lunes, 16 de julio de 2018

El cuarto cerrado (Velmiro A. Gauna)

La muerte de Abraham Baidum se presentó rodeada de las circunstancias más desconcertantes. Vivía en una casita de material que constaba de dos piezas, una de las cuales la destinaba a su negocio de tienda y la otra a dormitorio. Esta última tenía una puerta que daba a la calle principal del pueblo y una ventana que se habría sobre otra lateral que conducía al río y allí fue encontrado, una tarde, por denuncia de una vecina que se extrañó no abriese, como de costumbre, con una feroz herida en el cuello por donde se había desangrado, pero, y he aquí lo raro del caso, la habitación tenía las puertas cerradas por dentro y la ventana, además de una poderosa reja, solo se entreabría unos diez centímetros por estar unidos los postigos por una cadena de seguridad. A través de esa pequeña abertura fue que don Frutos, Arzásola y Leiva pudieron distinguir el bulto del hombre en el lecho y como no respondiese a sus llamados tuvieron que unir sus fuerzas para hacer saltar la cerradura de la puerta y entrar a la estancia.
Temerosos que se encontrase bajo los efectos de un ataque, se acercaron presurosos al yacente, pero, apenas lo hicieron, vieron la sangre que empapaba la almohada.
—¿Se haberá suicidau? —dijo don Frutos.
—Así parece —confirmó el oficial— pero, ¿dónde está el arma?
Buscaron por el suelo y luego movieron el cuerpo para ver si estaba debajo de él, sin resultado.
—Entonces, es un crimen —prosiguió Arzásola— y el asesino se llevó el cuchillo.
—Cierto —aceptó don Frutos y añadió—: pero por acá no ha salido. Taba
tuito bien cerrau.
—Habrá venido por el lado del negocio… Quizás por una de las puertas del patio —expresó el oficial y pasaron al otro cuarto.
Sin embargo allí también todas las aberturas estaban bien aseguradas con llaves o trancas.
—Pero che, esto parece cosa’e brujas… —dijo el comisario al cabo de un rato de intensa búsqueda—. Tuito cerrau y el tipo muerto’n la cama y sin rastros’l arma…
—Por lógica tiene que haberse escondido adentro esperando la ocasión para salir…
—Pero si lo revisamos tuito.
—Quizás hemos pasado por alto algún rincón. Insistamos…
Encarecieron al cabo Leiva, que estaba en la puerta para impedir la entrada a los curiosos, que redoblase la vigilancia y volvieron a buscar minuciosamente por todo el local.
Fueron golpeando el piso y las paredes por si el sonido a hueco denunciaba posibles escondrijos, abrieron los roperos, vaciaron cajones, etc. Al fin, fatigados y sudorosos, volvieron al dormitorio para descansar un rato. A poco llegó el doctor Levinsky a quién habían hecho buscar con el agente Ojeda.
El médico revisó el cadáver y dictaminó:
—Deceso por hemorragia intensa provocada por una herida de arma blanca…
¿Quién lo mató?…
—Eso es lo que quisiéramos saber, doutor —le contestó don Frutos— pa mi tiene que haber sido un fantasma.
—¿Por qué?…
—Porque a pesar de que tuito esto estaba tan bien cerrau que debimos voltiar una puerta pa dentrar, no encuentramos a naides y endemás, tampoco hallamos el arma.
—¡Pero eso es imposible! Quien lo mató debe haber salido por algún lado si es que no está todavía por acá.
—Sin embargo, doctor —intervino Arzásola—, todo estaba bien asegurado por dentro y no hemos dejado rincón por escudriñar. Parece cosa de magia, pero el asesino mató al hombre y desapareció sin pasar por puertas ni ventanas.

Dejando a Ojeda de guardia, los superiores fueron a la comisaría que no se encontraba muy lejos del lugar, a tomar unos mates y cambiar impresiones.
El doctor Levinsky, atraído por lo desusado del caso, también se convirtió en aficionado investigador y arriesgó su teoría:
—Yo una vez leí un relato de un hecho similar. La víctima fue horriblemente mutilada por una pequeña fierecilla a la que hicieron entrar y salir por un respiradero que había en la parte superior del cuarto. ¿No pudo haber sido introducido, por entre el espacio que dejaban los postigos, un mono amaestrado para que lo acuchillara?…
—Únicamente un monito tití pasaría por esa estrecha abertura y ese animalejo no podría haberle inferido tan tremenda puñalada— le rebatió Arzásola.
—En efecto —concedió el galeno—, la herida fue causada por un golpe sorpresivo y de singular violencia.
—¡Ya está! —interrumpió el cabo Leiva—, lo he resolvido todo…
—¿Cómo? —aventuró escéptico el oficial.
—Jueron dos… Cuando l’asesino salió el cúmplice cerró la puerta…
—Y el que quedó en el interior, ¿cómo salió? —preguntó el médico.
—Güeno, eso es entuavía lo que no puedo esplicarme —admitió el cabo.
—¿Y vos qué pensás? —solicitó don Frutos a Arzásola.
—Yo pienso que cuando Baidum fue a entreabrir los postigos, el criminal, que estaría al acecho, pasó el brazo por entre las rejas y le propinó la puñalada huyendo después. El turco, agonizante, tuvo, sin embargo, fuerzas para llegar a la cama y tenderse en ella…
—Tonses habiera habido gota’e sangre n’el suelo, cerca’e la ventana y no había. Endemás habería desarreglau las ropa’e la cama y estas estaban bien como si lo hubiesen agarrau dormido…
—Esa es también mi opinión —expresó Levinsky—. La herida era necesariamente mortal y no creo que después de recibirla haya podido efectuar ese trayecto y cubrirse, además, con la sábana. Por otra parte había solamente sangre del lado donde estaba el orificio y en el extremo superior del lecho. De haber llegado herido hubiera manchado otros lugares. ¿No le parece?…
—Lo que a mí me preocupa —dijo en ese momento don Frutos— es el motivo. No robaron nada ansí que por interés no jué, tiene que haber sido por venganza.
—Siguro, entonce que haberá sido por mujeres —afirmó Leiva—, porque el finau era muy engolosinau por laj pollera.
—Sabés que tenés razón —aceptó don Frutos—. Y aura vamos pa la Bajada que maliceo quién puede haber sido’l fantasma.

El cauce de un arroyo seco formaba un declive en las barrancas, que los capibarenses arreglaron retirando las piedras y rellenando las bases para que sirviera de vía de acceso a los vehículos hasta la orilla del río.
Por ella transitaba, roncando estertorosamente, el «forcito» del hijo de don Quinca llevando a los pasajeros de los barcos que no querían arriesgarse por el más corto, pero abrupto sendero de cabras, que salía junto al almacén de don Pedro y por allí, también, iban y venían los tarros y carretas que llevaban sus cargamentos de naranjas, sandías, melones, lanas, cueros y otros productos de la región para transportarlos a los lanchones y chatas que atracaban en la costa.
De trecho en trecho se veían enormes pirámides de doradas esferas esperando su turno para ser llevadas en canastos a las bodegas.
Tratándose de una mercadería perecedera la naranja se pagaba solamente una vez que estuviese a bordo. A veces, por no haber llegado barcos en cantidad suficiente, la remesa debía arrojarse al agua; otras, crecidas y bajantes extraordinarias movían a los patrones de las embarcaciones a buscar otros puertos más lejanos, pero más accesibles y la cosecha también se malograba.
Pacientes y filosóficos los correntinos se sentaban junto a la pila de naranjas a tomar mate y fumar esperando «tener suerte y vender». Los carros y carretas, ya vacíos, estaban con las varas al aire y los animales, atados a estacas, mordisqueaban un poco de hierba que crecía salvaje o el pasto que en previsión trajeran los dueños, mientras movían desesperadamente las colas para tratar de alejar a las moscas y a los molestos tábanos.
Don Frutos y sus acompañantes pasaron por entre los grupos conversando con uno y otros, en tanto que sudorosos changadores iban y venían con sus canastos repletos desde las amarillentas pilas a las bodegas, deslizándose ágilmente por los delgados tablones que oficiaban de planchada.
De pronto el comisario indicó a un mozo joven, que estaba sentado en cuclillas junto a un fogón improvisado con unas piedras, dispuesto a tomar mate y dijo a Leiva:
—¡Ahí está! Metelo preso a ese bandido…
El aludido se incorporó protestando:
—¿Por qué, pa? ¿Qué hice, don Frutos?
—Casi nada, lo chuciaste al turco Abraham…
—¡Di ande, comesario! S’enquivoca fiero nicó…
—No, Tránsito. Toy bien siguro…
Leiva llevó al joven que no se resistió, rumbo a la comisaría y el viejo dijo al sorprendido oficial señalándole una caña clavada en la arena, cerca de dos pacientes bueyes:
—Ahí tenés, l’arma…
Arzásola retiró la vara que medía casi dos metros y puso al descubierto un aguzado hierro en su extremo.
—Ves, el mozo ese, que se llama Tránsito Ruiz, viniendo pa estos laus, al pasar frente a la casa, vio por la rendija de la ventana al turco en la cama. Tonses, aprovechando que no había naide cerca, metió la picana que tenía p’azuzar a los güeyes por entre los postigos y se la clavó n’el cuello, dispués la sacó y siguió viaje…
—Es verdad —dijo Levinsky—, eso resuelve el misterio del modo en que se le dio muerte.
—Primero pensé que podería haber sido alguno con una lanza, pa poder llegar desde ajuera hasta la cama, pero me di cuenta que un hombre con esa arma habiera llamau la atención al que lo viera. En cambio, uno con una picana, manejando una carreta, no despierta sospecha alguna…
—Pero había otros también con carretas… ¿Por qué eligió a Ruiz de todos ellos? —inquirió el oficial.
—Porque al conversar con l’otra gente me enteré que había llegau a la siesta, maj o meno a la hora en que pudo haberse cometido el crimen y dispués tenía que ser alguien con un motivo grande nicó p’haser mesejante cosa.
—¿Y él lo tenía?
—¡Y de no! Hace un año, cuando Tránsito golvió del Chaco con unos pesos pa casarse con l’hija’e doña Casimira, se encuentró que el turco lo había madrugau y visitaba tupido’l rancho’e la muchacha que ya no quiso saber nada con él, comprada por los regalos que le hacía el dijunto…
—¡Ajá!… Ahora solo falta que acepte su culpa…
—Perdé cuidau, que unos días’e calabozo lo van a hacer aflojar…
Y así fue, a los dos días confesó.
Velmiro A. Gauna

viernes, 13 de julio de 2018

Nacer entre basura

Nacer entre basura
Junto a las vías de La Paternal.
Casillas:
rejunte de cartón,
bolsas de plástico,
alguna que otra chapa,
y también sillas viejas
sobre el techo precario
para que no se vuele.

Mamar la leche triste
de la que fue violada
Jugar entre basura,
entre perros hambrientos
y un caballo raquítico
que tira de los carros.
Aprender de otros pibes
que la ley es del fuerte.
Después llegará el paco,
dormir en la estación
o en la boca del subte
cuando abra.
Después
chorro será tu nombre
cuando los bienpensantes
registren tu presencia
y tu muerte temprana
en sus televisores encendidos
Tu cuerpo se sacude
en el calendario
de la desesperanza.
Entre basura
junto a las vías de La Paternal.

Irene Marks

Cayó el matrero

Era en 1840, año 31 de la Libertad, 25 de la Independencia y 11 de la Confederación Argentina, según rezaba la terminología oficial implantada por Rozas. Frente al macizo edificio del histórico cabildo de Santa Fe, cuyas paredes desprovistas de chapiteles y columnata, se van hundiendo lentamente sin agrietarse sus amarillentos revoques, -un hermoso caballo pangaré lujosamente enjaezado con un apero criollo, tascaba la coscoja y escarbaba el suelo con los delgados remos. 
Un mocetón de cuya cintura colgaba un sable corvo y lucía en la cinta del chambergo puntiagudo una ancha divisa roja con emblemas federales, tenía del cabresto el caballo que se revolvía inquieto como si sintiera apuro por correr libre en la campiña que desarrollaba a lo lejos su paisaje verdeante. 
Clavada por el regatón en la arena de la calle se veía una larga lanza cuya moharra brillaba al sol con reflejos rápidos de bruñida lámina. El viento hacía ondular suavemente la pequeña banderola adornada con flecos de oro, en cuyo centro se destacaban -negras y fatidicas- aquellas tres letras -F o M- que fueron el credo de un partido poderoso… 
Dos hombres aparecieron conversando bajo la galería del cabildo. 
De mediana talla el primero, de rostro trigueño, y ojos grandes, enérgicos y negros como, su cabello, vestía sencillamente a pesar de su alta jerarquía militar, -era el general don Juan Pablo López, heredero en el mando, de su hermano don Estanislao, el famoso caudillo de la federación, gobernador vitalicio de Santa Fe desde 1818 a 1838 en que falleció. 
El otro, joven de 25 años, de ojos verdosos e inquietos y cabellera rubia y rizada, era el teniente Vergara uno de los vencedores en El Tala contra Rodríguez del Fresno, en el Arroyo de Cayastá contra Vera, y cuya lanza se había teñido en la sangre del indio salvaje en la feroz matanza de Loreto. 
Hablaron algunos instantes y se despidieron. El oficial-saltó sin tocar el estribo al brioso pangaré que se encogió tembloroso al sentir el acicate en los ijares, se aproximó a la lanza, la empuñó con mano vigorosa poniéndola en ristre, y, dirigiéndose al general, dijo: 
-¿Y qué más ordena V. E. para Buenos Aires?… 
-Nada, teniente. Digalé al Restaurador que aquí estamos siempre firmes y listos; ¡que viva sin cuidado de estos maulas de unitarios! 
El oficial saludó con una inclinación de cabeza y picando la espuela partió a galope hacia el sud, a galope tendido. 
López permaneció de pie mirando al que se alejaba hasta que lo perdió de vista tras un recodo de la calle y sólo quedó flotando una bruma ligera de polvo gris que el viento dispersaba. 
Un corpulento negro se acercó a brindarle un mate que el caudillo saboreaba lentamente, mientras el moreno -en su oficio de gaceta palaciega- le iba noticiando de todas las menudencias que por aquellos tiempos informaban la chismografía en la tranquila villa de la Vera Cruz… 
La tarde iba cayendo. Las primeras sombras del triste crepúsculo avanzaban en la llanura rumorosa apagando los resplandores del sol que lanzaba sus postreras llamaradas al sepultarse en la línea movible de las aguas del Paraná. 
Una brisa fría, cortante, azotaba el rostro del oficial y su asistente que rumbo al sudeste se internaban a campo traviesa esquivando las poblaciones. 
Pronto se extinguieron totalmente las luces del día y la noche encendió en las llanuras del cielo las primeras, blanquecinas estrellas. La cruz del sur rasgó la densa tiniebla alzando en el lejano horizonte 1os cuatro puntos luminosos de sus brazos eternamente abiertos, como un faro del desierto. Pero el cielo empezó de pronto a ponerse sombrío, obscuros nubarrones cruzaban en tropel barridos por el viento pampero, y una lluvia de gotas pesadas -que caían como chuzazos- se desencadenó dejando a los viajeros con las ropas chorreando agua y sin saber qué camino seguir. 
Era sin duda bien afligente la situación del pobre oficial -portador de importantes comunicaciones para Rozas- extraviado en la pampa bajo la lluvia inclemente, sin más compañero que el fiel soldado y la lanza que oprimía con mano nerviosa mientras su mirada giraba ansiosa buscando un rayo de luz que le indicara el rumbo perdido. 
¿Y si esa luz era del vivac enemigo e iba a caer indefenso en manos de los que tanto habla combatido? Cuál sería su suerte, no era difícil preverlo; las prácticas de la guerra no. eran muy humanitarias con los prisioneros en aquellos tiempos de ruda barbarie en que las represalias sangrientas parecían haber autorizado toda clase de atrocidades. El ivoe victis! del galo flotaba implacable como un rugido de fiera ávida de sangre… 
Estas tristes cavilaciones se hablan apoderado del militar que marchaba al paso de su cabalgadura, dejándose llevar inconsciente, abatido y sombrío. De pronto levantó la frente altanera y como lanzando un reto al destino: 
-Sigamos -dijo con voz resuelta y clavando las espuelas al caballo se perdió en las sombras de la noche. 
Vagaron largo tiempo sin rumbo, hasta que una pequeña luz apareció centelleando en la tiniebla como el ojo de un cíclope guardián misterioso de aquellas soledades. El soldado -un valiente probado en muchas peleas a cuchillo delante del palenque en las pulperías o en la raya del andarivel en las carreras-, sintió sin embargo erizársele el pelo cuando oyó decir al teniente: 
-Aquél ha de ser el fogón de algún rancho, vamos allá a secarnos la topa que me estoy tullendo de frío. 
-Mire teniente, que puede ser la luz mala de un alma en pena -se atrevió, a objetar el soldado, que en gnorancia supersticiosa creía en esas consejas tan arraigadas en nuestros campos. 
-Sí, como almas en pena vamos a quedar, si en lugar de un rancho es el campamento de una partida de salvajes unitarios… Pero de todo 'modos entre morirnos de frío o morir peleando, prefiero lo último, ¡qué diablos!, pues ya el brazo se me va entumeciendo de llevar la lanza ociosa. 
Con esta fanfarronada de guapo, el asistente cobró ánimo y haciendo sonar el sable dentro de la vaina agregó resuelto: 
-Lo que es éste tampoco tiene pereza y, si la ocasión se presenta, su filito ha de probar que no lo maneja un manco… 
La alegría tornó a sus espíritus y bromeando sobre muertos y aparecidos llenaron junto al cerco de una estancia en cuya cocina chisporroteaba una alegre fogata. Un escuadrón de perros se abalanzó a darles la más hostil acogida, castañeteando los dientes enfurecidos. Un viejo paisano apareció y llamándolos por sus nombres, les distribuyó algunos rebencazos para alejarlos, e invitó a los desconocidos a que se bajaran. 
Los caballos fueron atados a soga dentro del rastrojo para tenerlos a mano, y media hora más tarde encima de una tosca mesa, humeaba una fuente de suculento puchero con choclos. 
La dueña de casa, una viuda joven aún, pidió al militar que la acompañara a compartir la cena. Aquél no se hizo repetir el ofrecimiento y acercó su silla con intención de devorar en vez de comer, tal era el hambre que traía; pero en ese mismo instante apareció una hermosísima muchacha -linda y fresca como las margaritas silvestres, de ojos rasgados y rostro moreno al que hacían marco dos 
trenzas negras, lustrosas y pesadas que caían sobre la espalda e iban a terminar bajo la curva ondulante de las caderas. 
La joven le tendió la mano y fue a tomar asiento al lado opuesto frente al oficial, que desde aquel momento apenas probó la comida por lanzarle miradas furtivas. 
Terminada la cena y después de haber charlado durante un buen rato, la madre puso término a la agradable velada, despidiéndose del teniente que iba a seguir viaje en cuanto apuntara el lucero.- 
La niña tomó de la fuente la más dorada- mazorca y un jarro de leche, y acercando una silla a la pared trepó al respaldar y sobre una cornisa los colocó cuidadosamente. Descendió ágil y sonriendo estrechó la mano del huésped ocultándose a sus miradas ansiosas tras la muralla de algarrobo que la madre interpuso cerrando la puerta de su dormitorio… 
Todo quedó en silencio en el sosiego de la noche cuya quietud sólo interrumpía de tarde en tarde, el balido de la oveja que en el corral vecino buscaba al hijo abandonado mientras dormía entre las matas del carrizal, o el grito de alerta de los teru-teros defendiendo el nido de las comadrejas cebadas. 
Entretanto el oficial se revolvía en el lecho sin conciliar el sueño soñando despierto con la imagen de aquella criatura bella, que dormía a pocos pasos, castamente protegida en su inocencia de aquel devaneo amoroso que turbaba el corazón del militar como un presagio vago de ventura. 
Mas el hambre le hizo olvidar de tales deliquios y un pensamiento travieso cruzó por su imaginación: 
-¡Qué diablos! -se dijo- a que me estoy enterneciendo con amoríos imposibles, dentro de pocas horas me alejaré de su lado y tal vez mañana la lanza de un salvaje me tienda panza arriba en una cuchilla. No, lo que es yo no aguanto más el hambre. 
Y deslizándose del lecho, buscó a tientas en la obscuridad la silla que la joven dejó arrimada a la pared, y una vez encontrada trepó resueltamente, su mano se agitó en el vacío rastreando el objeto deseado, -el plato con el choclo cocido y el jarro de leche. 
Tropezó por fin con la cornisa donde descansaron aquellas verdaderas manzanas de oro del jardín de [las] Hespérides que ningún dragón custodiaba; la mano corrió confiada sobre la tabla, cuando de pronto: ¡Zás! un ruido seco como el de un tronco añoso que se raja hirió sus oídos y un dolor agudo se extendió por todo su brazo. Pretendió retirar la mano y no pudo, estaba cazado por una garra invisible que lo oprimía en sus músculos acerados, y cuyos dientes penetraban en la carne a cada tentativa de escape. Al mismo tiempo percibió netamente la voz jubilosa de la niña que desde la pieza vecina gritaba: -¡Máma, cayó el matrero! 
Entonces comprendió su espantosa situación, había sido sentido, no tardarían en venir y lo encontrarían colgado como un racimo, en un traje que no distaba mucho del adánico. Se debatió con valor por arrancarse de la garra maldita, sus uñas se clavaban en la pared desesperadamente, los pies buscaban en vano un punto de apoyo pues la silla que lo sostenía había rodado por el suelo, y encima de ella los calzoncillos, mudos acusadores del delito vergonzante, estaban allí, caídos como un baldón sobre el pavimento… 
La viuda y la hija aparecieron trayendo luz, y, conteniendo apenas la risa arrimaron la mesa a la pared; ¡y fué esa pequeña mano que hacía un instante soñaba cubrir de besos largos y apasionados, la que lo libertó de la trampa donde se había cazado en vez de la rata dañina para quien se armaba todas las noches! 
El teniente, rojo de vergüenza explicó tartamudeando su aventura. -Creía que en el jarro habían colocado agua y como sintiera mucha sed se levantó para beberla. 
Las dos mujeres se dieron al parecer por satisfechas y lamentando la desgraciada equivocación lo dejaron solo volviendo al lecho abandonado. Pero no bien se hubo cerrado la puerta, sintió la risa comprimida de la muchacha, que estallaba en una carcajada estrepitosa, sonora, de esas que hacen saltar las lágrimas de placer… 
A esa misma hora el oficial ordenaba al soldado que ensillara y montando apresuradamente se alejó maldicíendo de aquella luz -mala que lo, condujo al hogar, donde tuvo tan venturoso ensueño y qué la más brutal de las realidades acababa de disipar. 
La lluvia había cesado, la luna blanca, serena, rodaba silenciosa en el fondo del cielo. Miró por última vez la tranquila casita rodeada de álamos enhiestos y sombrías higueras, y se perdió en la pampa solitaria, guiado por la trémula lumbre de las estrellas… 

Muchos años después, un noble anciano -cuyo nombre ha resonado más de una vez en la historia de Entre Ríos, desde la memorable jornada de Caseros en que combatió bajo las órdenes del general Urquiza-, nos refería esta aventura rigurosamente histórica de su juventud, y agregaba riendo alegremente: 
-Siempre que veo la mazorca de un choclo cocido o una trampa abierta esperando a una rata dañina, de entre el montón informe de mis recuerdos, se levanta la dulce imagen de aquella hermosa muchacha de ojos y trenzas negras, que gritó una noche con voz jubilosa: 
-¡Máma, cayó el matrero! 

 Recuerdos de la Tierra de Martiniano Leguizamón

Las historias de El Jacha

I
Don Ramón Ibarra, alias El Jacha, era un paraguayo macaneador, peleador y chistoso que había trabajado de hachero en los obrajes de La Forestal y andaba por Reconquista haciendo changas. El origen del nombre es el siguiente:
Un día cayó a mi casa a pedir trabajo, todo flacón y sucio y vestido con dos arpilleras.
Mi madre estaba considerando un grueso rollizo de quebracho de más de una vara de diámetro que estaba tumbado en el patio desde tiempo inmemorial y no hacía más que estorbar; y dijo de don Ramón si era capaz de sacarlo y llevárselo.
-¿Y no fuera mejor picarlo leña? –dijo el hachero.
-Pero ¿se puede? Mire que es madera como fierro –dijo mi madre, por no decir: “¿Pero usté puede ese trabajo con la pinta que tiene?”, que es lo que estaba pensando.
-¿Y cómo no, señora? –dijo el paraguayo, bajando del hombro el hacha-. ¡Yo tengo confianza por mi jacha!
Estaban los tres chicos Castellani, que se pusieron a reír y lo bautizaron El Jacha.
A las dos horas el rollizo había desaparecido en un montón de astillas.

II
El Jacha era bravucón. Un día estaba tomando con un paisano en el boliche de Ventura, se mamaron bien los dos, empezaron a bravuconear, después a amenazar, después a insultar y después sacaron los cuchillos y se atropellaron.
El Jacha era bravucón pero cobarde. Quería batifondo, pero no hasta el fin, por lo cual vio con alegría que se levantaban todos los presentes a desapartarlos. Pero da la casualidad que todos lo asujetan al Jacha, mientras al otro solamente uno o dos, que era un paraguayo grandote, y forcejeando parecía que ya no mas se iba a soltar. !Amigo! cuando ve eso el Jacha empezó a los gritos:
—!Asujetelon! —decía—. !Asujetenlon! !Asujetelon al otro! !Asujetelon al otro, que yo, mal que mal, me asujeto solo!

III
Una noche el Jacha se iba a caballo para Ocampo, y se paró en la pulpería del Sombrerito, donde había una punta de paisanos hablando del tigre. Parece que había en las inmediaciones una bestia malísima que ningún paisano ha visto pero que ponderan muchísimo lo mala que es, y que llaman una tigraparida. El Jacha dijo que tuviendo el su facón y su poncho no le teme ni al diablo, cuantimenos a un tigre o dos.
Estaba Sandalio que sabe imitar el bramido de todos los animales, y estaba el bestia de Mascazzini. Salieron despacito del boliche y se emboscaron en el camino. Tenían una calabaza vacía con una vela adentro y dos buracos imitando ojos de tigre. Se escondieron en un matorral, y apenas cayo el Jacha ahí trotecito y bastante alegre con unos vasos de vino, le sacan la cabeza de tigre y empieza Sandalio a bramar que daba miedo. ¡Amigo! El Jacha volvió riendas, clavo espuelas y atropello pa donde pudo. Tenía su famoso tornado, un caballo esplendido, que estaba lo más tranquilo, y cuando si hubiese sido de veras tigre. Pero el Jacha pillo un julepe van grande que lo hizo atropellar por el monte, por un arbolito de espina-corona, que tiene unas espinas duras y tamañas, desgajo una rama entera del encontrón y la rama le quedo prendida del poncho todo por arriba de la espalda y el cogote. Se agacho el Jacha y empezó a castigar al tornado con toda el alma. Pero a cada salto del animal, saltaba la rama, y se le hincaban las espinas al Jacha, y el Jacha se agachaba y castigaba más fuerte. Quién sabe dónde hubiera ido a parar, si al pasar por la pulpería no salen todos los muchachos levantando los brazos gritando:
—¡Don Ramón! ¡Donda va! ¡Parese, parese!
Pero el Jacha, cada vez más agachado y pegando mas fuerte, contesto:
— ¡Si, parese, parese! ¿Y esto que llevo acatras prendido?
Con la mamua el pobre Jacha andaba creyendo que llevaba el tigre en ancas.

IV
El Jacha tenía un lindo alazán tornado, y andando el tiempo se casó con una viuda muy rica, pero mala. Le empezó a ir muy mal a don Ramón, como le habían predicho sus amigos. Pero el paraguayo no se ahogaba en playo. Se avivo, pensó bien el problema y en un golpe de audacia, perdió el caballo y gano una mujer buena.
Pero esta es una historia demasiado larga. Para otro día la dejamos. Algunos dicen que el Jacha copio esta historia de una comedia de Shakespeare, The Taming of the Shrew. Pero ¡que! A lo mejor los ingleses la han copiado del Jacha.

Leonardo Castelli 
En Decíamos ayer…, 1968, pp. 385-387. Editorial Sudestada

jueves, 12 de julio de 2018

El alacrán y el inocente

La vieja Gregoria Taumaturga Saucedo alzó escandalizada los brazos al cielo y clamó indignada mirando a su hija Abstinencia:
—¡Virgen de Itatí! y… —lo que siguió a la invocación no podría figurar en ninguno de los santorales del mundo por muy liberales que fuesen en sus expresiones—. ¡Cómo hiciste eso!…
La muchacha bajó los ojos, se miró los pies descalzos con los que hacía rayas en el suelo y no respondió.
—Y el sinvergüenso’e tu primo… ¡Si lo llego a agarrar!… Aura se ha ido pa’l Chaco, ¿no?
—Dijo que era pa ganar plata pa’l casorio —trató de disculparlo la joven.
—¿Y vo te lo creyiste? Ese ya no güelve por un tiempo y cuando güelva vos vas a estar maj a punto que sandía en verano…
—Entonces ¿qué pa podemos hacer?
—¡Hum!… Buscar a alguien pa cargarle el mochuelo, pues… ¿No andaba el viudo don Manuel mirando por vos?
—Sí, pero va ser difícil que aceute… es maj desconfiau que gato andando entre perros…
—¿Y Agamenón, l’hijo’e la parda Juana?
—Ese y nada es lo mesmo… Haberá que mantenerlo a él y a la mama.
De pronto se iluminó el rostro de la madre y exclamó:
—Y si lo enriedamos a Salustio… Es güeno, trabajador y no va a hacer viriguaciones… Con asustarlo un poco…
—Sí, pero… ¿cómo?
—Dejame pensar… ¡Ya está…! Mirá, una siesta de estas…
Siguió el cuchicheo entre las mujeres discutiendo los detalles del plan mientras, como a unas dos cuadras del lugar, un mozo alto, de rostro simple y andar pausado, dejaba el caballo en el corral, llevaba la montura y las riendas al galpón y tras lavarse en el balde colocado junto a un pozo de brocal entraba a una modesta habitación donde una viejecilla le tenía preparado el yantar cotidiano.
—¡Cómo has tardado m’hijo!… ¿Qué te pasó?
—Nada, mama, estuve curándole la «bichera» a un ternero nomás.
—Güeno, apurate que de no el arroz se me va a pasar de punto.
—Con el hambre que tengo tuito va a ser lindo.
Cariñoso el hombre se acercó a ella y levantándola entre sus inertes brazos la alzó para besarla en la frente entre las simuladas protestas de la madre.
—Dejame, Salustio… ¡pero!…
Volvió a ponerla suavemente en el suelo y exclamó:
—Aura sí, vaya y tráigame las cosas ricas que usté sabe hacer…
Salustio Cáceres era el único hijo de doña Clara, viuda de un buen hombre que murió a causa de un «pasmo», decían los vecinos y de una infección aseguraba el médico. El hijo se crió junto a la madre y era servicial, muy apreciado por todos, pero carente de malicias. Poco amigo del boliche y de los bailes vivía consagrado por completo al cuidado de su progenitora que, en los últimos años, casi no abandonaba la casa a consecuencia de un reumatismo crónico que, inútilmente, quería combatir con friegas de grasa de yacaré y llevando un anillo de cobre.

Unos días después el pueblo estaba como dormido bajo el agobio del sol. Muchos seguían entregados al sopor de la siesta, pero ya algunos se levantaban y empezaban las tareas de la tarde. Abstinencia Saucedo, que estaba con su madre, debajo de un árbol junto al camino, dijo a esta.
—Allá sale al patio…
—Güeno… andá y hacé como te dije… Yo vua a caer enseguida con el viejo Argüello…
Salustio dejó la casa, se desperezó alzando los brazos, ahogó un bostezo, después, se lavó un poco junto al pozo y fue para el galpón a retirar los elementos para su trabajo habitual en el campito vecino. La construcción era pequeña y oscura, adentro se gozaba de una suave frescura y se respiraba el excitante aroma de la alfalfa enfardada. El muchacho buscó una lezna y unos tientos y se dispuso a remendar una collera a la espera que se atenuasen un poco los rigores del sol para seguir arando.
De pronto sintió chirriar la puerta y Abstinencia penetró corriendo y moviendo los brazos con desesperación:
—¡Salustio!… ¡Salustio!…
—¡Eh!… ¿Qué te pasa? —díjole asombrado.
—Ayudame… Un alacrán se me metió dentro’e la blusa y me va a picar…
Conocedor de la gravedad de la picadura de estos animalitos el joven se acercó y ya iba a meter la mano en la abertura del cuello, cuando se detuvo, indeciso y pudoroso.
—Apurate Salustio que me corre por dentro. ¡Uy!…
—Es que… no puedo… no puedo desabrochar…
—¡Qué me muerde!… ¡Tirá y rompé aunque sea!
La muchacha se echó a llorar y Salustio con movimientos torpes asió un borde del género, pero Abstinencia con un rápido esguince, hizo que la débil tela se rasgara.
—¡Oh!… —se asustó él, pero ella despojándose de la vestidura enseñó el corpiño que apenas comprimía los henchidos senos y, aproximándose urgió:
—Sacalo, aura, sacalo…
Sin saber lo que hacía el hombre llevó sus manos hacia el cuerpo de la mujer, cuando chirrió la puerta y penetró doña Gregoria acompañada por un viejo y exclamó:
—¡Peina!… Ahí está… pe… ¡pero qué es esto!
La joven se apretó contra el desconcertado Salustio y gimió en alta voz:
—Jué él… mama, jué él…
—¡Yo!… —se asombró el inculpado—. Si te estaba buscando un alacrán…
—Güen alacrán estás vos, Salustio —intervino el viejo—. Aura vas a tener que arreglar esto o vas a dir preso por sinvergüenso y abusador…
—Déjemelo a esa fiera —tronó doña Gregoria e intentó abalanzarse contra el mozo, pero Argüello la contuvo y ordenó:
—Mejor vamoj a denuncear el caso a la comesaría… Vos venís como estás. Abstinencia y yo vua a salir’e testigo… ¿Alacrán?… ¿Quién te va a creer ese cuento?

Don Frutos Gómez, el comisario, alojó al consternado Salustio en el calabozo y volvió a su oficina donde ya se hallaban el cabo Leiva y el oficial Arzásola.
—Che, Leiva —dijo apenas entró—, decile al agente que noj cebe unoj mates y dispués vení que quiero hacerte unaj priguntas…
—¡A la orden, comesario…! —respondió Leiva y salió a cumplir con lo ordenado para regresar casi de inmediato.
—Güeno… —prosiguió el superior—, ¿vo oyiste lo que dijo la vieja Rigoria Tomapurga?
—Gregoria Taumaturga… —corrigió el oficial.
—Ta bien, la vieja Rigoria, entonces que es más fácil…
—Oir la oyí, pero entuavía no lo compriendo…
—Salustio es un temperamento primitivo que, dominado por la pasión, cedió paso a sus instintos más brutales e hizo lo que hizo…
—Será che oficial, pero lo mesmo no lo creo.
—Pero… ¡ustedes vieron cómo estaba la pobre muchacha!… Tenía toda la blusa destrozada ¿y supongo que no creerán en el cuento del alacrán?
—¿Y por qué no?… Loj alacrane ‘e por aquí pican juerte y la gente les tiene un miedo grande…
—Además está el testimonio de un vecino, el señor Arguello, que es insospechable…
—Tiene tuita la razón, oficial —siguió el cabo— pero hace tiempo que conozco a Salustio y a su mama, doña Clara y sé que son güenas presonas.
—Todos son buenos hasta que se descarrilan.
—La pobre doña Clara ha’e estar sufriendo por esta acusación —exclamó don Frutos—. Me da una lástima…
—Cuando la justicia está de por medio no podemos ser sentimentales… El culpable debe pagar su delito…
—¿Y si no hubo delito?… Mirá que Salustio niega l’acusación y pa mí su palabra es tan güena como la de ella…
—Lo que yo creo —intervino Leiva— es que Ña Rigoria y la Astinencia buscan engancharlo al Salustio pa que trabaje pa ellas…
—No está mal pensau… Consiguen un marido pa la hija y un hombre pa que laj mantenga…
—No lo pienso así —insistió Arzásola—. ¿No consideran que él puede negarse al casamiento y preferir ir a la cárcel con lo que no ganarían nada?
—¿Y quién le mantiene a la madre de mientras tanto?… La pobre está medio impedida y Salustio es capá hasta’e casarse con la vieja Rigoria con tal de poder quedarse y ayudar a su mama, pues…
—¿Y no podería echarle tierra al asunto? —sugirió el cabo.
—La ley debe cumplirse, señor comisario —expresó el oficial.
—¿Y quién te dice que no va a cumplirse?… Aura pa que veas como estoy dispuesto a que se cumpla vua a mandar a Leiva pa que las cite a Ña Rigoria, a l’hija y al viejo Arguello pa mañana por la mañana a fin de risolverlo tuito’e una ves…

Un zorzal cantaba en algún árbol próximo y los gallos desgranaban en el claro aire matinal la sonora mazorca de sus cantos. Salustio se sentó en el borde del lecho y pensó que nadie iría a buscar la lechera y que el ternero estaría mugiendo inútilmente en el corral.
—¿Qué dirá mi mama? —pensó—, y no acertó a explicarse la extraña complicación en que se hallaba metido.
Oyó ruido de pasos y vio que don Frutos llegaba, abría la puerta de su encierro y venía a colocarse a su frente.
Respetuosamente se levantó y saludó:
—Güenos días, don Frutos…
—Güenos días, m’hijo… ¿En qué estabas pensando?
—Cosas mías, don Frutos…
—¿A lo mejor pensabas en l’alacrán o en l’Astinencia?
Lo miró con tristeza y se lamentó:
—Usté también no me cree… ¿Qué pa le vua a hacer?… Pero no estaba pensando n’eso sino’n la lechera. Mi pobre mama no va poder dir a campearla…
—No te apurés por eso… Ya lo mandé a Leiva pa que le diera una manito.
—Muchas gracias, don Frutos…
—No tenés por que m’hijo y aura haulame con tuita sinceridá.
—Prigunte nomás…
—¿Vo hiciste pa eso que dicen que hiciste?
—No, don Frutos… Yo estaba cosiendo nicó una collera cuando dentró ella y me dijo que le había dentrau un alacrán y que se lo sacara…
—Pero… ¿cómo tenía la blusa tuita rompida?
—Jué ella a loj apurones… decía que ya la estaba picando nicó…
—Y cómo don Arguello dice que cuando dentró vo la tenía a loj apretones.
—Jué ella, don Frutos… Me dijo: «Busca… busca…» y cuando dentraron me puso los brasos encima, pues…
Lo miró con ojos cándidos y preguntó:
—¿No me cre, pa, don Frutos?
El comisario vio su franca mirada y afirmó:
—Te creo m’hijo y anque tuito esté en contra’e vo vua a haser lo imposible pa librarte… Pero no te enojés conmigo por lo que te haga, ¡eh!…
—No ha de, don Frutos…
—Vas a sufrir un poco, pero va a ser pa tu bien…
Unas horas más tarde, respondiendo a la invitación formulada, llegaron los citados por el comisario.
Arzásola que tenía a su cargo la redacción del sumario leyó la acusación y preguntó:
—¿Se ratifican en lo expuesto?
—Sí, señor…
—¿Entonces si Salustio no se casa con tu hija tengo de mandarlo preso?
—Así es, don Frutos… —replicó la madre.
—¿Por qué pa no pensás en doña Clara, que está enferma, y retirás la denuncia?
—insinuó el funcionario policial.
—¿Y quién pa piensa en mi pobre hija?… ¡Hum!
—Está bien… andá Leiva y trailo al muchacho…
Salió al cabo y se llegó al calabozo, miró al joven y le dijo:
—¿A ver cómo estás pa dir a riclarar?
Lo observó cuidadosamente y sentenció:
—Tenés los dientes sucios… Tomás, limpiátelos…
Le alargó un cepillito sobre el cual colocó una abundante cantidad de pasta dentífrica. Salustio empezó a restregarse la dentadura vigorosamente y una abundante espuma le cubrió los labios.
En ese momento Leiva le ordenó imperioso:
—¡Tendé laj manos…!
Imposibilitado de hacer preguntas por la espuma que le llenaba la boca, pero dócil, como de costumbre, el otro así lo hizo y el cabo le ciñó las esposas, luego retirando el cuello de la camisa vació adentro el contenido de un frasquito.
Salustio, sorprendido, abrió los ojos y después trató de llevar las manos a la espalda, pero las cadenillas se lo impedían de manera que empezó a agitarse inquieto y a lanzar escupitajos. En seguida echó a correr hacia la sala mientras Leiva le seguía gritando:
—¡Salustio!… ¡Salustio!… ¡Vení pa acá…!
Arrojándose contra las paredes y dando saltos de energúmeno el joven llegó a la oficina, se detuvo un segundo pero luego retorciéndose y agitándose como un poseído, con la cara cubierta de espuma y gritando como un loco, arremetió contra doña Gregoria que estaba de pie, junto a la puerta y que por la fuerza del impacto rodó por el suelo, y siempre aullando salió escapado hacia la calle perseguido por el cabo y el agente quienes pronto le dieron caza y lo trajeron a la rastra, luchando contra el pobre joven que se debatía terriblemente.
—Vayan y delen un baño enseguida… —mandó don Frutos—, ansina se va a calmar…
—Pero… ¿qué tiene?… ¿Se ha güelto loco? —interrogó doña Gregoria.
—No… ya se le va a pasar… Al pobre le suelen dar estos arranques pero denantes que haiga que mandarlo al manicomio va a pasar mucho tiempo —explicó el comisario.
—No sabía que juera enfermo —dijo don Arguello.
—Por eso es que la madre no deja que vaya al boliche ni a loj bailes, no sea que le dea un ataque y haga macanas… —continuó don Frutos.
—¡No, mama!… Yo no me quiero casar con ese… —saltó Abstinencia—. ¿Y si una mañana le da la locura, agarra un cuchillo y empieza a loj tajos?
—Son cosas’e la vida m’hija, pero si vo lo tratas bien no te va a dar mucho trabajo…
La vieja que había estado acumulando rabia estalló:
—¿Quiere decir que encima’e tener una hija loca tengo que cuidar a un chiflau, también?… ¡No se embroma’l Gobierno!… Nojotros se vamo…
—Un momento, señora… está la denuncia.
—¡Qué denuncia ni denuncia! Yo no quiero saber nada…
—No m’hija —se gozaba el comisario— aura que está por escrito vas a tener que casarte nomás…
—¡Ni nunca!… Si tuito fue una cosa que me hiso hacer mi mama… El pobre infeli ni siquiera me ha tocau…
—Ta bien… entonces che oficial hacele firmar que retiran la acusación…
El oficial redactó rápidamente el desestimiento y las mujeres lo signaron complacidas de verse libres de cargar con el insano.
Cuando se fueron el vecino se disculpó:
—Perdone, don Frutos, a mí también me engañaron… Yo dentré y loj vide medio entreveraus asi que creyí lo que decían… ¡Pobre Salustio! Se salvó ‘e una pero tiene otra maj grave encima.
—No tiene nada, aura nomás lo van a trair pa que lo vea…
—Pero si yo lo vide a loj gritos, saltando, echando espumas y portándose como un loco.
—Eso pa que veas que no hay que confiar mucho en los ojos… La espuma era ‘el dentrífico con que Leiva le hizo limpiar loj dientes y loj saltos que daba era porque el cabo le echó dentro’e la camisa y en la espalda un frasco enlleno’e hormiguitas coloradas que saben picar fiero y el pobre con laj manos esposadas no podía ni rascarse…