miércoles, 9 de octubre de 2019

El juego del pato (costumbres de antaño)

Reuníanse en una pulpería tres o cuatrocientos criollos, y a veces doble o triple número, todos en buenos caballos, bien aperados y luciendo sus mejores prendas. Los más conceptuados por su valor en las pelas a cuchillo, los más forzudos en los trabajos de campo, los que ostentaban mejores corceles y más lucientes chapeados, formaban el centro de aquella reunión y decidían pedir el pato al pulpero. El pato, un verdadero pato casero, y, a falta de este palmípedo, un gallináceo cualquiera metido muerto dentro de un saco de piel cerrado por cuatro manijas corredizas, constituía el objeto sobre el cual se iba a probar la fuerza de los jugadores. Bien montados, firmes en los estribos, agrupaban las ancas de los cuatro caballos y cada uno de los jinetes agarraba con la diestra una de las manijas, tomando las riendas en alto con la mano izquierda, para no apoyarla en el apero. 
De este modo, toda la resistencia estaba en los estribos. Cada uno de los jugadores tiraba en su dirección con todas las fuerzas, picando los caballos con las espuelas o animándolos con la palabra. Aquellos brazos se estiraban en una tensión hercúlea, los jinetes se enardecían, y, cuando ya parecía que los tendones iban a estallar o a salirse el hombre del caballo, una mano se abría y soltaba la presa; luego una segunda, y después de un nuevo esfuerzo, el tercer brazo caía también y el pato quedaba en poder del vencedor. Un ¡viva! estruendoso lo saludaba; pero éste no era más que el principio de la victoria.
Arrebatado el trofeo, cerraba las espuelas a su caballo y, llevándose todo por delante, se lanzaba a la carrera hacia el rancho más próximo, si no se dirigía hacia otra pulpería lejana. Detrás del vencedor volaban todos los quinientos o mil gauchos allí reunidos, para quitarle el pato. Si algún jinete alcanzaba a tomar de las manijas que debían ir flotantes, tenía que luchar a la carrera y defenderlo contra éste y contra todos los que lo seguían dando alaridos salvajes y haciendo retumbar la tierra como una tromba. Si el vencedor llegaba a la casa elegida por meta, sin perder el pato, lo arrojaba al patio y ya se declaraba victorioso, quedando establecido que tenía el brazo más potente y el caballo más veloz. La familia del rancho o de la pulpería donde se arrojaba el saco, tenía el deber de quitar el ave muerta y poner otra en su lugar. Cerrado nuevamente, se recomenzaba la jugada por otros jugadores, que procedían como los anteriores, siguiendo la corrida hasta que la noche envolvía en sus sombras la gigantesca y estrepitosa cabalgata que celebraba aquellos juegos de centauros en que el hombre y el bruto, por la naturaleza de la lucha, no formaban más que una pieza. Desgraciados, empero, los caminantes, los rebaños de ovejas y todo lo que se presentaba por delante de la feroz batida: todo rodaba a los pies de los caballos y los jinetes mismos quedaban muchas veces tendidos en medio de la extensa rastrillada por donde había cruzado el pato con la violencia del huracán. 

Mariano A. Pelliza 
“Letras” pág. 187-188 

lunes, 7 de octubre de 2019

La convalecencia (fragmento de “La lluvia”)

El que no ha sido convaleciente no sabe lo que es bueno, como el que no tiene callos no conoce las delicias de sacarse las botas. Yo no he tenido nunca callos ni botas, pero sé lo que digo por el testimonio de personas fidedignas y experimentadas. 
La convalecencia es una nueva vida que se comienza siendo grande. Una nace de la edad que tiene al salir de su enfermedad. 
¡Cómo se aspira la vida, cómo se siente uno vivir! Para el convaleciente la vida tiene sabor, perfume, música y calor; la vida es sólida; puede uno tocarla, sentirla, alimentarse con ella y absorberla en todo momento. 
La luz es más luz, el aire más puro, más fresco, más joven; la naturaleza es nueva, risueña, alegre, coqueta, sabrosa, encantadora. 
Los órganos que asimilan el alimento con incomparable rapidez, se apoderan de todo con la energía del hambre y la ambición de las necesidades imperiosas de la vida. 
¡Convalecer es una suprema delicia! 
Parece que la debilidad nos vuelve a la infancia y nuestros sentidos gozan con todo, hallando a cada cosa la novedad y el atractivo que los niños le encuentran. 
Ninguna mala pasión, ninguna de esas ideas insanas, que son el sustento de la sociedad, germina en la cabeza de un convaleciente; ¡él no quiere sino vivir, comer y descansar! 
Se levanta tan pronto como puede para tomar el día por la punta, vive con gusto su vida durante unas cuantas horas y se acuesta después para dormir con un sueño profundo, robusto, intenso, dormido de una pieza. 
Y luego las gentes son buenas, compasivas; las caras amables; hay sonrisas en todas las bocas para el convaleciente que se deja adular, regalar, felicitar y cuidar, sin inquietarse siquiera con la sospecha de que sus contemporáneos no esperan sino que se ponga fuerte para volver a agarrarlo por su cuenta y morderlo, despedazarlo y combatirlo, como se usa entre hombres que se quieren y que por eso viven en sociedad. 
En fin, yo estaba convaleciente, pálido, flaco, sin fuerza. 
¡Qué traza la que tenía! Me parecía que yo era mi propio abuelo; un abuelito chico, disminuido, como si me hubiera secado y acortado; era mi antepasado en pequeño, un antiguo concentrado que no había comido nada durante muchas generaciones; mi apetito era del tiempo de Sesostris y yo había estado en Jerusalén; la conciencia de mi persona se confundía con las más remotas tradiciones y no podía entender cómo pudo llegar hasta mí la noticia de mi existencia, siendo como era una momia mayor que sí misma y contemporánea de los mastodontes. 
La enfermedad había retirado en mi memoria las épocas, y yo tenía por sensaciones todas esas paradojas disparatadas. 
Conforme iba ganando en fuerza, los días eran más plácidos. Durante algunas horas me sentaba a recibir el sol que entraba en la pieza, y mi silla lo seguía en sus cambios de dirección hasta la tarde. 
Nunca he visto sol más amable, más abrigado ni más cariñoso. 
Verdad es que mi dicha se aumentaba con las delicias de una excepción legítima: no iba a la escuela y mis hermanos iban. No ir yo era por sí solo una bienaventuranza; que otros fueran era el colmo de la dicha. ¡Tan cierto es que nada abriga tanto como saber que otros tienen frío! 

Eduardo Wilde 
“Letras” pág. 169-171

jueves, 3 de octubre de 2019

Los horneros (fragmentos)

Era horrible aquel año la sequía:
un soplo abrasador
de la tierra argentina calcinaba
la fecunda y magnifica región.

Mugían en los campos los ganados,
ya trémula la voz,
y los pacientes bueyes escarbaban
la tierra estéril, sorda a su clamor.

Implacable, entre cárdenos vapores,
su fuego arroja el sol,
y en errantes columnas, lanza el viento
remolinos de polvo abrasador.

Ya no entonan alegres los horneros
su vibrante canción;
pasan mustios, callados, muchos días
a la sombra del árbol protector.

Ven, en sueños nidadas de polluelos,
y, en paterna ilusión,
sienten ya bajo el ala cariñosa
de sus hijos el grupo bullidor.

No padecen de sed, porque el rocío
que en la noche cayó,
entre las hojas del ombú, les brinda
refrescante y purísimo licor;

Ni víctimas del hambre desfallecen,
porque en toda estación
ya en el suelo aprisionan, ya en los aires,
las alas del insecto volador:

Están tristes y mudos los horneros,
no entonan su canción,
porque son arquitectos, y no hay barro
para hacer el palacio de su amor.

Rafael Obligado 
En“El Adulto” pp. 84-85

miércoles, 2 de octubre de 2019

Poder de la escritura

La escritura es la ampliación de la palabra; es la palabra misma triunfando del espacio y del tiempo. Con la escritura no hay distancias. Un hombre retirado en un rincón del mundo concibe una idea y hace unos signos en una hoja de papel. El hombre muere desconocido, y, sin embargo, la idea vuela por toda la redondez del globo, y se conserva intacta a través de la corriente de los siglos, entre las revoluciones de los imperios, entre las catástrofes en que se hunden los palacios de los monarcas, en que perecen las familias más ilustres, en que pueblos enteros son borrados de la faz de la tierra, en que pasan sin dejar memoria de si tantas cosas que parecen grandes. 
Y el pensamiento del mortal desconocido se conserva aún; el signo se perpetúa; los pedazos de la débil hoja se salvan, y en ella está el misterioso signo donde la mano del obscuro mortal envolvió su idea y la transmitió al mundo ¡Cuan grandes somos en medio de nuestra debilidad! 

Jaime Balmes
En“El hogar de todos” p. 135

Estudiantina rural

De harto leer hundida la retina,
el inflexible dómine de aldea
con paternal austeridad moldea
la vigorosa y ruda estudiantina.

Junta al rancho escolar, la tropa equina
que cabalgan los chicos, cabecea;
la monótona clase deletrea
cansadamente, hasta que el sol declina.

El golpe alegre de una campanada
despierta a los sonámbulos pollinos
y despide a la agreste muchachada,

que mascullando inútiles lecciones
se desparrama en todos los caminos
en parlera bandada de gorriones.

Altiva Herrera 
“Letras” pp. 173-174