domingo, 13 de noviembre de 2022

El señuelo (Velmiro A. Gauna)

La primavera había llegado a Capibara-Cué y la esplendorosa vegetación tropical lucía su magnífico verdor bajo la dorada pincelada de sol. Las flores, también, comenzaban a asomar sus llamativos pétalos y las mariposas, en apretadas bandadas, iban de un lado a otro añadiendo su nota de color a la policromía general. El cabo Leiva había traído una hermosa flor de ceibo que colocó dentro de un vaso con agua sobre el escritorio de don Frutos.
—¡Qué rojo vivo el de esa erithuina crestagalli! —se admiró el oficial sumariante nombrándola por su denominación científica.
—Pa vos tendrá ese apelativo gringo —exclamó don Frutos—, pero pa nojotros, no es más que flor’e ceibo... Los viejos saben contar un cuento sobre ella...
—Será una leyenda...
—Puede ser. Dicen que denantes habla una muchacha india que se enamoró’e un blanco y entonces, los de la tribu que no querían mesturanzas, la agrarraron. la ataron al tronco’e un árbol rugoso y seco y la mataron a flechazos. Dispués, al otro día, cuando jueron a buscar el cadáver na enterrarla ya no estaba más, pero la planta seca había echau hojas y de entre ellas parecían caer como gotas´e sangre, las flores del ceibo...
—En realidad es hermosa la narración, pero, si la observa bien, verá que parece la cresta de un gallo y, por eso...
Pero no pudo continuar porque un vecino entró apurado reclamando al comisario
—¡Don Frutos!... ¡Don Frutos!... —dijo.
—¿Qué pa le anda pasando, don Emerenciano? —inquirió el aludido.
—Pues hace nico decir don Celedonio Arambarri que vaya a verlo porque le han sacau plata'e la caja´e fierro.
—Gracias, don... —manifestó don Frutos y. en seguida, dirigiéndose a sus subalternos, ordenó—: Vamos, Arzásola. y vos. Leiva, pa ver lo que ha ocurrido.
Caminaron unas pocas cuadras y llegaron al lugar del hecho, que era una casa dedicada a la compra y venta de hacienda y de frutos del país. La misma consistía en dos piezas, una para oficina y otra para depósito, que se alzaban junto a un gran corral donde acostumbraban a encerrar al ganado hasta que los compradores lo llevaban a sus campos.
La primera habitación tenía dos escritorios, un archivo y, adosada a la pared una caja fuerte Don Celedonio, Paulino Díaz, el contador, y Ricardo Marelli, un joven empleado, los esperaban anhelosos.
—¿Qué pa le anda pasando, don Cele?... —preguntó don Frutos.
—Pues es algo muy extraño... Ayer recibí el producto de una venta de cueros y su importe más o menos cien mil pesos, fueron depositados en el tesoro.
—Para ser exactos —interrumpió el contador— fueron noventa y ocho mil doscientos pesos en noventa y ocho billetes de mil y dos de cien.
—¡Ajá!... ¿Y aura no están más?
—En efecto. Esta mañana vine antes que nadie, y, al abrir la caja, no los encontré. Creí que podría haberlos retirado el contador, que también tiene una llave, pero, al llegar, me afirmó que no lo hizo, de manera que debo suponer que he sido víctima de un robo.
—¿Solamente ustedes dos tienen llaves de la caja?
—Únicamente nosotros dos.
—La termino de revisar —intervino el oficial— y no encuentro señales de violencia, lo que hace suponer que fue abierta con una de ellas.
—¡Un momento! —se adelantó el contador—. No es que quiera defenderme, pero debemos poner las cosas en claro. Don Celedonio es muy confiado, y muchas veces ha dejado la suya abandonada sobre el escritorio por días y días y cualquiera pudo haber sacado un molde para hacer una nueva.
—Es una posibilidad —expresó Arzásola — que debemos considerar. Ahora, ¿quién tiene la llave de la oficina?
—Cada uno de los tres posee una. Cualquiera de nosotros puede entrar y salir a la hora que guste —aclaró el dueño—. Nunca tomé precauciones porque este es un pueblo muy tranquilo...
—¡Ajá! —comento don Frutos—. Quiere decir, entonces, que pa alguno la cosa se le hiso fácil, pero se ha olvidau que ande menos se piensa nos suele salir un grano...

* * *

Después de clausurar el local condujeron al dueño y á los empleados a la comisaria para efectuar el interrogatorio de práctica. Los primeros indagados fueron don Celedonio y Paulino Diaz.
—Güeno... —dijo don Frutos—. ¿Vamoj a ver que pa es lo que hiso ayer, don Cele?
—Poca cosa, a las veinte, el contador guardó el dinero en mi presencia y se despidió, después salió Ricardo, el ayudante y, finalmente, después de asegurar bien puertas y ventanas, me fui yo. Cené con mi familia y con ella y unos amigos estuve en la fiesta que dio la Cooperadora Encolar.
—Si, ya lo vide... pero, y perdone, ¿cuándo quedo solo no volvió a sacar el dinero y se habrá olvidau?
—No, señor... ¡Y no creo que pretenderá que me voy a robar a mi mismo!
—Por supuesto... pero mi deber es desconfíar’e tuitos hasta agarrar al culpable... Vayase nomás y pierda cuidado qu’el ladrón no se me va a dir. ¡Adiós!
—¡Adiós, don Frutos!
—A ver, aura usté, señor contador, hágame saber sus actos... o lo que haiga hecho después que guardó el dinero.
—Pues lo puse en la caja, la cerré delante de don Celedonio, me fui a la pensión y estuve hasta la hora de la cena escuchando música en mi pieza. Luego cené y con unos amigos fui a la fiesta y regresé con ellos. El sereno de la casa puede atestiguar que no volví a salir hasta esta mañana.
—¿Sabe que su posición es delicada, mozo?
—¿Por qué? —replicó el otro con serenidad.
—Porque ustedes dos son los únicos que tenían la lleve´e la caja´e fierro y no creo que el dueño se quiera robar por gusto.


—Perdona señor. No quiero echar la culpa a nadie, pero don Celedonio olvido decirle que los negocios no andaban muy bien y que ese robo podría beneficiarlo por partida doble.
—¿De qué manera?
—Pues quedándose con los cien mil pesos y cobrando igual suma, que debe darle la compañía, porque el negocio está asegurado contra incendios y contra robos...
—¡Ajá!... De manera que don Cele tenía confianza en nojotros y se cuido las espaldas. Por eso estaba tan tranquilo, asigún decía... ¡ajá!
—¿ Además —prosiguió el otro volublemente— por qué robar cien mil pesos cuando he tenido, en más de una oportunidad, sumas mayores?... Si hubiese estado en la situación de Ricardo, tal vez...
—¿Qué pasa con ese mozo?
—¡Perdón!... Esta manía de charlar que tengo... No quiero que vaya a pensar mal, pero como es joven y muy gastador, siempre anda lo que se dice “de la cuarta al pértigo”...
—Muy bien, puede dirse no más y gracias por la Información.
Cuando el contador se hubo retirado, don Frutos hizo llamar, con el oficial, a Ricardo Marelli, que era un joven simpático de escasos veinte años, pero que se mostraba nervioso ante esa imprevista situación.
—Parece que te agarró chucho, Ricardo... Se me hace que estás temblando, y no hace frío...
—Es que nunca me vi envuelto en algo semejante..., pero no he sido yo... Créame, no he sido yo...
—¿Y quién pa te dice que hayas sido?... Contá lo que hiciste anoche.
—Terminado el trabajo me retiré y dejé a don Celedonio que cerró todo. Estuve en mi pieza, en la pensión, leyendo un rato, después cené y... ¿oh!...
El muchacho se puso intensamente pálido, las manos le temblaron con más fuerzas y los ojos amenazaron desorbitárseles. Bondadosamente el comisario trató de apaciguarlo.
—Calmate, Ricardo... ¿Qué te pasa que te has quedau como si el hubieras visto un fantasma?...
—Pues que..., como andaba sin plata no pude ir a la fiesta, y, entonces, para adelantar un trabajo que tenía atrasado volví a la oficina, pero ¡no fui yo!... ¡No fui yo, don Frutos!... Ni me acerqué a la caja...
—Esa es una admisión delicada... —se adelantó Arzásola—. Hasta que se aclare esa situación que es un poco comprometedora, tenemos que tenerlo demorado... ¡Leiva, póngalo arrestado!
—¿Y dónde lo hago cambiar, che oficial?
—¿Cambiar qué, cabo?
—Y, la ropa, pues... ¿No dijo que vamos a tenerlo de morado y él está de traje azul, pues...?
—Dije demorado, o sea detenido.
—Ta bien; el que tiene boca se enquivoca... ¡Vamos, Ricardo!

* * *

Poco más tarde los policías comentaban los hechas mientras tomaban mates que les acarreaba el cabo y pensaban las probabilidades que, a su favor o en contra, tenía cada uno de los interrogados.
—Uno de los tres tiene que haber sido... Pa mi uno de ellos aprovecho pa volver, sabiendo que la casa estaba sola, abrió la caja, sacó el dinero y lo escuendio hasta que tuito se olvide —expresó don Frutos.
—Yo no creo que don Cele, que siempre jue honrau, haga una matufla’e esas pa cobrar el siguro —dijo Leiva.
—En cuanto a Paulino, el contador, ha justificado a la perfección todos sus movimientos. Salió antes que los demás, estuvo en la pensión oyendo música, como sus vecinos pueden justificar.
—¡Y viera qué lindo tocadiseo tiene! —agregó el cabo—. Con un braclto que se mueve solo pa agarrar los discos y haserlas funsionar y pa parar la máquina, propio como una persona humana.
—Es lo que se llama un cambiador automático —aclaró Arzásola.
—¡Qué lindo si habiera un cebador atomático, tamién! —supiró Leiva—. Que agarrara´l mate, lo enllenara y lo pasara; "Tome usté... Aura usté"...
—Callate y seguí tu trabajo —mandó don Frutos—, Y vos. oficial, continuá.
—Poseo el testimonio de las personas con quienes estuvo en la fiesta y la del sereno que le dio entrada, de manera que, a "prima facie", el contador está exento de culpa.
—¿Y de Ricardo, qué averiguaste?
—Dicen que lo vieron entrar en la pensión y meterse en la pieza, pero no saben si voltio a salir o permancló en ella. Se sabe que llegó a cenar cuando ya los otros se hallaban a la mesa... Después tornó a salir para regresar tarde y solo...
—Con lo que quedamos que los tres pudieron haberlo hecho: el contador por codicia, don Celedonio pa cobrar el siguro y Marelll pa tener dinero pa sus farras —reflexionó don Frutos.
—Así es —confirmó Arzásola.
—Pero el que lo hiso estudeó bien las casas pa confundirnos y. lo que es pior, escuendió´l dinero pa no culparse, pero ¿vos sabés cómo casamos jilgueros por acá?
—No, señor...
—Pues ponemos encerrau uno n’una jaula y, entonces, los otros cain pa comer l´alpiste'la otra jaula abierta y se encierran solos... Yo tamién vua a poner un siñuelo pa darle confianza al ladrón... ¡Ya vas a ver!...

* * *

Sin embargo, la situación de Ricardo Marelli no tardó en verse aún más comprometida, porque algunas personas manifestaron que lo vieron salir del negocio a altas horas de la noche y, por otra parte, era general el consenso que se trataba de un mozo muy amigo de las fiestas y que apenas cobraba su sueldo lo dilapidaba en diversiones. Como en su favor no argumentaba otra cosa que su inocencia, don Frutos resolvió cerrar el sumario decidiendo culpar al mismo de la substracción.
—¡Qué lástima! —se lamentó el vasco Arrambarri—. Lo tenía por un buen muchacho aunque algo ligero de cascos, no más. Pensaba ponerlo como contador ahora que Díaz se me va y... ¡ya ve!...
—¡Cómo! —se asombró el oficial—. ¿Se enojaron?
—Bueno; la culpa la tiene este carácter mió tan impulsivo... Cuando supe que les habla dicho lo del seguro, que a mí se me habla pasado por alto, pero que no hubiera vacilado en declarar, le dije dos o tres cosas fuertes. Él me contestó del mismo modo y casi fuimos a las manos, con lo que le arreglé las cuentas y, apenas pueda, se irá para la capital.
En efecto, el ex contador, cuando supo que estaba libre de sospechas, manifestó que en el primer vapor saldría para Corrientes, ya que había perdido su situación en el pueblo.
Y, a los pocos días, una mañana clara, cuando el sol reverberaba sobre las azules aguas del Paraná, Paulino Díaz llegó al embarcadero con sus valijas, acompañado por un grupo de amigos, entre los que se encontraban los policías, para despedirlo. Ya el vapor de la carrera hacia sonar su silbato a la distancia cuando empezaron los apretones de manos y las frases de rigor.
—¡No te olvides de escribir! —decía uno.
—Güeno; no se pirda de Capibara-Cué... —expresaba don Frutos.
—Espero que nos perdone las molestias del último asunto —exclamaba el oficial.
—No hay por qué...; son gajes del oficio.
—¡Que le vaya bonito!... —dijo Leiva en una fineza, cuando, de pronto, se vio a un hombre bajar corriendo por la barranca.
—¡Eh!... ¡Eh!... ¡Don Frutos!... ¡Don Frutos!... ¡Ha habido otro robo!
—Es don Epafrodito, el dueño de la pensión —explicó Paulino.
Llegó el mencionado, jadeante, y agregó:
—Don Frutos..., un viajante se ha quejau que le han robau anoche o esta mañana un alfiler´e corbata muy valioso.
—¿Anoche o esta mañana?... —repitió don Frutos mesándose la barbita—. Entonces, Paulino, lo siento, pero tiene que venir con nosotros pa que le revise las valijas... Es una formalidá, pero hay que cumplirla...
—Voy a perder el barco... ¡Ahí llega! —se quejó el ex contador.
—La ley es la ley... Usté estaba en la casa cuando se produjo el hecho, ansí que tamién puede haber sido.
—Me perjudica... Déjeme que pague el valor de la alhaja, pero no me haga perder el viaje.
—No puedo... ¡Leiva!..., agarra esas valijas y usté venga conmigo.
—Es un atropello inicuo.
—Será, pero es la ley... ¡Vamos!

* * *

En la comisaria, pese a todas las protestas y aun a las de Díaz, se hizo la búsqueda con todo cuidado, porque como “era una cosa tan chiquita había que mirar bien”, ordenó don Frutos, y así, disimuladas dentro del forro de una de las valijas, encontraron noventa y ocho billetes de mil, y con ellos en la mano el comisario increpó:
—¿Y esta plata?
—Es mia... Es el producto de mis ahorros.
¿Por eso tenía que llevarla escuendida?... Endemás, qué casualldá que sea maj o menos lo mesmo que le robaron a don Cele loj otros dias.
—Puede pensar lo que quiera, pero usté controló todos mis pasos y sabe que no puedo ser yo; hay testigos.
—Sí, testigos de güeña fe que creyeron que estabas en la pieza porque oyeron la música, pero su aparatito trabajo solo y usté, de mientras, salló por el fondo, robó la plata, la escuendió y volvió.
—Es absurdo.
—Eso lo dirá el juez... Yo dende el prencipio sospeché de vos... —prosiguió don Frutos tratándolo ya más familiarmente—, porque buscaste echar la culpa a don Cele, por lo del siguro, y al pobre Ricardo, porque ero gastador. Metelo adentro, Leiva, y soltalo al siñuelo.
—¿Y quién pa es el siñuelo, don Frutos?
—Quién pa va a ser sino el pobre Ricardo, que sirvió pa hacer caer a éste.
—Muy bien —se apresuró a decir Arzásola mientras Leiva encerraba al preso—; no debemos olvidar al alfiler.
—No te apurés que eso jue un pretesto pa poder revisar las valijas de ése... Don Epafrodito me dio una mano, y aura, Leiva seguí con los verdes
—No, si lo que aquí hace falta es un cebador atomático —se quejó el cabo—. A tuitas horas mate y mate no más...

Velmiro A. Gauna
Revista Vea y Lea, 25 de octubre 1960 N°349, pp. 80-82

jueves, 10 de noviembre de 2022

Hambre

Con el hambre de siglos
hemos matado un niño.

El hambre siempre ha sido
provocador de llantos
y miserable pago para
el amor del hombre.

Ariel Canzani D.
Revista Ficción. Buenos Aires. Junio-Julio-Agosto 1971 N°52, p.81

martes, 8 de noviembre de 2022

El plato volador (Velmiro A. Gauna)

Las autoridades centrales enviaron a los funcionarios de Capibara-Cué una comunicación pidiéndoles intensificaran sus esfuerzos para combatir el cuatrerismo que ocasionaba grandes pérdidas a los estancieros de la zona, Don Frutos Gómez, el oficial sumariante Arzásola y el cabo Leiva comentaban la circular, en el patio de la comisaría, mientras giraba el mate su ronda cordial en un tranquilo amanecer sólo interrumpido por el lejano mugido de la hacienda o el repentino y áspero chirrido de una bandada de loros que dejaba sus nidos en busca de un maizal.
—Lo peor —decía el comisario—, es que aura loj van a correr´e tuitos laos y van a querer venir a robar por estos lugares.
—Y en la estancia'e loj ingleses los novillitos y las vaquillonas coloradas están lindazos... —agregó Leiva,
—La cercanía de la laguna Iberá con sus tupidos pajonales y sus misterios favorece sus propósitos —expresó el oficial.
—Tenes razón, che oficial —confirmó don Frutos—. Los cuatreros en cuanto roban una punta’e cabezas ´e ganao se largan pa los esteros que están allí no más y deseguída se ¿entran pa las islas del interior ande no se los puede dir a campíar.
—Habría que vigilar los caminos que conducen a ella para impedir que se internen en esos lugares.
—Sí, pero, ¿de ande sacas tanta gente? La laguna Iberá es muy grandota y la gente que tenemos es poca. Endemá ya se vienen las fiestas´l pueulo y vamoj a estar muy ocupaos con la vigilancia.
— ¡Cosa grande nicó es la laguna Ibera! —terció el cabo—- Usté no vas a creer, che oficial, pero adentro hay una víbora tremenda que le llaman apalaba que se traga la gente hasta con caballo y todo, dicen... y tiene islas que van de un lao pa otro... y otras con enanitos o sólo con mujeres, dicen...
—Son fantasías y exageraciones de los ignorantes.
—Serán, pero la cuestión —siguió don Frutos— es que adentro de ella hay mu» chas cosas raras y está enllena de foragidos que saben que allí nadies loj va a dir a buscar.
—Tenemos que multiplicar nuestros esfuerzos y dividirnos el trabajo —opinó Arzasóla.
—Con tuito eso no vamos a poder cumplir... Vua tener que pedir a algunos vecinos que me deán una manilo.
—Podemos contar con la ayuda del ex capitán Giménez, de don Leandro Villalba...
—Tamién poderla mandarnos algunos piones don Güillíam, el administrador ´e la estancia —sugirió Leiva.
Y los tres hombres siguieron barajando nombres mientras el sol empezaba a guiñar su ojo de cíclope sobre las verdes copas de los árboles que cerraban la línea tropical del horizonte.

* * *

La fiesta del pueblo se desarrolló con normalidad. Hubo carreras de caballos, domas de potros y otras formas de habilidad ecuestre. En la amplia cancha donde se llevaban a cabo estas pruebas se levantaban varias carpas donde la gente comía empanadas, pasteles, chicharrones y bebía. También, a ratos, se cantaba y bailaba. Los policías iban y venían atentos para impedir desórdenes.
—Menos mal que vamoj a terminar pronto con estas cosas —dijo don Frutos—. Ya van pa tres días que apenas si cerramos loj ojos...
—Indudablemente que hemos tenido unas jornadas agotadoras —respondió el oficial—, pero no nos podemos quejar, porque todo marcha a las mil maravillas.
—Y eso que ha caído gente’e tuitos los lugares —añadió Leiva.
—A propósito’e forasteros —continuó el comisario—, ¿vos conoces a esos que están con Pancracio Marcos?
—No, don Frutos, es la primera vez que loj veo.
—Su aspecto es altamente sospechoso —agregó el oficial.
—Sobre todo porque parecen muy compinches con ese mocito Marcos que le dispara al trabajo y es capaz de cualisquier cosa por ganar unoj pesos. Vamoj a acercarnos como al descuido...
Dieron unas vueltas y, finalmente, se acercaron al corro. Apenas llegaron Pan- craeio los saludó e invitó:
— ¡Hola, don Frutos y la compañía!... ¿No quieren servirse algo?
—Muchas gracias, pero estamos en servicio,
—Pero una copita... una empanada... unos pastelitos... ¿O tiene miedo de que me falte plata para pagar?
—No es por eso. Pancracio, sino por la obligación... pero continuá atendiendo a tus amigos. Los señores no son de acá, ¿no es verdá?
—Somos troperos que vamos de paso.... —se apresuró a contestar un hombre alto, de mirada astuta— Vimos la fiesta y nos quedamos un rato, pero en seguida partimos...
—Bien, señores, entonces aprovechen el tiempo. ¡Buenas fardes!
—Buenas tardes, don Frutos, y lamento que nos haiga díspreciao el convite —se despidió Pancracio.
—No es disprecio, ya te dije... Otra ves será.


Maduró la tarde, y con la noche se ensombreció el bullicio. Poco a poco se fueron retirando los concurrentes y con ellos se alejaren los forasteros. Salvo las inevitables borracheras y algunos frustrados intentos de pelea, nada nuevo ocupó la atención de las autoridades que, por fin, pudieron esa noche dormir a sus anchas.
Pasaron los días y la vida en el pueblo tomó su ritmo habitual. Una noche, cuando había una gran animación en el boliche de don Pedro, llegó Pancracio a toda carrera de su caballo, se descolgó de un salto y entró en el negocio dando muescas de pavor.
—¿Qué te pasa? —lo recibió don Frutos—-. No me vas a venir diciendo que acabás de ver al lobisón?
—Ojalá hubiera sido eso, don Frutos... Déame una caña, don Pedro,
—Pior que’l lobisón tiene que haber sido la viuda... Aunque hay algunas viudas n'el pueulo que no me asustarían ni una pizca... —exclamó el cabo,
—No se burle, cabo, no se burle.,. Yo venía tranquilo y silbando bajito cuando, pasando el Cañadon Grande lo vide...
—¿Qué viste? —urgió don Frutos.
—Un plato... ¡un plato volador que le dicen!
—Estarías julepeao y creyiste que una lechuza que pasó frente tuyo era un plato volador.
—No, don Frutos!... se lo juro... Primero vide como una estrella grande que venia y venia... Dispués estuvo un rato sin moverse n’el aíre,
—¿Cómo era? —preguntó un parroquiano interesado.
—Era una cosa grande y brillante... parecía una sopera dada güelta y tenía ventanitas con luces.. Yo me quedé quieto mirando.
—¿Y dispués? —inquirió otro de los presentes.
—Dispués se jue moviendo despacito y se asentó n’el suelo. Se abrió una puerta y salieron unos hombrecitos 'e cuerpo chico y cabeza grande que llegaron hasta cerca mío y me haularon.
—¿Qué pa te dijeron? —añadió don Frutos— ¿Que dejaras de tomar pa no ver visiones?
—No, don Frutos. - Me dijeron que el viernes a la noche iban a golvei y que a tuitos los que estuviésemos allí nos iban a rigalar cosas que traerían de su tierra n´el cielo.
—Mira, Pancracio —advirtió el comisario— anda a tu casa y pónete a dormir pa que se te pase la tranca y dejate de inventar macanas.
—Usté es dueño ’e no creer, comesarío, pero yo cuento lo que vida y se lo juro por esta cruz.
Puso los dedos en forma de signo sagrado y los besó.

* * *

Pese a todos los esfuerzos de los policías la noticia corrió y fue el tema general de las conversaciones. Cada vez que salían de gira los funcionarios de la comisarla no hacían sino escuchar comentarios y veían cómo la gente se disponía a ir el viernes al lugar señalado para ver el “plato volador”.
—Yo voy a dir con mi marido —le decía al cabo una mujerona.
—Y nosotros vamos a dir tuita la familia. —Agregaba una vecina que en seguida acotó—: ¿Y usté va a dir, cabo?
—Tenemos que dir porque es nuestra obligación, pero don Frutos ni el oficial creen que sea cierto. Dicen que son maginaciones del Pancracio.
—¿Qué pa van a ser maginaciones, cabo! Pancracio andaba con una revista ande se veían ritratos ´e los platos voladores y de los jombrecitos. Dicen que vienen del planeta Marte.
Y así en todos los lugares.
Desde la víspera del día señalado comenzaron a llegar gente de los pueblos vecinos atraídos por la curiosidad de ver a los habitantes de los otros mundos que el viernes a la noche bajarían en la cercanía del Cañadón Grande, para obsequiar con sus extraños presentes a los terráqueos. Don Frutos se vio obligado a pedir refuerzos a Ramada Paso y a Itá-Ibaté, pero en el crepúsculo de ese día dio una parte de la gente a Arzásola, otra al cabo Leiva y él quedó con un grupo bastante numeroso,
—¿Usted vendrá después a reunirse con nosotros? —preguntó el oficial.
—Yo tengo otras cosas que hacer, m´hijo. pero nos veremos a la madrugada.
—¿Y cree que con tan pocos hombres podré mantener el orden?
—¡Claro que sí! Esa gente no va a pelear sino a esperar un milagro, y los milagros se esperan rezando o en silencio.
Un poco enfurruñado el oficial se resignó.
—Usted es el superior y yo debo cumplir sus instrucciones.
—No te sintás ofendido, m'hijo, que yo tengo mis güeñas razones pa proceder como hago. Andá no más con Leiva y si podés me traés algún rieuerdo’e los hombrecitos...

* * *

Los gallos desperezaban la madrugada con la alerta de sus cantos cuando volvieron Arzásola y Leiva. Venían un poco molestos y cansados porque nada había ocurrido y la gente, desilusionada, poco a poco había ido abandonando el lugar. Entraron en la oficina y vieron a don Frutos que tomaba mates que le cebaba un agente.
—Buenos días, don Frutos... Hemos ido inútilmente. No ha pasado nada.
—Menos mal que´l Pancracio desapareció, porque de no alguno de la gente le habiera roto algún palo en la cabeza —agregó el cabo—. Felís de usté que se quedó aquí tomando mate, .
—Te enquivocás, Leiva, Yo salí con mi gente y tuve güenos risultaos. Fijate’n los calabozos y los vas a ver enllenos´e cuatreros.
—¿Y cómo pudo sorprenderlos? —preguntó asombrado el oficial.
—Porque me se biso que esto´l plato volador era un pritesto pa entretenernos de mientras los cuatreros corlaban loj alambres, sacaban la hacienda'l potrero'e la estancia, loj inglese, y se la llevaban pa´l estero. Querían dar un golpe grande con tranquilidá.
—Pero usté fue y se emboscó para sorprenderlos.
—Ansina mesmito jue... Yo t con la gente que rituve, me escuendí cerca´l potrero, los vide llegar, cortar l'alambrao y arriar el ganao, pero entonces aparecimos nojotros y loj agarramos con las manos en la masa.
—O séase —intervino Leiva— que demientras ellos querían engañarnos con lo del “plato volador”, él que se biso el plato jue usté, ¿no es verdad?
—Máj o menos tenes rasón y aura agarrá´l mate y cebá que estos hombre lo hacen bien, pero vos lo haces mejor...
—¡Ya sabía yo que a la final la iba a ligar yo! —refunfuñó Leiva—. ¿Por qué no inventarán el “mate volador" alguna güelta?
Cansado de brillar parpadeaba el lucero del alba mientras sobre el borde del mundo bostezaba el sol sus primeras luces.

Velmiro A. Gauna
Revista Vea y Lea, 28 de marzo 1963 N°409, pp.60-62

jueves, 18 de agosto de 2022

Los códigos narrativos de la novela policial

Todorov sintetiza los preceptos de S.S. van Dine
  1. A lo más la novela debe tener un detective y un culpable, y por lo menos debe contarse con una víctima.
  2. El culpable no debe ser un delincuente profesional; tampoco debe ser el detective: ha de matar por razones personales.
  3. El amor se halla excluido de la novela detectivesca.
  4. El culpable debe poseer cierta importancia: en la vida, no debe ser un valet o una mucama; en el libro, debe ser uno de los personajes principales.
  5. Los sucesos deben explicarse de manera racional: lo fantástico queda excluido.
  6. Tampoco hay lugar para descripciones o para análisis psicológicos.
  7. En cuanto a la información sobre la historia, la novela detectivesca debe observar la siguiente homología: el autor es al lector lo que el culpable es el detective.
  8. Se han de evitar las situaciones y soluciones triviales.

Ronald Knox enuncia su “decálogos”
I.El criminal debe ser mencionado tempranamente en el relato.
II.Las soluciones sobrenaturales están excluidas.
III.Solo se admiten un cuarto o pasillo secreto.
IV.No está permitido el uso de venenos desconocidos.
V.Ningún chino debe aparecer en la anécdota.
VI.El detective no debe ser favorecido por accidentes afortunados o intuiciones.
VII.El detective no debe ser el autor del crimen.
VIII.Ni debe ocultar al lector las claves.
IX.No se debe ocultar los pensamientos del respectivo “Watson” de la novela.
X.Se debe hacer una advertencia muy especial con respecto al empleo de hermanos mellizos o sosías.

Revista Crisis (julio 1974/Año 2/Núm. 15) Diagnostico de la novela policial. p. 34

domingo, 7 de agosto de 2022

¿I ahora, Pedro?

En toda la noche no pudo cerrar los ojos. Las ideas se le agolpaban i le martillaban las sienes con brutal insistencia. “Si mamá se fuese conmigo no sufriría”. Eran dos habitaciones pequeñas donde cinco personas en hacinamiento promiscuo asistían mutuamente a su drama. El techo bajo, anclaba las miradas del insomne. Al lado, el ronquido del ebrio vencido, se elevaba desde la cama matrimonial i taladraba los oídos de la atemorizada madre. “Ahora mismo no deberá estar allí; ¿o es que acaso no soi un hombre?” El barrio expresaba su hastío en el persistente i monótono ladrido del perro del boliche que invitaba vanamente a sus congéneres al concierto, en aquella hora en que nadie sabía que vivía nadie. “¡Ah! no; solo él, sí solo él lo sabía”. El reloj despertador precipitaba su isocronía grosera en el vacío interminable. “Quizás también mamá esté despierta... Pero no; si ha lavado todo el día la ropa de los Fernández i el cansancio debe haberla rendido”. “¿O es que acaso un borracho con su inclemencia monocorde i brutal puede mudar todo, hasta impedir la fatiga del músculo trabajado?” Dieron las 2. El reloj del Matadero cuyo ojo luminoso percibía en su angustia, introducido en la habitación, cual si fuese el de la madrina, que enterada de todo, poco guardaría el secreto, sí, el mismo reloj que viera aquella noche de su cumpleaños cuando la señora Inés le dijo que fuera por la mañana siguiente a buscar el regalo, que vió como una moneda de oro, grande, grande i reluciente, igual que la esfera de las horas, en las horas negras. El ronquido persistía implacable i se complacía en revolverse, cuando en el silencio del barrio, el eco le obligaba a dar un paseo por toda la casa, antes de perderse en la febril imaginación, que en ese instante precisamente, veía a la pobre madre golpeada i ofendida groseramente por la palabra incontrolada del beodo. Pero en cuando aclarara se vestiría i marcharía presuroso camino al frigorífico, i, esta vez sí, estaba seguro de que le darían trabajo.” El perro no cejaba en su estúpida insistencia; si al menos los otros, el de la madrina i el de la carnicería de don Felipe, u el otro, el del lechero, i... “Le mostraría sus manos i le diría al capataz soberbio de todas las mañanas; el que siempre le había dicho: –No hai...” Se revolvía en la cama i traspasaba la densa atmósfera violácea del estupor alcohólico, procurando ubicar las camas de los hermanitos, i ya sentía su estentóreo juramento de liberarlos a todos: “–No te aflijás, mamá, yo te llevaré conmigo...” “–Sí, también ellos vendrán con nosotros.” “–Pero Pedro, tú eres chico Pedro, i no podrás.” “¡Ah! no sabía cómo era de fuerte.” Pareció que abrían la puerta. “–Pedro, tú quieres trabajo aún?” Era el capataz, convertido en ángel, que le venía a buscar amorosamente, aunque lleno de lodo por los muchos kilómetros recorridos i el poco tiempo de que había dispuesto para alcanzar a llegar antes de que el pito se elevara en los aires, el último pito, i ya fuese tarde... “Pero entonces, lo que había creído era respiración forzada del...” “Y le diría: –Muchas gracias, señor, muchas gracias, en tanto con celeridad le tomaría la mano i se la besaría.” “–Anda tonto!, o es que crees que aquí empleamos a... –No señor, no; trabajes; ¡aprende a ser hombre, primero!” ¡Ah no!, eso no podía ser...” “¡Pero este maldito perro!” Sintió miedo i procuró evadirse de su angustia, cubriéndose la cabeza con las sábanas. Desde el otro cuarto un ruido se introdujo donde él i sus hermanitos estaban durm....; ...bueno, vamos, acostados.” La madre se había dado vuelta i un hondo suspiro había acallado por un segundo largo, largo (“como un frío cuchillo clavado en un abdomen obeso”) el constante ronquido terrorífico. “Don Felipe que es gordo i bueno, podía prestarse el suyo.” “–Sí, ese mismo don Felipe, mi papá necesita matar un chancho que le mandó desde Alcorta mi tío...” “–Sí don Felipe, mi tío... que es mui bueno i cuando viene siempre les trae golosinas.” “¡Pobrecitos! nada comen, ni siquiera un chocolatín para juntar las figuritas, porque la cuenta en lo de don Atilio, siempre la paga “él”, para que nadie se entere de lo que se gasta en vino.” Las 3 en el Matadero. “Cómo, ¿no había tocado el frigorífico?” “Qué raro que


atrasase ese reloj que nunca lo hacía.” Pasó alguien por frente a la casita resonando los ladrillos de la acera. Pasos largos i potentes como ahuyentando el miedo de cada árbol silbando su copa en la negra del barrio obrero. Alguien carraspeó. “A lo mejor es don Felipe que va a prepararse para abrir.” “No, no... don Felipe camina breve i sigiloso, como si siempre fuese a tirar contra los gatos confianzudos de la vecindad, la rajadera con que en el tajo parte los cráneos vacunos para poder extraer el blando i sanguinolento seso.” “–También podría, si precisa el cuchillo, prestarme el hachita...” “–Yo creo que igual podré... dijo..., podrá matarlo”. “–¿No le parece don Felipe?” “–Porque...” El beodo registró su más alto ronquido i lo quitó súbitamente de toda alegría. Cuatro campanadas cristalinas i el perro incansable se escucharon simultáneos. De repente, de nuevo la madre se dio vuelta en la cama, pesada, dolorosamente. –¿Duermes Pedro? No dormía, pero sintió mucho miedo. Le sorprendió aquella voz de siempre, anheloso i tierna, que le buscaba en medio de la noche alcohólica. I no contestó. “Pobre mamá, si sabe que no duermo...” Después nada. De improviso, Carlitos, el más pequeño... “Este año irá a la escuela i se quedará aún más sola; todo el día para... al final... –Sí, vamos, el arroyo ha crecido mucho i tú verás cómo están las Quebraditas llenas de gente. Todos van a verlo, violento i descompuesto.” “–Pero, ¡ten cuidado!, no te sueltes de mi mano, porque podrías caerte.” “Podríamos ir todos con “él”. Era el arroyo que había crecido tanto con las lluvias de los tres últimos días, que al arrojarse desde lo alto, hasta el pozo de la quebrada grande, producía una espiral coruscante de espuma, capaza de sumergir para siempre a toda la casa, en tanto dejaba escuchar un lejano bramido que el perro infatigable ahogaba. El borracho se quejó incoherentemente, entonces la habitación trepidó en el alma púber i el barrio recibió la alarma en la ronda del lejano agente que consumía el hastío de la guardia, bajo la incandescencia del foco de los Baños públicos. “Si al menos el capataz, esta mañana.” “¿Cuándo serán las cinco?...; o es que se piensan que nunca ha de llegar la hora en que los muchachos se hacen hombres, para decirles a sus mamás que allí están, que no tengan miedo, que pueden confiar en ellos, que aunque vengan dos i tres i cuatro, i... mil hombre borrachos, no les habrán de hacer nada.” Otros pasos más, ligeros, mui ligeros, como si llevasen a alguno que perdiera el tren. “¡Ese pero...!, ¡siempre solo!” “¿Pasos?” “Se estrega el barro.” “¿Quién podrá ser a esta hora?” Tiene ganas de gritar, pero piensa en cuantas cosas se producirían si él gritase. Hasta que de repente, suena la sirena del frigorífico, que preanuncia la entrada. “Faltan cinco minutos, no tengo tiempo, debo apurarme.” “–Por favor, don... deme trabajo, Ud. sabe, mamá...” Se ha tirado de la cama todo lo más despacio que ha podido. Toma los pantalones de sobre la silla, la camisa.. “Sí, en la latería... Yo sé... Como no, confíe, confíe; muchas gracias, mu...” Se le ha caído un botín... “–La pucha...!” En tanto el ruido sonoroso se expande y penetra en la otra pieza, se queda quieto esperando inhibido por un pánico mortal. ¡Silencio!!! “Qué suerte!... sino, todo perdido.” “Lavarme?; no hace falta... además, haría ruido.” Se ha puesto el saco. Está de pie. Se mueve. El ronquido entrecortado con los neologismos del delirio no cesa. I de nuevo la madre suspira anunciando otra vuelta más de su sobresaltado sueño. Caminar hacia la percha. “Dios quiera que no llegue tarde. Tendré que correr. –Muchas gracias, mu...” ¡Bum!!!... –¡Quién anda ahí!... ¡Pedro!... ¿Eres tú?... La voz de la madre se alza cada vez más, en el ámbito estrecho i Pedro sobrecogido, estático cual estatua, no responde, pensando que de nuevo, todo pase, “Mientras “él” no se despierte...” Ha cesado el ronquido. –¿Qué pasa Juana?...; es que no me dejarás dormir... con tus... –He oído ruido, sabes... –reclama tímida i recelosa, en un intento de justificación–. “......” Nada se mueve de este lado. Hasta el corazón de Pedro está suspenso en su ritmo vital. Cruje la cama en el otro. Pesadamente se descuelga el ebrio i destrozado el silencio por su tambaleante andar de semidormido que todo se lleva por delante, siempre Pedro, como “él” se acerca, en tanto su madre le dice: –Ten cuidado, podrían matarme. ¡No salgas!... –Calla tú, ¿dejarás de molestarme con tus lamentos de siempre?... Ahora está cruzando la puerta de comunicación. –¡Pedro!!!, vocifera su voz aguardentosa... Pedro ha cogido la percha, i en el preciso momento en que el ebrio va a dar luz, la levanta, dejándola caer sobre la cabeza enmarañada de su padre, con toda la fuerza de que son capaces sus dieciséis años núbiles i amargos. La madre corre, Pedro permanece atónito, i en el charco rojo crece, alcanza a abrazarse al parricida i decirle sollozante: -¿I ahora, Pedro...?
Rosario, 1941


R.E. Montes i Bradley
Revista Paraná, 1. Invierno de 1941, pp. 111-116