sábado, 23 de noviembre de 2019

El diccionario

Todos los niños tienen un amigo silencioso del que no hacen caso y que les prestaría infinidad de servicios si se acostumbraran a interrogarlo: es el diccionario. 
No creáis que sea difícil de consultar: es cuestión de un poco de costumbre; los diccionarios son como las personas: no les agrada que los dejen olvidados y arrinconados; por eso, si no lo abrís sino rara vez, el vuestro se presta de mala gana a contestar, se le pegan las hojas y se esconde la palabra buscada en algún rincón donde cuesta mucho descubrirla. 
Pero en cuanto vea el diccionario que su dueño o su dueña lo consulta continuamente, como a un buen amigo en quien se tiene confianza, veréis que amable se vuelve, como se abren las páginas solitas en la palabra misma que hace falta y cuantas cosas interesantes os dice, y que ayuda tan eficaz os presta para aprender las lecciones. 
¿Por qué os cuesta tanto, a veces, aprender una lección cualquiera? Pues sencillamente porque no habéis comprendido, sino confusamente, algunas palabras y en vez de representar estas una idea clara, no evocan más que una imagen vaga que se borra muy fácilmente a pesar de que las repitáis infinidad de veces, porque cuesta mucho fijar en la memoria lo que no hemos fijado antes en la inteligencia. 
A la imagen confusa substituirá el diccionario una noción clara; gracias a ella percibiréis la relación estrecha que existe entre las diferentes ideas, y entonces no se escaparán las palabras de pronto, dejando un hueco imposible de llenar y obligándoos a callar. 
Cada palabra es como una cajita misteriosa que encierra varias ideas diferentes: el diccionario descorrerá el velo que esconde todas esas ideas y enriquecerá vuestra inteligencia. Es un amigo siempre pronto a respondes a todas vuestras preguntas y a enseñaros infinidad de cosas. No lo dejéis, pues, en olvido y veréis que generosamente os paga el interés que le demostréis. 

“El hogar de todos” pág. 50-51

La letra a

Un porotito con una colita, esta es la letra a, ¿te gusta? ¿Te gusta, mamá?
Y enseguida tu risita de triunfo, de qué lindo, de nena feliz.
Tu mano de nena de cuatro años encaramada sobre una gran mesa había dibujado la a.
La a de mamá, de papá, de pan, la a de ja ja. La a de las cosas lindas, del buen tiempo, del ángel de la guarda cuidándonos la espalda.
¿Por qué será que en esos momentos, en vez de ser feliz, de ponerme contenta u orgullosa, se me da por llorar?
Te acaricié el flequillo y me quedé muy seria.
—¿No te gustó, mamita?
—Sí, me gustó. ¡Viva la nena gorda que escribió una a!
Pero no me gustó.
La “a” en el papel es la puerta redonda por donde comienza a escaparse la infancia.
Y por donde empieza a entrar mi miedo. Ahora tú eres mi reloj, y las horas pasan muy rápidamente.
Ayer nomás, tus manos manoteaban un sonajero, y hoy marcan los segundos con un lápiz, con la acuarela que mancha tu delantal blanco y rosa del Jardín de Infantes, con el signo de interrogación de tus preguntas interminables.
Ahora tú conoces la letra a y muy pronto abrirás su puerta para conocer las demás letras; llenarás un cuaderno, separarás las estrellas en sus diferentes constelaciones, y las palabras dejarán de ser “dibujitos” para convertirse en algo con un significado riguroso. (¡Oh... todo está anotado en los diccionarios!).
Tú eres mi reloj, quédate quieta.
No, no dejes pasar los segundos porque ellos se devoran los minutos, las horas, los días, los meses...
Quiero que detengas el tiempo en esta hora, que sean hoy las dos y media de la tarde, 14 de mayo de 1967 para siempre.
Con este sol y esta ventana abierta y esta paz de domingo. Y con este cansancio divertido de haber dado unas vueltas a la ronda los tres tomados de la mano: tú, papá y yo.
Porque con estas cosas yo recupero al ángel, vuelvo a vivir aquello que fue breve, me asombro con tu asombro, digo tus versos escolares, canto tus mismos cantos, y soy tú y soy yo, las dos al mismo tiempo: una nenita Poldy y una nena Verónica que crece muy aprisa.
Es difícil ser madre, saber qué hay que decirte, saber qué hay que callar, saber qué es lo que quieres que te diga.
Haber sufrido tanto, haber mirado la vida y el mundo hurgando en los rincones, buscando en las hendijas para saberlo todo, para saber qué flores tienen espinas, qué barro es el que mancha irremediablemente, qué fuego es el que quema y qué fuego el que limpia...
Haber sufrido tanto... haber buscado tanto... haber aprendido tanto... para llegar a saber que cada uno tiene que labrar su propia experiencia, que mis lágrimas no evitarán las tuyas, que mi dolor no servirá de barrera a los dolores que te aguardan y que, aunque yo te ame, aunque yo sepa cuál es el camino que debes elegir para ser dichosa y para realizarte, tengo que aprender a callar, a apartarme, a dejar que seas tú misma la que lo encuentres, aunque antes te equivoques y te golpees muchas veces.
Es difícil ser madre... saber qué hay que decirte... saber qué hay que callar... saber qué es lo que quieres que te diga.
Hasta hoy, todo me había parecido fácil: tenerte dando vueltas a mi alrededor, sentir que me necesitas tanto, que no te gusta que salga, que me vaya, que te falte un instante; que la comida “más rica” es la que comes de la cuchara que sostiene mi mano, las historias que te fascinan son las que te cuento, y tu bracito apoyado en mi brazo te hace sentir segura, protegida, abrigada.
Hasta ahora todo fue fácil: abrazarte, apretarte contra mí y saber que así nada podría ocurrirte.
Nada puede ocurrirte apretada en mis brazos mientras eres pollito bajo el ala materna.
Pero la letra “a” tiene una puerta redonda por donde los chicos empiezan a escaparse de la infancia. Y esa puerta da a un mundo. Y en ese mundo hay rostros y luces y espejismos y tanto más...
Te prometo no encadenarte, hija. Ir buscando las fuerzas, como el pájaro busca las pajillas para hacer su nido.
Ir buscando las fuerzas que me obliguen a dejarte vivir tu propia vida.
Creo que eso es lo más difícil de ser madre: saber dejar a fondo el ancla de nuestro fuerte barco, mientras el velerito nuevo, que parece tan débil, tan frágil y vulnerable, se va... se va quién sabe adónde a enfrentar qué tormentas, a ganar qué batallas... o a perderlas.
—Un porotito con una colita, esta es la letra “a”, ¿te gusta, mamita?
Me lo vas a preguntar cien veces, como todas las cosas que preguntas.
Y yo cien veces voy a tratar de sonreír al contestarte:
—Sí, me gusta...
Pero vamos, vamos, mi nena.
Vamos a usar todo este domingo, a comprar un globo colorado, un chupetín, un molinillo, a dar vueltas en la calesita, a reírnos, reírnos... reírnos... a zarandear al ángel hasta dejarlo cansado.

Poldy Bird
En "Cuentos para Verónica"

miércoles, 13 de noviembre de 2019

El trabajo

Cuando el Sol muestra por la mañana
dorados rayos, tintas de grana,
marcha el labriego tras de un arado
labrando el campo de su cuidado.

A él se consagra y él le sostiene,
y cuando obscura la noche viene,
feliz y alegre con su existencia,
disfruta el sueño de la inocencia.

Al hombre impuesto le fue el trabajo:
quien como bueno cumple aquí abajo
aquel precepto puro y divino

y el fin persigue de su destino,
cansado el cuerpo, ligera el alma,
se entrega al sueño con santa calma.

M. Ossorio y Bernard. 
“El Adulto” p. 108

La costurera

La máquina de coser
canta su canción de prisa,
mientras la buena mujer
va cosiendo una camisa.

Sobre su espalda encorvada
la lámpara da el reflejo:
y parece cobijada
con un manto de oro viejo…

Y la tela que viene y la tela que va…
y que nunca se rompe ni aja,
y la rueda, traca, traca tra…
y la aguja que sube y que baja…

De las paredes blanqueadas
penden cromos y retratos,
y esas frágiles monadas
de los bazares baratos.

Una niña pensativa
sobre un libro aprender a leer,
mientras canta fugitiva
la máquina de coser.

Y la hora que suena y se va…
y el pan y el amor que nunca van juntos,
y la rueda, tranca, tranca, tra…
y la punta que deja su línea de puntos.

La tela a ratos se espesa
en una encrespada ola,
y cuelga desde la mesa
como si fuera una cola.

Mientras la mujer prolija
sigue su trabajo diario
y la acompaña su hija
que aprende el abecedario…

Y en tanto la suerte marcha volandera,
mostrando su avaro y huraño cariz:
cose, cose, cose, buena costurera,
cose la camisa del hombre feliz…

Ernesto Mario Barreda
“Cien Lecturas” pp. 199-200

martes, 12 de noviembre de 2019

El nido

Mira el árbol que a los cielos
sus ramas eleva erguido;
en ellas columpia un nido
en que duermen tres polluelos.

Son hijos de un ruiseñor,
que en la tarde sosegada,
en la noche, en la alborada,
les canta endechas de amor.

Un rapazuelo atrevido,
destructor, inquieto y malo,
ató una escarpia en un palo
para derribar el nido.

Ya la alzaba con sus manos,
cuando enternecido pecho
le gritó: “Piensa en el lecho
en que duermen tus hermanos

Piénsalo un instante y di:
¿Qué hiciera yo, qué esperara,
si un ladrón así matara
a tus hermanos y a ti?”

Volvió el rostro con enojos
y halló a su madre el rapaz,
que, con tristeza en la faz
y un mar de llanto en los ojos,

-“Deja tales desvaríos,
le dice; los seres buenos
cuidan los hijos ajenos
como yo cuido los mios.

Ese nido es un hogar;
no lo rompas, no lo hieras;
se bueno y deja a las fieras
el vil placer de matar.”

Juan de Dios Peza
“El hogar de todos” pá. 65