansí lo cura? 
—¿Curar de qué? —tronó el otro. 
—Y d'ese mal que usté sufre, pues... ¿No dijo qu'era esético? 
—Escéptico no quiere decir que esté enfermo de nada, sino que dudo de los resultados del sistema policíaco aquí imperante, señor cabo. 
—Y güeno, perdone... el que tiene boca s'enquivoca —concluyó Leiva. 
Don Frutos, al parecer indiferente, seguía con su rosario de mates, pero en los ojos le brillaba una lucecita de malicia. 
Pocos minutos después llegó a todo galope un peón de la estancia Las Palomitas para denunciar que, en horas de la madrugada, alguien había muerto de un tiro a don Lucas Britos, el dueño del establecimiento. 
Dejando a Leiva a cargo de la comisaría, montaron a caballo y partieron don Frutos, Arzásola y el agente Gutiérrez hacia el lugar del suceso que se encontraba a unas tres leguas del pueblo, sobre el camino real, y arribaron en algo menos de una hora. 
Era una mañana de setiembre y los campos, estaban verdeantes y floridos. Cuando llegaron, el peón que iba con ellos bajó a abrir la tranquera y la comisión entró por un bien cuidado camino de tierra bordeado por frondosos paraísos. A un lado se veía un monte de naranjos y limones y, al otro, las vastas praderas cubiertas con mugidora hacienda. 
—¿Era hombre rico el señor Britos? —interrogó el oficial. 
—Lo que se dice forrao 'n plata —le respondió don Frutos. 
Pronto llegaron al casco de la estancia constituido por las habitaciones para los dueños y los galpones donde almacenaban los productos de la misma. A un centenar de metros se alzaba una enorme construcción donde vivían los peones y, en sus cercanías, se desparramaban corrales, establos, depósitos y bebederos. 
Apenas se hubieron apeado, dos hombres jóvenes se adelantaron a recibirlos: uno tendría unos veintidós años, era moreno y agraciado, no obstante las huellas de dolor que exhibía su rostro; el otro, que andaría rondando los treinta, era rubio, delgado y ágil, revelando un gran dominio de sí mismo. 
Don Frutos, que los conocía, los presentó a su acompañante como Julián Enciso, sobrino de los dueños, y Arístides Tortorelli, médico, que atendía al extinto ya que, explicó, sufría del corazón. 
—¿Qué ha pasao, Julián? —preguntó luego. 
—Algo terrible, don Frutos. . . Esta madrugada me despertó un ruido terrible como si fuese un tiro. Medio dormido, esperé un momento por si se repetía y, después, me levanté asomándome a la puerta del patio interior. Allí vi a mi tía que ya se había levantado y me dijo: "—Julián, fíjate en la pieza de Lucas a ver si está bien". Me dirigí a ella y, cuando iba a abrir, llegó el doctor y entramos juntos. 
—Yo también fui sorprendido por el disparo —intervino el galeno— salté de la cama, miré por la ventana, pero no vi nada; luego oí voces en el patio interno y salí cuando Julián iba hacia la pieza de mi cliente. . . Entramos, encendimos la luz y lo hallamos agonizante, con una terrible herida en el pecho y en medio de un charco de sangre. Rápidamente traté de hacerlo reaccionar y detener la hemorragia, pero, a pesar de que hice cuanto estuvo en mis manos por salvarle la vida, murió a los pocos minutos sin recobrar el conocimiento. . . 
—¿Tenía algún enemigo? —aventuró el oficial. 
—Que yo sepa, no. . . —contestó Julián. 
—Bueno, aclaremos —dijo el médico,— enemigo puede ser que no, pero resentido sí, ya que Pancho Mena no quedó muy satisfecho cuando lo volvieron al campo. . . 
— ¡Bah! Ése es un infeliz. . . —replicó el joven despectivamente, pero Arzásola insistió: 
—¿Cómo fue eso? 
—En la casa teníamos un muchachón que ayudaba en la cocina y servía para los mandados, pero era un poco mano larga con las mujeres y, hace unos días, al querer abrazar a una de las mucamas que limpiaba el comedor, hizo caer un jarrón al que tío tenía en gran estima, por lo que, encolerizado, lo mandó al galpón de los peones, pero no creo que haya sido capaz de nada malo. . . 
—¿Cuál es su nombre? 
—Francisco Mena, pero todos le decimos Pancho. 
—¿Y doña Esperanza? —dijo entonces don Frutos. 
—Está desesperada, lógicamente. Eran tan compañeros. . . 
—Le di un calmante y ahora está dormida —indicó el médico—; conviene no molestarla. 
—Ta bien, vamoj a ver al pobre don Lucas. 
—Todo está igual —explicó el doctor Tortoreili—, tuve cuidado que no se moviera sino lo indispensable. 
Las habitaciones estaban dispuestas en forma de herradura, con puertas que daban a un patio interior, mientras, hacia el exterior, tenían grandes ventanas. En el ala izquierda estaban el comedor, la habitación de Julián, después venía la de la dueña de casa y, en la esquina, el dormitorio del señor Britos. Seguían, luego, dos piezas destinadas a oficinas que la unían en el ala derecha donde se encontraba el cuarto de huéspedes que lo ocupaba el médico, la despensa, cocina y otras dependencias y, finalmente, tres piecitas más largas que anchas, para el personal de servicio. 
Fuera de las ropas del lecho, empapadas en sangre, no había nada anormal en la habitación del difunto. 
Con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados, el anciano parecía dormir y, al verlo, Julián no pudo reprimir un sollozo. 
—El disparo lo sosprendió en el lecho y allí no más quedó —explicó el médico. 
—¿No podría ser un suicidio? —Sugirió Arzásola. 
—En ese caso habría rastros de la deflagración de la pólvora. . . 
—Dispué, si tenía ganas 'e morir no hubiera contratao un médico pa que lo cuidara —deslizó don Frutos. 
—El tiro parece haber venido desde allí. . . —dijo el sobrino y señaló la ventana. Ésta era de las llamadas de guillotina y se abría a un metro y medio del suelo, por lo que un hombre, desde afuera, no hubiera tenido ningún inconveniente en hacer blanco en el durmiente. 
—Aja —aceptó el comisario—. ¿Y aquí adentro no encuentraron el arma? 
—Por lo menos a la vista no está. 
Buscaron entre los muebles y tampoco la hallaron, por lo que el funcionario ordenó: 
—Ta güeno, prepárenlo pa'l entierro nomá, aquí parece que nú hay nada más que ver. 
Mañana, una ve que lo haigan llevao pa'l Cimenterio u vua venir pa seguir con 1'investigación. 
—Si usted me permite, señor comisario, voy a quedarme a hacer algunas averiguaciones por mi cuenta —solicitó Arzásola, y volvió a cuadrarse militarmente. 
—Hágase'l gusto —concedió don Frutos—, pero trate de no molestar a la gente, que ya tiene bastante trajín con su pena. Ahí le dejo a Gutierre pa que lo ayude. 
Después de lo cual se despidió, montó a caballo y volvió al pueblo. Pasado el mediodía regresó Arzásola con el agente y un preso. Era éste un mozo de pequeña talla, cabellos hirsutos, labios abultados y gruesas manos cortas, que venía con la cabeza gacha en gesto de cerrada obstinación. 
El oficial volvía exultante, y apenas descabalgó dijo: 
—Señor comisario, tengo importantes novedades. 
Don Frutos, que cuidaba una tira de asado que se doraba sobre las brasas, en un costado del patio, solamente respondió: 
— ¡Aja! —y roció la carne con salmuera. 
—En primer lugar, encontré entre los pastos el arma homicida. 
Al decir esto enseñaba una bolsa de papel que traía en la mano, donde se notaba el bulto del arma. 
—Después supe que Pancho Mena volvió muy agitado al galpón pocos minutos después de haberse escuchado la detonación y no ha querido decir donde estaba. 
El comisario dio vueltas a la carne y, dirigiéndose al detenido que se hallaba junto al agente, hosco y calado, le dijo en guaraní: —¿Mamó pa rejo, Pancho? (¿Dónde te fuiste, Pancho? ). Sin alzar los ojos del suelo, el paisanito permaneció en la misma actitud sin articular palabra 
—Güeno, Gutierre, mételo n'el calabozo pa que haga memoria —sentenció el comisario. 
—Ahora —continuó el oficial— la solución será fácil. Enviaré el revólver a la capital para que en el Gabinete de Dactiloscopia busquen las impresiones digitales, y una vez conseguidas éstas sacaremos las de los sospechosos y las cotejaremos. El crimen no puede vencer a la ciencia. 
—Bien, oficial. Esta tarde saldrá pa la capital l’ híjo 'e don Quinca en su forcito, y él puede hacerte la deligencia. 
— ¡Espléndido! Yo mismo iré a darle todas las instrucciones y así, a su vuelta, sabremos quién es el culpable. 
—Perfeuto, oficial, pero aura vamoj a meterle el diente al asao antes que se noj pase. 
Como no habían comido nada desde la mañana, ninguno se hizo de rogar y en pocos minutos dieron cuenta del mismo. Luego, mientras don Frutos se retiraba a dormir su siesta habitual en un sillón, a la sombra del Jacarandá del patio, Arzásola salió a enviar el arma a la capital, y, a la vuelta, acomodándose en el escritorio se puso a organizar su plan de campaña, y cuando, horas más tarde, el comisario entró al local desperezándose y listo para tomar su ronda de mates, le dijo: 
—¿A qué hora será el interrogatorio de los moradores de la estancia? 
—A las cuatro 'e la tarde. L'entierro será a la mañana, pero quiero darles tiempo pa que se serenen. 
—Muy bien, entonces creo que para las cuatro y media podré anunciar el nombre del culpable. 
—Más vale ansí, oficial... 
El informe que a la mañana siguiente se recibió desde la capital provinciana enfrió algo el optimismo de Arzásola. Lo leyó, primero para sí, y luego en alta voz, para su superior. "Comunico a usted que en el revólver, calibre 38, N° 328.128, enviado ayer, no se han podido hallar impresiones dactilares, aunque por estar recientemente envaselinado, se notan huellas de dedos por lo que debe presumirse que quien lo usó, utilizó guantes. El examen microscópico señala la presencia de algunos granos de talco adheridos." 
—¿Nada más? 
—Nada más, don Frutos. Ahora se va a hacer más difícil la investigación, aunque considerando la oportunidad y los móviles, gracias a un proceso eliminatorio, pienso arribar, igualmente, a la verdad. 
El comisario no agregó palabra, y esa tarde, a la hora dispuesta, partieron para la estancia llevando con ellos al empecinado Pancho Mena que seguía negándose a responder a las preguntas. 
Cuando llegaron ya los esperaban en el comedor la viuda, el sobrino y el médico. El preso, esposado, fue colocado en una silla, a un costado. 
—Lamento tener que molestarlos cuando su dolor está aún fresco —se disculpó don Frutos—, 
pero ha habido un crimen y es nuestro deber buscar a su autor. 
—Estamos dispuestos, comisario —dijo la viuda—; puede empezar. . . 
—Güeno, l'oficial aquí presente es quien va a interrogarlos. 
Arzásola, sacando unos papeles, dio comienzo: 
—Pido que no se vea en mis palabras nada ofensivo, sino solamente el deseo de esclarecer este misterio. 
Hizo una pausa y prosiguió: 
—Hasta tanto se descubra la verdad, todos ustedes pueden ser tenidos como culpables... 
— ¡Es absurdo! Tía no. . . —interrumpió Julián. 
—Déjalo —dijo la señora, y agregó—: prosiga. 
—Bien —siguió Arzásola—, ésta es el arma homicida. ¿La reconocen? 
—Sí —exclamó Julián—, estaba en el cajón del escritorio de tío. 
—¿Quiénes sabían donde estaba guardada? 
—Todos —dijo pausadamente doña Esperanza—. Para nadie era un secreto que el revólver estaba allí y cualquiera de los habitantes de la casa pudo llegar hasta él. 
—¿También Pancho Mena? 
—También —respondió el médico—; no hay que olvidar que había vivido aquí hasta hace unos días y conocía, como todos, su ubicación. 
—Bien. Como ustedes ven, los cuatro pudieron haber retirado el arma y los cuatro pudieron, también, haber efectuado esa noche el disparo fatal. Analicemos, ahora, los móviles. 
Hubo un minuto de tensa expectación y Arzásola, mirando sus apuntes, leyó: "Señora Esperanza D. de Britos. Oportunidad: Su pieza está cerca de la entrada y pudo haber regresado rápidamente a ella. No debe olvidarse que, al salir los demás, al oír la detonación, ya estaba afuera. Móvil: Quedar en posesión de la herencia." 
-Este... 
—Sí, señora. . . 
—Creo que usted debe saber que fui yo quien aportó los bienes a la sociedad conyugal y siempre pude disponer de ellos a mi antojo. . . 
—Pasemos, entonces al segundo de los presentes: 
"Julián Enciso, sobrino del extinto. Oportunidad: Como pocas, pudo haber hecho el disparo, arrojado el arma y volver a su pieza entrando por la ventana. Móvil: La parte de la herencia que le corresponde." 
—En cuanto a la oportunidad es como usted la pinta, pero en lo que respecta al móvil, sepa usted que mis padres me dejaron mucho más de lo que puedo gastar y que mis tíos, que me criaron como a un hijo, jamás me hubieran negado lo que les hubiese pedido... 
—Hasta el último centavo si fuera preciso, Julián. . . —dijo la viuda. 
Consideremos, ahora, —al doctor Arístides Tortorelli. . . 
—Voy a ayudarlo, oficial —dijo el facultativo—, diciendo que, por razón de mi profesión, tuve siempre la mejor de las oportunidades ya que me hubiera bastado equivocarme en la dosis de digital o haber inyectado unos centigramos más de sulfato de esparteína . . , ¿A qué, entonces, andar a los tiros? Por otra parte, la muerte del señor Britos me perjudica porque pierdo un buen cliente, así que tampoco tengo un móvil. . . 
—Lucas no se olvidó de usted en su testamento —interpuso doña Esperanza—, y tengo entendido que se lo había dicho. . . 
—Sí, pero pensé que era una broma. 
—Mi marido no era amigo de esa clase de chistes, bien lo sabía usted... 
—De todas maneras, creo acertado su descargo -continuó Arzásola—, ya que tuvo oportunidad de hacerlo en forma silenciosa y aparentemente natural sin correr los riesgos de andar a los tiros. 
—¿Entonces? —dijo don Frutos, rompiendo su mutismo ¿Sólo queda Pancho? 
—Exacto: Francisco Mena, alias Pancho. 
"Oportunidad: Conocía la casa con todos sus pormenores y volvió al galpón, después de haberse oído la detonación, sin querer dar razón de su ausencia. Móvil: La venganza, porque días antes fue reñido ásperamente por don Lucas y desalojado de la casa.". 
—¿Qué tienes que decir a todo esto, Pancho? —dijo la señora con dulzura—. ¿Fuiste tú? 
— ¡No, señora! ... ¡Se lo juro! 
—¿Dónde estuviste? 
—Vine a ver... a la Juana. Pero no estábamos haciendo nada malo, sino conversábamos no-má, doña Esperanza. . . Cuando oí él tiro creyí que me habían confundido con un ladrón que quería dentrar por la ventana y salí corriendo. . . 
—¿Y no vio a nadie? —requirió el oficial. 
—Que pa iba a ver, oficial, si ni siquiera me di güeltas en la disparada. 
—Ta güeno —dijo don Frutos—, -aura esperemén un momento que vua buscar unoj testigo. 
Salió de la habitación y volvió, como a los diez minutos, con una cajita alargada. 
—Pero. . . ¿Y Juana? —¿Juana? —preguntó .Julián—. Tenía entendido que iba a buscar unos testigos. . . 
—Y aquí están —respondió y sacó un par de guantes de goma. 
—Esos guantes son míos —saltó Tortorelli. 
—Sí y son la prueba que usté mató a don Luca. . . 
—Es ridículo... ¿Por qué había de hacerlo así y no con una droga? 
—Porque tuvo miedo que al morir de otro modo llamáramos a otro doutor y con l'utosia se 
descubriera su falta, pues. 
No son sino antojadizas suposiciones suyas. 
—Ta enquivocao. Usté con loj guante no dejó marca n'el rególver, pero el rególver, le dejó la marca n'el guante. 
Señaló unas manchitas oscuras en el dedo índice de uno de ellos y agregó: 
—Al apretar el gatillo se manchó 'e vaselina y endemá dejó unas motitas 'e talco n'el arma. 
—Un examen microscópico de ambas cosas nos permitirá comprobar su similitud —terció Arzásola. 
—No hace falta —concedió el médico—. Al fin y al cabo se va a descubrir. 
—¿Por qué? . . . ¿Por qué lo hizo? —sollozó la señora. 
—Porque estaba cansado de la vida del campo y me apremiaban las deudas. Al saber lo del legado me cegó la ambición y nunca creí que estos policías de campaña pudieran descubrirme. 
—Yo tampoco lo hubiera sospechado. ¿Cómo hizo para llegar a la verdad, don Frutos? — preguntó Julián. 
—Cuando supe que el creminal había usao guantes discarté al pobre Pancho, que tiene manoj 'e sapo y jamás los ha usao. Luego al saber que habían hallao unoj granito 'e talco pensé: "El talco se usa pa las cosas e'goma y los médicos usan guantes d'esa clase". Y má se me hizo sospechoso cuando el doutor quiso hacerme crer que no tenía motivo siendo que sabía que a la muerte 'e don Luca iba a recibir una ponchada de pesos . Como tuito jue tan rápido esa noche, calculé que tendría entuavía loj guante y salí pa buscarlos en su pieza y ver si tenía la mancha 'e vaselina. Revisé un poco y loj encuentre... Y aura vamo, doutor. 
—Vamos —accedió Tortorelli sombríamente. 
Y el culpable, escoltado por los policías, salió con la cabeza gacha de la habitación donde seguían sonando tristemente los sollozos de la pobre mujer.
Velmiro A. Gauna

jueves, 14 de enero de 2016

El Permiso (Velmiro A. Gauna)

Cuando Petronila Almada entraba, por casualidad, en el almacén de don Pedro o andaba por las calles desparejas de Capibara-Cué, los hombres la miraban con ojos relampagueantes de lascivia o dejaban caer, en su honor, las flores de los requiebros. 
Pero la madre, la viuda doña Micaela, no le perdía pisada y la tenía atada a las faldas, al decir de varios pretendientes que habían ido, inútilmente, a rondar la casa donde vivía, allí donde el pueblo terminaba para dar comienzo al campo. 
—Pa mí —decía Pancho López— que va a quedar pa vestir santos... 
— ¡Y está linda la guaina! —aseveraba Aniceto, el peón del carnicero-; tiene la boca mesmo que la flor 'e ceibo... 
—Lo demás, pa que vamoj a haular... —suspiraba el morocho Contreras— parece que la blusa le juera a reventar... 
—No sigas, chamigo, qu' laj gana me se hace agua la boca —suspiraba Pancho. 
Con todo no tenía novio ni simpatía conocidas porque la madre cuidaba de mantenerlos a raya, ya que decía que "entuavía estaba muy tierna". A dos o tres que cayeron al rancho, como de visita, los sacó con cajas destempladas o los atendió de tal manera que enfrió sus entusiasmos. 
Y los días que pasaban parecían poner más encantos en Petronila tornando más de seda sus largos cabellos negros, volcando más sombras en sus ojazos y llenando de turgencias a su cuerpo joven. 
Hasta que un día sucedió lo inesperado. 
La muchacha salió, como todos los atardeceres, a buscar la vaca lechera para tenerla en el corral cerca de "las casas". 
No la encontró en los lugares habituales y supuso que se habría refugiado en una isleta de espinillos que estaba en el fondo del potrero, ya que la tarde había sido tórrida y aún las 
chicharras hacían oír su áspero vibrar en medio del silencio. 
En una de esas bruscas transiciones del trópico la luz pareció naufragar en el ocaso y las sombras se desparramaron por el campo, pero ella, conocedora del terreno, se internó entre los árboles por un sendero tortuoso que reptaba entre los matorrales. 
De pronto una mano cayó sobre su boca y le apagó el grito de sorpresa. Luchó, pero fue vencida y arrojada sobre la hierba muelle. Una boca ardiente reemplazó a la mano que se echó a volar hecha caricias sobre su cuerpo. De la tierra se elevaba un tibio hálito y las sombras cómplices los aislaron del mundo. 
Después ni un adiós, ni una palabra tuvo del bulto que se enterró en la noche. 
Lentamente se alzó y volvió aturdida. Anduvo por costumbre hacia el rumbo del hábito. 
Poco después oyó el llamado de Ña Micaela martillando su nombre. 
— ¡Petroniiila!... ¡Petronii... la! 
La angustia se desangraba sobre la aguda punta de las íes. 
— ¡Petroniii...la! 
Al verla llegar se encrespó la vieja vociferando: 
—¿Onde pa* te juiste a meter?... La vaca vino sola p'al corral... 
La joven siguió muda, combatida por extrañas sensaciones, sin saber si alegrarse por la revelación o llorar por la inocencia asesinada. 
Súbitamente el instinto maternal de doña Micaela pareció intuir el drama. 
— ¡M'hija!... ¿Qué te ha pasao, m'hija? Petronila se lanzó a abrazarla y lloró por única respuesta. 
—¿Quién jue?... ¿Decime pa quien jue el sinvergüenzo? —clamaba la vieja. 
—No sé, mama... no sé... M'agarró 'n lo oscuro. 
Las dos entraron al rancho moliendo su amargura. 
Temprano estuvo la madre en la comisaría con su indignación y su vergonzosa queja. 
—Y lo qu'es pior, don Frutos —rezongaba— es que ni la color 'e la piel sabe. Mesmo que si juera un fantasma. ¿No haberá sido una aparición? 
—Perdé cuidao, Micaela, que loj fantama asustan a l'aj vieja, pero estoj que si agarran'elaj muchacha son 'e carne y güeso, pero andá nomá y no hagas bulla pa no espantar al pescao. 
Cuando la vieja se hubo retirado, el cabo Leiva, que había asistido a la entrevista, le alargó un mate e insinuó: 
—Pa mí qu'esta 's una diablura 'e loj muchacho. Se le salía loj ojo cada ve que la guaina caiba '1 boliche. 
—Sí, ¿pero cuál? Ahí van mucho y nú cuestión 'e meterloj apreso porque sí. 
-¡Aja! 
—Pero no te aflijas, qu'el que hizo la fechuría no se me va a dir... 
Siguió tomando mates en silencio y mesándose la corta y puntiaguda barba hasta que, de pronto, una lucecita maliciosa le brilló en la mirada. 
— ¡Ya está! —dijo—. Ya sé cuala es la trampa que vua poner pa que caiga '1 zorro. 
— ¿Cuala, don Frutos? 
El comisario explicóle, entonces, su plan y, después de escucharle, Leiva también se echó a reír exclamando: 
— ¡Ja! ... ¡Ja! ... Se va a tragar la carnada y el anzuelo mesmo que dorao angurriento. 
—Vaj a ver como viene sólito a denuncearse. 
¡Y de no! Yo también lo haría si juera 
Ese mismo día, que era domingo, a la hora de la siesta, comenzó a bullir de parroquianos el boliche de don Pedro. Los paisanos venían a divertirse jugando a los naipes, a las bochas o, simplemente, a conversar y a beber. 
El cabo Leiva pasaba por entre las mesas arrastrando su sable y gustando, de tiempo en tiempo, alguna copa que el patrón o los clientes le ofertaban. Un muchachón, de los tantos ociosos, que estaba en la puerta, advirtió, de pronto: 
— ¡Peina! * Se me hace que viene '1 carro 'e la Micaela... 
Aniceto se acercó a su lado y confirmó: 
—El mesmo, lo conozco en la manera 'e bracear al tostao. 
Y, en seguida, agregó anheloso: 
—¿Traerá a la hija? 
Varios se le agregaron curiosos y quedaron a la expectativa. 
Grande fue su asombro cuando vieron bajar del pescante al doctor Lévinsky, de Ramada Paso, y a don Frutos, el comisario, quien, al entregar las riendas a doña Micaela advirtió con voz que no ocultaba su severidad: 
—Aura seguí y obedecé lo que dijo el doutor. 
—Sí don Frutos —asintió la mujer. 
En la parte de atrás estaba el bulto de la hija cubierto con un manto oscuro. Sus manos se aferraban a la baranda y apenas se veía el brillo de sus ojos, pero un golpe de viento hizo caer el velo que la cubría y los espectadores que esperaban gozarse con su belleza, quedaron horrorizados. 
Petronila los miraba con ojos llorosos, el rostro hinchado y rojizo y los desnudos brazos con enormes ronchas. 
— ¡No se acerquen! —dijo entonces el doctor— en voz baja. 
—Seguí, Micaela —ordenó don Frutos, y la vieja obedeció mientras la joven alzaba el manto y volvía a cubrirse. 
Apenas el carro se hubo alejado por la calle polvorosa, espantando a las gallinas y a los 
perros, el doctor y el comisario entraron al negocio. 
—¿Tiene alcohol puro, don Pedro? —solicitó el primero. 
—Sí, doctor —contestó el comerciante, y le alargó una botella. 
Entonces el galeno la tomó y se volcó un generoso chorro en las manos, diciendo: 
—Usted también, don Frutos, no hay que descuidarse. 
El comisario repitió la operación, pero llevó su celo al extremo de pasarse el antiséptico por el cuello y la cara. 
La curiosidad pudo, entonces, más que la prudencia y uno interrogó: 
—¿Qué le pasa a la Petronila? Taba hinchada pior que un escuerzo... 
—Francamente no sé, pero no me gusta nada su aspecto y como puede ser algo peligro sola hice dejar el pueblo. 
El temido fantasma de la lepra abrió las puertas del miedo. 
—¿No haberá peligro 'e contagio, doutor? —dijo alguien. 
—No, únicamente para el que la haya tocado, por eso también envié a la madre. 
—Menos mal —dijo don Pedro. 
—Sí, pero quien la haya aunque sea rozado la piel de la cara y de los brazos, ése, está listo a no ser... 
Esperó un momento y luego dijo: 
—A no ser que antes que se cumplan las 24 horas de haberla tocado se ponga una inyección de este remedio. 
Sacó del bolsillo una ampolla de líquido incoloro y la enseñó. 
—¿Por qué pa* no me la pone a mí, doutor? —pidió Aniceto. 
—¿Por qué?... ¿Acaso vo la anduviste manoseando? —sugirió don Frutos. 
—No, don Frutos, pero estuve ahí cerca, pues... 
—Entonces no hay peligro por más cerca que haya estado—explicó el médico— y concluyó: lo que importa es el roce... 
—Felizmente vivían lejos y naides se haberá infestado —finalizó don Frutos— porque sería una pena tener que mandar algún otro p'al lazareto. 
Los recién llegados bebieron una copa de caña, junto al mostrador, y luego fueron para la 
comisaría. 
Se habían acomodado ya para la vuelta del mate cuando el agente entró diciendo: 
—Ahí ajuera está Pancho López que quiere ver al doutor... 
—Que pase. 
Enseguida entró un mozo de unos 25 años, delgado y recio pero que, en esos momentos, daba claras señales de gran nerviosidad. Saludó y dijo: 
—Vengo pa que me ponga la indicción. 
—¿Y por qué pa* vos, m'hijo? —preguntó don Frutos melosamente. 
Vaciló el otro y quiso explicar. 
—Por... porque tengo miedo, pues. 
— ¡No se diga un mozo tan juerte!... Anda tranquilo que no te va a pasar nada. La 
indicción es pa quien la haiga tocao a la Petronila. 
—Güeno, don Frutos, la cuestión es que yo anoche me la escuendí al paso y l'agarré 'n l'escuro. 
— ¡Salí de'ahí! Estás mintiendo pa que te ponga '1 rimedio. Vo sabe que una jechuría 
ansina contra una menor se paga con años 'e cárcel. ¡Ándate, m'hijo! 
Vaciló Pancho y, luego, refirmó: —No, don Frutos... Pregúntele a ella si anoche alguno... 
—Es cierto. La madre denunció '1 caso, pero no creo que haigas sido vos. 
—Jui yo, don Frutos, jui yo... —casi sollozaba el mozo. 
—¿Tas dispuesto a diclarar en serio y a firmar, m'hijo? 
—Sí, don Frutos, pero rápido pa que me ponga l'indicción, prefiero dir a la cárcel y no al lazareto. 
El oficial levantó el sumario que el muchacho firmó, con el doctor como testigo. Luego este último le aplicó la inyección, que era de agua destilada y la que Pancho aguantó estoicamente. 
—Bueno —dijo el médico—, ahora vaya a dormir y mañana, a las diez, vuelva, pero bien 
vestido por si tenemos que ir a la ciudad. 
— ¡Cómo! ¿Y no me pone preso? —se extrañó. 
—No ti apures, m'hijo, ya haberá tiempo pa todo —contestó don Frutos. 
Puntualmente, a la hora fijada, llegó Pancho al otro día luciendo sus galas domingueras. El comisario lo recibió amablemente y lo invitó a sentarse diciendo: 
—Perate un momento que vua atender unaj visita. 
Y con voz más alta, añadió: 
— ¡Pasen! 
Al llamado entraron dos mujeres en quienes el asombrado Pancho reconoció a doña Micaela y a su hija, que lucía su fresca carita de antaño y la morbidez sin manchas de sus brazos. 
—Pe... pero...—exclamó señalándola con un dedo tembloroso— ¿No tenía la le...? 
—No, m'hijo —interrumpió don Frutos—, no tenía ni tiene nada. 
—Pero yo le vi la cara hinchada y loj brazos enllenito de ronchas... 
—Lo mesmo ti hubiera pasao a vos si te los hubieras frotao con ortiga macho... 
—¿Entonces, tuito jue preparao? 
— ¡Claro! Pa hacer cair a un zorro que si había escapao 'n l'escuro. Y aura decidí: o te mando a la cárcel por varioj año por lo que has hecho o te casas con ella. 
Pancho López comprendió que estaba perdido sin remedio, pero miró el rostro bello de la muchacha y su cuerpo incitante y se resignó: 
—Me vua casar siempre que Ña Micaela me dea su permiso... 
La vieja, que estaba silenciosa y aguantando la cólera, al oírlo, estalló: 
— ¡Permiso!... ¡Permiso! ¡A güeña hora ti acordás e' pedir permiso, sinvergüenzo!

Velmiro A. Gauna