miércoles, 30 de octubre de 2019

Hogar

No hay noticias. La anciana 
inútilmente espera en la ventana. 

¡Pasan días y meses! 
En este año los campos no han producido mieses.

No hay pan. En lontananza, 
la pobre madrecita cultiva su esperanza: 

-“Cuando vuelva, sin duda 
traerá puesta la cruz; sobre su frente ruda 
brillará la aureola de aquel primer encuentro… 
¡Ha de volver, es claro, mi buen batallador! 
Lo esperaré aquí dentro, 
para llorar en lo íntimo mi dolor y mi amor.” 

No hay noticias, no hay pan. La madrecita anciana 
inútilmente espera en la ventana… 

Mucho tiempo después, por la calle desierta 
regresaba un soldado; 
vió el ventanal vacío, el postigo cerrado, 
y un crespón en el tosco llamador de la puerta… 

Mario Bravo 
“Cien Lecturas” pág. 117

lunes, 28 de octubre de 2019

Los árboles

Si viajando alguna vez por llanuras interminables, bajo los rayos de un sol ardiente y sofocados por el calor, habéis divisado a lo lejos un árbol, una arboleda o un bosquecillo, es seguro que vuestro corazón se habrá sentido aliviado de la fatiga, ante la esperanza de hallaros muy pronto gozando de un grato descanso al amparo de la sombra. Y habréis mirado al árbol como a un viejo y buen amigo, siempre fiel y servicial. 
En efecto, los árboles nos prestan innumerables beneficios: nos dan su fruto para la alimentación; leña para nuestro hogar; maderas para nuestros muebles y para la construcción de casas, puentes, etc.; productos medicinales para conservar la salud y sombra para ampararnos contra los rigores del sol y la inclemencia de las tempestades. 
Ya los hombres de la antigüedad reconocieron las virtudes de los árboles, si bien no se cuidaron de protegerlos contra las devastaciones. Un proverbio árabe dice que un hombre no ha cumplido su misión en la tierra, “si no ha escrito un libro, o no tiene un hijo, o no planta un árbol.” Prueba esto que aun en los pueblos de civilización primitiva se amó a los árboles y se comprendió la importancia que tienen respecto de nuestra vida. 
Muchas especies de árboles son famosas; así los cedros del Líbano, con cuya madera el rey Salomón hizo construir en Jerusalén un templo magnífico; el sicomoro, árbol gigantesco que en los desiertos de África protege con su sombra a los que en ellos se aventuran; el ombú de nuestras pampas, que también sirve de asilo y amparo a los viajeros; el nogal de Italia, excelente para la fabricación de riquísimos muebles; el sándalo, de madera olorosa, muy estimado en el comercio de Oriente, desde tiempos remotos. 
Para honrar a las plantas, los griegos imaginaron una hermosa leyenda. Según ella, la diosa Ceres habría sido la iniciadora de los cultivos, enseñando a los hombres a arar la tierra e indicando los vegetales correspondientes a las distintas estaciones del año. El suelo, en un principio árido, adquirió así, según la leyenda, fecundidad, y la germinación de las semillas tuvo lugar gracias a la protección de aquella divinidad mitológica, que de este modo procuraba el bien del pueblo heleno, el cual, en reconocimiento de los dones recibidos, erigió un templo a la diosa. 
Pero no sólo el hombre sino todos los seres vivientes tienen motivos de gratitud para con los árboles, pues no se olvide que los animales hallan en ellos alimento y protección. Así, por ejemplo, no se concibe sin árboles la existencia de los pájaros. 
Es sabido, por otra parte, que los árboles atraen la lluvia, por lo que se explica que en las regiones cálidas la plantación de árboles sea afán primordial de los habitantes. 

“Cien Lecturas” pág. 196-198

Cerré el alma

Ya no dirás
hasta mañana , un beso.
No esperaré el abrazo inútilmente.
He borrado tus labios de mi frente
porque no era el amor de un hombre eso.
Entre los que se aman hay un leño ardiente
y me ofreces un fósforo apagado,
por eso escondí el rio que he llorado
y dije "terminó" sencillamente.
En mi lecho se acuesta el que me ama,
no el que no tiene donde descansar...
no es lugar para amigos una cama...
No entendí el retaceo de tu llama.
Te eché.
Cerré la puerta.
Cerré el alma.

Poldy Bird

sábado, 26 de octubre de 2019

La palabra

Sin la palabra no hay sociedad, y sin sociedad el hombre vale menos que el animal. No tenemos el instinto del pájaro, para buscar y entretejer con espartos, ramillas y lana, un pobre nido; está muy lejos de nosotros aquel instinto saber del castor, que en invierno fabrica su casa, defendiéndola de inundaciones; somos, en este punto, menos aún que la diminuta hormiga, amaestrada en el arte de ahondar el suelo para establecer allí asilo y trojes para sí y sus compañeras. 
Sin el vínculo de la voz, el trabajo de un hombre sería tal vez inútil para otro, que lo destruiría por ignorancia, y pasarían siglos y siglos y viviríamos en los huecos de las peñas o, a la más, en chozas salvajes. Por la palabra sabe el hombre que fueron los que vivieron antes, y quien los crió y que debe ser él, y unido el caudal de saber y de trabajo de este hombre y aquel, y el de la generación que precede con el de la que sigue –unas heredan a otras–, sabe más, y ejecuta más, y merece más y también goza más el que mejor sabe aprovechar la inteligencia herencia que ha recibido. El habla es la defensa, el respeto, la dulzura, la ley, el bien de la vida del ser que piensa. 

Hartzenbusch
“El hogar de todos” pág. 63

viernes, 25 de octubre de 2019

Los vientos

Simún o tempestad, soplo errabundo, 
verbo grandioso, formidable empuje, 
lleva en voz el viento, cuando muge, 
todo el eterno diapasón del mundo. 

Como los niños, llora gemebundo, 
o con la voz de los leones ruge: 
y, si en la entraña de los montes cruje, 
tiene la queja del dolor profundo. 

En las cuerdas de hierro de una reja 
vibra, y errantes músicas semeja; 
y cuando el mar a sus impulsos late, 

remedan un combate sus rumores, 
y resuenan clarines y atambores 
sobre el fragor inmenso del combate. 

Ricardo Rojas 
“Letras” pág. 261