miércoles, 29 de agosto de 2018

Los espíritus (del diario del Oficial Arzasola)

Marzo 3 —Revisando en los cajones de un viejo escritorio encontré un cuaderno de hojas amarillentas y no pude resistir a la tentación de utilizarlo para ir estampando mis impresiones sobre la vida y los hombres de este pueblo, al parecer olvidado de Dios, que se llama Capibara-Cué. Al verme en estos menesteres ya sospecho lo que dirán mis compañeros de trabajo: el comisario, don Frutos Gómez, mesándose la barba afirmará sentencioso: "L'ofisial ta praticando la letra…"; el cabo Leiva, un paraguayo enamoradizo, exclamará: "¡Di ande, don Frutos…! Li ha d'estar escrebiendo a la novia…." el agente Ojeda y nuestro preso habitual, don Cleto, que viene noche a noche a dormir en el calabozo sus borracheras, asentirán apenas con sus "¡Hum… hum!" y seguirán prendidos a la bombilla en sus diarias orgías de mate. Afuera el sol bosteza sus ardores sobre la larga calle polvorienta; atados a los palenques, frente a los ranchos, cabecean algunos sufridos caballos; desde lejos llega el canto huidizo del crespín, y, a la distancia, se ve el verde festón de las copas de los árboles en los montes que rodean al pueblo.
Un mocetón viene andando pachorrientamente por las desniveladas aceras, de rato en rato se saca el cigarro de hoja de la boca y lanza grandes escupitajos al aire. Bueno, ya no hay más que agregar, así que yo también iré a sumarme a la rueda del cimarrón.

Marzo 3 —Es de noche y en el cielo hierven las estrellas. A pesar de todos mis presentimientos hemos tenido un día de trajín intenso. Aquel muchacho que vi en la tarde caminar tan perezosamente fue quien causara la conmoción cuando, al llegar al cabo de un rato, dijera:
—Güeñas tardes, don Frutos, le vengo nicó a avisar una cosa…
—Güeñas, m'hijo —contestó el aludido—, haulá nomás.
—N'el rancho 'e Casimira, la viuda 'l Mocho Ceríaco López, ese que se mató hace dos años, al cair borracho debajo 'e la carreta cargada 'e sandías y al que las ruedas le pasaron por encima 'l pecho…
—¡Aja!
—Güeno, ahí está la Casimira…
—Vea, pues —intervino el cabo Leiva—. ¿Y ande más iba a estar si esa es su casa?
—Ahí está la Casimira —prosiguió el mocetón imperturbable —colgada 'l cogote 'e la cumbrera 'l rancho y ya finada la pogre que Dios la tenga en su santa gloria.
Don Frutos dio una larga chupada al mate y ordenó:
—Vamos.
Montamos a caballo y allá fuimos: el comisario, el cabo Leiva, que llevaba al mocetón en la grupa y yo.
El rancho de la muerta estaba en las afueras del pueblo, junto a unas plantaciones descuidadas y a un vasto potrero donde yacían algunas vacas.
Ya algunos vecinos estaban en la modesta habitación del hecho observando a la muerta desde todos los costados, pero, felizmente, no habían tocado nada.
Don Frutos los expulsó del recinto y dio comienzo a sus tareas.
La muerta tenía los ojos fuera de las órbitas, la lengua afuera y el rostro amoratado. A sus pies yacía una silla derribada, a la que parecía haber subido para cumplir su fatal determinación. El lazo que le ceñía el cuello había sido pasado por encima del gran poste que oficiaba de cumbrera y estaba atado, en su otro extremo, a uno de los sostenes de hierro de la tranca de la puerta.
Todo en la habitación estaba en orden y solo el lecho tenía las ropas revueltas.
—Suicidio. —dije yo— La mujer aseguró el lazo, lo hizo pasar por encima de la viga, subió a la silla y se colgó…
Don Frutos observó en el piso de tierra las huellas dejadas por la pata de la silla, luego alzó a ésta introduciéndola en las marcas y señaló con un lápiz la altura hasta donde penetraban. En seguida dijo a Leiva:
—Bájala.
El cabo hizo lo indicado y cuando el cuerpo estuvo en tierra el comisario llevó la silla un poco más allá y, después de pensar un rato, dijo a su subordinado:
—A ver, Leiva, ponela parada ahí mirando a la ventana.
El otro levantó en sus fuertes brazos el bulto inerte, rígido por la muerte, lo apoyó sobre el mueble cuidando que la luz cayera sobre ella. Era una mujer de talla mediana, delgada y que, quizá en vida no habría sido mal parecida, pero que, en esos momentos, con el rostro lívido y distorsionado, causaba horror.
Don Frutos la observó con todo detenimiento desde la cabeza a los pies y luego su mirada fue recorriendo los objetos del contorno para terminar diciendo:
—Ponela nomás en la cama y que la preparen pa enterrarla. Nojotro vamoj a buscar al culpable.
—¿Al culpable? —dije azombrado— ¿No es un vulgar caso de suicidio?
—No, m'hijo —me respondió—, es un crimen.

Marzo 4 —Esta mañana fuimos al entierro de la difunta Casimira Vda. de López. Unos pocos vecinos siguieron al carro del carnicero donde se había colocado el pobre cajón de pino que contenía sus restos. La pobre no tenía parientes en el lugar y sólo unas cuantas viejas la despidieron con sus oraciones y alguno que otro llanto ya que "aunque no sia nada 'e uno un prójimo es un prójimo".
Cuando volvimos a la comisaría y mientras esperábamos que se dorara el asado para nuestro almuerzo, don Frutos me preguntó:
—¿Vos crees en loj espíritus?
—¿En los espíritus?
—Sí.
—Francamente no, aunque ha habido hombres de ciencia como Flammarion que eran decididos partidarios de esa doctrina.
—¡Aja!… Pues acá, en Capibara-Cué, tenemos a Ña Belén que es muy sabidora 'e esas cosas y haula con ellos.
— ¡Bah! Serán supercherías —le repliqué.
—Güeno. Esta tarde vamoj a dir a verla pa que te convensás.
Después, dirigiéndose al cabo Leiva, le interrogó:
—¿Cuánto pa le calculas el peso 'e la dijunta vo que la abajaste?
—Y, siguro, pa desir lo que se dise siguro de siguridad no pedería, pero pa mi pesaría como unas cinco arrobas porque era igual al peso 'e laj bolsas 'e avena pa los caballos.
—Cierto, Leiva, cierto. Yo tamién le calculo unos cincuenta kilos y aura pásame un pedazo 'e tripa pa dirme entreteniendo.
No había duda que la muerte de la mujer lo tenía preocupado. En la revisión que habíamos hecho de la pieza no encontramos nada de importancia y la intromisión de los curiosos en la misma había borrado o confundido las huellas de pisadas que podían haber quedado en el suelo.
Los vecinos no habían visto llegar o salir a ningún extraño. El estado de semipobreza en que vivía la extinta hacía descartar el robo como móvil y la falta de herederos que pudieran beneficiarse con sus escasos bienes alejaba también el interés.
Las circunstancias todas del hecho y la carencia presunta de motivos me hacían mantener aferrado a mi idea original del suicidio, pero el comisario, con igual pertinacia, sostenía:
—Es un crimen, ofisial, ya vaj a ver…
A la caída de la tarde, cuando apenas una estrella hacía guiños en el horizonte gris oscuro, fuimos a la casa de doña Belén, la curandera y "endivina". En la semioscuridad del aposento, iluminado sólo por una vela y envuelta en sus negras vestiduras, la vieja parecía una figura de pesadilla.
—Vea Ña Belén —le dijo don Frutos apenas nos hubimos instalado frente a ella alrededor de la mesa—, yo quedría que usté le consultara 'l espirito 'e Casimira López.
—¿Y por qué pa tiene esa curiosidá, don Frutos?
—Porque me parece que l'hisieron un sucio y naides sabe nada y si saben no quieren haular. Me gustaría que el espíritu me dijiera algo 'e loj que la querían pa bien o pa mal ansí tengo un indicio…
La mujer tomó un mugriento mazo de cartas y empezó a barajarlas mascullando palabras en guaraní, luego hizo cortar el paquete en tres partes al consultante y empezó:
—Esta no sirve y ésta tampoco… aquí viene el rey 'e copas qu'es el espirito 'e Casimira… En el nombre 'l Pagre, del Hijo y del Espirito Santo pongo una y pongo otra y doy güeltas a la tercera ¡peina! un caballo 'e espadas al revés que es un hombre que andaba con ella y esta sota es una mujer que no la quería a la finada porque tamién quería al hombre qu' era su marido…
Viene el siete velo que dice qu'el hombre tiene algo 'e oro n'el cuerpo y aura ¡Jesús, María y José! sale 'l caballo 'e oro que quiere decir que otro hombre más joven andaba con ella y tuitos estos bastos dicen que tamién lo celaba mucho… y esta otra sota es una muchacha con nombre 'e jlor… y este rey 'e bastos es el pagre 'e la moza qu'es nombre 'e rigor…
Calló la pitonisa y, entonces, don Frutos, añadió:
—¿Y d'este hombre loj espirito no pueden darme ni una seña?
Doña Belén volvió a barajar los naipes y luego de murmurar una oración entre dientes sacó del mazo una baraja y se la dio diciendo:
—Ahí tiene el nombre…
Era un dos de copas y el comisario la miró sin entender, pero ella concluyó:
—Loj espirito están cansaos y ya no pueden decir nada más…
Don Frutos depositó un peso en el platillo colocado frente a una imagen iluminada por la vela y salió conmigo a la calle que estaba en sombras, repitiendo:
—El dos 'e copas… el dos 'e copas…
Después de un rato se dio un golpe en la frente exclamando:
— ¡Ya está! El dos quiere decir Segundo… Segundo Almada, el que anda noviando con la Rosa Yegro, la hija 'e don Patricio Yegro 'e Ramada Paso…
Y por más que lo acribillé a preguntas no quiso darme ninguna otra explicación.

Marzo 5 —Algo en la actitud de don Frutos me hizo sospechar, cuando llegué a la comisaría, que preparaba uno de los golpes de efecto a que era tan aficionado.
Me recibió lo más cortés y con aire hipócrita me dijo:
—Sabes que creo que tenes razón y que la Casimira si ahorcó nomás…
Calló para terminar de sorber un mate que le acarreaba Leiva y añadió:
—Aura vamoj al galpón a matiar y ansina vamoj a ver el cuero 'e un cordero que le carniaron a lo inglese 'e estansia.
Pasamos al interior y allí, apoyada contra una alta pila de fardos de pasto, vi la silla que había estado en la pieza de la difunta y, a sus pies, una bolsa de avena.
—Sentate ahí —me dijo, y me indicó un banquito mientras él se acomodaba en otro en torno al brasero y después empezamos a "verdear" en silencio. Al rato vino un agente acompañado por un hombre de mediana edad, delgado y que, al hablar, dejaba ver un diente de oro.
— ¡Hola, don Poli! —lo saludó don Frutos—, perdone que lo haiga hecho llamar pero necesito que me dea un dato…
—A sus órdenes, comisario…
—Güeno, pero primero siéntese —exclamó el funcionario y le indicó la silla.
El otro miró la bolsa y se detuvo indeciso. Al ver sus dudas, don Frutos exclamó:
—Vea, ya qu'está ahí, don Poli, ¿por qué no me alza la bolsa arriba 'e los fardos?
—Con mucho gusto. —repuso el recién llegado.
La tomó en sus brazos, subió a la silla y sin esfuerzo la depositó en el lugar indicado.
—Gracias, amigo, y pa no entretenerlo más, ¿Dígame si sabe 'e algún pariente 'e la viuda Casimira?
Palideció el interpelado, pero, enseguida, se repuso y contestó:
—Que yo sepa no tenía a naides por acá. Pero…  ¿por qué me lo pregunta a mí, don Frutos?
—Cosa 'e lo espirito, don Poli. Ellos me dijieron que Uds., en fin, son cosas que ya pasaron…
—Ansina es, ya pasaron hace tiempo.
—Güeno, era pa eso noniá, vaya tranquilo.
Apenas se hubo retirado, Leiva volvió a bajar la bolsa, corrió la silla unos centímetros al costado y la puso en la posición anterior. No habían transcurrido diez minutos cuando volvió a entrar el agente seguido por un mozo alto y fornido de unos veinticinco años.
—Salú, Segundo —lo recibió don Frutos—, perdona la llamada pero tengo que preguntarte algo.
—Mande, don Frutos.
—Sentate de mientras y toma unoj mates que nú es di apuro.
Se reprodujo el mismo diálogo de momentos antes y el gigantón subió a la silla con su carga.
Cuando bajó para sentarse, el comisario le dijo:
—Ansí como a esa bolsa tamién hiciste pasar el cordero pu encima 'l alambrao.
—¿Que cordero, comesario?
—El que carneaste la noche '1 marte en l'estancia 'e loj inglese…  ahí está el cuero que abandonaste.
Indignado el otro rechazó el cargo atropellándose en la defensa.
—¿Qué via carniar cordero, don Frutos, endemá la noche '1 martes yo estuve con…
Súbitamente calló y quedó lívido, comprendiendo que había caído en una trampa.
—Seguí, Segundo, seguí…
—El martes estuve en mi casa.
—No, m'hijo, el martes a la noche estuviste con Casimira y a la madrugada la ahorcaste con tu pañuelo de cuello mientras dormía…
— ¡Miente!… ¡No es cierto!
Gruesas gotas de sudor le corrían por el rostro.
—Dispué, cuando la viste muerta, hiciste pasar un lazo por la cumbrera del rancho calculando l'altura pa que quedara lejos 'el piso y te subiste a la silla pa colocarle 'l nudo n'el cogote. Cuando estuvo colgada voltiaste la sila pa hacer creer que la pogre se había suicidao. No negués porque te vieron…
Anonadado por la exactitud del relato, el mozo aceptó:
—¿Me vieron? ¿Quién?
—Loj espirito…, siempre andan rondando por tuitos laos y aura confesa por qué lo hiciste o te haga haular a juerza 'e palos.
—No hace falta, don Frutos. Tuve di haserlo porque si había puesto insoportable 'e celosa y me había amenazao con ir a Ramada Paso pa decirle 'e lo nuestro al pagre 'e mi novia, don Patricio Yegros, que es muy severo y me hubiera echao 'e la casa. Taba 'e Dios que no había 'e casarme con la Rosa.
Leiva se lo llevó para encerrarlo en el calabozo y entonces le pregunté al viejo astuto:
—¿Cómo supo que era crimen y no suicidio?
—Por las marcas 'e las patas 'e la silla. Lo aujero eran muy projundo y la pogre era liviana demá pa hundirla tanto. Entonces pensé que alguno se había subido con ella pa colgarla y como lo vecino no vieron entrar ni salir a naides calculé que el creminal había ido 'e noche y si Casimira l'abrió la puerta era porque tendría algo entre ellos. Dispué supuse que l'única que podería saber d'esos enjuagues era doña Belén…
—Porque ella sabe 'e tuitas laj cosas el amor. Las mujeres van a pedirle que le haga más cariñoso o más fiel al novio y al marido, que loj libren 'e laj otra mujeres, que le hagan pensar solamente en ellas o que li hagan olvidar a laj otras, etc. Ña Belén no traiciona sus cliente, pero pueden hacerlo loj espirito y ansí supe que Poli "Diente 'e oro" había andado mancornado" con la viuda, pero como el caballo estaba al revés comprendí que lo había dejao por Segundo Almada, que es más joven y güen mozo. Parece que la mesma Casimira le había ido a consultar, dejuro pa pedirle que lo engualichara…
Se interrumpió para tomar un mate y prosiguió:
—Poli pudo haberlo hecho por despecho y Segundo pa librarse 'e ella y casarse con la Rosa…
—¿Cómo supo exactamente quién fue?
—Porque esa bolsa 'e avena pesa casi igual que la finada y Poli al alzarla no hizo hundir bastante la silla y, en cambio, con Segundo dentro hasta llegar a la marca que l'hice.
—Y el cordero carneado, entonces, ¿era un cuento? —inquirí.
— ¡Cuento! Di ande… aura nomá lo vas a comer al asador. Solamente que en vez del martes lo robaron anoche y me parece que al autor no loj vamo a encontrar nunca. ¿A vo qué te parece, Leiva?
—Creo lo mesmo, comesario —añadió socarrón—, pa mí que han de haber sido loj espirito.

domingo, 19 de agosto de 2018

El perro atado

Yendo por la calleja miserable
que para acortar camino al colegio
de vez en cuando yo subía,
era de siempre que atado a su eterno poste lo veía
no tenía nombre, tampoco sombra
había soportado lluvias y soles
frío y miseria
jamás recibió caricia alguna
solo la soledad y los maltratos de su amo eran su pan de cada día.
En su abandono,
como buscando una respuesta a su triste condición
en el turbio horizonte su melancólica mirada perdía.
Por aquel triste caminito polvoriento y rocoso
de las pocas gentes que por ahí pasaban nadie le miraba
su cuerpo marchito y triste como una uva seca
a los hombres les asqueaba,
y como si su rostrito lastimero
la vergüenza de los hombres reflejado hubiera
el indiferente y aturdido paso aceleraban.
Pero yo, que cantando y silbando siempre iba
al llegar a aquella cuesta mi ánimo cambiaba
mi paso lento y suave se hacía.
Siempre había pensado que aquella calleja
estaba perdida en el tiempo
tan apartada de la realidad estaba
que parecía existir como por encanto,
pues de aquellas casitas de caña
desgarradoras, tambaleantes y azotadas por la miseria
que a su alrededor reposaban
jamás vi hombre alguno,
el ambiente era tétrico
el aire parecía contaminado
solo aquella alma pura contemplaba mi paso.
Al pasar, su mirada como un rayo de luz,
en mis desprevenidos ojos penetraba
siempre misteriosa e interrogadora
y me indagaba no se qué cosas raras.
Muchas veces en mi apacible y lento paso
pan o fruta le ofrecía
y en su pobre inocencia
como si mi atención llamar pretendiera,
hasta que por la ruda cuesta yo subía,
jugando con alguna oportuna mariposa
felicidad fingía.
Y así pasó el tiempo
y mi paso por aquella senda perdida
más frecuente se hacía.
Pero ayer, anunciando la desgracia
una inesperada lluvia
turbia y fría mi camino interrumpía,
y yo saltando charcos y lodazales
con mis cuadernos y libros mojados
hasta la cuesta llegué
y aquellos ojitos confundidos
que durante tanto tiempo
mi subir la cuesta habíanme contemplado
ya no estaban…
un vacío profundo sentí dentro de mí
entonces, sin importarme el qué dirán de la gente
ni el fango que a cada paso
mi uniforme escolar salpicaba
lancé mis libros
y apresurado como un poseído corrí
a cerciorarme lo que había sucedido allí,
al acercarme, su cuerpo que yacía muerto
contemplarlo pude.
La lluvia habíase calmado ya,
unas cigarras que confundidas parecían,
sobre la yerba fresca del invierno
a nuestro alrededor deambulaban.
En aquel instante una indescriptible tristeza se apoderó de mí
era la pérdida de un hermano
lo que mi corazón sentía
y en mi arrepentimiento, mezcla de ira y dolor,
como pidiéndole perdón por el egoísmo de los hombres
a su lado de rodillas caí
y así mi último adiós le dí.
Las lágrimas de mi callado llanto,
entre el agua de lluvia y el fango se confundieron…


Casitadebarro

domingo, 12 de agosto de 2018

Destino ladrillero

Tengo las manos partidas
de hacer ladrillos ajenos,
se está metiendo en mi sangre
el barro del pisadero.
Hay días que me parece
chapalear en un chiquero
mirando aquellas casonas
que se han hecho con mi esfuerzo
y yo no tengo ni un rancho
pa'decir "aquí me muero".

Cada quincena que pasa
se me viene abajo un sueño,
el patrón no me asejuta
mas siempre le estoy debiendo,
tan solo me limpio el barro
cuando me tiño de vino
mirando pasar la vida
echa carga rumbo al pueblo,
y pensando que se llevan
mi sudor en los ladrillos.

En veces paso jornadas
sin mirar en cómo es el cielo,
me estoy mezclando en la tierra
me estoy sepultando vivo,
cada vez me cuesta más
llenar el molde barrero,
será que estoy tan cansado
de andar hundido en el suelo
humeda cancha de lodo
donde se amaza mi tiempo.

Tal vez, tal vez cuando me haga barro
me tire en el suelo bueno,
y Dios quiera que me traigan
ya fundido en el terreno,
en el carro de algún horno
tierra vendré al pisadero,
igual que un sueño de greda
guacho de amor y recuerdos
pa que se queme en la hornalla
mi destino ladrillero.

Marcelo Berbel

martes, 7 de agosto de 2018

Don Frutos Gómez, el comisario... (VII)

La trágica muerte de Marieta acaecida en los últimos días de noviembre hizo que, en respeto a su memoria, los cursos escolares finalizaran sin la acostumbrada fiesta final.
Nélida Flores tenía sus ropas y pertenencias ya lisias para ponerlas en la valija cuando doña Pancha, la portera, le avisó que había llegado el Capitán Giménez.
Era tanta la confianza que existía entre ellos y tan pocas las comodidades de la casa que la maestra contestó:
—Hágalo pasar, doña Pancha.
—Está bien…
Cuando el ex militar paraguayo llegó, le dijo:
—Perdone, capitán, pero como estoy alistando las cosas para mi partida me tomé el atrevimiento de hacerlo pasar aquí… Ahí tiene un sillón junto a la ventana, siéntese y dígame lo que le trae.
El paraguayo se repantigó en el asiento indicado y empezó a hablar.
—Podría inventar muchos pretextos para justificar mi visita, pero voy a ser sincero.
La maestrita llevó la mano al pecho anhelante y esperó.
—En realidad vine para guardar en mis ojos la visión de su rostro, para que quedase grabado en mi recuerdo. Sé muy bien que hago mal en expresar todo esto, pero no puedo reprimir mis impulsos.
—Hace muy bien en decirlo… ¡Tanto tiempo lo he esperado!…
—¿Entonces no la molestan mis palabras?
—No, Rudesindo…
—Es que yo soy casado.
—Lo sé.
—No tengo porvenir en esta tierra, porque debo estar listo para volver.
—Lo sé.
—¿Y a pesar de todo acepta lo que le digo?
—Sí, porque lo quiero…
Se levantó Giménez y empezó a pasearse preocupado.
—Mía es la culpa, Nélida… Fue la insensatez de mis palabras la que ha provocado esta situación de la que ahora me arrepiento…
Ella le tomó de las manos y lo condujo hasta la ventana. Ya el sol se hundía en la lejanía y las sombras velaban las cosas, pero el calor imperante durante todo el día no amainaba en sus rigores.
—Hace ya tiempo que por sus gestos, sus miradas, el tono de su voz y otros pequeños indicios supe que me amaba y eso me puso contenta porque yo también le correspondía.
—¡Cállese, Nélida!… No prosiga… ¡es imposible!
—¿Acaso nosotros pusimos ese amor dentro del pecho?… ¿Acaso no pretendimos apagarlo?…
—Sí, pero no debemos ser débiles… tenemos deberes…
Arriba en el cielo ensombrecido empezaron a gotear estrellas. Del jardín vecino llegaba el embriagante perfume de las rosas y de los jazmines.
—Débiles seríamos si por hacer caso de los prejuicios o de las convenciones nos negáramos la felicidad de querernos.
—Prejuicios y convenciones que son más fuertes que nosotros. Tú eres una maestra, tienes todo tu porvenir por delante, yo soy un hombre desterrado y sin medios… Perdóname que te haya hablado como lo hice y déjame ir, Nélida…
Lo retuvo más fuertemente ella y le dijo:
—Mi madre amó a un hombre… Un hombre que estaba casado, pero separado de la mujer… Cuando la familia se enteró se opusieron y después de un tiempo la hicieron contraer matrimonio con alguien a quien respetó pero jamás pudo querer. Ella que era bella y buena murió de tristeza. Jamás fue feliz en toda su vida… Yo quiero ser feliz aunque sea por poco tiempo: un mes, una semana, un día… pero anhelo ir por la vida con la alegría de haberlo sido…
—¡Nélida mía!…
Uniéronse los labios y se estrecharon los cuerpos. Giménez, sin embargo, reaccionó y exclamó:
—Pero tú te irás dentro de poco…
Ella sacó las cosas que había puesto en la valija y respondió:
—Ya no me iré… Quedaré a tu lado para ayudarte…
—La gente hablará…
—¡No me importa!… Viviremos con lo que tengamos, pero siendo el uno del otro…
—Buscaré un trabajo en la estancia y haremos nuestra casita hasta que…
—No digas más… Háblame del presente, pero no pienses en el mañana… Y, ahora esperame que voy a ordenar a doña Pancha nos prepare una cena y, después…
La promesa quedó flotando en el aire.
El paraguayo se apoyó en la ventana y observó el paisaje ensombrecido. De pronto, a la distancia, alguien empezó a rasguear una guitarra y en alas del viento vinieron los acordes de una vieja canción guaraní:
«Campamento… campamento…
amoité Cerro Corápe…».
Al oírla, Giménez pareció despertar. A su recuerdo volvieron los días de sus luchas en el Chaco, vio a su pueblo paciente y empobrecido, imaginó el dolor que tendrían los ojos de Ojeda cuando viera entrar en su casa a la maestrita y el rencor y hasta el odio que reflejaría la mirada del cabo Leiva.
—¡Por una mujer…! —diría y el escupitajo que arrojaría al suelo caería como una afrenta sobre su rostro.
Lentamente empezó a caminar y salió de la pieza. Llegó a la calle y se fue como diluyendo en las tinieblas.

Desde lejos, pero conducido por la inmensa caja de resonancia del río, llegó el bronco silbato del «Guayrá», doña Pancha que estaba próxima a la salida dijo:
—Ahí está’l barco… Diez minutos más y ya va a llegar…
Luego abrió la puerta, sacó la cabeza para observar la calle y sin quitarse el cigarro de la boca, expresó:
—Nu hay naides, pero no sé por qué quiere dirse así, a la escuendida como si hubiera hecho algo malo…
Nélida se levantó del sillón donde se hallaba vencida. La angustia le agobiaba como un fardo y cuando habló sus palabras goteaban amargura:
—De ser posible hubiera querido irme volando para no volver jamás…
La vieja la miró, levantó la valija y, silenciosamente, salió hacia el desembarcadero. Detrás, muy erguida, pero con el corazón latiendo agitado le siguió la docente.
El primero que la vio fue Emeterio, que estaba en lo alto de un jacarandá tratando de acercarse a un nido de zorzales. Como un mono se largó desde lo alto y fue con su mensaje.
—¡La máistra se va!… ¡La máistra se va!…
Crispido soltó la manguera con que regaba su huertecita y echó a correr hacia la barranca. De pronto miró sus manos huérfanas de regalos y se detuvo. No lejos, sobre un muro, se balanceaban unas enormes naranjas «chinas» que formaban un racimo que era la gloria de don Junípero que, en esos momentos, había salido en busca de su lechera.
Más allá alcanzó a Venancio que, a fuerza de «chirlos», hacía trotar a su «petiso maceta».
—¡Andá pa’l puerto pa despedir a la «señorita»…!
Nélida, mientras tanto, seguía hacia la costa. Ya sobre la diafanidad del cielo en la lejanía se notaban los negros pincelazos del humo despedido por la chimenea del barco.
Don Frutos y Arzásola dejaron la comisaría y salieron para cumplir con su obligación de vigilar la partida y llegada de los pasajeros. Al bajar por el estrecho sendero que llevaba hacia la playa vieron, más adelante, a la maestra.
—Mirá… —dijo el comisario a su acompañante— la «señorita» se va…
—Irá a aprovechar sus vacaciones en la Capital… pero, es extraño que no haya avisado a nadie…
—Sus razones tendrá…
Escasos eran los pobladores que, en esa mañana, habían llegado hasta el río para aguardar el arribo del barco. Pescadores y boteros, en su mayor parte. Doña Pancha dejó la valija en el suelo y a su lado quedó Nélida a la espera de la canoa que debería conducirla hasta la nave que anclaba frente al pueblo, pero en mitad de la corriente.
El comisario y el oficial llegaron y la saludaron. Don Frutos no dejó de observar la intensa palidez del rostro de la muchacha y la mirada huidiza de sus grandes ojos, de costumbre tan fijos y francos.
—A esta le pasa algo… —pensó, pero guardó la reflexión para sí y exclamó:
—¡Vaya sorpresa!… ¿Con que se noj va, señorita Nélida?
—Así es, don Frutos y aprovecho la ocasión para agradecerle, lo mismo que al señor oficial, sus múltiples bondades.
—Loj que tenemos de estar agradecidos semo nojotro… —replicó el comisario.
—En realidad, señorita Flores —terció Arzásola— su labor fue breve, pero proficua. La gente de Capibara-Cué jamás dejará de recordarla y esperará ansiosa su regreso.
Graves y tristes cayeron las palabras de la respuesta
—No volveré… pienso pedir traslado y en cuanto a que me recuerden… Vean, fuera de ustedes nadie se acerca a darme el adiós…
Nélida levantó su mano y señaló el casi desierto embarcadero y continuó:
—Me voy igual que cuando llegué… sin una mano amiga que tiemble en el saludo del adiós o de la bienvenida. Y, sin embargo, yo creí…
Calló y dejó su pensamiento inconcluso, pero don Frutos que hacía un rato escudriñaba la barranca y sus proximidades, hizo con la mano un gesto de llamada y, de pronto, surgiendo de detrás de los matorrales, bajando por el sendero y llegando en tropel vino la tímida tropa de los alumnos de la escuelita.
—Acérquense, pues… —insistió don Frutos— y no anden merodeando que naides los va a comer…
Una niña, de las mayorcitas que había alcanzado a ponerse el delantal, se adelantó y depositó en manos de la sorprendida muchacha un ramo de flores, después otro arrapiezo hizo lo mismo y otro y otro… Algunos ramos eran frescos, otros eran apenas un manojo de ramillas y pimpollos y de no pocos caían los pétalos mustios…
Críspido, el pequeñín de los cabellos revueltos, se acercó temeroso mirando de soslayo a los policías y luego, sacó una mano que traía escondida tras el cuerpo y ofreció un hermoso racimo de naranjas.
—Pa’l viaje, señorita… —dijo sin dejar de mirar a don Frutos, en una suerte de audacia no desprovista de temor.
La maestrita lloraba conmovida y besaba las tostadas y a menudo sucias mejillas de los chicos cuando doña Pancha, con suave energía, dijo:
—Güeno, ¡basta!… Ahí llega el bote y tiene que dirse…
Subió la maestra a la embarcación y se cargaron los bultos de la orilla, pero su mirada iba de un lado a otro buscando en las márgenes una silueta amada que no apareció.

A un kilómetro, más o menos, de Capibara-Cué una alta punta rocosa se internaba en el río y allí, erguido y tieso como una estatua, estaba el capitán Giménez.
Hacía ya varios minutos que había oído el silbato del «Guayrá» y el ruido de los motores.
—Dentro de poco pasará a mi frente —se dijo, pero no quiso volver la cabeza y continuó con los ojos clavados en el horizonte de río, selva y cielo de la vecina orilla.
Recordó que cuando era cadete, durante una fiesta patria, debió estar de guardia en un lugar por donde la concurrencia debía pasar para dirigirse al lugar de la ceremonia.
Fiel a la consigna estaba, rígido en la posición militar, cuando sintió que su madre y su novia se acercaban. Las voces queridas llegaban a sus oídos, pero seguía estático.
—¡Ahí está Rudesindo!… —dijo una.
—¡Hijo mío!… —murmuró la otra en voz baja, pero suficientemente audible.
Aunque el corazón le dio un vuelco, Giménez continuó inmutable.
Las vio como en una ráfaga pasar a su frente y perderse rumbo a su destino y aunque moría de ganas de verlas, de acariciarlas, aunque más no fuese con la mirada, permaneció en su puesto en idéntica posición.
Y, ahora también, tenía la misma sensación. La consigna de un deber superior a sus pasiones que lo ataba allí en el dolor de su tormento. Sabía que el barco ya iba a llegar hasta donde estaba, que pronto pasaría por el medio del río, pero no se movía.
La marejada que originó el paso del barco vino a romperse en multitud de olas en las piedras del pie de la barranca y el «Guayrá» entró en el campo de su visión.
Los pasajeros que andaban por el puente vieron esta figura solitaria y alguno, por broma, le hizo un saludo con la mano, pero Nélida que comprendió de quién se trataba sacó un pañuelo y lo agitó locamente.
Giménez vio el aletear desesperado, pero no movió ni un músculo y la embarcación fuese perdiendo río abajo sin que él torciera su gesto. Algo como un gemido reventó en su garganta mientras el blanco torbellino del pañuelo iba saliendo de su zona visual.
Y, de pronto, nuevamente tuvo ante sí la orilla opuesta con su río, su selva y su cielo. Pero detrás de eso él veía a sus hermanos inclinados sobre el rústico arado, a las viejas poblaciones de corte español con sus casas de largos corredores, a los niños analfabetos y semidesnudos, a las mujeres dolientes; a los hombres explotados en los yerbales y en los aserraderos, a los estudiantes crispando sus puños en la impotencia, a los veteranos de las guerras fratricidas mendigando un pedazo de pan…
—Hubiera sido desertar… —pensó y aflojando su tiesura emprendió el camino del retorno mientras el sol iba alargando su figura sobre el áspero sendero campesino.
Esa tarde, cuando don Frutos y Arzásola fueron a la comisaría, preguntaron a Leiva las novedades y el cabo, rascándose la cabeza dijo:
—Novedá y bien novedá hubo y dos grandes…
—¡Ajá!… ¿Robo?… ¿Crimen?… ¿Pelea?
—Robo… Primero, vino Ña Gumersinda que suele ayudar en la inglesia a arreglar loj altare pa decir que no sabe quién, pero que habían robau tuita laj jlore’e loj santos… Dispués llegó don Junípero echando ajos y maldiciones porque, cuando salió pa buscar la vaca le robaron un racimo’e unaj lindas naranjas chinas…
Sonrió don Frutos recordando la temerosa expresión del pequeño Crispido y dijo a Arzásola:
—Qué raro, ¿no?… ¿Vo viste a algunos con flores o con naranjas, hoy, che oficial?
El aludido enrojeció y casi tartamudeando contestó:
—¡Yo!… Yo no he visto a nadie…
Confuso por la mentira y deseando llevar la conversación hacia otros rumbos el oficial comentó:
—¿Sabe Leiva que se fue la maestra?
—¡Qué lástima!… Tan joyita que era…
—Lo que me extraña sobremanera —continuó el primero— es que no haya estado el capitán Giménez para despedirla. Como presidente de la Cooperadora era su deber…
Don Frutos que no dejó de asociar esa ausencia con la rara palidez de la muchacha comenzó a mesarse suavemente la barbita mientras decía filosófico:
—Muchas veces el deber no está en lo que se ve, sino en lo que se siente…
Afuera el sol brillaba implacable en el cielo sin nubes y el viento norte, que empezó a levantarse, arrancaba de la tierra ardida un aliento intermitente y cálido como el jadeo angustioso de una bestia fatigada.

lunes, 6 de agosto de 2018

Don Frutos Gómez, el comisario... (VI)

El sol brillaba, enorme y despiadado, en el cielo sin nubes y sus rayos arrancaban cegadores reflejos a las aguas del Paraná, amustiaban las hojas de los árboles y despojaban de su fresco verdor a las hierbas del campo. La mayoría de la gente estaba entregada al descanso de la siesta y solo un puñado de pilluelos, tras de haberse bañado en el río, ascendía, inquieto y algarero, por el abrupto camino de la barranca rumbo a un monte cercano abundoso en frutos silvestres.
Casi todos ellos iban descalzos o con deshilachadas alpargatas, pero la curtida piel de sus extremidades no sufría por el contacto con las espinas o las asperezas del sendero. Llegados al punto de destino, pronto se desparramaron entre los árboles en busca del agridulce ubajay, del exquisito ñangapirí, del sabroso guapurú o del dulcísimo arachichú. Sus gritos iban como monos sonoros saltando de rama en rama, resbalando por los troncos o corriendo por entre las mal dibujadas sendas.
—¡Poli!… Vení a ver qué lindo guapurús…
—¡Pancho!… ¡Pepe!… ¡Carmelo!… ¡Acérquense pa este lao onde hay un guayabal’e mi flor!…
—¡Ejame tranquilo Meterio que m’estoy empachando’e ñangapirises!… —respondía alguno, pero los demás seguían en sus andanzas sin prestar atención a las solicitudes.
Críspulo, uno de los más pequeños, con la boca y las mejillas teñidas con los tintes de los frutales y los húmedos cabellos revueltos se descolgó ágilmente de la planta donde se había alojado y se abrió paso por entre la crecida vegetación para proseguir su búsqueda cuando vio a la niña.
Estaba en una especie de claro del monte, acostada como si durmiera. La leve brisa jugaba con sus cabellos rubios y los volteaba sobre el rostro infantil, pero, con todo, se podía apreciar la tez lechosa y los rojos y pulposos labios de la pequeña boca extrañamente abierta.
—¡Marieta! —se dijo el muchachuelo reconociendo a la hija de don Giusepe, el herrero, y se acercó de puntillas para despertarla sorpresivamente y gozarse en su asombro.
Pero, al estar más próximo, vio que los lindos ojos azules estaban fijos aunque un rayo de sol caía sobre uno de ellos, le extrañó la posición de las manos, rígidas y crispadas, sobre el pecho núbil que no alentaba y un terror súbito, que le vino desde el fondo del instinto, le hizo lanzar un angustioso alarido que reunió al momento, a su alrededor, a la infantil pandilla.
—¡Allí!… ¡Marieta!… —exclamó sollozante.
El tono de su voz y la imperturbabilidad de la yacente hicieron adivinar a los recién llegados la presencia intangible pero ominosa de la Muerte. Uno, más audaz, quiso acercarse para tomarle el pulso, pero Policarpo, el mayor, lo contuvo aferrándolo del brazo mientras decía:
—¡Dejala como está!… Vamos a avisarle a don Frutos, el comesario…
—¡Vamos! —corearon todos y se lanzaron hacia el camino del pueblo con su fatídico mensaje.
Pero Críspulo no pudo seguirlos. Acercándose a un árbol empezó a vomitar y entre Pancho y Emeterio tuvieron que llevarlo a su casa.

Felizmente don Frutos, el oficial Arzásola, el cabo Leiva y los agentes fueron los primeros en llegar al lugar porque enseguida la noticia se desparramó por el pueblo y todo Capiraba-Cué acudió al sitio del suceso con su piedad y su indignación.
Leiva y sus hombres debieron efectuar ingentes esfuerzos para evitar que los curiosos penetraran hasta el claro del monte donde estaba el cadáver de Marieta.
—Frente a infamias como estas, uno lamenta que entre nosotros no exista la pena de muerte… —se lamentaba Arzásola—. Tenemos que encontrar al culpable para darle su castigo.
—Sí, pero no lo vas a hallar si te quedás ahí como embobau —le replicó su superior cuyos ojillos recorrían incansables el contorno en busca de rastros.
—El monstruo la sorprendió, la atacó y la estranguló para acallar sus gritos. Vea en el cuello la marca de los dedos… Sería algún forastero que, al pasar por el camino, la vio entrar en el monte y la siguió.
—¡No!… No era d’ajuera —le respondió don Frutos que observaba una rústica cestita donde la niña había recogido sus frutos—. Buscá a ver si encontrás algo, pues…
—¿Y qué vamos a encontrar aquí? En este pasto y entre hojas no quedan huellas… No ha dejado ni una seña, ni un simple rastro…
—Algunos dejó m’hijo… Y aura vua a llevar el cadáver al padre si vos no te oponés…
Avergonzado de su ineficiencia el oficial ya iba a asentir cuando, invadido por una súbita inspiración, pidió:
—¡Un momento, don Frutos!… Déjeme revisarle las manos, a lo mejor…
—Hasete el gusto, pero no creo que vayás a encuentrar nada’e valor…
Arzásola sacó dos papelitos de armar cigarrillos y con la ayuda de un cortaplumas fue limpiando las uñitas y recogiendo las pequeñas partículas que caían.
Luego el comisario alzó en sus brazos a la chiquilla inerte y la llevó hasta el camino, donde Leiva y unos vecinos apenas si podían contener a don Giusepe que pugnaba por ir en busca de los restos de su hija.
El padre al ver a la criatura lanzó un tremendo gemido, luego al recibirla, la estrechó contra el pecho y la besaba sin consuelo. Después, con los brazos tendidos como si llevara en ellos un manojo de lirios, fue por en medio de la calle rumbo al hogar, bajo el sol inclemente.
Detrás seguían los hombres con el sombrero en la mano y, poco a poco, las mujeres se fueron uniendo al cortejo. De pronto una vieja inició el rezo:
—Padre nuestro que estás en los cielos…
Despreciando toda ayuda el padre seguía marchando con la pequeña en brazos y la rubia cabellera flotante resplandecía como oro bajo el castigo implacable del sol de la siesta.

Don Frutos, Arzásola y Leiva volvieron al lugar a seguir sus investigaciones.
—Me se hase —apuntó Leiva— que al que hiso la fechuría no lo vamoj a agarrar… Naides tiene de haberlo visto porque a estas horas tuitos duermen la siesta…
—Creo lo mismo —señaló el oficial— y además no ha dejado el menor rastro…
—No vayás a creer… —le retrucó don Frutos—. Ya algunas cositas sé y laj otras las veré de buscar…
—¿Qué sabe, por ejemplo?… —inquirió Arzásola.
—Pérate… vamoj a recorrer un poco’l camino por si hay alguna siñal’e caballo atau…
Salieron del monte y fueron arriba y abajo de la senda por algunos centenares de metros observando el suelo polvoroso sin encontrar lo que buscaban.
—D’haber estau algún animal a la espera habiera dejau el lugar enllenito ‘e pisadas, porque habiese tenido que moverse mucho pa librarse’e los tábanos y laj moscas.
—¡Ajá! —afirmó Leiva.
Retornaron al punto de partida y mostrando el canastito con las frutas, siguió el comisario:
—Mirá… ahí estaba’l cuerpo’e la probresita, n’el medio’l cestito y aquí donde están esos yuyos machucaus estaba’l hombre sentao sobre los talones, lo que maj me afirma en mi creensia que vino a pie, porque pa sentarse así no debía tener espuelas…
—¿Y qué deduce de eso?…
—Si el hombre vino andando, es del pueulo y tiene que ser así en de no Marieta no se habiera puesto a comer sus frutas con un desconosido… Tenía que ser amigo o algún vesino pa que teniera esa confiansa…
—¡Ajá! —volvió a afirmar Leiva.
—L’hombre la esperó aquí y le pidió lo convidara con lo que traía. La pobresita asetó y ahí estuvieron comiendo y conversando. Allí quedaron laj semillas que tiraba ella, y ahí laj d’el. De pronto él se le jué ensima y como ella haberá empesau a gritar l’apretó el cuello y siguió y siguió hasta que la mató…
—¡Bestia!… —rugió Arzásola indignado.
—Luego al verla muerta, se asustó y se escapó pa’l pueulo. Esoj yuyos torsidos que estaban junto ande encuentramoj el cuerpito indican que dio güelta al talón pa cambiar’e rumbo… Aura, Leiva, ponete sobre los talones n’ese lugar y comé algunos guapuruses…
El cabo así lo hizo y arrojaba las semillas a un costado.
—Güeno… basta… L’hombre es maj petiso que vos…
—Eso es adivinanza… —deslizó el oficial.
—No m’hijo. No ves que Leiva dejaba caer los carosos maj lejos. Eso quiere desir que l’otro hombre tenía loj brazos maj cortos por ser maj retacón, pero enseguida vamoj a salir’e dudas…
Observó bien y midió cierta distancia con dos pasos y una cuarta.
—Debe andar por ensima’e loj uno y sincuenta, pero no mucho maj porque al tirársele arriba tienen que haber quedau cabesa a cabesa y dende tenía la punta’e los pieses hasta ande l’apretó el cuello, que se ve bien porque el pasto está más achatau, hay maj o meno esa medida.
Carraspeó y luego dijo dirigiéndose al oficial:
—¿Y vos encuentraste algo m’hijo?…
—Nada por el momento, pero vayamos a la comisaría que puede ser que pueda añadir algo…
Una vez en el local policial Arzásola buscó una poderosa lupa que poseía, único resto del equipo científico con que se hubo provisto en sus comienzos y que hubo de dejar a un lado ante la carencia de gabinete y otras comodidades en esa modesta población, donde ni siquiera se tenían en cuenta las impresiones digitales por falta de archivos y medios de obtenerlas.
Ante la expectación general sacó los papelitos que había guardado celosamente y observó con la lente los residuos extraídos.
—¿Y?… —solicitó don Frutos— ¿Ves algo?…
Hurgó con ayuda de una pluma de acero y extrajo algo que parecía un pedacito minúsculo de papel.
—¡Mire, don Frutos…! ¡Es un trozo de piel!… Marieta en su desesperación debe haber arañado a su agresor. Tiene dos pelitos negros de manera que el hombre debe ser moreno.
—Dejame ver, muchacho —se entusiasmó el comisario—. Cierto… Se ve patente que es un pellejo…
—Eso lo retiré de la mano izquierda —prosiguió el oficial—, así que el asesino debe tener el rasguño en el lado derecho de la cara o en el cuello, porque estos pelitos cortos son de la barba o de la nuca…
—Morocho, de poco maj’e un metro y medio… amigo o muy conocido’e la familia y con un rasjuño en la cara o n’el cogote… —sintetizó el jefe—. Con esoj datos me se hase que no se va a dir muy lejos.
Y así fue, el tercer sospechoso citado a declarar fue Ulpiano Britos, que hasta hacía meses se había desempeñado como ayudante de don Giusepe en la herrería.
—Yo nicó estuve durmiendo toda la siesta y me enteré del hecho cuando ya la traían —alegó en su descargo.
Don Frutos se le acercó disimuladamente y de golpe le retiró el pañuelo del cuello dejando al descubierto sobre el mismo el rasguño delator.
—¿Y esto?… ¿Cómo te hisiste? —le urgió.
—Me habré rascau, pues, y me arañé solo.
—No, Ulpiano —dijo fríamente su interlocutor y se veía que luchaba por contener su cólera—. Eso te lo hiso la Marieta al defenderse. Ahí n’ese papel está el pellejo que te falta y que se lo sacamos’e laj uñitas’e la inosente.
—¡Mentira!… ¡Mentira!… ¡Yo no fui! —se defendió el otro.
Leiva salió del rincón donde estaba y pidió:
—Don Frutos… ¿Me deja a mí que lo haga reclarar?…
El funcionario insistió ante el preso:
—¿Vas a riclarar, Ulpiano?…
—¡No!… ¡Yo no fui!…
—Güeno, metelo n’el calaboso y hasete el gusto —accedió el comisario.
Arzásola, que vio como el cabo descolgaba de la pared el látigo de cuero de carpincho, tuvo un escrúpulo de conciencia.
—¡Pero, don Frutos!… Eso no se puede…
El viejo lo tomó del brazo y condujo hacia la puerta mientras le decía, con un tono nostálgico en la voz:
—¿Ricordás como era linda y güena, Marieta?… Pa las navidades siempren la sabían vestir e’ virgen pa ponerla n’el pesebre’e la inglesia y aura…
Un grito de dolor llegó desde adentro y el comisario continuó:
—Era nicó l’única hija’e don Giusepe… Tenía loj ojitos asules mesmo como’l cielo y una sonrisa linda que a naides mezquinaba… ¿Y allá n’el monte la viste como quedó la pobresita?… Pero… ¿estás sordo que no oís lo que te digo?…
Otro grito de dolor vino desde el calabozo y Arzásola, secándose una lágrima, exclamó:
—Sí, don Frutos… estoy sordo… sordo… y no oigo nada… completamente nada…
Luego de lo cual salió a la calle y se echó a andar rumbo a la casa de Marieta dando grandes zancadas.