domingo, 25 de mayo de 2014

Embarazo sospechoso (Parte 6 de El arribo de Don Frutos Gómez)

Los paraguayos pasaron a su lado y siguieron por el camino de tierra. No se habían alejado más de cincuenta metros cuando el comisario se puso a correr hasta alcanzarlos.
—A ver vo —dijo dirigiéndose, de improviso, a la muchacha—. ¿De cuántos mese tas gruesa?
—Y, de siete, don...
—¿Pero quien pa es usté, para hacer esa pregunta? —se encrespó la vieja.
—Soy el comesario, doña, y sepa que no me gusta que se hagan las cosas'e contrabando.
—Que pa va a ser'e contrabando, m'hija tiene su marido.
—No, me refiero al otro, al que lleva ahí adentro, pues... —explicó el comisario señalando el vientre de la muchacha—. ¿Queré pa que la desnude aquí nomá pa ver qu'es lo que lleva encima?
Palideció la joven ante el aire resuelto, e imploró:
— ¡No!... ¡No!... Son unoj cigarro nomá.
— ¡Unoj cigarro! Con lo que teñe allí tendría pa fumar un año.
—Son pa nojotro nomá —exclamó la vieja—; perdóneme comesario.
—Güeno. Por esta ve les perdono, pero tienen que saber que esaj cosas tienen que terminar sino quieren que las meta n'el calaboso.
—Ta bien, gracias —dijeron las mujeres.
La que parecía ser la madre no pudo con el genio y preguntó:
—¿Cómo pa supiste usté que no era de verdá l'embaraso?
—Por la manera'e caminar, cheama... Cuando una mujer está ansina anda con la cabeza p'atrás y la panza tirando p'adelante y ésta iba derecha como si se hubiera tragao un palo'e escoba, endemá...
— ¿Endemá qué?
—Que con esas ancas salidas p'atrás y finitas como'e potranca no puede engañar a naides. Laj mujere, cuando llevan una criatura adentro se ponen anchas'e caderas, pues... y basta'e esplicasione que no soy partera... Pero arricuerdensén que no quiero maj contrabando...
—No ha de, comesario. ¡Adiós!
-¡Adiós!
Don Frutos se dio vuelta e inició el regreso sonriendo picarescamente bajo sus ralos bigotes de puntas caídas.
El agente Ojeda apareció subiendo la barranca y, cuadrándose torpemente a su frente informó:
—Po allá abajo sin novedá, don Fruto...
—Güeno, seguime... Vamoj a hacer la ronda por el pueblo.

sábado, 24 de mayo de 2014

Ojeda se incorpora como agente (Parte 5 de El arribo de Don Frutos Gómez)

Obedeció el otro y se pusieron a conversar y como el camorrero andaba sin ocupación, enseguida quedó incorporado como agente.
—Pero mirá... —advirtió don Frutos— que tenés que sufrir largo por la paga...
—No importa, don... Yo me vua arreglar, pero siempre me ha gustao nicó ser utoridá...
—Ta bien, pero no pa que te abuses 'e loj otro ¡eh!
—No ha de, comesario.
—Güeno, aura vamoj pa ver el local...
Salieron del negocio, pero ya, adentro, quedó flotando en el ambiente la hombría de don Frutos.
Don Pablo, un viejo tropero, retiró de la boca el grueso cigarro paraguayo, escupió a un costado y sentenció:
—Macho'l hombre... ¿No?
— ¡Aja! —asintió el otro.
Los demás no dijeron nada, pero su silencio era la muda rúbrica para su coraje.
Pasaron cinco días y don Frutos se encontraba en el patio del boliche de don Pedro, viendo jugar una partida de bochas de la cual era juez. Sentado junto a una rústica mesita fumaba tranquilamente y daba sus fallos. De rato en rato su mirada se extendía sobre el río que corría próximo al pie de la barranca, se detenía sobre las islas cercanas o en la copa verdeante de los árboles que circuían el lugar.
De pronto vio atracar una canoa y descender a varias personas que se alistaron para empezar a subir por el tortuoso sendero. El agente Ojeda, que andaba por las cercanías, echó un vistazo a sus sencillos equipajes y les dio la venia para seguir. Eran una vieja paraguaya, su hija, en avanzado estado de gravidez, y un muchacho que había manejado los remos.
Terminó el partido, y los jugadores se disponían a concertar otro, cuando don Frutos los abandonó yendo al encuentro de los recién llegados.

viernes, 23 de mayo de 2014

El cambá Ojeda (Parte 4 de El arribo de Don Frutos Gómez)

Al oírlo hubo un cuchicheo en las mesas, el cantor dejó su instrumento sobre la silla y se acercó, mientras el comerciante decía:
—Mucho gusto, Pedro Ibáñez, a sus órdenes.
—Fruto Gómez, y lo mesmo digo.
El moreno, sarcástico, intervino:
—Sabe, don, que aquí la tierra es mala pa los comesarios. No dura uno ni pa rimedio...
En el fondo se oyeron algunas risas semicontenidas.
El nuevo funcionario miró de arriba abajo al impertinente y respondió despreciativo:
—Me parece que al señor no me lo han presentao...
Luego, con todo cálculo, escupió a los pies del otro.
—¡Conque guapo, no! —rugió el moreno y, sacando su puñal, dijo agresivo: —Aura me vua a presentar, pero con esta tarjeta' e macho.
El comisario, sin inmutarse, lo acució:
—No jugues con esas cosas qu'en una d'esas te vas a pegar un tajo.
—A vos es a quien vua a tajear ¡añamem-bú!...
—Pudiendo... no te hago cargo.
Rápido como la luz el morocho avanzó el brazo para la puñalada, pero su antagonista, más veloz aún, empuñó la fusta que llevaba colgando de una cadenilla en la muñeca y le pegó un golpe seco en la mano que le hizo caer el arma. Enseguida la levantó para volver a castigar, pero el otro lo atajó humilde:
—Ta bien... No se altere, don... Era pa probarlo, nomá...
—¿Y ya está convencido?
—Sí, don, y cuente conmigo pa lo que guste mandar. Mi nombre es Pedro Ojeda, pero me dicen El cambá Ojeda.
Don Frutos sonrió y dijo:
—Alzá tu cuchillo y vení a tomar una copa.

jueves, 22 de mayo de 2014

Don Frutos arriba a Capibara-Cué (Parte 3 de El arribo de Don Frutos Gómez)

Capibara-Cué era un modesto poblado de la costa correntina, enclavado en una áspera barranca del Paraná. En un principio fue apeadero de contrabandistas, pero, luego se fueron asentando pescadores, nutrieros, exiliados paraguayos, gente que iba de paso y concluía por afincarse, etcétera.
Un día el vapor, que hacía la carrera entre Corrientes y Posadas, se detuvo para bajar una carga para la estancia de unos ingleses que estaban en las cercanías, luego otros establecimientos solicitaron la misma franquicia y la escala se hizo periódica, lo que contribuyó a su progreso.
Cerca del almacén de don Pedro, se trazó el lineamiento de una plaza, a un costado se hizo un rancho para la comisaría y, más allá, otro para escuela.
Así fue creciendo con el correr del tiempo hasta que, una tarde, un jinete entró por las calles del pueblo, en un tordillo sudado y se dirigió al boliche.
Ya habían caído las primeras sombras de la noche y, en un rincón se encontraban varios parroquianos enzarzados en una partida de truco, mientras otros oficiaban de mirones. En la esquina opuesta un moreno motoso rasgueaba desacompasadamente en la guitarra mientras cantaba a la sordina:
Alfonso lomas... Alfonso lomas... 
y asííí... se llama y aquel paraje... 
y aquel paraje...
El forastero ató su caballo al palenque y entró al negocio. Algunos levantaron la cabeza para observarlo, pero, al rato, siguieron entregados a sus ocupaciones. Arrimándose al mostrador, Gómez pidió:
—Sírvame una caña juerte...
Don Pedro así lo hizo y, curioso, inquirió:
—¿Va de paso o viene a quedarse?
—Vengo a quedarme —respondió el interrogado y, luego, en voz audible, pero sin alardes, informó:
—Soy el nuevo comesario.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Don Frutos es nombrado comisario (Parte 2 de El arribo de Don Frutos Gómez)

Cuando andaba por el filo de los cincuenta años, Eduvigis, su mujer, enfermó de pasmo, según dijo la curandera y en menos de una semana murió.
La pérdida agobió a Frutos de tal manera que su cabellera, hasta entonces negra y brillante, pareció cubrirse de ceniza, su rostro se arrugó y perdió su anterior aire alegre y desenvuelto.
Don Juan Román, gran conocedor de hombres, comprendió la causa de su transformación y una tarde lo llamó a su despacho:
—Mira, Frutos —le dijo—, vos la querías mucho a la Eduvigis.
—Ansí es, don Juan, por qué lo vua negar.
—Bueno, si seguís rondando por acá donde todo tiene el perfume de su recuerdo, dentro de poco tiempo la vas a seguir al cementerio.
Frutos lo miró en silencio.
—Como yo te aprecio mucho —continuó el estanciero— y mañana o pasado me podes hacer falta, he resuelto que te vayas de aquí...
—¿Me echa, patrón? —preguntó el hombre, dolorido.
—No m'hijo. Es para tu bien y, también, para mi conveniencia, que te alejo de la estancia. Sólo quiero que vayas de comisario a Capibara-Cué.
—¿Y Pastor Amarilla?
—No sé quién le agujereó la cabeza de un balazo. La gente anda medio entonada por esos lugares y por eso te mando a vos para que pongas orden.
Y como las decisiones de don Juan Román no se discutían el paisano salió a preparar sus cosas, ensilló su caballo y puso rumbo a su nuevo destino.