lunes, 13 de abril de 2020

El idilio de los viejos

Ella tiene el aire antiguo
De un labrado camafeo;
Ojos de color ambiguo
Y apagado centelleo.

Su fina cabeza breve
Semeja en el busto vago,
Una gardenia de nieve
Sobre la margen de un lago.

Él tiene rostro severo
De un anciano general,
Y se adivina al guerrero
Ante su paso marcial.

A lo lejos se oye un canto
Evocador de otros días,
Que más bien parece el llanto
De dulces melancolías.

¿Recuerdas, mi Juan? Murmuraba
La viejecita con calma;
Vibra en su voz la ternura,
Se asoma en su rostro el alma.

Él la contempla un instante,
Y como cuando era bello,
Imprime un ósculo amante
En su nevado cabello.

Y proyectadas sus sombras,
En los brumosos espejos,
Sin ruido, por las alfombras,
Vánse alejando los viejos.
Leopoldo Díaz
Faro, pág 116

miércoles, 8 de abril de 2020

Al amanecer

Blando céfiro mueve sus alas
Empapadas de fresco rocío...
De la noche el alcázar sombrío
Dulce alondra se atreve a turbar...
Las estrellas, cual sueños, se borran...
Sólo brilla magnífica una...
¡Es el astro del alba! La luna
Ya desciende, durmiéndose, al mar.

Amanece: en la raya del cielo
Luce trémula cinta de plata
Que, trocada en fulgente escarlata.
Esclarece la bóveda azul;
Y montañas, y selvas, y ríos,
Y del campo la mágica alfombra,
Roto el negro capuz de la sombra,
Muestran nieblas de cándido tul.

¡Es de día! Los pájaros todos
Lo saludan con arpa sonora,
Y arboledas y cúspides dora
El intenso lejano arrebol.
El oriente se incendia en colores...
Los colores en vivida lumbre...
¡Y por cima del áspera cumbre
Sale el disco inflamado del sol!

Pedro Antonio de Alarcón
Faro, pág 86

martes, 7 de abril de 2020

Efímera

“¡Mañana”, si, mañana, y aun mañana
Y después de ese seguirá otro día,
Corriendo todos con tenaz porfía
A perderse en la inmensa eternidad.

Asi pasan fugaces nuestras horas
En su curso monótono y medido,
Alumbrando el camino que al olvido
Conduce a la doliente humanidad.

Apenas llega un día y desvanece:
Efímero cual él, otro le sigue;
Y eterno el tiempo en su tarea prosigue
Arrollando a la vez lo que creo;

Y el hombre, convidado misterioso
De ese festín de muerte, pasa vano,
Como de arena imperceptible grano
Que el viento del desierto levanto.

M. Belzu de Dorado
Estudiante Argentino, pág. 156

lunes, 6 de abril de 2020

Tardes oscuras

Cielo que infundes con tu aliento frío
Profundo sueño a la otoñal floresta,
¡Cómo tu dulce languidez se presta
A la expansión del sentimiento mío!

No temo yo que tu seno umbrío
De pronto surja tempestad funesta,
Pues sólo –como un alma mal dispuesta
Eres terrible cuando estas vacio.

Opacando tu luz, se arremolina,
Como llanto que pugna, la neblina;
Mas tu le pones invisibles vallas.

Al mirarte tranquilo, aunque nublado,
Me pareces un ser infortunado
Que sufres mucho y sin embargo callas.

Felipe Alva 
Faro, pág 178

viernes, 3 de abril de 2020

La victoria

Ahogad, por Dios, entre el sensible pecho
La voz de la venganza,
Y no eleve sus himnos la victoria
Tras el rudo fragor de la batalla.

¡Ah! ¡no sembréis sobre el vencido campo
Desolación y lágrimas;
Que es indigno de un alma valerosa
Sepultarse entre el lodo de la infamia!

Y si se fuerza que el hombre se levante
Sobre ruina y matanzas
No surja para oprobio de sus triunfos
La acusadora imagen de la Patria!

¡Piedad! ¡piedad! ¡Cuando la sangre corre
Todo en la tierra calla,
Y no hay voz que profane los sepulcros
Que el hombre impío para el hombre cava!

¡Cuando chocan las olas impetuosas
Y ruge la borrasca
Hasta el cielo se viste de tristeza
Para ver el cadáver en la playa!

¡Cuando muere entre sábanas de fuego
La flor de la montaña,
Hasta el aura parece que solloza
En sus grietas, sombría, acongojada!

Sí; todo dice al corazón sensible
Que lave con sus lágrimas
El cadáver sangriento del que impío
Nuestra sangre en la lucha derramara.

Todo dice que el cielo es del piadoso,
Del que lleva en el alma
Un rayo de bondad para el caído
Que a todos mundos eleva la mirada.
Por eso Dios al corazón ha dado
De la oración las alas,
Para elevar sobre ella compasivo
El suspiro postrer de quién le llama.

¡Ah! ¡no entonéis sobre el vencido campo
Del triunfo la alabanza;
Que es entonces sacrílego y blasfemo
El que la muerte canta!

Rosendo Villalobos
Estudiante Argentino, pág. 135